martes, 28 de octubre de 2014

El encuentro



PRIMERO

Una mujer sube a un tren. Es un tren de alta velocidad. Un vagón silencioso. Viernes al mediodía, octubre, un otoño que se inicia en un día esplendoroso con el cielo tan azul que lo cubre todo de una pátina emocionante. Es un día en el que pueden ocurrir muchas cosas, un día de expectativas, de promesas. La mujer espera que esas cosas sean buenas, que le traigan felicidad. Hasta ahora ha tenido poca suerte en la vida, pero quizá ahora todo cambie. Este viaje puede ser una señal. Una variable en su camino, un atajo hacia tiempos más fructíferos. 

La mujer tiene una edad indefinida, entre cuarenta y cincuenta años. Va bien vestida, con ropa de calidad que revelan buen gusto. La ropa ha sido escogida con sumo cuidado, probada ante el espejo, fotografiada quizá para ver cómo resulta. Quiere dar una buena impresión. La primera impresión constituye la tarjeta de presentación y no es sensato dejarla a la improvisación. Por eso ha ido el día anterior a la peluquería y se ha retocado un poco la media melena castaña, con algunas transparencias de un rubio dorado que la hacen más joven, más alegre. 

Por eso se ha maquillado más que de costumbre y se ha pintado los ojos con unos lápices nuevos, azules y grises, a tono con la ropa. Aunque las gafas de sol ocultan sus ojos ella sabe que puede quitárselas con tranquilidad porque su mirada ha quedado muy bonita con esa mezcla de colores que armoniza con el fondo de sus ojos, extrañamente violetas. 

Y la sonrisa…ella cuida siempre su sonrisa, pero ahora más aún. Alguien le dijo una vez que sonreír era una forma de ser amable. Pues bien, su sonrisa es abierta, agradable, limpia, con unos dientes casi perfectos y unos labios carnosos y frescos, ahora pintados de un rosa suave aunque brillante. Dan ganas de besarla, aunque eso ella no lo sabe, ni siquiera se lo plantea. Porque la han besado poco, muy poco. Y cuando lo han hecho, ella ha cerrado los ojos porque no ha sabido dónde mirar ni cómo. 

Ha elegido con mimo la ropa que lleva puesta. Un vestido con fondo blanco y motitas azules y un abrigo de verano, blanco roto, con el interior en un estampado azul muy parecido a las motas del vestido. Azul y blanco. Mucho tiempo atrás el azul fue su color favorito, pero, por eso mismo, todo lo que tenía era azul, de manera que llegó a cansarse y, en los años siguientes, el azul quedó desterrado de su vestuario. Hace poco tiempo que el azul ha vuelto a su guardarropa y este vestido y este abrigo son una muestra de ello. 

La mujer lleva unos bonitos zapatos de color fucsia, hechos con un material trenzado muy agradable, abiertos por detrás y con un tacón mediano, suficiente para ella, porque es una mujer alta, que no necesita añadir centímetros a su altura. Esa altura, que para todos parece ser un atributo positivo, a ella le ha creado siempre problemas. Cuando era pequeña nadie podía dejar de echarle más años de los que tenía debido a su altura, tan dispar con la del resto de las amigas. De mayor se sintió algo deslavazada, como si no controlara su cuerpo, como si su cuerpo no tuviera suficiente gracia o equilibrio, debido a que creció muy rápido. Ahora es diferente. En realidad se ocupa poco de su físico, salvo de ir correcta y con ropa buena. Pero la coquetería ha pasado de largo hace tiempo, no la necesita para su trabajo,ni para su vida.



SEGUNDO

Quizá fue el aburrimiento el que, hace un par de años, la llevó a usar las redes sociales. Se abrió una cuenta en Twitter con un nombre que no era el suyo. Colgó en su perfil una foto que no era la suya, sino una imagen de un cuadro impresionista que le gustaba mucho. Al fondo, un paisaje desolado, árido, como si la foto volara en el aire, sin asiento alguno. Completó sus datos con alusiones a sus aficiones, las carreras de caballos, el campo, la naturaleza…Se sorprendió al ver como empezaban a aparecer seguidores a pesar de que ella no escribía apenas, solamente se dedicaba a retuitear algunos mensajes. Comenzó a seguir a algunas personas, con unos perfiles parecidos al suyo, recomendaciones que la propia red le ofrecía. Dedicaba poco tiempo a trastear en el ordenador.

