jueves, 31 de mayo de 2018

"Bloody Miami" de Tom Wolfe

   Tom Wolfe (1930-2018) sabía mucho de periodismo, no en vano lo había estudiado y practicado en diversos medios. No en vano es el creador del llamado "nuevo periodismo", ese que se sustenta en una investigación exhaustiva de los datos y que cuida el estilo, hasta el punto de que sus productos son eminentemente literarios. 

    Él y Truman Capote en la década de 1960 son los padres de esta nueva corriente. El primero mezcla en sus reportajes la realidad y la ficción y en ellos se describen todo tipo de personajes de la sociedad norteamericana como si formaran parte de una historia de ficción. El segundo alcanzó la fama con su novela "A sangre fría", un relato basado en el asesinato de una familia en una población rural de Kansas.

   Para escribir esta novela, Truman Capote se entrevistó con los autores del crimen con el propósito de conocer sus mecanismos mentales más profundos. La novela fue etiquetada como "Nonfiction novel" y es valorada por los críticos como un modelo del nuevo periodismo.

  Tom Wolfe es un experto en esta concepción del periodismo y también conocía de primera mano la transformación que el llamado Cuarto Poder ha ido experimentando desde hace años. Por eso quizá no sea nada casual que el último libro que escribió, este Bloody Miami, tocará este tema de una forma tan actual. Edward T. Topping IV educado en Yale, vástago de una dinastía educada en Yale, casado con Mack, educada en Yale, llega a Miami para reconvertir el Miami Herald en un digital, nada de papel, porque el papel no se lee y porque en Miami están las masas latinas que saben más de lo virtual que de lo real. Así que allí se encuentra con un redactor jefe atormentado por la pérdida de su empleo y a un joven periodista, John Smith, que va en busca de una gran exclusiva. John Smith es un purista de la cosa, no quiere ser llamado Johnny, ni Jack, sino John, John Smith a secas, una especie de caballero sin espada pero con pluma. 

  Como observador privilegiado de la sociedad de su tiempo, como confeso escritor acerca de la misma, de sus contradicciones y dilemas, también sabía que el mundo está cambiando, que los EEUU no han cerrado, sino todo lo contrario, el debate de la interracialidad y que las minorías asumen cada vez un papel más relevante y, en suma, hay que vertebrar un nuevo discurso general, más compasivo, integrador y plasmado de realidades nuevas. 



    Esta es la cuarta novela de las escritas por Tom Wolfe, por otra parte un prolífico escritor de ensayos y artículos periodísticos. La primera fue una obra maestra: "La hoguera de las vanidades", que puso sobre el tapete la ascensión desmesurada y sin control de los yuppies ante una ciudadanía atónita que no conocía ni imaginaba los entresijos de los contrapoderes. Fue el año 1987 y tuvo una enorme repercusión en la mundo cultural y también en el cine, porque se realizó una adaptación de la novela que dio a conocer a su autor al gran público. Los otros dos libros de ficción anteriores a este son "Todo un hombre" y "Soy Charlotte Simmons", ambos publicados en España por Ediciones B. 

   Ese retrato de la sociedad contemporánea que ofrece Wolfe en sus obras está hecho con un bisturí acerado, mucho sentido del humor, sátira, y ninguna contemplación. Escéptico ante unas instituciones bajo sospecha y unos grupos humanos complejos y llenos de malas intenciones, Wolfe tiene poca confianza en que las soluciones puedan aplicarse sin cortar por lo sano. 

    

   El estilo del Tom Wolfe novelista es muy reconocible. Hombres de negocios sin escrúpulos, baretos con luz apagada y humos relumbrantes, mujeres hermosas y mujeres difíciles, familias poderosas y advenedizos, minorías étnicas que reclaman atención, políticos y política, periodistas, escritores y policías. La ciudad, las ciudades, la vida urbana, de noche y de día. Los titulares de la prensa, la búsqueda de la noticia. Las newfictions a tope. Algunas ideas intercambiables entre sus novelas. Algunas tesis compatibles con su papel de informador y también con sus ansias literarias. Siempre original, interesante, una fuerza intelectual que todavía nos reclama atención cuando lo leemos.

Bloody Miami. Tom Wolfe. Editorial Anagrama. Panorama de narrativas. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. 2013. 

"Hace cuarenta años" de María Van Rysselberghe

"Saberse esperada; ! qué auténtico deleite! Resulta deslumbrante avanzar de ese modo hacia la felicidad, verla crecer, tomar forma, recobrar la propia conciencia con un entusiasmo que adivinas similar al suyo. La urgencia me dolía..."

No es cierto que elijas los libros que lees. No es cierto que repases con cuidado los fondos editoriales, las novedades, los estantes de las librerías, las páginas webs de los sitios lectores. No. Los libros te buscan y, si se empeñan, consiguen encontrarte. De una y mil formas se las arreglan para dejarte sin respuestas, acorralada y a su merced. Eso ocurre con los libros desde siempre y así los libros no son solo palabras, sino también insinuaciones, gestos, fortalezas.

"Eres la gran turbación que merezco. No hay espacio en mí para el remordimiento. Pensar que todo esto podría no haber ocurrido me estrangula la conciencia"

Ochenta y pocas páginas han bastado a Maria Van Rysselberghe (Bruselas, 1866-Cabris, Alpes marítimos, 1959) para contar su historia, un hecho real a todas luces, que, más que hecho es sentimiento, emoción y palpable evidencia de una relación imposible e inevitable. Dos personas casadas que comparten un mes en una casa en las dunas. La casa los alberga y expande al exterior lo que son y lo que sienten. No se esconden, más bien, no pueden esconderse. Pero ahí está la tozuda realidad del marido de ella, un amigo tan bueno, tan joven, tan lleno de alegría. De la mujer de él, tan enigmática, tan desconfiada, y, a su manera, también tan luminosa. 

"Sé que no puedes soportar este peso sin flaquear. No dejemos que nada se pierda, ni de nosotros ni de la vida; aceptémosla tal y como viene; todo puede ser muy hermoso, hasta las lágrimas que nos guardamos de derramar..."

Hay infidelidades que cuesta contar porque son sórdidas, difíciles, ajenas, escalofriantes y duras. Hay relaciones que están llenas de flecos que no se comprenden, de egoísmos y de fiereza. Hay amores que se revisten de pasión y quedan flotando en el agua y se disuelven. Y luego está lo que cuenta Maria. Me parece vivirlo. Creo que lo he vivido. Creo que, como dice Natalia Zarco en el epílogo, yo también he sido alguna vez Maria. Quizá aún sigo siéndolo. Este no es un libro de argumentos y no caben spoilers. Si te cuentan de qué trata dirías ¿y eso? Pero si lo lees entonces, a la par que preguntas, hallarás respuestas. Solo en una obra pequeña, de autoficción, de verdades que traspasan las palabras, puedes hallar respuestas. Aquí están.

"Necesitamos tu desnuda inmensidad para que nuestra alegría respire libre. Me ofrece su brazo, y me estrecha con tal fuerza contra él que nuestros pies chocan al caminar"

La playa, los paisajes, el bullicio de la gente en una procesión, la frialdad de una habitación de hotel donde no ocurre nada, o casi todo, todo eso es el atrezzo. Lo más relevante no está en lo que pasa, sino en lo que no pasa y debería ocurrir, o no debería. Lo más relevante está en lo que se siente, en lo que se comparte, en lo que se vislumbra. No todo el mundo encontró alguna vez a un Hubert, en la vida real el poeta modernista Émile Verhaeren (1855-1916). No todo el mundo se sintió Maria. Los personajes del libro son reales, como nos advierten los editores, pero la naturaleza de la historia es tan sutil y, por eso mismo, podía hacer tanto daño, que se resguardó su contenido hasta que ya no era fácil que este daño surtiera efecto. Hasta ese extremo se contienen las pasiones, las nostalgias y los deseos. No hay nada fraudulento ni sucio, es simple vida tal y como la conocemos. 

