domingo, 26 de noviembre de 2017

La mujer callada


(Leonor Fini. Autorretrato con sombrero rojo. 1968)

No creas que ha sido fácil. Se ha precisado un largo entrenamiento, una aceptación total y un vuelco a la emoción que se lanzaba sola. Antes, cuando todavía el viento oscuro del silencio no había llegado, ella se movía como pez en el agua en las palabras. Asentía, comentaba, contaba, rezaba, cantaba, decía. Los verbos se mezclaban con los ambiciosos adjetivos, de dos en dos, de tres en tres. Los nombres tenían la mayor de las disposiciones para convertir en sueños los deseos y los deseos en realidades. Luego estaban las preposiciones, las conjunciones y las pequeñas partículas de antes y de después, bien ajustadas, compuestas, libres, pero engarzadas en una joya sin precio, en una frase. De esa forma el pensamiento no tenía fronteras, el corazón se ensanchaba cuando iba a pronunciar un pequeño discurso y la boca se movía al compás querido de la brisa. Todo era vivir y así se compartía lo que los hombres tienen más a mano: su ser hecho sentido y depósito de esperanza. 

No creas que ha sido fácil. Cuando la mortecina espada claqueteó demasiadas veces sobre ella, la espalda se encorvó en grado sumo y la voz se convirtió en un ahogado susurro del que nadie supo su procedencia. Las palabras se escondieron en el desván de un pasado sin retorno y los sentimientos tejieron su final sin que ninguno tuviera la suficiente osadía como para quejarse. Eso de las quejas no hace juego con el orgulloso silencio que ha de ostentar alguien que está segura de que, al otro lado del sonido, no queda nadie.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Sábado


(León de Smet. Impresionismo belga)

Silenciosa la casa, un hilo de sol atraviesa el balcón y te recibe. El café bien caliente, la tostada, un reguero de aceite, un pan que cruje. Olores de cocina en día de fiesta. La radio desgranando titulares. El periódico encima de la mesa. Los ritos del encuentro con quien anoche fuiste, con la idea que dejaste en la mesilla. Se terminó la tregua. Y entre listas de cosas por hacer, emerge, cómo no, esa luz que cultivas y que escondes, para que no se apague mientras puedas.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Tránsito" de Rachel Cusk


La escritora que protagoniza "A contraluz" la anterior novela de Rachel Cusk, es también el personaje principal de este "Tránsito". En los momentos que recoge el libro, el matrimonio se ha derrumbado y se va a vivir a Londres con sus dos hijos. Hay veces en la vida en la que hay que juntar los trozos desparramados y buscara alguna argamasa que lo una. La ciudad de Londres, los apuros para encontrar un lugar adecuado para vivir, los antiguos amantes que se encuentra, la cotidianeidad en su vertiente más prosaica, todo eso es el caldo de cultivo en el que tendría que renacer la esperanza, si la hubiera. 

Rachel Cusk ha escrito ya una docena de libros, entre novelas y libros de memorias, estos últimos sobre la maternidad y la separación matrimonial. La editorial Libros del Asteroide ha publicado estas dos que mencionamos y también sacará a la luz la tercera parte de esta trilogía, Kudos, en 2018. Escrita en primera persona, con escasos diálogos, Tránsito tiene tanto de ejercicio de introspección como de acercamiento a una realidad que puede parecer prosaica pero que, al fin y al cabo, es todo lo que tenemos. 

En el fondo de su obra está el oficio de escribir. La escritura como resultado y también como algo inevitable, algo a lo que te conduce une extraño destino que no puedes eludir aunque lo intentes. El tiempo de vacío, el silencio, no es sino una preparación para la llegada feliz de la palabra. La narración se desenvuelve así con la exactitud de un entomólogo que analiza lo que ve y lo reflexiona al mismo tiempo. Los personajes son tan seres humanos que podríamos reconocerlos si los encontramos en algún lugar. Por eso la novela, esta y la anterior te conducen a tu propio pensamiento y lejos de contestar preguntas, abren nuevas interrogaciones que, siendo tan propias de lo humano, terminan inesperadamente. 

Una mujer inteligente lanza una mirada perspicaz, lo escribe de forma personal y, al tiempo, lejana, para lograr así el efecto deseado: este Tránsito no nos resulta nada ajeno. 

Tránsito. Rachel Cusk. Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide. 2017. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

"Asesinato en el Orient Express" de Agatha Christie


Los agathistas sabemos que Asesinato en el Orient Express no es la mejor de sus novelas ni tampoco la que muestra mejor el estilo de la escritora. Sin embargo, las versiones cinematográficas se suceden y algunas de ellas gastan dólares por todo lo alto. Como la última, la que ha dirigido en este año de 2017 Kenneth Branagh, genial actor y meritorio director, recitador de Shakespeare, exmarido de la grandísima Elinor Dashwood, perdón, Emma Thompson. 