Todo el primer año transcurrió en una especie de modorra cibernética. Nada de interés, aunque seguía entrando de vez en cuando a ver qué nuevos seguidores había. Cuando alguno se iba, evidentemente aburrido de que en su cuenta hubiera tan pocas aportaciones, siempre tenía una sensación de pequeño fracaso.

Al principio del segundo año un nuevo seguidor atrajo su atención. La imagen no era una fotografía sino un dibujo, una especie de cosa abstracta que no se veía demasiado clara, unos garabatos casi. El nombre también era un pseudónimo, @vuelo.alto, no aparecían datos de ninguna página web, ni blog, ni nada parecido. Solamente el de la ciudad, Barcelona. Casi automáticamente ella decidió seguirlo a su vez, algo que hacía en la mayoría de los casos, de manera que sus seguidores coincidían casi al cien por cien con las personas a las que seguía. Personas o instituciones, porque había revistas dedicadas al mundo del caballo o la naturaleza, incluso hipódromos o digitales de medio ambiente. 

@vuelo.alto tenía unos gustos muy parecidos a los suyos y se encontraron señalando los mismos favoritos y retuiteándose mutuamente. Cuando llegaba la noche, tarde, ella se sentaba en su casa, en su butaca, sola, porque no vivía con nadie desde que su madre falleció cuatro años antes, y repasaba los tuits que iban cayendo uno tras otro, entrando y saliendo de los enlaces de artículos de revista o de comentarios en blogs. Esto le proporcionaba entretenimiento y cierta paz, una paz que necesitaba y que era un bien extraño para ella.

No recuerda qué fue lo que le llamó la atención de @vuelto.alto pero una noche se vio enfrascada en una conversación con él. Giraba en torno a una carrera de caballos que iba a tener lugar en fecha próxima. Ella tenía sus propias ideas al respecto y discutieron casi acaloradamente, casi como si fueran amigos. Era la primera discusión no profesional que sostenía en muchos años. Le resultó agradable. Ambos defendían sus opiniones con vehemencia pero de forma muy educada. Los dos escribían con total corrección. Ninguno usaba raras abreviaturas ni palabras a medio expresar. Esta circunstancia le agradó, no soportaba a la gente que escribía mal. 

Eso fue el inicio de su, llamémosla, relación. Casi por inercia, en un acuerdo tácito, cada noche, o, al menos, la mayoría de ellas, ambos se comunicaban a través del Twitter, hasta que comenzaron a usar los mensajes privados. De esta forma sus charlas fueron más personales. Ella le contó cosas de su vida, la muerte de su padre, hacía ya diez años, la de su madre, hacía cinco, el hecho de que vivía sola, su trabajo tan absorbente, cómo le costaba tanto relajarse y evadirse cuando estaba inmersa en una instrucción complicada. Últimamente lo eran todas. Le dijo que nunca se había casado, que no tenía hijos tampoco. En contrapartida, él le contó que estaba divorciado desde hacia bastante tiempo, que su hija era ya mayor y que no creía en el matrimonio ni en ninguna unión seria, todo eso le parecía matar el amor, decía, matar la pasión, sobre todo. Y la pasión era muy importante, por eso lo mejor era el tiempo del conocimiento, explicaba, ese en el que las personas se descubren la una a la otra. 

Los mensajes de él caían en cascada en el ordenador o en la tablet noche a noche. Tenían sentido, eran coherentes y a ella le suponían entrar en otro mundo, un mundo desconocido, el mundo masculino, con sus peculiaridades, sus manías. Era un mundo al que ella no tuvo nunca acceso, por eso le parecía tan atrayente, le sugería tantas cosas. Aparte de su trabajo, su vida se había reducido a cuidar de sus padres, a estar con ellos, a procurarles comodidad. Ambos fueron personas de fuerte carácter y, a su lado, ella se sintió disminuida, falta de brío, incapaz de tomar decisiones.