"Su ágil fuerza, su espléndida armonía y su joven exuberancia nunca antes me habían parecido tan seductoras. Poseía la elegancia del agrado, y el presente lo estimulaba por completo"

La contraportada del libro define a la autora como una "de las más fascinantes escritoras secretas" y atina. Una delicadeza propia y original emana de su forma de escribir. Es una esplendorosa disección del alma, de la huella que dejan los sentimientos en el corazón, en la forma de andar y de observar, en la existencia. Sin romanticismo vacuo, sin tonterías. Abiertamente expresado, con toda la sinceridad de quien se confiesa al fin, de quien desea liberarse de ese peso en el momento justo, no antes, nunca antes. El personaje de Hubert aparece reflejado en los ojos de ella. Es la mujer la que nos descubre cómo es y cómo se muestra. Nunca entramos en la cabeza del hombre salvo porque ella lo ha hecho antes y tiene la gentileza de ofrecernos un poco de ese pensamiento. Y no es una pasión sin más. Es, más que nada, un entendimiento, una cualidad del ser que los afirma en su unión, una unión más allá de la carnal y de la evidente. Un milagro. 

"Ya no podemos seguir viviendo como lo hacemos; el sigilo, la clandestinidad me aterrorizan, me degradan; es indigno de nosotros y de ellos. No nos queda alternativa; debemos volver a ser lo que éramos antes el uno para el otro..."

Lo curioso del libro es que hay cuatro personajes principales y solo dos de ellos aparecen definidos, solo dos de ellos tienen voz. Maria, de una forma directa, como narradora, como la mirada que cuenta. Hubert, como el otro lado de esa contienda, de ese pacto de mutua agresión de abrazos y complicidades. Agnès, sin embargo, es una mujer muda, que solo sobrevive en el libro a base de una pequeña aparición y unas miradas sombrías y desconfiadas. Es la mujer de Hubert. Y luego está Antoine, el marido de Maria, trasunto del pintor Theo Van Rysselberghe. Ambos, el marido y el amante, son amigos y es esta traición la que más duele a Hubert.


(Retrato de Maria realizado por su marido)

Entre poetas y pintores anda el juego. Puede parecer que estas vidas especiales, estos ambientes delicados, estos diletantes que gastan el tiempo en conversar e inspirarse, son los únicos poseedores del secreto de la emoción oculta, de la pasión que no se palpa, de los amores inconclusos pero inmortales. Y en cierto sentido es así. Aquí no sabríamos el entresijo de estas sensaciones si Maria, andando el tiempo, no hubiera rendido homenaje a una pulsión tan diferente a todas y no lo hubiera dejado por escrito.

Hace cuarenta años. Maria Van Rysselberghe. Editorial errata naturae. El pasaje de los panoramas. Traducción de Regina López Muñoz. Epílogo de Natalia Zarco. Cuarta edición mayo de 2017. 

Reseña de la autora (editorial errata naturae):

Maria Van Rysselberghe fue la amiga más cercana de André Gide (con quien su propia hija Elizabeth tuvo un romance del que nació una hija) y es la responsable de habernos dejado el texto "Notas para la historia auténtica de André Gide", crónica que hoy en día se conoce como Los cuadernos de la Petite Dame y que fue publicada por la editorial Gallimard. Además, escribió tres textos fundamentales: Strophes pour un rossignol, Galerie privée y este Hace cuarenta años.


Pontigny 1923, alrededor de Gide, de izquierda a derecha :
Jean Schlumberger, Lytton Strachey, Maria van Rysselberghe,
Aline Mayrisch, Boris de Schloezer, André Maurois, Johan Tielrooy,
Roger Martin du Gard, Jacques Heurgon, Funck-Brentano, Albert-Marie Schmidt.
Sentados : Pierre Viénot, Marc Schlumberger, Jacques de Lacretelle et Pierre Lancel

miércoles, 30 de mayo de 2018

"Las confesiones del señor Harrison" de Elizabeth Gaskell


El más reciente libro de Elizabeth Gaskell publicado por Alba Editorial es este “Las confesiones del señor Harrison”. Se le considera dentro de las crónicas de Cranford, aunque antecede a estas o es, sencillamente, su precuela. Elizabeth Gaskell es una maestra de la crónica doméstica con aire social. Sus preocupaciones van más allá de matrimonios o chismorreos, cruzando la línea delgada que separa la vida personal de la colectiva.

Hija y esposa de ministros de la iglesia unitaria inglesa, se quedó huérfana de madre y por ello se crió con una tía en el pueblo de Knutsford en el Cheshire, al noroeste del Reino Unido. Todavía en ese pueblo se encuentran sus huellas, tanto en el Knutsford Heritage Centre como en la The Gaskell´s Society.

Después de casarse se trasladó a Manchester y allí su visión rural y casi idílica de la vida en la campiña se encontró con la realidad de una ciudad industrial, en la que se vivían constantes contradicciones entre la pobreza y la opulencia. Esa dicotomía marcaría una parte de su obra, sobre todo la espléndida “Norte y Sur”. Su primera novela fue “Mary Barton”, publicada en 1848 cuando llevaba tres años dedicándose a la escritura. Es autora de una excelente biografía, la dedicada a una de las Brontë, “Vida de Charlotte Brontë”, de 1857. Escribió cuentos góticos, libros costumbristas, como el citado “Cranford” o el que encabeza esta reseña, y otras novelas más íntimas, emocionales, cercanas y con un fuerte componente de análisis psicológico, entre las que está la magnífica “La prima Phillis”, de 1863.

Elizabeth Gaskell murió a los 55 años, en 1865, en Alton, Hampshire. Su obra constituye un hito esencial en la novelística inglesa y, por extensión, europea, actuando como puente entre las Brontë y la siguiente generación. Todas ellas tienen el sustrato común, nunca superado, de la extraordinaria Jane Austen, la luz que las alumbra.


(Knutsford Heritage Center)

“Las confesiones del señor Harrison” se desarrolla en el imaginario pueblo de Duncombe, que identificamos con el Knutsford de su infancia. La rectoría, la oficina de correos, el pequeño pub, la casa del médico, las casas de las familias acomodadas, los campesinos y labriegos (en este condado hay una intensa dedicación a la ganadería de las granjas lecheras y a la agricultura, y, sobre todo, una naturaleza que funciona como telón de fondo y que marca el hilo de las relaciones y las horas del día. Harrison es un joven médico que llega al pueblo como ayudante del titular. Cuando llega allí descubre que hay muchas mujeres, sobre todo viudas y solteronas ricas, pero está también la muchacha en la que fija sus ojos de inmediato, la joven Sophy, hija del párroco. Las peripecias que acontecen al joven tienen mucho que ver con un modo de vida lento, tranquilo pero no exento de envidias, maldades y estratagemas, lo que quizá será demasiado para un joven acostumbrado a la vida en la ciudad y que desconoce los ritmos y los ritos de las sociedades rurales.


(Vista actual del mercado de Knutsford)

El libro, en esta edición de Alba Editorial, lleva un apéndice muy interesante. Se trata del artículo “La Inglaterra de la última generación”, una serie de anécdotas acerca de la vida en el pequeño pueblo en el que residía la tía que la acogió y que nos da cuenta del aire, de los gustos, las costumbres y también las emociones, presentes en su sociedad. Como decía Agatha Christie, y como había demostrado con creces Jane Austen, sobre todo en “Emma” y en “Orgullo y prejuicio”, unas pocas familias en un entorno rural es todo cuanto se necesita para armar una buena novela. Que no es exactamente lo mismo que “armar una buena” aunque se le parece.

lunes, 28 de mayo de 2018

"La señorita Pym dispone" de Josephine Tey

El caso de Betty Kane es, además de este, otro de los libros de Josephine Tey que he reseñado en este blog. El inspector Grant de Scotland Yard es el encargado de investigar un curioso caso de supuesto secuestro de una jovencita a manos de dos mujeres bastante excéntricas. En  La señorita Pym dispone, la investigadora es una mujer bastante peculiar y, sobre todo, inteligente.

