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"De vuelta a casa" de María Sanz



"Nada como este sueño de tristeza

para alojarse en todos los adioses..."

Los libros de poesía son tan acogedores...Notas en ellos, desde el principio, que el autor respira, se mueve, siente, que las palabras no están vacías ni pretenden ser escaparates. Los libros de poesía se abren como flores, se esparce su perfume por allá donde alguien los lee, y florecen, siempre florecen. 

¿Quién no sueña con volver a casa? ¿Qué casa es esta de la que habla la poeta María Sanz?

Cuarenta poemas en la pauta de la emoción, del verso clásico que trasmina una voz que hace del silencio el motivo mayor para saltar al aire. La casa es el trasunto de la propia vida, es el ámbito que contiene todo aquello que ofrece algún significado. La casa es el envoltorio pero también registra los sonidos, los suspiros, los llantos, los pequeños crujidos del cuerpo y de las cosas. En cuarenta poemas se condensan los momentos vividos y se anhelan los que podrán venir y los que nunca volverán porque la vida pasa y se detiene poco y solo a veces. 

El verso de María Sanz suena clásico. Con la rotundidad suficiente, con la música innegable, con el ritmo adecuado, con ese borboteo de palabras que atraviesan los poemas y que los definen. La palabra cuece como en una olla puesta al fuego y en ocasiones alguna salta, alguna es capaz de quemarte, de abrasarte al leerla, al pronunciarla. La poesía requiere de esos arrumacos, de esos momentos leves que se transforman en instantes cruciales, en sentencias, en una sola frase que no precisa más que ella misma. 


En una entrevista con María Sanz realizada en este blog aparecen algunas claves que inspiran este libro: "A los doce años escribí mis primeros versos, tras un viaje a Soria con mis abuelos paternos. No conservo aquellos poemas, pero tengo en la memoria que fueron inspirados por los paisajes castellanos, mientras notaba un claro contraste con los andaluces. Más tarde, ya en el instituto, sentía la influencia de algunos poetas clásicos y, sobre todo, de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado".

Porque la vuelta a casa no es otra que esa mirada al paisaje de sus abuelos, a esa historia familiar que permanece en los lejanos pueblos de Soria, en sus intrincados paisajes, en su aire silencioso, tan distinto al bullicio sevillano de los Jardines de Murillo en los que vivió su infancia. Este es, por así decirlo, un libro de poesía muy castellana, sólida, serena, parca en exaltaciones pero llena de matices, de pequeños detalles que conforman una unidad y que se va construyendo al hilo de la lectura. Esos dos referentes literarios que ella cita, Juan Ramón y Antonio Machado, hicieron también un itinerario de salida desde su tierra andaluza y recalaron en lugares que añadirían un trazado nuevo a su cualidad de poetas, a su instinto de observación. 

Las azoteas de la portada bien podrían ser un símbolo del libro. Porque siendo netamente andaluzas tienen el doble sentido de ver sin ser visto, porque representan a la casa desde fuera pero también tienen la virtud de introducirte en ella. La casa como metáfora de la vida más íntima, la más apegada a la tierra a la que perteneces y a las personas con las que la compartes. Ese sentido establece un hilo permanente de conexión entre estos versos y los integra en un sonido común: una mirada atrás sin perder de vista que el pasado no puede volver a escribirse. 

Al hilo, reflexiones. Hondas, personales, a veces nostálgicas, otras veces esperanzadas. Reflexiones que se cuelan en los versos con una voluntad de ahondar en lo que se ve. No basta rememorar caminos, bancos de piedra, cascadas, portalones, iglesias o una naturaleza convertida en mito de la adolescencia, sino que también hay que intercalar todo aquello que da sentido a la mirada, lo que se percibe más allá de la imagen misma, por mucho que esta tenga la fuerza de la evocación. "Todo lo que perdiste volvió otra vez a casa" (XL), "Solo te equivocaste muchas veces" (IV), "Los trenes que pasaron por tu vida, regresan cada noche aunque no los esperes" (VII). La noche, esa oscuridad inabarcable y segura, que ha de llegar cada día y al final de la vida, aparece en algunos poemas con significados dramáticos: "Él debía llegar aquella noche" (XXIII), "y la noche desértica ha logrado transformarse en el vuelo de una niña" (XXIX), "Cada noche es la última cuando cierras la puerta" (V). 

En esas reflexiones, los objetos se hacen humanos, la naturaleza se humaniza, puede sentir y puede así expresarse: "Desde su noble altura, la muralla contempla una ribera adormecida" (XXVIII). "Un río de atalayas visita Bordecorex, viajero silencioso, lenta huella" (VIII). "Tu casa se ha vestido con la luz de noviembre" (XXII). Todo parece conjugarse para que la mirada sea la misma, la mirada de la adolescente que reconoce lo que observa y la de la mujer que recuerda el pasado. La mirada de los paisajes y la de los edificios de piedra. Un todo que contempla al unísono, un lenguaje común al recordar. 

Algunos versos tienen un tinte extraño, como si hubiera una biografía escondida que todos desconocemos, como si taladraran la historia y la convirtieran en un relato que no se ha escrito y que se escapa:

"Ahora te arrepientes de haber buscado tanto,

de las horas perdidas que no tuvieron vuelta,

todo para sentirte ya lejos del camino

donde cualquier encuentro malgastaba tu vida"

(XII)

El arrepentimiento por energías malgastadas, la evidencia de que hubo un tiempo infructuoso, la distancia entre lo que significa la vida y la propia existencia, todo ello cabe interpretar en esta estrofa tan expresiva, tan oscuramente clara. 

Algunos poemas tienen una extraña lejanía de su obra anterior. Están a punto de iniciar un camino distinto, una poesía más esencial, menos atada a la narrativa, más cercana a la emoción pura. El ejemplo más claro es el poema XXIV y su asombroso final: 

"Y los astros celebran que los olmos dormiten

a pesar del murmullo jubiloso

que exhala tan desierto mediodía,

tanta celebración de lo latente.

Mientras, pone un jilguero su rúbrica en el aire"

En más de cuarenta y cinco años de dedicación a la poesía, nunca distraída por las modas, siempre atenta a lo que su propia vocación le dicta, a lo que su inspiración le pone por delante, a lo que el respeto a la gran tradición poética le sugiere, María Sanz ha publicado un número importantísimo de libros y ha obtenido los premios más relevantes en cuanto a poesía se refiere. En 2021 publicó su anterior libro de poemas: Recado original, con la editorial Lastura. Tuvo muy buena acogida y fue un eslabón más en ese recorrido personal y literario con que la autora ha bordado su vocación desde hace años. Pero todavía no ocupa el sitio, entre los lectores, la crítica y las instituciones culturales, que por su calidad literaria y su decidida entrega merece. Su alejamiento de los cenáculos donde se decide el devenir de la literatura, su atroz independencia (que se puede parangonar a la de Jane Austen durante toda su vida) la ha convertido en una autora cuya única tarjeta de visita es, nada más y nada menos, que su obra. 

Todavía el panorama poético en lengua española ha de reconocer su trayectoria y su papel como una voz fundamental en los últimos cuarenta años. Y mientras, los lectores de sus libros podrán disfrutar de la música de sus palabras, mecidas por ese sonido interior que distingue al verso y que lo sitúa en el punto más alto de la creación escrita. 

De vuelta a casa. María Sanz. Editorial Olé Libros, colección Ites Poesía.  Portada: Montevideo desde las azoteas, 1845, Adolphe D'Hastrel. 2022


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