viernes, 30 de noviembre de 2018

Dave Heath: Obviamente en silencio


El día es tan engañoso como tú, piensa ella, mientras el chasquido de la cámara la sorprende entre papeles, en un otoño indisimulado que pretende ser primavera. Se han desgajado naranjas de los árboles y las farolas aún lucen, será porque la luz es cosa del dinero y no de la geografía o las estaciones. Aprendimos que el cambio de las horas era una suerte de mensajes al infinito y ahora ella sabe, aunque nadie se lo ha explicado claramente, que debe alejarse de ese foco, que cerca su rostro con una huella infame y que la cubre de sal en soledad. Así no. Así no debe hacerse, piensa a veces. Pero no puede esperar ya de ti que hagas otra cosa que mentirte a ti mismo. 


Hubo un tiempo con una luz dorada que sembraba las tardes y las convertía en la antesala de los cuentos, esos que tienen una princesa y muchos faunos, que se recitan a la hora del sueño y que te convierten en una fantasía irrealizable. Ella lo supo entonces y lo recuerda ahora, por eso ha olvidado la poesía, por eso los versos son solo un recuerdo vago, por eso ningún libro se abre por la página en que viene tu nombre, por eso tu nombre se ha convertido en el anuncio de un desastre cualquiera. No quiero que vuelvas a engañarme, susurra, así como antes, en los tiempos dorados, pedía que la creyeran. 


Os lo podría contar con detalle si tuviéramos los ojos bien abiertos, dice. Las otras se figuran que es sencillo, pero las sumas no siempre acuerdan con las restas y contar no siempre va con cuentas o con cuentos, sino que en ese gesto de los dedos se contiene la frase decisiva y esa tú no la escuchas. Hay una palabra que abre y cierra la tarde, que anticipa la noche y que desvela el curso de los días. Esa palabra tiene la misma fuerza que un vendaval que no quieres oír porque el ruido del viento te produce pavor. Como escucharte a veces. El viento la destruye igual que tú. Ella no quiere oírte. Solo tiene en su oído la palabra del día: obviamente. Es obviamente. Es obvio. Obviamente venir. Obviamente su casa. Obviamente. Obviamente ella lo ha entendido todo. Pero no tiene forma de decirlo, obviamente. Por eso no se escapa de las fotografías. 


(Fotografías de Dave Heath. Fotógrafo y fotoperiodista autodidacta. Nació el 27 de junio de 1931, Filadelfia, Pensilvania, EEUU. Murió el 27 de junio de 2016 en Toronto, Canadá)

jueves, 29 de noviembre de 2018

El tiempo de los abrazos


Miradla, está en el centro de la foto. La niña quiere ser buena pero no consigue que su mirada se centre en el libro que está leyendo. No consigue que se detenga ahí, que se convierta en el motivo principal de su interés. No. Mira más allá, se despliega, se lanza a un universo desconocido, se zambulle en un mar de olas peligrosas y sin fin. Ella, la niña de la foto, se pregunta por algo más que los libros no enseñan. Y esa pregunta es el motivo principal de sus dudas. Y será así siempre, toda la vida, todos los años venideros, toda la gente que va a conocer, representará esa pregunta sin respuesta. 

La niña de la foto no sonríe. No tiene el gesto concentrado de la compañera del jersey geométrico, que parece buscar en el libro de al lado algo que en el suyo no existe. Esos ojos fruncidos indican un sentimiento de malestar porque ese otro libro es más interesante que el suyo, más grande, con menos hojas. Tampoco se parece a la niña rubia del vestido bordeado de piquillos. Esta niña se sonríe y detiene su sonrisa sobre el libro que hojea y todo está en orden, dispuesto, terminado. 

La niña del centro de la foto es una niña sin abrazos. Parece enfadada pero está a punto de llorar. La niña del centro de la foto siempre estará a punto de llorar, incluso cuando sea una adolescente, una muchacha o una mujer. Será una niña al borde de un ataque de llanto. Y pasará por encima del libro y no se detendrá, siempre habrá algo que la impulse hacia delante. Hará tonterías y perderá el tiempo. Dejará pasar oportunidades y no sabrá expresar los afectos de la forma debida. Sufrirá inútilmente y será engañada mil veces. No entenderá el modo de expresar los enfados y, un día, quizá lejano pero cierto, sabrá que los abrazos que no existieron ya nunca van a regresar del país perdido. Y que todos los minutos de las horas tendrá esa misma mirada errante, esa búsqueda del hogar inexistente, ese exilio, esa perdida oportunidad de dejarse llevar entre las paredes cálidas de la emoción más pura. 

lunes, 26 de noviembre de 2018

Edith Wharton y "El Marne"

La editorial "La isla de Siltolá" en su colección Narrativa publica en 2018 un volumen con tres cuentos, el primero de los cuales da título al libro, "El Marne". Los otros dos son "El ajuste de cuentas" y "La campanilla de la doncella". De tamaño irregular, cada uno de esos relatos hablan de la Edith Wharton que sus lectores conocemos: observadora, incisiva, ingeniosa, caleidoscópica, conocedora de los entresijos del alma humana y de los comportamientos de la clase social en la que vivió y de la que formó parte, aunque con una mirada crítica, nunca dominada por las convenciones.

Lo más destacado de su forma de narrar es siempre el acierto al diseccionar el interior del alma humana, sus emociones, sentimientos, deseos, odios y venganzas. Y las relaciones humanas están marcadas por el signo de la realidad, sin alteraciones románticas ni pensamientos elevados. La gente es así y así la muestra ella.

"Resultaba una peculiar crueldad del destino que Troy sintiera la indiferencia de la señorita Wicks más que el entusiasmo de todas las demás jovencitas reunidas en la pista de tenis de los Belknap. A pesar de todo, la encontraba más interesante, más inagotable, más "a su altura" (como decían en el colegio) que ninguna de las joviales diosas de la guerra que lanzaban sus pelotas de tenis en la pista de los Belknap" (El Marne)

"El Marne" transcurre en tiempo de guerra. El estallido de la Gran Guerra, en agosto de 1914, estropea la vida idílica de Troy y de su familia, que suelen pasar los veranos en Francia. Como todos sabemos, la guerra europea parecía muy lejana para los estadounidenses y solo después de algunos acontecimientos cruciales los Estados Unidos entraron en la guerra y Troy querrá volver a Francia para luchar por el país al que adora. Dos cuestiones subyacentes en el libro forman parte de la biografía de Edith Wharton: su amor por Francia y su apoyo a la causa aliada. Este libro, pequeño y rápido, escrito en 1918, lo demuestra.

Los otros dos cuentos son más breves. En "El ajuste de cuentas" se pone en solfa la institución matrimonial, algo que ella había hecho directamente con su vida. El descreimiento de lo que suponían esos lazos tan difíciles de desatar, tan interesados y tan llenos de dificultades, lejos de las emociones y los sentimientos, cercanos al interés, es su tema principal. La otra historia se llama "La campanilla de la doncella" y es un cuentecito de fantasmas, de los muchos que escribió Wharton y que se recogen ampliamente en algunos volúmenes.

El Marne. Edith Wharton. La isla de Siltolá. Narrativa. Traducción de José Luis Piquero. Sevilla, 2018. Correcciones de Rodrigo Verano. Diseño de la cubierta: Salvartes. 