Ambos libros han sido publicados en castellano por la editorial Hoja de Lata, un interesante sello independiente que subtitula su marca como "lecturas sugerentes para tiempos inciertos". Su selección de títulos no deja nada indiferente, al contrario, te atrae como lo hace siempre un criterio original y certero. 

Josephine Tey es una curiosa figura literaria. Nacida en Inverness, Escocia, en 1896, murió en Londres en 1952. En realidad se trata de uno de los seudónimos utilizados por Elizabeth Mackintosh, una de las damas del crimen en lengua inglesa, tan prolífica en este género, en el que dado figuras señeras. Fue en sus inicios profesora de educación física en escuelas de Inglaterra y Escocia, pero tuvo que volverse a su pueblo natal para cuidar a su padre que estaba enfermo. Desde ese momento se dedicó profesionalmente a la escritura, tanto de novelas como de obras de teatro, en este caso con el seudónimo de Gordon Daviot. Entre sus obras más conocidas se encuentra La hija del tiempo, de gran calidad. La primera que escribió fue El muerto en la cola. Como suele ocurrir con gran frecuencia, Josephine/Elizabeth se dedicaba desde niña a emborronar cuadernos. 

Sin embargo, Tey es bastante especial en sus historias, en la selección de sus personajes, en su trama y en sus desenlaces. Su personalidad ofrece aristas poco transitadas, que, por ese mismo, resultan muy atractivas. No es, podemos decirlo, una escritora policíaca al uso. El estudio psicológico de los caracteres es una de sus especialidades. En esta novela ese estudio se realiza partiendo de las personalidades que ofrece un abanico de alumnas y profesoras parte un círculo tan cerrado como un internado, con la intromisión de muy escasos personajes. Las relaciones humanas que se producen en esos ambientes suelen ser, contra lo que pueda pensarse, intentas y problemáticas. Algo de eso vemos aquí. Las rutinas escolares parecen sanas y sencillas pero ocultan cosas, quizá pequeños escándalos, quizá una gran tragedia. En una de las novelas más aclamadas de la gran Agatha Christie, Un gato en el palomar, el misterio se centra en un internado de señoritas, en las profesoras que les imparten clase y en cómo hay un elemento extraño que se introduce en este tapiz tan bien tejido pero que tiene fisuras. La resolución del caso que lleva a cabo el antiguo policía belga y ahora detective Hércules Poirot tiene mucho que ver con la forma de las rodillas. 

Articulada en 22 capítulos la novela comienza cuando la señorita Pym, antigua profesora de francés, soltera, de mediana edad, dotada de un especial sentido del humor, convertida en una escritora popular gracias a un libro de psicología de andar por casa (hoy diríamos "de autoayuda"), amanece en un dormitorio de una escuela de educación física para chicas que se ubica en la campiña inglesa. Es la elitista Escuela de Educación Física Leys, situada en un pueblecito pintoresco y con un marco cronológico fijado en los años cuarenta del siglo XX. 

Resulta sumamente curioso, y esto es un paréntesis, el juego que da la campiña inglesa para todo tipo de crímenes. Pues bien, Lucy Pym ("su cara sonrosada y redonda le daba un aire infantil. Su nariz era delicada y pequeña y sus cabellos castaños estaban enroscados, mechón a mechón, en un sinfín de rulos distribuidos por toda su cabeza") constata que el timbre para levantarse suena !!!! a las cinco y media de la mañana !!!!! Como ella misma dice: "¿Qué clase de colegio, por riguroso que sea, comienza su actividad a las cinco y media de la mañana?" 

Aunque su idea era dar su conferencia y largarse de allí, su amiga Henrietta, que había sido la artífice de la invitación, como antigua compañera de colegio suya y, a la sazón, directora de la Leys, la convence para que se quede a pasar el fin de semana, primero, y luego para que prolongue su estancia hasta los exámenes finales.  De esta forma, la idílica y armoniosa cotidianeidad del colegio es el escenario de los acontecimientos que harán que la señorita Pym intervenga con sus dotes de fisonomista y con su recién adquirida fama de psicóloga. 

Su intervención, no obstante, está en la línea de los libros de Tey, donde no siempre es posible que triunfen la verdad y la justicia porque las cosas son moralmente bastante más ambiguas. La culpa, la redención, la expiación de las faltas, la inocencia, todo ello aparece matizado en los distintos acontecimientos y en las reacciones de los protagonistas. El final, el momento culmen de toda novela policíaca, aunque sea tan extraña como esta, basculará en torno a una frase enigmática "si lo correcto es siempre lo más adecuado". 


La señorita Pym dispone. Josephine Tey. Editorial Hoja de Lata. Traducción de Pablo González-Nuevo. Primera edición en castellano abril de 2015. Primera reimpresión septiembre 2015. 

domingo, 27 de mayo de 2018

"La señora Dalloway" de Virginia Woolf


Clarissa Dalloway ofrece esta noche del mes de junio una fiesta. Por eso, su primera decisión, tiene que ver con el exorno del salón. "La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores". "Era mediados de junio...la guerra había acabado". Se refiere a la primera guerra mundial. 

Desde que comienza el día hasta la noche, Clarissa Dalloway, hará algunas cosas que le permitirán, mientras tanto, pensar y utilizar lo que ella posee en mayor medida, la intuición. Desengañada de Richard, su marido, con el que se unió precisamente porque no lo quería demasiado. Decepcionada de Peter Walsh, su gran amor, que se está con otra mujer, mucho más fría, indiferente y extraña que ella. Cansada de ser "invisible". Así camina por el parque de St. James.

"Porque aunque ella y Peter pudieran pasar separados cientos de años y ella nunca le hubiera escrito una carta  las suyas fueran tan secas, de pronto, en cualquier momento, se le ocurría pensar: si estuviera ahora conmigo ¿qué diría?. En ocasiones, algo que veía la llevaba a recordarle con toda calma, sin la antigua amargura, lo que quizá era una recompensa por haber querido, que esas personas queridas volvían a tu memoria en pleno parque de St. James en medio de una mañana magnífica, porque así era" 

La percepción de la naturaleza, sus detalles, olores, sabores y colores, su existencia misma, aparecen de una manera definitiva en los propios movimientos de Clarissa. No es una naturaleza evocada sino vista, directamente asumida, integrada en el devenir de la existencia de ella misma y de las otras personas con las que su mundo se completa. Y, junto a la naturaleza, quizá trasunto de una vida más feliz, menos llena de circunstancias difíciles, está la mente, la evidencia de que hay espíritus llamados al sufrimiento, alejados de la realidad y que necesitan el reposo y el descanso. La enfermedad mental como telón de fondo en algunos de sus amigos, como Evelyn, la esposa de Hugh Whitbread. Quizá también en Septimus Warren Smith, el veterano de guerra que se suicida en las mismas horas de la fiesta.

A veces, ambos elementos, la naturaleza y la personalidad, se entrecruzan y la una determina a la otra y al revés. Como en el caso de Sally Seton: "El atractivo de Sally era increíble, su talento, su personalidad. Tenía una gracia especial para las flores, por ejemplo...Sally salía, cogía malvarrosas, dalias, todo tipo de flores que nunca había mezclado nadie..."

