domingo, 30 de abril de 2017

"La señora Jenny Treibel" de Theodor Fontane


Leí hace algún tiempo la que se considera obra maestra de Theodor Fontane (1819-1898): Effi Briest. De ella hizo una versión cinematográfica muy notable R. W Fassbinder en 1974. Theodor Fontane, maestro del realismo literario alemán, plasmó en ese libro las contradicciones de la sociedad moderna con respecto a las mujeres.

Las tensiones que la sociedad industrial generaron en las clases medias y la manera en que las mujeres se incrustan en ellas como si fueran apéndices y no tuvieran otra cosa que hacer que agradar es una temática recurrente en este escritor. En Effi Briest un matrimonio de conveniencia dará al traste con las posibilidades de felicidad de la protagonista. Las rígidas costumbres de la sociedad prusiana traerán, además, la desgracia a la protagonista y a su engañado marido. En este libro de ahora, La señora Jenny Treibel, vuelve a tratarse el tema de la elección entre lo que debe hacerse y lo que se desea hacer.


(Afiche de la versión para el cine de Effi Briest, por Fassbinder)

Fontane era un buen conocedor del mundo. Fue, antes de escritor de novelas, corresponsal de guerra, autor de libros de viajes, poeta, periodista y crítico teatral. Su primera novela, Antes de la tormenta, la publicó con sesenta años, cuando ya tenía una amplia experiencia de la vida y había observado los cambios sustanciales que el siglo XIX había traído a las familias y a la convivencia en general.Su visión de la naturaleza humana era muy aguda, llena de mirillas a través de las cuales oteaba no solo el exterior sino el interior de sus personajes, especialmente de las mujeres, mucho más emotivas, divertidas, dubitativas y entretenidas que los personajes masculinos que retrata.

En algunas otras novelas vuelve a tratar esa dualidad entre deber y deseo, como en La adúltera, de 1882, basada en un hecho real que terminó trágicamente; Cécile, de 1886, en la que vuelve a tratar el tema del adulterio; Errores y extravíos, de 1888; La elección del capitán von Schach, de 1883; Stine, de 1890; Irreparable, de 1891 y la póstuma Stechlin, de 1897. Su estilo literario es irónico, y a veces, también implacable. En realidad su mirada es tan crítica que nos cuesta discernir aquello que él mismo piensa. Se esconde, podíamos decir, tras sus propios personajes.


(Fotograma de la versión cinematográfica de Effi Briest)

La protagonista de La señora Jenny Treibel no es Jenny Treibel sino Corinna Schmidt. Corinna es hija de un profesor de instituto muy amante de la poesía, de temperamento estrafalario y que siempre estuvo enamorado de, ella sí, Jenny Treibel. Sin embargo, a la hora de elegir marido, Jenny Treibel prefirió casarse con alguien que le iba a proporcionar una vida más regalada y mayores posibilidades de ascenso social. Por eso se casó con un industrial acaudalado aunque sigue frecuentando al profesor y a su familia.

En el libro, Corinna se enfrenta a un dilema, el mismo dilema que viven muchos de los personajes femeninos de Fontane: casarse con un hombre que le gusta aunque es de posición inferior, como Marcell Wedderkopp, su primo; o hacerlo con un futuro hombre rico, como Leopold, el hijo menor de Jenny Treibel. El hijo mayor, Otto, ya está casado con Helene, y en el libro se establece un curioso pugilato entre la nuera y la suegra, algo que el fino sentido del humor de este escritor define muy acertadamente. Un pugilato que tendrá consecuencias en toda la trama, advierto. La historia se repite, podríamos decir. Y con ello emplazamos a Jenny Treibel a posicionarse después de muchos años de matrimonio con un hombre sensato, próspero y no con un extravagante poeta con personalidad propia. ¿Volvería a hacer lo mismo si estuviera en el lugar de Corinna? Una conversación que ambas mantienen al principio del libro nos hace reflexionar sobre ello y nos crea serias dudas.

Sin embargo, la decisión de Jenny Treibel al respecto de con quien ha de casarse su amado hijo no estará condicionada por los sentimientos. Contra lo que pueda parecer, Fontane describe a una mujer práctica, una mujer que, en su día, ya optó por la seguridad económica y el prestigio social, algo que sabe muy bien su amor desdeñado, el padre de Corinna.

Y es este, precisamente, el que asegura al desesperado Marcell que la señora Jenny Treibel jamás aprobará el matrimonio de su hija con una muchacha sin posibles. "Es una persona peligrosa, tanto más cuanto que no lo sabe bien ella misma y se cree de verdad que es puro sentimiento y, sobre todo, que ama "lo sublime". Pero lo único que ella ama es lo que tiene peso, lo que inclina la balanza y devenga intereses, y por mucho menos de medio millón no suelta a Leopold, venga de donde venga ese medio millón". He aquí, por tanto, que el señor Schmitd, no se hace ilusiones acerca del carácter de la mujer que amó. Maravilloso síntoma de cordura, a pesar de que se le achacan al viejo profesor veleidades poéticas constantes. El final del libro, que no desvelaré, es delicioso y coherente. Y las descripciones de los actos sociales, las cenas, los carruajes, las casas....más propias de un libro escrito por una mujer que por un hombre. Pero ese es el encanto de Fontane, que lo escudriña todo.

La cuestión, por tanto, no está solo en elegir marido, sino en el peso que el dinero, el poder, la vida social, tiene en las elecciones personales. Y en el modo en que las vidas soportan un plus de hipocresía y de sometimiento a las normas, de manera que los que se quedan fuera no tienen sitio en la sociedad. Y los ascensores sociales ya existían y todo el mundo quería tener un lugar bajo el sol. La nueva nobleza de la madera y el carbón exigía un sitio y mantenerlo cuesta. Estas son las preocupaciones de Fontane y los temas principales de sus novelas.

La biografía de Theodor Fontane es un mosaico lleno de datos interesantes. Hijo de emigrantes franceses tuvo una educación muy irregular y nada humanística, algo que él echó siempre de menos. Fue ayudante de farmacia durante varios años y vivió en Inglaterra entre 1855 y 1859, llegando a dirigir allí un periódico. El periodismo es la forma en la que se acercó a la literatura y también la poesía, llegando a recopilar un buen número de Baladas en un volumen de 1861. En el año 1870 fue detenido como espía y preso durante unos meses hasta que intervino el propio Bismarck para que pudiera quedar en libertad.

La señora Jenny Treibel. Theodor Fontane. Traducción de Carmen Gauger. Contraseña Editorial. Primera edición noviembre 2012. 

martes, 25 de abril de 2017

En la ventana

Realmente, dice ella, esta es una despedida inútil. Sé que no leerá estas palabras. Está demasiado ocupado, su cabeza anda enfrascada en temas importantes. El amor es un sucedáneo del aburrimiento, así que no le prestará atención. Me despido, entonces, no de él, sino del amor que le tuve. Lo dice mientras agacha la cabeza, abate los ojos y sonríe tristemente. Esa es una tristeza sobrevenida, pienso. Ella ha perdido la alegría. Se ha quedado secuestrada en cualquier encuentro baldío. En una conversación venida a más por la rabia y la indiferencia.

Realmente, dice ella, no debería decir nada, puesto que el silencio ha sido mi santo y seña todo el tiempo. Cómo terminar lo que no ha empezado, continúa. Si entonces, cuando mi corazón saltaba al presentirlo, mis palabras nunca confirmaron su latido, qué sentido tendría ahora, cuando ya sé que la inutilidad golpea mis pasos y al final de ellos no hay ningún atisbo de su presencia. Ella mira a lo lejos, entreabre los ojos y guarda en ellos sus miles de secretos. Nada ha sido dicho tampoco ahora, pienso. Ella permanece callada.

