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Los dos errores de Elizabeth



"Orgullo y Prejuicio" es la historia de un error. O mejor, de dos errores. Dos errores de juicio que la protagonista, Elizabeth Bennet, de cuya inteligencia y sentido moral no tenemos dudas, comete llevada por los prejuicios que la escasa atención que le dispensa el señor Darcy le han creado. El orgullo mueve a Darcy y los prejuicios a Elizabeth. Ambas cuestiones favorecen al tercero en cuestión, George Wickham, que durante un buen trecho de la obra saltará sobre piedras incendiadas sin quemarse, aprovechando la coyuntura emocional de los dos anteriores. 

Probablemente sea esta la novela en la que más hombres agradables, jóvenes, guapos y fuertes aparecen: el señor Darcy, el prototipo del héroe austeniano, alto y extremadamente guapo, rico (como han de ser los jóvenes, dicen las chicas Bennet), pero, ay, orgulloso y poco condescendiente. El señor Bingley, agradable, de buen carácter, complaciente y divertido. Wickham, tan atractivo con su uniforme militar, con su agradable compañía y sus conversaciones animadas. Incluso el coronel Fitzwilliam, el primo de Darcy, es un hombre educado y con cierto atractivo. La contrapartida es, ya lo saben los que han leído el libro, el señor Collins, primo del señor Bennet, clérigo, ridículo, pagado de sí mismo y con tan escasos dones que repugna literalmente a Lizzie. Y que la hace dudar de la salud mental de Charlotte Lucas, su amiga íntima, cuando esta decide aceptar la proposición de matrimonio de Collins (decidido, como se ve, desde el principio, a casarse, ya que así se lo ha recomendado su benefactora, la omnipresente Lady Catherine De Bourgh). Si contamos esta boda, son cuatro las que aparecen en la novela. 

Volvamos a los errores. En la disputa entre Darcy y Wickham, Elizabeth decide creer a este último. La versión de Wickham de que Darcy no respetó la última voluntad de su padre y negó al soldado el beneficio eclesiástico que le había prometido antes de morir, convierte a Darcy en un hombre sin honor y al otro en una víctima. Ambos  errores de apreciación de dos personalidades tan distintas resultan incomprensibles porque Austen dota a su heroína de cuatro cualidades admirables: vitalidad, inteligencia, seguridad en sí misma y capacidad para reflexionar. Es una mujer fuerte, que sabe protegerse, que utiliza el humor tanto para defenderse como para atacar, pero que, aunque se queda en el filo de la navaja, no cruza la línea roja de las normas sociales. La inteligencia de Elizabeth es la cualidad que a Darcy le impresiona más, diríamos que es lo que hace que se enamore de ella cuando percibe "la inteligencia fuera de lo común que denota la hermosa expresión de sus ojos oscuros". Ya sabemos que Austen no suele hacer descripciones del aspecto físico (ni de prácticamente nada) sino que simplemente resalta una cualidad. En este caso, eso se cumple al milímetro. 


Por otro lado, hay un elemento en el trasfondo de la novela que puede haber contribuido a esos errores que citamos. Ese elemento es la inadecuación social, uno de los temas centrales de la obra de Austen. La madre de Elizabeth, por ejemplo, es vulgar, estúpida y de conducta lamentable y así la juzga desde el principio del señor Darcy. Esto es un obstáculo casi insuperable para lograr que la chica tenga una buena boda. Así se lo comenta él mismo cuando se le declara. Le dice que lo hace a pesar de tener la madre que tiene. La señora Bennet no es una mujer mayor y anticuada. Al contrario, es una cuarentona, cuarentañera diríamos ahora, que simpatiza con los gustos frívolos de su hija pequeña Lidia, que ve absurdo perder el tiempo leyendo como hace Mary, la tercera hija, y a la que le encantan los casacas rojas. Es, como se ha dicho, la primera madre moderna de la literatura. Su idea de los noviazgos y matrimonios tiene que ver absolutamente con el interés y con la necesidad de cazar a un marido rico. Así se asevera en la famosísima primera frase "Es una verdad universalmente reconocida que al hombre soltero, poseedor de una gran futura, le hace falta una esposa". Lo que resulta verdaderamente curioso es que, al final, se salga con la suya, es decir, que logre casar, en lo que dura la novela, nada menos que a tres de las cinco hijas y a dos de ellas en condiciones muy ventajosas. 

¿Por qué Elizabeth cree a Wickham en lugar de a Darcy? ¿Por qué lo hace cuando esa creencia incluso la arrastra a rechazar al mejor partido que pudiera haber imaginado? Mi opinión es que, sencillamente, Darcy no había mostrado por ella el menor interés en ese primer baile de iniciación y que Elizabeth, a pesar de que se lo había tomado a broma, nunca se lo perdonó. O no se lo perdonó hasta que la fuerza de los acontecimientos hicieron que cambiara de idea. Tanto influye en ese cambio el conocimiento de que Wickham ya no se interesa por ella y persigue a una "muchacha pecosa y que no vale nada", pero con una buena renta, como la observación inequívoca de que Darcy sí tiene interés por ella.


Es verdad que este comportamiento de la muchacha hace que pensemos que no era, precisamente, una mujer interesada en lo económico. Pero eso ya lo sabíamos. Porque hubo una conversación entre ella y su hermana Jane, la mayor de todas y la más bella, en la que ambas se confiesan deseosas de casarse por amor. Pero mientras Jane sueña con ello y lo cree posible, la ironía de Elizabeth y su carácter escéptico la llevan a rechazar de plano esa posibilidad. Tendrá que conformarse con ser la amable tía solterona de los hijos de Jane, dice. Exactamente como ocurrió con Austen. 

De todas las heroínas de Austen es Elizabeth la más espléndida, la mejor conseguida, la que inmediatamente te hace ponerte de su lado. Porque sus cualidades no están respaldadas, como en el caso de Emma, por una fortuna cuantiosa. Elizabeth es, además, la segunda hija, ni siquiera es la que lleva el apelativo de "señorita Bennet". Es Lizzie simplemente. Tampoco es una belleza como su hermana, pero su rara inteligencia la hace brillar. El hecho de que sea una mujer inteligente el centro de la trama dice mucho de Austen y de la superación de los modelos románticos anteriores. 

Por eso, entre otras cosas, "Orgullo y Prejuicio" es una novela moderna y por eso Lizzie Bennet es una protagonista con rasgos de modernidad. Esa complicidad con su padre, por ejemplo, a pesar de que tiene claro que su falta de carácter y su mala elección de esposa ha sido el detonante de la sucesión de despropósitos de su familia.  Esa comprensión enojosa de los defectos de su madre (que la llevará a decir algo así como "por muchas satisfacciones que tengamos no podremos compensar este sufrimiento"). Ese enfrentamiento genial con la tía de Darcy, la súper estirada y aristócrata Lady Catherine de Bourgh, personaje antipático pero que juega un papel esencial como catalizador de la situación al presentarse en casa de los Bennet pretendiendo que ella le prometa que nunca se casará con su sobrino. Esa negativa a casarse con el señor Collins, a pesar de que ello le supondría conservar Longbourn a la muerte de su padre. Todos estos elementos hacen de ella una mujer dueña de su destino. Lo que no es poca cosa, por cualquier lado que se mire. 

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