La historia transcurre en un solo día de junio pero el flashback es constante. No solamente de parte de Clarissa, sino de los otros personajes, sobre todo de Peter Walsh. Los pensamientos se intercalan con la acción. La relación entre Peter y Clarissa aparece como uno de los ejes de la narración. Ella no quiso casarse con él pero el paso del tiempo no ha limado un lazo especial entre ellos. "Y qué extraño también que la hiciera sentirse frívola, tonta, una parlanchina estúpida, igual que entonces" piensa Clarissa, en su salón, mientras atiende a Peter, que se ha presentado de improviso la mañana del día de la fiesta, cosiendo un vestido verde que va a ponerse de noche y tiene un desgarrón. Algunos hombres siempre te hacen sentir como una estúpida.

El padre de Clarissa, Justin Parry, aparece evocado en la distancia, allá, en la casa de su adolescencia en Bourton. Su hija, Elizabeth, "mi Elizabeth" es una muchacha brillante y distinta a su madre. Ante su tocador, Clarissa conjuga la evocación del pasado, con la anticipación del futuro a partir de esa fiesta y, sobre todo, la reflexión sobre sí misma. Recuerda a Sally Seton, a quien quiso con un amor especial: "Entonces, al pasar junto a una urna de piedra, llena de flores, tuvo lugar el momento más exquisito de su vida. Sally se detuvo y cogió una flor; luego la besó en los labios...". Clarissa, que tiene en ese momento 52 años, trae a sus emociones lo que sentía por ella, "era la pureza, la integridad, no era lo que siente por un hombre".

La señora Dalloway se publicó en mayo de 1925. Fue su primera obra importante. Después le siguieron Al faro, de 1927; Orlando: una biografía, de 1928; Las olas, de 1931. En medio de las dos últimas está su ensayo Una habitación propia, de 1929, la obra que reivindicó la figura de Woolf en los años setenta después de que tras su muerte en 1941 (había nacido en 1882) fuera silenciada y poco reconocida en los ámbitos literarios que tanto había frecuentado en su época.

En La señora Dalloway da la impresión de que habla de sí misma, al menos en cuanto a los sentimientos se refiere, a la forma de ver y observar las cosas. Su detallismo no es nunca vacuo sino lleno de emoción. Así se ve, por ejemplo, en la descripción que hace de un acto trivial, coser: "...se sintió tranquila, satisfecha, mientras la aguja tiraba suavemente del hilo de seda uniendo los verdes pliegues, muy ligeramente, al cinturón. Así se forman las olas en un día de verano..." 

Esa vida en la alta sociedad culta y de buen gusto que ella retrata tiene mucho que ver con la suya propia, pues su padre Leslie Stephen, era un hombre de letras y su madre, Julia, una belleza que fue modelo de los artistas prerrafaelitas y la dejó huérfana a los trece años. Su matrimonio con Leonard Woolf duró casi treinta años y sobre esta unión hay opiniones diversas. La nota que ella dejó antes de adentrarse en el río Ouse, con los bolsillos cargados de piedras, está llena de reconocimiento hacia él y de la evidencia de que ella ya no podía vivir más con el peso de la enfermedad mental (quizá trastorno bipolar, depresión o ambas cosas) que la había rondado siempre.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Roth y ella misma


La forma en la que llegamos a los libros y, a través de ellos, a sus autores, es verdaderamente mágica. Nunca se repiten los casos, hay carambolas de la vida, encuentros fortuitos, búsquedas recompensadas, casualidades plenas. En todo caso, hallar un libro, leerlo y que no te abandone es, sobre todo, un acto de amor. Llegué a Edna O´Brien a través de alguien que, un día, sin yo saber por qué y sin que pueda recordar quien era ese alguien, me regaló uno de sus libros, el primero de la trilogía de Kate y Baba. Llegué a Philip Roth porque alguien, de quien tengo muy claros su nombre y su eco, me regalaron uno de sus libros. Lo que entonces no sabía es que ellos, Roth y Edna, eran, no solo amigos, sino admiradores mutuos, cómplices literarios y muy parecidos en algunos aspectos. 

Philip Roth confesó su aprecio sobresaliente por Las chicas de campo, el libro que ella publicó en 1960 y, a su vez, Edna le dedicó su volumen de cuentos Objeto de amor, una de sus obras más conseguidas, plena de sensibilidad, de buena literatura. A Philip Roth por nuestra larga amistad, rezaba esa dedicatoria. Lo mejor que se podía ser de Roth, siendo mujer y bella, como Edna, era eso, amiga. 

Así como Edna O´Brien es una escritora irlandesa, que habla de Irlanda, que vuelve a Irlanda como motivo de inspiración y de vivencia, él es un escritor estadounidense que ejercía de tal. Por eso, en el pequeño discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012, que leyó en su nombre el embajador de EEUU porque el escritor estaba convaleciente de una operación de columna y no podía viajar, se muestra extrañado porque en España hubiera tanto interés por una obra que reflejaba la sociedad de su país con tanta intensidad. 

Philip Roth ha muerto hoy y, para todos los lectores, es como si se muriera alguien cercano. Es el poder de los libros, de la literatura, que nos acerca a gente tan lejana en la geografía, aunque tan cercana en la emoción y el arte.


lunes, 21 de mayo de 2018

Causa de mi salvación





   Mirad esa niña: Tiene once años, lleva un vestido rosa de cuadritos diminutos, una larga melena, y unos zapatos blancos de tiras muy finas. Es verano y hace todavía calor, aunque no demasiado, en este pueblo sin playa rodeado de sal. La playa está llena de baterías de tiro y de soldados, por eso la gente del pueblo no puede pisarla, porque una bomba podría estallar en cualquier momento.

   La niña está sentada en el suelo, en la acera de una calle de pavimento irregular, una calle larga y sinuosa, con tramos diferentes; una calle que encierra muchos misterios e historias que, un día, la niña contará y convertirá en cuentos. Pero todavía es pronto para eso y ahora la niña, con once años, está abriendo presurosa, uno tras otro, los más de veinte libros que alguien, una vecina que quiere hacer limpieza de cosas inservibles, ha sacado de su casa, dentro de una gran caja de embalar. Todos los libros son para la niña y por eso ella está sacándolos de la caja, abriéndolos y buscando entre sus títulos, tan diversos y algunos tan raros, algo que le llame la atención, algo que se convierta en el centro de la vida durante los próximos días.


   Y ahí está. Ahí lo tenéis. Es un libro pequeño de tapas blancas, con unos dibujos algo truculentos, una mancha de sangre en la portada, una daga, algo para asustar. La niña no se asusta, lee el título y el nombre de la autora: "El misterioso caso de Styles" de Agatha Christie.

   Desde ese primer encuentro, la niña, más tarde ya una muchacha y luego una mujer, buscará y encontrará otros títulos en todos los lugares imaginables: en las antesalas de las estaciones de tren, en los quioscos, en las librerías, en los grandes almacenes... Los libros se irán sucediendo y complearán la colección, desde ese libro, el primero, hasta el último, de título "Telón". Y así, durante todo este tiempo, la niña entrará, de puntillas y sin hacer ruido, en el fantástico mundo de las mansiones de la campiña inglesa, y hará algunos viajes a la Costa Azul, incluso a Mallorca en una ocasión (la misma Mallorca de aquel viaje tan especial con el chico de sus sueños de entonces), y a la Francia ocupada, y a Bélgica...

   Quien escribió esos libros quizá no adivinó que muchas horas sin sentido, aburridas, oscuras, insulsas, gastadas, angustiosas, se convertirían, por obra y gracia de esa puerta entreabierta, en el paraíso donde olvidarlo todo. Un paraíso que se abre cada vez que uno de sus libros vuelve a sus manos, después de tanto tiempo.