Realmente, dice ella, no entiendo cómo he llegado hasta aquí. De qué manera la emoción me contagió al mirarlo. Cómo guardé dentro de mí lo que era, sin que me perteneciera nunca. A lo lejos, en cualquier parte, un hilo de su vida parecía revolotear en torno mío. Y por eso creí que las cosas eran posibles y los deseos podrían cumplirse. Pero me equivoqué. Esa certeza la ha asustado, corroboro. Por eso no quiere confrontar lo que piensa, lo que sabe o vive. Y prefiere cerrar los ojos y las manos, manos cerradas que no esperan nada, ni ternura, ni vida. Nada ardiente, clamoroso vacío. 

(Pintura: En la ventana, Camille Monet)

lunes, 24 de abril de 2017

"El viaje de Octavio" de Miguel Bonnefoy


Esta es la primera novela de un joven escritor de padre chileno, madre venezolana y nacido en París. Un cruce de caminos que le ha venido muy bien para documentar y argumentar el texto. Miguel Bonnefoy nació en París, en 1986 y estudió Literatura en la Sorbona. Los datos de venta del libro atestiguan que está obteniendo rápidamente el favor del público y también los premios que ya ha recibido: el Premio Edmée de la Rochefoucauld para escritores noveles, el Premio Fénéon y el Premio de la Vocation que, antes de él, obtuvieron también autores tan reconocidos ahora como Joël Dicker y Amélie Nothomb, de quienes hemos recogido reseñas en este blog. 

El libro ha sido escrito en francés, aunque se trata de un escritor bilingüe en francés y castellano. La editorial Armaenia en su sección Narrativa ha encargado la traducción a Amelia Hernández Muiño. 


El protagonista del libro es Octavio, un hombre alto, fuerte y habilidoso que vive en la barriada de San Pablo del Limón. Como tantos otros de su comunidad, Octavio no sabía leer ni escribir. Este era un secreto que él guardaba cuidadosamente. Firmaba con una X y vivía trabajando de todo. Su prudencia y quizá ese complejo de inferioridad nunca confesado, lo hacían intentar pasar desapercibido. Su fuerza física, su vitalidad y su arrogancia no eran provocadoras. Estaba estigmatizado por su analfabetismo. Un día conoce en una farmacia a una mujer muy especial que a él le pareció sabia. La mujer se llamaba Venezuela y "había en ella tanto ímpetu como soledad". Es actriz, sabe declamar, conoce las palabras y sus significados. Entre ambos se produce un intercambio: ella le enseña las palabras y él la besa. 

La barriada de San Pablo del Limón, con su vieja iglesia como centro de la vida, es el lugar donde se reunían hombres y mujeres que llevaban a cabo negocios raros. Extraños personajes que vivían del robo y desvalijaban casas "como se escribe un poema". Ellos eran el Negro, Guerra, Carita Feliz, El Topo, El Chino. Precisamente robando en casa del ebanista descubrieron estos trapisondistas la estatua del Nazareno de San Pablo, "en hábito bordado de oro, con su corona de espinas". La imagen estaba desaparecida desde hacía mucho tiempo. El asombro de todos iba paralelo al de Octavio cuando recibía en casa de Venezuela las enseñanzas que esta le proporcionaba y en las que iba encontrando cada vez más placer. Aprender los rudimentos de la lectura y la escritura fue para Octavio una aventura conducida por el amor y que desembocaba en las palabras. Así, dejó de cortarse la palma de la mano y de usar vendajes que justificaban el hecho de no escribir. Cruzó el reino de la oscuridad para adentrase en el reino del pensamiento. Por la mañana, limpiaba en la iglesia, y por la tarde, aprendía en casa de Venezuela

Fue precisamente un robo con mala suerte el que se planeó y se llevó a cabo en esa casa, con la participación de Octavio cubierto con capucha, cuando él nunca solía participar en estos actos. La mala suerte, además, hizo que Venezuela estuviera en su casa y que todo se descubriera. Así se produce la marcha del barrio de Octavio que empieza a partir de ahí una vida de peregrinaje, llena de avatares, trabajos diversos y duros, hambre, locura, chapuzas, mendicidad. Las personas que conocí en ese itinerario llevaban todas a cuestas historias raras, y presentaban la imagen de niños inocentes o de viejos corruptos. El cansancio lo perseguía mientras cruzaba paisajes, pueblos, capos, aguas, especies vegetales y animales, ríos, mares, torrentes. De viajero pasó, en un momento, a ser ermitaño. 

La penitencia que se impuso a sí mismo, la forma de salvarse, fue convertirse en un hombre para todo, en un decidido peregrino que iba de casa en casa ayudando a los demás a cambio de lo mínimo. De esa guisa regresó a su pueblo, regresó a su casa y descubrió que las cosas dejan de ser lo que recordamos y se convierten en una suerte de imagen mágica que ni siquiera nosotros, los protagonistas, podemos conocer. 

El lenguaje de Bonnefoy está lleno de modismos, expresiones, vocabulario, propios de las tierras de sus padres, de los paisajes de su infancia, de su propia herencia literaria y cultural. Así ofrece una fábula que tiene mucho de magia, mucho de parábola y mucho de iniciación y aprendizaje. Despojado de las cosas materiales, Octavio, como todos los hombres, solo tiene para sí lo esencial. Esto es, solo se tiene a sí mismo. 

Reseña del autor (a cargo de la editorial): 

Miguel Bonnefoy nació en París en 1986 de padre chileno y madre venezolana. Creció a caballo entre Francia (país de origen de su bisabuelo), Caracas y Portugal y estudió Literatura en La Sorbona. Completamente bilingüe, decidió escribir en francés.

Ha publicado varios libros de relatos: Quand on enferma le labyrinthe dans le Minotaure (Edizione del Giano, 2009) y Naufrages (Quespire, 2011), nominada para el Premio L’Inaperçu 2012. Fue galardonado con el Premio al Joven Escritor de Lengua Francesa en 2013. El viaje de Octavio, su primera novela, ha vendido más de 25,000 ejemplares en Francia y le ha valido el Premio Edmée de la Rochefoucauld para debutantes (Mathias Énard, último Premio Goncourt, también lo obtuvo en su día), el Premio Fénéon y el Premio de la Vocation, que reconoce a los nuevos talentos (como previamente hizo con Amélie Nothomb y Joël Dicker). El libro también fue seleccionado para el Prix des Cinq Continents  y el Premio Goncourt a la primera novela.


Datos del libro: 

Colección Narrativa. Libro nº 7
1ª. edición: Abril 2017
Edición original: Le voyage d’Octavio, Éditions Payot & Rivages, París, 2015.
Traducción: Amelia Hernández Muiño, 2015.
ISBN: 978-84-944909-9-6
Dimensiones: 14×21 cm. 122 págs.
P.V.P.: 15,90 € (IVA incluido).

domingo, 23 de abril de 2017

"Manchester frente al mar" de Kenneth Lonergan


(Lee Chandler ha de soportar la pérdida de las personas queridas y seguir viviendo sin tener claro qué objetivos van a llevarle a ello, automáticamente, sin esperanzas)

Dos emociones poderosas y arrasadoras aparecen en el fondo y en la superficie de esta película. La culpa y la pérdida. Ambas enlazadas. Quizá siempre estén enlazadas en la vida real. Nos sentimos culpables de aquello que perdemos. La pérdida en sí siempre genera culpa. Cassey Affleck (Lee Chandler), el protagonista, es un hombre desarraigado, inconcluso, imperfecto, lleno de dudas y de vacilaciones que son fatales. Un olvido puede desencadenar una tragedia. Y su vida, que podía parecer adecuada, con tres hijos y una esposa, un padre y un hermano que lo quieren, no acaba de cuadrar. Es de esas personas que no se hallan a sí mismas. Y si uno no se encuentra a sí mismo, la desolación terminará por echarte de todos lados. Su hermano Joe, en cambio, es un hombre cabal. Acepta la enfermedad y cubre los pecados de su mujer para que su hijo no sufra. Hace de padre de todos y él mismo se llena de dignidad cuando tiene que enfrentarse a la escena final de su propia vida. Randi (Michelle Williams), es la mujer de Lee y en su encuentro de la última parte de la película con su ex-marido volcará toda la tristeza de la pérdida y también todo el arrepentimiento porque, cuando llegó el momento, tomó un camino que ahora se le antoja equivocado. Pero hay carreteras que no son de ida y vuelta. 


