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Era de oro su voz

 


Como ocurre con todos los artistas malditos, Manuel Vallejo arrastra mucho olvido y algunas adhesiones inquebrantables. El malditismo es, en su caso, colectivo y no individual, y alcanza a todos aquellos que tuvieron la infeliz ocurrencia de llenar las plazas de toros y los teatros y de cantarlo todo. Esta amplitud de miras fue contestada a partir de mediados del siglo XX por los que preconizaban la oscuridad de lo básico y renegaban de las masas. Vallejo tuvo la desgracia de vivir y trabajar en un tiempo en el que el flamenco arrasaba y eso no se perdona fácilmente. Aunque hace ya algún tiempo que aquellos postulados reduccionistas se han caído estrepitosamente todavía falta la reivindicación y, sobre todo, el conocimiento, de toda esa troupe (el nombre encaja, sin duda) de artistas que permanecen a falta de alguna luz y, sobre todo, de alguna valoración más allá de lo que se escribió en tiempos más oscuros. 

Este 2021 se cumplen 130 años de su nacimiento, aunque el aniversario va a pasar desapercibido como han pasado todos los suyos, salvo el de 1991, que concitó un golpe en la mesa, un esfuerzo reivindicativo que brilló durante quince días y luego volvió a apagarse sin mayores consecuencias. La historia estaba ya escrita y no se ha modificado. En octubre de 1991 se celebró en la peña Torres Macarena, de Sevilla, una quincena cultural así llamada, en memoria del cantaor y, como afirma el folleto de presentación, con motivos. "Injustamente olvidado por la ciudad que le dio el ser y el cambiante gusto de los aficionados" es la fórmula elegante que usa el citado folleto a la hora de resumir el olvido y también, por qué no decirlo, la injusticia del trato a quien fue rey del espectáculo. La ciudad es olvidadiza, viene a decirnos, y los aficionados se dejan llevar por voces que se suponen autorizadas y que llevan el agua a su molino. Cuestión absurda, porque el agua es el agua y, al final, los molinos particulares terminan hundiéndose. Aunque, en el camino, se ha perjudicado a mucha gente. Vallejo y todos los creadores e intérpretes de aquellos años veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, salvo excepciones poderosas, están en el limbo de la historia del flamenco, a la espera de mayor interés y mayor investigación. Una investigación que ha de hacerse con los ojos del rigor y no de la parcialidad. 

De todas las opiniones que se vertieron aquellos días sobre Vallejo, algunas muy autorizadas y otras muy sentimentales, sobresale la de José Blas Vega, estudioso y experto investigador, que comienza su conferencia con una frase demoledora: "En el caso que nos ocupa, Manuel Vallejo, no existen críticos, ni estudiosos de su arte, sólo, y modernamente, detractores". Dado que esos detractores ocupan lugares preeminentes en la opinión tienen que surgir, y surgen, algunos defensores igualmente potentes y esto es lo que puede hallarse detrás de la quincena con la figura de Manuel Centeno Fernández, vallejista de pro, a quien se le caía el alma de ver el olvido en el que el cantaor estaba sumido por parte de la crítica oficialista. No diré de la investigación, porque esto son palabras mayores. Además de Centeno, personalidades como Antonio Murciano, Manuel Yerga o Manuel Cerrejón, han levantado la voz y puesto su esfuerzo para que la situación se revirtiera, pero, hay que decirlo, con poco éxito. Y tal es el día  en que todavía Vallejo está escondido en el armario de los antiguos, de los que sabemos poco y mal. 

José Blas Vega vivió de primera mano y así lo relata, la "extrañeza inquisitorial" con que lo miraban en Córdoba, con ocasión del Concurso Nacional de Arte Flamenco, cuando se le ocurrió mentar a Vallejo como uno de los grandes, cuyo cante permanecía en la historia. Como él mismo dice "entonces la Flamencología estaba bajo la influencia de interpretaciones tendenciosas y falta de formalismo histórico". De donde surge todo es más que sabido y no es cuestión de volver a ello. Sí de dejar constancia el daño que a la investigación flamenca han hecho todos los que se subieron a un carro tirado por intelectuales con la pretensión de sentar una ortodoxia inamovible en un arte que es pura heterodoxia. Su postura sepultó en el olvido a muchos vallejos y también impidió que las generaciones surgidas al cante en los años sesenta, setenta y hasta ochenta, conocieran el bagaje de muchísimos artistas condenados al ostracismo, sin juicio, sin sentencia y con una condena ad hoc. Cada cual saque las conclusiones oportunas. 

La quincena cultura de Torres Macarena tuvo la genial idea de unir, en una mesa redonda, a cuatro supervivientes de un flamenco ya en sus etapas finales. Cada uno de ellos tenía una historia diferente pero conocían de primera mano un concepto que parecía estar olvidándose: el respeto al artista, al compañero, al colega, lejos de esas adulteraciones de opinión que establecían bandos e inexistentes "casas", con pureza de sangre. Estaban allí (y tuve la ocasión de moderar la mesa redonda en la que intervinieron) Enrique Orozco, Juanito Valderrama, La Niña de la Puebla y Luis Caballero. La formación mairenista de este último no le impedía (como a la mayoría) ver el árbol y el bosque, por lo que conocía muy bien a Vallejo y su cante. En cuanto a Valderrama y Dolores, qué decir de quiénes han sido leyenda viva, representantes eximios del flamenco de su tiempo. También Valderrama tenía la espina clavada del desaire al que lo sometieron los nuevos poseedores de la llave de lo jondo, pero tuvo paciencia y una vida larga que le permitió poner las cosas en su sitio. Enrique Orozco era ese artista que, desde la humildad y sin pretensiones, podía contar historias y opinar sobre cosas que los demás desconocíamos, porque su experiencia era tan amplia como bien aprovechada. 

Si recorres la biografía artística de Vallejo y te paras en los cantes que hacía, en los espectáculos en los que participó, en los conocimientos que demostraba y en sus propias cualidades, el resultado es apabullante. En una época en la que competía con grandes artistas que eran adorados por un público que los seguía en masa, fue el primero entre los primeros y esto es innegable si nos atenemos a los datos. El hecho de que fueran empresas privadas las que se arriesgaran llevando estos espectáculos de uno a otro lado indica claramente cuánto favor del público gozaban, porque, en caso contrario, nadie hubiera arriesgado su dinero. La puesta en valor de Vallejo ha de venir de los nuevos intérpretes, los que no tienen hipotecas con el pasado ni están dirigidos por supuestos intelectuales ni tienen miedo alguno. Como ha hecho Rosalía con "Catalina", los tangos arrumbaos que Vallejo grabó en 1926 y ella en 2017. Esa es la verdadera muestra de la pervivencia de un artista, el que otros distintos hagan suyas sus propias obras. 



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