   Después, como si la historia volviera a repetirse, como si fuera posible apresar el pasado sin que parezca viejo, una editorial (Suma de Letras) decidió sacar a la luz un preciado tesoro: "Agatha Christie. Los cuadernos secretos". Si la Autobiografía que la escritora publicó al final de su vida mostró su infancia, su juventud, sus amores y sus sueños, ahora, con este libro, vamos a poder cruzar, de nuevo, el umbral de sus historias, pero daremos un paso más. Porque la argamasa de las narraciones, la estructura, la carpintería, lo que hay dentro y lo que las sostiene, van a aparecer ante nuestros ojos y, quién sabe, si nos traerá de nuevo esos personajes que ahora serán distintos, como si, escondidos en sus armarios, pudiéramos fisgonear y verlos dormir, levantarse de la cama, almorzar, beber té a las cinco en punto...

  Aquí están sus libros, a mi lado, desde hace tanto tiempo. Están todos. De vez en cuando me zambullo en alguno de ellos. Como si hiciera calor y fueran una refrescante piscina. Como si llegara la noche y hubiera que conjurar el silencio. Como si las lágrimas cruzaran el espacio y tuviera que espantarlas.

  Aquí están sus libros. Como si tuviera once años. Como si mi vecina Pepita me hubiera regalado una enorme caja de libros, que nadie más quería. Como si estuviera atardeciendo en mi calle del sol, en esa casa, esquina a la alegría. Como si, por la noche, los libros ocuparan su sitio en la librería blanca, esperando mi vuelta. Porque esa noche yo tenía una cita con el cine de verano, con los ojos azules de los que alguna vez ya os he hablado. Y el libro lo impidió, lo convirtió en anécdota y ocupó el lugar del amor por un instante.


(Fotografías: Agatha Christie en distintos momentos de su vida)

"Julia Bride" de Henry James

Estamos en Nueva York durante los primeros años del siglo XX. La alta sociedad neoyorkina está sujeta a tantas convenciones como la aristocracia rural inglesa o la nobleza centroeuropea. Las normas han de ser seguidas y el desacato puede provocar, de hecho lo provoca, el ostracismo, el aislamiento social. Las mujeres son el elemento más débil de esta estructura. Las posibilidades de un buen matrimonio (la salida natural para todas ellas) se ven seriamente afectadas si la familia no es "come il faut", si hay algo en el pasado que resulte preocupante o si algún acontecimiento del presente tambalea la consideración pública de los parientes. 

Julia Bride tiene las de perder. El divorcio de su madre (el último, hay que decir) no es una buena noticia. Tampoco ella ha llevado una vida ejemplar. No ha respondido como debía a sus compromisos, no ha estado a la altura. Todo se vuelve en su contra en el momento menos propicio y el rechazo de los demás se convierte en un acicate para intentar lograr la redención social, para encontrar ese puesto a la sombra, lejos de la intemperie, ese lugar en el que nadie tiene nombre ni existe a los ojos de los otros.

Julia Bride es una joven muy hermosa pero con una parentela bajo la luz de los focos. Así que su pretendido matrimonio con Basil French está en la picota. Ningún hombre de posición, en este tiempo, se enamora tanto como para poner en riesgo su propio papel en la sociedad. Tampoco Basil French. La intervención de Pitman, el último marido de su madre, tendrá una doblez innegable: yo te ayudo a ti y mi ayuda se vuelve en mi favor. Argucias de comedia de salón que aquí se manifiestan con la maestría de James, un escritor que creó escuela y que sigue resultando actual, pasados los años y en un nuevo siglo. 

Cuando se leen las pretendidas novelas sentimentales de ahora se echa tanto en falta el ingenio... El verdadero ingenio, ese que nace de una inteligencia clara y de una mirada original. Se perciben de una forma tan clara la tramoya, el engaño, las cuerdas que sujetan las narraciones con tan escaso fuste que se añora una escritura como la de Henry James y como, desde luego, la de sus discípulas, entre ellas, la gran, grandísima Edith Wharton, diseccionadora eficaz de la clase alta neoyorkina. No basta con contar "algunas cosas", sino que hay que saber hacerlo, hay que usar con tiento, cuidado y belleza ese delicado instrumento que es el lenguaje. La palabra, he ahí el secreto. 

"Julia Bride" es una encantadora nouvelle (o un relato largo, como dicen algunos críticos de estas pequeñas y no tan pequeñas obras de James) que te deja el sabor de boca agridulce de la propia vida. Cincuenta páginas, ilustraciones evocadoras a cargo de W. T. Smedley, y una edición tan preciosa como lo son todas las de D´Epoca Editorial, que en este caso es una edición conmemorativa del centenario de la muerte de Henry James (1916-2016).  La traducción es de Rosa Sahuquillo Moreno y Susanna González.

El libro tiene una introducción muy interesante y esclarecedora a cargo de Laura López García. Tras aludir a la magna biografía que Leon Edel realizó sobre el escritor, referencia para conocerlo en profundidad, Laura López García nos acercar la personalidad de James en unas breves pinceladas. "Henry James era una persona curiosa, inteligente y sociable, ampliamente dotado para las profesiones de escritor y periodista que desempeñaba" Su familia estaba muy relacionada con el mundo de la cultura. Su padre, era teólogo especulativo y pensador social y él y su esposa, hija de un comerciante neoyorquino de algodón de origen escocés, decidieron darle a sus hijos una educación cosmopolita, por lo que emigraron a Europa cuando el pequeño Henry tenía doce años y estuvieron viajando por Francia, Inglaterra, Suiza y Alemania. Cuenta López García que "a medida que llegaban a una nueva ciudad, Henry, William (que sería un importante psicólogo) y sus hermanos, asistían a un nuevo colegio, desde un internado suizo a una escuela pública durante su etapa en Boulogne".

Henry James era un estadounidense que vivía en Inglaterra y que siempre contrapone en sus obras los modos de vida de ambas sociedades. Tuvo contacto con grandes personalidades de la ciencia y la cultura y dedicó la mayor parte de su tiempo a perfeccionar su arte. Era meticuloso, perfeccionista y dotado de una gran capacidad de trabajo. Por eso sus obras nos suenan tan perfectas, conseguidas, con tramas ajustadas y sin fisuras y, sobre todo, con un estilo literario único, propio, complejo y rico. No es fácil leer a Henry James y hay que hacerse un buen itinerario lector para no caer en la tentación de dejarlo. Pero, una vez se entra en ese mundo, es imposible no quedar prendados por su elegancia, su calidad y su maravillosa recreación de situaciones, ambientes y tipos humanos.

Una historia, unos personajes, que en Henry James, siempre significan emociones y sentimientos bien trabados y predispuestos a convertirse en historias que pueden ser leídas en un momento cualquiera de la tarde, cualquier tarde de cualquier día del mes o de la vida. 

Julia Bride de Henry James. Centenario. D´Epoca Editorial. 2016. 

Apunte biográfico sobre Henry James 1843-1916 (Lecturalia). Este año se conmemora el primer centenario de su muerte. 
Autor y ensayista americano, Henry James fue uno de los grandes escritores de finales del siglo XIX, conocido tanto por sus novelas y relatos cargados de tensión psicológica como por sus ensayos sobre teoría literaria.

James pasó la mayor parte de su vida en Europa, sobre todo en París y Londres, llegando a obtener la nacionalidad británica, aunque pasó su juventud en Estados Unidos, estudiando en universidades como Harvard y Cambridge, donde estudió Literatura.

Sus obras se caracterizan por una gran fuerza de los personajes y de su mundo interior, así como por la combinación de ideas y situaciones a caballo entre la vieja Europa y los Estados Unidos. A lo largo de su carrera, James escribió títulos tan conocidos como Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama, Los embajadores, La copa dorada o Las bostonianas.