(La relación entre los hermanos Chandler es de absoluta entrega, disponibilidad, cariño fraternal. La película es, en este sentido, un muestrario de emociones positivas)

Esta es, en realidad, una película llena de equivocaciones, de errores. Cosas que no deberían haber pasado. La chimenea no tendría que estar sin protector y tampoco hubiera debido incendiarse la casa. Los niños de no debían estar allí. Las cervezas faltan en el momento más inoportuno. La memoria falla. Los encuentros se tergiversan. Los hombres se pelean en el bar. La búsqueda del trabajo puede traer mala suerte si uno acoge a quien no debe. El amor se escapa y se esconde. Todo el tiempo tenemos la sensación de que nada debería haber ocurrido así, que el transcurso de los acontecimientos es erróneo, y que las personas hacen lo que no deben y alguien tendría que poner orden en todo esto. No sabemos si es el destino o la fatalidad. El caso es que ocurre. Y ese zarandeo no dejará ningún cabo suelto. 


(Patrick Chandler, el hijo de Joe y sobrino de Lee, con quien debe vivir a la temprana muerte de su padre, muestra toda la galería de contradicciones que los adolescentes suelen sentir y que, a veces, no tienen respuestas por sí mismas) 

Pero no lo entenderíamos todo si excluyéramos los sentimientos, el sentir del corazón en todas sus versiones. El amor fraternal, el amor de padres a hijos, el amor entre los amigos, el amor entre hombre y mujer. El amor juvenil con sus chispas. El amor al mar y a la vida en calma. El amor postrero, cuando todo es imposible. El amor reinventado, cuando hay que escribir una existencia con otra caligrafía. Es también el amor, no solo la pérdida y la culpa, el motivo, la música, la línea armónica de la película. Quizá porque el amor es causa y consecuencia y remedio y casi todo.

Una de las escenas finales representa la esperanza. Patrick, el hijo de Joe, el chico huérfano de padre y cuya madre se ha vuelto a casar con un hombre "muy cristiano", que no desea ver su vida trastornada por un adolescente en busca de razones, pasea por la ciudad en la que quiere quedarse, Manchester, la otra protagonista de la película, en hermosa bruma de mañana, y arrastra un palito por la verja del cementerio. El palito va sonando, con esa melodía inconfundible de los años jóvenes, clic, clac, clic, clac, cuando te sientes capaz de traspasar los problemas como si fueras un espíritu puro. Porque quizá lo eres. 


Manchester frente al mar, 2016. 135 minutos. Nacionalidad USA. Cine independiente. 
Dirección y guión de Kenneth Lonergan
Música de Lesley Barber
Fotografía de Jody Lee Lipes
Producida por Amazon Studios, K Period Media, B Story, CMP, Pearl Street Films

Reparto: Casey Affleck,  Michelle Williams,  Kyle Chandler,  Lucas Hedges,  Tate Donovan, Erica McDermott,  Matthew Broderick,  Gretchen Mol,  Kara Hayward,  Susan Pourfar, Christian J. Mallen,  Frankie Imbergamo,  Shawn Fitzgibbon,  Richard Donelly, Mark Burzenski,  Mary Mallen

Premios: 
2016: Premios Oscar: Mejor actor (Casey Affleck) y guión original
2016: Globos de Oro: Mejor actor drama (Affleck). 5 nominaciones inc. mejor película
2016: Premios BAFTA: Mejor guion original y actor (Affleck). 6 nominaciones
2016: Premios César: Nominada a Mejor película extranjera
2016: American Film Institute (AFI): Top 10 - Mejores películas del año
2016: Premios Independent Spirit: Mejor actor (Casey Affleck)
2016: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor guión, actor y actriz secundaria
2016: Críticos de Los Angeles: Nominada a mejor guión, actor y actriz sec.
2016: National Board of Review (NBR): 4 premios incl. mejor película y actor (Affleck)
2016: Premios Gotham: Mejor actor (Affleck). 4 nominaciones
2016: 3 Critics Choice Awards: Guión original, actor (Affleck) actor joven (Hedges)
2016: Sindicato de Productores (PGA): Nominada a Mejor película
2016: Sindicato de Directores (DGA): Nominada a mejor director/película
2016: Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión original
2016: Sindicato de Actores (SAG): 4 nominaciones inc. mejor reparto y actor (Affleck)
2016: British Independent Film Awards (BIFA): nom. mejor película intern. independiente
2016: Festival de Gijón: Mejor actor (Affleck) y Premio Especial del Jurado
2016: Satellite Awards: Mejor película (ex-aequo) y director. 7 nominaciones

Días de libro sin rosas

Camino a mi paso (leve, a veces; en otras ocasiones, rápido; incluso moviendo las caderas como las modelos) y recorro la Ronda de Triana y luego sigo por López de Gomara y bajo por República Argentina. Sé lo que busco y adónde voy. 
Todo el camino el móvil va lanzando el alegre traqueteo del whatsapp. Esta mañana, no demasiado temprano, he enviado a mis contactos lectores y a alguno en vías de serlo (lector, digo, no contacto) una solemne felicitación: Feliz Día del Libro. A

Así que ahora están saltando al aire las respuestas pero no las leo, siguen sonando en el móvil y lo hacen casi al compás de mis pasos. Me acompañan todo el recorrido. 
Llego a la librería y esa librería ya no es la que era. Ha cambiado de título y de dueño y ahora luce un nombre extraño, algo así como un gato en el palomar o una bicicleta que vuela, no recuerdo. 
Para llegar a ella tengo que pasar por una pizzería que me trae un recuerdo absurdo y ridículo. Nubes oscuras en un día de sol radiante. Bah, ninguna nube oscura pesa en el baúl de los sueños vividos. Son basura radiactiva, cuentos de brujas y de ogros. Bah. Sigamos. 
Ahora que lo pienso, debería felicitar a mi twitter-amigo Juan. Pero no con un libro, sino con una brutal melodía de Bruce Hornsby, que tendría que buscar en Internet o como fuera. Al fin y al cabo, para él Hornsby es lo mismo que para mí Jane Austen: un bálsamo contra el desasosiego. Pero eso será luego porque ahora me enfrento a la tarea, tan grata, de elegir un libro. 

Hoy hay una excusa. No eres una manirrota, que gasta compulsivamente, piensas, que compras libros uno tras otro porque tu bibliofilia te excede. No. Hoy hay motivo. 
El dependiente es un muchacho atento y servicial. Tiene una amplia sonrisa. Contra lo que suele suceder hay tres o cuatro personas en la caja, esperando para pagar. Es el Día del Libro. Domingo con una librería abierta. El paraíso. Pero no te necesito, pienso, mirando al dependiente con naturalidad. Sé lo que busco. Lo que no sé es si lo encontraré. Busco un libro que, en el día de hoy, me va a salir al encuentro.
Hay suerte. En una esquina, mezclado con otros libros que ya he leído, no en los expositores privilegiados donde están los más vendidos, allí, en esa esquina, está el libro. Es una editorial que no conozco y tiene un delicioso título y una portada elegante. 

