lunes, 23 de julio de 2012

Cruzando el puente


En la más influyente obra teórica que Mairena escribió, con el respaldo formal de Ricardo Molina, ya se adivina que el cantaor y estudioso del flamenco había caído en la cuenta de que Triana era, al menos, uno de los centros fundacionales del cante. Por ello, en “Mundo y Formas del Cante Flamenco”[1]la presencia de Triana se extiende a las descripciones de algunos cantes, sobre todo las tonás, soleares y seguiriyas, así como a la aparición de artistas de filiación trianera, por nacimiento o vivencia, la mayoría de los cuales sitúan Mairena y Molina, en ese arranque ingenuo de dividir el mundo en dos partes, del lado de la tradición y la autenticidad.

 Así, los Cagancho o Frasco El Colorao comparten espacio con otras grandes figuras, maestros todos del cante en una época de formación estilística en la que tanto papel desempeñaron aquellos que, por su talento y su intuición, fueron capaces de armar el entramado de este edificio que aún nos produce asombro por su perfecta estructura: el cante flamenco.

 Al decir de muchos que lo vivieron de cerca o que tienen noticias muy ajustadas, Mairena tuvo en Juan Talega un valedor del cante de Triana. Talega consideraba que en el arrabal el flamenco hallaba una expresión diferente y que, recogiendo los ecos que los maestros gaditanos habían llevado Guadalquivir arriba, se recreaban allí los estilos por obra y gracia de quienes, en escenarios diversos y con formación diferente, constituyen los flamencos de Triana.

 Si Mairena intuyó que era más acertado hablar de flamencos de Triana que de flamenco de Triana es algo que desconocemos. Sin embargo, su misma forma de pasar por el tamiz de Alcalá o de Utrera los sonidos que había hallado plasmados en Triana nos puede dar fe de que había entendido el papel central de los hombres y las mujeres que, en una dedicación digna de tal causa, esculpieron las formas flamencas que, desde Triana, habían de ser aceptadas y largamente cultivadas por los profesionales del flamenco.

 A pesar de que no puede evitar defender la preponderancia de la Soleá de Alcalá, la realidad de la observación se impone y Mairena (más que Molina, que en este aspecto sería un simple transcriptor de las ideas del cantaor) tiene que estimar en mucho el papel de la Soleá de Triana, haciendo hincapié en dos aspectos que nos parecen de gran interés y que demuestran que sus conocimientos no podían estar velados ni siquiera por su falta de objetividad en algunos temas: el papel central de Ramón el Ollero (Ramón el de Triana, para ser más exactos) y la especialísima soleá apolá que dentro de los estilos trianeros tiene su sitio reservado.

En esa encantadora clasificación que los autores hacen de los intérpretes de seguiriyas (Siguiriyeros de primer orden y Supremos siguiriyeros) los trianeros están en el primer apartado, segundo en orden de importancia. Allí están los Caganchos y otros artistas del arrabal. Lo mismo puede decirse del cante por tonás, en el que Triana también ocupa, a juicio de Mairena, un papel central, lo mismo que en los Tangos.

 Dado que Mairena fue un teórico y un práctico a la vez, dejó grabadas sus interpretaciones del cante de Triana que, como ha venido ocurriendo con sus versiones de los cantes en general, se han convertido en canónicas en muchos casos. Su discografía, que tiene una clara intención enciclopédica desde los años sesenta, cuando ya Mairena está imbuido de su voluntad de aportar al cante no sólo cante sino organización e ideología, nos ha dejado notables muestras de ese empeño didáctico que le caracterizaba. Es acerca de esta faceta de su personalidad la que debería conllevar, con todo sentido, el apelativo de “maestro de Los Alcores”.