Edith Wharton es un personaje central de la literatura. Había nacido en Nueva York, en 1862 y pertenecía a una familia de linaje, de esas que formaban el núcleo social principal de esta ciudad y que tan bien reflejó en "La edad de la inocencia". Su visión crítica acerca de la ciudad en la que nació y de la sociedad de la que formaba parte la llevó, no solo a escribir novelas que ponían el acento en esa crítica acerada, sino también a marcharse a vivir a Francia, donde encontró la libertad que buscaba. Cuando recibió el Pulitzer de Literatura, en 1921, ya estaba divorciada de su marido, aunque conservó su apellido y llevaba años viviendo en Francia. Fue una mujer conciencia con la lucha por la libertad y obtuvo la Legión de Honor en recompensa por ello. Su obra es muy amplia y valiente, sin concesiones a lo establecido, más bien, viendo las cosas con una mirada propia que es reconocible en cuanto se leen sus libros. Y que resulta confortable, hay que decirlo.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Suelos de barro, perdón sin lágrimas


Las niñas soñadoras, que viven con los libros y bosquejan en su cabeza aventuras en las que hay siempre un tanto por ciento de alegría y otro de nostalgia, siempre terminan siendo mujeres equivocadas, mujeres que miran hacia donde no deben, que son presa fácil para cualquiera que sepa decir dos palabras seguidas con suave acento. No deberías olvidarlo. Quizá a ti te ha ocurrido algunas veces y puede que esta sea la primera. Pero el corazón se gasta de esperar la nada y las manos se curvan y entonces llega el último tramo de la vida y abres el grifo de la desilusión, que nadie puede cerrar. No importa la música que suene, ni siquiera que a través de la ventana una lluvia fina te traiga el hueco de un paraíso perdido. Lo que vale es sentir. Sientes que te han engañado una vez más, que cada una de las veces el engaño es mayor y que nadie, nadie, puede entenderlo sino tú misma, porque te ha ocurrido algunas veces o puede que esta sea la primera. 

Tampoco entiendes, lo sé, qué ganan con eso los que nunca se entregan. Qué placer oculto y desconocido e incomprensible se encuentra en atar con lazos de seda a quienes nunca terminaremos por abrazar si la noche es oscura. No lo entiendes, tampoco yo, porque ninguna de nosotros haría eso por mucho que la vanidad nos empujara. Cerramos las puertas cuando ya no hay calor. Abrimos las ventanas cuando tiene que amanecer. Pero no nos escondemos ni creamos falsas ilusiones en otros ojos que puedan, algún día, desfallecer de lágrimas. Eres como yo, tan firme en tus creencias, como dudosa en tus afectos. Sabes cosas pero aún no entendiste que existe fuera, ahí en la intemperie, quien juega con fuego con tal de convertirse en el rey de la creación. Lo has visto algunas veces y algunas veces te ha herido a ti misma con sable de cristal, una punta afilada en el centro del corazón, sin dudarlo, sin hacerse preguntas. Eres la víctima y ahora ya no puedes volver la vista atrás.


Creíste en su palabra. Sus ojos parecían sinceros, parecían tener un aire lejano a héroe del oeste. Parecía un hombre tranquilo, un hombre asequible, un hombre que guardaba ciertos secretos que te hacían feliz. Pero un día su voz se elevó demasiado alto. Y otro día su mirada se desvió hacia el suelo. Y otro, el suelo se llenó de barro. Y entonces lo viste desde esa perspectiva, abajo del todo, abajo en el suelo de barro tú, arriba no sabías dónde, él. Y tus lágrimas se mezclaron con el rímel, y luego llegaron las suyas, puro perdón sin lágrimas, pura oscuridad. Esa primera vez, esa única vez, esa vez, debió bastar para darte cuenta de que te equivocaste. De que tenías que tomar el primer camino a la derecha, bajar las escaleras, cerrar la puerta con un sonido seco, llevarte contigo solo a ti misma, desandar la felicidad que creíste tener y entenderlo todo por fin. No buscarle explicaciones. Eras tú y no había nadie más que mereciera salvarse. No puedes salvarlo. ¿Lo comprendes? 

(Fotografías de Uta Barth, Música de fondo de Katie Melua) 

sábado, 24 de noviembre de 2018

La tarde estaba llena de un mar de tonterías


Todas las estaciones tenían las mismas letras. Escribíamos renglones casi sin darnos cuenta. Y la vida seguía su ritmo sin cansarse, tardes, las madrugadas, los otoños, los fríos. El gris ámbar del cielo en los amaneceres. El tibio sol que entraba por la ventana a secas. Y el jardín que se abría como un mar de amapolas. Escribíamos la dicha y yo no lo sabía. 

Una vez estuvimos al borde del abrazo. En las tristes noticias contábamos a solas que los sueños se sueñan pero nunca se cumplen. Y aún así era glorioso pasear las alamedas, confiar en que las horas tenían sabor a instantes y que todo se estaba formando sin quererlo, porque éramos tan difíciles de ubicar por la suerte, que la suerte llegó y no supimos verla. 

Si pudiera contarte cómo el sol se estremece cuando cruza el umbral de la ventana abierta...Si pudiera enseñarte cómo el engaño vibra y nos hace más pobres, nos encuentra más fríos...Si pudieras mirar con esos ojos tuyos cómo se desenvuelve al borde de las lágrimas y me cuenta que tiene siempre sabor a ausencia...Si no te hubieras ido todo sería más claro, todo sería más limpio, todos seríamos nuevos. 


Me parece mentira haber sido tan torpe. No haber reconocido el sabor de la brisa, que se escribe tan dulce que nadie la oscurece. Y esos ojos opacos nunca hubieran tenido ningún efecto en mí si contigo las tardes siguieran siendo horas. Ese cascabeleo tan falso de los sueños que nunca se escribieron, que nunca se inventaron y tú mismo enseñando que es más digno dejar de ser sin miedo, que asustarse por todo, que fingir que se quiere, que mostrar la desdicha, que levantar el alma estando abajo, tan triste como nunca diré porque es inútil. 

Mira como se mueve por la ciudad colmada de grúas y escaparates. Cómo escribe su vida, tan solo como está, tan sola como estoy. Dos soledades juntas que nunca se confían y que no serían tales si no te hubieras ido. Si no te hubieras ido la tarde cantaría, escribiría los versos, un mar de tonterías, películas antiguas, en sillones gastados, en rellanos de escalera que flotan al olor del agua que trepa sin descanso, sin ver, sin saber nada, en ti, no sé, si no te hubieras ido, si yo no fuera solo una presencia vaga, un temor, un deseo, el miedo, todo junto, sin ti, si tú estuvieras. 


(Imágenes de Uta Barth) 

jueves, 22 de noviembre de 2018

Cuando Lucia se enamoró de un héroe


Es uno de los cuentos que forman el volumen "Una noche en el paraíso". Es un cuento muy corto. "Michael Templeton, era un héroe, un adonis, una estrella". Así comienza el relato en el que ella, Lucia, acompañada del hermano de Michael, el joven Johnny, son testigos del accidente de moto en la carrera mortal que terminó con la vida de quien se la había jugado en la guerra. Nada mejor que las fotos de Tony Vaccaro, el fotógrafo soldado, para ambientar esta reseña que quiere reconocer la forma extraordinaria en la que, en unas pocas páginas, Lucia Berlin es capaz de contarnos toda una tragedia. Y cómo lo hace sin estridencias, sin lágrimas huecas, sino con la aceptación, la serenidad de quien sabe que en la vida puede pasar de todo. Es esa su marca, su huella, su estilo. Contar lo complicado con palabras de gentil armonía. 

"Hay ciertas cosas de las que la gente nunca habla. No me refiero a las cosas difíciles, como el amor, sino a las más bochornosas, como por ejemplo que los funerales a veces son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio. El funeral de Michael fue maravilloso" 

Michael era un héroe de guerra que no había sabido sobrevivir a la paz, como tantos otros. Un drama para él y para las familias. Por eso se jugaba la vida en las carreras de motos y por eso ahogaba los recuerdos con alcohol. Pero, a la hora de morir, la heroicidad de Michael aumentó y, aunque sea de forma irónica, una tierna ironía, Lucia comenta que la gente pensaba que había muerto por el rey, por la patria, qué sé yo. 

