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Una mirada atrás


La calle era un muestrario de seres humanos. Un enorme escaparate con caracteres, apariencias y sentimientos distintos. El paso del tiempo ha enturbiado los recuerdos pero, si hago un esfuerzo de memoria, puedo volver a revivir mucho más de lo que creía. Anoche soñé que volvía a Manderley...El universo era la calle. El barrio existía levemente y la ciudad era invisible. Hasta los diez años no hubo más espacio vital que ese y luego siguió siendo la reserva de los afectos. Cuando dejé atrás la calle para no regresar, el pueblo se desdibujó. Perder la casa de la infancia es un camino sin retorno. Un hueco mortal.

Era una calle muy larga y ancha. Al menos así es como permanece en mi memoria. Si hoy volviera, quizá me llevaba la gran sorpresa: ni era demasiado ancha, ni demasiado larga. Por contra, yo era demasiado pequeña. Entonces tenía tres tramos diferentes que comenzaban en una plazoleta y terminaban en un cruce de caminos. Los caminos conducían a lugares que yo apenas pisaba, que eran una aventura inusual. La plazoleta me asustaba, porque de ella surgían al menos siete calles, quizá ocho, distintas y enigmáticas. Imaginaba que las calles estaban llenas de peligros y los peligros dependían del libro que estuviera leyendo. A veces había Romeos que buscaban a su Julieta, pero esto era menos frecuente. Una vez de una de esas calles salió y me persiguió una niña, a la que yo no conocía, para robarme un polo de limón y me perdí por allí hasta que divisé la espadaña de la iglesia y pude así orientarme. 

La plazoleta no tenía monumentos ni jardines, tampoco árboles. En realidad no había ni un solo árbol a lo largo de la calle. Esa total ausencia hacía que yo me entusiasmara cuando recorría una calle en la que los naranjos florecían. El viento movía las hojas y deshacía el azahar y luego lanzaba las naranjas al suelo y los niños corríamos para cogerlas y jugar con ellas sin que nadie lo impidiera. No logro recordar que nadie protestara porque no hubiera sombra ni verdor en nuestra calle, pero quizá es que nadie allí se enfadaba por nada en aquel tiempo. La calle estaba desnuda de árboles y por eso la luz era tan asombrosa y lo cubría todo. El sol caía a plomo y el viento racheado de levante la azotaba con frecuencia. Tenías que resguardarte en las casapuertas y sujetarte la falda para que no volara. 

Desde la plazoleta al cruce de caminos los tres tramos eran muy parecidos en tamaño, quizá el central algo más corto. El primer tramo estaba delimitado por una transversal que conducía a la plaza. La plaza era el mercado. Un edificio nuevo, blanco y cuadrado, que daba la impresión de estar vacío y que te sorprendía cuando cruzabas las enormes verjas que lo rodeaban y oías entonces el pregón de los pescaderos o los gritos risueños de las vendedoras de fruta. Olía a mar y también a hierbas, porque en la entrada estaba el puesto de las especias y las plantas aromáticas. El laurel colgaba del techo y se movía con tranquilidad. Nada parecía importarle. 

En este tramo existían casas amplias, con portones oscuros, escalones de mármol y azoteas revestidas de un zócalo azul índigo. Todas miraban al Atlántico, aunque no pudieran verlo. Una de esas casas era enorme, rara y muy curiosa: un patio de vecinos. El portón era gigantesco y siempre estaba abierto. Las habitaciones se abrían a ambos lados de un largo y rectangular pasillo, con colgaduras de macetas de colores y unos poyetes de piedra. Desde fuera parecía un territorio mágico. Al fondo se vislumbraba una escalera que debía conducir a la azotea y en ambos lados del pasillo se alternaban puertas y ventanas pintadas de verde. No conocí a ningún habitante de aquel patio, ni entré siquiera, pero pasar por allí despertaba mi imaginación y me preguntaba quiénes serían y qué historias se contarían en los corrillos de la tarde. 

