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La poética del naufragio



Hay una lentitud cansada en la película, un ritmo sostenido pero lleno de silencios forzosos. Es como si la respiración se detuviera en aquellos pasajes que más encogen el alma, como si no pudiéramos con la vida a veces. Imposible abarcar en argumento lo que es una trilogía inacabada, pues, incluso en el final quedan tantos cabos sueltos que podrían surgir secuelas e, incluso, volver atrás a indagar en el pasado oscuro. 

El hilo de los hechos se sostiene sobre una emoción imperturbable, rostros que se muestran sorprendidos por la cámara como si esta hubiera entrado de repente y sin aviso en una habitación privada. Ese aire de culpa, ese aspecto furtivo de las cosas que muestra es uno de los logros y nos hace pensar en cuántas perspectivas tienen las acciones humanas, cuántos avatares pueden interpretarse de mil y una maneras. Lo obvio nunca es tal. La historia lo demuestra. 

La música señala los pasos a seguir. Traza con firmeza, como un delineante en un estudio, que todo transcurre como un río, de curso recto pero lleno de meandros y que el camino final no es el más fácil. Ya lo intuimos desde el comienzo. Esto acabará mal, pensamos. Es un edificio a punto de hundirse. La traducción española del tema principal habla de palabras susurradas a media voz y de perfumes embriagadores, así que pocos se resistieron a bailar abrazados a su son, incluso antes de que Sergio Dalma diera la orden taxativa. 

Las sagas familiares dan siempre mucho juego. Se cruzan las pasiones, se inventan las palabras, se mueven sentimientos, se lavan las conciencias, se prestan los favores….Al cabo, esto es la vida y, sin duda, cualquiera de nosotros opondría a Corleone, sus hijos, sus amigos, sus vecinos y aun sus enemigos, otros nombres que puedan confirmar nuestro mapa de afectos y de odios, como si Mario Puzo los hubiera escogido para ser trasladados al papel inmortal de un texto escrito. 


Aquí, el hilo conductor es esa figura taciturna que aparece muy joven y que termina siendo un trasunto de lo que fue su padre. Michael Corleone es un hombre abocado al fracaso. Los hombres de honor no tienen otro destino que morir o morirse. Así transita por las tres películas, como alguien que intenta sostener con sus manos algo que sobrepasa su propia fuerza. Porque los lazos del amor y la sangre son difíciles de desatar, él los atropella a veces y los escribe, en otras ocasiones, con tinta roja, indeleble y marchita. 

Los “Padrinos” son una tragedia griega. En su originaria novela, Mario Puzo tuvo sin duda que incluir aquellos relatos familiares que oyó en su infancia, allá en Manhattan, que es donde suelen nacer los descendientes de italianos que llegan a ser críticos literarios, escritores y guionistas. La inmensa enredadera de personajes, ofrece, en realidad, algunos arquetipos, si no de caracteres, sí de pasiones. Un estudio de la pasión humana pasada por el tamiz de la peor de las miradas. La envidia, el miedo, el poder, la ambición, la rabia, el desapego, todo se confunde en un mosaico que juega al escondite con la trama principal pero que nunca logra ocultarla del todo. 

Si tiras del hilo, si sacudes ese polvo suave que nace del paso del tiempo, obtendrás el dibujo final, hecho con un finísimo lápiz y sobre papel gastado. El naufragio de quienes, por sobrevivir, han de elegir la zozobra a la dicha. Han de renunciar a su vida, para mantenerse vivos. Han de ser como los otros necesitan que sean, antes de como ellos quisieran ser. Así, estos “Padrinos” ofrecen una lección de impostura. De doble juego. De anverso y reverso. El corazón tierno y conmovido con el lirismo de una ópera, y la fría determinación de asesinar a cualquiera que te estorbe. Cara y cruz, sin paliativos. 

Los mafiosos son muy novelables. Han tenido suerte. Su perfil sucio de transgresores sin poesía se ha transformado gracias a la literatura y el cine en un movido arsenal de matices. Malos ma non troppo. Violencia con trasfondo. La épica de la venganza. El uso de sustantivos amables para designar el delito. 
Han tenido suerte. Su historia se ha escrito y se ha filmado con una lupa de amabilidad, de manera que nos resultan incluso gente comprensible, agobiados por las circunstancias, hechos a sí mismo al modo americano. No se entendería América sin ellos. Trasplantados desde el viejo sur de Italia a las calles de Chicago o de Nueva York, su pasado les redime. La pobreza, el desamparo, la emigración, son las vallas mentales que proporcionan una coartada firme. Son héroes negativos en un mundo bañado por una violencia extrema. 


En el caso de Vito Corleone, su épica se acentúa por el origen de la lucha entre bandas que inicia el drama novelado. Esa negativa suya, ese libro de estilo que no incluye traficar con drogas lo sitúa en un lado de la calle en el que el honor tiene límites que no pueden ser traspasados.

Los “Padrinos” de cine son una larga obra sinfónica. Y como todas ellas, presos de altibajos, de momentos sublimes, de pequeños vacíos y de huecos. Sobra quizá algo por aquí, quiero detenerme en esto otro. Los rostros de los actores se trasmutan y la fuerza del guión se expresa sin solución de continuidad ni compromiso. La capacidad de las imágenes se alía con las sentencias verbales, algunas ya históricas y, desde luego, con las emociones que evocan. 