Este es, pienso, no hay que buscar más. Ese momento me emociona. Me imagino sentada en mi casa, con el libro a punto de abrirse, con las palabras a punto de saltar. El muchacho dependiente hace un comentario amable. Y me cobra con alegría. Así deben ser los libreros, gente alegre, que transmita la felicidad de comprar y vender libros. 
Imagino entonces, en mi mejor fantasía de estos años, que una vez mis libros están en esos estantes. Y que entra alguien cansado de vivir, quizá con angustia, o alguien que ha descubierto una ilusión, o alguien bondadoso, o alguien lleno de dudas. Y encuentra mis libros y entonces los compra, los lee y mira mi nombre en la portada y la pequeña reseña de la página de atrás. Y observa las palabras y las cuida, como yo ahora con esta novelita de Fontane. No lo conozco.

Buenos días, señor Fontane. Feliz Día del Libro. Feliz libro, debería él contestarme. 

Catorce euros y una bolsa de plástico y luego volver a casa por otro camino, con el mismo paso ágil, pero quizá más contento, más lleno, porque ya no vuelvo sola. En realidad, no he estado sola en ningún momento esta mañana. Libre, eso sí. Pero sola, quizá. Libre, pero sola, pero libre.

viernes, 21 de abril de 2017

Un pájaro con las alas rotas



Miraba sin ver. La calle estaba desierta a esa hora de la tarde. Hacía calor. Le sudaban las manos. Pensó en que debería volver a casa. Llevaba mucho tiempo deambulando, dando vueltas en torno al mismo sitio, una extensión de parque abierto, en el que las flores nunca aparecerían. El suelo estaba surcado de miles de pisadas. Todo parecía acabado, muerto, en una especie de contemplación del duelo, en una alarma sonora de cristales. No existía ningún atisbo de esperanza en aquel paisaje y ella lo contemplaba como si lo hubiera visto antes, como si esa no fuera la primera vez. Toda la gente se había alejado de allí. Acabada la fiesta, no existía razón alguna para permanecer expectante en ese sitio, como si esperara un milagro, como si un acontecimiento estuviera aún por venir. Ella miraba a todos lados pero no veía nada. Su vista se fijaba en un espacio interior que no tenía motivos, ni explicaciones, ni susurros, ni música. Era una voz que le hablaba de que debía seguir andando, de que allí ya no tenía nada que hacer.


Cruzó la plaza lateral y allí encontró a unos niños. Eran cinco y estaban sudorosos, como si el ejercicio físico los dejara exhaustos. Se tiraron en el suelo, al borde de la acera, y empezaron a reírse acompasadamente, a modo de canción, a modo de latido interno que no pudiera detenerse. Ella los vio y quiso reír como ellos y busco las risas y entonces las risas se marcharon muy deprisa, como si tuvieran algo que hacer ineludible, un compromiso, una excursión, una puesta en escena en un teatro. Las risas se marcharon y no tenían intención de volver ni antes ni ahora.


En una de las ventanas asomaba la cabeza semiescondida de una mujer. Apenas se había peinado. Tenía los ojos enrojecidos y las manos en las mejillas. Se sujetaba la cara como si quisiera ocultarla, como si hubiera cometido un crimen. Esa mujer tampoco la veía, tampoco reparaba en ella y ella quiso también ser invisible, marcharse de allí en una suerte de constelación extraña, sin ruidos y sin recelos, solamente ella, sola y sin voz. Recordó entonces la escena. Había sucedido en los días anteriores. No sabía exactamente cuando. Las fechas le bailaban en la cabeza. Solo recordaba que había intentado marcharse, evitarla, pero los pies no seguían su impulso. Tenía las manos cansadas y no podía mover el cuerpo. Se apoyaba en una pared, así se vio en su imagen, en su recuerdo. Apoyada en la pared, deseando volar. Pero era un pájaro con las alas rotas. Las había desplegado demasiado tiempo, demasiado deprisa, demasiado alto. Y ese era el precio que tendría que pagar.

(Imágenes. Impresionismo americano. Pinturas de Frederick Childe Hassan. 1859-1935)

"Domingo" de Irène Némirovsky


Desde la lectura de esa novelita tan llena de claves autobiográficas, El baile, he ido leyendo toda la obra de esta autora, cuya vida estuvo marcada por el nazismo. Las circunstancias políticas, cuando son tan terribles como una guerra, impiden el crecimiento personal y la vida cotidiana. Todo esto queda reflejado en su existencia y en su obra. Además, la infancia de Irène fue complicada y las secuelas de su vida familiar también se entremezclan en sus argumentos y en sus personajes. 

El punto fuerte de su literatura es el retrato psicológico, el acercamiento "desde dentro" a los personajes. De esa forma el lector puede conocerlos íntimamente, ponerse en su lugar e, incluso, establecer una dialéctica con respecto a sus ideas y comportamientos. Esa riqueza de matices, esa exposición del alma y de las emociones, genera unas historias muy potentes, llenas de argumentos que bien podrían valernos para nuestras propias vidas. Némirovsky es una genial observadora, no solo de lo que acontece, sino de lo que se piensa, siente o imaginan, las personas que aparecen en sus novelas. 

La salida progresiva de sus textos, debida a la sucesiva revalorización de su obra a consecuencia del gran número de lectores que la siguen, nos depara sorpresas como esta, unos relatos que había publicado en forma de historias cortas y en distintas revistas del país que había elegido para vivir, Francia, entre 1934 y 1940. Ella era ya una prestigiosa autora cuando casi toda Europa se vio envuelta en la locura del nazismo y en la Segunda Guerra Mundial, aunque ese mérito no le sirviera para escaparse de los campos de exterminio ni de la muerte, por su condición de judía. El Gobierno colaboracionista de Vichy le denegó la nacionalidad francesa, aunque llevaba allí ya muchos años, incluso había estudiado Letras en la Sorbona. Fue deportada, junto con su marido, también judío. La publicación en 2004 de Suite Francesa, novela que su hija encontró manuscrita en una maleta olvidada, consiguió que su nombre saliera a la luz con espectacular fuerza y ha logrado que se convierta en una escritora de culto. 

La editorial Salamandra ha publicado ya un gran número de libros suyos, entre ellos el mencionado El baile y Suite Francesa, además de El ardor de la sangre, El caso Kurilov, David Golder (que fue su primera novela), Jezabel o El malentendido. 

Domingo contiene tres historias, las tres con un aire familiar y cotidiano que no logra ocultar el desasosiego que nos producen: en la primera, una hija y su madre reproducen la malsana relación que ella tuvo con la suya; en la segunda, un adolescente despierta a la vida a través de su imaginación, que intentará salvarlo de la destrucción de la guerra; en la tercera, unos hermanos y sus cónyuges tendrán que vérselas con el momento de la desaparición de su madre. Dramas humanos, historias cercanas, vida, en suma. 

Domingo. Irène Némirovsky. Traducción de José Antonio Soriano Marco. Ediciones Salamandra. Abril de 2017. 

jueves, 20 de abril de 2017

"Frantz" de François Ozon. Un dolor de ida y vuelta.


