sábado, 31 de marzo de 2018

La mecanógrafa


    Recorría la calle todas las mañanas, primero hacia un lado, luego, hacia el otro. A primera hora podía oírse el sonido de sus tacones por la acera derecha, cuando se dirigía apresurada a la oficina de compraventa de coches que había cerca de la iglesia. Se llamaba Lucy y era muy joven. Había aprendido mecanografía en la Academia de Don Manuel y era una experta en pasar el carro a toda velocidad. Sus manos eran muy cuidadosas colocando el papel, porque ya se sabe que esta es una operación que requiere pericia. No tenía faltas de ortografía y sus jefes se fiaban totalmente de ella cuando le dictaban alguna carta. Siempre tenía claro de qué forma abordar los pedidos, las reclamaciones de deudas, las peticiones de material...Era una mecanógrafa perfecta que nunca dio ningún motivo de queja y que tenía las condiciones para ascender, incluso a jefa general, cuando llegara el momento. 
     Pero un día faltó a su cita. No se oyó el taconeo habitual ni se vio su imagen menuda, vestida de gris o azul marino como solía, ni se percibió su suave perfume de agua de colonia, ni se cruzó con nadie para saludar con tono neutro y educado. Faltó a su cita y la gente que solía tenerla como parte del decorado de la calle se extrañó. Se preguntaron dónde podía haber ido, dónde estaba y por qué no aparecía por allí para completar, como siempre, la bendita rutina de los días de diario. No hubo certezas pero, pasado algún tiempo, pareció correrse el rumor de que se había enamorado, había guardado en su funda la máquina de escribir y había subido a un tren que iba bastante lejos. Un tren hacia la duda, quizá la desdicha, tal vez el paraíso. En todo caso, un tren. La antesala del futuro, el augurio de una vida distinta. 

(Fotografía Robert Doisneau, 1912-1994)

viernes, 30 de marzo de 2018

"Jarana a la irlandesa" de Edna O´Brien


(Fotografía de Nina Leen. 1909-1995)
 Jarana a la irlandesa es el primer cuento del volumen Objeto de amor, que acaba de publicar, en este marzo de 2018, la editorial Lumen, con traducción de Regina López Muñoz. La dedicatoria del libro va a uno de sus mejores colegas, y sin embargo amigos, el escritor Philip Roth ("por nuestra larga amistad"). Lo sustantivo del cuento son las chicas. Edna O´Brien (1930), es la mejor traductora a palabras literarias de los sentimientos y emociones de las jóvenes. Solo ella es capaz de apresar con nítida claridad esa efervescencia, esa búsqueda, esos remordimientos, ese binomio maldad-bondad que caracteriza a las muchachas en flor. Si fuera japonesa no lo expresaría tan bien. 
   Aquí hay algunas muchachas a las que les pasan cosas. Y señoras mayores que las reprenden. Y madres que no se hacen cargo de lo que significa ese esplendoroso momento de la vida. Y chicos deslavazados que no están a la altura casi nunca. Un retrato robot de un mundo de chicas. 
Mary está muy contenta. Ha recibido aviso de la señora Rodgers, la dueña del hotel Comercial, para que vaya. Eso ha hecho latir su corazón más aprisa. Quizá es que se ha cumplido su sueño: volver a ver a John Roland, pintor inglés residente en Italia, al que conoció hace ya dos años. En este tiempo no ha dejado de pensar en él, en que volvería a buscarla y así ella podría dejar atrás la vida miserable que lleva en su casa. La casa de Mary "era la única vivienda allá en la montaña, pequeña, enjalbegada, rodeada de unos pocos árboles y, por la parte de atrás, de un calvero que ellos llamaban huerto". Está cansada de cuidar a sus hermanos gemelos de un año, de vigilar a los hermanos mayores, de ordeñar las vacas y de no disfrutar del amor. Su madre es muy estricta y, al salir de la casa, "la roció con agua bendita, la acompañó a lo alto del camino y le advirtió que no probase ni una gota de alcohol". 
 Mary se dirige en bici al hotel Comercial, vestida de encaje, su mejor vestido, con su pelo oscuro suelto y su ilusión a cuestas. Cuando llega allí se encuentra con dos vecinas del pueblo que están ayudando en el hotel pues hay una fiesta. Son Doris O´Beirne, la hija del guarnicionero, con un ojo azul y otro castaño, que estudia para ser taquimeca. Y Eithne Duggan, feísima, bizca, con poquísima gracia. Las dos se ríen tontamente todo el tiempo y critican el engalanado vestido de Mary. También Crystal, la peluquera. Cuando se da cuenta de que la han llamado para trabajar Mary llora amargamente. 
La fiesta es un desastre. Y no le ha hecho olvidar a John Roland, al contrario, le ha agudizado su recuerdo. Ese momento en que él la besó, tras el cual, eso es cierto, "le confesó que no podía amarla, porque ya amaba a su mujer y a sus hijos". Pero, de igual modo que algunos hombres sin corazón, dejó que ella siguiera ilusionada, dejó que ella pensara que era especial para él. Por eso Mary no puede olvidarlo. Su familia es "gente adusta, que solo cuando alguien moría cedía a los sentimientos y el llanto", pero ella quiere soñar y quiere tener el amor al alcance de la mano. Quiere sentir "en el estómago el pellizco delicado y frenético de una chica enamorada"

jueves, 29 de marzo de 2018

La maestra


   Tenía una voz asombrosa. Un punto chillona, pero, en muchos momentos, cálida y firme. Te daba seguridad oírla, era el elemento que cohesionaba el aula, la perfecta directora de una coreografía diaria que convertía a las niñas en actrices de una película sin guión. Iba tan bien vestida que parecía una actriz. Las rebecas de punto, las faldas tubos, los jerseys de cuello a la caja. En los tiempos de calor, unas blusas de colores pastel con adornos de pequeños encajes y otras fruslerías. Zapatos de tacón, bien asentados en el suelo, firmes pero sonoros. Tac, tac, tac, repiqueteaba a su paso. Tac, tac, tac, movía las piernas con un ritmo envidiable.
 Debía ser guapa aunque no se casó. Tuvo un novio de muchos años, un novio fotógrafo que no estuvo a la altura. Ella era más lista, más inteligente, más lúcida y más atrevida. Así que el novio se convirtió en una sombra, primero, y luego en una ausencia. El recuerdo de sus manos es el más latente: unos dedos perfectos, que agarraban la tiza como si fuera una cucharilla de plata para mover el té. Las uñas bien dispuestas, rojas, siempre tan rojas que destacaban sobre el verde de la pizarra y el blanco de los cuadernos. Era una mujer de su tiempo y aun de tiempos venideros. Amaba el teatro, los recitados, los poemas, las caligrafías perfectas y la imaginación desbordante.
   Ella misma era todo eso. Y repartía, con generosidad, porciones de su vida sin que le supusiera ninguna pérdida. Una mujer excelente, habría dicho con entusiasmo Barbara Pym. 