Por eso fue un funeral de categoría en el que hubo carrozas y caballos y un funeral por el rito anglicano. Berlin relata paso a paso todo el desarrollo del oficio, cómo los compañeros de Michael estaban por allí, compungidos, cómo su padre discutía acerca de qué hacer con el casco de piloto de motos, cómo todos los corredores lanzaron sus propios cascos sobre el féretro, a modo de música acompasada que tenía su significado. Puedes imaginarte la legión de motoristas (hoy diríamos motores) vestidos de negro y atronando sus máquinas, rodeando el cementerio y lanzándose luego a la carretera, todos en formación, alejándose de allí en tromba, en una especie de homenaje póstumo. Antes de eso, algunas chicas muy jóvenes se desmayaron, cumpliendo el rito del dolor y demostrando que ese hombre, Michael, les había robado el corazón a muchas de ellas. Pasado el tiempo, cuando estuvieran casadas y fueran madres de familia, o quizá solteras convencidas, seguirían recordando al hombre que las hizo llorar con su marcha apresurada, sin sentido, a bordo de una motocicleta, cuando había sido capaz de surcar los cielos con su potente bimotor, a todo gas, sin que hubiera enemigo posible. 

Así es la narrativa de Lucia Berlin. Observa la realidad con su punto de vista tan especial, tan lleno de acidez mezclada con una cierta comprensión del mundo. No es una mirada usual, ni tampoco una manera de narrar al uso. Es como si tuviera una visión más allá de lo que los demás observan. Su propia vida fue un ejemplo de originalidad y eso se trasluce en su obra mucho más de lo que es común en los escritores. En este cuento destaca la amargura de la pérdida de una vida joven y el desencanto que produce constatar que el mundo sigue girando a pesar de llantos y ritos. La paradoja de que un valiente piloto de guerra muera en una carrera de motos no deja de ser otro motivo de reflexión acerca de la veleidad de las circunstancias. 



Polvo al polvo. Cuento de Lucia Berlin (1936-2004). Incluido en "Una noche en el paraíso" Editado en castellano por Alfaguara en 2018, con traducción del inglés de Eugenia Vázquez Nacarino. Colección Narrativa Internacional. También en esta editorial su libro de relatos "Manual para mujeres de la limpieza"

Fotografías de Tony Vaccaro (Nacido en 1922 en Greensburg, Pensilvania). Realizó una importante serie de fotografías entre los años 1944 y 45 recogiendo las imágenes impactantes de la II Guerra Mundial. 

martes, 20 de noviembre de 2018

Un Museo para andar por las nubes


Una vez, cuando tenía quince años, un grupo de amigos de la pandilla de entonces inventamos un viaje a Madrid. Después de mucho rogar a los padres, de firmar papeles que no servían para nada, de jurar y perjurar que seríamos buenos, ellos dijeron que iban a confiar en nosotros y que el Talgo nos esperaba para que no hiciéramos locuras. Éramos tres chicas y tres chicos, solamente amigos, nada de parejas. Y aprovechando un puente nos fuimos a Madrid y allí tuvo lugar una aventura que nos llevó a los leones del Congreso, al Rastro, al parque del Retiro, a los sandwiches de Rodilla, a montar en karts, al museo de cera, y, cómo no, al Prado. También visitamos el templo de Nebod y un día nos escapamos a Ávila y Segovia, y fuimos a la Granja y a Aranjuez, y a la Plaza Mayor, en fin, toda la ruta que seis chicos de provincia eran capaces de hacer en cinco días. 


Nunca hablamos de esto y, llegado el momento, cada cual siguió su camino. No les conté que mis dudas se disiparon en el Museo del Prado. Siempre había querido ser escritora y antes de eso quise ser actriz y todavía antes cantante de un grupo de rock y antes marino mercante y antes nube. Esas cosas no las relataba a nadie, se quedaban guardadas en las hojas pálidas de mis cuadernos de notas, de esos diarios que llenaba a montones y que están guardados, a la espera de que la posteridad deduzca que yo soy un genio inexplorado. El Prado orientó mi vocación, me avisó de que mi sitio estaba allí, no en la filología que expurga en las palabras como si estuviera haciendo una autopsia, no en la filosofía plagada de experimentos conceptuales y de extraños silogismos, no en la geografía y sus amplios horizontes, meridianos y paralelos innumerables. No. Estaba en el Arte. La Historia del Arte era el objetivo y también el inicio y el camino y casi todo. El Arte. La pintura, la escultura, la arquitectura. Y también la fotografía, y la música, y el diseño, y las instalaciones, y las galerías, y los estudios de pintor con sus luces huecas. 


El Arte era la emoción y el Prado el Sumo Sacerdote del sagrado oficio de conocer colores, pinceladas, huecos, expresiones, gestos, texturas, acabados, iconografías, restos, intenciones, artistas y fuentes exploradas y sin explorar. El Prado fue el sitio en el que, contemplando algunas obras, me quedé tan extasiada que olvidé que la hora de comer se acercaba y las pizzas estaban tan ricas y crujientes en aquel localito hoy inexistente. El Prado consiguió el milagro de olvidar el cansancio, los pies hechos trizas de vagar de un sitio a otro de la ciudad, sin ánimo de parar ni un momento, absorbiéndolo todo. El Prado fue el motivo por el que todo encajó en un extraordinario puzzle de desconcierto que es el que vive en la cabeza de los adolescentes cuando han de elegir su camino. Es esto, exactamente esto. Quiero saberlo todo de esto que contemplo. Quiero saber por qué, quién, cuándo y cómo. Quiero saber hasta dónde, quiero tenerlo todo al alcance de la mano. Quiero explorar y ser, tal y como aquí dice: con la fuerza de las manos y la voluntad del talento. 


El Prado ocupa en mi cabeza un lugar junto al cine clásico, la música flamenca, los libros de Jane Austen, la casa familiar, el pueblo en que nací, la ciudad en la que viví y el barrio que elegí junto a este río. Es un emblema cotidiano de la reconciliación conmigo misma. En los momentos de desánimo miro las fotos de los cuadros y observo las imágenes. En los momentos felices invento historias que transcurren entre sus bambalinas. Es un gran teatro de la fantasía. Un gran recurso de la imaginación. Una gran fuente de ingenio. Eso es el Prado, que ahora cumple años y que ha decidido comprarse ropa nueva y montar no sé cuántas exposiciones que no quisiera perderme. En este tiempo en que el AVE ha sustituido al TALGO y ha distancia se ha hecho más corta, en este tiempo en el que "la persona que más quiero" vive cerquita del Museo, quisiera que todos los dioses se aliaran para permitir que esa celebración me alimente el alma. 

(Fotos: página web del Museo) 

domingo, 18 de noviembre de 2018

Me despido de ti y no lo sabes


(Fotografía: Manuel Amaya)

Me despido de ti y no lo sabes. Toda la vida es una despedida. Dejé mi casa una y mil veces. Dejé el patio y las flores, los arriates, el sabor fuerte del agua de pozo, la humedad, dejé el levante, el poniente y el sur. Toda la vida es un continuo adiós de objetos, de personas, de sentimientos, de lunas, de horizontes y de puntos geográficos. Te despides de alguien cada día. Y esa despedida se renueva al pie del ascensor: Hasta mañana. Buenas noches. Que descanses. Adiós. 

