Ir al contenido principal

"La pobre señorita Finch" de Wilkie Collins

 


La editorial Alba ha editado varios libros de Wilkie Collins (Londres, 1824-1889). Este es un autor interesante, entre otras razones porque "creó" una novela psicológica, con suspense y misterio añadidos, que luego ha ido prosperando en otros autores y que hoy tiene mucho éxito. Algo gótico pero con toques de modernidad y vida cotidiana. Lo extraordinario en lo corriente, podríamos decir. También se dedicó, con menos aceptación, a la crítica social. Y fue un escritor tan prolífico que abarcó la novela, el relato corto, la obra de teatro y la no ficción, entre otras cosas biografías y libros de viajes. La biografía de su padre, el renombrado pintor de género y paisajista Williams Collins (Londres, 1788-1847) inauguró su carrera como escritor, después de haber estudiado Derecho y trabajado en una empresa dedicada al comercio del té. Williams Collins fue un pintor notable. En el Museo del Prado hay una obra atribuida a su mano, aunque con dudas. Se trata del Retrato de Fernando VII. Los temas usuales que pintaba eran de la vida cotidiana, pero en los estratos más pobres de la población, a modo de costumbrismo social. Este que aparece a continuación es uno de sus cuadros, titulado "The Stray Kitten". En él se aprecia su característico uso de la luz en el exterior, con personajes populares en actitudes normales y una naturaleza plácida y sencilla. Los paisajes fueron siempre su mejor baza y a ello debió contribuir el pasar varios años en Italia cuando su hijo era adolescente, lo que ayudó a su formación clásica. 


Aunque ha prosperado literariamente el nombre de Wilkie y no el de Williams, su primer nombre, hay que decir que ese segundo también corresponde a un pintor, un amigo de su padre que fue su padrino, David Wilkie (1785-1841). Fue precisamente esa biografía la que inició una carrera literaria en serio. Se publicó en 1848 y después de eso, en 1850, publicó "Antonina" una novela histórica, antes de conocer, en 1851, a Charles Dickens, quien se convertiría en su mejor amigo de por vida y con el que estrechó lazos profesionales y familiares muy profundos. En 1852 publica "Basil" y se consagra como un autor con una nueva visión de la novela, más centrada en lo psicológico, en misterios y en intrigas que bien pueden llamarse policíacas, pero con un toque fantasmal, sobrenatural podíamos decir. Sin embargo, los personajes y los problemas que trata son los de su tiempo, obedecen a la realidad que él vive cada día, variando así su punto de vista y aplicando técnicas narrativas novedosas, como las que introduce en sus novelas más importantes, "La dama de blanco", 1860 y "La piedra lunar", 1868. En ambas hay diversos narradores que cuentan las diferentes partes del libro, obteniendo así una multivisión que se asemeja a la que se produce en las novelas epistolares, pero con más garra y mayor fluidez. 

Las novelas de su primera época plantean siempre dilemas morales, incoherencias en conductas y cuestiones que hay que resolver de algún modo y que actúan como distorsiones de la realidad o de la personalidad. Esto es novedoso porque les otorga una pátina de oscuridad y porque plantea estos problemas a modo de acertijo, interviniendo elementos extraños que nos hacen variar nuestra primera apreciación. 

Esa forma de plantear los relatos y las novelas es una mirada muy moderna, porque no se sujeta solo a los hechos sino que les añade puntos de vista, pensamientos íntimos, visiones extrañas, casi oníricas, con un cierto toque surrealista. Se dice que el consumo desmesurado de láudano que comenzó a tomar por motivos médicos le llevó a imaginar cosas que escapaban de la realidad y que entraban en el terreno de lo imaginado con rotundidad. Sin embargo, nunca dejó de tratar la vida cotidiana, a la que confería ese velo de exotismo y de extrañeza para que las novelas tuvieran el máximo interés. 

Y así fue, porque tuvo un público fiel durante muchísimos años, justo hasta que comenzó a darles a sus libros un toque más social, de crítica de la vida de determinados grupos y eso alejó a muchos lectores de sus libros y propició su ocaso como escritor. A menos misterio y más crítica social, menos éxito. Seguramente estaba de algún modo encasillado en un tipo de producto y ese cambio no encontró el eco deseado ni el público adecuado para recibirlo. 


El encuentro de los amigos Collins y Dickens dio lugar a una excelente correspondencia, ya publicada y también a "libros a cuatro manos", de los que tenemos alguna muestra en español, como "Los perezosos", editado por Gatopardo Ediciones. Además de amigos llegaron a ser familia, con la boda entre el hermano pequeño de Collins, Charles y la hija de Dickens, Kate. Pocas veces se da en la literatura una unión tan generosa y prolífica, habida cuenta de los celos y problemas que se generan entre los genios y no tan genios, de la escritura. 

