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Un resplandor todavía más dulce


Sobre:

"Nueva York. Henry James" con selección y prólogo de Colm Tóibin. Editado por Sexto Piso.

Me causa verdadera emoción hablar, o escribir en este caso, de Henry James. Llevo tantos años leyéndolo, tantos años notando su huella en otros escritores que bebieron de su influencia (como mi querida Edith Wharton), que me resulta alguien familiar, como si lo conociera de toda la vida. Así que aprovecho la aparición de este libro para acercaros su figura, su obra, a los que, quizá todavía no habéis tenido ocasión de leerlo.

Os diré, en primer lugar, que Henry James nació en Nueva York, en el año 1843 y que murió en Londres, en 1916. Fue hermano del filósofo William James (y no es esta circunstancia algo anecdótico en su vida) e hijo de Henry James, importante pensador estadounidense. Vivió en Nueva York hasta los doce años y, a partir de ahí, viajó por Europa y Estados Unidos durante gran parte de su juventud, creándose en su conciencia una especie de desarraigo que le hizo siempre buscar un lugar donde construir su hogar. En el año 1875 se estableció en Inglaterra y un año antes de morir obtuvo la nacionalidad inglesa. Así que los ingleses consideran a Henry James uno de los suyos y lo mismo hacen los norteamericanos. Sus primeros escritos, cuentos y artículos, los empezó a publicar con veinte años. Además de narrador (en su obra se cuentan veinte novelas y más de cien relatos) James fue crítico literario y en este campo tuvo notables aciertos. Podemos decir que estamos ante un clásico contemporáneo indiscutible de la literatura universal.

Lo que hace Com Tóibín en este libro es ver Nueva York con los ojos de Henry James. Y lo logra a través de una selección de relatos en los que la ciudad es parte integrante de la vida de los personajes que en ellos aparecen. Algunos de esos relatos habían sido ya publicados en castellano, como el archifamoso "Washington Square", en el que se basa la película del mismo nombre, remake de otra anterior, clásica, llamada "La heredera" y protagonizada por Montgomery Clift y Olivia De Havilland. Otros relatos nunca habían podido leerse en nuestro idioma y son una verdadera novedad. En el fondo de sus palabras late siempre un misterio, algo que no podemos descifrar, no un enigma, sino una interrogación porque, a pesar de que contó y habló de muchas cosas, sobre su vida y su pensamiento hay un velo que no deja llegar hasta el final.

Henry James no fue solamente un narrador de extraordinaria altura, sino un maestro de narradores, un maestro con múltiples discípulos, muchos de los cuales alcanzaron la perfección y llegaron a ser, a su vez, auténticos modelos, escritores de éxito, autores de una obra espléndida. Cerca de su vida pasan personajes de todo tipo, interesantes, curiosos, plenos, como la autora de "El jardín", cuya preciosa edición de Periférica, tengo entre las manos, con las ilustraciones que ha hecho Ximena Maier. Pues bien, Constance Fenimore Woolson, que es el nombre de la autora a la que cito, nacida en Claremont, USA, en 1840, fue muy amiga de James, a quien conoció en 1880. De ella dijo nuestro autor: "Constance Fenimore Woolson tiene la sagacidad narrativa de los grandes autores, y sabe dibujar las relaciones entre sus personajes como muy pocos escritores".

El camino literario que conducirá a Henry James es largo y en él se encuentra, no podemos olvidarlo, Jane Austen, la maravillosa escritora, nacida en Steventon, Hampshire, en el sur de Inglaterra, el año de 1775. Autora de "Emma", "Persuasión", "Mansfield Park", "La abadía de Northanger", "Sentido y sensibilidad" o, mi libro de cabecera, mil veces leído "Orgullo y prejuicio", Jane Austen no solamente abre el camino de James, sino también de Proust, como ha señalado acertadamente el crítico literario y traductor de su obra Carlos Pujol.

Henry James tiene un lenguaje exacto, preciso, pero no por ello menos interesante o asombroso. A veces se logra escudriñar en el conjunto de sus palabras algo de su propia vivencia interior, de su desarraigo al ir de un lado para otro durante toda su juventud y también de su apego a ciertas cosas y personas. En el libro que comentamos, los relatos nos muestran la Nueva York que él amaba y que desapareció de su vida, no solamente porque la familia cambió de residencia, sino porque los cambios de lo que se podría denominar con lenguaje de entonces "la vida moderna" hicieron que la urbe se transformara de una forma definitiva. Esa misma transformación, esa misma pérdida de los valores tradicionales de las familias antiguas de la ciudad, la expresaría, magistralmente, Edith Wharton en "La edad de la inocencia".

Quiénes, alguna vez, hemos dejado atrás la casa de nuestra infancia, la tierra que nos vio nacer, los paisajes que llenamos una vez con nuestros juegos de niños, los rincones del amor en la juventud, entendemos muy bien la sensación de pérdida que acompañó a Henry James durante toda su vida. Por eso, quizá, escribió estos relatos sin volver la mirada atrás y sin olvidar ni un rostro, ni un acento, ni un lugar, de los que le acompañaron durante sus primeros años.

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