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Los Brontë por Spark


La verdad es que la vida de los Brontë (todos ellos, incluidos los padres y la tía Elizabeth) resulta más apasionante que los libros que han dejado escritos. Al menos, que las novelas más famosas, una de Charlotte ("Jane Eyre"), una de Emily ("Cumbres Borrascosas") y dos de Anne ("Agnes Grey" y "La inquilina de Wildfell Hall"), porque aunque estos son los títulos que asociamos siempre a su arte, escribieron tanto y tan intensamente que resulta imposible tener una idea general de esa obra, a veces dispersa, mezclada y confusa. Al público no ha llegado ningún libro de Branwell, el único hermano en un mar de chicas, al que todas mimaban y cuya educación fue la brújula primordial de la acción de su padre, el reverendo Patrick Brontë. 

Poca gente conoce que ese apellido, tan universalmente conocido, ni siquiera existió como tal, sino que constituye una invención megalomanía del propio Patrick, irlandés pobre trasplantado a la universidad de Cambridge gracias a su inteligencia. Bronte (duque de) era el título nobiliario que ostentaba su admirado almirante Nelson. El apellido real (Bronty, Prenty o similar) procedía del norte de Irlanda, país de origen del padre de familia. 

La vida de los Brontë está ligada a la rectoría de Haworth que puede parecernos una especie de castillo encantado o de mazmorra fría pero que era, en realidad, una agradable y espaciosa casa de dos plantas, rodeada de naturaleza y cuya leyenda sombría más obedece al carácter de sus habitantes y al modo de vida de los mismos que a sus propias condiciones. Es verdad que el clima de la zona es bastante inhumano y que eso contribuyó a la leyenda. Haworth es un pueblo situado en el condado inglés de West Yorkshire que ahora mismo tiene su principal fuente de ingreso en el "turismo Brontë" pues la gente visita los páramos, las piedras, los montes y la casa, convertida en museo de la familia. 

Esas vicisitudes humanas que forman la historia de la familia han dado lugar a interpretaciones, biografías, comentarios y toda clase de textos. Entre ellos está la opinión que dejó escrita en un pequeño ensayo la también escritora Muriel Spark (en las fotos), que resulta de gran interés y que presenta un punto de vista bastante original, como toda ella y toda su obra. Muriel Spark nació en Edimburgo en 1918. Poeta y novelista, escribió libros infantiles, piezas teatrales para la radio, la comedia Doctors of Philosophy (representada en Londres por primera vez en 1962 y publicada en 1963) y biografías de varias figuras literarias del siglo XIX como Mary Shelley y Emily Brontë.

Fue muy popular debido al éxito que tuvieron sus novelas: Memento mori (1959), La balada de Peckham Rye (1960), Los solteros (1960, Impedimenta, 2012), La plenitud de la señorita Brodie (1961), Las señoritas de escasos medios (1963, Impedimenta, 2011), La puerta de Mandelbaum (1965), La imagen pública (1968, finalista del Premio Booker), El asiento del conductor (1970), El invernadero junto al río (1973), Derechos territoriales (1979), Merodeando con aviesa intención (1981, finalista del Premio Booker), El único problema (1984) o Muy lejos de Kensington (1988). 
Tuvo numerosos reconocimientos, premios y doctorados honoris causa por varias universidades, como la de Londres, Oxford o Edimburgo. Fue nombrada Dama del Imperio Británico en 1993. Murió en 2006 en la Toscana (Italia). 


En su ensayo titulado "Las profesoras Brontë" (título inadecuado porque también habla del hermano, Branwell), Muriel Spark defiende la teoría de que, lejos de compadecer a los hermanos por tener que dedicarse a una ocupación que detestaban (la enseñanza) en lugar de dedicarse a su verdadera vocación (la escritura), habría que considerar el prejuicio que causaban a sus discípulos y sus familias, sobre todo porque, no solo tenían escasa disposición a ese trabajo, sino que trasladaron a su literatura (en una forma realmente clara y detallada) los supuestos sufrimientos que vivieron en sus respectivas estancias con las familias a las que debían servir como instructores de sus hijos. 

