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Cuentos para Francine van Hove: La enredadera


En la calle de mi infancia hubo una vez una casa hermosísima. Perteneció tiempo atrás a un marino que vivía solo. Era una casa especial, distinta a todas las demás, con un aire de misterio y soledad que te encogían el corazón al pasar por delante. A los niños les gustaba pararse y contemplar, con los ojos semicerrados, el efecto del sol en su fachada. Estaba pintada de blanco, con remates de color azul prusia y un zócalo alto de piedra ostionera. Sus grandes balcones se cubrían con rejas de hierro forjado y, en el centro de la puerta de entrada, oscura y amplia, había un precioso llamador de latón en forma de mano. La casa se cubría con unas amplias azoteas, como suele ser tradición constructiva en este sur. Las azoteas se comunicaban entre sí a través de unos muretes de baja altura. Debía ser una delicia recorrerlas, recibir el aire del sol en los días entrantes de la primavera, y sentarse allí, al abrigo, cuando soplaba el levante. La casa era muy grande. Tenía muchas y amplias habitaciones, algunas de ellas, las delanteras, exteriores, y otras que daban a un gran patio, cubierto por una montera de cristal que dejaba pasar la luz, pero no el frío ni el calor.

En la zona trasera de la casa, dando a una pequeña entrada de servicio, surgía un jardín frondoso y verde ocupado por toda clase de macetas que colgaban en las paredes, arriates llenos de especies y una preciosa enredadera que, desde el suelo, trepaba cuidadosamente enroscada hasta las ventanas de las habitaciones superiores, abiertas a ese paraíso lustroso y fresco en verano, cálido del sol naciente en los días duros del invierno. La enredadera anunciaba con su poda anual que la casa se abría para recibir al marino. Significaba la vida. La reiteración de una ceremonia de encuentro que nunca parecía tener fin.

Durante largos períodos, sin embargo, la casa aparecía cerrada a cal y canto. Nadie salía ni entraba. No se veían ventanas abiertas para airearla, ni ropa tendida en la azotea, ni ruido, ni murmullo alguno a su alrededor. Eran los meses en los que el marino estaba embarcado y a la casa solamente acudía una criada para darle un repaso de vez en cuando. En estos meses, la calle languidecía extrañamente, ajena al ir y venir del habitante principal de la casa, de sus sirvientes y visitantes. Alguien sentía especialmente esa ausencia. Alguien oteaba el horizonte de vez en cuando, queriendo ver surgir, de
 alguna manera, la figura alta y esbelta de aquel hombre, vestido de azul y con su largo abrigo de militar.
La casa de enfrente, de la que partían esos ojos ansiosos, era sencilla. Se trataba de una edificación de una sola planta, con dos balcones a la calle y una azotea pequeña. La anciana que la habitaba y su única hija eran dos seres silenciosos, callados, parcos en palabras, pero no en sueños. La madre soñaba que, algún día, milagrosamente, había de acabarse la miseria que la hacía contar, una y otra vez, las monedas que guardaba en un pañuelo dentro del cajón de la cómoda y que servían para subsistir. La hija, entrada en la cincuentena, solo pensaba en una persona. Sus pensamientos se entregaban a la imagen del marino, del hombre de la casa de enfrente, bajando elegantemente de su coche y sonriendo al vecindario con sencillez y apostura.

El fuego de sus entrañas ardía cada noche imaginando abrazos, besos y caricias que nunca había sentido. Cerraba los ojos y pronunciaba su nombre, una y otra vez, como si quisiera conjurar así el deseo que sentía. Otras veces rezaba. Sabía que estaba mal pedir amor pero lo hacía, porque el amor era para ella el alimento necesario que podía cubrir sus días de frío, sus horas de soledad y de hielo.
La vida transcurría así en este lado de la calle, llena de esperanzas y de desilusiones. De llegadas y de marchas. De leves saludos y de apasionados sueños. Una vez ella sintió que el corazón le dolía tanto que a punto estuvo de romperse. No podía sentir más de lo que sentía, no podía sufrir más de lo que estaba sufriendo por una ausencia que nunca se resolvería en la presencia deseada.