TERCERO

Habían pasado ya unos meses desde que comenzaron su relación virtual cuando ella empezó a preguntarse cómo sería él. Qué aspecto tendría, cómo seria su mirada, su voz. Si era atractivo, si era más o menos joven que ella. Todos estos aspectos estaban ocultos, escondidos, ninguno de los dos había mencionado nunca esos detalles. Sus aficiones, su estado civil, algo de su historia familiar, esas eran las cuestiones que, en sus mensajes directos y en el propio Twitter, habían tratado. Pero hay tantas cosas por conocer, pensaba ella. En realidad, eran dos extraños. Incluso todo podía ser una mentira. Incluso detrás de ese hombre anónimo podía existir un asesino, un maníaco, una mujer disfrazada de hombre, una organización que quisiera captarla.

Las cosas que fue sabiendo de él, todas de forma casual, la decepcionaron un poco. Era algo más joven que ella, pero no demasiado. Había trabajado como fotógrafo en varios medios y en estos momentos estaba en paro, haciendo fotos por libre y vendiéndolas cuando tenía ocasión. Su vida era desordenada, bohemia, todo lo contrario que la vida de ella, tranquila, predecible. Eran muy distintos. Pero algunas cosas los habían unido. Quizá la soledad. El desasosiego de llevar una vida equivocada. Una vida que a ninguno de los dos les gustaba. 

No recuerda quién sugirió la idea de encontrarse. A mitad de camino, en Madrid. Ella subía de vez en cuando, tenía allí algunos familiares con los que mantenía un contacto estrecho. A él le pareció muy bien encontrarse en Madrid, era una ciudad que le gustaba, pensaba mudarse a ella en cuanto pudiera. Tenía toda la vida por delante, pensaba ella cuando él le contaba estos planes. 

Acordaron los detalles y por eso ella está en este tren. Pensando en cómo fue todo y en cómo se desarrollarán las cosas. Tiene miedo. No le ha ocultado nada pero ahora…la expectativa de verlo le causa temor. Es una mujer normal, no una chica atractiva de esas que arrebatan a los hombres. Su altura no compensa su cara corriente y su falta de gracia al andar. No sabe cómo es él pero sabe que lo reconocerá. Será el único en el andén que lleve entre las manos un ejemplar de Anna Karenina. 





Y CUARTO

El tren está a punto de llegar a su destino. Es la hora indecisa del crepúsculo. Solamente dos paradas y será el momento de encontrarse, de encontrarlo. Siente un poco de vértigo. Cómo será en realidad. Una imagen borrosa no dice nada. Y los mensajes escritos son solamente una pista, pero puede ser que escondan una personalidad que ella no imagina. Por un momento se asusta. Esto es una locura, una auténtica atrocidad. Qué dirían sus padres si pudieran verla...Dirigirse de esta forma insensata al encuentro de un desconocido, al que solamente conoce a través de unos mensajes. Unos mensajes que no significan nada. Una afinidad supuesta, inventada. Ha sido su soledad, su desapego del mundo, su falta de vida social la que la ha conducido a esto y ahora no puede dar marcha atrás. Ahora está aquí, en este tren, dándose cuenta de que es un error fatal el que ha cometido. Ve el rostro de su padre, severo, diciéndole con claridad que es una loca, que no tiene sentido común, que se pone en peligro con sus ideas absurdas sobre el amor y la vida. Y el de su madre, triste, apagado, hundido, recordándole que lo mejor es la rutina de cada día, que lo mejor es una existencia tranquila, sin sobresaltos, sin que nadie tenga que criticarte, en total anonimato. 

El tren ha llegado a la estación. Ella se mantiene sentada en su asiento, como si no pudiera moverse. Todos los pasajeros circulan por los pasillos en busca de la salida. Van bajando ordenadamente por las puertas del tren de alta velocidad. En el andén se producen encuentros. Sonrisas, abrazos de bienvenida, saludos...Ella sigue sentada en ese tren, en ese asiento, sin moverse, casi sin respirar. Por un momento tiene la sensación de llevar allí toda la vida, toda la vida sentada en ese mismo sitio, viendo a la gente abrazarse, reírse y respirar. Toda la vida, una vida que no parece tener fin nunca...

