sábado, 29 de septiembre de 2018

"Rebeca" de Daphne du Maurier

Daphne du Maurier (1907-1989) publicó este libro en 1938 y dos años después Alfred Hitchcock dirigiría su película de igual nombre con Laurence Olivier y Joan Fontaine como protagonistas. Este es uno de esos casos infrecuentes en que la adaptación cinematográfica no desmerece del libro y el libro no defrauda después de ver la película. Ambos, libro y película, obras maestras. 

La historia es conocida: una joven muchacha de la que no se dice el nombre en toda la novela, está en Montecarlo como señorita de compañía de una impertinente y acaudalada señora, Edith Van Hopper, una snob, que está encantada de relacionarse con gente importante. En el mismo hotel se encuentra Maximilian De Winter, señor de Manderley, de una acrisolada familia inglesa, que intenta recuperarse de la pérdida de su esposa, la bella Rebeca, que se ahogó en las aguas cercanas a Manderley hacía un año. 

Es ese carácter tan entrometido y curioso de la señora Van Hopper el que, ella misma lo reconoce en el capítulo III, hará posible un cambio en su vida. "Es curioso pensar que el curso de mi vida estuvo pendiente, como de un hilo, de aquel defecto suyo. Su curiosidad era una enfermedad, casi una manía" La señora Van Hopper ocupaba un sillón estratégico en el vestíbulo del hotel Côte d´Azur y allí esperaba, cual cazador, que pasara alguien interesante para lanzarse sobre él. 

Este es el comienzo lineal pero el libro se mueve en meandros y por eso se inicia con una de esas frases famosas que pasan a la historia: "Anoche soñé que volvía a Manderley. Me encontraba ante la verja del parque, pero durante algunos momentos no pude entrar. La puerta estaba cerrada con candado y cadena. Llamé en sueños al guarda, pero nadie me contestó, y cuando miré detenidamente a través de los barrotes mohosos de la verja, vi que la caseta estaba abandonada "

En un flashback recurrente, el libro retrocede y avanza sobre los acontecimientos que rodearon el encuentro de esos dos seres y todo lo que ello ha traído consigo. Pero no es solo esto. El primer capítulo es un canto a la nostalgia, a la brevedad de las cosas y a la necesidad de, a pesar de todo, seguir viviendo. Los episodios de transcurren en la Costa Azul tienen el aire de ligereza y de belleza efímera que caracteriza lugares como este y lo que pasa en Manderley es pesado, difícil y, al tiempo, complicado de olvidar. Dos mundos para dos personas que parecen encontrarse en el peor momento. 

Resulta curioso que el personaje que domina la narración no esté presente. Rebeca ya no existe pero su influjo pervive en todos. En Max De Winter, atormentado por los hechos que condujeron a su muerte; en la señora Danvers, el ama de llaves obsesiva que cuida de que la presencia de Rebeca se mantenga en Manderley; en los criados, en la familia, en el perro, en los pañuelos bordados y en los membretes de las cartas. Para la joven esposa, esa presencia es asfixiante porque sabe, intuye, que nunca podrá estar a la altura de Rebeca. 


(Joan Fontaine y Laurence Olivier en la película "Rebeca")

A pesar de que Max y la muchacha se enamoran de forma instantánea, a pesar de que la frescura inocente de ella lo conquista, la falta de comunicación entre ambos hace que en su cabeza aniden ideas que son falsas y que la atormentan. Max es de esos hombres introvertidos que lo guardan todo para sí mismos y hasta que no se desencadena el problema no es capaz de confiar en su mujer y contarle lo sucedido. Hasta ese momento da la impresión de que ni siquiera es consciente de la intranquilidad de ella, de lo extraña que se siente en Manderley y del papel nefasto que juega la señora Danvers. Esta inconsciencia, patente, es una de las características del personaje masculino que recoge fielmente la película. 


(Joan Fontaine se da cuenta de que la señora Danvers le ha jugado una mala pasada con el disfraz)

Hasta que un giro en la historia no amenaza de nuevo la tranquilidad de la pareja no será posible que él advierta la dificultad que la muchacha tiene en adaptarse a Manderley. Y en su propio papel de esposa. Me trata como a un perrito a quien se le da cariño distraídamente, viene ella a decir. La diferencia de edad, veinte años, y el carácter callado de Max hacen que la seguridad en sí misma, escasa y pendiente de un hilo, de ella, vuele en cuanto llegan a la mansión. La pomposidad de los criados, las obligaciones de ama de casa, todo se le convierte en un camino duro de recorrer. Y las meteduras de pata. Nada de eso tendrá importancia cuando el pasado, que él cree borrado y ella imagina de otra forma, vuelva a aparecer en forma de barco. 


(La fama de la película hizo que, desde entonces, se denomine como "rebeca" el jersey abierto con botones que se ve en la foto)

La escritura de Daphne du Maurier es de una extraordinaria claridad. No diré sencillez si esta palabra significa simplicidad. Es capaz de convertir la atmósfera en algo tangible y de expresar a base de descripciones exactas cómo es un lugar y cómo se respira en él. Además de eso, hay un misterio que no está resuelto y que, en la segunda parte del libro, irá tomando forma. No en vano estamos ante una novela de misterio, aunque no al uso, sino tratado de una manera tan delicada y tan llena de detalles que resulta inquietante más que otra cosa. Narrado en primera persona por la protagonista, la esposa joven, la chica ingenua, su visión ofrece el punto de vista inédito y sin contaminar de alguien que ve las cosas desde fuera, es decir, el mismo que tiene el lector. Esta es una de las virtudes del libro, pues cualquier otro narrador iría por delante de nosotros en el conocimiento de los hechos. 