(Fotografía de Robert Doisneau. Gentilly, 1912- París, 1994)

"Mujeres excelentes" de Barbara Pym

   Barbara Pym (1913-1980) es una de esas escritoras a la que hay que reivindicar. Le costó muchísimo publicar y, cuando lo consiguió, tuvo luego un vacío de quince años sin que ninguna editorial se interesara por sus libros. Puede decirse que fue la persistencia en preservar su legado de su hermana Hillary la que evitó el olvido total. Así se escribe la historia de la literatura. Mientras se publican bodrios infumables hay casos como este (muchísimos y, la mayoría, mujeres) que se quedan en un cajón. Creo que en ello hay un desprecio a la literatura que se considera "femenina" sin serlo, una prepotencia editorial sin límites. 
   Incluso ahora, considerada ya un clásico del siglo XX, en castellano solo se han publicado cinco de sus libros. La primera editorial que lo hizo fue Anagrama, en 1985, con Mujeres excelentes, que, en 2016 volvió a lanzar Gatopardo Ediciones y que es objeto de esta entrada. Lumen publicó tres de esos libros pero no pueden encontrarse en la actualidad: Jane and Prudence en 2009 (se había publicado originalmente en 1953), Los hombres de Wilmer (A Glass of Blessings, 1958) que sacó en 2010 y Murió la dulce paloma (The Sweet Dove Died, 1978) en 1993. Gatopardo ha publicado recientemente Amor no correspondido, cerrando así la edición de Barbara Pym en castellano hasta la fecha. 
   En Mujeres excelentes parece que no ocurre nada importante. Da la impresión de que ese ir y venir de la casa a la iglesia o al campo o a tomar un té en cualquier salón son incidentes que no merecería la pena reseñar. Pero es precisamente ese acercamiento a la vida de los que nunca figurarían en los ecos de sociedad lo que hace a estos libros especiales. Como si se tratara de un experimento sociológico, Pym pone la lupa encima de las vidas comunes, esas que son como las nuestras, de las que nadie hablará si no es porque nos vemos inmerso en un suceso desagradable. Pero son nuestras vidas, es lo más valioso que tenemos y reparar en ellas es una forma de entenderlas y entendernos. 
   Luego está la ironía, el dulce humor, la sátira divertida, el punto de vista eficaz que consiste en no parecer que se está del lado de alguien sino frente a todos. Los pequeños detalles que hacen verosímil la historia y, sobre todo, esas frases sueltas, esos pensamientos entrelazados que merecían formar parte de un libro por la verdad que encierran. No hay nada fantasioso ni fuera de lugar, simple existencia cotidiana, nada menos. 
   Mildred Lathbury es una mujer de treinta y tantos, sensata, agradable y sin pájaros en la cabeza. La llegada del matrimonio Napier a su vida, en forma de inquilinos de la casa de al lado, con los que tiene que compartir el baño, pone en jaque muchas de sus actitudes y convicciones y, sobre todo, le da mucho que pensar y que hacer. La forma en la que ella, que trabaja en un servicio del gobierno para ayudar a personas necesitadas, se define, es toda una declaración de intenciones: "Me apresuraré a añadir que no me parezco en absoluto a Jane Eyre, quien debe de haber hecho concebir esperanzas a tantas mujeres feas que cuentan su historia en primera persona" 
   Los Napier, Helena y Rockingham, traen consigo a un amigo, para quien Mildred es, en un principio, "una mujer que prepara tazas de té". Se trata del antropólogo Everard Bone, un tipo que vive con su estirada madre y que necesita una dosis de realidad para dejar de ser tan estricto. Además de ellos, sale el párroco de la Iglesia de Saint Mary, el señor Julian Malory, algo casquivano a juzgar por su intención de casarse con la viudad (casi alegre) Allegra Gray, y su hermana, Winifred, a quien le gustaría mucho que la boda fuera con la propia Mildred. 
 Los enredos (ese concepto delicioso de la alta comedia que aquí tiene una razón de ser esencial) sirven para desgranar la trama y para hacernos pensar al hilo de las fabulosas frases de la escritora: "...yo había observado que los hombres no solían hacer cosas a menos que les gustara hacerlas". O esta otra al hilo de la necesidad que tenemos las mujeres de darle vueltas a la cabeza "...preguntándome por qué nunca cesamos de analizar los motivos de personas que no tienen un interés especial por nosotros, en la vana esperanza de descubrir que en el fondo quitan tengan un poco". Y la confesión: "tal vez disfrutaba más la vida de otras personas que la mía propia". Dicho todo sin acritud, sin amargura, con humor, perdonándose a sí misma sus errores, viendo la existencia como un cúmulo de sorpresas que merece la pena descubrir, investigando los detalles cotidianos, todo eso es lo que aparece aquí y, me figuro, que también en la propia vida de la escritora. 


Mujeres excelentes. Barbara Pym. Gatopardo Ediciones, 2016. Traducción de Jaime Zulaika. Dedicatoria: "A mi hermana". Título original Excelents Womans. 

miércoles, 28 de marzo de 2018

"El cielo es azul, la tierra blanca" de Hiromi Kawakami

Esta es una historia muy sencilla. Su exotismo tiene que ver con el lugar en el que transcurre. Pero los sentimientos son universales, tanto que forman parte de la vida desde siempre, en cualquier sitio. Y de la literatura, como reflejo de la existencia. Una mujer se enamora de quien fue su maestro. Así lo llama, maestro. Y en cierto modo lo es, porque ese amor, correspondido, dibuja de nuevo los objetos y la vida, los convierte en algo diferente, los enuncia y define como antes no habían existido. 

Ambos viven la historia de forma distinta, porque para él es su último tren y para ella su tren más especial. Así suele ocurrir con el amor, que aparece cuando no debe y hacia quien no nos conviene. 

Los dos comparten momentos especiales. Los ritos habituales se trastornan y son otra cosa, tienen otro sentido. Un tranquilo día de mercado es un estremecimiento único para ellos. Una fuerza hace que se levanten y se hallen, también que descubran lo que va a unirlos a pesar de dolor y de la ausencia. Hay amores indestructibles. Decía D. H. Lawrence que los lazos del amor son difíciles de desatar. A veces, imposibles. 

El título original es "El maletín del maestro" y narra el encuentro entre una mujer que lleva una vida anodina y vulgar, con muchas carencias de todo tipo, y su antiguo maestro del instituto, un hombre sabio, lleno de fuerza interior a pesar de que es treinta años mayor que ella. El encuentro y los posteriores momentos en los que están juntos, se escriben con enorme delicadeza, como suele hacer la literatura japonesa, contenida y sin exhibicionismo. Pero esa contención no puede evitar que captemos la fuerza de las emociones que los unen y cómo esa relación se convierte, para los dos, en algo vital, fundamental en sus vidas. 

Reseña de la autora (editorial Acantilado): 

Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) estudió Ciencias naturales y fue profesora de Biología hasta que en 1994 apareció su primera novela. Sus libros han recibido los más reputados premios literarios, que la han convertido en una de las escritoras japonesas más leídas. En esta editorial han aparecido sus libros El cielo es azul, la tierra blanca (2001; Acantilado, 2009), que recibió el Premio Tanizaki, Algo que brilla como el mar (2003; Acantilado, 2010), Abandonarse a la pasión (1999; Acantilado, 2011), El señor Nakano y las mujeres (2005; Acantilado, 2012), Manazuru (2006; Acantilado, 2013) y Vidas frágiles, noches oscuras (2006; Acantilado, 2015). 