La publicidad de la película dice que es una "obra maestra" y no anda desencaminada. Es una película distinta. Con una historia potente y unas interpretaciones tan exactas que no admiten crítica. Es una película emotiva, pero no sentimentaloide. Una película basada en hechos reales de los que, sin embargo, no tenemos noticia cierta. Porque tuvieron que ser muchas historias las que se enhebraron al hilo de la Primera Guerra Mundial y de otras guerras. La guerra es muy cinematográfica y, en este caso, el año 1919, la postguerra que convierte en recelosos a los franceses y a los alemanes, es el momento cronológico en el que se encuentran personas que, en otras circunstancias, nunca se hubieran conocido. Anna, la prometida del soldado muerto Frantz. Adrien, el supuesto amigo francés que va al pequeño pueblo natal de Frantz para conocer a sus padres y visitar su tumba. Una tumba vacía en la que hay flores frescas pero en la que no hay cadáver. 

El destino de Anna era dedicar sus días a cuidar a sus suegros, con los que vive, y a cuidar la tumba de Frantz, a velar su recuerdo, limpiar el polvo de su violín, recordar su mirada, añorar lo que no pudo tener con él, releer sus cartas...Pero la llegada de Adrien, desafiando el ambiente anti-francés que se respira en el pueblo, hace que las cosas adquieran otro color. El secreto que guarda y que se descubre en el tramo final de la película no decidirá el desenlace pues, al relato, le quedan sorpresas hasta el final, hasta la última escena. No se trata, pues, de un argumento previsible, sino todo lo contrario. Es una novedad a cada paso. Anna es el hilo conductor. Su dolor refleja el de los padres de su prometido. Su luto, el de los padres de todos los caídos. Su relación con Adrien, su mutuo conocimiento, un símbolo de que pueden perdonarse los errores, aún los fatales. 

La música representa aquí lo mejor de los sentimientos. El violín que tocan Adrien y Frantz, el piano de Anna, también la voz de Fanny, que aparece en las últimas escenas, de forma sorprendente, tanto en su persona como en su papel. La dureza de la madre de Adrien contrasta con la liviana serenidad de la madre de Frantz. Cara y cruz de una moneda. Muertos que se cruzan de un bando a otro. Sentimientos que tienen razón de ser en el contexto y que, fuera de él, no se comprenden. El giro final, la decisión de Anna, podíamos decir, es una llamada a la vida. Todo lo contrario de una renuncia. No quiere ser una más de las mujeres vestidas de negro que visitan tumbas. Antes de eso, mejor admirar un cuadro en el museo del Louvre. 

Ficha técnica:

Frantz es una película francesa estrenada en el año 2016. Dirigida por François Ozon, tiene un guión a cargo del propio Ozon, Philippe Piazzo y Ernst Lubitsch (film original), ya que se trata de un remake. La música es de Philippe Rombi, la fotografía de Pascal Marti. 

Reparto
Paula Beer,  Pierre Niney,  Johann von Bülow,  Marie Gruber,  Ernst Stötzner, Cyrielle Clair,  Alice de Lencquesaing,  Anton von Lucke.



martes, 18 de abril de 2017

Elizabeth Bennet: la emoción inteligente

Greer Garson, Curigwen Lewis, Madge Evans, Elizabeth Garvie, Jennifer Ehle, Keira Knightley, Ashley Clements, Lily James. ¿Qué tienen en común todas estas actrices? Que alguna vez hicieron de Elizabeth Bennet en el cine o en la televisión. Las tres más interesantes, desde luego, Greer Garson, que protagonizó una versión sobre Orgullo y Prejuicio en 1940; Jennifer Ehle, que hizo lo propio con la serie de la BBC de 1995 y Keira Knightley, protagonista de la película de 2005. Para mí, la más ajustada de todas ellas, teniendo en cuenta lo que el libro cuenta y lo que calla, es Jennifer Ehle y esa versión, la mejor.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar sino de ella, la verdadera, la que creó Austen en su libro: Elizabeth Bennet, tal cual. Una mujer, una muchacha, de la que, por cierto, no hay descripción física en el libro. Simplemente sabemos como era por la percepción de los otros. Figura agraciada, mirada inteligente, ojos brillantes, sonrisa agradable. Bonitos dientes, según afirma su "enemiga" Caroline Bingley, la mujer que intenta competir con ella por la atención de Darcy


(Un dibujo sobre el libro adjudica el rostro de Jennifer Ehle a Elizabeth)

"Cuando los demás se marcharon, Elizabeth, como si se propusiera indisponerse al máximo contra el señor Darcy, se dedicó a repasar todas las cartas que Jane le había escrito durante su estancia en Kent".

Maravilloso párrafo que inicia el capítulo número 37 del libro. Elizabeth está pasando unos días en Hunsford, la rectoría en la que vive su amiga Charlotte Lucas con el que es ya su marido, el primo Collins. Y allí ha tenido que frecuentar la mansión de Lady Catherine de Bourg, donde ha coincidido con Darcy y su primo, el coronel Fitzwillian. Ha sido precisamente éste quien le ha contado la supuesta intervención de Darcy para deshacer una posible matrimonio del joven Bingley porque la familia era poco recomendable. A Elizabeth solo le queda sumar dos y dos para atribuir la desgracia de su hermana Jane (inconsolable aunque no lo reconozca) a Darcy y su orgullo. Por eso y porque él la visita demasiado sin que ella sepa por qué, Elizabeth necesita acumular argumentos negativos, pues no quiere ni pensar en interesarse por el culpable de los males de su hermana, y, por qué no decirlo, de su estimado Wickham


(Greer Garson hace de Elizabeth Bennet en la versión de 1940: demasiado mayor en una caracterización que no respeta el espíritu de la moda georgiana)

¿Quién no ha usado ese mismo procedimiento a la hora de intentar olvidar a un amor no correspondido o no recomendable? Pensar en las malas acciones que haya podido tener o en el daño que nos ha hecho es un modo usual de ver las realidad de frente, restando pasión y atractivo a las personas. Si ella no sintiera "algo" por Darcy no tendría tanta necesidad de buscar argumentos negativos. Así que ¿desde cuando Elizabeth se siente atraída por este hombre? ¿no será que no ha querido reconocerlo porque él no la trató bien antes de su estancia en Netherfield?

Este punto es muy interesante. Parece inclinarse por la versión de Wickham porque él le hace algún caso. Y también el coronel Fitzwilliam le cae bien. Sin embargo, el malhumor, la prepotencia y el desprecio de Darcy suponen para ella una piedra de toque: no puede soportar a ese hombre, aunque sea el más rico de todos. Y no casa con el carácter supuestamente educado de él hacer ese comentario despiadado acerca de Elizabeth en el primer baile en el que coinciden: No estoy para bailar con muchachas que otros han desairado, no es lo suficientemente guapa como para tentarme. Por la boca muere el pez. 


(El físico de Keira Knightley podría responder muy bien a lo que supones en Elizabeth. Pero no el peinado, cabello largo y suelto, ni los colores que usa, tan oscuros, ni la moda de los vestidos) 


(Jennifer Ehle es la perfecta Elizabeth. Peinado, maquillaje, piel blanca y labios en forma de corazón, vestidos talle imperio de muselina clara, zapatillas bajas o botines con cordones, todo el cuidadoso detalle que la BBC pone en sus series) 

Elizabeth Bennet no es una heroína ñoña, sentimentaloide y llena de pajaritos. No. Es una mujer hecha y derecha (en ese tiempo a los veintiuno ya se era), con criterio propio (tiene claro lo que le gusta y lo que no; lo que está bien y lo que está mal), mucho sentido del humor (el sentido del humor la salva de la desconsideración que tiene Darcy hacia ella), muchas ganas de vivir (por eso aprecia los buenos momentos que le deparan la conversación y los paseos) y muy ingeniosa. No se pliega a las exigencias de los demás, ni acepta un matrimonio de conveniencia con un tipo que, según ella, ha hecho daño a su hermana, ni se calla cuando surge el problema de la fuga de Lydia.

