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La mirada honesta



"En un considerable número de países que durante alrededor de cien años han disfrutado de una libertad prácticamente total de debate público, esa libertad se halla hoy coartada y ha sido reemplazada por la compulsión a coordinar el discurso con los puntos de vista que el gobierno considera oportunos o sostiene con toda severidad. Puede resultarnos provechoso considerar brevemente el efecto de esa compulsión o persecución sobre los pensamientos, así como sobre las acciones"

(La persecución y el arte de escribir. Leo Strauss)

Este texto de Strauss que da inicio a uno de sus ensayos puede servirnos a modo de palanca para intentar avanzar en algunas cuestiones relacionadas con la escritura literaria y que tienen mucho que ver con la forma en que un lector se acerca a un libro. Las condiciones de honestidad y de libertad se le suponen al libro solo porque se ha escrito y porque el autor así debería haberlo calculado, pero si el lector, que es la tercera pata de esa mesa de tres que es la comunicación, no actúa del mismo modo, es decir, no incluye en su actitud esas dos condiciones, entonces algo fallará estrepitosamente y se caerá el edificio construido por el autor de una forma bastante evidente. Porque ha de ser honesta la elección de los temas y de la técnica, ha de ser honesto el punto de vista (honestidad en el sentido de coherencia con uno mismo, de respeto a lo que uno es y lo que representa) y ha de ser libre a la hora de realizar estas elecciones (una libertad madura y reflexiva, no una libertad que actúa a modo de impulso sin razonar y sin entendimiento de las consecuencias). 

El escritor tiene ante sí una tarea previa a la de componer su libro. La tarea se basa en lo que él mismo es, lo que ha vivido, lo que sabe y lo que desea contar. Las influencias externas pesan sobre sus decisiones y, sobre todo, su interior, lo que él percibe del mundo que le rodea y la forma en que él mismo se muestra a ese mundo. En estos momentos la escritura puede ser honesta o deshonesta. Será deshonesta aquella que, contraviniendo incluso los modos de pensar del escritor, solo se formula por una idea de lucro, de notoriedad o de ser aceptado por los demás. Cuando el escritor se sienta a escribir pensando en cómo será recibida su obra, comienza a deslizarse, quizá sin saberlo, por la pendiente de esa deshonestidad que es incoherencia y traición a sí mismo. Esa traición no se perdona, es decir, no se la perdona uno a sí mismo. Puedes ser un triunfador en toda regla, vender muchos libros y ser alabado y aclamado, pero, si sabes en lo más íntimo de tu ser que eso lo has logrado pervirtiendo tu esencia, simulando ser quien no eres y ofreciendo un pensamiento basado en la impostura, entonces el triunfo, si tienes algo de íntima cordura, no puede satisfacer. 


Una actitud libre es todo lo contrario. El escritor libre se muestra ante su escritura como un comprador delante de un muestrario de objetos a los que quiere acceder de algún modo. Tiene las posibilidades de que algunos de esos objetos sean suyos y se muestra confiado en su propia elección porque la realiza en base a su propio gusto, a sus deseos y a sus objetivos. La libertad del escritor no puede condicionarse a la hora de elegir argumento o de mostrar determinada forma en sus escritos, porque estaría presentándose ante el mundo de una manera equívoca, enseñando lo que no es, una parte de sí que constituiría un mayúsculo engaño. Quizá nadie lo descubra nunca (esto es muy dudoso) pero él lo sabe, sabe con certeza que eso que la gente admira no está en él, no es él, no es nada suyo. 

¿Observa un lector cualificado esas mentiras, esos engaños previos, esa voluntad de parecer lo que no se es? Una lectura atenta y reflexiva viene siempre de parte de un lector cualificado, tanto por su práctica, como por su inteligencia. Leer con inteligencia significa ver lo que se cuenta, cómo se cuenta e, incluso, por qué se cuenta. Determinados lectores, muchos de ellos, se acercan a los libros como haría alguien que toma un vaso de agua y la bebe cuando tiene sed. El agua quita la sed y da igual el tipo de agua de que se trate. No se para a pensar si es mineral, si es del grifo, si tiene tales o cuales elementos, si está demasiado fría o caliente. Simplemente es agua y el agua no merece, a su juicio, mayor detenimiento. Ese tipo de lector está rellenando un espacio de tiempo de su vida absorbido en una historia que no es la suya. Por eso se fija, sobre todo, en el argumento, por eso quiere que esa vida que lee sea tan entretenida y aventurera como la suya no es o como querría que fuera. 

La misma honestidad que emplea el escritor para su desempeño ha de estar en la mirada del lector. A veces lees un libro y sabes que no te gusta, que no te va a gustar, que pasas las páginas con el deseo de acabar y que no te vas a atrever a decir en voz alta que te ha parecido un bodrio. El lector deshonesto consigo mismo, con su pulsión lectora, con sus gustos, siempre pretenderá decir lo que los demás quieren oír. Y pocas veces irá contra la masa que santifica un libro porque sí. Si tuviéramos que hacer la lista de los libros que abandonamos y de los que no soportamos, esa lista nos delataría mucho más que la otra. Sin embargo, no debería avergonzarnos. Al fin y al cabo, leer es un placer y los placeres están sujetos a la subjetividad mucho más que cualquier otra cosa.

Lo hablaba con unos jóvenes muy lectores. Decían lo mismo que yo. Que los únicos libros que no habían leído, al menos no en ese momento, eran aquellos que les habían obligado a leer en el instituto. Ese acto de libertad que es escribir, o que debe ser, se traslada así a la lectura, otro acto libre, hecho con la fe de la persistencia y la vocación de la cultura.


(fotografías: Nina Leen)

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