Otros libros publicados por esta autora: 






lunes, 26 de marzo de 2018

Mirándote


Te recuerdo en la noche: eran tus ojos. Atraviesa las horas y convoca los días porque así lo quisimos, los dos en esta orilla. El puente rezumaba calor y los barrotes tenían el aire lento de los sueños. Nuestros pasos ardían. Todo incendiaba el mundo. El anuncio llegó sin que supiéramos qué gesto componer, aunque era fácil. Una pregunta solo. Una respuesta. La evidencia nos dejó sin palabras. Bastaron los abrazos. Bastó el beso. Y mirándose al cabo de la calle, en el umbral del río, la cinta plateada al borde de los pies, todo quedó acordado en un minuto. Aquí los dos, aquí la más clara promesa que el tiempo no la borre, que no la acabe el tiempo, que el tiempo no termine. Nunca supe que entonces el tiempo nos mentía. El tiempo nos dejó sin terminar la historia. El tiempo fue la causa y ahora dime qué queda, si no es el puente, con su ardor imposible, si no es el río, con su perfil quebrado hasta los huesos. 

domingo, 25 de marzo de 2018

Nunca contigo

Esas tardes de compras por el centro, en el acicalado tiempo que prepara la dicha, recorriendo las tiendas de la mano, sonriendo quizá y deteniéndose allí, en un escaparate. Él dirá entonces, quieres esto y ella, la mujer de ese momento, contestará que sí, que le gusta, que le encanta esa joya o ese foulard o ese vestido azul. Y reirán en el probador. Y se besarán en la puerta de la tienda. 

Esas noches de viernes con la cena dispuesta en un buen restaurante. Un lugar de banquetas altas, de pequeños trozos de comida en platos grandes. Esas horas que anteceden la madrugada en las que él la mira y ella, la mujer de esa noche, se ríe con suficiencia. Es suyo. Y luego, en la hora de las copas, brindando con gin tónic en copa de balón. Y se besarán a la salida de un local en el que debería haber humo si las cosas fueran como deben. 

Esos domingos al mediodía en los que el almuerzo se convierte en una fiesta. Un almuerzo preparado, presentido, agasajado, lleno de matices. Un almuerzo pleno de palabras y de risas. Incluso puede que él reciba tu mensaje y lo lea en voz alta, a ella, a la mujer de entonces, que reirá también y los dos harán filosofía acerca de ti, sin que lo sepas. Y luego, a la caída de la tarde, se besarán antes de despedirse. 

Esas noches de sábado, prendidas de deseo, con ropas informales, con sonidos de músicas cercanas. Esas noches en las que él la abraza, a ella, a la mujer del abrazo interminable, a la mujer del amor inmediato, a la mujer que esa noche ocupará su cama, sin que haya nadie más en todo el universo. Y luego, en la mañana, el beso de despedida reitera que, quizá, habrá otra noche. 

Ese consuelo a la mujer que quiso, esa atención a la mujer que tuvo, esa complicidad, esas visitas a la hora del café, esas horas de hotel con la mujer hermosa, esos viajes con las chicas llenas de sensaciones, esas horas de mails con palabras subidas, ese teléfono lleno de emoticonos dulces, esos apelativos, tesoro, cielo, cherie, corazón, vida, todo. Y las fiestas, y las celebraciones, y el turismo de velas y las viñas…

Siempre es con otra, amor, nunca contigo. 


(Fotografía de Werner Bischof. 1950. United Kingdom.)

"Amor no correspondido" de Barbara Pym

   Entiendo a Dulcie Mainwaring aunque no sé si al final, cuando ya no la veamos, (porque el desenlace queda abierto) cometerá el "error" de casarse con alguien inapropiado. Entiendo su papel de espectadora de la vida, eso que no podemos evitar aunque nos gustaría. Quién no querría ser protagonista...Y su sensatez mezclada con el atrevimiento de querer saber. Y, por supuesto, su dedicación a la lectura, algo que los hombres "no comprenden ni les gusta". 
   En su entorno pasan "cosas" y ella habla de "cosas". Esto le encantaría a Margaret Dashwood, o, al menos, eso decía en aquella escena de "Sentido y Sensibilidad". No habla de este libro la novela pero sí de "Mansfield Park", porque Aylwin Forbes da a su corazón un giro sentimental que compara con el del protagonista de Jane Austen: "Edmund se había desenamorado de Mary Crawford y había empezado a sentir afecto por Fanny". Así es Aylwin (muy guapo, rubio con ojos oscuros y bebedor de ginebra), un hombre que se concede a sí mismo toda la importancia del mundo. Y que convierte un fracaso en un posible nuevo triunfo. Es cierto que aquí todo es mucho más rápido, pero es que la acción en Barbara Pym es bastante vertiginosa, como si fuera una novela de espías o de misterio. Aunque lo que cuenta son "cosas" sencillas, lo que cualquiera de nosotros vería si mirara a su alrededor. 
   Aylwin Forbes es un "libertino", un tipo muy atractivo, casi en la cincuentena, guapo a rabiar, inteligente, dotado de ese aura intelectual que gusta a todas las mujeres sin excepción. Hacerle un favor a alguien así te sube la autoestima. Que alguien así se fije en ti te convierte en un ángel alado. Eso piensa la pobre Viola Dace, enamorada de él, súbdita suya, que le organiza los libros y lo hace sin cobrar, como si fuera un gran honor para ella. Así lo pensó, en su momento, su esposa, Marjorie, que, de todas formas, ha perdido toda la ilusión por alguien que, por muy guapo que sea, no le aporta nada más que sinsabores. Por eso viaja en tren y mejor en la zona cara porque "nunca se conocía a nadie interesante viajando en segunda". Así lo piensa Laure, la joven sobrina de Dulcie, que vive en las madrigueras de jóvenes que convierten algunos barrios de Londres en el paraíso de la modernidad de los años cincuenta. 
   Dulcie acaba de ser abandonada por su novio, Maurice, quien, bajo el pretexto sobado y falso de que no está a la altura de ella, la convierte en una mujer sola. Lo que resulta muy difícil. El paso siguiente, cuando sea más mayor, es convertirse en una mujer invisible. Y de ahí, una mujer cascarrabias, una mujer detestable, una mujer absurda. Esta novela está llena de mujeres abandonadas o rechazadas. Viola, Dulcie, Marjorie, la feligresa que pone en peligro su reputación al confesarle su amor a Neville Forbes, la señora Forbes, la señora Beltane... Pero esas mujeres no dejan de pisar la calle, aun con su poco favorecer atuendo de traje de tweed, zapatos bajos y sombreros de fieltro oscuros. Solo si eres una mujer amada y rodeada de hombres que te admiran te puedes permitir un "frívolo sombrerito de terciopelo rosa". 
   Un aire de comedia cruza el libro. Nada de frases grandilocuentes, de prolijas descripciones, de paisajes inacabables. El sencillo relato adobado de detalles imprescindibles, el color local, las costumbres, la comida en la mesa, las lámparas y las cortinas, los vestidos, el jaleo de subir al autobús, el misterio de coger el tren, la tranquilidad de cruzar en taxi la ciudad...Algunos pensamientos impagables: Lo que piensa Aylwin de Dulcie "aún conservaba en la mirada aquel fulgor ambicioso y vulnerable que algunas mujeres no perdían jamás". Lo que siente Dulcie al volver a encontrarse con Maurice, el novio que la dejó plantada: "...cuando fue capaz de analizar sus sentimientos se dio cuenta de que lo que le había asaltado durante su breve encuentro con Maurice en la galería de arte no era su amor por él, sino el recuerdo de la desdicha que él le había causado". Y algunas verdades: "...puede ser que hombres y mujeres se eviten mutuamente, aunque los hombres no siempre se den cuenta de que no son los únicos que lo hacen". 
   Admirable resulta que Dulcie Mainwaring no se haya convertido, pese a todo, en una mujer desesperada a la caza de quien sea, ni en una descreída, ni en una aburrida matrona. Sin amargura, aunque con dolor; sin odio, aunque con prevenciones; sin desesperación, aunque con la sensata sensación de que no todo es el amor y no todo son los hombres. Dulcie no renuncia a la vida y la halla en cada persona que la rodea, en cada acto que realiza, en cada indagación que su cabeza planea. Es verdad que ahí están los libros y, aunque no sabemos qué libros lee Dulcie, tenemos la exacta convicción de que despliegan su fuerza en torno a ella y la convierten en una mujer excelente. Así son las mujeres de Barbara Pym.
   Lo que comienza en un congreso literario (lleno de mujeres de mediana edad y de egocéntricos escritores o críticos), continúa en la casa victoriana con escalera y jardines de la protagonista, en las tiendas de flores, en los cafés donde el té es el rey, en los trenes, taxis y autobuses, en un hotel de la playa, en algunas iglesias y castillos. Sin perdernos en vericuetos ni en merodeos, con el carácter práctico y de ir al grano que caracteriza a la autora todo el asunto respira realidad. Mujeres que leen libros, que corrigen pruebas, que estudian, que cocinan, que regentan establecimientos, que se enamoran y que cometen errores. Y ellos, los hombres, que saben tan poco de mujeres. "¿Cómo fui capaz de amar a alguien así?"


