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Cien sabios y una muchacha


Cuando yo era muy joven e ignorante tropecé por casualidad con un sanedrín de flamencos sabios. Cada uno de ellos había recorrido una parte importante de su propia biografía y tenía un talento que mostrar al mundo. Todos eran, a la vez, conocedores de lo mucho y expertos en lo suyo. Una difícil constelación que no siempre se halla. Más bien lo contrario. Pienso en los chavales jóvenes que llegan con toda la ilusión del mundo a su primer trabajo y, en lugar de que los guíen, o los asesoren, ahí están los buitres para hacerles morder el polvo. Como si de una película del oeste se tratara, una película mala, sin Clint Eastwood y sin Morricone, los jóvenes que empiezan tienen que sortear los obstáculos en total soledad, sin mentores y sin ayudas, pisando charcos y llevándose la peor parte de casi todo. Ahora las empresas hablan de la gestión del talento pero, la mayoría de ellas, mienten. Gestionar el talento a su juicio es sacarles el jugo a los nuevos para que los antiguos se apunten el tanto. Así funcionan muchas de nuestras grandes corporaciones, de los súper famosos despachos de asesoría o abogacía, las multinacionales, incluso empresas medianas que fomentan una insana competitividad entre los empleados, en lugar de impulsar sus fortalezas y protegerlos en sus debilidades. Un asco. 

Cuando yo era muy joven e ignorante, cuando el interés por una rama del saber, de la música, me había poseído con enorme fuerza, tuve la suerte de encontrar la mejor escuela. No se trataba de una escuela formal, de una escuela de pago, de esas que han ido surgiendo al aire del mercantilismo, sino de una escuela natural, de un lugar de encuentro, de un foro. Esa sería la palabra más exacta, un foro en el que todos podían exponer sus ideas, oír las de otros y aportar cada ápice de sabiduría y de ignorancia. Lo importante, lo sustancial, es que tanto los sabios como los ignorantes como yo misma, estábamos en pie de igualdad. Nunca existió otra cosa parecida en las instituciones que he frecuentado, es más, he visto todo lo contrario. Sitios donde la envidia florecía a cada paso, patadas en la espinilla, zancadillas, apropiación de las ideas de los otros, vetos, obstáculos, engaños. Solo ese conjunto de personas tenía la sencilla intención de compartir sin apropiarse de nada, entregando generosamente lo que eran y lo que sabían. La que menos aportaba era yo, sin duda, prácticamente nada porque nada sabía, y, quizá por eso, mi recuerdo de aquellas horas y días de discusión, charla y debate, es imperecedero, y por eso mismo tengo claro cuánto debo a esas personas y a su sabiduría. 

Allí estaba Antonio Rincón, que tenía algo imposible de impostar: el sentido del humor inteligente por el cual veía una realidad diferente a los otros y que trasladaba a sus papeles. Buen poeta, buen escritor, sí, pero, sobre todo, punto de vista original, visión distinta, capacidad para ver lo que nadie era capaz de captar. Estaba también Ángel Vela, un elegantísimo escritor autodidacta, poseedor de una colección de imágenes que daban a la revista la impronta de calidad que necesitaba, como si fuera un Vogue del flamenco. Sus conocimientos de Triana sobrepasan los de cualquier enciclopedista del siglo de las luces, pero, sobre todo ello, estaba un cierto compromiso con una tarea difícil e ingrata: el reconocimiento de lo que otros antes que él habían ido asentando y quedaba en lo oscuro, sin premio. Otro de los miembros de este extraordinario grupo era Ricardo Rodríguez Cosano, abanderado de Lebrija, escritor paciente, delicado contertulio, hombre bueno. Y llegaba de Alcalá de Guadaira Manuel Ríos Vargas, muy firme en sus convicciones y en sus gustos flamencos pero no por ello descortés ni desabrido, sino cálido y lleno de asertividad comprensiva. Estaban los Pacos de Palma del Río, dinámicos, llenos de agilidad, fuerza, ideas y actividades, siempre implicados en algo que todos los demás mirábamos con admiración. Antes de marcharse a Córdoba por trabajo acudía a las reuniones Emilio Jiménez, un artista del dibujo, de la imaginación, del verso, de la pluma. Sus ideas eran renovadoras, rompedoras, atrevidas, pero siempre era capaz de llevarlas a cabo. Su colega del alma en el impulso de la revista era Manolo Herrera, un hombre generoso en el hacer y en el decir, dotado de esa clase de amabilidad que no puede improvisarse, que es radicalmente cierta. Y, como anfitrión estaba Paco Celaya, un tipo socarrón, dispuesto siempre a ofrecer lo que tenía, abierto, limpio de corazón, que abría su casa y su consejo a todos. 

Dejo para el final al hombre del que más y mejor aprendí de flamenco y de la vida. Luis Caballero era para mí ese amigo en el que siempre se confía, esa persona cabal que te recuerda a tu padre o a tus abuelos, alguien sin tacha, con un corazón limpio y un alma siempre enamorada. Sus libros traían aires que a todos nos inspiraban, sus opiniones eran ley para nosotros y, además de esas charlas en común, había momentos en los que me contaba cosas que traían el dolor de la sangre derramada. Querido Luis...tanto tiempo añorado. Diez años ya y parece que fue ayer. 

Recuerdo muchas veces estos tiempos en los que todavía la vida no me había traído sinsabores, en los que vivía una eterna primavera. Y antes de eso, las palabras de Paco Cabrera y su andar generoso. Y las excepcionales visitas de Pepe Hurtado, tan entregado siempre. Pienso que fue una suerte participar de aquello. Una experiencia única. Unos años cargados de momentos imposibles de imitar. Una enseñanza práctica que nada puede sustituir. El flamenco era el motivo, pero ellos eran la sal de la tierra. La revista era "Sevilla Flamenca" y nosotros sus ilusionadas voces. 


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