Hay despedidas que son definitivas. Se muere alguien y ya nunca más su olor inundará tu cama, o tu casa, o tus sueños. Se marcha y se convierte en una foto, en un texto que escribí a su lado, en la esfera con los mapas de todos los continentes, en un viaje, una diapositiva. Hay otras despedidas que son tercas, que parecen querer rebasar nuestra paciencia y ser imposibles, ser inauditas, ser cobardes. Las despedidas cobardes cansan el cuerpo tanto como el espíritu. Adiós y no te enteras. Adiós y no te marchas. Adiós y no respeta tu silencio. Adiós y se repite tu zozobra. Adiós sin verdad, adiós sin nada, no adiós. 

Esta de ahora es una despedida esperanzada. También desconcertante, como lo son aquellas en que se despide el que sufre y se queda el que golpea una y otra vez el objeto sin sentir ni la mínima compasión, sin hacer el mínimo gesto. Esta de ahora es una despedida esperanzada pero tú no lo sabes. Me despido de ti y no lo sabes. No conoces quién soy, no entiendes nada y por eso es una despedida sin adioses ni símbolos ni horóscopos. No eres tú, sino un heterónimo que no inventó Pessoa. No eres el hombre sabio, el hombre alegre, el hombre bueno, el hombre amigo. No eres tú sino alguien oculto tras la máscara de un carnaval fallido, por eso no sabes despedirte. Por eso cargas el peso de la despedida en los otros. Tú estás en un castillo rodeado de almenas incendiarias y tu voz no sobrepasa la frontera del limes. La tierra de los bárbaros te es ajena. El alma de los demás no existe. 

Me despido de ti y no lo sabes. Como todas las despedidas tiene lágrimas, esas de las que te ríes con una evidencia tan cierta como que nunca lloras. Tiene recuerdos, enturbiados quizá por estos últimos, por la realidad de una mentira sobre otra, de una argamasa de falsedades huecas. Tiene remordimientos, porque hay quien se pregunta cómo hacer para que tú me quieras y hay quien se sonríe ante los esfuerzos del payaso triste que nada acompaña para que surja el deseo. Tiene miedo a la soledad aunque es más soledad la soledad del hombre equivocado. Tiene nostalgias de lo que no existió. Tiene culpabilidad y rencor por no haber entendido mucho antes que hay pasiones que más vale no deslizarse en ellas. 

Me despido de ti y no lo sabes. No hay adioses, ni sílabas, ni regalos, ni besos. No hay nada más que un perdón imposible. Porque amar no es obligatorio, pero abolir la ternura no puede hacerse sin una clase magistral de maldad añadida. 


(Fotografía: Cecilio Lobato) 

sábado, 17 de noviembre de 2018

"Confusión" de Elizabeth Jane Howard

En "Los años ligeros" conocemos por primera vez a los Cazalet. Esta de ahora es la tercera entrega y también la publica en castellano la editorial Siruela, en su colección Nuevos Tiempos, como las anteriores, la citada "Los años ligeros" y "Tiempo de espera" que es la segunda de la saga. 

La historia ha llegado aquí en este tercer volumen a los años cuarenta, decisivos para la historia de Europa, lo que viene a decir, del mundo occidental. En Inglaterra, en 1942, el conflicto bélico que tiene a la mayoría de los países en situación de combate o de alerta, genera unos cambios en la forma de vida que son muy notables. 

La escasez, la vuelta de los combatientes heridos, la necesidad de posicionarse, los bombardeos, todo ello hace que la existencia sea una aventura en sí misma. Los Cazalet, cuyo detalle conocemos por los anteriores libros, han ido creciendo y este es el momento en que los jóvenes entran en el mundo de la adultez en el peor tiempo posible. 

El desarrollo temporal ocupa desde marzo de 1942 hasta la primavera de 1945, tres años aproximadamente. Tres años convulsos y decisivos. Como es habitual en sus libros de esta serie, la autora incluye una genealogía para que no nos perdamos en la senda complicada de esta familia y sus afines. Ya sabemos que William Cazalet y Kitty Barlow, apodada la Duquesita, como él tiene el apodo de el Brigada, son los cabezas de familia. Tienen cuatro hijos, Hugh, Edward, Rachel y Rupert. Excepto Rachel, los otros han contraído matrimonios y tienen descendencia. Hugh y Sybil son padres de Polly, Simon y William. Edward y Viola de Louise, Teddy, Lydia y Roland. Rupert tiene dos hijos con Isobel (Clary y Neville) y uno con Zöe (Juliet). 

También forman parte de la familia la hermana de Viola, Jessica Castle, con su esposo Raymond y sus hijos Angela, Christopher, Nora y Judy, así como los criados, que tienen su papel que representar como es lógico en estas familias inglesas enraizadas en las viejas costumbres: La cocinera, que es la señora Crips; Ellen, la niñera; Eileen, la doncella; Peggy y Bertha, las criadas; Dottie, Edie y Lizzie, ayudantas de cocina; Tonbridge, el chófer; McAlpine, el jardinero; Wren, el mozo de cuadra. 

Aparecen aquí señalados en el mismo orden que en el libro, con su fuerte clasismo que los ordena por rangos pero sin olvidar el perfecto respeto que se tenían entre sí amos y sirvientes y el cuidado con no saltarse las competencias de cada uno entre los propios servidores. En esta sociedad no era factible encontrarse criados que durmieran en buhardillas llenas de ratas, como ocurría en familias españolas en los mismos años y posteriores, dando muestras de un desconocimiento total del sentido que tiene "servir" en una familia o en una casa. 

Muertes, nacimientos, bodas, separaciones, acontecimientos de diverso signo pueblan la vida de la familia Cazalet y llenan las páginas del libro. No hay que tener la menor preocupación si no se han leído las dos entregas anteriores. Esta novela trae un detallado prólogo que, con brevedad pero sin saltarse detalles, nos cuenta quiénes son y qué peripecias les han traído hasta aquí. Puede parecer en algún momento que tanta familia y tantos hechos se nos quedan demasiado grandes para tenerlos en la memoria a la hora de enhebrar la lectura. 

Pero no hay que temer. De la misma forma que se sientan las vecinas a la hora del café para comentar con detalle los chismes que suceden en la calle (o que se sentaban, pues me temo que ahora esté cada cual en su casa enfrascada en los asuntos menos importantes y, sobre todo, más ridículos, que aparecen en la tele), de igual forma aquí entramos a conocer la vida de los Cazalet y su círculo de una forma natural y sin que se pierda el interés. En el prólogo, además de los citados, se nos da cuenta de algunas amistades y amores que tienen su importancia en el conjunto del argumento. 

No se obvian los amoríos ni los errores que la familia comete, porque el libro se ofrece como una gran ocasión de penetrar en los secretos de otros, algo que a todo el mundo le supone un pasatiempo gratificante. Al hilo de los hechos históricos en los que está inserta la trama hay que decir que comienza justo con el ataque japonés a Pearl Harbour, dando lugar, como bien sabemos, a la intervención de EEUU en la guerra. En marzo de 1942, cuando la novela arranca, acaba de morir Sybil. 

Cada uno de los capítulos que forman las tres partes en que se divide el libro, viene titulado o bien con el nombre de un miembro de la familia o simplemente así "la familia". Además de eso, el subtítulo sitúa cronológicamente los hechos que se van relatando, de manera que no se pierda el hilo ni de los acontecimientos ni de las fechas. Elizabeth Jane Howard (1923-2014) era una escritora muy meticulosa, como puede observarse en la organización de sus libros, en el trabajo de documentación que realizaba para escribirlos y en la planificación de los personajes, sobre todo a lo largo de estas entregas que se difundieron por radio y televisión con gran éxito. Su vida personal fue otra cosa y me remito al enlace que encabeza esta reseña, al hablar de "Los tiempos ligeros", para ahondar en ella. 

