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Móviladictos


(Foto: Vivian Maier)

Una madre me lo contó alarmada. Mi hija no me habla, no levanta la cabeza del móvil cuando está sentada en la mesa para comer o en el sofá, donde quiera que sea. Siempre está enganchada al móvil. Otros padres y madres lo corroboraron. Mi hijo se encierra en su habitación con el móvil. Se duerme con el móvil en la mesita de noche. Cuando se queda sin batería se pone de mal humor. Me contesta mal si le digo que lo apague. Me lo cuentan también algunos niños. Después de almorzar me voy a mi cuarto y me pongo con el móvil. Y ¿qué haces con él, les pregunto? Hablo con los amigos por el whatsapp. Nos contamos cosas. 

Los comentarios son del mismo tenor. Los padres están verdaderamente preocupados. Por su parte, en los colegios e institutos los móviles suelen estar prohibidos. Pueden “existir“ pero sin que se note su existencia. No se pueden tener abiertos, no pueden sonar, no pueden mirarse…En las normas de convivencia aparece claramente explicado que están proscritos. Hay castigos, correcciones como se llaman ahora, derivados del uso del móvil. 

Bien. He aquí la situación. Los niños y los jóvenes usan el móvil durante todo el día, excepto durante la jornada escolar. Acostumbrados a usarlo, ¿quién nos dice que en las horas de clase no experimentan una sensación abrumadora de necesidad, de deseo de manejar el aparato con el que conviven…? Esto puede significar que están ansiosos, nerviosos, que notan que les falta algo, que están deseando que terminen las clases para abrir su móvil, repasar sus mensajes, ver vídeos, enviar whatsapp…Esto quiere decir que les hemos comprado una herramienta que no tiene sitio en el entorno escolar. Pero que está extraordinariamente presente en la vida cotidiana. 

Estoy sentada en una cafetería. Es media tarde. Todas las mesas de alrededor están llenas de gente. Me acompañan unos amigos. Durante algún tiempo observo lo que pasa. Ese joven de allí, sentado frente a la que parece ser su pareja, lleva usando el móvil un buen rato. Más allá hay otra pareja de mediana edad. En este caso, los dos están usando su móvil. Ninguno habla. Están concentrados en lo que quiera que aparezca en la pantalla. Pienso, absurdamente, si no se estarán enviando mensajes el uno al otro. Me sonrío y desecho esa idea pero…Al fondo, un grupo numeroso de chicos y chicas están asombrosamente en silencio. El silencio, desde luego, no es total, no es absoluto. Porque suena el tic tac de los dedos sobre los aparatos. Todos están enfrascados en la misma tarea pero no se comunican. La intercomunicación es solamente virtual. Están hablando con alguien que no está allí y que, probablemente, no ven casi nunca si es que lo conocen. 

Mientras hablo con algunos padres les suena el móvil. No han tenido la precaución de quitarles el sonido durante la entrevista. Algunos no lo cogen, pero se les nota en la cara que quieren saber quién les llama o les envía un mensaje. Otros, directamente, piden disculpas y lo miran. Otros lo abren de forma automática, sin hacer comentarios. Pienso, tenemos un problema. 

Aún más. Hace unos días estuve tomando algo con un amigo a quien hacía muchos años que no veía. Durante las tres horas que duró nuestra conversación noté algo raro, algo a lo que no estoy acostumbrada últimamente. Después me di cuenta de lo que era: ninguno de los dos había sacado el móvil, ni lo había mirado, ni nos había sonado siquiera. 

En realidad, el que unos niños que tienen la escuela junto a su casa o muy cerca, como suele ocurrir ahora, tengan un teléfono móvil carece de sentido. El que los niños tengan un móvil en casa, donde suele haber un teléfono fijo o donde los padres tienen su propio teléfono también resulta inútil. Cuando les preguntas a los padres por qué sus hijos tienen móvil la respuesta más usual es “porque lo tienen todos sus amigos“. Teniendo en cuenta que la comunicación entre esos amigos, a juzgar por lo visto en la cafetería, es, sobre todo, por el móvil, el chaval puede quedarse out si no usa este artilugio. Cierto, tenemos un problema. 

Un chico que descansa mal dice que le cuesta estar desconectado del móvil, que se pone nervioso si tiene que dormirse y estar por unas horas sin esa conexión. Lo más probable es que, al levantarse, lo primero que haga sea encender el móvil, eso si no lo deja encendido toda la noche, como confiesan algunos. 

La necesidad de comunicarse con los iguales es normal en la adolescencia. Mis amigos y yo nos intercambiábamos llamadas de teléfono continuas o buscábamos momentos para charlar largamente. El problema es que ahora dependen de una máquina y no parece estar controlada ni el uso de esa máquina ni el tiempo que se le dedica a ella. El problema es que, cuando están acompañados, siguen teniendo que usar la máquina. 

Teniendo en cuenta que el problema existe, que los chavales usan los móviles desde muy pequeños, deberíamos pensar en soluciones. La primera sería que los móviles se empezaran a adquirir cuando el chaval tiene cierta edad. Los padres dirán que tendrían que ponerse todos de acuerdo para que el argumento de “lo tiene mi amigo” no surtiera efecto. Bien, quizá haya que hacerlo, al menos en el seno de las pandillas o de los grupos. Si, por ejemplo, los móviles se les regalan a los chicos cuando vayan a ir a la universidad, por ejemplo, y no cuando hacen la Primera Comunión o en su octavo cumpleaños, la cosa sería más fácil de controlar. Hacerlo antes supone crear un problema donde no lo hay. 

Quizá, también, habría que ponerles límites, enseñarles a usar los móviles para lo que están creados. Dar un recado, avisar de algo, citarse…La cuestión está en que la mensajería instantánea ha sustituido a la conversación. Y el problema no es solo que esa instantaneidad les obliga a escribir rápidamente, sin respetar la mínima ortografía o corrección gráfica, sino que impulsa a los chavales a estar permanentemente en contacto con los otros. A la hora de estudiar, de leer, de hacer deporte, de descansar….

¿Puede controlarse el uso del móvil a los chavales sin que vean un buen ejemplo, un ejemplo adecuado en sus padres? Difícil. Por no decir, imposible. Si nos paramos a pensar, podríamos prescindir del móvil durante muchas horas al día. Yo lo suelo apagar por la tarde. Y no hay ningún problema en ello. Los adultos deberíamos considerar si estamos dispuestos a hacer esa concesión a la educación de nuestros hijos. Las tecnologías son buenas pero hay que saber usarlas y usarlas con control. He aquí la cuestión. Negociación y diálogo para establecer unas pautas de uso parecen ser soluciones necesarias. Buenos ejemplos también. 

Y, si todo esto no surte efecto, si la cosa ha llegado demasiado lejos ¿tendremos que prohibir?

(Este artículo forma parte de una serie de ellos que escribí sobre educación, que fueron publicados en la revista TheCult en 2015. La revista era digital y ha desaparecido por lo que ya no están los artículos disponibles). 

Comentarios

Unknown ha dicho que…
Yo opino igual.
Hasta los 16 años mínimo no les dejaría tener un smartphone. Si no hay consenso, en la medida que afecta a la personalidad y educación
de los jóvenes que serán el futuro de este país, es un problema de Estado y es éste quien lo debería regular.

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