lunes, 27 de agosto de 2018

Tormenta de verano


(Fotografía: Tamara Lichtenstein) 

A "La, la, land" le faltó una escena de lluvia. Un momento mágico en el que Ryan Goslings y Emma Stone danzaran abrazados, empuñando cada uno de ellos un paraguas rojo. Me gustan los paraguas rojos y el rojo de los bolsos. Si quieres hacerme feliz, no lo dudes, regálame un Kelly de Hermés, de ese rojo intenso que te acompaña en los días más oscuros. "La, la, land" fue la banda sonora de mi invierno pasado. Veía las imágenes e imaginaba que en una esquina de ellas había un hueco para mí, un pequeño lugar escondido, un papel sin importancia, una camarera en patines o una ascensorista con uniforme. 

La tormenta de cada verano ha llegado envuelta en la música de la conversación. El final del verano siempre se escribe con unas gotas de agua, unas pocas lágrimas y unas risas compartidas. Hemos vertido junto al café el tarro de los secretos y ahora nos sentimos más ligeras. El día tormentoso es una anticipación del otoño y hacemos planes con la secreta seguridad de que cambiarán las estaciones pero que, si no hacemos un enorme esfuerzo, seguiremos siendo las mismas. No queremos seguir estando en un cuarto oscuro, en un lugar donde las corrientes de aire te dejan temblando, sino recorrer paisajes que nos devuelvan la alegría. 

sábado, 25 de agosto de 2018

Tristesse


(Juliette Binoche)

Los ingleses son más ruidosos y expresivos para la alegría pero nadie como las francesas para mostrar la tristeza. Eso requiere sutileza y requiere abandonarse a las sensaciones que la tristeza produce. Así como el estruendo de la risa es contagioso y requiere salir al exterior, la tristeza es un sentimiento tan hondo que no requiere de manifestaciones externas, es más, que se rompe si se muestra. Es algo íntimo, delicado, que absorbe los sentidos y que hace resplandecer lo que somos por dentro. Hay muchos que opinan que la tristeza es cansina pero confunden la tristeza con la apatía, con el aburrimiento o la depresión. La tristeza tiene una dignidad que pocos sentimientos ofrecen, porque no necesita subterfugios ni puede impostarse. 


(Isabelle Huppert)

Nada hay sórdido en sentirse triste. Es más, el disimulo convierte la emoción en un juego malabar que no conduce a nadie. Los que no pueden expresar su tristeza terminan haciendo de ella un estereotipo, un algo sin vida y la tristeza también es vida. Si tuviéramos que esperar a vivir que pasara de largo estaríamos detenidos. La tristeza conforta nuestro corazón, porque le enseña el camino para salir de la oscuridad. Si no estamos tristes, si no entramos en la tristeza hasta el fondo, descubriéndonos a nosotras mismas, nunca podríamos encontrar el modo de volver a recuperar nuestra alegría. 


(Charlotte Rampling)

No deberíamos confundir la tristeza con la pérdida de la ilusión. La tristeza te cubre con su manto hasta que vuelves a encontrar el calor necesario. Te acuna y te explica qué te está pasando, por qué esos ojos se llenan de lágrimas, porque la sonrisa cuesta tanto y no se asoma a tu cara. Pero es un acto sincero de reconocimiento, no una impostura, ni una simulación. Dejar de estar triste porque tienes que ofrecer al mundo un rostro inmaculado es una traición a uno mismo. Recrearse en la tristeza cuando ya esta no tiene razón de ser inmediato, también lo es. Hallar el equilibrio, ese es el secreto. Saber que somos duales, que dentro de nosotros conviven sentimientos distintos y que la tristeza es uno de ellos que hay que afrontar y vivir en plenitud. Es imposible no sentirla. Es absurdo empujarla al abismo de la ocultación. Cuando termina su cometido, ella misma conoce el camino del repliegue. 

viernes, 24 de agosto de 2018

Novedades literarias para el otoño de 2018



De igual manera que imaginas bonitos planes de viajes que muchas veces no se cumplen, o te haces propósitos de enmienda en todo aquello que sueles hacer mal. De igual forma que la moda se te aparece en las páginas webs o en los escaparates. Así como el verano se escapa y haces balance y, aunque haya sido difícil o aburrido, echarás de menos algo que aprendiste…

Las editoriales lanzan sus novedades para otoño y tú te fijas en aquellas que, de antemano, te dan la impresión de que van a gustarte, en esa intuición especial que cultivas desde hace tiempo en torno a los libros. 


De la nueva cosecha me quedo con dos libros que hablan de escritura: “¿Por qué escribir?” de Philip Roth (Random House) y “El reino del lenguaje” de Tom Wolfe (Anagrama), ambos recién desaparecidos. Diferentes pero unidos por poseer un estilo, eso que buscamos todos los que nos dedicamos a escribir. 


Luego, otro libro de cuentos de Lucia Berlin. Después del éxito de “Manual para mujeres de la limpieza” se veía venir. A mí ese primer libro me pareció irregular pero con algunos destellos deslumbrantes. Este se llama “Una noche en el paraíso” (Alfaguara). Segura estoy de que “Nada de nada” de Hanif Kureishi (Anagrama) me volverá a apasionar como sus libros anteriores. Difíciles, herméticos, con personajes poco agraciados de entrada, pero profundos y dolorosos. 