Amor no correspondido es un libro escrito por Barbara Pym, editado en su versión original en 1961 con el título No Fond Return of Love y editado en castellano por Gatopardo Ediciones en 2017, con la traducción de Irene Oliva Luque
La imagen de la cubierta representa la Estación Victoria, Londres, 1951 y la fotografía es de Toni Frissell. 
Este es el segundo libro que Gatopardo Ediciones publica de esta escritora, el primero fue Mujeres excelentes. 
Barbara Pym nació en Oswestry, Shropshire, en 1913. Se licenció en Literatura inglesa en St. Hilda´s College, en Oxford. Murió en 1980.

miércoles, 21 de marzo de 2018

"Quédate conmigo" de Ayòbámi Adébáyò

   "Un hombre no es algo que puedas acaparar para ti sola; puede tener muchas esposas, pero un hijo sólo puede tener una única y verdadera madre” Esta es la frase que mejor resume el sentido de este libro extraño, absorbente, difícil y, al tiempo, tan extremadamente sencillo. La vida, sí, la vida. 
   Situado en varios momentos cronológicos, el telón de fondo histórico son los últimos tiempos de Ibrahim Babangida (Minna, Nigeria, 1941) en el poder. Fue el octavo presidente de Nigeria y el primero del régimen militar autodenominado Consejo de Gobierno de las Fuerzas Armadas de Nigeria. En 1993, las protestas surgidas tras la ilegalización de los partidos opositores, le llevaron a designar sucesor en la persona de Ernest Shonekan, que fue derrocado en noviembre de ese mismo año, dando paso a un período de transición a la democracia. 
   La desesperación de Yejide la llevará a buscar en los ritos y en la magia una solución para su caso. La subida a la montaña, los extraños personajes, los desvaríos que produce un embarazo psicológico, todo eso se incrusta en la vida de la joven como una segunda piel. Pero nada surtirá efecto, salvo la estratagema que el propio Akin inventa y lleva a cabo. Una estratagema destructora porque, sin saber, traerá enfermedad y muerte a su familia; separación y dolor a todos. Él, Akin, el esposo, guarda un secreto que, de saberse, convertiría su existencia en un infierno. Por eso ha de callar y maniobrar en la sombra. Por eso ella, Yejide, deberá ser la culpable de la sequía que ambos afrontan y que resulta incomprensible y ridícula a partes iguales. 
   Las primeras novelas como esta suelen gozar de una rotundidad asombrosa. Da la impresión de que la autora tiene algo que decir y debe decirlo sin rodeos. Guarda un caudal de palabras que deben ver la luz y que son una especie de cuenta pendiente por saldar. En el caso de Ayòbámi Adébáyò la profundidad del relato te pone delante algunas realidades que van más allá del entorno geográfico o social en el que se desarrolla la historia. La maternidad como necesidad imperiosa para que la mujer sea considerada completa, para que nadie pueda echarle en cara que no contribuye a que la familia continúe, a que la sociedad ande por el camino trillado y verdadero. La responsabilidad de no tener hijos la siente la mujer, incluso en casos como este en que es el hombre el que debería asumirla. Nadie se plantea, mucho menos el entorno cercano, que Yejide no es la culpable (otra vez la palabra) de que no nazcan hijos, ni tampoco de que mueran al poco tiempo. Sin embargo, es ella la que siente la frustración, la angustia y el cansancio. Es ella la que siente el doble engaño: el de un hombre que nunca hará que se sienta como una mujer y que nunca la convertirá en madre. 
   La narración va alternando ambas voces, la de Akin y la de Yejide, las dos en primera persona, como si la autora quisiera ser neutral, como si quisiera que ahondáramos en las razones de cada uno. Pero resulta difícil no ver la ingenuidad con que Akin se conduce y también el egoísmo que le lleva a tratar de dirigir el asunto como si de un director de orquesta se tratara. Una inmadurez que es tan afortunada como para sentirse recompensado por el milagro final. En ese momento, un acontecimiento pondrá de nuevo en la vida de Yejide una posibilidad de que no todo esté perdido y de que alguna luz asome después de tanta desesperanza. 


Reseña de la autora (editorial): 
Ayòbámi Adébáyò (Lagos, Nigeria, 1988). Las historias de Ayòbámi Adébáyò han aparecido en diversas revistas y antologías literarias, y han sido muy elogiadas por el jurado del Commonwealth Short Story Prize en 2009. Tras cursar un máster en Literatura inglesa en la Universidad Obafemi Awolowo, Adébáyò realizó otro máster en Escritura Creativa en la Universidad de East Anglia, donde recibió una beca internacional de Escritura Creativa. También ha obtenido otras becas de investigación y ha sido residente en Ledig House, el Sinthian Cultural Centre, Hedgebrook, la Ox-Bow School of Art, Ebedi Hill y el Siena Art Institute. Quédate conmigo es su primera novela.

Quédate conmigo. Ayòbámi Adébáyò. Gatopardo Ediciones. Primera edición 19 de Marzo de 2018. Traducción de Irene Oliva Luque. 272 páginas. 

domingo, 18 de marzo de 2018

Culpable de tristeza


(Henriette Theodora Markovitch. Dora Maar. 1907-1997)

Ella era una joven intensa y generosa. Tenía talento. Posaba su mirada en cualquier cosa y la cosa se abría como una flor. Podía comerse el mundo con sus manos. Tenía el encanto de la inteligencia y la ingenuidad de quien es inocente pese a todo. Ella estaba camino de alcanzar esa felicidad de darlo todo. De ofrecerle a los otros lo que era, a modo de collage, fotografía, cualquier asunto convertido en arte. 

