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La calle secuestrada




En mi calle solo había calle. No recuerdo zonas infantiles, ni carriles bici, ni areneros para los niños, ni instalaciones deportivas, ni pasos de peatones con mortadelos, ni semáforos, ni policía de proximidad, ni supermercados, ni alumbrado navideño...Era solo calle y estaba rodeada, del curioso modo en que allí las cosas existían, por huertas, salinas, estaciones de tren, cines de verano y mar. El mar era lo más lejano y, aun siendo un océano, muchos pensábamos que esa distancia era infinita. No podía asaltarnos la fuerza de un maremoto, porque el mar era una cosa lejana. Antes de él, a modo de antesala, de recuerdo y de embajadores, estaban los esteros, que eran mar salada, demasiado salada para mi gusto, impregnados de sepina, de toda clase de olores y llenos de peces y, de nuevo, de sal. 

Los montículos de sal rodeaban la calle por el lado de las salinas y las huertas estaban en la otra orilla, como si el mar y el campo tuvieran ahí un punto de unión. No recuerdo de quién era la huerta, solo que era extensa, llena de verde, vacía de flores. Indicaba el final de la calle y era una especie de epílogo de la ciudad que nos ignoraba a sabiendas. Nadie de las huertas tuvo nunca para nosotros presencia corpórea, ni reconocimos árboles ni supimos de propiedades, solamente la mancha verde se llenaba algunas veces de niños que jugaban al balón, en ese ejercicio que ocupaba todos los espacios libres. Si todos esos niños hubieran llegado a ser futbolistas estaría asegurada la cantera por los siglos de los siglos. 

Una vez bajé a esa huerta, no recuerdo por dónde ni con quién ni cómo, y volé allí cometas, barriletes los llamamos, hechas a mano en mi casa, con cañas, papel de seda y tiras de tela sobrantes de vestidos que mi madre guardaba en la caja de la costura. No porque cosiera para la calle sino porque era nuestra estilista y nuestra modista de cabecera. Las cometas volaron un rato y yo las veo todavía volar y noto la hierba mal cortada bajo los pies y, si lanzo la mirada hacia arriba, veo la tapia de mi casa, el repecho de la azotea y más arriba de todo, el cielo, azul seguramente. 

La huerta salió ardiendo una vez. Alguien lanzó desde uno de los pisos que se construyeron en un lateral, una bolsa que contenía algún líquido inflamable y el sol hizo de las suyas, porque era, lo recuerdo muy bien, a finales de agosto, y la huerta ardió de un modo imparable. Mi azotea, la más cercana de todos, era una atalaya para ver el fuego y los bomberos subieron a ella y entonces yo, que entonces no temía a nada y a nadie, y llevaba un vestido de rayas rosas y blancas, con unos pequeños bolsillos para guardar mis cosas, yo, como digo, le pedí a un bombero que me dejara ayudar y me prestó una manguera gris y me recuerdo con toda certidumbre lanzando agua al aire, con esa manguera pesada y resistente que en sus manos era una pluma y en la mía un problema. Y sé que eso ocurrió, lo grabé en mi cabeza porque justo al día siguiente volvía de su pueblo el muchacho que en esos años era el hombre de mi vida. Ojos verdes y sonrisa deslumbrante. Todo el amor se funde en una risa. 

Mi calle era muy larga y tenía varios tramos, que se parecían muy poco el uno al otro. Yo siempre pensé que el mío era el mejor, porque las casas bajas que los ocupaban tenían mayor uniformidad, eran más alegres y estaban más cuidadas. La mía era la última de la izquierda, si enfilabas la calle por la entrada más cercana al centro de la ciudad. Las bocacalles nos indicaban la forma de orientarnos y cada una de ellas daba a un mundo distinto. Había amigas que vivían en esas calles adyacentes, unas en patios de vecinos, otras en casas de esas que tenían dos portones y dos viviendas, ninguna en pisos, salvo las que tenían padres militares, porque los militares en mi ciudad siempre han dispuesto de pisos, pintados en color amarillo claro y con, al menos cuatro alturas. Los había para oficiales y para suboficiales y no tenían nada que ver los unos con los otros. 

En mi ciudad, las clases sociales estaban muy bien definidas. Arriba los militares de mayor graduación, debajo los otros, y debajo del todo, los trabajadores, todos los demás. Muy incómodo pero fácil de explicar. En realidad, la ciudad era una base militar y el pueblo, el común de la gente, no quería saber nada de esta gente de uniforme y nos prometíamos que nunca íbamos a emparentar con ellos. Erróneamente, claro. En mi calle no vivían militares. No había pisos de militares, ni nadie tenía nada que ver con la armada. Lo nuestro eran los astilleros, los hombres de la mar y otro montón de oficios que obligaban a los padres y los hijos a trabajar duro y a no tener días de descanso. Los hombres de mi calle nunca sabían lo que era el tiempo de ocio. 


Los coches se aparcaban en las puertas de las casas. No había ningún problema, poca gente los tenía. Mi padre encerraba el suyo de noche en un garaje que tenía alquilado unas calles más allá. Decía: voy a encerrar el coche. Y al rato volvía. Traía con él la paz. Creo que no ha existido en toda la historia unos hijos que aguardaran con más alegría la llegada del padre. Quizá nunca se lo dijimos pero debió notarlo. Tuvo que notarlo porque nuestra vida cambiaba cuando él estaba en la casa. Éramos felices. Lo queríamos. Creo que mi madre estaba un poco celosa por eso y tenía razón. Quizá fuimos injustos con ella pero no fue nada premeditado. Es que ese hombre tenía un don. Al cabo de los años descubrimos que ella poseía otros, igualmente valiosos. Era tarde. Algunas personas tienen ese don. Una especie de bondad intrínseca, una ausencia total de malos sentimientos, una aceptación de la vida, un perdón generalizado a los otros. Mi padre era el paradigma de esto. Ella, en cambio, no logró nunca perdonar algunas cosas. Yo tampoco lo hubiera hecho. 

En mi calle no había árboles. En la casa había macetas. Hubo un tiempo en que tuvimos un patio, pero la bondad de mi padre, su conformismo, permitió que se perdiera. Esto tampoco lo he perdonado. ¡Devolvedme mi patio, mi arriate, mis flores, mis ventanas al sol, mi claridad! digo a veces. Nadie responde. Nadie escucha y nadie comprende. No se puede arrebatar un patio a los niños. Así ocurrió y lo recuerdo tan claramente como el fuego de la noche de agosto. 


Mi calle no era una de las calles importantes que salen en las guías turísticas, que se recomiendan para conocer la ciudad. No. Y los que vivíamos allí nos sentíamos fuera de todo. No nos importaba la otra gente ni nos interesaba qué sucedía más allá del limes. Yo misma paseaba por la calle principal con la conciencia exacta de que estaba en un mundo extraño. Era extraña en ese paseo igual que lo fui después cuando me marché a otra ciudad. Al fin, la condición de extraña va con una misma desde que nace. A veces sueño con mi calle. Busco en internet alguna imagen, algo que me la recuerde, pero no existe. Internet no guarda el recuerdo de los portales de las casas, ni tampoco de la tintorería que lanzaba chorros de líquido oscuro al pavimento, ni del cine de verano, ni de las tiendas, ni de los guichis, ni de las mujeres en las puertas llamando a los chiquillos. Busco en los sueños la silueta de las niñas que jugábamos en la calle, a príncipes, a películas y al tocadé. Busco a esas niñas en los sueños y quiero rescatar su inocencia atropellada por el paso del tiempo y del dolor más hondo. 

(Fotos: Archivo Caty León. Triana y San Fernando)

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