Los Asteroides van a traer un éxito de los noventa, “Un fin de semana” de Peter Cameron, clásico entre los suyos y con un tema interesante, el de la evocación de la pérdida. Y, por último, en esta primera selección de posibles lecturas para el otoño está “La madona de los coches cama”, título irónico de Maurice Dekobra, que sacará Impedimenta. 


Esto de momento. Los anuncios de las grandes editoriales, los best-sellers, las “nuevas” obras de los consagrados que nunca leo, me ahorro de reseñarlas. Esas están por todas partes. 


Conclusiones




-¿Qué haces?-dijo él
-Te miro-le contestó ella
-Y ¿qué ves?- repuso el hombre, esponjándose, saboreando de antemano el regalo de sus palabras
-Nada-dijo ella. 


Entonces, ella dirigió la mirada hacia su propio interior, pero, sobre todo, miró a los otros, miró el mundo que la rodeaba, agua, árbol, cielo. "¿Qué veo?", se preguntó. "Todo".

(Fotografías de Giselle Freund)

miércoles, 22 de agosto de 2018

"Un poco menos que ángeles" de Barbara Pym



Este es el tercer libro que publica Gatopardo Ediciones de la autora inglesa Barbara Pym (1913-1980). Los anteriores son "Mujeres excelentes" en 2016 y "Amor no correspondido" en 2017. Confieso mi predilección por "Amor no correspondido", aunque "Mujeres excelentes" me descubrió una forma de mirar muy especial y este de ahora tiene novedades interesantes, silencios y palabras que hacen reflexionar. 

Me gusta Barbara Pym por su inteligencia. La inteligencia en un escritor tiene mucho que ver con esa manera distinta de ver los hechos, de analizarlos y, sobre todo, de interpretarlos. En ella hay una mezcla de dulzura y desafío. Hay una foto que se repite cada vez que se buscan datos sobre ella en la que aparece sonriendo a medias con un gato en los brazos. No me gustan los gatos, ni los perros, ni los animales en general, pero ella tiene una actitud complaciente que la convierte casi en la vecina de al lado. Inspira confianza. Esa sensación la tienes al leer sus libros: sabes que no hay trampa ni cartón en lo que te cuenta y que, si algo parece ser lo que no es, al final saltarán las costuras y todos tan contentos. No sé si me explico. Los enredos domésticos no son cosa baladí. Y todos aquellos que han considerado que la literatura debía estar revestida de la solemnidad de los días de fiesta han dejado de lado tantas historias como momentos tiene la propia vida. Esa estética de lo cotidiano, que practican otras grandes damas literarias cuya relación de nombres ocuparía este espacio por completo, es gloria bendita. 
"Un poco menos que ángeles" cuenta la historia de Catherine Oliphant, escritora, cuyo noviazgo con un atractivo antropólogo llamado Tom Mallow entra en fase pantanosa cuando él conoce a una joven estudiante, Deirdre Swan. Para que haya cuarteto se añade al grupo otro antropólogo, un tipo de carácter bastante raro, Alaric Lydgate. No solo hablamos de enredos amorosos sino de esas argucias, artimañas y envidias que se mueven en el mundo de la investigación y la universidad a la hora de conseguir algún premio o alguna beca. Nada nuevo bajo el sol y eso que el libro fue publicado por primera vez en 1955. Hay un retrato del mundo académico que no tiene desperdicio y que está de plena actualidad. Podíamos resumirlo con la frase "no es oro todo lo que reluce". Debajo de las imponentes fachadas de catedráticos y eminencias se esconde la mediocridad y la petulancia. Tantas veces nos encontramos con sabios humildes y con prepotentes ignorantes. Lo que se dice "listos incompetentes" en versión Vivian Ward. 

Hay una cosa preciosa en Barbara Pym. Esa combinación de ambientes serios y profesionales, con la vida de las personas en su casa, cocinando, vistiéndose para salir, arreglando las flores. Se respira un aire genuino, como si estuvieras asomada a una ventana y vieras lo que ocurre. En este sentido, es muy cinematográfica, o quizá es que estamos tan acostumbrados a la imagen que no podemos dejar de imaginarnos el movimiento, las voces, incluso las expresiones de todos. Hay también muchos sueños. Los antropólogos imaginan éxitos, las muchachas incluso añaden la búsqueda, o mejor, el hallazgo del amor. Y todos tienen esperanzas que quieren ver cumplidas. Las descripciones de Barbara Pym son concretas, exactas, sin pasarse, pero dibujando trazos firmes, puedes verlos a todos ellos, están ahí.

La crítica soterrada o directa hacia cierta clase de intelectuales está presente: "Se había imaginado que la presencia de lo que ella consideraba personas inteligentes ocasionaría algún cambio sutil en la habitual conversación intrascendente. Las frases serían como bolas de juegos malabares brillantes que darían vueltas en el aire y, con destreza, se recogerían se volverían a lanzar. Pero ahora se daba cuenta de que la conversación también podáis compararse con una serie de objetos incongruentes, cepillos de fregar, paños de cocina o cuchillos que se arrojaban o salían volando..."