Confusión. Crónicas de los Cazalet. Elizabeth Jane Howard. Siruela. Nuevos tiempos. Traducción del inglés de Celia Montolío 2018

"Ese final escrito sobre el aire"


Los aires la definen. Todos luchan entre sí por ganar y vencer, que no es lo mismo. Nosotras llevamos la falda tableada y el viento la levanta y la mueve, la convierte en bandera, en estandarte. Esta es una ciudad plegada hacia los aires y por eso tenemos tanto miedo de que vuelen los sueños. Aquí, en esta azotea, nos sentamos para contarnos las confidencias que no pueden oír las madres. Esas historias que nos parecen tan importantes y que el paso del tiempo convertirá en arena, en tierna arena blanca, de la que el mar abandona en la resaca y nos ensucia los pies cuando recorremos la playa que rodea el sitio en el que vivimos sin saber que el océano nos cerca. Qué espectáculo ver, a la caída de la tarde, cómo un enorme barco aparece en el fondo y ese cuadro que pintamos cada día en el horizonte tiene un sabor salado, como todas las lágrimas, como las lágrimas que caen en nuestras manos al hablar de ese chico que jamás, a pesar de que lo hemos intentado, nos mira al cruzarse por la calle o al coincidir en la puerta del instituto... 


A veces en la historia se cuela un aire de misterio que nos acongoja mucho más. Una de nosotras ha descubierto un secreto tan bien guardado que nadie en la calle lo conoce. Ha sido casual, como ocurren las cosas, de una forma tan rara que no sospecharán que lo sabemos. Pero está ahí, en el fondo del domingo radiante, en la conversación, mezclado con las risas. Ninguna lo esperábamos ni lo comprendemos apenas. Alguien podía haber dejado caer que eso son cosas de la vida y que la vida trae estas sorpresas pero somos tan jóvenes, tenemos tantas ganas de creer en el amor que este juego sucio nos aterra. Los vieron bañarse juntos en el crepúsculo y cada uno de ellos tenía el aire culpable de lo que está prohibido. Y los otros ni siquiera sospechan que la persona que duerme a su lado cada noche sonríe abiertamente mientras el mar acaricia su cuerpo y mientras alguien besa las gotas de agua que caen sin misericordia. 


Compartimos noticias y hablamos de nosotras como si toda la vida estuviera en nuestras manos. Aún no conocemos qué nos deparará el futuro, ni tenemos idea de las enfermedades, del dolor, de los partos, de las huidas, de las búsquedas. Somos cuatro y tan distintas que nada podría hacer pensar que el universo nos haya unido si no hay un motivo esencial para ello. Tenemos el mismo miedo oculto y no queremos que se note. Tenemos la misma esperanza sin tacha y no queremos que se pierda. Lo que nos diferencia es ahora tan escaso que apenas somos capaces de definirlo. Es mucho más lo que nos une, lo que nos abraza, lo que nos encuentra y lo que hace que las tardes tengan sabor a fresas en los veranos de levante atrevido, en los otoños de poniente y en la llegada del viento sur, tan amable, ese que, sin que queramos reconocerlo, será el que nos conduzca. Ese final escrito sobre el aire.


(Verso del título de María Sanz) (Fotografías de Peter Lindbergh)

viernes, 16 de noviembre de 2018

"Un día de lluvia puede no acabar nunca"


He abierto el equipaje. He depositado con un cuidado infinito, como si fuera un niño de pecho que necesitara arrullo, todo lo que contiene esa maleta encima de la cama. Hay blusas bien dobladas y pantalones oscuros para cualquier ocasión. Hay también cinturones, un jersey rojo con el cuello de pico y una chaqueta de piel que abrigue si la noche se llena de humedad. Luego he extraído los zapatos de su bolsa protectora y los he colocado en la parte baja del armario. Qué silencio escucho...qué enorme silencio. Queriendo conjurarlo he abierto el iPad y he buscado, como siempre a esta hora, a alguien que pueda acompañarme sin molestar. Y la he dejado cantando, solo interrumpida por algunos molestos anuncios que aparecen entre las canciones y que estropean el éxtasis de oírla. Es ella, Norah Roberts, como tantas otras veces. La ropa interior se ha quedado en la maleta y todo junto ha ido encima de una silla, una especie de banco sin respaldo, tapizado de crema, que hay al pie de la cama. Me he sentado después algo cansada, tengo los pies molidos y un aire de quietud me hace cerrar los ojos. Si pudiera dormir...pero no tengo tiempo. 


El ruido de la calle llama mi atención. Hay un bullicio cierto de viernes por la noche. Parejas que se miran a los ojos, otros que andan de la mano. Algunas familias que vuelven del cine. Todo está a punto de empezar de nuevo. El rito de la diversión, el del encuentro. Quién sabe si esta vez será posible, quién sabe si esta vez vendrás aquí, sin retrasarte, sin excusas sobre el tráfico, sin mentir, sin inventar una historia que nadie va a creer, ni siquiera yo, que lo creo casi todo si lo acompañas de un beso en el aire. Empieza la noche y la espera. Estaré esperando que llegues como hago otras muchas veces. Desplegaré sobre la cama el vestido que escogí porque sé que te gusta. Usaré en el baño todos los potingues que me he traído sin olvidar ninguno. Ese perfume tras las orejas y unos pendientes que brillan suavemente, que avisan de mi presencia y que te dicen que quiero que me beses. Esperaré. Si acaso llegas no sabré qué decirte. Tanta ha sido la espera y tan poco eres tú después de todo. 

(Fotografías de Irving Penn) (Verso del título de Ida Vitale) 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Iris Murdoch bajo la red

En sus fotos de juventud Iris Murdoch permanece seria, con una mirada distante, pensando en sus cosas, alejada del espectador, reconcentrada en sí misma. Solamente en las imágenes de los últimos años de su vida podemos verla esbozando sonrisas, siempre al lado del hombre con el compartió cuarenta y tres años, el profesor y escritor John Bayley (1925) que la cuidó cuando el Alzheimer empezó a rondarla unos cuatro años antes de morir. Son enternecedoras esas imágenes del matrimonio, en su casa o al aire libre, siempre juntos y siempre en la misma latitud. Lo que ya no me resulta tan agradable es ver la utilización que hace el cine de los libros que su marido escribió tras la muerte de la escritora y en los que relataba la vida de un cuidador de un enfermo de Alzheimer. Es triste e injusto que se hable de Murdoch más como una enferma que de una escritora. Pero estos son los efectos de vivir a base de titulares y de llamativas puntualizaciones, nada literarias. 

Ella, Jean Iris Murdoch nació el 15 de julio de 1919 y murió ochenta años después, en 1999. Fue filósofa, autora teatral, poeta y novelista. Pertenecía a una familia de granjeros presbiterianos por parte de padre y de la clase media anglicana por parte de madre. Ya se sabe que en Irlanda, su país de origen (nació en Dublín) esto de la religión es un elemento de altísimo interés a la hora de connotar a un personaje. Depende de eso el que tenga una educación u otra, de que siga determinados preceptos, de que tenga determinada ideología.

En el caso de la joven Iris tuvo una buena educación académica que llegó al postgrado y publicó su primera novela en 1954. Sus preocupaciones filosóficas y morales están presentes en sus libros, aunque matizadas por cierta ironía e, incluso, un sentido del humor muy especial. La novela "Bajo la red" acaba de ser publicada por la editorial Impedimenta y es la cuarta de una serie de ellas que esta editorial ha traducido al castellano. Las anteriores fueron "Henry y Cato", "El unicornio" y "El libro y la hermandad". Hasta que Impedimenta no comenzó a publicar sus obras Iris Murdoch era casi una desconocida para los lectores de nuestro país, aunque la editorial Alianza ya había publicado esta misma obra en 1992 y esto es algo que suele ocurrir con un número tan importante de escritores que me pregunto por qué siempre se reedita lo mismo y no se publican otras cosas que aguardan a que algún editor repare en ellas. 