Pero lo conoció. Tuvo la mala suerte de que el destino lo pusiera delante y ya nubló su vista y ya no pudo ver sino su sombra. Dejó de lado los pinceles y la cámara, lo arrumbó todo. Se sentó a esperar en el silencio que él la viera, que él la mirara, que él la recorriera, que él la sintiera, que él la salvara o, al menos, que no la castigara demasiado. Tiró por el bajante de los sueños todo lo que su vida había previsto. Y pasó de ser una dulce mujer con ojos sonrientes a la persona triste que daba grima al verla, que él rechazaba al verla y al notarla tan cerca. Que él no quería tener por allí ni en pintura. 

La censura de la palabra

A los doce años leí a D. H. Lawrence. Naturalmente a escondidas. Mi casa no se caracterizaba por ningún fundamentalismo pero fue una acción preventiva. Forré El amante de Chatterley con papel de colores y lo mismo hice con Mujeres enamoradas y con Hijos y amantes. Conocí a Connie y su búsqueda del amor pasional, ese que no admite demora en la imaginación de los que sienten la sangre joven correr por sus venas. Conocí a Mellors y su especialísima forma de vivir el sexo y el encuentro amoroso. Conocí la frustración de Lord Chatterley, el miedo de otros y la obsesión de algunas. Conocí la hipocresía de los que censuraron el libro y la falta de imaginación de los que convierten en pornografía sin entenderlo. 

No fue el único caso en que una posible censura, que quizá era fruto de mi imaginación, o la necesidad de leer cuando debía estar estudiando sesudos textos académicos, me llevó a camuflar mis lecturas. Y, aún más, proteger mis Diarios y mis cuentos, todas las historias que escribía y que aún escribo, la única actividad que me persigue toda la vida entera. Ese ejercicio de camuflaje tenía dificultades. Escribir tiene sus momentos, necesita su espacio, su sitio y su clima. Hacerlo contra viento y marea te genera nerviosismo y frustración. Como Virginia Woolf, yo también necesitaba una habitación propia en la que no tuviera que disfrazar las emociones, en la que las palabras no se ocultaran hasta ser olvidadas, en la que los lápices y los cuadernos se mantuvieran prestos a mi llegada, a ese volcado de la palabra en forma de textos ineludibles. 

Aunque pueda parecer exagerado o fruto de una atroz falta de autoestima, de un no quererse demasiado evidente, durante mucho tiempo me culpé por escribir de mí, de mis pensamientos, emociones, sentimientos, dudas y esperanzas. Me sentí vigilada y casi perseguida. Escudriñada en las formas y en los contenidos, llena de ojos que todo lo convertían en basura, en un contenedor lleno de restos de naufragios ajenos, que yo no podía entender, ni conocer, ni limpiar. Esas palabras, surgidas al calor de la vida, me hicieron sentir culpable y convirtieron de nuevo mi escritura en clandestina. 

Pero ahora, a estas alturas, ya no me puedo esconderme. No tengo fuerzas para el disimulo. Soy como soy, escribo como escribo, leo lo que leo. Y las tres cosas forman un círculo que se cierra en sí mismo y que aventa la vida y atenta contra el miedo. Conjuro el miedo con las palabras y conjuro la antigua soledad y la moderna ausencia. La niña que se asustaba y cerraba de golpe sus libros y ocultaba las palabras de los cuadernos de tapas rojas, solo existe para recordar que ahora ya soy libre, debo serlo, debo intentarlo, al menos. No me oculto. Ya no. Más bien, hago ostentación de lo que leo, porque es algo elegido por mí y cuando puedo hacer uso de la libertad tengo que celebrarlo. Leeré lo que quiera, sin que nada ni nadie me coarte. Y, por eso mismo, escribiré lo que quiera. Sobre mí misma, sobre el pasado o el futuro, sobre la gente, incluso sobre ti. Pero todas mis palabras serán mías, a mí me pertenecen y a nadie concedo el derecho de censurarlas.

Hombres malos

Cerró el teléfono y sintió el dolor. Justo ahí, en la boca del estómago. Parecía que iba a subirse arriba, en forma de náuseas, como una oleada de malestar que no podía detener. Repasó las palabras que él había pronunciado con indiferencia, como si no significaran nada. Las palabras que contenían sus planes próximos, su viaje de vacaciones con una mujer, su acostumbrada frivolidad para decir que no tenía más remedio que hacerlo, que lo invitaban, que eran compromisos. Su habitual manera de aparecer como una víctima de las circunstancias, alguien que se ve obligado a disfrutar de la vida contra su voluntad. Los imaginó entonces riendo, haciendo fotos y subiéndolas a las redes, allí en esa ciudad que recorrerían del brazo, ajenos a todo, ajenos a ella y al dolor que le recorre la espalda sin tregua. 

Cerró el teléfono y se dejó caer en una butaca junto a la ventana. A través de la calle veía la quietud de la mañana de domingo. El suelo húmedo de la lluvia, los árboles silenciosos y prestos a saltar de nuevo en cuanto el viento los convocase. Se sentó y dejó que las lágrimas cayeran con suavidad, que arrasaran su rostro y que se metieran en los sitios más inverosímiles. Detrás de las orejas, sobre las manos, a ambos lados de la nariz, en la boca. Sorbió sus lágrimas y estaban saladas como siempre, o quizá no, quizá eran lágrimas amargas, muy amargas, como un cóctel de mentira, mezclado con desengaño, con ausencia y con falsedad. Todo lo que él significaba. Supo que todas sus palabras se habían deslizado a un vertedero en el que flotaban como despojos. Todo lo que ella era y le había ofrecido se estaba desintegrando y no quedaría nada en poco tiempo. 

Cerró el teléfono y borró la llamada. No quería conservar ningún vestigio de aquella conversación. Él había conseguido su objetivo de nuevo. Lograr que ella pareciera una mujer absurda, ridícula, que mendigaba atención. Una mujer equivocada, triste, perdida, sin remedio alguno. Él había deslizado palabras que merecerían una respuesta airada, un portazo, cruzar la calle y no mirar atrás nunca más, no ver jamás esa silueta llena de juegos escondidos. Pero solo cerró el teléfono, solo lloró, únicamente borró la llamada y después, como en tantas ocasiones, quizá ahora mucho más, escribió su dolor y supo que tenía que conjurarlo con la vida. No sé quién eres, pensó. No sé por qué una vez pensé que había bondad donde solo hay un frío y consistente olor a egoísmo. 