Cuando Tom termina su relación con Catherine pensando que va a sentirse más libre, más relajado, más recogido en sí mismo...y comienza otra con Deirdre, quizá más joven y más manipulable...se encuentra con que las cosas no cambian si no cambia uno mismo. Esta es una enseñanza que no debería dejarse de lado.

Y las mujeres. Cuando Alaric conoció a Catherine se fijó solamente en que llevaba un vestido amarillo. Un vestido amarillo. He pensado en otro tiempo, en el pasado, en un vestido amarillo y en alguien que reparó en ese vestido. Barbara Pym parece conocer el comportamiento de las parejas mucho mejor que cualquiera. Porque nada de lo que ocurra entre Catherine y Alaric será intrascendente. O quizá lo intrascendente sea al final lo que importa.

Un poco menos que ángeles. Bárbara Pym. Gatopardo ediciones, junio 2018. Traducción de Irene Oliva Luque. Título original Less than Angels. Diseño de la colección y cubierta Rosa Lladó. Imagen de la cubierta Toni Frissell, 1941. Edición original 1955. Imagen de la solapa Mayote Magnus. 

sábado, 18 de agosto de 2018

Una carretera azul


Raoul Dufy podía haber nacido en Cádiz. Sus azules hubieran sido tan turgentes y vivos como pueden apreciarse en sus cuadros. La obra de Dufy es para mí el santo y seña del mar, la auténtica viveza del tiempo de los encuentros, las olas en su navegar hacia la orilla. El océano rodeado de la pequeña y multicolor marea de gente que apenas entiende algo más que ese bienestar irrepetible de su brisa. Mi mar, mi océano, está en los cuadros de Dufy. 

El marido de Edna O´Brien aborrecía que ella escribiera. Y tuvieron sus más y sus menos. Diferencias irreconciliables lo llamaría un abogado de divorcios. Yo lo llamo incapacidad para amar y para ser generoso con uno mismo. Envidiar el talento del otro es pecado. Envidiar el talento de alguien a quien deberías querer es mediocridad. Y ser mediocre es peor que ser un pecador. 

Cuando Ernest descubrió el borrador en el que ella describía una carretera azul en un paisaje que su cabeza había recreado a partir de las ondas azules del mar de su infancia, estalló una pelea entre los dos. Se enfadó tanto porque ella se empeñaba en que existían las carreteras azules…A él no le gustaba que le llevasen la contraria y, sobre todo, no podía entender que los colores son convenciones, que no son una parte de la realidad, sino de cada realidad. Los días también tienen colores, te expliqué una vez, aunque ya lo has olvidado. O lo has tergiversado y convertido en un capricho más de los míos, alguien que quiere inventar la vida desde los libros. 



Si alguien te dice que eres una “charlatana de las letras” deberías preocuparte. O no preocuparte y alejarte lo más lejos posible. Yo aconsejaría siempre preparar un pequeño equipaje, una mochila incluso, y tomar el camino que conduce a la carretera azul, y de ahí, al mar azul, y del mar, al océano. 


Podrías quizá entonces hallar un trozo de la felicidad infinita que ha de repartirse entre todos los humanos. Una pequeña porción como si fuera un pastel gigantesco en el que hubiera de todo: chocolate, frutos del bosque, vainilla, turrón y nueces. Antes del viaje no deberías leer ningún libro que te hiciera llorar, porque los ojos han de estar secos y prestos para vigilar el camino. Aunque estés segura de que la vida no puede vivirse con la misma intensidad que los libros, haz una salvedad. Espera a cruzar la carretera azul y estar a resguardo. Solo así empezarás a darte cuenta de que tus carreteras azules existen porque tú las ves. 


(Pinturas: Raoul Dufy) 

viernes, 17 de agosto de 2018

Atrapadas



Las ves y han olvidado sonreír. Tienen un aire cansado, como si todo el mundo cayera sobre ellas de vez en cuando. Como si ellas soportaran todo el mundo. Han perdido eso que se llama dignidad y han escalado las cimas del ridículo. Son más de lo que parecen. Tienen cargos públicos, trabajos importantes, inteligencias limpias, miradas puras. Pero cayeron en una red de la que es difícil escapar. Es una red que comienza siendo una gasa suave y delicada que te cubre, adobada con palabras amables, con canciones italianas y películas tristes. Continúa con un péndulo que se mueve, de un lado, los susurros; de otro, los gritos. Como si tuviera un aire bergmaniano inconfundible. Primero, notarás que el lazo te rodea. Después, el lazo será una mano fría. Por último, alguien se reirá de ti y te preguntará por qué no te mueves si en torno a ti no hay nada. Ese es el secreto: no hay nada donde creías que había una huella de calor. Eso que notas no existe, ni fue nunca, es una ensoñación, un juego, una trampa, todo menos lo que has pensado que era. Es un peligro. Y tú una víctima. Vosotras, las dos, las que no tenéis sonrisa porque la habéis perdido al olor del narciso. 