El libro está escrito en primera persona y el protagonista es un traductor y escritor llamado Jake Donaghue que sufre una convulsión en su vida personal a raíz de la cual comienza a moverse en ambientes que están llenos de personajes extraños, difíciles y llenos de matices. En el fondo de su búsqueda, algo consustancial a los personajes de Murdoch desde siempre, incluso en esta primera novela, está el deseo de llegar a ser escritor, esa manera de acercarse al mundo a través de la palabra. Esa tensión, esa tendencia irrefrenable es lo que lo sostiene en los momentos difíciles y lo que se constituye en un implacable objetivo.

El amor, la fama, la riqueza, la lucha por conseguir los fines que el ser humano se plantea, el engaño y el abandono, todo ello se refleja en el libro, mezclándose la narración de acontecimientos o la descripción de los caracteres con la reflexión filosófica, todo ello con un aire humorístico que no nubla el fondo del pensamiento que la novela representa.

Iris Murdoch es una maestra de los diálogos. Aligeran el peso de la novela, indican la postura de los personajes y crean el ambiente adecuado para la narración. La personalidad del protagonista es el elemento principal sobre el que gira la acción. Es muy frecuente que los escritores se pongan en lugar de las mujeres para sus novelas y la prueba está en que las consideradas mejores obras "femeninas" están escritas por hombres: Madame Bovary, Ana Ozores y Anna Karenina son mujeres descritas por hombres. En este caso, Iris Murdoch se sitúa en el papel y la cabeza de su protagonista y cuenta desde dentro cómo se siente cuando su mundo cambia a raíz de que su novia lo abandone y tenga que recurrir a una forma de vida que lo sitúa en la cuerda floja.

Algunos capítulos son verdaderamente geniales, como el 17 (son 20 en total) en el que el protagonista se coloca como auxiliar en un hospital, puesto en el que se encuentra desubicado y cuyas peripecias describe con notable gracia. Lo mismo que los gatitos del final del libro, una forma de terminar que solo puede ocurrírsele a una mente brillante. Así fue calificada Iris Murdoch durante mucho tiempo, "la mujer más brillante del Reino Unido" y, si te fijas, no iban descaminados los que así opinaban. Es precisamente esa capacidad para narrar la realidad y la fantasía partiendo de una visión humorística que aligera el ambiente, lo que la distingue de otros narradores. Sus libros poseen una certeza que acaba por convertirse en duda y sus ideas filosóficas, partiendo del platonismo, están muy presentes en ese esfuerzo por comunicar al lector tanto lo que sucede como la interpretación de los hechos en un contexto general que no resulta fácil para el protagonista.


Bajo la red. Iris Murdoch. Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane. Editorial Impedimenta. Septiembre 2018. Dedicatoria: para Raymond Queneau. Título original: Under the Net, 1954. 
Diseño de la colección y dirección editorial: Enrique Redel
Maquetación: Daniel Matías
Corrección: Ane Zualika, Ana Doblado, Aymará Cardeña
Impresión: Kadmos, Salamanca

martes, 13 de noviembre de 2018

"Mira que eres canalla"


Ha apagado el teléfono. Ha encendido la música, una cosa de jazz o bossa, no recuerda. Ha bañado su pelo con un champú de rosas y los hilos brillantes se han estirado al tiempo que susurra canciones que aprendió hace unos años. Ha cerrado la historia, ha inventado el silencio. En la página web ha comprado un jersey y un vestido del tono del azul del océano y ha sonreído firme al mirarse al espejo, con una pinza roja enfrente de la imagen. 
Ha borrado las lágrimas. Ha olvidado los sueños. Ha buscado una frase que valga para el caso. Ha recordado todas las palabras vacías, las palabras crueles, las palabras manchadas de ese olor a soberbia y a corazón sin tiempo. Ha vencido por fin. Ha acariciado un libro. Ha levantado a Tara como si fuera tierra y ha jurado que nunca volverá a pasar pena, volverá a pasar llanto, volverá a pasar miedo.


(Fotografía de Arnold Newman. Título de Luis Eduardo Aute) 

En el cine, años cincuenta


El cine fue el gran milagro del ocio en el siglo XX. La alegría de las noches del sábado, la mejor forma de disfrutar si tenías pareja, si ibas en familia o con amigos. El cine cambió la forma de vivir la realidad y de soñar la vida. Todo se convertía en un vocabulario especial y nuevo. La cinefilia unió a las personas en un lenguaje común, en un encuentro que ningún otro arte ha logrado. Las películas imprimen carácter y sus personajes son parte de la existencia cotidiana. Las modas surgieron del cine y la historia personal de las estrellas fueron el espejo en el que mirarse. Sin el cine, la cotidianeidad hubiera sido más gris, más oscura, menos abierta y libre. Las colas para los grandes estrenos eran el símbolo del deseo de algo mejor. El cine fue la ventana abierta al exterior, la muestra de que la vida se podía escribir con otros renglones. 

Los años cincuenta en España tienen un resto de sufrimiento añadido que es difícil olvidar. Las cosas estaban condicionadas por la escasez, por el signo político, por la historia previa. Solo hacía una década que la guerra civil había terminado pero sus secuelas se prolongaron mucho más tiempo. Cuánta gente acudía al cine para tomarse un respiro en sus problemas, para pensar que otro mundo existía, para dejarse llevar por la ilusión. Fue una medicina, un reclamo, un modo de existir, una fuerza diferente. Esas muchachas de vestidos ajustados a la cintura y faldas amplias, de cuello de barco y tacones puntiagudos, de melena francesa y de guantes al codo. Esas muchachas que usaban pantalones anchos y camisas masculinas, que querían emular a las mujeres de la pantalla, de alguna forma, de modo que su barrio, su pueblo, su ciudad, tuvieran el aire cosmopolita de las ciudades del cine. 



Bette Davis fue entonces la excéntrica actriz en el declive que tiene que sortear los obstáculos de las advenedizas, de Anne Baxter y de la explosiva señorita Monroe, mientras su director favorito dudaba entre soportar su mal genio y admirar su grandeza de espíritu. Por su parte, Gary Cooper, solo ante el peligro, perpetuaba la imagen del hombre íntegro, que era capaz de sufrirlo todo con tal de mantener sus principios. Unos principios que había olvidado Marlon Brando en los muelles, aunque en un momento dado el amor por Eve Marie Saint le hizo recordarlo. Otro actor del Método, Paul Newman, vivía una ambigua relación con la bellísima Liz Taylor y sus ojos color violeta, esa gata hambrienta que se quemaba en un silencio imposible. En la dulce Irlanda, los ojos eran verdes, verdes los paisajes y rojo fuego el cabello de Maureen luchando con la esquiva realidad del hombre tranquilo, Wayne al uso y al encuentro de los paisanos remisos. Ese mismo individuo que observaba desde un marco hopperiano la marcha de los pioneros en busca de la chica desaparecida, en el desierto, centauros clásicos, visiones maniqueas pero espectaculares. Tras los cristales de una ventana indiscreta James Stewart se mostraba reticente a pedirle matrimonio a la preciosa Grace, con su vestido blanco majestuoso y su neceser de chica moderna y a la última. Y, en el tribunal de justicia, ese que es tan cinematográfico con sus grandes columnas, el hombre del traje blanco de lino, Fonda, clamaba en el desierto, inventando la asertividad y manteniendo que la duda razonable es el eje de la democracia. 