También es comprensiva con los defectos de su padre, al que adora. Y con los nervios omnipresentes de su madre, a la que no entiende. Y recta cuando ha de serlo, con sus hermanas más pequeñas. Es una mujer moderna, que sale a andar sola por los caminos; que viaja; que expresa sus ideas; que es consciente de lo que sabe hacer bien y de lo que hace peor. Es una mujer que enamora por la expresión de su mirada, por el descaro de sus palabras, por la inteligencia de sus opiniones. 

Rara vez he encontrado una persona que me resulte más afín y esto ya supone decir mucho si tenemos en cuenta el siglo en el que existió. ¿De dónde sacó Jane Austen los rasgos que definen su personalidad? ¿Qué persona o personas la inspiró? ¿Era este su ideal de mujer? Austen es un misterio por descifrar en tantas cosas...

domingo, 16 de abril de 2017

Día del Libro 2017 ¿Qué leer?

Este año de 2017 se celebra el bicentenario de la muerte de Jane Austen (1775-1817) así que no podría recomendar nada mejor ni más cercano que sus libros para celebrar esta efemérides, la más adecuada del año, la que siempre ofrece la ocasión de ser felices. El Día del Libro puede traerte sorpresas que no imaginas. Puedes encontrar una obra que se convierta en el libro más querido por ti. Puedes hallar a gente que sienta como tú al leer un libro. Cuando leí el primer libro de Austen no podía imaginar que, tras ese acto tan sencillo, vendrían toda suerte de venturas literarias y personales, la entrada a un mundo especial, creado por ella y que comparto de muchas maneras.

Es fácil quizá ahora hablar de la importancia y el valor de sus libros, porque se ha iniciado desde hace algún tiempo un camino de reconocimiento, pero todavía quedan muchos resabios de quienes la sitúan en un plano secundario. Cosas de mujeres, lectura de mujeres. Bah. 

¿Qué recomendación mejor podría hacer yo ahora, para ser consecuente con lo que pienso, que leer los libros de Jane Austen? Cada uno de ellos encierra enormes posibilidades de disfrute. Los hay para todos los gustos. En "Orgullo y Prejuicio" está el romance, el amor entendido como ese lazo que une a dos personas a pesar de las diferencias de clase, de las adversidades y los malentendidos. Salta sobre todo, sobrepasa las dudas y las perturbaciones, para convertirse en una fuente de alegría. Es el libro en el que las mujeres presentan tal cantidad de caracteres que puedes aprender de todas: la obstinación de Lydia; la serenidad de Jane; el ingenio de Elizabeth; la envidia de Caroline; el cálculo de Charlotte; la ingenuidad de Kitty; el nerviosismo de la señora Bennet; el cotilleo de la señora Philipps...Paisajes de mujer tan distintos y un señor Darcy a quien la televisión y el cine han convertido en icono de jovencitas y de mujeres en general. Pero no es Darcy todo lo que reluce. 

"Sentido y Sensibilidad" es un debate entre dos maneras de entender el mundo, las de Elinor y Marianne Dashwood. Sin embargo, quizá no son tan diferentes y presentan las dos caras de una misma moneda. Y en una mujer cualquiera están ambos, la razón y el sentimiento, íntimamente mezclados, convertidos en una sola emoción. Por su parte "La abadía de Northanger" es ironía pura. Una crítica soterrada y a veces manifiesta de las novelas que encandilaban a las jóvenes en aquel tiempo. De un romanticismo que las hacía querer convertirse en heroínas y buscar a príncipes perfectos, que, todos sabemos, no existen y si existen son tan pocos que no hay forma de pillar alguno. 

En "Mansfield Park" encontramos el drama, la pulsión entre seres que no hallan su punto de encuentro, los amantes que funcionan como líneas paralelas que no se acercan nunca. Es una obra densa, un novelón, mucho más cerca del romanticismo que el resto de sus obras. Sin embargo, "Persuasión" es una pequeña joya. A pesar de la tragedia conserva un equilibrio, una modulación en los caracteres, que nunca estalla la tormenta. Es la gran desconocida de la obra de Austen, pero merece la pena leerla con atención. Encuentras cosas que no esperarías. Y la protagonista, Anne Elliot, llega a ser una de tus favoritas a poco que la entiendas. 

Dejo para el final una novela corta que está ahora de moda por haberse rodado una película basada en ella: "Lady Susan", un ejercicio epistolar sorprendente en una persona que era tan joven cuando la escribió. Un personaje de mujer como ninguno de los que ella creó. Divertida, manipuladora, una zorra con la que hay que gastar cuidado. Y, la última que menciono, mi querida, queridísima "Emma", a la que dediqué horas y horas el año 2015, en su aniversario de publicación y que me hace pasar siempre momentos fantásticos. Una comedia romántica en su mejor esencia. En su mejor estilo. La madurez hecha libro. Austen en su plenitud. 

Leer a Jane Austen te asegura placer. Entretenimiento. Reflexión. Felicidad. Y conocerte un poco más a ti misma. Piénsalo. Como dice Daniel Pennac, y como yo misma afirmo, hay que leer para disfrutar. La lectura no es un acto obligado, sino voluntario y apasionado. Como amar o soñar. Nada mejor, entonces, que leer a Jane Austen. Con o sin Día del Libro. Pero con él también.

sábado, 15 de abril de 2017

Wolfe, Fitzgerald, Hemingway and Perkins


(Colin Firth, como Max Perkins y Jude Law, como Thomas Wolfe, en una escena de "El editor de libros", película de 2016)

Thomas Wolfe (1900-1938), Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) y Ernest Hemingway (1899-1961), tienen algo en común, aparte de ser escritores que coincidieron en el tiempo: los tres fueron descubiertos, animados a escribir y editados por Maxwell Perkins (1884-1947), el mítico editor de Scribaer, considerado uno de los más legendarios de todos los tiempos. La película "Genius", titulada en castellano "El editor de libros" refleja esta curiosa entente aunque incidiendo, sobre todo, en la relación entre Wolfe y Perkins. Rara vez nos es dado presenciar un encuentro de personalidades tan rotundas, tan diferentes y que, a la vez, tienen en sí las aristas suficientes como para incitar nuestra curiosidad. Ves la película y entran ganas de profundizar en ellos automáticamente. Algunas cosas pueden descubrirse. Y no todas ellas son agradables. Pero sí interesantes.


(Imagen de Maxwell Perkins, sin su habitual sombrero que, dicen, nunca se quitaba)

Las relaciones entre ellos se establecían dos a dos pero todos convergían en Perkins. Fitzgerald conoció a Hemingway, por ejemplo, cuando ya era el aclamado autor de El gran Gatsby, aunque mantuvieron siempre entre ellos unas extrañas relaciones de vasallaje. A juicio de los críticos que los han estudiado a fondo, a Scott le gustaba sufrir y a Ernest fastidiar lo más posible. La aparente masculinidad del autor de Por quien doblan las campanas fascinaba a Fitzgerald, lo mismo que su rosario de amantes y mujeres. Sin embargo, Hemingway le criticaba que soportara tanto tiempo a Zelda, su mujer, que tenía problemas mentales. Ambos pertenecían a buenas familias y habían tenido una buena educación.


