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Austen y la crónica social

 


La plaza de Hannover de Londres vista desde una de las calles adyacentes hacia 1775. Acuarela por James Miller. Museo y Galería de Arte de Birmingham. Foto de Bridgeman/ACI/National Geographic


La Ley de Pavimentado e Iluminación de 1766 hizo posible que, como sucede en la imagen, las calles de Londres tuvieran aceras y, de ese modo, los peatones circulaban separados de los vehículos y los animales que cruzaban las calzadas dejando su reguero de peligrosidad y de suciedad. Es verdad que esa mejora solo se aplicaba al distrito de Westminster y a la City pero así se empezó a mejorar la vida en una urbe que tenía entonces ya unos 600.000 habitantes. Este es el Londres que conoció Jane Austen en sus visitas frecuentes para visitar a su hermano Henry, cuyas ocupaciones lo habían llevado a la capital y que, gracias a eso, tuvo contacto con los editores que, en su momento, publicarían, aunque de una forma bastante usurera, los libros de su hermana. 

Londres y todo el país vivieron numerosos cambios en ese último tercio del XVIII y el primero del XIX que contempló la vida de Jane Austen. Ella, que nació en 1775, tuvo por fuerza que conocer todas estas modificaciones de la forma de vida, algunas de gran importancia, como la referida a las colonias, las guerras contra el francés y, desde luego, el éxodo rural, por el cual multitud de personas abandonaron sus tareas de jornaleros y sus pequeñas propiedades para ir a la ciudad a trabajar a los emporios fabriles, sobre todo del textil. Los más críticos con las nuevas situaciones que se iban produciendo (problemas de salubridad, trabajo infantil, falta de derechos de los trabajadores, hacinamientos, etc. ) sacarían, cada cual a su modo, estos problemas en sus textos y discursos. Y se tiene por cierto que ella, Austen, miró para otro lado, se apartó de ese barullo social y de esas luchas para centrarse de modo contemplativo en otra clase de vida. Dicho de otro modo, se la acusa de ser indiferente a los problemas de la sociedad de su tiempo. Años más tarde, todos consideraremos que tanto Elizabeth Gaskell como George Eliot, contribuirán a dar a conocer las situaciones difíciles con sus novelas, de marcado carácter social. Pero a Jane Austen no la situamos en este contexto sino que la ponemos en un limbo donde solo hay bailes, charlas, paseos, reuniones y pretendientes. 

Nada más injusto que eso. Es cierto que sus novelas no tienen como protagonistas a jóvenes de la clase obrera, ni se desarrollan en medio de conflictos laborales en Londres u otras ciudades de características similares, pero también es verdad que pone de manifiesto una y otra vez las discriminaciones que sufrían en su propia clase social determinados colectivos. Habla de lo que conoce, podíamos decir. Y lo que conoce de primerísima mano, haciendo suyo esa frase que dice que en el localismo está lo universal. Gracias a ella conocemos mucho mejor que con cualquier tratado que las mujeres estaban obligadas a hacer un buen matrimonio si no querían depender de parientes masculinos. Que las tierras y propiedades, así como los títulos y la riqueza, estaban vinculadas a las ramas masculinas, produciéndose un caso claro de discriminación que ella nos explica con ejemplos clarísimos, los de sus protagonistas. Que los clérigos anglicanos estaban viviendo un momento de crisis en el cual la vocación era lo de menos y lo que importaba era el buen vivir con sus beneficios. Que abundaban los huérfanos, las viudas y las solteras, desprotegidos todos ellos y necesitados de ser amparados por alguien de la familia que tuviera posibilidad de ello. Que la libre elección de matrimonio no existía. Que los trabajos estaban muy limitados para esa clase social. La gentry, esa mediana aristocracia rural, esa clase situada entre la nobleza y los campesinos, que eran caballeros pero no ricos,  que debían aparentar tener mejor situación económica de la que tenían, tuvo entonces su momento de crisis, a la que se une la irrupción novedosa y rápida de la nueva burguesía no territorial, con una riqueza que procedía del comercio con las colonias y formas de vida diferentes, distinta moral, distintas costumbres, distintos objetivos. La gentry iba decayendo al tiempo que las fábricas se elevaban en las afueras de las ciudades. 

Por eso el mensaje social, la implicación en lo que le sucedía a los suyos, está claramente presente en las obras de Austen. En Lady Susan, una viuda joven y dependiente de la familia del marido, tiene que procurarse una buena vida para ella y también para su hija, por lo que el matrimonio se abre como único horizonte. Muchos quebraderos de cabeza pasaron los Bennet para situar a sus hijas en esa carrera declaradamente injusta y lo mismo puede decirse de la situación de las Dashwood, sin casa y sin sustento tras la muerte del padre, o de Fanny Price, obligada a vivir con unos parientes que ni la quieren ni la consideran. Todavía no ha llegado el momento de los sufrimientos de las institutrices de las Brontë pero poco faltará y si aquí hay menos dramatismo y un final feliz es porque así lo decidió la autora, con buen criterio, porque, pensaba, era lo que le faltaba a la gente para terminar aborreciendo la vida. 

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