Las críticas, en esta ocasión, han sido contradictorias. Y hay que decir, para ser exactos, que ninguna de las versiones de novelas de Agatha Christie ha sido capaz de trasladar mínimamente ni la intención elegante, ni el detalle minucioso pero no estereotipado, ni el sabor de los personajes que inventó la genial escritora. Con una honrosa excepción: la versión de Testigo de Cargo, un relato que Billy Wilder llevó a la pantalla en 1957, con guión de él mismo y un elenco de actores y actrices de primerísima fila: Tyrone Power,  Marlene Dietrich,  Charles Laughton,  Elsa Lanchester,  John Williams, Una O'Connor,  Henry Daniel,  Norma Varden,  Torin Thatcher,  Ian Wolfe, Francis Compton. 


Testigo de cargo es un drama judicial cuya trama esconde un juego de espejos, de apariencias, de errores que, a simple vista, no pueden apreciarse. El casting no podía ser más adecuado ni el enfoque de la película más lógico si se quería transmitir la esencia del texto. 

Por su parte, Asesinato en el Orient Express un juego de malabares, un thriller rocambolesco e itinerante, en el que el pasado está tan presente como si no hubiera transcurrido el tiempo. Una venganza colectiva, dando así lugar al primer crimen de Christie en el que los autores son varias personas. La claustrofobia de estar en un tren en medio de una nevada (por tanto, detenido y sin poder apurar los tiempos que todos habían previsto) añade tensión al libro y genera una particular atmósfera. Sin embargo, ninguna de sus versiones fílmicas ha logrado captarla y transmitirla. 

El problema está en que en las versiones cinematográficas o en las series de televisión, predominan el cartón piedra,  el amaneramiento y un detallismo que resulta absurdo. Los personajes se estilizan hasta convertirlos en autómatas y todo parece teatral. Incluso si fuera una obra de teatro resultaría estereotipada. No basta, por tanto, con respetar la letra si no se respeta el espíritu. 

La lectura del libro, cuando es la primera vez y aún no sabes quién es el asesino, te deja una sensación amarga, como si se escapara algo. La alusión a hechos del pasado es truculenta y tiene olor a periódico de sucesos. Sin embargo, el desfile de personajes es demasiado largo y quizá es lo que nos hace trastabillar, dudar de hasta qué punto estamos ante un crimen real o ante el simulacro de un crimen. 


Kenneth Branagh,  Penélope Cruz,  Willem Dafoe,  Judi Dench,  Johnny Depp, Michelle Pfeiffer,  Daisy Ridley,  Josh Gad,  Derek Jacobi,  Leslie Odom Jr., Lucy Boynton,  Sergei Polunin,  Tom Bateman,  Olivia Colman,  Miranda Raison, Chico Kenzari,  Manuel García-Rulfo intentan hacernos creíble la historia, este crimen itinerante en el que la aparente frialdad con la que se comete el asesinato oculta, en realidad, un laberinto de pasiones sin cerrar. 

Porque el crimen no es sino el telón que culmina otros crímenes, directos o indirectos, anteriores. Es esta sensación de justicia a largo plazo, o de venganza, lo que produce escalofríos y lo que debería transmitirse a los espectadores para ser justos con el argumento del libro. La gran duda es, siempre que se lleva a la pantalla un libro de Christie, si Poirot estará o no acertado. Y eso es algo de vital importancia. 



domingo, 12 de noviembre de 2017

No te vayas


Espérate un momento, un instante solo. El tiempo que tarde en desvanecerse la tarde en ese rayo de sol que cruza la plaza sin permiso. El pequeño espacio de tiempo que necesito para hacerme a la idea de que te vas. Para entender que pasarán los días, las horas y las noches, y no te veré cerca, ni lejos, ni tan hondo. El hueco de las manos que se quedan vacías, espérate. El sonido del reloj de la iglesia que se cruza de lado sin que pueda entenderla, espérate. Espérate que acomode mi paso a la nostalgia. Espérate que deje de temblar por no verte. Espérate a que entienda por qué tanta distancia, tantos días, tantos adioses, tanta ausencia de besos. No quiero que te vayas y me dejes. Y no lo sé decir de otra manera. Solamente palabras, ahora que te has marchado. Ahora que ya no queda primavera. Porque yo quiero merendarte al sol. Pero soy cobarde y mi voz ha cedido el paso a una pequeña lágrima sin sabor ni dueño. 