De pronto se levanta. Coge con fuerza la pequeña maleta roja que ha llevado consigo, la arrastra hasta la puerta más cercana. La levanta con decisión al bajarse del tren, rápidamente, con movimientos bruscos, como si no pesara, como si todo tuviera la levedad del aire. Anda arrastrando la maleta en una dirección cualquiera, hacia delante, no sabe adónde, adónde sea, piensa enseguida, como sumida en un trance inesperado. Su seriedad se vuelve alivio y hasta alegría. Del fondo del andén una figura masculina emerge y, sin previo aviso, se acerca a ella y la besa, la envuelve con su abrazo, mientras el libro de Tolstoi rueda por el suelo...


(Cuadros de Hopper) 

lunes, 27 de octubre de 2014

La música de tus manos

   Aun en los días del duro invierno, cuando los amaneceres son hostiles, cuando las sábanas nos atrapan y no quieren dejar pasar la luz, aun entonces, en las tardes de brasero y estufa, en la penumbra de las bombillas pequeñas y distantes de tu estudio, ahí, aun, estabas tú en la música. 
    
  Manos largas, morenas, manos doradas y prendidas en el abrazo. Manos fuertes sujetando los mástiles. Manos llenas de devoción, asidas al silencio de las notas. La música se eleva en torno tuyo entonces. Haces la música y nosotros, pequeños destellos sin amanecer, sonreímos. 

   Unos días sonaba la trágica historia de la copla, voces desgarradas, voces de mujer, hombres insólitos, las vidas de quienes el pueblo señala con el dedo, dolores que no pueden escribirse pues no tienen remedio. En ocasiones, era la airada música de la ópera más terrible, la ópera siniestra de la venganza, rostros tensos, oscuros, muertes anunciadas. 

    Las mañanas de domingo nos despertabas con un ejército de sonidos nuevos. Las marchas, los valses, el rigodón, músicas marciales, soldados en paz que marchaban alegres, trotando sin descanso en el universo estrecho de nuestro pequeño hogar. Los días de nochebuena eran los villancicos, cante sentido, al estilo flamenco de tu padre, que derramaba pregones al tiempo que caramelos a los niños. 

   Ay, tu música. Llevabas prendida en ti siempre una canción, en tus pasos siempre había música de fondo, la música te rodeaba, eras la música. Hablabas de Mozart y de Brahms, de Conchita Piquer y de Miguel de Molina, hablabas de Valderrama y de Falla, de Granados y Debussy. Eras toda la música. Allí estaban nuestros ojos ansiosos, nuestros pequeños oídos todavía, allí, esperando el milagro, cada día un sonido diferente, cada día un motivo para gozar, cada día un ansia nueva. 

   Decías que la música era el arte más difícil. Decías que la música solo podía provenir de los corazones limpios y que a ellos se dirigía sin demora. Decías que la música era una coraza de los hombres para luchar contra el dolor. Decías que la música no podía venderse ni comprarse, que la música era un don que estábamos obligados a compartir. Tú mismo hacías la música. Habías aprendido solo a tocar la guitarra. Ella era un tesoro. Tu guitarra gastada, pobre, dolorida, una guitarra fea, sin autor conocido, una guitarra que tus manos habían hecho a lo largo de los años. Descansaba siempre en esa silla, lo recuerdo, en la silla de cuero marrón que había junto a la entrada de la terraza. Allí estaba siempre, esperando que, en algún momento, se produjera el milagro y fueran tus manos hacia allá. Ese sonido lo inundaba todo y desaparecía la humedad del ambiente, desaparecían los malos augurios, desaparecía la noche o se volvía estrellada como la de Van Gogh.

   La música se abría paso entonces a oleadas, salpicando todas las habitaciones, traspasando las puertas. Estas se abrían al compás de la música y todos salíamos de nuestros escondites, de nuestros juegos y de los libros, de la cocina, la azotea o el baño, para acudir al reclamo del flautista de Hamelin que no espantaba ratas, sino que alumbraba con el sol de su música toda la casa, nuestra pequeña, tibia y extraña casa sin jardín.