(Fotografía: Brassaï. París. 1933)

sábado, 17 de marzo de 2018

"En un lugar sin nombre" de Katherena Vermette


Dedicatoria: Para Juan

         Siempre digo que los libros te salen al paso. Y que hay un libro para cada estado de ánimo, para cada situación, para cada día. Este es un libro para la lluvia, el frío y el desasosiego. Porque no hay una sola voz que te cuente las cosas, sino varias. Puntos de vista diferentes que se van alternando en cada uno de los capítulos, para construir el relato en zigzag. 
    Es una historia que representa solo una foto-fija, la tarde y la noche del viernes, el sábado y los días que se desencadenan después. Pero el pasado está siempre presente y el futuro es una duda rodeada de un deje de esperanza pequeño e inseguro. Sin embargo, esa mujer vieja, sus hijas, nietos y bisnietos, me han parecido durante la lectura del libro, bastante más reales que la vida real y que la gente que forma parte de esa vida. Es el milagro de la literatura, su valor máximo. 
   Stella, “manos viejas en una mujer joven”, es una de esas voces. Tiene un buen marido y dos hijos. Pero no es feliz. Perdió a su madre siendo muy joven y forma parte de una familia extensa de la etnia métis, aborígenes que han vivido siempre en las praderas del oeste de Canadá, muchos de los cuales se han adaptado a vivir en una gran ciudad como esta, Winnipeg, la capital de la provincia de Manitoba, donde suponen el seis por ciento de la población. Son mestizos de ciudad. Ni de unos ni de otros. En Winnipeg conviven ricos y pobres, gente de diversos orígenes, acaudaladas casas y bloques inmundos, todo ello en un entorno físico condicionado por los ríos que la rodean, el Rojo y el Assiniboine, y con un clima riguroso, 20 bajo cero en invierno. Y en el libro es invierno, febrero.
    Hay una saga familiar de cuya comprensión depende asimilar el libro. Una estructura piramidal en la que la cúspide la ocupa la abuela y que termina con los niños más pequeños. Son mestizos. Muchos de ellos se han casado o emparejado con personas blancas y se ha perdido la pureza aborigen. No se sienten de nada, no son de nada, salvo, quizá, de ese barrio maltrecho, la Brecha, como lo llama alguien. 
        La madre de Stella, Lorraine, llevó una mala vida, una vida de mierda y murió a causa de ello. Su tía Cheryl es una pintora vocacional, una mujer oscura en cierto modo, que conserva un recuerdo cambiante de Charlie, el padre de sus hijas Louisa y Paulina. Louisa acaba de ser abandonada por otro buen hombre, Gabe, que necesita irse para poder volver. El equívoco. “Acababa de conocerlo y no sabía que le hacía eso a todo el mundo. Pensé que yo era especial”. Es el segundo abandono, porque también James se fue con una tal Darlene que era “escandalosa y divertida” algo que nunca será Louisa. Paulina tiene una nueva pareja, Pete, que todavía no deja claro si se quedará o no después de todo. Todos los hombres están condenados a desaparecer y a que sus hijos crezcan sin padres. “El frío de la infelicidad y del invierno caló en mí”, como podrían decir cualquiera de estas mujeres. 
   Sobre ellas aparece la figura de la abuela, Flora, cuyo nombre solo se desliza en el penúltimo capítulo. Flora es la argamasa, lo que une a todos en un objetivo común: sobrevivir, mantenerse en su sitio, hacer lo que en cada momento haya que hacer. La narración de la abuela inicia cada una de las tres partes, que continúa con sucesivos capítulos que muestran la mirada de los otros. Cheryl, Louisa (la única, junto con la abuela, que habla en primera persona), Paulina, la adolescente Emily (cuya terrible aventura dará lugar a los acontecimientos) y el único hombre cuya visión aparece detallada, Tommy, el méti que es policía. Su padre era un borracho blanco que pegaba a su madre, india. Quizá por eso quiere estar aquí, presente en todo esto, a pesar de que es novato y de que su jefe no confía en él.  
   Además de Emily, otras dos adolescentes prestan su protagonismo a los capítulos, Zegwan, la hija de Rita, la amiga de todas, y Phoenix, la hija de Elsie, la antigua amiga de Stella que se alejó cuando la vida la dejó destrozada siendo una adolescente, como lo es su hija ahora. 
    El relato transcurre en líneas paralelas que acaban convergiendo, en círculos que terminan bebiendo del mismo origen. El barrio, lleno de descampados y de casas pobres, es un elemento vital. También lo es el mundo de las mujeres, sus silencios, sus alianzas, sus recuerdos, sus actos. Las mujeres pisan fuerte para lo bueno y para lo malo, mientras que los hombres son verdugos o víctimas, pero nunca deciden. Los niños son aquí tanto un problema como una esperanza y el libro está lleno de ellos. Los hijos de Stella, los hijos de Louisa, los de Rita, la hija de Paulina, las hijas de Elsie…ninguno de ellos tiene asegurado más allá de un poco de lucha en la que tendrán que salir victoriosos. 
    Stella mira una noche de viernes por su ventana y observa la nieve helada que rodea su casa. Allí en medio, una pequeña y flaca figura de lo que parece ser una mujer, es atacada por cuatro sombras negras. Stella se queda paralizada, oye el llanto de sus hijos que la reclaman y solo atina a llamar a la policía. Algo terrible ha ocurrido y ella no ha podido hacer nada. A raíz de esto vamos a ir conociendo a estas mujeres y hombres que viven en un entorno cruel, con el frío calado hasta los huesos (Winnipeg es una de las grandes ciudades más frías del planeta), con la nieve como elemento del paisaje, con hospitales para pobres, con correccionales, pero, sobre todo, con cocinas acogedoras y humildes, con tazas de café, con sofás raídos de tanto abrazarse. 
   Crónica social de unos desarraigados que precisan recobrar lo que la ciudad les arrebató y encontrarse a sí mismos en su identidad; relato emocional de unas mujeres al borde de la vida: “Estamos jodidas, pero no tanto”; historia negra de violencia y abusos; el adiós pautado de una mujer poderosa en sentimientos que ve cómo la vejez la aplasta, cómo la memoria la avasalla, cómo la muerte se anticipa en mil cosas, todo cabe en este libro y todo se ofrece como un río que se entretuviera en múltiples meandros, sin complacencia, pero sin evitar mirarse en un espejo que se rajó una vez de parte a parte. “Esa forma que tenía de zarandear mi tristeza por todas partes como si fuese un vendaval”. 
    En el último momento, el ceremonial de purificación, allá arriba, en el monte, el regreso a la infancia y la vida soñada: “Todas deberíamos desprendernos de algo malo todas las primaveras”. 

Noticia de la autora (editorial): 

Katherena Vermette es una autora de origen métis cuyo poemario North End Love Songs fue premiado con Governor General's Literary Award for Poetry. En 2015, Vermette publicó la serie de libros infantiles The Seven Teachings Stories. La autora también incursionó en el terreno del documental con el film This River. En un lugar sin nombre es su primera novela y con ella ha sido nominada al Governor General's Literary Award for Fiction y el Rogers Trust Fiction Prize, y fue finalista del Canada Reads. En Canadá, la novela ha obtenido críticas entusiastas tanto por parte de la prensa especializada como por parte de los lectores en las redes sociales.
Ficha editorial
Título: En un lugar sin nombre
Título original: The Break
Autora: Katherena Vermette
Editorial: Lumen
Año de edición: 2018
Traducción: Laura Manero Jiménez

jueves, 15 de marzo de 2018

Rubias, sexys y entrañables


(Laurence Olivier y Marilyn Monroe en un fotograma de "El príncipe y la corista")

Esa mala prensa de las rubias, hermosas, diáfanas, entregadas y dispuestas a todo con tal de conseguir gotas de felicidad, habría que desterrarla. El cine nos da sobradas muestras de que no siempre un aspecto voluptuoso significa poca cabeza o malas artes. Algunas de esas verdades se presentan envueltas en obras maestras que tienen una moraleja común: no te fíes del aspecto de una mujer porque puede esconder una científica nuclear a menos que te distraigas. De la misma manera que no existe la ecuación fea-inteligente, tampoco es verdad la que afirma que ser rubia es ser tonta. Aunque los caballeros las prefieran rubias y se casen con las morenas como bien sabía Anita Loos


(En el set de rodaje de "La ventana indiscreta", la cámara recoge un momento de descanso en el que aparecen los protagonistas, James Stewart y Grace Kelly, junto con el director, Alfred Hitchcock)

Mira si no a la dulce, pizpireta y ciertamente patosa Elsie Marina, a quien los pasos de baile no le acaban de salir y a la que su actuación en la afamada revista The Coconut Girl no le va a reportar ninguna gloria. Salvo que conozca, como es muy posible si así lo decide Laurence Olivier, al príncipe regente Carlos de Carpacia y entre los dos surja una especie de encaprichamiento que puede cambiar los destinos políticos del país. Elsie Marina-Marilyn Monroe, es la corista del príncipe, la que, en 1957 enfrentaría a un actor especialista en Shakespeare con una supuesta rubia explosiva que ya nos anunció, cerca de Bette Davis y de George Sanders, que daría que hablar y mucho. 