En "La pobre señorita Finch" (escrita entre 1871 y 1872) se narra, por parte de Madame Protolungo, devenida en profesora de piano y dama de compañía, la historia de una joven ciega a quien pretenden dos hermanos gemelos que están enamorados de ella. Esta situación inicial se desarrolla en una novela compleja y rara, con un toque gótico, misterio e intriga. La atmósfera que construye el autor es muy irreal a pesar de que los detalles cotidianos son legión. Esa dualidad confiere al libro un aroma muy especial, porque siempre resulta más desconcertante que las cosas extrañas sucedan en ambientes reales en los que lo lógico es pensar que no ocurre nada. Los gemelos no son enamorados al uso. La incursión en la novela psicológica da como resultado una reflexión sobre la culpabilidad, uno de los grandes temas que trata Wilkie Collins en sus libros. 

La pobre señorita Finch. Wilkie Collins. Editorial Alba, Colección Minos, Clásicos. Traducción de Miguel Martínez-Lage. 696 páginas. 

Otras entradas sobre el autor en este blog: La nueva Magdalena. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

( Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras , 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras ( The Help , 2011, de Tate Taylor ) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de ...

Davies, el magnífico

Me enamoré de Robertson Davies tras leer "Levadura de malicia". Ni siquiera tuve que leer el libro entero, porque el enamoramiento lector es así: bastaron las primeras líneas. La mezcla de ironía, gracia, hechuras y sarcasmo inteligente. Puede parecer que todo es lo mismo, pero no. Davies me conducía a través de la trama con su mano firme. No como esos escritores que te dejan vagabundear por las páginas...hasta que te sales del libro. Una vez que conoces al escritor llegas al hombre. Me interesan mucho las personas que están detrás de las obras de arte. Pero no parece que este interés sea colectivo porque resulta complicado saber cosas de verdad. Cosas que pongan de revés al personaje y que no te lo muestren siempre atildado y con la máquina de escribir delante. Empeño inútil. Leemos libros escritos por fantasmas.  Hay otras circunstancias en su vida que me atraen, como el hecho de que se graduara en el Balliol College de Oxford, de donde fue decano el tío de la madre ...

La desconfianza

 Lo decía Agatha Christie en la primera novela policiaca que publicó, El misterioso caso de Styles. Fue también la primera que leí y de una forma curiosa: una vecina tiró una caja de libros y la dejó en una esquina en la calle para que se la llevaran los basureros. Yo lo vi, me senté en el suelo al lado de la caja y me puso a escoger libros, me llevé un montón. Tenía doce años. Ya era lectora. A partir de aquí, más. Un verano plagado de libros. No sé de dónde sacó la vecina todo ese material, en su casa nadie leía nada. Un misterio. Lo decía Agatha Christie en ese libro: ya nadie sabe quién es nadie, nadie conoce a su vecino, ha llegado tanta gente después de la guerra que los nombres y apellidos no significan veracidad. La guerra era la Gran Guerra. Europa se convirtió en un árido lugar lleno de desconfianza, miedo, rencillas e impotencia. La mayoría de la gente no sabía a qué había venido la guerra. No sabía por qué luchaban en ella, ellos, sus hijos o sus padres. La pérdida de v...

Si hay prisa, no hay literatura

*Lucia Berlin, escritora, 1936-2004 *********** Lo contaba en una entrevista grabada el escritor recién fallecido Paul Auster. Tras ocho horas de trabajo diario, como si fuera un obrero de la literatura, se daba por satisfecho si alguna vez de forma extraordinaria conseguía tener tres páginas terminadas. Lo normal es acabar una sola página y en circunstancias buenas quizás dos. Y nos cuenta su método. Un párrafo que se escribe y se reforma una y otra vez, continuamente, se escribe, se reescribe, se corrige, se vuelve a escribir. Hasta que, nos dice, quede suave, limpio, armónico, como si de ese fragmento surgiera música, rítmo, a compás diríamos nosotros.  Ese cuidado en la escritura, esa placidez a la hora de escoger las palabras, es una de las grandes cimas de la creación y cuando se logra, cuando una es capaz de olvidarse la prisa, la inmediatez, la necesidad urgente de decir algo, cuando puedes sentir el sosiego de escribir despacio, de buscar despacio en tu mente las palabras ...

Tom Sawyer, pintando la valla

  La niña aprendió a leer sola. Aún no había cumplido cuatro años. La madre se dio cuenta un día que paseaban por la calle del cine. Llevaba a la niña de la mano y la observaba mover silenciosamente los labios. La calle rodeaba al cine de verano y en su pared blanca y alargada se veían, colgados, enormes cartelones que anunciaban las películas. La niña se paró delante de uno en el que se veía a una pareja joven abrazada: “Romeo”, dijo. Y, al instante: “Julieta”. ¿Romeo y Julieta? dice la madre. Sí, contesta la niña. Esa noche en el cine se vería la película de Zeffirelli y allí estaba el anuncio, con Olivia Hussey y Leonard Whiting mirando a cámara. Cuando llegaron a la casa, la madre preguntó a la niña: ¿Qué película era esa?. La niña contestó: “Romeo y Julieta”. Y se fue saltando a la pata coja y repitiendo una y otra vez, romeo, romeo, romeo, romeo… La niña había aprendido a leer sola en los carteles del cine y también en el periódico que su padre dejaba en una esquina de la mes...