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Casapuertas



El reloj que presidía una esquina del salón, arriba del aparador con la vajilla buena y los manteles bordados con iniciales; ese reloj que tenía forma ovalada y un marco oscuro, indicaba todas las tardes el comienzo de la hora de las confidencias, el tiempo en el que las niñas de la calle se sentaban en las casapuertas a comentar los asuntos del día. 
Eran asuntos tan importantes como las crisis de gobierno o las dificultades económicas de los países en vías de desarrollo. Eran las historias que las unían entre sí con lazos que se desatarían con el paso del tiempo y de la vida. Las cuatro niñas poseían el arte de contar con gracia y sin perderse en espesuras, las esperanzas y los sueños de cada uno de los días. 
A veces Lourdes salía por peteneras, tal era su obsesión por echarse novio y casarse. Contaba que un chico de la calle del cine se le había declarado por carta, pero nadie la creía. Eso no lo haría nunca un chico de la calle del cine, decía Elvira. Los chicos que escriben cartas no trabajan con sus padres en un cine de verano, sino que estudian en Madrid y sacan buenas notas. Son intelectuales, añadía, usando una palabra que para cada una de ellas tenía un significado distinto. Carmen estaba como ausente casi siempre. En su casa había un rollo muy malo, porque su padre intentaba convencer a su madre de que no se fijaba en otras mujeres, algo que ella no creía, porque lo observaba por la ventana cuando salía, vestido tan elegante y con ese porte de señorito, mientras de la casa de enfrente surgía siempre alguna mirada anónima e impertinente. Carmen sabía que su madre poseía información privilegiada, lo que se llama buenas fuentes, gente que trabajaba en la oficina y le contaba lo súper cariñoso que era su padre con las compañeras y cómo les retiraba la silla, les bajaba carpetas de las estanterías y cosas por el estilo. También compartía con ellas la hora del aperitivo e, incluso, a algunas las acompañaba a casa. La madre de Carmen sufría como una burra, decía ella, pero no era capaz de tomar ninguna decisión. Y, esto era lo peor, Carmen comentaba que la excusa de su madre era ella misma. Para que Carmen no sufriera teniendo a los padres cada uno por su lado, sufría su madre. El único que parecía impermeable al sufrimiento era su padre, al fin y al cabo, el causante de todo. Carmen tenía claro que todos los hombres (los tíos, como decía ella) eran unos sinvergüenzas que hacían daño a las mujeres. Carmen estaba siempre distraída con este tema y se callaba mucho. No tenía una historia propia que contar y las otras estaban ya cansadas del tema de sus padres. Ahí no podían intervenir con consejos y eso las aburría. 


Lola era la más tranquila de todas. Había nacido en una casa de chicos que la mimaban demasiado. La única niña y la más pequeña, lo suficiente para que Lola fuera una especie de juguete al que todos querían contentar, el primero, su padre, que tenía negocios con los militares y que manejaba un buen dinero. El padre de Lourdes era hermano de la madre de Lola y se llevaban relativamente bien teniendo en cuenta que su situación económica era muy distinta y también su forma de vivir. Lola vivía en una casa estupenda, grande y con dos plantas, en la que no faltaba de nada. La madre de Lola tenía servicio, una chica para todo y una señora que iba a ayudar a hacer las limpiezas generales. En cambio, el padre de Lourdes trabajaba en los astilleros e iba todos los días a trabajar en bicicleta. Esto le parecía a Lourdes el colmo del proletariado. Ahora ir en bicicleta es ecológico, pero en esos años nadie entendía una palabra de ecología y viajar en bicicleta era, sencillamente, de pobres. 
Los padres de Elvira eran muy especiales, casi los jefes espirituales de ese tramo de calle, porque su madre era maestra y su padre dirigía el Círculo Cultural y allí estaba leyendo la prensa cuando su trabajo en la pequeña empresa que compartía con un hermano se lo permitía. El hermano no era de fiar, decía siempre su madre, pero no tenían más remedio que aceptarlo en la sociedad, porque, de lo contrario, se produciría un cisma en la familia. Esa palabra “cisma” le sonaba muy mal a la niña. Era una palabra dura y poco sonora. Cisma. Eso es lo que pasaría en su familia si su padre mandaba a paseo a su hermano. Este era un ser oscuro que a Elvira no le hacía ninguna gracia. No se había casado, no tenía pareja y te miraba de una forma oblicua que parecía presagiar que iba a darte un golpe por la espalda en cuanto te descantillaras. No era así, en realidad, pero a Elvira, que leía muchos tebeos de chicos, su cara le recordaba a la de un villano. Los villanos no aparecían solo en los tebeos, pensaba Elvira, seguro que en la vida real también existen. Aunque esto era un pensamiento suyo que no se había visto avalado todavía por la realidad. Pero debía ser así, porque nadie inventa algo que no existe, ni escribe de nada que no haya conocido al menos de oídas. El libro favorito de Elvira era “El conde de Montecristo” y lo que más le gustaba era la venganza. Soñaba ella misma con vengarse de su tío no sabía por qué motivos, aunque seguro que existían. 

