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Elogio del mérito

 


No sé si creo en la meritocracia pero sí en el mérito. Leo por ahí que estamos en pleno auge de su descrédito. Hay personas importantes e influyentes como Michael Sandel y César Rendueles que han escrito sesudos tratados viniendo a decir que el gobierno de los mejores es cosa mala (no sé si llegan a afirmar que es bueno un gobierno de los peores) e, indirectamente, todo esto trae el debate (es un decir, siempre que hablamos de estas cosas es un debate pequeño, no nos estamos refiriendo a la herencia de Paquirri) sobre qué papel juega la lucha del individuo por su progreso en el conjunto de los bienes que la sociedad recibe. Si es lícito o no que alguien que viene del arroyo se eleve sobre su cuna y se encumbre sobre los otros, simplemente porque ha trabajado mucho para ello y tiene méritos suficientes. 

Este es un debate que no aterriza nunca en las pequeñas realidades, más bien es cosa de estudiosos a los que solo leen otros estudiosos y de los que otros estudiosos copian o rebaten sus ideas, incluso sus ideologías. Me parece que detrás del rechazo a la mejora individual a través del esfuerzo y el trabajo (y del talento que hay que tener para ello) está cierto desprecio al sudor. Los artistas del renacimiento que se dedicaban a la escultura no estaban reconocidos como tales, sino como artesanos, porque sudar es una cosa fea, que desluce cualquier actividad y el arte, para ellos, era cosa intelectual y no física. Hablar de esfuerzo siempre nos retrotrae a imágenes de niños acarreando cabras en el campo, estudiando a la luz de las velas, vendiendo por las calles para ganarse unas pesetas (vienen aquí mejor pesetas que euros) para poder ir al colegio. Pero todos sabemos que la escuela es obligatoria y gratuita hasta una edad importante y ese retrato ya no tiene razón de ser. 

Los estudiosos a los que aludo dicen que la meritocracia, el gobierno de los mejores, el ejemplo de los triunfadores, va en contra de la equidad y de la igualdad de oportunidades. Que lo que hace en realidad es consolidar unas élites que están por encima de los demás y que se convierten en inaccesibles. Tan inaccesibles como lo son los aristócratas, los ricos de familia, los guapos por naturaleza o los descendientes de otros triunfadores. Sin embargo, para mí hay un pequeño matiz en todo esto. Uno no puede elegir en qué familia nace, ni ser guapo o feo, ni ser aristócrata o plebeyo. Lo que sí puede elegir hasta cierto punto (incluso esto es "solo hasta cierto punto") a qué va a dedicar su esfuerzo. No negaré que la naturaleza es caprichosa y que dota muy irregularmente a los mortales. A unos mucho y a otros poco o nada. Este es un condicionante tan terrible que muchas veces pienso que es injusto. Es una injusticia que te toque un exiguo reparto en los dones que todos deseamos poseer para poder vivir una existencia plena: la inteligencia, por ejemplo, algo que te condiciona tu vida mucho más de lo que podamos creer. No entremos en qué es inteligencia, ni en cuántas inteligencias se supone que hay, porque todos tenemos claro qué significa tener una inteligencia que te permita aprender y cuándo existe aquí un impedimento que te arruina en muchas ocasiones o te limita en la mayoría. 


Yo veo todo esto a mi manera. No he hecho estudios sociológicos ni encuestas, ni siquiera he dedicado demasiado tiempo a razonarlo. Pero he comprobado cómo hay personas que parten de las peores condiciones posibles y que se han elevado sobre sí mismas a base de tesón, voluntad, esfuerzo (quizá las tres palabras signifiquen prácticamente lo mismo), todo ello con un mínimo de inteligencia (o mucha) y sin ayuda de nadie. Gente común y corriente de la que no se esperaba el progreso porque quizá estaba destinada a seguir lo que su familia ha hecho durante siglos. Gente normal que no tiene apellidos ilustres, ni dobles, ni casas nobiliarias, ni siquiera padres dedicados a profesiones liberales de las que dan lustre. He conocido y conozco a personas que han hecho un esfuerzo genial, gigantesco, aprovechando hasta la última gota de su talento, de las oportunidades, para lograr lo que se conoce como el progreso, el ascensor social, la superación. Podría decir nombres y apellidos pero me basta con recordar mi calle de la infancia y qué vino a suceder con las chicas de mi misma generación, cómo había quien tenía muchas ventajas de partida y no las aprovechó y, sin embargo, cómo otras que, en teoría, estaban condenadas a perpetuar una especie de destino invisible, saltaron las barreras y dejaron a todos con dos palmos de narices. 

El hombre que más y mejor ha influido en mi vida solía decir siempre que no había que ponerse trabas ni barreras, que las únicas barreras que nos pueden parar son, precisamente, las que uno mismo se coloca delante. Lo decía con total conocimiento de causa. Él había saltado de los madrugones para recoger aceitunas a una situación de superioridad intelectual y de bienestar social únicamente atribuibles a su propia lucha personal. 

Ese es el mérito del que hablo. Si luego queremos añadirle el sufijo Cracia, eso me da igual. Pero negar que ese mérito existe, que debe existir y que no solo no es un peligro sino que le da su verdadero sentido a la igualdad y la equidad, es de ciegos. Una negación peligrosa. Cuando desaparezca la recompensa al mérito solo quedará un desierto para los que no pueden aspirar a otra cosa. Si pensamos que esa negación del valor del mérito favorece a los que menos tienen esto resulta una falacia de tal categoría que me extraña mucho que alguien la tenga en cartera. Salvo que haya por ahí intereses que desconozco o ganas de provocar. No es nada raro que los sesudos expertos utilicen la provocación para vender libros. Al fin y al cabo, un libro no es un traje de Zara. 

(Fotos Vivian Maier)

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