Es, asimismo, película (películas) de ritos. Ritos familiares, religiosos, amorosos. Ritos que hay que mantener para que la vida tenga sentido. Ritos que cohesionan. Que dotan de explicación el lento transcurrir de los días más oscuros. Ritos que culminan en sangre derramada, por supuesto. 

Me quedo con algunas de esas emociones, quizá más cotidianas pero por eso mismo más sentidas. Me quedo con la frustración de Kay que no puede salvar al hombre del que está enamorada. Me quedo con el fracaso de Michael que no puede impedir la muerte de la guapa chica italiana con la que se casa allá por la prehistoria. Me quedo con la decepción de Don Vito, al contemplar, como tantos padres, qué se ha hecho de su prole, qué de su deseo de verlos convertidos en hombres fuertes y “honrados”, al estilo siciliano, se entiende. Me quedo con la debilidad de Fredo, incapaz de ser lo que esperan de él. Me quedo con la frivolidad de Connie, barco sin rumbo, a la deriva. 

Me quedo con el amor inesperado, imposible, irredento, interminable, de Vincent y Sofía. Que el amor florezca bajo las balas es un milagro. Que un hombre capaz de actuar con mano de hierro y cabeza fría pueda enamorarse de alguien, casi una niña, limpia de corazón, es la muestra de que esta es una película en claroscuro. Que la muerte siegue el amor cercenado de antemano, es el signo trágico de quienes, en el filo de la navaja, somersetianamente hablando, no consiguen salvarse del naufragio. Nadie me salvará de este naufragio, si no es tu amor, la tabla que procuro; si no es tu voz, el norte que pretendo….


Sinopsis: 

“El Padrino” es una trilogía realizada por Francis Ford Coppola sobre la novela original de Mario Puzo, que cuenta la historia de la familia Corleone, mafiosos originarios de Italia y asentados en EEUU. 

Algunos detalles de interés:

La primera película de la saga se rodó en 1972. Coppola eligió a un Marlon Brando en estado de gracia para representar al viejo Vito Corleono, el Padrino. Con él, en los principales papeles, aparecen Al Pacino, como Michael Corleone, el hijo que heredará el padrinazgo; su segunda esposa, Kay Adams, interpretada por Diane Keaton; James Caan como Sonny Corleone, el hijo mayor; Robert Duvall, en el rol de Tom Hagen, el abogado y hombre de confianza de la familia; Talia Shire, como Connie Corleone, la hija pequeña de Don Vito; John Cazale, como el débil Fredo Corleone. 

La música de Nino Rota es uno de los principales aciertos de la película. Su “Tema de Amor” es un clásico. En la siguiente película de la trilogía colaboré con él Carmine Coppola. Sterling Hayden, el feliz protagonista de “Johnny Guitart” hace aquí un papel secundario, de policía. 

Los premios le llovieron a la primera entrega: tres Oscars, uno de ellos a Brando. Cinco Globos de Oro, igualmente premiando al actor principal, entre otros premios importantes. En Italia, se reconoció su calidad con el Premio David di Donatello al mejor film extranjero, aunque seguramente era una película más italiana que otras rodadas en el suelo patrio de la familia Corleone. 


En la segunda parte, conviven una vuelta atrás para mostrar a Don Vito niño y joven, al tiempo que el ascenso de Michael Corleone a Padrino. Allí está Robert de Niro, iniciando su trayectoria de mafioso de buen corazón. Y otros nombres de interés, como Danny Aiello, Harry Dean Stanton, así como el eterno galán Troy Donahue, en un papel tan trágico como irreverente con su propia biografía. 

Por fin, en la tercera entrega, la saga continúa de la mano de Vincent, jovencísimo y prometedor Andy García, que recibe el testigo de ese cansado Michael de ojos tristes. Duelos interpretativos entre dos italoamericanos, De Niro y Pacino; un latino, García y el grande, grande, americano y strasbergniano Brando, superándose a sí mismo, en un salto mortal, serenamente. En “El Padrino III” aparecen recuperados actores de talla: Eli Wallach, George Hamilton, Helmut Berger o Raf Vallone, extraordinario en su papel. Otros son emergentes, como Bridget Fonda y Joe Mantegna. Y, por fin, una revelación que no fue tal y que, posiblemente, lastró la película de una forma poco misericordiosa, Sofia Coppola, la pasión quitó el conocimiento al padre, aunque no a la hija, que tomó buena nota del Razzie a la peor actriz que cosechó y se dedicó, con mayor fortuna, a la dirección. 

La crítica ha soplado en muchas direcciones. Algunos consideran que la primera de la serie es la mejor, otros dicen que la segunda. En lo que todos coinciden es en que, la tercera, aun siendo la peor, es una obra maestra. Así que…

El sentido familiar del maestro Coppola se observa en la cantidad de parientes que circulan por los tres films. Faltó añadir al joven Nicholas Cage, pero quizá entonces la película se hubiera desarrollado en un avión tomado por los malos. Y ya sabemos que los mafiosos cuidan mucho el medio de transporte. 



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