Nadie entiende a tus "Mujeres", D. H.
Como Jeanette Winterson, leí "Mujeres enamoradas" tan joven, que tuve que leerlo a escondidas. El libro acabó deshojado, con las pastas desprendidas y lleno de subrayados. No era el primer libro de D. H. Lawrence que leía (fue "El amante de Lady Chatterley") pero en "Mujeres..." hay bastante más que una pasión amorosa, o dos, hay bastante más que erotismo o desamor. Ambos libros han tenido la misma mala suerte, la mala suerte que persigue la obra de Lawrence. No solo fue prohibida y censurada sino que, cuando parecía que llegaba el momento triunfal, las adaptaciones al cine terminaron por darle la puntilla. No ha habido nunca una adaptación que entendiera su sentido, que traspasara el sencillo equipaje de las escenas. "El amante de Lady Chatterley", que había sido acusada de novela pornógrafa, se rodó como película pornógrafa, lo que no deja de ser un sinsentido. En cuanto a "Mujeres enamoradas" la lectura transversal del libro que hizo el director, Ken Russell, o su equipo, se quedó en la anécdota y ni siquiera esta es capaz de mostrar mínimamente lo que quería transmitir el escritor: la soledad del ser humano ante los cambios sociales y la forma en la que intentan suplir este vacío. Ese y no otro es el tema central de la obra de D. H. Lawrence. Las escenas de amor sirven para mostrarnos lo esencial, el universo íntimo del hombre, un universo que la máquina y la industrialización no puede coartar. Pero no son el fin de las novelas, sino una manera de huída hacia dentro, algo que no se ha comprendido y no se ha mostrado.
Los errores de comprensión del texto se alían con un desastroso casting. Ninguna de las dos actrices, por mucho que Glenda Jackson obtuviera algunos premios, responde a lo que son las hermanas, Úrsula y Gudrun, personajes de una pieza, una maestra llena de ilusiones que tiene miedo a convertirse en una vieja sin amor, como su predecesora en la escuela y una artista que busca frecuentar ambientes más selectos que los que ofrece su pobre casa en la comarca minera en la que viven. La lucha por ser otra cosa es fundamental para comprenderlas. Cuando ponen los ojos en hombres superiores esa lucha no es baladí. Se avergüenzan de lo que son, se avergüenzan de la negrura de las manos en los mineros, de la pobreza de sus vestidos, de la fealdad de su paisaje, de la miseria de sus casas. Ellas quieren ser otra cosa. Tienen inteligencia y belleza, tienen juventud, pero no tienen oportunidades, ni contactos, ni dinero. Esa es su gran tragedia. Nada de esto puedes apreciarlo si ves la película, algunas de cuyas escenas son, incluso, ridículas.
La escena de la boda de la hermana de Gerald Crich, el hijo del terrateniente, dueño de todo aquello, es reveladora. Van los invitados de primera clase, ataviados con sus ricos vestidos, sus sombreros de plumas, sus zapatos de marca y sus medias finísimas, hacia la iglesia donde el novio espera ansioso la llegada de la novia, mientras ellas, Úrsula y Gudrun, que no han sido invitadas, han de esperar el cortejo para saciar su curiosidad, unidas a la masa oscura y gris de las mujeres de los mineros, de los niños pobres, que se mantienen aislados en un lado de la carretera para no mezclarse con los ricos. Ese es su puesto, estar al margen y eso es lo que ellas no desean. Esta permanente voluntad de los personajes "pobres" de Lawrence por ser otra cosa, en un mundo en el que el pedigrí del título ya no era suficiente y hacía falta el soporte de una buena economía, está presente en otros de sus libros, en muchos de ellos, y explican el desarraigo emocional de los personajes. Por muchos vestidos que luzcan, las hermanas Brangwen son hijas de la mina.
Y luego están los hombres. El libro comienza con una íntima conversación entre las hermanas en la que hablan de sus deseos amatorios, de sus ansias de casarse, de sus opiniones sobre los hombres. Ambas terminarán enamoradas, pero ambas cometerán el error de hacerlo de hombres que no están a su alcance, aunque ellas no pueden entenderlo. El error de casting cometido con las actrices, se redobla aquí con los hombres. Ninguno de los dos responde a lo que Lawrence definió cuidadosamente. El inteligente Birkin, inspector de educación, íntegro, solitario, independiente y lleno de orgullo, que no necesita lo material para ser superior y sentirse así. El atractivo Crich, un dios entre la negrura de la vida en las minas, un dios rubio y de ojos claros, hermosísimo y, también, débil en cierto modo, necesitado de demostrar que está a la altura de su padre y que será capaz de que aquello siga siendo un emporio. Ambos están unidos entre sí por un fuerte lazo de amistad que algunos han llevado a la línea de la homosexualidad, pero que, en realidad, no importa adonde lleguen. Las escenas de la película que remarcan esto exageran su papel en el libro y continúan ahondando en lo sexual como centralidad, aunque desde un punto de vista que no comparto.
Falta la ternura. Sin ternura es incapaz de proyectarse la narrativa de Lawrence. Sin ternura no hay comprensión de su universo. Birkin y Úrsula contemplan los pétalos de las flores en la escuela. Falta la frustración. Para Gudrun, la visión de la belleza de Crich es dolorosa. La ternura unida al dolor de la imposibilidad de asirlos, de lograrlos, de sentirse, de verdad, amadas por ellos. Ninguno de los dos puede querer así, cada cual con su propio motivo y esto, la incapacidad de amar de los hombres y la insatisfacción de las mujeres, está en el centro de la obra de este escritor que, en sus tiempos, fue incomprendido y que sigue siendo desconocido, obviado o mal entendido. Quizá porque no es fácil separar el grano de la paja. Quizá porque hay libros que tienen una eterna metáfora sobre sí y esa metáfora se escapa a la simple visión de las palabras.
Mujeres enamoradas es un libro de D. H. Lawrence, publicado en 1920. Tiene una precuela en la obra "El arcoíris" que narra los orígenes de la familia Brangwen, a la que pertenecen las hermanas Úrsula y Gudrun.
Mujeres enamoradas, en su versión cinematográfica, se rodó en 1969 y fue dirigida por Ken Russell, con Glenda Jackson como Úrsula Brangwen, Jennie Linden como Gudrun Brangwen, Alan Bates como Rupert Birkin y Oliver Reed como Gerald Crich. Las imágenes de esta entrada corresponden a los fotogramas de esa película.
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