(Fotografías de Vivian Maier) 

jueves, 16 de agosto de 2018

Un paseo con Edith Wharton


Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), reaparece cada vez que vuelvo a buscar en la estantería de los libros amados. Allí está “La edad de la inocencia”. Están “La solterona”, “Santuario”, La renuncia, Estío, Las hermanas Bunner y algunos más, incluidas sus memorias. Está también una rareza, “La soñada aventura”, en una publicación de la editorial Juventud de 1925, aunque el ejemplar que manejo, de la Colección Universal, es de 1994. 

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro. 

Tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio. 

En las ediciones que hace la editorial Impedimenta de dos de sus libros “Santuario” y “La solterona” tenemos la suerte de contar con una introducción y un post-facio verdaderamente útiles a la hora de entender a Edith, su mundo y su literatura. La primera es obra de Marta Sanz y el segundo (así como la traducción) de Lale González-Cotta. Es hora de reconocer cuánto bien hacen estos estudios breves pero bien hilvanados a la comprensión de los libros y a ampliar nuestros horizontes lectores. Un buen prólogo es capaz de ponerte en situación y de hacerte navegar con brújula segura por el mar del escritor, aunque este acostumbre a utilizar arenas movedizas. 

Las convenciones sociales, las mujeres y su papel en la sociedad, la maternidad, las relaciones amorosas y la búsqueda de la felicidad, son los temas que nos interesan en Edith Wharton. Y son los ejes centrales en los libros que hemos citado. Constituyen la forma en la que ella contribuye a un movimiento soterrado que tiene en la literatura algunas representantes notables y que pretendía dar a conocer, con cierta crítica y mucha rebeldía, el agotamiento femenino ante roles que no le proporcionaban ni una pizca de felicidad. Y, por otro lado, también denunciar que no eran únicamente los hombres, ni todos los hombres desde luego, los responsables de esa estabulación de las mujeres, de ese dirigirlas hacia un camino estrecho y sin vericuetos, sino también las propias mujeres, lo que Lale González-Cotta llama “sanedrines femeninos atávicamente educados para ejercer de madres, complacientes esposas y exuberantes floreros”. 

Los enemigos de la mujer libre, viene a decirnos Wharton, no son solamente los hombres, ni siquiera son siempre los hombres, sino también las mujeres, las otras y ellas mismas. Quizá solo alguien como ella podía aclararnos esto. Porque era sofisticada, culta, elegante, inteligente y talentosa. En ese talento cabía el don de observar, ese privilegio que, aunque parece común, solo lo poseen unos pocos. De la verdadera observación se deduce el conocimiento y una selección exquisita de qué es lo que se puede contar, qué hay que ocultar y qué hay que dejar entrever. De ahí sus maravillosas elipsis narrativas, esos hechos que no están, pero han sucedido ya o suceden entre bastidores. 

Algunos mitos caen por medio de la actitud de sus heroínas. En “La edad de la inocencia” no es solo Ellen Olenska la que transgrede las normas, sino también la inocente May Welland, cuando se deja ver con ella o la anciana señora Mingott. En “Santuario” es Kate Orme, luego Kate Peyton, la que tiene que actuar ante hombres pusilánimes y mujeres que se mueven sin que nadie lo note. De Kate “una mujer profundamente empática y, que, en consecuencia, sufre” parte la reflexión crítica sobre lo que significa la maternidad. Quizá en esto Wharton tuvo la influencia de una madre poco afectuosa y del hecho de no haber tenido hijos. Esa figura de la madre inexistente, extrañamente lejana, sobreprotectora pero sin empatía o centrada en un mundo en el que los hijos apenas son un número más, la vemos en otras escritoras: Jane Austen, las Brontë, Edna O´Brien, por ejemplo. En “La solterona” las primas Delia Lovell Ralston y Charlotte Lovell han de enfrentarse a un dilema moral para el cual no hay una solución satisfactoria. Y precisamente el formar parte esas opulentas familias neoyorkinas es una absoluta desventaja: nada debe parecer inadecuado, todo lo oscuro ha de ocultarse, la familia está para solucionar esos problemas que son propios de otras clases sociales. 

Lo que nos cuenta Wharton, esa lucha soterrada y a veces abierta, de muchas mujeres, contra otras mujeres y contra algunos hombres, para mostrar su inteligencia sin cortapisas, para elegir casarse por amor o por conveniencia, pero elegir y para ser madres si lo deseaban o no serlo, todo eso lo conocemos desde dentro y no hubiéramos podido acceder a ese interior si ella no fuera de la clase. Escribir es la negación de usar la inteligencia a escondidas. Es lo contrario del arma de la manipulación que usan hombres y mujeres para dominarse sin perder la compostura. Escribir es mostrarse al exterior y sacar fuera lo que en el espíritu es una certeza o una duda imposible de resolver si no se abre a la luz. 