 Veamos que, en su discografía, aparece esta intención de sentar las bases de una flamencología que ponga las cosas en su sitio. Así insiste en su recorrido cantaor por las escuelas que forman la gran pirámide del cante: Cádiz, los Puertos, Triana, Jerez, además de, por supuesto, Utrera o Alcalá, los lugares que le son más cercanos. De Triana se acuerda, por ejemplo, en 1963 cuando le dedica un single “Duendes del cante de Triana”. En ese mismo año, siguiendo su voluntad recopiladora y, en cierto modo, ecléctica, realiza también en el mismo formato “Noches de la Alameda”, de forma que hace un viaje sonoro por las dos maneras de ser flamenco en Sevilla: Triana y la Alameda, a la que tanto conocía por sus actuaciones en colmaos y fiestas, diferentes a su paso por Triana, barrio en el que su testimonio flamenco está más vinculado a espacios reducidos y menos abiertos al público.

Después, en 1974, grabará un disco de larga duración que con el título de “Triana, raíz del cante” será un reconocimiento al peso de este enclave en el flamenco, aunque antes ya había dejado grabados “Cantes de Cádiz y los Puertos”, en 1973 y “Antonio Mairena y el Cante de Jerez”, de 1972. La última incursión en la discografía, el entrañable disco “El calor de mis recuerdos” grabado en 1983, insiste en su predilección por los aires trianeros, que él recrearía, no obstante, añadiéndole matices utreranos y alcalareños, cuando incluye las seguiriyas de Manuel Cagancho, esas que se titulan “Aires de Triana”.

 La principal crítica que Mairena destila hacia el cante de Triana es, quizá, además de su mayor virtud, una consecuencia inevitable de la naturaleza de este barrio, arrabal, lugar especialísimo, de historia singular y plena de acontecimientos. Mairena se quejaba de la escasa “pureza” del cante trianero, en contraposición con el cante de Alcalá, al que consideraba la genuina muestra de la tradición. Tenía razón Mairena. En Triana nada puede considerarse “puro” si por ello entendemos algo sin mezcla. No, porque sabemos que Triana es un crisol, esto es, el recipiente en el que, una vez fundidos los materiales sonoros del flamenco más diverso, queda la sustancia básica de una esencia inimitable. Triana, por eso, no es pura, aunque sí es personal y auténtica.

 Y esto no es casual. Seguramente Mairena, persona de una gran inteligencia natural, habría comprendido que no podía ser de otra forma si entendemos que, desde siempre, fue Triana cruce de caminos, paso de Sevilla hacia el Aljarafe y el Atlántico; orilla del río que conducía a América; receptora de gente de toda condición; barrio industrial antes que ningún otro. La historia y la geografía de Triana nos dan la clave máxima de esta condición de su cante que Mairena apreció de inmediato: una espléndida mezcla de sonidos que, tras la aportación de los flamencos trianeros, volvió a irradiar, transformada, hacia otros lugares del cante.


(Artículo escrito por Catalina León Benítez para la revista Sevilla Flamenca)


[1] Ricardo Molina y Antonio Mairena: Mundo y Formas del Cante Flamenco. Tercera Edición. Librería Al-Andalus. Sevilla. Granada. Esta edición, de 1978, tenía el doble objetivo de conmemorar el cincuentenario de la vida artística de Antonio Mairena en sus Bodas de Oro con el Cante y homenajear póstumamente al poeta cordobés Ricardo Molina.

domingo, 22 de julio de 2012

La ciudad dormida

Esta entrada va dedicada a mi amiga Carmen Cuesta

El profesor Fesquet y su esposa Marie acaban de llegar a Sevilla. Ellos vienen de Nimes, en el sur de Francia y, como muchísimos nimeños, son grandes aficionados a España, a los toros y al flamenco. También son cultos, grandes lectores de nuestro siglo de Oro, cinéfilos y amantes del Arte. Hacía muchos años que no venían a Sevilla, en concreto, desde el año de la Expo, 1992, por lo que su llegada estos días ha sido, para mí, un termómetro sobre el estado de la ciudad vista por ojos foráneos y objetivos, lejos de las disputas recurrentes entre las distintas visiones que son el pan nuestro de cada día.
Después de recorrer la ciudad palmo a palmo, barrio a barrio, de norte a sur y de este a oeste, el profesor Fesquet y su esposa Marie han concluido que Sevilla está dormida. Como conocedores de los cuentos infantiles que a todos los niños nos han acunado desde antiguo, para ellos la ciudad semeja una Bella Durmiente que, por un extraño maleficio, se ha quedado traspuesta, en estado de ensoñación, a la espera del beso que la despierte, que la levante y la devuelva a la vida.