Al mismo tiempo, en España, Pepe Isbert daba un memorable discurso en el balcón del pueblo, al tiempo que Lolita Sevilla ensayaba una copla y los americanos pasaban raudos levantando una nube de polvo, de leche en polvo servida en los colegios, residuos últimos y pobres de un plan Marshall descafeinado. 

Cine, cine, cine, más cine por favor. 


(Fotografías de Arnold Newman, Nueva York, 1918-2006)

lunes, 12 de noviembre de 2018

"Una noche en el paraíso" de Lucia Berlin


En 2016, la publicación por la editorial Alfaguara de "Manual para mujeres de la limpieza" fue un absoluto suceso. El boca a boca funcionó de inmediato y el libro se encumbró a los primeros puestos de los más vendidos y fue, también, de los más leídos. Ambas cosas no siempre coinciden. La personalidad de Lucia Berlin importa, desde entonces, tanto o más que su obra. Como ocurre con todas las vidas estrambóticas, al filo de la navaja, su peripecia vital nos llama a intentar descubrir resquicios que expliquen el trasfondo de las historias que cuenta. Setenta y siete cuentos que ya se habían publicado en los años noventa sin demasiada repercusión, a pesar de que consiguió el American Book Award en 1991. 


(Lucia Brown en sus primeros años)

Fue la importante editorial norteamericana Farrar Straus and Giroux la que publicó el "Manual" en 2015, revitalizando la figura literaria de esta mujer. Era un momento muy oportuno. La literatura femenina, antaño arrumbada en los cajones, parcamente publicada y peor difundida, vive una época de oro que no solo se refiere a la nueva literatura sino a la que se ha escrito en los siglos XIX y XX, sobre todo ficción, multitud de novelas de las que no tenían noticia los lectores y que las editoriales, sobre todo las independientes, han decidido sacar a la luz, mostrando un caleidoscopio de personalidades y estilos que nunca debió estar oculto. En esta corriente de revisionismo femenino se enmarca la resurrección literaria de Lucia Berlin. 

Es verdad que el trazo grueso que se suele publicar sobre su vida hace alusión de una forma descompensada de sus andanzas, dando un realce que no tuvo a sus malos tiempos de empleada de limpieza o de recepcionista. También fue una chica educada en buenos colegios, que llegó a ser profesora de la Universidad de Colorado. En cuanto a su vida personal, como todas las hijas de madres despegadas, poco cariñosas y más proclives a la vida desordenada que a cuidar de su rebaño, ella anduvo de un afecto a otro seguramente en busca de alguno seguro. Su apellido lo toma de su tercer marido, el músico de jazz Buddy Berlin, y sus cuatro hijos tienen padres diferentes. Esto me parece anecdótico en comparación con su dedicación literaria y, sobre todo, con su mirada acerca de la vida y las personajes. No obstante, hay algunos aspectos poco conocidos de su existencia, como el tiempo que pasó en Chile, en época de colegiala, con su madre y su hermana, ya que su padre, ingeniero de minas, estaba ocupado en la guerra. Su español era muy bueno y lo había adquirido ya estudiando en Nuevo México. 



Cualquier acontecimiento puede ser narrado. El hecho de que esa narración llegue al lector y se constituya en literatura tiene que ver con la mirada y con el estilo. En cuanto a este, Berlin le pierde el respeto a las formas y las subordina al objeto de su relato, siempre con un aire fresco como si estuviera recién escrito, como si nos contara, de manera coloquial, lo que está viviendo. 

Su forma de concebir la vida y el mundo que la rodea añade a su mirada esa pátina de claridad y de casi sinceridad, más bien de honestidad, que tiene que ver con la empatía y la compasión que le producen la propia existencia y los seres desarraigados, vencidos, que no tienen sitio en los titulares de prensa nada más que en la sección de sucesos. 

"Una noche en el paraíso" es una colección de veintidós cuentos que han sido seleccionados por uno de los hijos de Berlin, Mark. El éxito del "Manual" ha dado lugar a que exista una importante expectación acerca de este nuevo volumen, que sale en las fechas cercanas al aniversario de su nacimiento y de su muerte. Lucia Berlin nació y murió el mismo día y el mismo mes, el 12 de noviembre. Desde Alaska, donde nació en 1936, hasta California, donde murió en 2004, hay toda una trayectoria geográfica y personal que la llevó a Nuevo México, Chile, Colorado, en ese vaivén vital que constituyó su vida y que salpica, y de qué manera, su obra. 


El prólogo del libro está escrito por Mark Berlin, el hijo que se ha encargado de seleccionar los relatos que forman el volumen. Sus palabras son admirativas y comprensivas. Su madre no es solo esa mujer con la cabeza loca y bastante alcohólica sino que, según dice, sus dos últimas décadas estuvo siempre sobria y fue capaz entonces de escribir lo mejor de su vida. También habla de que esas historias tienen parte de autobiografía, pero no del todo, son "casi" autobiográficas, dice. Como suele ocurrir con casi todos los escritores, salvo, quizá, aquellos que inventan un mundo de la nada y escriben literatura fantástica. Aun en estos, no obstante, me gustaría saber si alguno de sus monstruos imaginados no están tomados de un vecino molesto.

Resultan tan curiosos los temas que le interesaban a esta mujer en su faceta de escritora...Las pequeñeces en las que se fijaba y la forma en que las elevaba a la condición de objeto literario...El primero de los cuentos se titula "Los joyeros musicales" y empieza con unos niños de condición humilde vendiendo una especie de lotería ambulante. Inocencia a la vez que miseria, mezcladas en un cóctel imposible y muy humano. El título del segundo cuento es evocador "A veces en verano"y en él vuelven a aparecer Hope y su familia, que habían venido de Siria.

Todo está escrito en primera persona y eso le otorga todavía más verosimilitud a lo que narra, aunque sabemos que el matiz del tiempo ha oscurecido o agrandado los hechos y modelado a los personajes, aunque eso nos da igual a la hora de leerla. Es un gran fresco en el que hay comportamientos buenos y gente ruin, sentimientos a flor de piel y, sobre todo, peripecias, un gran número de peripecias contadas con naturalidad y sin poner el énfasis en las cosas más tristes. Historias pluriculturales porque en ellas aparecen gentes de nacionalidades diferentes y de orígenes distintos, atendiendo a la propia experiencia de la escritora, que se movió de un lado a otro durante toda su vida, enriqueciendo su punto de vista al máximo y reflejándolo en sus cuentos. Aunque todo esto simplemente son historias, como dice Mark Berlin, la historia es lo que cuenta. El título del libro se ha tomado de uno de los cuentos.


Una noche en el paraíso. Colección de cuentos de Lucia Berlin, con prólogo a cargo de Mark Berlin. La traducción está a cargo de Eugenia Vázquez Nacarino. Publicado por Alfaguara, primera edición en noviembre de 2018. El diseño corre a cargo de Penguim Random House Grupo Editorial, inspirado en el original de Enric Satué. El título original: Evening in Paradise: More Stories. 


(Imágenes de Lucia Berlin con uno de sus hijos y nota autógrafa de la escritora)

domingo, 11 de noviembre de 2018

Si Shakespeare lo dice, alguna razón tendrá


SONETO 116

Permitid que no admita impedimento

ante el enlace de las almas fieles
no es amor el amor que cambia siempre por momentos
o que a distanciarse en la distancia tiende.

El amor es igual que un faro imperturbable,
que ve las tempestades y nunca se estremece.
Es la estrella que guía la nave a la deriva,
de un valor ignorado, aún sabiendo su altura. 