Los circunloquios que tanto se achacan a su forma de narrar tienen mucho que ver con la forma cuidadosa y entre cursivas que caracterizaba las conversaciones de su sociedad. Todo había de ser tratado con pinzas y con guantes para que nada manchara la blancura de las rosas de otoño. Sin embargo, ella, en su vida personal, dejó varias manchas en el mantel de la familia. Se divorció, para empezar, en 1913, de su marido, doce años mayor que ella Teddy Robbins Wharton, que la había cansado con continuas infidelidades públicas, algo que era casi una obligación de los hombres de las clases altas, tener amantes y exhibirlas. En segundo lugar, se asentó en París y allí alternó con un número importante de artistas y escritores, manteniendo unas relaciones especiales tanto con el periodista americano William Morton Fullerton (deliciosa la correspondencia entre ambos) y un par de mujeres, Mercedes de Acosta y Camilla Chabbert. No sabemos si ella lo reconoció abiertamente, pero era, ya lo vemos, bisexual. 

Su gran amigo y del que se consideró siempre discípula, fue Henry James, que a cualquier otra con menos talento la hubiera oscurecido. Sin embargo, Edith Wharton, que, como afirma con acierto Marta Sanz se dirigía a “un lector inteligente al que se trata con respeto” siempre tuvo claro que “el pensamiento y la escritura son formas de acción”. Por muy privilegiada que fuera su existencia, su cuna y su crianza, ella no iba a dejar pasar la oportunidad de convertirse en una mujer dueña de su destino, libre, por mucho que los modos imperantes pudieran llegar a considerarla una mujer “horrible”, en contraposición con las mujeres “perfectas”. Seguramente, como Kate, la protagonista de “Santuario”, Edith era una mujer más inteligente que los hombres que la rodeaban. Por eso y otros méritos fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa en 1921, por la Universidad de Yale. Ella se negó,  claramente, a guardarse para sí su inteligencia y decidió que escribir era la mejor forma de salir de su cárcel dorada, aunque eso sí, con elegancia, buenas maneras y sin pisar ningún charco al descender del landó para ir a la ópera. 

martes, 14 de agosto de 2018

Un mar que no conozco


(Emil Nolde)

Desde el fondo del agua tu palabra me mira. Asoma la cabeza y yo la reconozco. Sé cuánto tuvo de belleza su eco. Sé cuánto me ha costado olvidar su sonido. Levanto la esperanza por si tuviera tiempo, todavía, quién lo sabe, para encontrar la causa, el tiempo que he perdido, las lágrimas que arrojé a ese vacío de escombros sin medida. Acuno el aire azul de la piscina, remuevo el fondo con las manos frías, me escondo el temblor de tu recuerdo, no siento nada que no tenga la humedad de las lágrimas. Estás y no te fuiste, pienso a veces. Cómo marcharte si nos quedamos solos. La casa se revuelve, las flores se convierten en lisas espinas que trocean nuestra piel y la marchitan. Somos la piel marchita de la casa que fuiste. Abro los ojos y te comprendo todo. Cierro los ojos y te miro al instante. Esa media sonrisa que decía tantas cosas. En ese tierno abrazo que me cubría la soledad entera. He cambiado tu vida transparente por una oscuridad de mentiras y juegos. Quién no podría sentirse que ha perdido, que no ha sabido ser una mujer como aquella que amaste sin medir cantidades ni pedir nada a cambio.

sábado, 11 de agosto de 2018

Paréntesis de agua

Hoy he cerrado todas las puertas
He apagado las luces al salir
He borrado su nombre del teléfono
He roto puentes y zanjado esperanzas

He arrojado con ira su pequeño afecto
Un simple, diminuto, insignificante afecto
En un contenedor lleno de suciedades
Para que nada suyo se mezcle con la vida.

Al fin, si no te aman como tú deseas
Llamarse amor no puede, es solo frustración
Una mentira que cuentas por si cuela
Una estupidez que se repite en sueños.

He terminado una larga aventura
En la que quise hallar perdido un paraíso
Una forma del agua que llevara mi eco
Que estuviera cuajada de abrazos sin medida.

Pero al fin, si los cuerpos no se reconocen
Si no hay piel o si la piel no tiembla
Ya nada puedo hacer que no sea arrepentirme
Acunar el vacío, pero este es yermo y terco.

De nada sirve que el calor te corrompa
Que la huella del sol nos amanezca
Tal vez tenga que convertirme en aire
En surco de levante, en brisa de poniente.

No he vuelto la cabeza al marcharme
No he querido contemplar los restos
Al fin, he sido yo, ha sido cosa mía
Una invención transformada en cenizas.

viernes, 10 de agosto de 2018

Amores que no matan (II)



Era la isla de todos los azules. Existen carreteras azules, azules trenes, lagos azules y un azul cielo en todos los amaneceres. Cuando el banco fondeó en la bahía vi levantarse a lo lejos los contrafuertes de la catedral, de piedra sólida, con un destello azul imperceptible. Azules son sus ojos, pensé en aquel castillo donde los figurantes vestían de túnicas moradas y llevaba sables de juguete o de atrezzo. Azules son sus ojos y yo los atisbaba en la noche de bengalas que cruzaban el tiempo de un abrazo. Era mi compañero, un amigo del alma, ma cherie, me llamaba y las voces se unían. En las tardes de sol y en las mañanas frescas nuestros pasos mezclaban en un mismo horizonte todo lo que pensábamos, todo lo que sentíamos. Ese mar tan azul, con esas vistas, el aire que azotaba la falda y se movía, los ojos en los ojos, tan azules los suyos, y yo prendida siempre pero sin entenderme. 
Me quisiste hasta el fondo y yo no te creí. No supe interpretar la avidez de tus manos, la cristalina rosa que me acogió a lo lejos, la postal del secreto, y las horas azules del hotel, en abrazos, en sutiles abrazos que nunca abandonamos. Todos los días del tiempo transcurrido desde que tu eco azul se me perdiera he pensado en quererte de algún modo, he pensado que era fácil quererte. Pero las muchachas no sabemos amar si el hombre nos acuna y no nos vence. Las muchachas huimos del amor, cuando el amor es noble y nos protege. Te perdí, no te tuve. Me quisiste, lo sé, y nunca tuve tiempo, nunca quise entenderte, me quedé con la duda antes de tu certeza. Varada en los azules de tus ojos.


