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Dialogando con "Ocnos"

 


(Calle Velázquez, San Fernando)

"Ocnos" es ese libro al que puedes volver de cuando en cuando con la seguridad de que vas a hallar algo nuevo, algo distinto, algo estimulante, algo capaz de hacerte recordar o imaginar. El recuerdo y la imaginación se mezclan, son cosas que se unen sin tú saberlo, porque estallan de manera automática. El automatismo del recuerdo, cuando se aviva, trae la nostalgia y la melancolía, esos recuerdos ya dolorosos por perdidos. Y el de la imaginación, trae la verdad, la creación, la alegría de inventar y de mostrar a los ojos de otros lo que somos. Eso produce "Ocnos" cada vez que lo leo, o, simplemente, cada vez que abro sus páginas al azar. Y no es Sevilla la ciudad que se me aparece, sino mi propia ciudad allá en el sur del sur, la ciudad de los barcos y los astilleros, de la humedad y el salitre, la ciudad de mar y militares, la ciudad de salinas y careneros.  El azar de hoy me ha traído este "El vicio", que podía titularse de otro modo y que, para mí, tiene la vivacidad del camino al colegio, ese tránsito feliz de cada día, en el que recorría un trecho medianamente largo, asomando la cabeza por las casapuertas, mirando hacia arriba para ver de dónde venía el viento, buscando rostros conocidos en los niños que se iban uniendo a la procesión de caminantes y esperando encontrar, al final del todo, el eco conocido de la voz de mi maestra, una angelical maestra de quien nadie podía decir nada malo. Cuando sueño con ella, que a veces sucede, la veo siempre impoluta (como aún sigue), con las uñas de rojo y un pañuelo anudado que parecía Grace Kelly, y unos zapatos de medio tacón, que resonaban airosos delante de la pizarra mientras ella escribía, con su letra menuda, perfecta y envolvente. 



La calle del colegio era preciosa, una transversal entre dos calles, que tenían todo el aire de una ciudad marítima. Las casas, de un solo piso, ribeteadas de albero o de azul océano, se batían en duelo frente al levante y el poniente, con unas enormes azoteas coronadas de espadañas. Era una calle de cierros, no de balcones ni terrazas. Los cierros permitían sentarte a hacer croché y atisbar con interés lo que pasaba fuera. Eran un observatorio de la maldad y de la dicha. Allí no había buhardillas como en Francia, ni tampoco tejados como en el norte, sino que la azotea era el signo máximo de su centro vital: los niños correteábamos por allí y saltábamos los pretiles sin que nadie pudiera oponerse a nuestra feroz carrera. Y las aceras estaban siempre cubiertas de naranjas amargas o de azahar pisoteado, contra los que conjurábamos el miedo y la soledad de no sentirnos comprendidos por nadie. Nunca cambiaba la fecha del calendario, siempre teníamos trece años. Queríamos ser mayores y eso no era posible. Aunque el amor, como un látigo firme, ya había aterrizado en forma de poesías y era propicio abrirle las ventanas. 

En una de esas casas, una accesoria a la principal, vivía un anciano malhumorado que fumaba en la puerta de su casa y nos abroncaba siempre al pasar. Nos llamaba de todo. Hoy eso no sería posible. Los niños acudirían a sus mamás y las mamás llegarían a la puerta del paisano para proteger los dulces oídos de sus retoños. Pero entonces nos defendíamos nosotros mismos y, agachando la cabeza para no provocarlo, cruzábamos de acera y evitábamos el fatal encuentro. Aquello era como "Platero y yo", en todas las sillas había alguien esperando para dirigirse a nosotros. Creo que nos envidiaban. La señora mayor, con pinta de mujer de marino; la muchacha que fregaba los cristales con su uniforme y todo; el tendero de ultramarinos que vendía bocadillos de caballa a la gente del instituto...todos eran espectadores de nuestra vida y de nuestro jolgorio. No pasaba una hora sin que recordáramos, con entusiasmo, lo jóvenes que éramos y lo feliz que pasaba la vida tendidos al sol de una bahía sin fin. 

Ocnos. Luis Cernuda. Seguido de Variaciones sobre tema mexicano. Edición de Juan Lamillar. Renacimiento, Sevilla 2014. 

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