sábado, 21 de febrero de 2015

Trilogía de Edna O´Brien

Este libro cierra la trilogía escrita por Edna O´Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1932) y que tiene en "Las chicas de campo" y "La chica de ojos verdes", sus otras dos obras. 

He comentado aquí ya la fascinación que me produce la lectura de O´Brien. Su descubrimiento me hizo entenderme a mí misma y mi propio interés por escribir sobre las mujeres y lo cotidiano. Una visión demorada, tranquila, pero certera es la que ella realiza en estos libros, escritos, respectivamente, en 1960 y 1964. Pero su vigencia no se ha perdido con el paso del tiempo, antes al contrario, sirven de explicación, de elemento aclaratorio de esa forma de vida femenina que me importa y me preocupa. 

Kate y Baba son ahora dos mujeres casadas y viven en Londres. Se conocen desde siempre, desde muy niñas. Han compartido avatares de la vida, sentimientos, dificultades, carencias, luchas. Ahora ha pasado el tiempo. Kate ha sido madre. Su marido es el amor de su vida. El de Baba, un tipo que le puede interesar económicamente. Kate es ingenua y vital, Baba es escéptica e irónica. Pero, en los dos casos, sobreviene el desengaño ante la vida marital, que no colma, ni mínimamente, sus aspiraciones de felicidad. Quizá es que no existe o que no es el matrimonio el marco ideal para ello. Aquí podrían correr ríos de tinta y cada mujer contaría su propia opinión del asunto. Pero el trasfondo de desilusión cubre, como una suave gasa que se pegara al cuerpo y no fuera posible evitarla, los comentarios que describen la vida marital pasado el momento de la fascinación. ¿Podemos vivir sin pasión toda nuestra vida para asegurarnos envejecer en compañía? ¿Es preferible gozar del ardor de la sangre y arriesgarse al puñal helado de la soledad? He aquí la elección que, a veces, no es tal, porque la vida decide por ti. 

Las claves de la novela, además de ese desengaño, son también la maternidad, la desigualdad de la mujer y la amistad entre las dos chicas. La maternidad no es, para la autora, ese canto feliz a un tiempo nuevo, lleno de fiestas y de celebraciones. No. Por el contrario, se trata de una difícil aventura, en la que hay mucho miedo y muchas inseguridades. Miedo e inseguridad son las dos emociones claves de las madres. Nunca descansarás ya como antes. Nunca te olvidarás de que existe una persona que depende de ti. Amor, sí. Desasosiego, también.

El sexo y sus problemas. ¿Qué clase de gen desconocido nos impide disfrutar del sexo a modo? ¿Qué clase de pulsión cultural hace que necesitemos que nos amen para gozar con el contacto físico? De una forma mucho más clara que en sus libros anteriores, la autora transita por estos temas cruciales, nada sencillos, desde luego, muy profundos, en todo caso.

Y, por fin, la guinda de este pastel es la armoniosa, inseparable, dulce y tierna amistad entre dos muchachas que se apoyan la una a la otra mientras que la vida las zarandea. La amistad con mayúsculas, aquí representada por dos seres distintos, dispares casi, pero unidos por lazos indestructibles. 

lunes, 9 de febrero de 2015

"Adiós a Berlín" de Christopher Isherwood

Uno de los personajes de este libro, la jovencita inglesa de clase alta llamada Sally Bowles, inspiró el personaje de Liza Minelli en la famosa película Cabaret. 

Este libro, Adiós a Berlín, es "una crónica reveladora y emotiva del Berlín de la República de Weimar, decadente y atractivo, sobre el que se cierne la creciente brutalidad del nazismo" 

Resulta estremecedor pensar en la ingenuidad humana. Vivimos la vida inmersos en una burbuja que a veces no estalla, pero que, cuando lo hace, nos cubre hasta los ojos de un agua turbia y fina, imposible de limpiar una vez que nos ha ensuciado. En los años históricos en los que el nazismo comenzaba a despuntar en Alemania, se escribieron alegres páginas de bailes, cafés cantantes y películas animosas, todas ellas perfectamente ajenas a la podredumbre que iba anegando los cimientos de la sociedad alemana y que, por fuerza, tenía que ir carcomiendo al resto de Europa. 

La pavorosa indiferencia con la que los intelectuales diletantes e incluso aquellos que podían estar avisados por su propio instinto, no percibieron o no quisieron percibir la riada que los iba a arrasar en breve, nos hace pensar cuán peligrosa es la ignorancia o, quizá, la comodidad, que nos sitúa en un entorno de confort del que no queremos salir. Es verdad que hoy, con los medios de comunicación enseñoreados del paisaje o con las redes sociales prestas a contarlo todo, sería hartamente complicado que algo así ocurriera. Pero no estemos tan seguros de ellos, porque hay noticias que es preferible no conocer y amenazas latentes que es mejor ignorar. 

Se da la circunstancia de que el protagonista del libro y el autor son la misma persona, aunque él se encarga de dejar claro que es solamente un "efecto especial" que se permite utilizar. Además, no se trata de una narración en forma de novela, sino una serie de seis relatos con más o menos continuidad. Según cuenta el autor, su intención era haber escrito una voluminosa obra sobre el Berlín anterior al nazismo. Por diversas circunstancias que no nos explica, al final quedó en estos relatos sueltos, cuyos personajes han saltado de formas diversas a otras de sus obras. Un mosaico que tiene muchas lecturas y muchas aristas.