(En "Bésame, tonto", Orville toca el piano y canta mientras Polly la bomba juguetea con su zapato)

Otra de estas rubias manifiestamente inocentes es Polly la bomba, con la imagen y el entendimiento de Kim Novak, de la mano de Wilder y haciéndose pasar por la dulce mujercita de Orville-Ray Walston. La intención pecaminosa de Dino-Dean Martin, choca con la fortaleza de la chica que, en realidad, solo quiere ser una buena ama de casa, esposa y madre, aunque malviva en el Belly Button, el burdel más famoso de la zona que rodea al pueblito de Clímax, a quien nadie se le ha ocurrido cambiar el nombre. 


(Grace Kelly)

Como no suele haber dos sin tres, la tercera rubia del guiso es la elegante Grace Kelly, convertida en Lisa Carol Fremont y asomada por amor a una ventana indiscreta, glamourosa portadora de un bolso minúsculo donde guarda por sorpresa un camisón de raso por el que cualquiera de nosotras mataría. Escoltada por la siempre atenta Thelma Ritter, es capaz de saltar por la ventana y contribuir al esclarecimiento de un asesinato cometido, antes de ser abogado, por Raymond Burr, ese Lars Thorwald que pone nervioso al pobre James Stewart, confinado en una butaca a causa del yeso de su pierna. 


(Kim Novak)

Lisa, Polly y Elsie Marina son tres rubias que, lejos de engatusar, prefieren convencer con sus armas más evidentes. El ingenio, la inocencia, el saber estar y, sobre todo, la capacidad de soñar. Las tres sueñan con que la vida les traerá algo muy especial y, por ello, pueden lanzarse a la aventura de lograrlo, sabedoras que, ese mero intento, ya es un sonoro triunfo. Como en la vida real. 


(Marilyn Monroe)

“Bésame, tonto”, de título original “Kiss Me, Stupid” se estrenó en 1964. Fue dirigida por Billy Wilder e interpretada por Dean Martin (Dino, el cantante famoso), Kim Novak (Polly la bomba, la ingenua prostituta), Ray Walston (Orville, el compositor de pueblo que espera su ocasión) y Felicia Farr (Zelda, la esposa de Orville). 

“El príncipe y la corista”, cuyo título original es “The Prince and the Showgirl”, de 1957, fue dirigida e interpretada en el papel protagonista masculino por Laurence Olivier (príncipe Carlos de Carpacia) y por Marilyn Monroe (Elsie Marina, corista de la revista The Coconut Girl). 

“La ventana indiscreta”, “Rear Window” en el original, es de 1954. Fue dirigida por Alfred Hitchcock y protagonizada por James Stewart (L. B. Jefferies, fotógrafo), Grace Kelly (Lisa Carol Fremont, bellísima modelo), Thelma Ritter (Stella, la enfermera) y Raymond Burr (Lars Thorwald, el asesino). 

miércoles, 14 de marzo de 2018

"La llamada de la tribu" de Mario Vargas Llosa

La autobiografía intelectual del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa es el sentido último de este libro. Un recorrido que se realiza partiendo de aquellos pensadores que contribuyeron, según reconoce él mismo, a la conformación de su ideología política, social y económica. A cada uno de ellos dedica un capítulo: Adam Smith, Ortega y Gasset, Frederick von Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin, Raymond Aron, Jean-François Revel. Antes de eso, un pormenorizado capítulo de introducción explica sus intenciones y su recorrido vital desde las primeras posturas juveniles hasta la actualidad. 

Vargas expresa en una frase lo que será su pensamiento futuro: “Odio a los dictadores”. La situación de su Perú natal le influyó poderosamente a través de la lectura de La noche quedó atrás, de Jan Valtin, que leyó en 1952. Su primera militancia fue en el Grupo Cahuide (de ideas comunistas) en la Universidad de San Marcos, pública, popular y revolucionaria, según afirma. Las lecturas de Sartre ya eran parte de su bagaje y reafirmó su compromiso con estas ideas ante la revolución cubana desde 1958. Unos años después, en 1962, estuvo allí como periodista y deja claro que entonces pensó, como gran parte del mundo, que esa revolución sería un espacio de libertades (incluida la de expresión) frente a la dictadura. 

Su desengaño con la URSS (Camus tenía razón, y no Sartre, afirma), fue seguido de su ruptura con Cuba que tuvo como colofón el caso Padilla. Heberto Padilla, poeta y luego un alto cargo del régimen, fue acusado de espía al servicio de la CIA por el simple hecho de deslizar algunas críticas mal recibidas. Entonces Vargas redactó, con sus amigos Juan y Luis Goytisolo, Hans Magnus Enzensberger  y José María Castellet, una carta de protesta que sería firmada por otros prestigiosos escritores. Eso fue su sentencia de expulsión para siempre del paraíso cubano. 

Dos figuras políticas de enorme peso en el siglo XX son los pivotes sobre los que bascula de forma práctica su adhesión al liberalismo. Margaret Thatcher y Ronald Reagan, a los que conoció en algunas cenas con intelectuales, le llevan a pensar en que, si bien en muchos temas morales no logran concitar su acuerdo, sí son un exponente importante de la racionalidad de la dirigencia política en contra de la tribalidad que adjudica a los regímenes comunistas. Como dice en uno de sus párrafos, el liberalismo ofrece, como doctrina, más dudas que certezas, pero sus principios básicos, los que todo liberal aceptaría, al margen de otras diferencias que resultan lógica por la naturaleza no dogmática de estas ideas, están en la defensa de la libertad a todos los niveles, la igualdad de oportunidades para todos (con la educación como elemento central) y la descentralización del poder, con un Estado “pequeño” que asuma competencias en defensa, justicia y orden público e impulse a la vez las iniciativas pública y privada. 

A partir de esta exposición de sus ideas, argumentadas en la lectura de los autores a los que considera las máximas autoridades de su ideario, Vargas realiza una incursión con tintes personales, autobiográficos y contextualizado en su propio itinerario, de los siete pensadores antes referidos. No puede decirse que no quede claro su objetivo, esto es, dotar al liberalismo de una suerte de explicación pública, de defensa incluso, del mismo modo que lo tienen otras ideologías que, a su juicio, han sido mejor explicadas y, por ello mismo, divulgadas. 