(Imagen de juventud de la autora)

La autora pertenece a una familia de artistas en la que hay dibujantes, actores, actrices, pintores, escritoras...Vivir en ese ambiente le proporcionó la posibilidad de comenzar a publicar muy pronto y el éxito de sus primeras novelas hizo que fuera conocida desde el primer momento. Otras obras suyas se han llevado al cine, como Los pájaros, La posada de Jamaica o Mi prima Rachel. Hitchcock tuvo la intuición feliz de comenzar su película exactamente igual que el libro, con ese párrafo genial. Eso y la frase que aludía a Rebeca y que recogen varios personajes "Rebeca De Winter, era bella, él la adoraba", se convirtieron en iconos del libro y del film. 

Rebeca. Daphne du Maurier. Traducción Fernando Calleja. Debolsillo. 2017. Novena reimpresión. 

sábado, 22 de septiembre de 2018

"Una educación" de Tara Westover

Esta es la historia de Tara Westover que nació en las montañas de Idaho y nunca fue a la escuela infantil, ni a la primaria ni al instituto. Su primer encuentro con las aulas tuvo lugar en la universidad. Es, también, la historia del aislamiento de una familia con ideas propias, dirigida por un padre que se creía en posesión de la verdad y que construyó un castillo en el que nada era transparente. Pero, sobre todo, es la constatación de que uno puede cambiar su destino y que la educación es un elemento de importancia extraordinaria para lograr ese cambio. 

Puede que la ira que Tara Westover almacenó durante sus años de universidad, dándose cuenta de que la vida que había llevado hasta entonces era castradora, y que la actuación de sus padres con ella y sus hermanos era la causa de esa castración, puede que esa ira lograra almacenar sus recuerdos intactos para devolverlos en forma de escritura. Como ella dice en alguna entrevista, escribir es la manera de cerrar el círculo y abandonar la ira porque, como el rencor, hace daño a quien la siente. 

Además de las extremas condiciones en que esta familia vivía (y viven los miembros que todavía siguen en ella), sin médicos, sin escuelas, sin conocimiento de lo que ocurre en el mundo, sin contacto social, está la propia evolución de la niña que descubre casi de casualidad algo que le importa y que le gustaría practicar. Se trata de la música, del canto. Tara tiene una bonita voz y ese es el primer peldaño para su salvación. Quizá al ser la menor de los siete hermanos de la casa hizo que sus padres abrieran un poco la mano y le permitieron cantar en un coro. Sea como fuera, eso logró el milagro. Y el milagro fue irreversible porque a los dieciséis años se marchó a la universidad, preparándose ella misma de forma concienzuda, y saltándose todos los pasos previos de la escolaridad. 

Los entornos familiares tan cerrados y apocalípticos como este, mormones esperando la llegada del último día, dedicados a recoger chatarra y a realizar tareas ínfimas desde pequeños, sin otra esperanza o distracción que la supervivencia, generan monstruos. Y Tara define a uno de esos monstruos en forma de un hermano que la convirtió en objeto de su violencia, después de haber hecho lo mismo con otra de sus hermanas. La confesión de Tara a sus padres no sirvió de nada, salvo para confirmar que ya sabían lo que pasaba y que lo consentían. Eso fue la espita, el repulsivo, el empujón que necesitaba para decir adiós y mirar hacia otro mundo. 

El hecho de que a los veintisiete años, que son los que tiene en la actualidad, ella cuente sus vivencias le da un especial cariz porque sus protagonista están vivos y presentes. Hace falta mucho valor y mucha seguridad en sí misma para hacerlo. Aunque quizá este sea el último acto que cierra una tragedia que la universidad, el saber y el conocimiento, logró que no fuera decisiva. 

Tara Westover (Idaho, 1986) comenzó a estudiar cuando tenía diecisiete años y en 2008 era graduada en Arte. Después de eso obtuvo el posgrado en el Trinity College de Cambridge un año después. Se graduó en Historia en 2014 y pasó por Harvard. Ahora vive en Londres. Este es su primer libro, considerado por algunos medios críticos como uno de los más destacados de 2018.

"Una educación" es una defensa del conocimiento como medio civilizado de vida y un alegato contra el fanatismo.

Una educación. Tara Westover. Lumen, 2018. 

jueves, 20 de septiembre de 2018

La trampa del cariño





Adéle tiene una voz aguerrida y lanza notas al aire con la facilidad de un paso de baile. Va subiendo de intensidad la música y entonces, cómo no, se descosen las costuras del alma y tienes que volver a la vida. Has guardado en el último cajón del pensamiento todo lo que le atañe, pero la música es la llave que abre los recuerdos. Y la fatídica trampa del cariño, que convierte en una nítida sensación de pegajosa ausencia tantas horas en las que has procurado no pensar.