Christopher Isherwood es el joven británico que llega a Berlín y allí se alquila una habitación y se dispone a dar clases de inglés para poder ganarse la vida. Quiere ser escritor, como no podía ser de otra forma, al tratarse del alter ego del autor. Es un tipo curioso, por tanto, que se mueve en ambientes diferentes y que, de este modo, comienza a tratar a personajes de muy distinta naturaleza, dentro de ambientes de lo más variopintos, pero, al tiempo, representativos de lo que era la abierta sociedad berlinesa de esos años dorados. Aparecen en el libro, por tanto, dos jóvenes homosexuales, la jovencita inglesa antes aludida, una familia obrera, o una rica heredera judía. Mosaico cuyas piezas parecen ir encajando en cada uno de los relatos al tiempo que nos muestra el ambiente de la ciudad berlinesa en los años del sueño previo al horror del nazismo.

La historia comienza en una suave bruma de charlas amables y conquistas, pero, pasadas sus páginas, la grisura se impone y el miedo y las detenciones y los avisos. Todo ese mundo se está viniendo abajo mientras ellos, los protagonistas, intentan bandear la vida como pueden.

En un momento dado, el lenguaje se hace ya explícito: "Una noche de octubre de 1930, aproximadamente un mes después de las elecciones, hubo un gran tumulto en la Leipzigerstrasse. Bandas de matones nazis se manifestaron contra los judíos. Maltrataron a algunos transeúntes de nariz afilada y pelo oscuro, y rompieron los cristales de todos los comercios judíos. El incidente no fue en sí muy notable; no hubo muertos, apenas unos disparos y una veintena de detenciones"

He aquí la primera muestra de que algo se estaba moviendo, de que la noche traería sobresaltos, de que, en poco tiempo, las reglas del juego cambiarían. Los cristales comenzarían a resquebrajarse, a bordarse las estrellas amarillas en las tristes ropas de los judíos, a cerrarse los ghettos, a formarse en el helado corazón de algunos una determinación fatal. Y, así, primero irían a por unos, luego a por otros, después por los más disidentes, luego por los más fieles, incluso por los suyos mismos. Brecht lo dejó escrito y no tendríamos que olvidarlo. Porque cualquier de nosotros puede aparecer en una lista. Las listas pueden confeccionarse desde el odio, desde la frustración, desde el engaño, desde la envidia, desde el miedo. Y son demasiados sentimientos como para estar fuera de todos. Nadie estaría a salvo en esta cacería, un ejercicio de destrucción que no se podía suponer mientras los cabarets abrían sus puertas, la música atronaba y los jefes nazis sonreían melifluamente mientras sus lágrimas resbalaban por los rostros transfigurados en los teatros de ópera de toda la nación que se convertiría, pronto, en el mayor laboratorio de destrucción jamás imaginado. Es verdad que la historia nos trae otros ejemplos. Es verdad que es fácil tener en la cabeza otros paisajes, pero la frialdad hueca del nazismo, esa doble visión de la algarabía desordenada y ausente y la negrura de los campos asesinos, no tienen parangón en los anales de la humanidad. Y no debería tenerlo a estas alturas. 

viernes, 6 de febrero de 2015

Lo que no existe


Una mano te aprisiona el corazón y lo convierte en un órgano helado. Una sensación de frío te recorre el cuerpo y la angustia aparece, te sube por el estómago, se aposenta en tu cuello, te abrasa. El calor se mezcla con el frío y tú no sabes dónde mirar, en qué sitio colocar tu mirada. Entonces, las lágrimas acuden, ellas te encuentran desarmada, sin recursos, no tienes nada más que este dolor agudo, esta extraña sensación de vacío, este hueco en tu alma. Estás sola. 

Puede ser cualquier cosa, ya lo sabes. Pero más que nada, la evidencia de una soledad que no has buscado, que te ha traído la vida. Una soledad escrita con el miedo, con la enfermedad, con la ausencia. Ausencia en todo veo, repites. Las palabras del poeta que te acompañó de joven se reproducen en tu cabeza y ellas dictan el sonido que ahora mismo es toda tu vida. Ausencia, en todo, ausencia. 

Estás sola. Irremediablemente. Sola. No hay nada que pueda aliviar tu soledad. Y nunca llegará nada que avive la ola dulce del sentimiento, ese volver a ser, ese volver a sentir. Todo ha acabado, lo sabes, nada será de nuevo, nada revivirá. La primavera no entrará en tu jardín. Tu cuerpo se irá apagando como una llama. Esa llama no tendrá apenas fuerzas para sostenerte. Dejarás de ser joven. Dejarás de sentir el deseo de la vida. Todo se acabará sin haber terminado. 

Estás sola. Y lo sabes. Lo ves a cada paso. Los fines de semana. Las noches con la luz encendida. El sonido apagado de una música que ya no te interesa. Las voces que no existen, que no oyes, que no están. No hay consuelo. No existe nada. Los milagros no existen. 

Así que ahora vuelves tu mirada a ti misma, al tiempo que viviste, a las horas que fueron aunque no lo sabías. Y tienes rabia. Odias la vida que te ha dejado sola al pie de una cuneta en la que no queda ningún vestigio del ardor de la sangre. De abrazos, de besos, de ese fuerza tan honda que llegaba tan dentro. De esas manos ansiosas que buscaban las tuyas. De esos ojos oscuros abiertos a tus ojos. 
Así que ahora, el vacío, el sonido metálico de tu soledad, la ausencia entera.