Sinopsis sobre el autor (editorial): 

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, nació en Arequipa, Perú, en 1936. Aunque había estrenado un drama en Piura y publicado un libro de relatos, Los jefes, que obtuvo el Premio Leopoldo Alas, su carrera literaria cobró notoriedad con la publicación de La ciudad y los perros, Premio Biblioteca Breve (1962) y Premio de la Crítica (1963). En 1965 apareció su segunda novela, La casa verde, que obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Internacional Rómulo Gallegos. Posteriormente ha publicado piezas teatrales (La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones, Ojos bonitos, cuadros feos, Las mil noches y una noche y Los cuentos de la peste), estudios y ensayos (La orgía perpetua, La verdad de las mentiras, La tentación de lo imposible, El viaje a la ficción y La civilización del espectáculo), memorias (El pez en el agua), relatos (Los cachorros) y, sobre todo, novelas: Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El hablador, Elogio de la madrastra, Lituma en los Andes, Los cuadernos de don Rigoberto, La Fiesta del Chivo, El Paraíso en la otra esquina, Travesuras de la niña mala, El sueño del celta, El héroe discreto y Cinco Esquinas. Ha obtenido los más importantes galardones literarios, desde los ya mencionados hasta el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias, el PEN/Nabokov y el Grinzane Cavour.

Ficha técnica: 
Título: La llamada de la tribu
Autor (es): Mario Vargas Llosa
Sello: ALFAGUARA. Penguin Random House, Grupo Editorial SAU
Fecha publicación: 03/2018
Idioma: Español
Diseño de cubierta: Paco Lacasta
Fotografía de cubierta: Pogonici/ Thinkstock

lunes, 12 de marzo de 2018

Dieciséis libros escritos por mujeres

 Entre los años 2016 y lo que va de 2018 he leído un número enorme de libros escritos por mujeres. No me había  ocurrido algo igual en toda mi vida de lectora. Sea porque las editoriales, al menos las que frecuento, han decidido apostar por ellas; sea porque yo misma, como lectora, siento que he encontrado voces que me atraen y me interesan, sea cual sea el motivo, esta es la realidad. Aquí una pequeña muestra de lo que afirmo. Solo aparecen recogidas las lecturas hechas a través del e-book. De todas ellas escribí reseñas en este blog, aunque, me temo, que esas reseñas sean casi invisibles, por no decir invisibles del todo, en el intrincado laberinto de la literatura, lleno de blogs, de páginas especializadas y de periódicos que recogen opiniones o vivencias sobre la lectura misma. 

"Como una extraña" de Rachel Abbot, editado en 2016 por Siruela y traducido del inglés por Eva Cruz. 

"Apropiación indebida. Una novela sobre el amor" de Lena Andersson, editado por Alfaguara y traducido del sueco por Martín Lexell y Elda García-Posada.

 "Un amor imposible" de Christine Angot, publicado por la editorial Anagrama y traducido del francés por Rosa Alapont. Es de 2017.

"Lo que dijo Harriet" de Beryl Bainbridge, de la editorial Impedimenta, con traducción del inglés a cargo de Alicia Frieyro y fecha de publicación 2015.

"Un buen tipo" de Susan Beale, 2017, publicado en Alba Contemporánea, traducido del inglés por Patricia Antón.

"Paseando con hombres" de Ann Beattie, 2018, publicado por Gatopardo Ediciones y traducido del inglés por Catalina Martínez Muñoz.



"Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin. Alfaguara editorial. 2016. Traducción del inglés de Eugenia Vázquez Nacarino.

"Basada en hechos reales" de Delphine de Vigan. Editorial Anagrama. Traducida del francés por Javier Albiñana. 2016.

"Son cosas que pasan" de Pauline Dreyfus. Editorial Anagrama. Traducida del francés por Javier Albiñana. 2017

"Mi prima Rachel" de Daphne du Maurier. Editorial Alba, colección Rara Avis, 2017. Traducción de Concha Cardeñoso Saénz de Miera.

"A propósito de las mujeres" de Natalia Ginzburg. Editado por Lumen, 2017. Traducción del italiano de María Pons Irazazábal.

"Perdón" de Ida Hegazi Hoyer. Editado por Nórdica Libros. 2017. Traducción del sueco de Cristina Gómez-Baggethun.

"Felicidad familiar" de Laurie Colwin. Traducido del inglés por Antonio-Prometeo Moya Valle. Editorial Libros del Asteroide, 2017.

"Departamento de especulaciones" de Jenny Offill. Traducido del inglés por Eduardo Jordá. 2016. Editorial Libros del Asteroide.

"Mujeres excelentes" de Bárbara Pym. Ediciones Gatopardo. Traducido del inglés por Jaime Zuleika, 2016.

"Me llamo Lucy Barton" de Elizabeth Strout. Duomo Ediciones. 2016. Traducido del inglés por Flora Casas.



Estos dieciséis libros han sido traducidos por once mujeres. El resto de las traducciones las han realizado hombres. Me interesa también anotar este dato. Las traductoras forman un colectivo muy numeroso en el sector y sus trabajos tienen enorme calidad, aunque tengo que decir que, en general, la traducción al castellano es una tarea muy bien hecha y en la que contamos con enormes técnicos, personas que son capaces de trasladarte no solo la letra, sino el espíritu de los libros, que es lo que se espera de una buena traducción. 

Hay otro aspecto que puede llamar la atención. Todas estas autoras son extranjeras, no hay entre ellas ninguna española. Es verdad que leo mucha más literatura foránea que en lengua castellana, pero eso no significa que no haya ninguna española entre mis lecturas. O sudamericana. Sin embargo, es un número irrelevante comparado con las otras. No me preguntéis por qué, cuestión de gustos. Lo que sí es cierto es que reseño un número insignificante de paisanas y esto es por un motivo claro: no me gusta escribir de aquello que no me convence, pues no se trata de echar tierra encima a nadie. 


Quizá la característica que une a todas estas escritoras es que no se trata de grandes conocidas del público, de best sellers literarios o de libros que ocupan las listas de los más vendidos. No. Son escritoras que han rescatado las editoriales, la mayoría de ellas independientes, que han apostado por sacar a la luz la buena literatura que estaba oculta. El único caso diferente es el de Daphne du Maurier, autora de obras muy leídas y que han sido llevadas a la gran pantalla, como Rebecca o Los Pájaros. 



Esta es una pequeña muestra pero significa muchas cosas. Que la literatura escrita por mujeres (que no "de mujeres") tiene un enorme papel en el conjunto de la literatura universal. Que merece la pena leer libros menos conocidos, que no tienen detrás el esfuerzo de marketing de una empresa grande o que lo han escrito autoras que son diferentes. También, la diversidad que ofrecen estas muestras y cómo el boca a boca consigue abrir caminos en la lectura, aportando voces distintas, frescas, especiales. El caso de Lucia Berlin es sintomático: consiguió ser leída por muchísimos lectores, que fueron recomendando su libro boca a boca. Barbara Pym, rescatada por Gatopardo Ediciones, tiene ya una legión de seguidores. Lo mismo ocurre con Delphine de Vigan, cuyos libros han pasado al cine, o con Natalia Ginzburg, ahora una autora de culto. En cuanto a Elizabeth Strout, se trata de una autora sólida, con larga trayectoria y un conjunto de libros enormemente interesantes. A la par que glosar los libros hay que reconocer la elección de las editoriales, buscando nuevas voces o rescatando libros del olvido. Esa tarea la agradecemos los lectores porque nos abre horizontes insospechados.