Como crítico literario, James fue uno de los renovadores del estudio de la novela y apostó por una nueva interpretación del desarrollo y la relación del autor con el lector, como se puede leer en su ensayo más importante, El arte de la novela. Además, James también se adentró en el mundo del teatro, tanto en la crítica como en la propia dramaturgia.

La recepción de su obra en vida no fue del agrado de los críticos y durante la primera mitad del siglo XX recibió numerosas críticas negativas que con el paso del tiempo han ido desapareciendo hasta reconocer la calidad de sus textos.

Varias de sus novelas y relatos han sido adaptados al cine con gran éxito, como Otra vuelta de tuerca, La heredera, La copa dorada o Las bostonianas.

viernes, 18 de mayo de 2018

Paralelismos: De Edna a Jane


(Jane Austen nació en la rectoría de Steventon, Hampshire, en 1775. No se conserva la casa en la que nació. Esta es una vista actual del pueblo)

La señorita Marple, con permiso de Agatha Christie, investigadora aficionada, mujer perspicaz y muy práctica, tenía su fuerte en buscar (y encontrar) paralelismos con ocasión de cualquier asesinato  (así, como quien no quiere la cosa, siempre andaba mezclada en el sórdido mundo del crimen) entre los implicados en el asunto y los habitantes de su pueblo, el pequeñísimo y rural Saint Mary Mead. Un sitio inventado pero no imposible, más bien un reflejo de las poblaciones rurales de la campiña inglesa, esa en la que se come pudín, se luce el arte del visiteo y suceden cosas inverosímiles. 

Si se trataba del desfalco de un gran funcionario, que se quedaba con parte de la herencia de un pariente de forma indebida, ella recordaba ipso facto y con toda coherencia al carnicero del pueblo que siempre servía un poquito menos en el kilo de carne de buey que le encargaba. La vida doméstica es el elemento preferido de esta Dama (con mayúsculas) del crimen. Porque bastan, como sabemos, unas cuántas familias en un territorio reducido para crear una novela. 


(Una vista actual de las afueras de Tuamgraney, el pueblo del condado de Clare, en la zona occidental de Irlanda, en el que nació, en 1930, Edna O´Brien)

Establecer paralelismos requiere observación y paciencia. La paciencia es una virtud que está subestimada. Si fuéramos pacientes no entraríamos en barrena con tanta frecuencia y la vida moderna estaría más libre de estrés y de yoga. Claro que entonces algunos negocios quebrarían, entre ellos el de los libros de autoayuda y los gurús de la filosofía de la meditación. Por su parte, la observación es una forma de estar en el mundo que, contra lo que parezca, no tiene nada de pasiva. 

No basta con relacionarte con las personas, sino que hay que cuidar la escucha, el feedback, el quid pro quo. Hay gente que apenas oye y que no escucha nada. Tienen su discurso preparado, lo sueltan y esperan a que los demás se callen para seguir sin resuello con su propia parafernalia verbal. Los políticos son un claro ejemplo de esto

También los hay que, aunque estén en silencio, andan por los cerros de Úbeda en plan “no pienso, aunque existo”, como si fueran lamas tibetanos, y les importa muy poco lo que los demás anden tramando. Bastante tienen con regodearse en su propia importancia, aunque no se atreven a ponerla de manifiesto por si las moscas producen el curioso efecto de que alguien te contradiga. 

En verdad me parece que estos dos tipos de personas  tienen poco apego a una parte de la vida que es sustancial y de la que nacen la literatura y la creación artística en general. Los hechos, pensamientos, ideas, opiniones, son un vivero de sabiduría, incertidumbre, asombro y felicidad. Porque si dependemos solo de nosotros mismos, de lo que nuestra propia cabeza provoque o muestre, entonces entraríamos en un solaz de aburrimiento difícil de emular. Un coñazo. 


(En este barrio residencial al oeste del centro de Londres, Knightsbridge, vive, en una casa alquilada, Edna O´Brien)

Viene a cuento toda esta digresión al caso literario de dos mujeres. Edna O´Brien, irlandesa, y Jane Austen, inglesa. Las dos comparten el mismo idioma pero con matices. Cuando le preguntaron recientemente a la primera qué piensa de esto, contesta que vale, que el inglés es un idioma común en todas las islas británicas, pero que se usa de forma diferente según el lugar exacto y que ellos, los isleños de la isla de Irlanda, le ponen a todo más emoción, son más radicales, más libres a la hora de usar el lenguaje. Más fantasiosos, imaginativos, proclives a la exageración, a la mayúscula, a la hipérbole e, incluso, al exabrupto verbal. 

Nadie hizo esa pregunta a Jane Austen por la sencilla razón de que no existían entonces los aguerridos periodistas culturales de ahora, ni los bloggers, ni los suplementos de libros, pero quizá su respuesta nos resultaría sorprendente. Porque Austen, como Edna O`Brien, no era una mujer previsible ni canónica. Más bien, una metepatas en muchísimos aspectos. Una mujer original. 

¿Tienen algún paralelismo estas escritoras? ¿Las une algo que pueda servir para trazar un puente? ¿Son tan distintas que ni siquiera la señorita Marple, con sus paralelismos, hallaría una banda sonora, una canción, siquiera un estribillo, común?

Apenas sin pensar surge la primera gran coincidencia. Las dos nacieron y se criaron en ambientes rurales. Oh, esto es muy interesante. El sitio donde uno nace y donde vive la primera infancia y la adolescencia, es determinante en la conformación del carácter. Nacer en un paraíso rural, en el que la naturaleza tiene un peso específico, no es lo mismo que hacerlo en una ciudad, en una plaza recoleta y bulliciosa o en un lugar residencial lleno de casas en hilera. Da igual la época y el siglo. La vida rural tiene enseñanzas que la ciudad no ofrece, y al revés. El contacto con el medio natural te revela una medida distinta del tiempo, te da a conocer el paso de las estaciones, la mudanza de las horas del día, los tonos del crepúsculo, los nombres de las flores. De manera que esto no es una circunstancia baladí, sino, al contrario, muy, muy interesante.
Aunque pueda parecernos paradójico, ambas, Edna y Jane, tienen el mismo apego a la tierra que les vio nacer. Este apego se representa fielmente en las casas. Para ambas la casa es el hogar y ese hogar es el de la infancia, el de toda la vida, el del sitio en el que sintieron despertar las primeras sensaciones. Jane Austen deambula de una casa a otra, siempre recordando que su Steventon, la rectoría en la que vivía con sus padres y sus hermanos, era el alma mater, el lugar reverenciado, el que aparecía en sus sueños y en sus descripciones. Dejarlo fue un corte tajante incluso en su proceso de escritura. Recordemos que no logró escribir en Bath, ese moderno balneario lleno de vida social, ni una sola línea. Por cierto, un Bath que también aparece en alguno de los cuentos de Edna.

Edna O´Brien siempre tuvo en su memoria la casa en la que vivió con sus padres y hermanos, esa casa rural, sin comodidades, en medio de una naturaleza rústica y casi sórdida, con el agua de los lagos cerca, con las montañas a un lado, con animales que correteaban de un sitio a otro como si fueran parte de la familia. Este sentimiento del hogar perdido es tan fuerte que no llegó a considerar como su hogar ninguna de sus posteriores casas y aún hoy vive en una alquilada, sin ningún signo de propiedad. La casa era aquella casa y punto. Todas las casas que aparecen en sus historias son su casa, su propia casa, destartalada, sin lujos, con extrañas habitaciones y espacios perdidos. No es únicamente la búsqueda de esa “habitación propia” que Virginia Woolf tan bien describió, sino su identidad, su pertenencia, su raíz última. 