(Nicole Kidman es en "El editor de libros", Aline Bernstein, veinte años mayor que Wolfe, su mecenas y la mujer que, según ella, le quiso hasta que él la dejó a un lado porque ya no podía seguir usándola) 

Más humilde de extracción social era Thomas Wolfe, que parecía estar en un plano inferior con respecto a ellos, porque era más dubitativo, tenía ciertos complejos y necesitaba encontrar padres y madres en sus amigos. De ahí, seguramente, su ambigua relación con el propio Perkins o su dependencia emocional de Aline Bernstein, veinte años mayor que él, que fue tanto su amante como su consejera. Wolfe era ciclotímico y tenía variaciones de carácter que le hacían llegar al histrionismo, algo que mucha gente no soportaba. Pero era, sobre todo, como la propia Aline advierte a Perkins en el transcurso de la película, y no podemos dejar de pensar que era cierto, un vampiro emocional, que necesitaba arrancar todo lo que los otros podían aportarle. Esa clase de personas que nunca son felices y que van dejando cadáveres sentimentales allá por donde van. Utilizan y desechan. Su obra literaria fue podada literalmente por Perkins para que se pudiera leer y vender porque su megalomanía escritora no alcanzaba nunca a entender qué era la contención narrativa, qué era lo bueno y qué lo malo. Carecía de perspectiva.


(Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald, eran dos caracteres opuestos, dos personalidades distintas, cada una de las cuales ansiaba, quizá, algo que el otro poseía) 

En este sentido, la formación periodística de Hemingway le había hecho adquirir la técnica de la escritura corta, concisa y al grano. Decir lo que hay que decir con el menor número de palabras posibles y sin hacerle jueguecitos al lector. Aprendió bien esa lección y la puso en práctica siempre. Quizá el término medio estuvo en Scott Fitzgerald, menos rotundo que Hemingway y menos prolijo que Scott. También más lírico, observador y capaz de emocionar. Probablemente a Wolfe le interesaba la tierra, a Hemingway los hechos y a Fitzgerald las personas.


(Fotografía de Francis Scott Fitzgerald)

De la labor de Max Perkins quedan recuerdos, relatos y una colección de cartas que se intercambió con algunos escritores. Los cuidaba como si fueran sus hijos y tenía un enorme respeto por ellos. El libro era un santuario para él y poseía, además, ese fino instinto del que sabe encontrar un diamante en medio de un montón de piedras falsas. Ese instinto fue el que le llevó a aceptar el manuscrito (larguísimo) de lo que luego sería El ángel que nos mira, el primer libro de Wolfe, al que luego seguiría Del tiempo y el río. Wolfe era un escritor epopéyico, épico en cierto modo, que intentaba realizar una proeza literaria: abarcar América en sus palabras. Su temprana muerte, a los 38 años, lo impidió.


(Thomas Wolfe en una imagen cotidiana. Era un hombre muy alto, fuerte y algo desmañado, que no se controlaba a sí mismo)

Perkins era un lector ávido desde pequeño (se crió en torno a Ivanhoe) y había estudiado en Harvard. Su formación era, por tanto, muy superior a la de los otros. Tenía un carácter apaciguador y sereno, no le gustaban las broncas y controlaba los diferentes aspectos de su vida. Mantenía una relación cordial con su mujer, también escritora, Eloise, y amaba a sus cinco hijas, con las que compartía viajes y estancias en el campo. Ello no le impidió establecer unas relaciones epistolares intensas y mantenidas durante veinte años con una elegante e inteligente dama de Virginia, Elizabeth Lemmon, a quien conoció en 1922 y con la que tenía una intensa afinidad cómplice. Su equilibrio familiar suplía la locura de tratar con tipos menos consecuentes y con vidas más inestables. El peregrinaje de un lugar a otro de Hemingway y sus antecedentes familiares no eran un buen presagio. En realidad, en cuatro generaciones su familia sufrió cinco suicidios, algo genético afirman.


(Thomas Wolfe en el Gran Cañón. En búsqueda de la América sobre la que quería escribir)

Por su parte Wolfe era un hombre atormentado, dependiente, cruel a veces, precisamente porque solo no era capaz de sobrellevar la existencia y necesitaba muletas a las que luego abandonaba cuando pensaba que eran ya inútiles. Y Fitzgerald soportó la esclavitud de la enfermedad de su mujer, Zelda, con estoicismo y con resignación. Pero un escritor no puede resignarse y seguramente su propio carácter ya era conducente a estos excesos de retraimiento emocional, por eso Hemingway encontró en él a una víctima propiciatoria.


(Zelda y Scott Fitzgerald llevaron una vida de locura y diversiones hasta que la enfermedad mental de ella lo impidió. Zelda acabó en un manicomio y Scott mantuvo otra relación sentimental antes de morir) 

En sus vidas se tejen acontecimientos históricos, la Primera Guerra Mundial por ejemplo; hechos culturales, la era del jazz, la generación perdida; encuentros con artistas de todo signo en las ciudades de moda; familias que iban aumentando o decreciendo; amores nuevos y viejos; temas que se sucedían y que se convertían en objeto literario; ciudades, naturaleza, vacío y esplendor. Los cuatro cumplieron una misión que el buen lector apreciará. Dejar escritas y listas para ser leídas un buen puñado de novelas, cuentos, relatos, cartas, algunos de los cuales son cumbres de la literatura y referentes de una época. El mayor reconocimiento fue, no obstante, para Hemingway, el más disfrutón, aunque no era oro todo lo que relucía. El Nobel de 1954 antecedió en siete años a su suicidio. Fue el último en morir de los cuatro.


(Otra imagen de Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. El gesto y la sonrisa de ambos habla ya de sus diferencias de carácter y de forma de entender la vida) 

jueves, 13 de abril de 2017

Rendición


Tal vez una certeza hubiera bastado. Una pequeña y clásica certeza. La llamada del sentido común, un buen consejo. Quizá la madre, sentada en un sofá de piel oscura, podría contar lo que sabe del caso y concluir que nada es sencillo y que el amor es una masa llena de aristas. Una amiga, muy experimentada, tendría que asegurar que, en su experiencia, todo lo que se dice son mentiras y que nada pervive y que los ojos tiemblan porque saben de sobra que se va a terminar antes de tiempo. 

Las horas de las dudas son las que germinan en palabras transidas de dolores perfectos. Alguien contó en un rato de asueto en el trabajo, que las dudas son cosa de filósofos, que la gente normal no puede permitírselas, que si dudas, entonces estás muerto, lo habrás perdido todo en cosa de un instante. Puede que una película, un argumento vano de esos que alguien escribe en un trasnoche, te dé razón y seña de las causas, de los motivos y abone la ilusión de que nadie es perfecto, pero que nada es tan difícil como para perder los nervios en un día sin cascadas y sin ritos.


Te acostumbraste a ser parte del decorado. Una parte pequeña, sin demasiado sitio, ni importancia. Una esquina, tal vez. Un trozo de brocado del que pende una borla. Un hueco que se esconde sin que nadie lo vea. El atrezzo que adorna al actor principal. Una mínima estrella bordada en un vestido. Un lazo que anuda el zapato de moda. Cualquier cosa de la que nadie entiende, con la que nadie cuenta, a la que nadie admira. Te acostumbraste a serlo y ahora, que te arrepientes, te encuentras con que es tarde. No se puede pedir que te tomen en serio cuando tú te conviertes en un payaso triste. 


(Fotografías originales de Thomas Ruff)

martes, 11 de abril de 2017

La cuadrícula


Cada uno de los rincones de su vida estaba blindado. La había dividido en parcelas y, en una de esas parcelas, estaba yo. Era una parcela pequeñita, virtual y sonora. En ella cabía el agua de lluvia, aunque solo una vez. También las nubes, los puentes y el vacío. En la parcela que me correspondía rara vez amanecía, solo en una ocasión pude ver cómo el café se enfriaba. Tampoco había madrugadas, las madrugadas estaban reservadas a plantas más esplendorosas. En realidad, ni yo misma sabía qué papel jugaba en todo eso, ni siquiera si jugaba a algo o si existía. Solamente de vez en cuando las gotas de agua cálida o el frío hielo, eran el indicio de que algo pasaba. Sin embargo, yo no podía controlar lo que era. No lo sabía. Ni tenía ninguna posibilidad de adivinarlo. Solo un terreno baldío, una parcela sin recalificar, sin uso, ni conciencia, ni apenas vida. 


