martes, 11 de septiembre de 2018

Cuando tu amigo se llama Tony Randall

Si yo tuviera un “mejor amigo” como el que tenía Julia Roberts en la película de la boda, querría que fuera Tony Randall. Sobre Dermot Mulroney, que era el amigo de Julia, podría escribir muchas cosas, porque es un tipo ambivalente que a veces va de bueno, otras de gígolo y otras de canalla a secas. Pero esa es otra historia. Volviendo a Tony Randall. Estoy segura de que tendría la paciencia de escuchar todas las bobadas que a mí se me fueran ocurriendo viendo películas románticas o de soportar mis malos humores y mis meteduras de pata. Pondría ese gesto suyo tan especial, ese decir y no decir con la mirada, ese movimiento de manos alborotado y prestidigitador. Se movería por la estancia agitando la cabeza y llenaría de restos de martini seco con solo una aceituna todas las mesitas del salón. 


Hay dos personas que saben muy bien de qué hablo. Rock Hudson y Doris Day. A Doris le envidio tres cosas: haber estado casada, aunque fuera en el cine, con Jimmy Stewart, después de que este se asomase a la ventana indiscreta; sus cocinas y Tony Randall. Las cocinas de Doris Day son de película. Nunca marrones, ni grises, ni negras. Son amarillas, rosas, violetas, rojas. Cocinas de ensueño, con unas islas en el centro que todavía no sé cómo existían en aquella época. Con unos ventanales cubiertos de lánguidas cortinas que crean un ambiente súper especial. Cocinas maravillosas.

Nada menos que en tres películas ellos tuvieron la oportunidad de ser los mejores amigos de Tony Randall. Esas tres películas son “Pillow Talk” de 1959, “Lover Come Back” de 1961 y “Send Me No Flowers” de 1964. En esta última Tony tiene que lidiar con un hipocondríaco que quiere dejar bien colocada a su futura viuda. La primera media hora de la película debería estar situada en el pódium de los guiones bien escritos en el mundo mundial. Si alguien tiene depresión, debe verla de inmediato. En “Pillow Talk”, todo el dinero del mundo, que es el que tiene Tony, no basta para enamorar a la chica que le gusta. Y la chica, sin remedio, se lanza a los brazos de un Don Juan de pacotilla. Por último, en “Lover Come Back”, la cosa va de inventos, de publicistas mentirosos y del sempiterno amigo leal. 


Qué gran persona este Tony, qué genial secundario. Qué digo secundario, de primerísima fila, un actor como pocos, que comenzó haciendo seriales radiofónicos, luego papelitos en teatro y en musicales, marcándose un baile cuando hacía falta, después televisión, y siguió haciendo películas durante muchos años. Había nacido en Tulsa, Oklahoma, en 1920, en una familia judía cuyo padre era marchante de arte y antigüedades. Su última función fue en 2003, un año antes de morir. Tuvo la osadía de fundar un teatro, el National Actors Theatre, y de representar, como despedida del arte y de la vida, un Pirandello, “Así es, si así os parece”. 

Genial. Quiero un amigo como Tony Randall. En realidad, quiero a Tony Randall. A veces se muestra muy generoso y te regala un coche, un descapotable último modelo. También se suele dar a la bebida, le encanta el whisky y todo aquello que lleve espuma y te deje la cabeza a cuadros. En ocasiones se deprime, como todo el mundo, pero suele tener siempre abierta la puerta de la escucha y se le llegas con algún problema, no dudes que estará de tu parte. Sea en el papel que sea, tenga el registro que tenga, los galanes lucirían menos de no estar él a su lado y las muchachas rubias de talle espigado y abrigos de cuello de visón no tendrían un caballero tan acorde que les hiciera el pasillo al cruzar la calle. 


(Imágenes de las películas citadas) 

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