   Cuando te fuiste, la música cesó. La música se apaga cuando el dolor se aposenta en los cuerpos, no es buena compañera de los duelos, más bien florece en la esperanza. Así que ahora el silencio es nuestra música, el silencio nos cubre y nos recuerda que estamos solos, igual que esa guitarra, vieja, sin manos y perdida, recostada ya para siempre en el sillón de cuero junto a la terraza, para siempre sin manos, sin tus manos, papá.


lunes, 20 de octubre de 2014

Jane Austen y Virginia Woolf

Adeline Virginia Stephen, Virginia Woolf para la literatura (Londres, 1882-1941), en su famoso ensayo "Una habitación propia" describe la escritura de Jane Austen como "una obra para personas mayores, escrita por una mujer, que escribe como una mujer y no como un hombre". Esta aseveración podría ser tomada de manera negativa, pero no es el caso. En el ensayo citado, Woolf reivindica por primera vez la necesidad de que la mujer muestre su independencia intelectual por medio de la literatura, como una forma de expresión del talento que había tenido que sufrir inconvenientes varios. Desde los casos en los que la mujer no firmaba con su hombre, hasta aquellos en los que la firma que aparecía era la del marido. La afirmación de la mujer no es tanto cosa de gritería feminista sin aquilatar, sino de ir consiguiendo subir escalones cuya dificultad es manifiesta. 



Esta vindicación de la obra de Austen favoreció el que la crítica la considerara algo serio, mucho más que unas novelas surgidas al calor de la inspiración femenina coyuntural, sentimental y llena de detallitos intrascendentes. De "mujerismos" al uso, como diría un dilecto amigo, pleno de misoginia e inmadurez masculina. Curiosamente, el público había decidido, con anterioridad a la crítica, que en las obras de Austen había verdadera calidad, pero esto es algo a lo que estamos acostumbrados. El paso del tiempo y el veredicto de los lectores son el verdadero marchamo que califica a una obra, no la crítica ni los premios ni el fervor inmediato. 

Lo que destaca Woolf de la obra de Jane Austen es, sobre todo, aquello que la hace original y diferente a las novelas de su época, aquello que trasciende el romanticismo y entra de lleno en una forma de narrar personal e inteligente. La ironía, la comicidad, la descripción de la psicología de los personajes, el muestrario de ambientes...todo ello constituye el pasaporte cierto a una consideración de su obra como solamente tienen los verdaderos talentos. En las novelas de Austen no hay prolijas descripciones de paisajes, ni de espacios, muebles, edificios o, incluso, de los personajes. No es necesario. Una breve y profunda pincelada pone a cada cosa en su sitio, define a cada cual. Tampoco hay disquisiciones morales, ni conclusiones llenas de enseñanzas, sino simple y llanamente, sentido común. Es una mujer de su tiempo que lo observa desde el tamiz de la construcción crítica. Una mujer que conoce de primera mano aquello que narra, pero que no convierte sus frustraciones personales en una pesada carga para el lector, ni sus vivencias en un pozo de nostalgia que entristezca el relato. Más bien, lo aligera y lo suaviza de modo que vamos flotando por entre sus páginas, aspirando un suave aroma que, sin embargo, penetra en nuestro interior y pasa a formar parte de nuestro almacén de historias bien contadas. 



La obra de Virginia Woolf es más corta que la de Austen y, además, desde el principio se reconoció a sí misma y fue reconocida como una escritora. "La señora Dalloway" de 1925, "Al faro" de 1927, "Orlando"de 1928 y "Las olas" de 1931, son historias en las que se advierte un tiempo narrativo propio y distinto, un uso de los espacios y de la cronología plagados de perspectivas nuevas y una expresión personal de lo que significa el universo femenino, que, al fin y al cabo, construye. En el ensayo que hemos citado al principio "Una habitación propia" de 1932, habla de las escritoras y traza un dibujo implacable de los inconvenientes que la mujer literata ha padecido siempre, simbolizando en esa "habitación propia", ese lugar para escribir sin las interferencias del mundo exterior, la máxima aspiración para quien tiene en la literatura una tarea que realizar. 