Paseas por los jardines imaginarios en los que el olor de las plantas te consuela, recorres con los pies desnudos esas playas que nunca pisarán sus pies, pero, a pesar de todo, tienes que intentar recomponer el gesto, porque ninguna mujer debería echar de menos lo que es un motivo de duda, de desconcierto, de pesadumbre. Nadie tendría que vagar en los sueños inexistentes, ni despertarse con pesadillas de lo que no ocurrió porque no había motivos.

La voz de Adéle se curva, sube un recodo y te planta arriba, cerca del cielo, en una alta montaña, una colina, desde la que puedes divisarlo todo. Ha salido de sí misma para enseñarte, sin excusas, que ahora no puedes empezar de nuevo un camino que termina en lo oscuro. Te dice que esperes, que no seas impaciente, que todo el olvido necesita reposo, que la prueba del adiós es difícil y angustiosa, pero que es peor aún el miedo, el desasosiego, la esperanza inútil.

Ese vaivén del corazón prisionero de algo que tienes que esconder sin que nadie lo observe, esa vuelta al tiempo en el que la soledad era el tema de la canción, todo eso te trae ahora la música que suena, el brío de la voz desencadenada, el empuje de las notas sin miedo, con la nitidez de quien sabe que, a pesar de todo, hay un día que vivir, aunque solo sea porque es lo que tienes y es lo que está en tu mano y lo otro, ya sabes, es una herida hecha de fantasía engañosa.

(Ilustración Fritz Willis) 

sábado, 15 de septiembre de 2018

"El misterio de la casa roja" de A. A. Milne

Resulta muy tierna la historia de este hombre, Alan Alexander Milne (Londres, 1882-Sussex, 1956). Podíamos decir que su amor por la familia le jugó malas pasadas. Y su literatura siguió caminos irregulares, quizá intentando formatos que no eran los suyos y dejando de lado lo que mejor se le daba. Es un personaje extraño, del que hay pocos datos en castellano y que merecería, quizá, una investigación más a fondo. Uno de esos autores que pasan a la historia de la literatura por algo que ellos mismos no imaginaban que trascendiera. 

A. A. Milne (como firmaba su obra) tuvo un único hijo, Christopher Robin y quiso dedicarle una serie de cuentos y poemas en las que el niño era un personaje más. En esos cuentos estaba acompañado por sus propios juguetes, sus peluches. Así nació la serie de "Winnie the Pooh", que alcanzó una enorme fama y que recibe todavía culto en Inglaterra. El oso, el niño, sus amiguitos, eran, en apariencia, una forma de expresar amor de padre, pero para el chico se convirtió en un handicap. En el colegio se reían de él y tuvo que cambiar para poder sobrevivir en un mundo de chicos con poca sensibilidad para entenderlo. Su vida fue complicada porque no era capaz de hacer lo fácil y sí lo muy difícil. Entre él y sus padres había una especie de relación amor-odio. Haber formado parte del universo literario infantil que su padre creó no fue un camino de rosas, sino el principio de una serie de problemas que el niño Christopher no supo abordar. Cuando fue adulto, esa relación se resquebrajó, hasta el extremo de que ni siquiera tuvo relación con su madre durante muchos años. Christopher debió pensar que él había sido un negocio para ellos. No sabemos qué papel jugó la madre, pero algo tuvo que ver la librería que llegaron a montar y que funcionó durante años. 

En 1922, justo antes de empezar a escribir los cuentos del osito, A. A. Milne escribió esta novela policíaca, una de esas novelas de cuarto cerrado, en la que todo transcurre en un espacio reducido y con unos personajes muy contados. La dedicatoria de Milne en la novela nos dice el motivo de escribirla y no deja de hacernos pensar en que este hombre tenía una concepción muy especial de la familia y de su trabajo. Se la ofrece a su padre, John Vine Milne: "Como toda la buena gente, tienes debilidad por las novelas policíacas y te parece que nunca hay suficientes. Por eso, después de todo lo que has hecho por mí, lo menos que puedo hacer yo por ti es escribirte una..."

Tengo mi propia teoría al respecto. Creo que Milne era un hombre afectuoso que no veía mejor forma de mostrar ese afecto sino con sus libros. Y que todo ese juego con los ositos y su hijo era una especie de "Cuentos por teléfono", el libro de Gianni Rodari. Su hijo estaba siempre junto a su nanny y lo veía poquísimo así que quiso hacerle una especie de recordatorio de lo importante que era para su padre. El papel de la madre, esto es teoría personal, me da la impresión de que era más práctica. El éxito del osito y sus libros hizo que fuera una fuente de dinero. Y por eso su hijo no la perdonó. 

"El misterio de la casa roja", título infantil donde los haya, reminiscencias de su principal dedicación o de su estilo, es la única novela policíaca que escribió. Contiene todos los elementos para lograr el interés de los amantes del género: Una casa en la campiña inglesa. Un entusiasta anfitrión. Unos invitados con historias detrás. Un detective aficionado y su sagaz ayudante, también aficionado. Un crimen misterioso. Una desaparición. 