En otra ocasión cruzó con él una breve, brevísima conversación. Ella estaba en la puerta de su casa, a punto de salir a hacer unas compras. Él entraba en la suya. Tenía ese rictus de satisfacción en la boca procedente de los placeres que ella nunca conocería y una mirada soñadora, como si recordara algo que lo hacía especialmente feliz. En un momento dado, se encontraron y él, elegante y ceremonioso, le dijo buenos días con un gesto amable y levantó levemente la mano. La boca de ella tembló al contestarle y siguió su camino presa de un ardor que no podría nunca confesar.

Indiferente a ese sentimiento, ajeno a todo, airoso y lleno de vida, el marino ocupaba sus noches en la compañía dulce de quienes a eso ofrecen su mayor empeño. Nunca entendió que los ojos amantes de la mujer de la casa de enfrente atisbaban con dolor la llegada de esas otras mujeres que manchaban su casa con una frivolidad que a ella se le antojaba destructora. A veces llegó a odiarlo por ello pero no encontró fuerzas ni razones para separarlo de su pensamiento.

Nadie supo, sin embargo, por qué, en una ocasión, la marcha del marino fue definitiva. El dueño de la casa no volvió cuando se le esperaba. Salió una noche, sí, enfiló el callejón que se abría a un lado de la calle, pero no apareció al amanecer, ni solo ni acompañado. El misterio duró escasos días. Alguien divulgó la noticia de que se había embarcado a un destino mucho más lejano que de costumbre y que, por ello mismo, esa ausencia sería casi definitiva. Nadie preguntó nada. Nunca más se abrieron los balcones, ni se limpió el enrejado, ni se pintó la fachada, ni se abrió la puerta de la cocina para recibir a los mandaderos. La casa se fue consumiendo en ese estado de soledad y, al cabo de un par de años, dejó de ser lo que antaño había sido. Su luminosidad se apagó, sus hierros se llenaron de polvo y herrumbre, la azotea estaba azotada por el verdín y la humedad del cercano Atlántico y todo, en suma, aparecía derruido, carcomido, viejo.

La destrucción de la casa y la falta de manos para cuidar las flores, las macetas, las plantas, sumieron al patio en el lamentable estado en que ahora, después de muchos años, se encuentra. La enredadera lo cubrió todo. Entró en las habitaciones, ocupó los espacios más íntimos, horadó el suelo en algunas de las zonas más vulnerables del patio, y así, lejos ya los tiempos en que los jardineros ejercían sus funciones, lejos del ojo amable del dueño de la casa, la enredadera se convirtió en un incómodo tapiz que no dejaba entrar el sol, que ocultaba la fachada a las miradas de todos, que amenazaba con convertir la casa en un despojo sin sentido.

En estas alguien atisbó que la casa, convertida en un fantasma de sí misma, tenía otras posibilidades. La palabra negocio surgió de entre las piedras. Sonaba bien al oído. Negocio, dinero, pisos. Un comercial avispado sugirió el asunto a una inmobiliaria. Así se planeó el cambio. Costó lo suyo, desde luego, lograr que se pudiera vender la casa. La firma de abogados que llevaba los asuntos del marino consideró que aquella operación era ventajosa y se pusieron manos a la obra. Al fin y al cabo, su cliente no había dado más señales de vida desde aquella noche de finales de septiembre en que se marchó sin despedirse siquiera.

Nunca mejor dicho. En horas veinticuatro todo se llenó de andamios, de plásticos, de hormigoneras, de vados y de cubetas de escombros. La primera tarea fue, desde luego, sanear el espacio, para lo cual hubo que tirar los muros, excepto la fachada que tenía no sé qué tipo de protección legal, y abrirse paso a base de una potente máquina por entre aquella selva. La enredadera cayó y, al separarla de las ventanas y puertas en las que había estado viviendo tantos años, la planta pareció perder el interés por la vida y se agostó en unas horas. Los bloques de piso no necesitan piel que los recubra. Basta con unas flores de plástico.

Aquellos ojos tristes siguieron las operaciones desde el balcón de enfrente. Cada piedra que caía, cada planta desbrozada, cada hierro arrancado, eran un golpe seco en sus entrañas. Cuando, por fin, la enredadera estuvo en el suelo y la pisaron inmisericordes los pies de los obreros, la dueña de esos ojos supo que todo había acabado y una mano helada en su corazón la aprisionó sin que ninguna esperanza la advirtiera de que podía perder la vida.

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