El mayor contraste con aquel espacio colectivo, en el que sobresalían las macetas colgantes pintadas de rojo intenso, era la casa italiana que estaba enfrente. Lo único que compartían era la proximidad física pero significaban cosas distintas y sus moradores nunca llegarían a cruzar la mirada ni las conversaciones. La casa italiana era preciosa. Podía ser una casa de cine. Tenía una sola planta pero ocupaba un rectángulo con muchos metros de fachada. En realidad contenía tres viviendas alineadas una al lado de la otra, exactamente iguales en todo. Una verja exterior las aislaba de la calle y de ahí se pasaba a un jardín lleno de macetas, arriates y caminitos con agua. El jardín podía contemplarse a través de la verja y la gente se paraba a veces. Algunas mujeres introducían la mano entre los barrotes y arrancaban algún brote, alguna flor, unos jazmines. Las tres puertas eran iguales, de madera oscura, cada una con su bonito llamador de latón en forma de mano. Toda la fachada se remataba por una azotea almenada como si fuera un castillo y, en cada esquina, por dos pequeñas torres muy lustrosas, de color amarillo. 

Las tres casas pertenecían a una misma familia. En la del centro vivía la madre, con un hijo soltero y mucha amargura. En las laterales, las hijas, cada una de ellas con su propia familia. Conocí muy bien a una de ellas porque la niña era compañera de mi colegio y solíamos pasar algunos ratos juntas. No tenía hermanos ni era muy agraciada ni muy lista, así que agradecía la compañía y la ayuda en los deberes. Hacer una redacción para ella era un suplicio, decía que las palabras se le escapaban y que no era capaz de pillarlas en ningún sitio. Y así era. La niña se llamaba Lucy y su madre Lucía. Lucía era una mujer oscura, hosca, que nunca te miraba a los ojos y que siempre parecía agobiada por algo. Tenía muy mala relación con su madre y con su hermana, Julia, que era muy bajita y gorda, pero con buen humor y bastante mala leche. Julia le ponía motes a todo el mundo y tenía gracia para hacerlo. A su propia hermana la llamaba "la avispa" porque según comentaba siempre estaba picando a unos y a otros y era muy venenosa. 

Julia tenía dos hijos varones, bastante vagos y desagradables. Eran mayores que nosotras y preferían molestarnos todo lo posible a entablar conversación. En realidad eran incapaces de hablar dos frases seguidas, todo lo solucionaban a empellones. Usaban interjecciones continuamente y tenían un gesto temible cada vez que nos miraban. Las malas relaciones entre las madres se trasladaban a los hijos. Los padres eran seres invisibles que estaban todo el día trabajando y no tenían nada que decir. Y la madre se pasaba el día sentada en una mecedora sin querer oír ni ver. No estaba loca pero lo parecía. La casa italiana era muy bonita pero eso era todo. Entre sus paredes nadie era feliz. Había muy mal rollo y un ambiente enrarecido, de tal modo que llegó un momento en que convencí a Lucy para que se viniera a jugar y a estudiar a mi casa. Era más divertida, más segura y siempre había una madre acogedora. La mía. 

A mi madre no le importaba nada tener la casa llena de niños. Siempre decía que daba igual uno más que otro. La merienda era muy abundante y daba para todos. Hacía rosquillas de azúcar, bizcochos de yogur en el horno, pasteles de zanahoria, brazos de gitano y tortitas. Nunca estaba de mal humor si llegabas acompañada sin avisar. Era muy eficaz improvisando bocadillos, cocacola, tazones de chocolate caliente y mediasnoches rellenas de paté o de jamón de york. Todas las amigas envidiaban que yo tuviera esa madre que les inspiraba confianza y seguridad. Incluso alguna le consultaba algún problema de amores cuando fuimos adolescentes. Mi madre sabía mucho de eso porque había visto todas las películas y leído todos los poemas. 

(continuará aquí) (Fotos: Nina Leen)

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