(Fotografías de Mercedes Álvarez) 

jueves, 9 de agosto de 2018

Amores que no matan (I)



Míralo. Es el chico más guapo de la reunión. De la boda. Y eso que la gente va tan compuesta, tan de fiesta, que resulta difícil destacar. Pero él ha destacado siempre. Por eso nunca me ha hecho ningún caso. Cuando yo era una niña de ocho o nueve años ya moceaba y todas las tías y las primas comentaban esa belleza única. Los ojos verdosos con un fondo de color miel, que los hacían más dulces e inexpertos. Las manos, grandes pero con la tibieza de quien sabe acariciar sin esperas. El cuerpo, ágil, gentil, alto, dispuesto. Un pelo echado hacia atrás pero no lacio, sino con ese suave ondulado que en esta tierra se agradece tanto. Y la risa, oh la risa. Una manera de fruncir los labios como si fuera a darte un beso. Es el chico más guapo de la reunión. Lo dicen todas. Y hoy viene especialmente atractivo. Con un traje que le sienta tan bien. Y esa camisa blanca que hace brillar sus ojos, y los gemelos, impolutos, y el pantalón que le queda perfecto como casi todo. Es tan hermoso que parece un dios, un artista de cine, un gladiador romano, un navegante de mares ardorosos. Por eso nunca se ha dignado fijarse en mí, una niña sin más, una niña rodeada de libros, que no podría competir nunca con las chicas despiertas, algunas con pamela en horario de tarde. 
Pero hoy todo va a ser distinto. Lo presiento. Esos ojos se han detenido en mi. Dicen que el negro no es un color de bodas, pero yo he decidido venir de negro, la piel dorada por el sol, unos pendientes largos de cristal que se mueven en zigzag como una interrogación. Y un suave mantón de Manila color crema que cae sobre los hombros sin cubrirlos. Y esos zapatos de afilado tacón que consigue moverte así, de un lado a otro, moviendo el trasero como si recorrieras el malecón de La Habana. Todo va a ser distinto, lo presiento. Esos ojos verdosos con un fondo de miel se han parado en los míos. Me ha tomado una mano y, a punto de besarme castamente ha dicho una palabra, tan solo una palabra, una palabra única, una palabra entera, una palabra sola. Preciosa. Después ha seguido mirándome. Ha seguido buscándome los ojos. Ha seguido soñando con mi boca. Ha seguido inventando mi cintura. Ha seguido preguntando sin ninguna pregunta ¿dónde te habías metido? ¿Por qué tardaste tanto en llegar hasta mí?  


(Fotos: Alain Delon, lo más parecido al chico de la boda) 

viernes, 3 de agosto de 2018

Valdecaballeros


Valdecaballeros es uno de los diecisiete municipios de la Siberia extremeña, una especie de desierto aliviado con el agua de pantanos y embalses. Un territorio desconocido, en el que viven muy pocas personas y en el que la vida está detenida en muchos aspectos. Leo en la prensa algunas noticias que hablan de él y me viene a la memoria una historia de juventud, casi de adolescencia. Un novio, alguien que tenía todas las cualidades que una muchacha romántica busca en su futura pareja. Atractivo físico, inteligencia, ojos verdes cautivadores, una voz hecha para la radio, unas manos preciosas, estilo a la hora de relacionarse con la gente, bondad, hábito de trabajar mucho y bien, aficiones. La arqueología era una de sus pasiones. También su pueblo, al que adoraba y al que volvía en vacaciones. Cuando yo lo conocí, aún no tenía veinte años y él andaba cerca de los treinta. Tenía una novia en su pueblo de la que recuerdo su nombre aunque no lo escribiré y eso me hacía sufrir horrores. Sin embargo, dejó a su novia por mí. Pero yo no lo consideré un triunfo, más bien empaticé con la pobre chica. Me parecía injusto lo que le había ocurrido y me sentí muy culpable. 


Estuvimos tres años juntos y creo que fui muy feliz. Digo creo porque no lo recuerdo. No tengo claro qué sentía, salvo que, eso sí, estaba enamorada de él hasta el fondo. Y por eso quizá me dolió tanto enterarme que, una vez que me dejaba en mi casa a la hora prudencial de las buenas chicas, se iba a bailar a una de las discotecas de moda de la zona. No sé cómo me enteré, pero recuerdo la pena que me causó y, sobre todo, las ganas de llorar y la angustia. Una pena, una angustia y un llanto que tengo muy cercanos y que vivo siempre exactamente igual. Seguramente soy una absurda sentimental, una melodramática sin remedio. Debería haber zanjado la cuestión porque ese hombre me quería a mí y no a la barbie recauchutada con la que bailó algunas noches. Pero del orgullo y del prejuicio de Austen yo me quedé con los dos y eso que entonces no la había leído. Lo dejé sin más. Y tuvo mérito porque lo quería a morir. Estuve así una semana llorando en La Carolina, al amparo de mi querida prima. 