En su recorrido, Bernard y Marie Fesquet han estado en Triana. Triana les gusta muchísimo. Dicen que aquí se sienten como en casa. Algunos lugares del barrio les recuerdan su anterior visita, pero otros… Dice Marie que ha visto a Triana un poco “destartalada” y que ha percibido un extraño desorden que no sabe a qué atribuir. Marie y Bernard son grandes amantes de la naturaleza y viven en una casa en el campo, del siglo XVI, desde la que van todos los días a la ciudad para ejercer su trabajo. De forma que son gente andarina y bicicletera. Pero afirman que, en Triana, están confundidos y, también, un poco tristes, porque el barrio está bastante sucio, muy abigarrado en algunas zonas y no ven que haya progresado desde que lo vieron por última vez en 1992.
¿Nos tomamos a mal la crítica de los Fesquet? ¿O empezamos a pensar que, desde fuera, la cosa se ve aún peor que desde dentro? Un lugar luminoso, abierto, limpio, con servicios modernos y en el que se halle, para quien quiera verlo, el claro reflejo de su pasado histórico, eso es lo que a ellos, Marie y Bernard, les gustaría que fuera Triana.

(Escrito por mí y publicado en el Blog "Triana en la red")

viernes, 13 de julio de 2012

La educación, sí, la educación


El Presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, ha manifestado que la mejor política económica es la que pasa por una buena educación. Los que, desde hace muchos años, trabajamos en esto, no podemos dejar de estar de acuerdo. No sólo la educación es la mejor inversión, sino que es la garantía de que la sociedad avance y los individuos tengan en su mano la posibilidad de ser felices. Porque una buena educación nos proporciona un puesto en la sociedad y una puerta abierta a los placeres del entendimiento.
¿Cómo puede lograrse que la Educación, ahora con mayúsculas, mejore de forma considerable en Andalucía? En primer lugar conociendo sus problemas de fondo. Problemas que van más allá de asignaturas concretas o de cuestiones laborales. Problemas que conciernen a la esencia misma del sistema educativo que, desde hace años, no responde a las necesidades de la sociedad a la que debe atender. Y se trata de una cuestión de sentido común, de conocimiento y de solvencia.

El primer reto, es respetar y hacer posible el derecho a la educación de todos nuestros niños y jóvenes. Ese derecho pasa porque no haya alumnos sin profesor, debido a que las bajas por enfermedad o por otros motivos, no se cubren. Este es el gran déficit de la enseñanza pública, el que hace que, en muchos casos, los padres prefieran acudir a los centros concertados que les garantizan (con fondos públicos, no lo olvidemos) que sus hijos no van a estar ni un día, ni una hora, sin profesor.
En segundo lugar, el derecho a que esa educación se realice en las mejores condiciones posibles, sin que existan centros de primera o de segunda. Todos los niños tienen derecho a que en sus colegios e institutos haya ordenadores, plurilingüismo, comedor, actividades extraescolares, transporte o aulas matinales. La verdadera conciliación familiar no pasa por considerar a la escuela como receptáculo donde los niños pasan su tiempo, sino en que el tiempo escolar tenga su verdadero sentido académico y los centros posean toda clase de servicios (deportivos, asistenciales, culturales) atendidos por personal adecuado.