Jane Austen no tuvo nunca una habitación propia. Lo más que consiguió, en la última etapa de su vida, fue escribir en el salón de la casa y que nadie la molestara durante sus horas de escritura. Pero, para ello, hubo que transitar un larguísimo camino. Un camino que se inició en 1775 cuando vino al mundo en una familia culta pero de pobres recursos económicos, de ocho hijos, de los que ella fue la séptima. Una familia perteneciente a la baja aristocracia rural, lo que se llamaba la "gentry". Su paso por dos internados no fue demasiado exitoso pero da a entender la preocupación cultural que tenía su familia. Su educación en casa estuvo basada en la consulta y lectura de la biblioteca familiar, que ella devoraba y que podía manejar a su antojo, con permiso de su padre, advertido muy pronto de su gran inteligencia. Esa inteligencia, ese dominio temprano de la escritura, de la observación de los personajes y ambientes, esa forma de ver la vida a través de la palabra, se puso de manifiesto en seguida, pues entre 1787 y 1793 escribió varias obras juveniles que se conservaban en tres cuadernos, publicadas luego en el siglo XX. Son "La historia de Inglaterra", "Amor y amista", "El castillo Lesley", "Catherine o el cenador". Sus ocupaciones eran, además, las propias de las jóvenes de su edad y sus aficiones más entusiastas eran bailar y charlar con las amigas a las que visitaban con frecuencia. La visita era el momento social más extendido y el baile la máxima aspiración de cualquier muchacha. Ambas costumbres se aprecian de forma clara en sus novelas. 


Jane Austen tuvo un amor de juventud muy apasionado, un joven irlandés que estudiaba Leyes. El joven correspondía a su amor, pero se impuso el cerebro de las familias y,dado que no había medios económicos para subsistir por parte de ninguno de los dos, el chico se marchó y no hubo más. Se llamaba Tom Lefroy. Sabemos también que tuvo una proposición matrimonial. por parte de Harris Biggs-Wither, hermano de unas amigas. Aunque, en un primer momento, la aceptó, luego lo pensó bien y le dijo que no. Era un buen partido pero, al parecer, un hombre poco dotado intelectualmente, lo que es probable que fuera un completo impedimento para ella.

Las tres primeras novelas de Austen las escribió en este orden: "Sentido y sensibilidad", llamada en su origen "Elinor y Marianne"; "Orgullo y prejuicio", de título inicial "Primeras impresiones" y "La abadía de Northanger", a la que primero llamó "Susan". Ninguna de las tres novelas fue aceptada en sus intentos de publicación. De esa forma, con tres novelas acabadas, la familia se mudó a Bath, en 1799 y allí, al cambiar de ambiente y de lugar de residencia, la pluma de Austen se paró, se durmió por un tiempo, y durante seis años no pudo escribir nada. Eso ocurre algunas veces, las palabras, como pájaros en nido ajeno, se marchan y vuelven de improviso.

Cuando el padre de Austen murió, su madre y las dos hijas, ella y su hermana Cassandra, quedaron desasistidas económicamente, como solía ocurrir a muchas familias en la rama femenina y como ella misma cuenta en sus libros. Estas dificultades las hicieron andar de un lado para otro, en casa de parientes diversos hasta que, por fin, en el año 1809 se asentaron en Chawton Cottage las tres mujeres, más una amiga, Martha Lloyd. Podemos decir que este es el hogar definitivo de Jane Austen.

Por fin, en 1811, recuperado el ritmo de la escritura en esta casa, logró publicar "Sentido y sensibilidad", aunque los gastos corrieron a su cargo. Tampoco aparecía su nombre en la novela, que estaba firmada como "Una dama". Dos años después, en 1813, se publica "Orgullo y prejuicio" y la firma decía "Por la autora de Sentido y sensibilidad". El resto de novelas se fueron publicando en los siguientes años. En 1814 "Mansfield Park", en 1815 "Emma". La primera novela que publicó con su nombre fue a título póstumo, "Persuasión", en 1817 y, también en este año, "La abadía de Northanger". La novela "Sanditon" quedó inacabada el día de su muerte, el 18 de julio de 1817.


Aparte de la vindicación que hace Virginia Woolf de la obra de Jane Austen, hablando de ella en términos desconocidos hasta entonces, me interesa destacar la diferencia tan abrumadora que existe entre ambas escritoras, tanto en su postura como tales, como en algunos aspectos que son esclarecedores. El hecho de que Jane Austen no firmara las obras con su nombre no era un capricho, sino una imposición de la época. Esta limitación, por supuesto, no existió para Woolf y quizá por ello mismo estaba tan sensibilizada con la situación de las mujeres escritoras. 