He visto las fotos de Valdecaballeros en la prensa y resulta que tiene un dolmen. Nunca llegué a ir porque con esa edad no me dejaban viajar con novios ni nada parecido. El dolmen tiene un aspecto un poco decrépito como ocurre con todas estas cosas del año de la pera pero me ha gustado saber que hay restos de otras culturas y que los hombres primitivos no eran nada tontos, porque eligieron para vivir un sitio que tenía que transmitir un aire maravilloso, porque, en caso contrario, ese hombre al que quise tanto no se mantendría toda su vida, supongo, enamorado del entorno. Esta historia tiene muchas aristas pero no caben en una entrada de un blog. Porque son vida real. 

jueves, 2 de agosto de 2018

Cabeza, corazón, modales y espíritu

    

(Emma le cuenta una confidencia a Harriet Smith en la película de 1996) 

     He aquí los cuatro elementos que Jane Austen (Steventon, Inglaterra, 1775-Winchester, Inglaterra, 1817) muestra en sus personajes. Cabeza, corazón, modales y espíritu (head, heart, manners y spirits). Por eso las descripciones físicas son tan escasas y, cuando aparecen, solo sirven para aportar un detalle que ayude a entenderlos. Esa es una de las características de su estilo literario y yo diría también de su concepción de la escritura, incluso de la vida. En lo que se refiere al aspecto físico algunas pinceladas bastan pero nunca tienen un aire hiperbólico, no son esenciales. No hay grandes bellezas ni fealdades, ni deformidades exageradas, sino gestos, miradas, movimiento de las manos, andares, todo eso que forma la imagen de una persona mucho mejor que los rasgos puramente físicos. Por eso mismo, de Elizabeth Bennet dice que tiene unos ojos expresivos, un aire ingenioso y una figura agraciada. Y de la misma forma se refiere al porte noble del señor Knightley. O al estilo aristocrático de Darcy. Y, desde el otro lado, a la bastedad de la señora Bennet, a la parsimonia perezosa de su marido o al aire mundano pero frívolo e insustancial de las hermanas de Bingley. Estos son algunos ejemplos que señalan su manera de definir a los personajes. 

        Solo con Emma se permite la licencia de escribir, y al principio de la novela, a modo de carta de presentación de esta protagonista tan peculiar "Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia..." Podemos detenernos en esta definición. La belleza, a la que ella alude muy raramente; la inteligencia, que es un elemento omnipresente en sus descripciones y al que le da enorme importancia; la riqueza, la única forma que tenía una mujer entonces de no ser dependiente de los parientes varones; la risa, como rasgo de carácter que define a una persona, en este caso, además, de una manera natural, sin impostaciones y, por último, "una casa magnífica", algo que Austen nunca tuvo, ni en propiedad ni prestada, y que era uno de sus mayores deseos, porque significaba ser de algo, pertenecer a algo, tener la seguridad de una vida plácida. 

       En un interesante libro publicado por la Universidad de Málaga en su colección Textos mínimos, escrito por Nieves Jiménez Carra y titulado "La traducción del lenguaje de Jane Austen" se pone de manifiesto el cuidado que la escritora ponía en toda la redacción de sus textos, incluidos el vocabulario, la sintaxis, el uso de términos específicos y, en general, todo lo que denota que no solo escribía, sino que corregía, volvía a escribir, reescribía y, en suma, dedicaba mucho tiempo a perfeccionar sus novelas. En el libro se distingue la forma de utilizar el lenguaje por el narrador y, por otro lado, los diálogos y elementos más coloquiales. En cuanto a estos, se han realizado estudios de frecuencia de palabras así como de expresiones, latinismos y otros aspectos de interés que aún resultan más curiosos si tenemos en cuenta que, salvo la presencia mínima de criados con diálogo (escasísimos) los personajes que aparecen en las novelas pertenecen todos a la misma clase social, con algunas excepciones de aristócratas. 

       Todo esto contradice el aserto familiar de que Austen era una especia de escritora aficionada que, en los ratos libres, se dedicaba a emborronar cuartillas. Sería imposible la perfección conseguida en sus libros de ser así. Aunque no dispusiera de una habitación propia, aunque la faceta de escritora la llevara muy escondida, esto no quiere decir que no tuviera perfecta conciencia de su talento, de su capacidad, de su necesidad de plasmar por escrito sus impresiones, ideas, sentimientos e imaginación. De ahí su vigencia, de ahí su lozanía, de ahí su vigor. Y todas las innovaciones temáticas que introdujo en sus novelas y la forma en la que su escritura puede leerse ahora con perfecta sensación de actualidad, al contrario de lo que ocurre con sus contemporáneos.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Cuando Austen dijo "no"

Corría el año 1802. Jane Austen tenía 27 años aún no cumplidos. Ella y su hermana Cassandra hicieron una visita a sus amigas Catherine y Alethea Bigg, que vivían en Manydown Park, a unos siete kilómetros de Steventon, la rectoría en la que Austen había nacido y que, a la sazón, era ahora la casa de su hermano James y su esposa Mary. 