El encanto de los libros que transcurren en la campiña inglesa, en esas mansiones llenas de escaleras, puertas y sirvientes, rodeadas de setos, de jardines y de caminitos que conducen a un cenador o a un invernadero, está precisamente en eso. En la dualidad entre crimen y belleza. En la dificultad de creer que en ese paisaje bucólico puede suceder algo sórdido. En la ocultación. En el juego de espejos, por el cual nadie es lo que parece, al menos del todo. En esas relaciones sociales que esconden lo que nadie más debería saber. Otro de los encantos de este libro en concreto es la forma de titular los capítulos, títulos ingeniosos que parecen proporcionar pistas, aunque quizá quieran confundirnos. 

El misterio de la casa roja. A. A. Milne. Editado por Siruela, 2018. Traducido por Raquel García Rojas. Colección Los libros del tiempo. 226 páginas. 

viernes, 14 de septiembre de 2018

Una Jane Austen de quince años: Amor y amistad

!Qué libro tan precioso! Esta es la primera frase que quiero escribir, la primera sensación que he sentido. Precioso en su contenido, unos textos increíbles que no parecen escritos por una muchacha tan joven, de catorce a dieciséis años, y que revelan el talento a manos llenas, el talento en estado puro, el aviso cierto de que Jane Austen es una escritora inmensa. 

Recojo de la solapa del libro, que ha editado con amor la editorial Alba, tan cuidadosa siempre en su selección y en la edición de sus libros, una definición de la literatura de Austen que no puede ser más pertinente y cierta: "Satírica, antirromántica, profunda y tan primorosa como mordaz" Estoy tan de acuerdo que quisiera que leyeran este libro todos aquellos desinformados que incluyen a Jane Austen en corsés que no se ajustan a lo que fue, a lo que es, porque la literatura siempre existe en presente. Ni fue una escritora romántica, ni lo fue victoriana, ni era gótica, ni seguía la tradición de su época. Era original en sus planteamientos, atrevida en sus opiniones, bella en sus formas e ingeniosa en sus historias. 

"Amor y amistad" contiene los Juvenilia, los escritos juveniles de la autora, los que escribía para solaz de sus amigos y familiares y como muestra de que su inclinación por la escritura fue precoz, temprana y llena de detalles talentosos. Recoge tres volúmenes de historias, de los que el primero no aparece completo, sino en forma de selección. Si lees estas historias te parece imposible que hayan sido escritas por una chica tan joven y con tan escasa experiencia de la vida. Su mundo era el mundo de la rectoría donde nació. Sin embargo, ese sería nuestro error de percepción. Porque el mundo ofrece miles de oportunidades de estudiar la naturaleza humana, estés donde estés. Quizá porque los grandes conceptos del carácter son los mismos en todos sitios y porque estudiarlos a corta distancia te llena de sabiduría en la observación. 

La ironía, la sátira, el sentido del humor, la risa abierta, la broma, todo ello aparece de continuo. Esto formará parte de su estilo posterior. Ver la vida desde un prisma diferente al usual y echarle unas gotas de sarcasmo, porque, de ese modo, todo puede sobrellevarse con mayor dignidad y aprovechamiento. Esta manera de mirar que genera una manera de contar muy suya, demuestra un enorme amor por la vida, por la existencia en sí misma, al margen de con quién estés y qué hagas. Eso es un don. Sin ese don no se entendería la obra de Jane Austen. Su acercamiento al mundo, por otro lado, está hecho a través de las palabras; ellas le dan forma, lo definen y llenan su espacio vital. Todos en su familia (una familia donde había otros escritores aficionados y, desde luego, buenos lectores) sabían de su afición y de su talento. Y también de su carácter, de esa mordacidad irónica que tan bien señala Alba y que se puede apreciar en todas sus obras, incluso en las impregnadas de mayor dramatismo. 

En el libro hay historias, cartas, relatos históricos, toda una amalgama de formas literarias, que sorprende y entretiene, que puedes leer del principio al final o al revés. El género epistolar, al que tan aficionada era en la vida real, lo empleó luego en "Lady Susan" una novela corta que no ha sido suficientemente valorada y que contiene un personaje tan sumamente atractivo como desconsiderado y egoísta. Una madre desnaturalizada. ¿Qué pasa con las madres Austen, que todas son tan casquivanas, insensatas, egocéntricas o están ausentes? Claves y más claves de una existencia apasionante en su aparente pequeñez. 

Amor y amistad, Jane Austen. Editorial Alba Minus. Traducción Menchu Gutiérrez López. Prólogo de G. K. Chesterton. Edición del bicentenario, 2017. 



jueves, 13 de septiembre de 2018

"Patrick ha vuelto" de Josephine Tey

Este es el tercer libro que leo de Josephine Tey. Los otros dos, publicados también por la editorial Hoja de Lata, son "La señorita Pym dispone", de 2015 y "El caso de Betty Kane", de 2017. He de decir que este último es el que me ha gustado más de los tres, el que tiene un aire más pícaro y, a la vez, detallista y delicado. 

Patrick, el que vuelve, es el mellizo de Simon, uno de los hijos de la familia Ashby, huérfanos de padre y madre, a cargo de la tía Bee. Todos lo creían desaparecido en circunstancias trágicas, todos pensaban que era caso cerrado, pero un tal Brat Farrar llega al pueblo de Clare y asegura ser el mellizo desaparecido. 