No deja de ser una teoría propia de una mente tan original como la de Spark, siempre con su punto de humor y de ironía finísima, pero quizá haya que considerar esta reflexión como el punto de partida para una visión del universo Brontë despejado de connotaciones literarias (si ello es posible). Aunque tuvieron una educación severa, esta correspondía más a la ideología paterna que a sus problemas económicos. Por otro lado, vivieron en una buena casa, con criados (siempre había al menos dos), y la posibilidad de aprender todo lo que en aquel tiempo era concebido como necesario para los chicos. También vivieron juegos, paseos y salidas al aire libre. Es verdad que el clima era bastante molesto pero también lo es que los ingleses son muy dados a disfrutar del exterior cualesquiera que sean las circunstancias climáticas. 

Los Brontë perdieron a dos hijas, las dos mayores, María y Elizabeth, contagiadas en el internado al que acudían, lo que, por otra parte, era cosa normal en los parámetros de la época, igual que la muerte temprana de la madre, pero poseían dones que cualquiera no tenía a su alcance: imaginación, creatividad, capacidad intelectual, ganas de aprender, pasión por la escritura y la lectura. Leer la prensa era motivo de alegría para todos ellos y recitar poemas aprendidos, otro motivo principal. La vida intelectual era lo suyo, mucho más que coser, planchar, enseñar o, incluso, enamorarse. 

Tanto Branwell como Charlotte pusieron sus aspiraciones en personas superiores a ellos a los que conocieron con motivo de sus respectivos trabajos como profesores. Branwell sedujo (él decía que era correspondido) a la señora Robinson (nada que ver con Ann Bancroft), la madre de los niños de la casa en la que fue contratado como preceptor y en la que también estaba trabajando su hermana Emily. 

Al señor Robinson no le hizo aquello ninguna gracia y menos aún cuando Branwell sacó el asunto a la luz después de ser despedido. 

Por su parte, Charlotte trabajó como profesora de inglés en el Pensionnat Hèger, de Bruselas, donde se enamoró del dueño y director,  el señor Hèger, con el consiguiente disgusto de su esposa, que consiguió que la despidieran. Después de volver a su casa, Charlotte siguió escribiendo cartas de amor a Hèger, hasta que este tuvo que decirle que dejara de hacerlo porque la situación familiar era insostenible. 

Alguna fuerza especial tenía que tener Charlotte para que, a pesar de su constatada apariencia física poco agraciada, tuviera hasta cuatro proposiciones de matrimonio y aceptara la última de ellas, con treinta y siete años. 

Muriel Spark no es nada complaciente con el hermano. Después de que narra el abandono de un puesto de trabajo en la escuela cercana, define así su vuelta a casa: "Por un largo período se dedica a reponer su dignidad: escribe, pinta, bebe como una esponja e ingurgita opio". Da la impresión de que lo considera bastante snob por considerar que eso de enseñar a niños (maleducados o no) era algo que no estaba a su altura. Quizá lo que le ocurría a Branwell y a todos los hermanos era que no podían ser otra cosa que escritores. Hay gente a la que le pasa esto. Artistas que dejan de estudiar porque tienen que dejar salir su arte, escritores que nacen escritores y tienen que serlo a toda costa. Y, desde luego, hay algo evidente: de todos esos contratiempos surgió una materia literaria que nutrió las novelas de todas ellas y los poemas de todos. Lo que no es poca cosa, desde luego. Muriel Spark pone el acento en la ocupación de los Brontë como profesores, pero podía haberse fijado en miles de cosas, tal complejidad hay en el universo de esta familia de prodigios (lo más probable es que todos ellos fueran superdotados intelectuales). 

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