Era un hombre de éxito pero estaba asustado. El miedo se traslucía en sus ojos. Tenía las manos muy suaves, blandas, inertes, como las de un adolescente. Un hombre con manos de adolescente es un hombre ansioso, cansado y apenas por vivir. La vida se le resistía con creces y él, víctima y verdugo a la vez, no encontraba la manera de tomarle la medida. No sabía qué quería ni qué buscaba. La soledad era, por eso, una salvaguarda, el paraguas que protegía sus emociones. Y un seguro contra el fracaso. Pero todo él, todo en él, era fracaso. Cuando le conocí ya estaba agotado. Ya venía cansado de largos viajes sin descripciones. Ya no existía esperanza. Todo ardía, pero era un incendio imperceptible. Seguramente por eso lo quise más aún, porque era un perdedor y él no lo sabía. 


A veces me movía de mi sitio, del lugar asignado. Era rebelde y puntillosa. Tenía miedo de convertirme en nada pero no podía evitarlo. Era así. Dura, arisca, llena de ira, de rebeldía o de odio. Pero luego, cuando el sol amanecía en lugar de la noche, no dejaba de captar cierta dulzura que se escapaba en su voz y en sus palabras. Muy de tarde en tarde, creí comprenderle. Destellos, luces, algunas cosas nuevas que no tenían explicación. Estaba lejos, pero era fácil de descubrir que no podía acercarse más porque andaba en busca de otros cuerpos. En cuanto lo supe, me marché. Sin camino de vuelta. Aunque él no lo sabía. 

(Fotografías de Henri Cartier-Bresson) 

domingo, 9 de abril de 2017

Elizabeth von Arnim: Un abril literario


En el mes de los libros, abril, sin crueldades, he aquí que descubro a una escritora de la que nada sabía y de la que nada he leído. Una casualidad, como tantas otras veces, me lleva a merodear por su vida, para intentar saber cosas, el paso previo para leer sus libros. Connotaciones, contexto, historia, vida en suma. 

Elizabeth von Arnim era, en realidad, Mary Annette Beauchamp y nació en Sidney (Australia) en 1866. Era pariente de la también escritora Katherine Mansfield. Tuvo una educación inglesa y se casó a los 24 años con el barón von Arnim, un tipo adusto, colérico y poco amable, de quien tomó su apellido y con quien se fue a vivir a la región de Pomerania, en Alemania. Su vida conyugal no fue nada agradable ni, en general, sus relaciones amorosas. Así que se vengó de la forma más elegante posible, a través de sus libros y dedicándose a aquello que más le gustaba: cuidar a sus hijos, cinco; atender sus jardines y, por supuesto, escribir. 

Sus libros tuvieron un éxito enorme y fueron llevados al cine en varias ocasiones. En 1944, Mr. Skeffington, de Vicent Sherman, con Bette Davis y Claude Rains. En 1935, Un abril encantado, de Harry Beaumont, y la misma obra en 1993, con Mike Nevell

La primera de sus novelas fue Elizabeth y su jardín alemán, publicada de forma anónima en 1898. Hasta el año 1997 no salió en castellano y fue la primera de sus obras que se tradujo a nuestro idioma. Del resto de las novelas que han aparecido en castellano tenemos Vera, de 1921; Un abril encantado, de 1922; Amor, de 1925 y El señor Skeffington, de 1940. Mención aparte merece su autobiografía Todos los perros de mi vida, de 1936, en la que usa un gracioso truco narrativo, ya que, en lugar de pormenorizar su existencia a través de lugares y personas, nos ofrece unas divertidas y sagaces pinceladas a través de los perros que la acompañaron siempre. No deja de resultar irónico y, casi, despreciativo. Las mascotas fueron con ella más fieles y prudentes que las personas. 

Elizabeth y su jardín alemán es una novela breve, apenas 198 páginas, que significa un reconocimiento del valor de la vida a la naturaleza. La amistad es otro de los asuntos importantes que trata y está representada en sus amigas, Minora e Isais, perpetuamente invitadas a su casa y a su jardín, en realidad, el espacio en el que ella se siente más a gusto.  El juego con sus tres hijas, a las que llama con encantadores nombres asociados a los meses en que nacieron y la vida cotidiana en un entorno familiar sencillo pero lleno de posibilidades, forman el contexto general de la novela, con tintes autobiográficos. Cuando se publicó, alcanzó un notable éxito y los veintiún libros que posteriormente escribió se editaron firmados "Por la autora de Elizabeth y su jardín alemán". En un capitulo de la famosa serie británica Downton Abbey se menciona este libro. 

Elizabeth y su jardín alemán es una novela llena de fino humor y suave ironía, con desenfadadas incursiones en aspectos de las relaciones humanas y las costumbres sociales.

De manera deliberada, Elizabeth von Arnim deja al margen los aspectos menos agradables de la existencia, entre otros, la incomprensión de su marido, al que llama en la novela el Hombre Airado. El jardín se convierte así en el escenario de sus ilusiones y ese espacio reservado para la felicidad: "El jardín es donde busco refugio y protección, no la casa. En la casa me esperan deberes y disgustos, sirvientes a los que aconsejar y amonestar (...), mientras que fuera me veo rodeada de bendiciones por todas partes". 

Son, por tanto, la amistad y la naturaleza, los elementos básicos de su escritura y no solamente en este libro, sino en otros de los que escribió. 

Un abril encantado es otro libro muy especial. Cuatro mujeres ingleses, distintas en edad, posición y forma de ser, se encuentran embarcadas en una aventura. Pasar una temporada en una villa italiana que alguien ha puesto en alquiler con el reclamo de que allí crecen maravillosamente las glicinias y el sol forma parte inherente al conjunto. Me recuerda, no puedo evitarlo, a esa encantadora película (de este libro también se han realizado versiones cinematográficas como hemos dicho) Bajo el sol de la Toscana, con esa Diane Lane, hermosísima, que busca la felicidad al comprar una casa que, al principio, solo le causa disgustos pero que luego dará sentido completo a su vida y cerrará su búsqueda. 

La trama arranca con un anuncio aparecido en el diario británico The Times: “Para aquellos que les gusten las glicinias y el sol,  se alquila  pequeño castillo medieval  italiano amueblado durante el mes de abril.” A iniciativa de Lotty Wilkins, que es quien lee el anuncio, otras tres mujeres se incluirán en la aventura. Lotty está cansada de la frialdad de su marido y de su existencia gris y por eso insiste en que ese mes en Italia será otra cosa. 


Viuda desde 1910 y con varios hijos a su cargo, Elizabeth dejó Pomerania y vivió por sus propios medios en Suiza, Inglaterra y la Riviera francesa, antes de emigrar definitivamente a los EE.UU cuando entendió la irreversibilidad de la llegada del nazismo. Se volvió a casar con John Francis Stanley Russell, el hermano mayor de Bertrand Russell, pero tampoco fue feliz con él. Parece que la felicidad conyugal y de pareja no era cosa fácil para ella. Entretanto, siguió escribiendo libros, dando una visión de la vida más dulce y también más irónica, matizada, llena de opiniones propias y de deseos de libertad. Ella misma afirma que eso, la libertad, era lo que más ansiaba y lo que más necesitaba. La escritura le confería no solo medios económicos sino libertad, capacidad de decidir y de ser independiente.