(Desde 1809 vivió Jane Austen en esta casita, Chawton Cottage, que hoy alberga la Sociedad Jane Austen del Reino Unido. Era una casita que les prestó a ella, su hermana, su madre y una amiga, uno de sus hermanos)

   Y luego está la Iglesia, o mejor dicho, la religión. El padre de Jane era un pastor  anglicano y, por lo tanto, un hombre de espíritu. Y su madre, por las descripciones someras que aparecen, una mujer estricta, bastante fría, que no llegó a conectar con ella en una relación cómplice, como tuvo la escritora con su hermana Cassandra. En cuanto a Edna, vivir en Irlanda en aquellos años debía suponer que el peso del pecado, de las prohibiciones, de la moral, caía sobre todos de modo inexorable. Su madre, observante rigurosa de la religión católica, dormía con ella en una cama y con un crucifijo al que ambas se agarraban como fuente de salvación. Era una religión vivenciada, menos letrada que en el caso anterior pero más omnipresente. 

  Ambas, además, reaccionan contra esta exagerada pátina religiosa y lo hacen atendiendo a sus caracteres. Los clérigos de las novelas de Austen son ridículos, cursis, extremadamente pánfilos y ninguno sale bien parado. El ejemplo del señor Collins de "Orgullo y prejuicio" debería bastarnos. Pero también está el señor Elton, en "Emma". Ambos son fatuos, engreídos, absurdos y su predicación no puede tener ningún fondo de sensatez. La respuesta de O´Brien ante la hiperpresencia de la iglesia en Irlanda, quizá porque esa religiosidad era más opresiva, es también revolucionaria y aún más decidida. Adiós a las buenas costumbres, vamos a contarlo todo, se dijo a si misma. Y lo hizo. Sus libros constituyeron un escándalo público y lo asumió con la naturalidad de quien no puede evitar ser como es. El humor es el arma de Jane Austen, la provocación en el de Edna. 


(De Jane Austen solo existe este dibujo que le hizo, supuestamente, su hermana Cassandra)

 Ninguna parecía tener mucho apego al matrimonio. El de Edna con Ernest Gabler fracasó estrepitosamente y estuvo navegando en el contencioso incluso para la custodia de los hijos. Resulta patética la reacción de él, que ella cuenta con detalle en "Chica de campo", sus memorias, cuando ve que su mujer va a dedicarse en serio a la literatura y , sobre todo, que escribe mejor que él. La mediocridad nunca da tregua. No da la impresión de que en su vida, sin embargo, los hombres hayan supuesto mucho más que un divertido entretenimiento o una interesante sensación. Supeditarse a una pareja, incluso cuando hay amor o deseo por medio, no está en su itinerario vital y así lo dice en sus propias memorias. 

La señorita Austen nunca se casó pero, que quede claro, porque no quiso. Sus pretendientes la dejaron bastante fría, tuvo la osadía de rechazar a más de uno y no la distrajeron de su apacible vitalidad, los resquemores y casuísticas sentimentales. En sus libros las mujeres presentan una asombrosa rebeldía ante determinada idea social acerca de la supeditación del hombre a la mujer para casarse y por eso deja de manifiesto que la dependencia económica era una lacra que impedía la libre expresión de los sentimientos. Pero incluso estos se controlan. Salvo el caso de Marianne Dashwood, en Sentido y sensibilidad, que pierde la cabeza literalmente y tiene un temperamento extremadamente intenso, el resto tiene la cabeza sobre los hombros. El paradigma de ello es Emma Woodhouse, que afirma no tener interés en casarse y razona sobre ello de una forma estimable y lúcida en una de sus conversaciones con Harriet Smith. 


(Greenway House era la casa de verano de Agatha Christie, a la que tenía mucho apego y en la que pasaba largas temporadas con su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan y su hija Rosemary)

El gran paralelismo entre las dos, el que haría enorgullecerse a la querida Miss Marple, aparte de su origen rural, de la influencia de la religión en sus vidas, de su poca necesidad de ser guiadas por un hombre, está en su arte. 

Ambas tuvieron la conciencia de que escribir era, a más de una profesión por la que había que luchar, una forma de vida. Esa conciencia de autoría, esa defensa de su talento, esa dedicación por encima de todo, es una seña de identidad que no era fácil para las mujeres. Por supuesto, mucho más difícil para Austen, que, encima, no logró nunca publicar con su nombre. Pero también para Edna O´Brien, cuya vida no la conducía, precisamente a la literatura, y que tuvo problemas, ya lo hemos dicho, con su marido cuando empezó a escribir y a publicar. Él consideraba que no era para tanto y le sentó fatal su éxito y, sobre todo, su determinación. Quizá otra mujer hubiera sucumbido al runrun de tu pareja diciéndote cada día déjalo, total, para qué. Es tan fácil dejarse llevar por la inercia de no hacer nada, tan fácil dejar de creer en una misma...Y es tan difícil perseverar...Pero nuestra Edna vislumbró en la escritura su forma de relacionarse con el mundo, su manera de vivir, de estar, de existir. 

(Edna O´Brien, afortunadamente entre nosotros, es una mujer bellísima, de lo que queda constancia en multitud de fotos) 

Exactamente igual hizo Jane Austen, un siglo y medio antes, pero con una determinación tan firme como ella. No era capaz de encontrar editor, le rechazaban los manuscritos, le pagaban muy poco cuando conseguía publicar y las ediciones no eran de su gusto. Aún así perseveró, creyó en sí misma, se aferró a lo que su intuición le decía y construyó un mundo ficticio en el que estaban su esencia y su talento. 

Y ambas, y esto es muy importante, pusieron en la primera línea de su escritura el sentimiento femenino ante la sociedad en la que vivían, ante las relaciones familiares y sociales, ante el amor, el matrimonio y la vida en general. Ese punto de vista interior, no tiene nada que ver con las visiones exteriores sobre la mujer que ofrecen otros escritores. Desde dentro, desde lo más hondo e íntimo, revalorizando la emoción como tema literario, revitalizando las contradicciones, las luchas, los defectos incluso, de las mujeres en el conjunto de una obra literaria. Las mujeres son las protagonistas en los libros de ambas. 

Nadie podría decir que estas dos mujeres son el agua y el aceite. Tampoco que no hay entre ellas importantes diferencias aunque de eso hablaremos otro día. 

Ahora baste pensar que ambas constituyen la prueba fehaciente de que a veces las mujeres escriben contra el mundo y que, precisamente ese acto de escribir, lleno de rebeldía, de autoafirmación y de compromiso, es el que las sitúa en un lugar exacto del universo que ellas mismas han elegido. 

miércoles, 16 de mayo de 2018

"Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policíaca" Edición de Michael Sims

Con un criterio estricto la época victoriana ocupa los años del reinado de Victoria I, que subió al trono con 18 años en 1837 y murió en 1901, después de reinar durante más de 63 años. Sin embargo, algunos historiadores sitúan el comienzo de este importante período histórico unos años antes, al principio de los años 30 del siglo XIX, por la serie de cambios que ya se iban anunciando. 

Victoria I llegó al reinado de carambola y nunca el azar fue más fructífero. Tuvieron que morir varios tíos, su padre y su abuelo, el rey Jorge III, para que ella se coronara como monarca del Reino Unido y, en 1877, emperatriz de la India. Su madre era una princesa alemana de la casa Sajonia y su matrimonio con un primo de la misma dinastía dio lugar al comienzo de los Sajonia en el trono británico, ya que ella fue la última Hannover en reinar. Tuvo 9 hijos y 42 nietos, la mayoría de los cuales emparentaron con casas reinantes europeas, haciendo una política de alianzas que perdura aún en muchos sentidos. Se puede decir que toda la realeza europea tiene lazos con la reina Victoria. 