Los lectores sabemos desde el principio que es un impostor. Hay alguien que mueve los hilos y que quiere aprovechar la circunstancia de la enorme fortuna que heredará a su mayoría de edad el mayor de los mellizos, en este caso Patrick. En este sentido, la autora muestra su complicidad con los lectores y les hace partícipe de muchos más datos de los que tiene la familia. Sin embargo, como toda novela de misterio que se precie, hay circunstancias que ninguno de nosotros entenderá hasta el momento oportuno. 

La temática de la suplantación de personalidad no es original y se ha plasmado en muchas novelas y películas. En este caso, el entorno cerrado en el que se mueven los personajes le da un carácter de vida cotidiana en la que cualquier tropiezo puede generar dudas e incertidumbres. Lo más curioso de todo es la inserción de un chico norteamericano en el seno de una familia inglesa típica. El punto de vista desde el que Patrick/Brat observa los acontecimientos, las costumbres y el devenir de los días en una familia conmocionada por el descubrimiento de que perdido hermano está vivo, es el de alguien extraño en todos los sentidos y el de alguien que tiene que comportarse de forma que no se levanten sospechas. Pero sabemos que esto no es posible.

Josephine Tey es una escritora muy peculiar. Su inteligencia y su capacidad de análisis destacan en su estilo y esto se transmite de una forma muy eficaz en sus libros. Logra que el lector entre en la historia por muy descabellada que esta sea. Los enredos que describe tienen un aire doméstico que los hace asequibles y un cierto toque de extrañeza que produce inquietud. Como afirma la editorial en la solapa del libro, Elizabeth Mackintosh, que es el verdadero nombre de la escritora, pertenece a la Edad de Oro de las novelas británicas de intriga pero ella va por libre. Su personaje más relevante, el inspector Alan Grant no tiene nada que ver con los detectives al uso. Y los finales abiertos son su especialidad.

Patrick ha vuelto. Josephine Tey. Traducción de Pablo González-Nuevo. Editorial Hoja de Lata. Julio de 2018.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Montmartre, por favor


Nadie está solo si se sienta en Montmartre y abre un libro. En cualquiera de sus cafés de color rosa puede encontrarse el motivo para descubrirse. Estoy aquí, he venido y sé que ahora esta paz me rebosa. Todas las mesas se llenan de libros y personas. Y las ventanas verdes de madera se abren por tiempo indefinido. Nadie sabe cuándo se cerrarán, nadie lo sabe. No hay fechas, ni anuncios, ni aviones que sobrevuelan, ni huelga de pilotos. El suelo está hecho a base de paciencia. Legiones romanas cruzaron las calles y colgaron de cada casa un refrán. Están todos convertidos en sentencias imposibles. 

Acuérdate de aquellos días. Era septiembre. Un septiembre más crepuscular, con horas más tardías y sueños más tempranos. Ese vestido a rayas y ese sombrero gris, con el tono de la perla natural que solo se encuentra en las islas más griegas. Acuérdate de las miradas. Tersas miradas sin ocultaciones. Miradas que esbozaban sonrisas. Gente que nos miraba. Nos mirábamos. Recuérdalo. Era septiembre y la calle ardía. Todo se convertía en el trasunto del amor iniciado. Éramos y teníamos el tiempo por delante, eso que llaman vida, que pasa tan deprisa aunque no nos fiemos y se hagan tan eternos los trece años. 

La cámara tenía trabajo por hacer. A cada instante sonaba su zumbido. Lanzaba fotos con esa reverencia de quien halla un motivo para captar todas aquellas cosas que el pasar de las horas hace lumbre. Nadie se siente solo si está en Montmartre una tarde del noveno mes, viendo pasar a las legio romanas, sintiendo que las cosas se ajustan a los sueños y captando en mil imágenes esa mirada tuya. 

martes, 11 de septiembre de 2018

Cuando tu amigo se llama Tony Randall

Si yo tuviera un “mejor amigo” como el que tenía Julia Roberts en la película de la boda, querría que fuera Tony Randall. Sobre Dermot Mulroney, que era el amigo de Julia, podría escribir muchas cosas, porque es un tipo ambivalente que a veces va de bueno, otras de gígolo y otras de canalla a secas. Pero esa es otra historia. Volviendo a Tony Randall. Estoy segura de que tendría la paciencia de escuchar todas las bobadas que a mí se me fueran ocurriendo viendo películas románticas o de soportar mis malos humores y mis meteduras de pata. Pondría ese gesto suyo tan especial, ese decir y no decir con la mirada, ese movimiento de manos alborotado y prestidigitador. Se movería por la estancia agitando la cabeza y llenaría de restos de martini seco con solo una aceituna todas las mesitas del salón. 


Hay dos personas que saben muy bien de qué hablo. Rock Hudson y Doris Day. A Doris le envidio tres cosas: haber estado casada, aunque fuera en el cine, con Jimmy Stewart, después de que este se asomase a la ventana indiscreta; sus cocinas y Tony Randall. Las cocinas de Doris Day son de película. Nunca marrones, ni grises, ni negras. Son amarillas, rosas, violetas, rojas. Cocinas de ensueño, con unas islas en el centro que todavía no sé cómo existían en aquella época. Con unos ventanales cubiertos de lánguidas cortinas que crean un ambiente súper especial. Cocinas maravillosas.