Los encuentros de las cuatro amigas no tenían lugar siempre en la misma casapuerta. Eso variaba. Dependía de quién tenía más cosas que contar o más interés en escuchar. Era un turno invisible que no se establecía pero que todas tenían muy claro. Las madres se sentían tranquilas al saber que estaban juntas y no se interesaban por sus historias, al fin y al cabo eran cosa de niñas de trece años, esa edad terrible en la que comenzaban a estar insoportables. La edad del pavo servía para achacarle todos los disgustos que causaban cuando se negaban a cualquier rutina familiar y también a eso le echaban la culpa cuando desobedecían o pretendían vestirse de una forma rara. A ninguna de ellas se les permitía, por ejemplo, usar prendas en color negro y esto era algo que las cuatro deseaban. Todo lo más, azul marino, pero el azul marino y el negro, como sabemos, no tienen nada que ver entre sí. El azul marino es un color militar, que se combina con rojo y ya tienes ahí un uniforme de internado, así que no interesaba. Lo más cerca que estarían del negro sería el próximo fin de año si las notas eran buenas. Las madres les habían prometido que podían vestir así en nochevieja si respetaban los horarios y el resto de instrucciones para asistir a su primera fiesta. 
Todas las niñas tenían hermanos menos Elvira. Eso la hacía distinta. En la calle todas las familias tenían varios hijos y miraban a Mercedes, la madre de Elvira, con cierta lástima. A pesar de que sabía muchas cosas y era la única que tenía estudios, no había sido capaz (así se decía) de tener más de un hijo. Solo Elvira era la responsable de hacer felices a sus padres, de tener buenas notas y de cuidarlos en el futuro. Eso la agobiaba y se veía a sí misma como una extraña en una casa de adultos dedicados a leer libros y a ir al cine y al teatro. Sus padres aceptaron de forma distinta el hecho de tener un solo hijo en un mundo en el que eso era una rareza. El padre se volcó con su hija, la protegía hasta el extremo y se preocupaba de ella de manera casi enfermiza. La madre se sentía culpable de los abortos que se sucedían y que nunca germinaban. Ella tenía mucho amor que dar y su embarazo de Elvira fue una fiesta así que no entendía por qué la naturaleza la castigaba así. 


Sin embargo, a Lourdes no le hubiera importado tener menos hermanos. Era la mayor de cinco y su madre decidió muy pronto que se quedaría en casa a ayudar. Así que Lourdes dejó el colegio pronto y se quedó con las ganas de ser una de esas chicas bien vestidas y mundanas que veía en las revistas. Uno de sus hermanos había nacido malito y eso convirtió la vida familiar en un ir y venir de médicos y de medicinas. Ella sentía el peso del problema y solamente las charlas con las niñas lograba que se liberara un poco. A los trece años solo le quedaba un año de colegio y después su vida se reduciría a hacer las compras, ayudar en la cocina y cuidar a su hermano. 
Tampoco Lola haría gran cosa con su vida, salvo vivirla cómodamente entre algodones. Y en cuanto a Carmen, un buen día se cansó de aguantar la tristeza de su madre y la altanería de su padre así se fue a estudiar lejos, muy lejos y, aunque al principio creyó echar de menos a su familia, luego sintió que era libre y dejó de venir. De esta forma, los lazos que se habían forjado en las casapuertas acabaron rompiéndose. 

(fotografías de Inge Morath) 

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