En ese periplo que solían hacer, de casa en casa, incluso pasando algunos períodos frente al mar, ese espacio de agua que había sido descubierto como placer precisamente en la época georgiana, llegaron a la casa de las Bigg. El padre de la familia era un terrateniente, magistrado y benefactor de pobres. Además de esas dos chicas tenía también un hijo, Harris Bigg-Wither. Este era un hombre altísimo y eso era lo más que podía decirse de él, porque, a lo que parece, también era bastante soso y aburrido, poco talentoso, poco lleno de ingenio. 

La tarde del 2 de diciembre, catorce días antes del cumpleaños de Jane, esta tuvo la sorpresa de recibir una proposición de matrimonio de parte del joven Harris. No conocemos con detalle los pormenores del caso porque la familia de Jane Austen se ocupó mucho de ocultarlo y se conjuraron para ello. Pero lo que sí está claro es que ella aceptó. La propuesta le convenía a todas luces, al menos desde el punto de vista mercantilista que era el que primaba en muchos aspectos. No sería ya una soltera pobre, podría ayudar a su hermana y a su madre, que estaban también indefensas en el aspecto económico; sus futuras cuñadas eran grandes amigas y el pretendiente, aunque poco dotado intelectualmente, era un buen hombre y sabría ser un buen caballero rural llegado el momento. Todo parecía estar a la altura de las pretensiones de las dos familias. 

No era nada baladí eso de estar soltera y sin medios económicos. Las privaciones a las que vivían sometidas las mujeres que no lograban casarse y no eran ricas (y ricas las había contadas con los dedos) eran terribles. También lo era el peso que suponían para sus hermanos varones o para sus hermanas casadas, que tenían que cargar con ellas toda la vida. Una situación nada agradable y contra la que se rebela en muchas ocasiones Jane Austen de la mejor forma en que sabía hacerlo, por medio de sus novelas. Además, la escasez de hombres era alarmante. Las guerras contra Napoleón habían esquilmado el país de jóvenes en buena edad y la cosa no parecía tener fin. La mayor parte de la existencia de Jane Austen transcurrió en guerra contra los franceses así que la influencia en la demografía era aplastante. 

La última circunstancia a favor de este matrimonio era la casa, poseer un hogar que podía llamar suyo, ser señora en su casa. Eso tenía un enorme peso en cualquier decisión porque no era agradable andar de un lado para otro visitando a los parientes más afortunados. Además de la rectoría en la que nació, Steventon, Jane Austen tuvo luego un número importante de domicilios provisionales, los dos internados, las casas alquiladas en Bath, que fueron varias, las casas de sus hermanos y amigos, incluida la de Londres de su hermano Henry, así como las estancias en Lyme Regis o en Southampton, por ejemplo. De manera que tener una casa tan agradable como esa era un punto fundamental a tener en cuenta. 

Supongamos que Jane no quería a Harris Bigg. Si era una persona sensata, y sabemos que lo era, el amor podría llegar con el tiempo y, si no era así, al menos el respeto, la comprensión y la ayuda mutua. Casarse implicaba también tener hijos y aunque estos daban quebraderos de cabeza y producían un descalabro en la salud de las madres a tener en cuenta (muchas morían en los partos), no se consideraba que una mujer estaba completa sin una larga descendencia. 


A la mañana siguiente, muy temprano, al alba, Jane se levantó y se apresuró a hablar con Harris Bigg rompiendo el compromiso. ¿Por qué lo hizo? Este es uno de tantos enigmas de los que rodean su figura. Al menos cinco hombres aparecen en su vida en diferentes momentos y con diferentes roles pero, que sepamos, esta es la única propuesta de matrimonio que rechaza. Y, después de darle vueltas a las circunstancias en que se produce esa vuelta atrás quizá la única respuesta es que ella consideró que jamás podría amar, siquiera mínimamente, a Harris. Su torpeza, su debilidad física, su tartamudeo, su escaso intelecto, todo eso tuvo que suponer un enorme peso en la decisión, que opaca todo lo demás. Las ventajas eran muchas pero los inconvenientes eran definitivos. 

Como todas sus protagonistas, Jane Austen estaba decidida a casarse por amor. Y eso, lejos de ser muestra de un temperamento romántico al uso, como se le achaca (cosa absurda puesto que aún el romanticismo no estaba ni siquiera esbozado como tal) lo que indica es una modernidad absoluta. Nadie en nuestro tiempo pensaría en casarse por el interés o, al menos, no se vería obligada a hacerlo. Pues eso es lo que hace Jane Austen. Utilizar su libre albedrío, su libertad, sus deseos, por encima de las conveniencias. Por eso es la escritora que rompe con las novelerías góticas y la que prepara el camino de la novela moderna. Ella, en sí misma, es tan moderna como tú y como yo. 


(Pinturas de la época georgiana)