Nada menos que en tres películas ellos tuvieron la oportunidad de ser los mejores amigos de Tony Randall. Esas tres películas son “Pillow Talk” de 1959, “Lover Come Back” de 1961 y “Send Me No Flowers” de 1964. En esta última Tony tiene que lidiar con un hipocondríaco que quiere dejar bien colocada a su futura viuda. La primera media hora de la película debería estar situada en el pódium de los guiones bien escritos en el mundo mundial. Si alguien tiene depresión, debe verla de inmediato. En “Pillow Talk”, todo el dinero del mundo, que es el que tiene Tony, no basta para enamorar a la chica que le gusta. Y la chica, sin remedio, se lanza a los brazos de un Don Juan de pacotilla. Por último, en “Lover Come Back”, la cosa va de inventos, de publicistas mentirosos y del sempiterno amigo leal. 


Qué gran persona este Tony, qué genial secundario. Qué digo secundario, de primerísima fila, un actor como pocos, que comenzó haciendo seriales radiofónicos, luego papelitos en teatro y en musicales, marcándose un baile cuando hacía falta, después televisión, y siguió haciendo películas durante muchos años. Había nacido en Tulsa, Oklahoma, en 1920, en una familia judía cuyo padre era marchante de arte y antigüedades. Su última función fue en 2003, un año antes de morir. Tuvo la osadía de fundar un teatro, el National Actors Theatre, y de representar, como despedida del arte y de la vida, un Pirandello, “Así es, si así os parece”. 

Genial. Quiero un amigo como Tony Randall. En realidad, quiero a Tony Randall. A veces se muestra muy generoso y te regala un coche, un descapotable último modelo. También se suele dar a la bebida, le encanta el whisky y todo aquello que lleve espuma y te deje la cabeza a cuadros. En ocasiones se deprime, como todo el mundo, pero suele tener siempre abierta la puerta de la escucha y se le llegas con algún problema, no dudes que estará de tu parte. Sea en el papel que sea, tenga el registro que tenga, los galanes lucirían menos de no estar él a su lado y las muchachas rubias de talle espigado y abrigos de cuello de visón no tendrían un caballero tan acorde que les hiciera el pasillo al cruzar la calle. 


(Imágenes de las películas citadas) 

domingo, 2 de septiembre de 2018

"La bailarina" de Ogai Mori


Pocos libros tan deliciosos como este. Tan pequeños y a la vez tan delicados. Tan sencillos y tan profundos. Y la edición de la editorial Impedimenta está a tono con el carácter íntimo y sensual del contenido. Ogai Mori (1862-1922), como muchos de los escritores orientales, es un desconocido para nosotros y resulta una pena. Porque la literatura japonesa es de una belleza deslumbrante y porque es difícil encontrar textos con una apacible sucesión de hechos que te conducen tan suavemente al placer y al dolor. Esa dualidad, siempre presente en el Oriente, es aquí tangible y puede apreciarse en cada línea. 

Es casi una alegoría, un sueño no cumplido. El encuentro entre un joven estudiante japonés con una bailarina alemana, sin recursos económicos pero con una inusual belleza. El arte de la seducción en estado puro. Ogai Mori, cuya vida está llena de hechos poco comunes, terminó Medicina con solo diecinueve años y vivió en Europa, concretamente en Alemania, entre los años 1884 a 1888. Esa estancia hizo que conociera con detalle la literatura occidental y lo convirtiera en un traductor de gran solvencia. 

El protagonista cuenta su historia en primera persona. Y narra el cambio que se produce en su vida durante el tiempo que vive en Europa. “No solo vuelvo insatisfecho del resultado de mis estudios, sino que también he aprendido lo triste y amarga que puede resultar la vida” Ese amargo sabor de boca tiene que ver con el amor, o, mejor aún, con la fascinación. Porque hay atracciones y entregas que solo pueden acabar mal. 

Todo el libro tiene un extraño aire de premonición, como si nos estuviera anunciando algo que ocurrirá sin remedio, una fuerza del destino que nos dejará atónitos. No hay forma posible de desandar lo andado y el joven tendrá que lidiar con las asperezas de la vida, con los descubrimientos forzados y con el ansia de supervivencia, que es, al final, lo que puede ayudar a salvarlo. La narración describe giros no esperados, escenas que van completando una visión angustiosa donde antes parecía haber claridad. Es una pequeña historia de misterio sin crímenes ni asesinos pero con la incertidumbre de lo que ocurrirá, sin duda, sin que nadie pueda evitarlo. 

La bailarina. Ogai Mori. Editorial Impedimenta. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

Extracto de la biografía de Ogai Mori (editorial Impedimenta) 

Ōgai Mori, seudónimo de Rintaro Mori, nació en la ciudad japonesa de Tsuwano, en la antigua prefectura de Iwami, en 1862.