La escritura, la literatura, para las mujeres, yo diría también que todas las manifestaciones artísticas, han sido tomadas, hasta no hace demasiado tiempo, como hobbies, como ocupaciones añadidas a su papel de madre, esposa, ama de casa. Esto no es una exageración y puede observarse con detalle hasta entrado el siglo XX. Casos en los que los maridos firman los manuscritos, artistas que se convierten en musas de su amante o marido y dejan de lado su obra. En no pocas ocasiones son las mismas mujeres las que se autolimitan, pero esto quizá no haya que achacárselo a ellas, sino a una situación que estaba preestablecida y que tenía pocas salidas. 


domingo, 12 de octubre de 2014

¿Amigas?

En la película “Carta a tres esposas“, tres amigas sufren lo indecible ante el anuncio de que uno de sus maridos se ha marchado con otra amiga, con la cuarta amiga de la historia, que no aparece nunca en escena pero que las tiene a todas de los nervios. En “Eva al desnudo“ la íntima amiga y protegida de Eva termina por dejarla en la estacada, por usurparle su sitio, aunque, claro está, la justicia divina no permitirá que se vaya de rositas y, al final de la película, ya está haciendo su aparición esa otra amiga que le hará la misma jugada a ella. El tema de las amigas que no lo son tanto, que, en realidad, sienten envidia o resentimiento contra la que definen como su amiga del alma, no es nuevo, existe en el cine, en la literatura y en la realidad. 
Ahora que hablamos en confianza podía contaros algunos ejemplos vividos en primera persona. Por desgracia, soy experta en “amigas“ de esta clase. Quizá por eso siempre he preferido tener amigos, con los que la cosa fluye mucho mejor y no hay tantas zarandajas ni zancadillas. Una de esas amigas, cuyo nombre empieza por M. era un auténtico peligro. Tergiversaba las conversaciones, inventaba opiniones que no existían, contaba chismes que hacían daño a todos, te enemistaba con la gente, nunca tenía ninguna opinión buena sobre ti, sino todo lo contrario. Un auténtico problema. El caso se arregló cuando tuve que cambiar de centro de estudios para seguir estudiando. Procuré ir por mi lado y me fue mejor a partir de entonces sin tener nada que ver con ella. 
Tuve también otro caso singular con respecto a esto que hablamos. Una amiga que quería ser única. Si coincidía en que tenía igual que tú unas medias o un vestido o un bolso, hacía todo lo posible por destrozarlo y así no tener que usar nada similar. Ni que decir tiene que se llevó unas cuántas broncas de su madre. En este caso, la vida nos separó sin más. No la eché de menos. 
Hubo una amiga que era todo lo contrario. A pesar de que tenía de todo y mucho más caro que lo mío siempre se encaprichaba de las cosas que a mí me gustaban y que poseía. Fuera lo que fuera ella tenía que imitarlo, de manera que entraba en una carrera peligrosa por ser igual en todos los aspectos, como si las personas pudieran replicarse. 
En otro caso, existió quien andaba a la búsqueda de pareja y mira por dónde tu chico era el ideal para ella. También, y este es un caso que se suele repetir, quien conoce a tus amigos y se apunta a tus planes pero guarda celosamente sus propias amistades y sus propios planes, pues no quiere pensar que los conozcas o que alternes con ellos. 
En fin, mi madre me decía con total acierto e inteligencia que las amigas tenían que ser guapas y listas, que las mediocres y feas te daban o bien la entrada o bien la salida. No le he hecho siempre caso y así ha resultado la cosa. 
Eso no quiere decir que no haya algunas amigas amables, cariñosas, desprendidas, generosas, claro que sí, las hay...pero también existe lo otro, así que no dejéis de mirar a vuestro alrededor, pueden arruinaros la vida con total tranquilidad. 
Por todo esto y por mil cosas más, sigo prefiriendo a los chicos. Qué se le va a hacer. No recuerdo a ningún amigo que me la haya jugado.