sábado, 11 de noviembre de 2017

"Jane Austen en la intimidad" de Lucy Worsley

En 1814, cuando contaba con 39 años, Jane Austen viajó sola en diligencia desde Chawton Cottage, en el condado de Hampshire, hasta Londres, donde tenía que negociar la publicación de una de sus novelas. Allí, en este y en otros viajes parecidos, pudo hacer algunas de las cosas que más le gustaban: asistir al teatro (adoraba a Sarah Siddons), ir de compras (las medias de seda eran sus favoritas), cambiarse el peinado o contemplar y hacer suya la última moda en mangas, la manga larga que sustituyó a la manga de farol de su juventud.

A la muerte de Jane Austen y con el aumento de lectores de sus novelas y su posterior rehabilitación ante el mundo literario, su familia intentó ocultar muchas facetas de su personalidad y detalles de su vida. La biografía que escribe su sobrino James Edward incide en esta línea de ocultamiento que había comenzado su hermana Cassandra, mayor que Jane tres años, que destruyó mucha correspondencia, desde luego toda aquella que demostraba a las claras el carácter mordaz e irónico de la escritora.

Todo esto le ha hecho un flaco favor a la investigación sobre su vida y obra. Pero, sin embargo, no cesan de aparecer estudios que, buscando en fuentes muy diversas, sacando conclusiones de la bibliografía existente o con investigaciones nuevas, arrojan alguna luz a la vida de Austen. Este es el caso de Jane Austen en la intimidad, el libro de Lucy Worsley.

Si alguien espera encontrarse noticias banales y frívolas de bailes y cotilleos, o solamente eso, se equivoca. El retrato que se traza de la sociedad georgiana es espléndido. Es un tiempo histórico delirante que sumergió al Reino Unido en una guerra continua durante años. Es más, la vida de Jane Austen está presidida por el estado de guerra. Apenas unos años se vio libre de ella. Y ese trasfondo histórico, por más que solo aparezca matizado en sus libros, lo vivió muy de cerca a través de sus hermanos y parientes.

Además de la historia, está el aspecto social. La vida de las mujeres de su clase, clase media rural, pseudogentry, como la define Worsley acertadamente, tenía como ejes la familia y el matrimonio y como castigo la dependencia de los elementos masculinos. Toda su vida esta diseñada para casarse o para depender, primero de su padre, luego de sus hermanos varones. Y así fue con la excepción de ese dinero de bolsillo, ingresos propios, que sus libros le darían al final de su vida y en muy escasa cuantía. Por eso ella se desquitó y su última novela escrita, que no publicada, fue la inteligente Emma, rica, guapa y sin depender de nadie. Es ese su ideal de mujer llegado el momento. Y el señor Knightley el hombre de todas las prendas.

El libro quita importancia a algunas afirmaciones familiares en torno a la escritora, hechas con la intención de que no se conocieran ciertos rasgos de su carácter, menos dulces, amables y apacibles de lo que se consideraba normal en una mujer de su época. Esto resulta muy interesante. Aunque era algo que podíamos intuir. Y saca a la luz, de manera indiscutible, otras, como sus sucesivos pretendientes, los hombres que la amaron y a los que amó ella mucho menos. Cinco o seis nombres que nos hacen pensar si la soltería de Jane Austen no fue, simplemente, una opción. O si puso en la balanza su independencia (a pesar de todo), y la vida de familia en la que la mujer criaba hijos y complacía sin más a su marido. 


viernes, 10 de noviembre de 2017

"La librería" de Isabel Coixet y Penelope Fitzgerald. Pasión por los libros


Florence Green y yo tenemos dos cosas en común: la viudedad y la pasión por los libros. Lo primero es solo una circunstancia. En realidad, ser viuda es no ser nada. Somos esposas que han perdido a sus maridos, como dice Pilar del Río, cuando habla de José Saramago. Lo de los libros, mejor, lo de la lectura, es un vicio que se inocula cuando eres muy pequeña y que no te suelta nunca. Sin embargo, entonces no te das cuenta de lo que eso significa. Solo entiendes que los libros están en todos los momentos de tu vida y no se van, ni se esconden, ni mienten. Son leales, firmes, seguros, llenos de emoción y libres. 