Su padre ostentaba el cargo hereditario de médico del señor feudal de su pueblo, y, al ser Ogai el primogénito, se dio por hecho que seguiría la tradición familiar. En 1872, con la llegada de la Restauración Meiji, los Mori se mudaron a Tokio. Tras licenciarse en Medicina con diecinueve años, convirtiéndose así en la persona más joven en graduarse en esta especialidad en Japón, eligió la carrera de oficial médico del ejército. Pronto fue enviado a Europa, y residió en Alemania desde 1884 a 1888, experiencia que le inspiraría uno de sus relatos más conocidos, La bailarina (1890). Fue allí también donde se familiarizó con la literatura occidental. De hecho, Ōgai Mori fue el primer japonés en viajar en el Orient Express. A su regreso a Japón se entregó a una intensa actividad como traductor de obras literarias occidentales, con tan buen oficio que algunas de sus traducciones (como las de Goethe, Schiller, Ibsen, Andersen o Hauptmann) están consideradas auténticos clásicos de la literatura japonesa. Además de La bailarina, Mori escribió algunos de los cuentos más brillantes de la moderna literatura nipona, como El ganso silvestre (1913), Sansho el camarero (1915) y La barca en el Takase (1916). Asimismo, escribió apreciables novelas, como Vita Sexualis (1909). Murió en Tokio en 1922.

El hermano perdido de Jane Austen



Cuesta trabajo encontrarle la pista. Incluso algunas noticias sobre ella hablan de que fueron siete hermanos. Y, si citan ocho, hay siempre un nombre que falta. Te pones a contar y no lo encuentras. En la edición, por otra parte muy buena, que edita Cátedra. Letras Universales, con edición y traducción de Juani Guerra, se relacionan los miembros de la familia Austen-Leigh: "El hermano mayor, John (1765-1819) era muy estudioso". Y sigue: "A John le seguía Edward (1769-1852), persona muy constante y trabajadora". Continúa la explicación de este modo: "Luego venía Henry (1771-1850), el hermano favorito de Jane Austen: era ingenioso y muy vital" . Guerra añade unas páginas después: "Y llegamos a Cassandra Elizabeth (1773-1845), su única hermana y mejor amiga"
Para concluir: "Por último, Frank (1774-1865) y Charles (1779-1852) acuden a la Royal Naval Academy de Portsmouth...y llegarán a ser almirantes". 

Vamos a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete si contamos a Jane (1775-1817). ¿Dónde está el octavo hermano? Para empezar, en el texto de Juani Guerra hay un error: El hermano mayor se llamaba James, no John. Y, por otro lado, el padre tenía por nombre George. ¿Cómo es posible que ninguno de los hijos hubiera recibido el nombre de su padre? La primera hija se llamó como su madre, Cassandra, Cassy en la intimidad, pero ¿no había ningún hijo que llevara el nombre de George? 

Pero sí lo había y su historia es muy trágica. Es el hermano perdido de Jane Austen. Para encontrar huellas de él nos tenemos que ir a la biografía que escribe Lucy Worsley y que se publica en la editorial Indicios en 2017 con traducción de Victoria Simó. "La historia de los Austen en la rectoría de Steventon da comienzo a finales del verano de 1768 cuando un carro cargado de enseres domésticos recorría los caminos de Hampshire desde la cercana aldea de Deane..." Allí van, George Austen, de treinta y ocho años; Cassandra Leigh, su esposa, de veintinueve, la madre de ella, Jane Leigh, y los tres hijos de la pareja: James (Jemmy), George y Edward (Neddy). He aquí, por tanto, que el segundo hijo de la familia era George y que llegó con sus otros dos hermanos, sus padres y su abuela, a la rectoría de Steventon. George tuvo que nacer entre 1765 y 1769, espacio de cuatro años suficiente como para haber tenido otro hijo. Sin embargo, en la vida cotidiana de Jane no se hace referencia a este hermano, ni hay noticia de profesión, boda o similar con respecto a él. 

¿Por qué? Como dice Worsley "George ya no vivía en casa. Cuando se hizo patente que nunca superaría su propensión a los "ataques", sus padres decidieron enviarlo a vivir a una familia de acogida permanente. Ya existía un precedente en este aspecto, porque la propia señora Austen tenía un hermano mayor discapacitado que había recibido un trato parecido. Los dos, tío y sobrino, acabaron viviendo juntos con la misma familia de cuidadores, los Callum, en un pueblo situado al norte de Basingstoke llamado Montk Sherborne"

Este olvido del hermano discapacitado, cuya deficiencia o enfermedad no conocemos con detalle, salvo esa alusión a sus ataques, cundió en toda la familia para la posteridad. Los Austen, tras la muerte de Jane, y cuando se vieron situados en el centro del foco de atención, ocultaron muchas cosas. Trastocaron el estilo de vida de Jane, taparon sus amores y quemaron (lo hizo Cassandra) las cartas íntimas en las que ella hablaba de los suyos. La información que se nos ofrece, por tanto, ha de ser puesta en cuarentena y solo las investigaciones posteriores han podido arrojar alguna luz. Los sobrinos de Jane que escribieron sobre ella siempre hablaron de siete hijos y no de ocho. Se saltaron al segundo, literalmente. George fue "el niño defectuoso al que facturaron lejos", primero y luego "el hermano olvidado", que llevaba sobre sí el estigma de la enfermedad mental. 