El derecho a la educación significa que todos los niños tengan una atención acorde con sus características personales, sociales e intelectuales. No todos aprenden igual, ni lo mismo, ni en el mismo tiempo, ni en la misma forma. Todos los años pasan por nuestras aulas los “niños invisibles”. Niños silenciosos; niños que no entienden; niños lentos; niños dispersos; niños sin esperanza. Son niños que necesitan una enseñanza diferente, alternativa, valiente, que les haga autónomos, felices, niños sin fracaso, niños con un futuro a su medida. Y no me refiero únicamente a los alumnos con necesidades específicas asociadas a discapacidad, sino a muchos otros queno siguen la marcha de la clase y van fracasando. El fracaso, terrible sensación que el niño experimenta cuando no ocupa un lugar en el universo escolar.

Pero hay más. Los centros educativos llevamos años sufriendo cambios legales. Reglamentos, instrucciones, órdenes, decretos, superpuestos en amalgama, sin coherencia y creando inquietud, desestimiento y duda. A ello se suma la gran cantidad de tareas administrativas, que el profesorado realiza y  la sensación de que nadie nos oye. Cunde el desánimo, crece la desmotivación.
En medio de todo esto, la enseñanza pública tiene que cargar con otro estigma. El que la asocia con violencia, agresiones, problemas de todo tipo, desorganización… A todos los que ejercemos nuestro trabajo con la mayor dignidad y profesionalidad en la escuela pública, nos duelen estas atribuciones, por eso demandamos respeto a nuestra tarea y, sobre todo, una apuesta decidida por lo público.
Porque es posible una educación pública de calidad. Tenemos los mejores profesionales; un gran número de centros dotados con medios materiales; tenemos, sobre todo, un alumnado que confía en nosotros, madres y padres que, a pesar de que corren vientos en contra, siguen depositando en nuestras manos a sus hijos, que es lo mejor que tienen.
Es posible una educación pública de calidad. Con autonomía real de los centros, con respaldo legal a los Equipos Directivos para que ejerzan su labor, con leyes que permitan la atención real a todos los alumnos, con sustituciones efectivas e inmediatas, con respeto y apoyo a la labor del profesorado…
Es posible y podemos. Pero aquellos que por la voluntad popular inherente a la democracia ocupan la Administración Educativa, tienen la obligación moral y ciudadana, de aplicarse sin desmayo, con imaginación, valentía, talento y trabajo. Ellos tienen que ser también los mejores, los más preparados, sin cuotas y sin repartos acomodaticios.
Mientras tanto, los que trabajamos el día a día de los colegios e institutos, seguiremos intentando suplir todas esas deficiencias, que alguna vez quisiéramos ver resueltas por el bien de la sociedad a la que servimos. Por los niños, por nuestros niños. Por ellos, sí, por ellos.

martes, 10 de julio de 2012

Ciudadano de primera

La plaza trianera en la que vivo se llena de agua cuando la lluvia cae con intensidad. El pavimento se cubre de enormes charcos, que con el sol parecen de oro y con la luna, de plata. Charcos que duran días y días, pues no hay ninguna máquina municipal, ningún servicio, que limpie la zona y la deje de nuevo abierta y seca para que los chavales jueguen en ella al balón, o correteen con las bicicletas y los patines.

 Los días siguientes a la lluvia son especiales, porque, acostumbrados como estamos al sol y al buen tiempo, agradecemos esos tibios rayos que surgen en medio del nublado y no es raro ver a los niños con las botas de agua salpicando en los charcos de la plaza, saltando y cubriéndose las botas de tierra húmeda que la plaza va acumulando, a pesar de que es una plaza fría, una plaza como las del norte de Europa y no tiene albero salvo en una de las zonas. El resto es pavimento duro y parterres sobre los que hay, en ocasiones, perros, acompañados de dueños incívicos, que trotan encima de las plantas y niños que no han aprendido a amar la naturaleza, que hacen lo mismo.

Pero no todo es incivismo, ni todo es dejadez en esta plaza que, en un tiempo estuvo cerrada con verjas para evitar el vandalismo y que el Ayuntamiento decidió dejar expedita, abierta en todos sus lados, para disfrute de todos. La pena es que el disfrute de todos se convierte, por obra y gracia de quienes no saben disfrutar sin destrozar, en tristeza para los vecinos, que, desde sus ventanas y balcones, suelen ver cómo ciertos grupos de jóvenes hacen pintadas, ensucian, tiran botellas y vasos de plástico o de cristal por el suelo y en los recovecos de la plaza.