No es juguete del Tiempo, aun si rosados labios
o mejillas alcanza, la guadaña implacable.
Ni se altera con horas o semanas fugaces,
si no que aguanta y dura hasta el último abismo. 

Si es error lo que digo y en mí puede probarse,
decid, que nunca he escrito, ni amó jamás el hombre.



Marianne Dashwood amaba Shakespeare y sus sonetos. Su preferido era este 116 porque Marianne estaba enamorada del amor y ponía en su amado todas las buenas cualidades, las virtudes y los dones necesarios para que ese amor tuviera sentido y no fuera inútil ni incapaz. Pero, tal y como sabía su creadora, Jane Austen, que la convirtió en una de las dos protagonistas de "Sentido y sensibilidad", las cosas no siempre son así. 

Demasiadas veces nos enamoramos de alguien que no existe. Cuando ese alguien tiene buena fe, no ha de achacársele engaño alguno. Simplemente nuestro temperamento nos lleva a adornar al objeto de nuestro amor para así convencernos de que lo merece, de que esa entrega única que supone poner en manos de otro lo que somos, tenga razón de ser. Pero si la persona en quien depositamos nuestro más noble sentimiento no opone a nuestra generosidad la contrapartida necesaria, si no hay reciprocidad o si oculta algo que, en esos momentos, no podemos verlo, entonces se convierte en un impostor, en alguien que atrapa algo que no le pertenece. 

"No es amor el amor que cambia siempre por momentos" dice Shakespeare. Como muchas de sus frases geniales el tiempo ha ido demostrando que son intemporales y que la naturaleza humana se ve reflejada de forma exacta en ellas. No es amor el amor que únicamente actúa por interés, por acomodarse o que, todavía más frecuente, se deja querer sin más. Por eso, cuando el enamoramiento pasa nos preguntamos quién es esa persona, qué sabemos de ella, qué quiere de nosotros, por qué nos ha entretenido tantas horas si, en realidad, no merece la pena, porque el fondo de su corazón está turbio a nuestros ojos. 

Marianne Dashwood recitaba el poema a la luz de las velas, en esas noches cómplices con el hombre del que creyó estar enamorada y del que creía recibir amor. Pero el amanecer de los días, el transcurso de las horas añadió nuevos datos a la historia y la hizo entender que no es oro todo lo que reluce y que amor es una palabra demasiado grande para quienes actúan como ladrones en noche de tormenta. 


(Imagen: Kate Winslet es Marianne Dashwood en la versión cinematográfica de "Sentido y sensibilidad" dirigida por Ang Lee" 

Con ellas: Norah Jones, Lucia Berlin, Nina Leen


(Foto: Nina Leen para Life)

Desayuno leyendo a Lucia Berlin. Dice su hijo Mark que fue una estupenda madre, que andaba de una cosa a otra pero que ellos, sus cuatro hijos, fueron felices. Todas las madres deseamos que nuestros hijos sientan que somos especiales, o, al menos, buenas. La bondad me preocupa mucho últimamente. La gente mala asusta, a mí me asusta. No quiero que la maldad se instale cerca de mí, ni la insidia ni la manipulación. Por eso leo a Lucia Berlin, como un seguro contra la mezquindad de los mediocres. Y la mañana se llena de música y ahí está, como otros días desde hace algunos, Norah Jones que es la única persona a la que escucho cantar porque lo demás no encaja en la vida que ahora deseo tener. Hay que escoger cierta parte de la vida, al menos la que te pertenece de forma íntima. Escucho "Sunrise" y la canturreo, a mi manera, con mi inglés poco académico, así que más bien la tarareo, como si fuera una niña en el colegio y la maestra entonara, por vez primera, un villancico inglés. 

Lucia Berlin escribía de cosas que vivía, pero lo sustantivo no era su vida sino su capacidad para escribir. La gente que escribe lo hace de cualquier cosa, tenga una vida interesante o rutinaria, tenga amores o desengaños, tenga familia o esté sola. Así, en los páramos, escribían las Brontë y creaban personajes atormentados que ellas no conocieron siquiera. Así, en la verde presencia de Steventon o Chawton, escribía Jane Austen y no necesitaba conocer a miles de Darcys para entender el secreto de la atracción física y del encuentro de los ingenios. Los escritores tienen las historias en la mente y tienen que sentarse, en medio del desayuno, para escribirlas como sea, antes de que se les olvide, incluso en servilletas de papel, como hacía con Harry Potter su autora, J. K. Rowling, a la que ninguna editorial quería publicar porque decían que aquello era infumable. Benditos ellos y su poderosa intuición. 

Norah Jones canta en directo y las imágenes de Nina Leen, esas mujeres extraordinarias llenas de encanto, salpican las pantallas y aparecen por aquí como si fuera un lugar tan glamouroso que pudiera llenarse de citas de actores y actrices en la Meca del cine o, mejor aún, en Montecarlo, ese pueblo costero plagado de recuerdos al que ya no va nadie desde que Max de Winter volvió a Manderley. 

sábado, 10 de noviembre de 2018

¿Cómo es posible que apaguen tu sonrisa?


Me miras y te miro. Nos entendemos. De una punta a otra del país pero las dos sabemos que hablamos de lo mismo, que tenemos las mismas emociones, la misma asignatura que no hemos aprobado, la misma insensatez ante las cosas, la misma inenarrable fantasía. Nos parecemos. El color de los ojos es distinto, el toque de las manos, la suavidad del verso que nos gusta escribir, la trayectoria. Te van las matemáticas y eso a mí me produce tanta envidia...Yo aquilato palabras y las transformo en tiempo y eso te encanta aunque no lo comprendas muchas veces. Somos tan diferentes pero hemos encontrado un punto de atención para ayudarnos, para que tus palabras se asemejen a las mías, para que huyamos sin dudarlo del mismo tronco hueco. 


¿Cómo es posible que apaguen tu sonrisa si es lo mejor que tienes? ¿Que viertan tu alegría en un saco de azufre y que desaparezca? ¿Cómo es posible que te dejes vencer tan a menudo? ¿Cómo es posible que "perdón" y "lo siento" sean tu vocabulario más continuo? No lo sé, te respondo. Ya no sé qué decirte, no me entiendo a mí misma, no comprendo qué soy, no encuentro las razones, solo tengo lamentos, ganas de ser distinta, de escapar, de no oír, de no escuchar, de mantenerme lejos, lejos, siempre. 


El eco de las voces de las dos se confunde. Tú te alteras un poco porque sufres al verme. Yo susurro en silencio porque no quiero hablarlo, porque no quiero serlo, porque no quiero estar. Nos sentimos ausentes, las dos tenemos miedo, estamos asustadas, no sabemos qué hacer con esta sensación de perder siempre todo, de vaciarnos las manos y vaciarnos los ojos en lágrimas que duelen, que saben siempre a sal. Hablamos y queremos entender lo que somos, al hacerlo ponemos en la palabra todo, lo que tuvimos antes, lo que somos ahora, casi nada, ya ves, dos mujeres cansadas. No te vas, yo no vuelvo. Así concluye a veces nuestra conversación. ¿Cómo es posible esto si la vida es hermosa? ¿Quién te lanzó la red, quién te engañó del todo, quién te perdió en un pozo, quién te fue traicionero?


No tenemos respuestas. Nos hemos escondidos. Dos mujeres hermosas que han dejado de verse en el espejo. Eso somos. No tenemos remedio. Nos han aniquilado. Absorbieron la fuerza que existía entre nosotras y ahora solo queda mirar por los balcones, observar que las luces de la noche cubren un vacío silencioso de una calle desierta. Y no estamos allí, nos escondemos, estamos escondidas, ocultas, invisibles. 

(Fotografías de Nina Leen)