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Una escuelita con ventana al mar





 La señorita Ángeles tenía la voz potente pero bien modulada. Era capaz de alcanzar con su grito hasta la última fila de la clase. Aunque gritaba poco, más bien su estilo era sutil, comedido y limpio, como si, en lugar de tratar con treinta y cinco niños de nueve y diez años, estuviera en una congregación de culto a las labores de artesanía dando recomendaciones. Sus uñas llamaban la atención: eran rojas, largas y brillaban cuando el sol cruzaba las contraventanas de madera que rodeaban el aula, vestidas con cortinas de cuadros blancos y rojos que ella misma había cosido, como si fueran su propia casa y sus ventanas. A veces aquello parecía una función de teatro porque las cortinas se movían al ritmo del levante o del poniente en aquella escuelita anclada junto a la playa atlántica, en el sur más al sur que imaginarse pueda. 

Era una buena maestra. Eso decían las madres y decían los niños al unísono. Sabía enseñar bien y era amable con los errores. Cuando aprendían a leer los niños de su clase eso era para siempre. Y ayudaba a esos niños invisibles que en otras escuelas no salen adelante. Así lo comentaban en los corrillos del recreo las madres, que accedían a la plaza que hacía de improvisado patio y les llevaban a sus hijos el colacao y el bocadillo en una camaradería que convertía el descanso en una especie de picnic venido a más. La señorita Ángeles y las otras tres maestras de la pequeña escuelita hacían entonces un parón en su enorme trajín del día entero. Se quedaban sentadas en uno de los bancos de piedra adosados a la pared blanca, con un zócalo ancho de piedra ostionera en la parte inferior, y allí charlaban entre ellas y comentaban las historias del día. 

Ella tenía dos amores: uno era un fotógrafo guapo, atrevido y bastante risueño, que a veces la recogía en su coche rojo, un 133 barato pero lo suficiente como para presumir a sus ojos. El otro amor era Jane Austen y “Orgullo y prejuicio”. El libro estaba siempre encima de la mesa. No tenía ilustraciones ni la letra muy grande, pero ella era capaz de encontrar cualquier texto de inmediato. Así, lo usaba a veces para hacer dictados a los más adelantados y también escribía alguna frase en la pizarra, a la hora de la caligrafía. A sus amigas les decía que su fotógrafo era muy parecido al señor Darcy: orgulloso pero tierno; serio pero cabal.

Algunas veces hacían teatro. Se inventaban las obras, los vestuarios y los diálogos, los paneles de papel que se colocaban en el fondo y los personajes. Las madres cosían las ropas y los padres colocaban el telón y hacían las bambalinas con telas oscuras y viejas, tersas, duras, como si fueran cartón. La señorita Ángeles recitaba los papeles para que los aprendieran los niños. Su voz se convertía en muchas cosas. Llegaba a ser una voz terrible, una voz enamorada, una voz discreta, una voz irónica. Tenía todos los matices en la voz y una vez la madre de una niña le escribió una nota de agradecimiento en la que le decía que hubiera llegado a ser una gran locutora de radio. Cuando el teatro se representaba en el salón de actos del colegio grande (que era también comedor y sala de reuniones) todos los niños y las maestras de la escuelita pequeña junto al mar tenían que recorrer casi medio pueblo,  subir una cuesta, bajar, subir de nuevo y allá arriba, junto a la ermita de la patrona, allí estaba el colegio, enorme, cuarenta unidades por lo menos, de las que la escuelita era un anexo al que mandaban a los más inexpertos maestros. Menos la señorita Ángeles, que decidió quedarse allí toda la vida y que era una especie de guardiana del pequeño edificio sin recreo y sin salones. 

En el carnaval todo bullía. Los disfraces eran tan originales como caseros. Obedecían al ingenio de los padres y a la imaginación de la señorita, que inventaba un motivo cada febrero: este año árboles, este año frutos, este año animales, este año Disney, este año barcos…y así cada vez. Además de una fiesta prodigiosa en la que todos parecían confundirse, con caretas, serpentinas, papelillos y maquillajes brillantes, también había música, que todos ensayaban durante varios meses, casi desde que se acababa la navidad. Eran coplas de comparsas y chirigotas que alguien adaptaba a la escuela y que hablaban de las maestras, el director, los niños, los libros y los puntos cardinales. Un festín de cotilleos y de críticas que los niños aprovechaban para gritar a pulmón: “Dicen que Don José/ se ha comprado un coche/más le valdría /llevar un carricoche…” Y así. 

Todo este jaleo, esta espectacular diversión periódica no podía ocultar los ritos de aprender, lo más sagrado que la escuela tenía, el trabajo más serio y al que se dedicaba más esfuerzo porque, como decía la señorita “sin libros no hay futuro”. Y leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir, y, para que nada faltara, hacer cuentas, era el santo y seña de la escuela y de Ángeles. Todos los días los cuadernos de pauta ancha o de cuadritos, se llenaban de la tarea del día. Una tarea que decoraba desde temprano la pizarra. Una tarea que los absorbía a todos, que los contemplaba con la cabeza agachada sobre la mesa, tensos, concentrados, y a la señorita acompañando con su melódica voz el trabajo: “Vamos allá, puedes hacerlo, cabeza de chorlito ¿no ves que esto es así?”

Ah, la señorita. Cuando el tiempo pasó supimos que el fotógrafo se había marchado con una chica que trabajaba en la tienda de muebles. Ella debió llorar porque el señor Darcy no podía consolar la pérdida por sí solo. Pero nadie la vio torcer el gesto. Y sus uñas siguieron siendo rojas. Así, año tras año, lectura tras lectura, curso tras curso. Un día contó que era feliz. Y la creímos. 

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