El período victoriano es enormemente interesante en todos los aspectos. Significó el cambio de una economía (y por tanto, un modo de vida) rural a la transformación industrial que, junto con el ferrocarril, la expansión del imperio y la citada política de alianzas, convirtió al Reino Unido en el centro del mundo moderno. También las artes y la cultura en general, la literatura por supuesto, dieron enormes frutos y he aquí que este libro, cuya edición se debe al experto Michael Sims, nos trae un conjunto de historias cortas que sirven como antecedente de lo que será la gran novela policíaca de filiación británica. 

Aclaremos primero una pequeña confusión que se produce con este libro: no se trata de rescatar a las escritoras de novela negra que primero incursionaron en este campo, sino a los personajes creados por escritores y escritoras cuyo papel de detectives se constituyen como el primer eslabón de los futuros y famosísimos investigadores del crimen. Así hay autores como W. S. Hayward, Andrew Forrester hijo, C. L. Pirkis, Mary E. Wilkins, Anna Katherine Green, George R. Sims, Grant Allen, N. McDonell Bodkin, Richard Marsh y Hugh C. Weir. Los relatos van desde el año 1864 hasta el 1915. 

Previamente Michael Sims escribe un texto llamado "Vigilancia en la intimidad" en el que pone de relieve el trabajo que va a presentar así como las líneas generales del mismo. El texto lleva una cita de la obra The Female Detective, de 1864, en la que se pone de manifiesto la mayor facilidad de una mujer para vigilar y encontrar pistas en los ambientes domésticos, que son los que conoce y sigue de cerca. No es mala reflexión esta, desde luego, porque la han hecho suyas, en la teoría y en la práctica, grandes damas de la novela negra, comenzando por Agatha Christie. 


El Londres victoriano era, probablemente, muy sucio, abigarrado, lleno de movimiento y en el que convergían personas de muy distinta condición y ocupación. Gente venida del campo en busca de trabajo en los nuevos oficios relacionados con la industria, familias burguesas de clase media, aristócratas que rezongaban acerca de cómo estaba todo cambiando, un paraíso para los carteristas, afanadores, delincuentes de poca monta y de muchísima monta. La escasa iluminación, los callejones adyacentes a las casas, la proliferación de habitaciones alquiladas a cuyos moradores no se les exigía apenas nada, todo eso suponía un plus de peligrosidad. Los delitos eran muchos y muy variados y Michael Sims destaca los desvalijamientos, robos, asaltos, asesinatos, infanticidios, violencia conyugal, odio racial, sobre todo. 


La mayoría de las historias de este libro se desarrollan en Londres, aunque hay alguna también en Nueva York. Las ciudades eran el centro del crimen y los primeros cuerpos policiales estructurados se formaron precisamente en estos contextos. En 1829 se había creado la policía metropolitana en Londres, tipos altos, vestidos con sombrero de copa azul y frac, armados con una porra, unas esposas y un silbato para avisarse entre sí. Se llamaron peelers en Irlanda y bobbies en Inglaterra, porque el impulsor de esta fuerza policial fue el ministro de Interior Robert Peel. 

Antes de ellos existieron los Bow Street Runners una especie de agentes judiciales impulsados por el autor de "Tom Jones", Henry Fielding, que ejercía de magistrado en Londres. Por cierto, esa era una novela muy apreciada por Jane Austen, a pesar de que no estaba bien visto que la leyera una señorita. Los runners tenían el aire de detectives privados y desaparecieron unos años después de que se creara la policía metropolitana. El departamento de detectives como tal se creó en 1842 y asumían la novedosa tarea de la investigación. Las protagonistas de estas historias que componen el libro son eso, detectives, que llegan a este trabajo por rutas diversas y que ejercen un trabajo que podíamos definir como "poco femenino". 


(Mary Eleanor Wilkins Freeman)

Dado que los personajes femeninos detectivescos son anteriores a las mujeres detectives en la vida real, bien puede calificarse este hecho de anticipación, futurismo o adivinación, viene a proponernos Sims en sus explicaciones sobre el contenido del libro. Observa una especie de toque femenino a la hora de proponer la solución de un crimen, basado en el instinto o en la mirada diferente, que se fija en detalles pequeños o en cuestiones aparentemente adyacentes. Algunas veces esas detectives se disfrazan, lo que facilita las pesquisas. Y, en todo caso, hay algo que yo añado de mi propia cosecha: las mujeres despiertan menos sospechas a la hora de preguntar o de buscar conversación que un hombre, precisamente por el hecho reconocido por todos de que las mujeres hablamos más y somos más curiosas en general. Lo que, a mi juicio, es un auténtico lujo, un placer y una suerte. El hermetismo masculino es un problema para ellos y para los demás, y, desde luego, no garantiza una vida más feliz ni más tranquila, sino, en todo caso, menos llena de emociones y exenta de eso tan entretenido y agradable que algunos escritores han destacado y que es el poder de la observación. 

Las historias de detectives como estas que aquí aparecen ponen el punto de mira no en el crimen o en el criminal sino en los investigadores, las pistas y la forma de resolver los casos. Son crucigramas, juegos de artificio, puzzles que hay que solucionar. Ese es el sentido principal que tienen y lo que diferencia a las historias policíacas de las novelas negras o los thrillers. 

Ellas son Amelia Lutterworth, Dora Myrl, Violet Strange, la señora Pascal, Loveday Brooke, Sarah Fairbanks, la primera de las cuales antecede con toda claridad a la futura señorita Marple de Agatha Christie, la autora policíaca que más detectives inventó: Poirot, Marple, Tuppence y Tommy, Parker Pyne, Ariadne Oliver e, incluso, Hastings. 

Sims considera a Edgar Allan Poe como el padre de la historia detectivesca. En 1841 había escrito "Los crímenes de la calle Trianon" que luego sería la calle Morgue, donde aparece un detective aficionado francés (luego Agatha Christie haría belga a su detective, aunque no era un aficionado sino un antiguo policía), llamado C. Auguste Dupin. También Arthur Conan Doyle cogió algunas características de Dupin para su egocéntrico Sherlock Holmes, tan estirado y compuesto siempre, algo que debería ser propio de los detectives famosos habida cuenta de que este prototipo es muy usual. 

Los medios de transporte tienen un papel central en los relatos y también en la época, pasándose de los caballos al ferrocarril y de ahí al automóvil. Cambios sustanciales que se reflejan también en el vestuario femenino, porque, dentro de esto, surgió la revolución de las bicicletas y los monociclos. Las bicicletas son, dice Sims, el emblema de la nueva mujer. Esto preocupaba a las mentes conservadoras que veían toda clase de males en este cambio. Y tuvieron mucha razón, porque desaparecieron los volantes y los encajes y empezaron a insinuarse los pantalones. Todo un cambio.

"Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policíaca" es un libro encantador. Lleno de pequeños y grandes detalles, de situaciones pintorescas, de mujeres atrevidas y provistas de una mentalidad abierta y de un ingenio descomunal. El ensayo introductorio es tan interesante como la bibliografía que añade a continuación. En realidad, no es solo una colección de historias, es un tratado sobre el tema y el tema es, en sí mismo, inabordable por lo amplio que resulta y las implicaciones que tiene. Como añadido, un elemento que me ha parecido esclarecedor. Al inicio de cada historia aparece una reseña biográfica del autor o autora y, sobre todo, de la mujer detective que la protagoniza. Esta parte es sumamente importante. Se trata, pues, de una galería de escritores que dedicaron su obra a crear una pasarela de mujeres detectives, de singular atractivo y encantadoras disposiciones. Una delicia.

Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policíaca. Edición de Michael Sims. Traducción del inglés de Laura Salas Rodríguez. Editorial Siruela. Libros del Tiempo. Biblioteca de Clásicos Policíacos. Segunda edición 2018.