No todo es incivismo. Un rayo de esperanza aparece cuando, como hoy, como todas las mañanas de lluvia, un anciano, una persona mayor, un viejecito, como queramos llamarlo, sale de su casa en uno de los portales, desconozco cuál, bien vestido y arreglado, impecable en su andar, derecho y decidido, con su paraguas en la mano y sin miedo al mal tiempo. El anciano, este vecino que nos da, sin saberlo, lecciones a todos, se ocupa diligente y pacientemente de aliviar los husillos con la única acción de ayudarlos con el extremo puntiagudo de su paraguas, que introduce todas las veces que hace falta hasta que el agua corra y el charco comience a disminuir. Todas las mañanas de esos días grises de lluvia, con sol y nublado, en cuando hay un claro, el anciano se agacha sobre cada husillo y mueve rítmicamente su paraguas, arriba y abajo, hasta conseguir, tras mucha paciencia, que el agua corra y corra, haciendo desaparecer los charcos sobre el pavimento.

 Este anciano, este ciudadano de primera, ha aprendido no sabemos dónde ni de quién, que la plaza es de todos y, con el mismo cuidado que sin duda pondrá en regar sus macetas, en arreglar su terraza, en ordenar su casa o su cuarto, se dedica a recorrer la plaza con su paraguas, bien vestido, erguido y dispuesto, repasando los charcos, las plantas que se han doblado por la lluvia, las papeleras mal colocadas.

Desde mi ventana lo vemos salir y nos alegra la vista, porque comprendemos que ese anciano representa lo que mucha, muchísima gente, no entiende: la actitud cívica, el convencimiento de que forma parte de una sociedad que espera de él su colaboración, su trabajo, su postura diligente y su esfuerzo. Seguramente se trata de un jubilado, pero los principios que le hacen cuidar esta plaza que él considera suya y de todos, no se terminan cuando la vida activa acaba, sino que permanecen siempre en la conducta y en el sentimiento.

Este ciudadano de primera, que tanto me recuerda a mi padre por su manera de actuar, debería enseñar a los jóvenes, a los niños y, por qué no, a muchos, muchísimos adultos, que las cosas son de todos. Que los parques, las calles, los bancos, las aceras, las plantas, los árboles, las paredes, son de todos y que, al ser de todos, no nos pertenece a ninguno, sino que todos estamos obligados a su cuidado para gozar de su disfrute. Es una pena observar que el trabajo meticuloso y solitario de este vecino es una rara avis, una gota de sol en el agua fría, una excepción en un sistema de comportamiento que está basado en cuidar estrictamente tu casa, de puertas para adentro, y destrozar el resto.

Este ciudadano de primera sabe algo que muchos ignoran: cómo el respeto es la base de la convivencia. El respeto que significa respetar el descanso, respetar los jardines y plazas, respetar las calles, respetar a las personas. Sabe que, sin ese respeto, la convivencia deja de ser pacífica y se convierte en una jungla en la que todo lo malo puede suceder. Es una pena que esta preciosa plaza trianera esté sucia porque haya tanta gente que desconoce lo que es el respeto, gente que escribe “Paco quiere a Mari” por las paredes, como si a alguien le importara lo que Paco piensa y lo que piensa Mari. Cuánto más bonito sería que Paco le escribiera a Mari una carta en un papel agradable, con buena letra y con la intimidad que requiere el sentimiento del amor.

Este ciudadano de primera debería hacernos pensar en que esta ciudad es nuestra, es de todos y que todos tenemos el derecho a disfrutarla y el deber de velar por ella. Vamos a pedirle al Ayuntamiento que limpie, que arregle y que acondicione, pero vamos a pedirnos a nosotros mismos que cuidemos, que respetemos y que entendamos que una ciudad es lo que son los ciudadanos que viven en ella.