Isabel Coixet, también amante de los libros, quedó prendada, como yo misma, con La librería que escribió la gran, grandísima y poco conocida en España, Penelope Fitzgerald (1916-2000). El libro cuenta, igual que la película, la historia de Florence Green, que pierde a su marido en la guerra y se muda a un pequeño pueblo de la costa inglesa con la intención de montar una librería. En Old House, un inmueble viejo, húmedo y abandonado, Florence quiere hacer el milagro del encuentro entre amantes de la literatura. Y casi lo consigue. Su ayudante en ese empeño es la pequeña Christina, la niña mediana de una familia de muchos hijos que, a cambio de doce chelines y medio a la semana, se ocupa de limpiar el polvo de las estanterías, colocar las postales y ordenar los libros. 

El pueblo hace honor a ese aserto que afirma que en los pueblos se concentra la mayor maldad, mucho más que en una gran ciudad. La gente del pueblo está atenta a los chismes, cosa inofensiva, pero entre ellos hay mala gente. El retrato de los malos está peor conseguido en la película que el de los buenos. Quizá porque son estereotipados y la falta de emociones positivas hace que los rechacemos. Pasemos por alto, entonces, a los malos, al diletante Milo, tan traidor, a quien su novia Kattie llega a abandonar, suponemos que porque está harto de un hombre del que "no se sabe si guarda una gran vida interior o absolutamente nada". 


Sin embargo, en medio de esa suciedad que decide impedir que la librería prospere, que los libros existan en el pueblo, que la gente lea y que se venda "Lolita" de Nabokov, el escándalo del momento, hay dos seres puros y nobles. Bill Nighy interpreta a uno de ellos. El hombre elegante, callado, solitario, cuya química con Florence se ve interrumpida dramáticamente. Y Christina, la niña, a la que ya he mencionado y que cerrará el círculo, pues ella es la narradora de la historia. 

Esta película habla del amor a los libros. De cómo ellos te compensan, te salvan y te llevan en volandas a un lugar que nadie más conoce, salvo otros seres como tú, que entienden tu lenguaje y comprenden tus lágrimas. 


jueves, 9 de noviembre de 2017

Dulce encuentro


(Andrew Wyeth. Christina's World)

Si otoño o primavera no lo recuerdo ahora. Sé que era tiempo de llevar sandalias y un vestido azul claro con escote de pico y sé que era una hora temprana de la tarde, la hora de los susurros, crepúsculo indeciso. La casa de mi amiga era el sitio perfecto, el refugio ideal para ese encuentro ansiado. Sonó el timbre de la puerta y dudé en un segundo. Sólo una ráfaga que aparté de inmediato. Allí estaban sus ojos. En el umbral, su boca. Vaqueros desgastados y camisa de manga larga con los puños doblados hacia fuera. Era extremadamente varonil y olía de una forma especial. Su olor se asentaba en mí y no me abandonaba.

Los besos cruzaron el vestíbulo, las manos en las manos. Allí estaban mis labios entreabiertos y mis ojos abiertos totalmente y estaba él y estaba su sonrisa, enigmática, dulce, extraña sonrisa de quien lo guarda todo en su interior. Era terriblemente guapo y yo era su princesa.

Las sábanas revueltas y el sudor de las manos se mezclaron con risas que no tenían motivo. Esas risas absurdas que surgen del placer, de la dicha total, del cuerpo pleno. Era el amor entero el que se aposentaba en aquel cuarto abierto a una plaza con árboles. Era el amor entero, escrito sin palabras. El amor, en lo hondo, en todos los sentidos. El que se abre a la vida, el que no necesita sino amor para amarse. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El abrazo más dulce


(Fritz Zuber-Buhler. Young girl holding a doll)

La niña era muy pequeña pero la escena quedó grabada en su memoria, como si fuera una película en la que ella tuviera el papel protagonista.

El sol del mediodía caía a fuego en verano. En el patio de la casa, los arriates pedían agua y las flores esperaban ansiosas que la noche aliviara esa sensación de ahogo en la hora de la siesta.Todo estaba en calma. La niña está sentada en el suelo, con un libro de dibujos delante de ella, las piernas desnudas, los pies descalzos, los ojos abiertos.

De repente, oye el claxon de un coche. No es un sonido cualquiera, sino el sonido que anuncia la dicha, el goce mayor de todos los días. Él ha vuelto.

El portón de la calle se abre con su rugido característico. La claridad recorta una silueta. Es un hombre de mediana estatura, bien vestido, con bigote y unos ojos tan tiernos...

Al ver a la niña ha sonreído hasta el fondo: "¿De quién es esta niña tan bonita…?" ha dicho en voz muy alta con su precioso acento.

Y la niña, corriendo, volando casi, ha llegado a sus brazos, se ha elevado a lo alto, contestando entre risas su frase favorita: "De su padre".

De su padre…