Hay apariciones intermitentes de George en la vida de la familia, alguna visita, por ejemplo, y alusiones del padre a su estado de salud y a la recurrencia o apaciguamiento de sus ataques (epilepsia, probablemente). Su apartamiento de la familia ha generado indignación en los investigadores. También el hecho de que la señora Austen mandara a sus hijos a ser criados por amas fuera del entorno familiar. Los médicos tenían opiniones muy duras al respecto de los epilépticos y no había datos científicos que ayudaran a un tratamiento más humanitario. Con el alejamiento a un lugar distante podían intentar evitar el contagio a sus hermanos. Y el hecho de que no fuera el único caso en la familia, apunta Worsley, podría hacer pensar a futuros pretendientes de las chicas que era algo fácil de reproducirse en caso de matrimonio. 

Todas estas circunstancias tuvieron que ver con el hecho de que el segundo hermano, George Austen, nombrado como su padre, desapareciera del mapa y viviera al cuidado de otros, no de una institución, sino de una familia y con la compañía de su tío, también enfermo. Los secretos de las familias son tan grandes que no es posible ahondar en todos ellos, pero aquí hay una causa más para tener claro que lo que sabemos de los Austen es solo lo que han querido mostrarnos y que todavía queda mucho trecho de investigación para terminar de ahondar en esas vidas. 

Lo que sí es seguro es que, cuando contaba cuatro años, George Austen, con un tipo de discapacidad cuyo detalle desconocemos, fue marginado del grupo familiar y enviado lejos. El contacto de Jane, la hija séptima, con este hermano, fue mínimo, si acaso en alguna visita que él hiciera a la familia, en contadas ocasiones. 

(Imagen: juego de mesa inspirado en las historias de Jane Austen) 


sábado, 1 de septiembre de 2018

"Los Watson" de Jane Austen


Las novelas inacabadas producen una extraña sensación de desencanto. En esta, la última página cuenta, en un pasaje que añadió James Edward Austen-Leigh, sobrino de la escritora, lo que supuestamente le contó su tía Cassandra que ocurriría. Pero nada de eso es lo mismo. Y este James Edward es relativamente de fiar, porque en lo que ha escrito de su tía ha ocultado mucho, demasiado. Sobre todo, no es lo mismo relatar el argumento en tres renglones que gozar de la maravillosa prosa de Austen. Pero es lo que hay. Y es un bonito intento en el de la editorial presentar la obra, sobre todo acompañada con ilustraciones tan bellas que le da un aire de cuento de hadas al libro. 


La historia, de apenas cien páginas incluidas las ilustraciones (no sabemos cómo hubiera quedado si Jane Austen pudiera haberla escrito entera) nos presenta a una serie de familias (suficiente para que un relato tuviera consistencia), que habitan en Surrey y que van a acudir a un baile, nada menos que al primer baile de invierno. Los Osborne, los Edwards, los Watson. Ese baile es muy importante, por ser su presentación, para la señorita Emma Watson, que, al estilo propio de la época, se había criado con una tía y vuelve a su casa. Como sucede con otras novelas de la escritora, las dificultades económicas femeninas las pone en la tesitura de tener que alternar como una obligación y de intentar hacer una buena boda. Esto era, sobre todo, responsabilidad de la mayor de todas, pero concernía al resto de las hijas, porque, sin esa boda que asegure el sustento, están abocadas a vivir de la caridad de sus parientes masculinos. 

"...ya sabes que no tenemos más remedio que casarnos. Yo me arreglaría muy bien sola; con unos pocos amigos y un agradable baile de vez en cuando me contentaría, si una fuera a ser siempre joven. Pero nuestro padre no puede asegurarnos el porvenir, y es muy triste envejecer, ser pobre y que se rían de ti. He perdido a Purvis, es cierto, pero muy poco gente se casa con su primer amor"


He aquí cómo las desilusiones amorosas, el engaño de las amigas que se quitan los pretendientes unas a otras, no tiene solo consecuencias emocionales, sino de carácter práctico. A la tristeza de la pérdida se une la evidencia de que las oportunidades pasan y la juventud es lo que pasa más rápido. Las chicas confesaban abiertamente intentar "pescar" a tal o cual caballero. Y muchas veces se casaban con gente poco agradable, que no les gustaba ni pizca. En eso Jane Austen es una revolucionaria. Sus heroínas se casan por amor. A nosotras puede parecernos lógico pero en aquel tiempo era una auténtica pionera. Y, además, una isla, porque luego llegaron los victorianos y su sentido del deber y se volvió a chafar todo. Porque ¿qué alternativas quedaban al matrimonio?

"Pues yo preferiría cualquier cosa antes que ser maestra de escuela...He trabajado en una y sé la vida que te espera en ellas. Tú no. Casarme con un hombre desagradable me gustaría tan poco como a ti, pero no creo que haya tantos. Creo que podría gustarme cualquiera que tuviera buen carácter y una buena renta" 

El librito es delicioso. La edición de Nórdica, genial. Los dibujos de Sara Morante, sensibles y bellos. Una traducción muy ajustada la de Íñigo Jáuregui. Y resulta estremecedor ver cómo Jane Austen, a una edad tan temprana, tenía ya unas ideas tan formadas acerca de la vida y de la gente. Su penetración psicológica es formidable y mucho más que sea capaz de expresarlo con tanta naturalidad y sencillez. Los diálogos tienen una fuerza inusitada. Y las descripciones, sencillas e íntimas, todavía adornan más el conjunto. La gran dificultad es no saber en qué acabaría todo eso.