El hijo varón


(Caballero de 1815, vestido al estilo Regencia)

La princesa Masako de Japón, una mujer joven y de educación occidental, entró en una profunda depresión cuando no pudo dar a luz un varón que pudiera heredar el título imperial. En el encorsetado protocolo del país del sol naciente (hermoso nombre que aparecía en mis libros de infancia) las niñas no pueden convertirse en emperatrices, salvo con el rango de consortes. Así, la hija de Masako no heredará el trono y será un primito suyo el que lo herede. La tristeza de Masako ocupó portadas de revistas y ya parece que ha quedado en segundo plano. A nadie interesa una mujer triste más. 

En la Inglaterra que vivió Jane Austen existía la ley del mayorazgo masculino que impedía que las mujeres se hicieran cargo de las herencias de su padre y que las condenaba a dos opciones igualmente malas: la miseria o la dependencia de un pariente varón que quisiera acogerlas. La solución que todas ellas ansiaban, por menos degradante y porque les permitía ser señoras en su hogar, era el matrimonio, las más de las veces de conveniencia, con hombres a los que no amaban ni respetaban, perpetuando un estado de desamor que las convertía en mujeres ariscas, dubitativas y, sobre todo, tristes. 

Eso es lo que ocurre en Orgullo y prejuicio, donde la hacienda de los Bennet pasará a manos del señor Collins, clérigo fantoche y sin seso. Las hermanas Bennet tienen claro que no pueden casarse exclusivamente por amor. También sucede en Sentido y sensibilidad, cuya historia comienza a la muerte del señor Dashwood cuando su hijo y heredero contempla con hipócrita mirada, la marcha a un cottage prestado de su viuda y sus tres hijas, sin derecho alguno. O en Persuasión, donde las hermanas Elliot no tienen medios propios de vida, no solo porque su padre ha derrochado sin límites sino porque están sujetas a matrimonios por motivos económicos. Por eso Anne Elliot no pudo aceptar, en primera instancia, a Frederick, su gran amor. 

Tuvo que ser muy consciente Jane Austen de esta injusticia. No se trataba solo de que los hermanos varones tuvieran mayores derechos que las mujeres, sino que estas no tenían ninguno. No era prevalencia sino exclusión. Cuando las situaciones permitían lo contrario, ella lo resalta en sus libros. Así ocurre con Anne de Bourgh, en Orgullo y prejuicio, que heredará el título y el rango de su madre. También con Emma, que es una mujer independiente sin ataduras al varón. Ambos casos los resalta con energía y deja en evidencia los otros. Jane Austen siempre vivió dependiendo de algún pariente varón, primero de su padre y luego de su hermano. Tuvo que ser una enorme satisfacción, que no debería pasarnos desapercibida, poder cobrar cantidades por sus libros, a pesar de que eran escasas. Sin embargo, ello constituía un elemento diferenciador con respecto a otras mujeres y, por eso mismo, aseguraba su orgullo de escribir y de ejercer la profesión de escritora, algo que siempre supo que era, y su dignidad como mujer que no necesitaba a un hombre para subsistir. 

Seguramente este trasfondo legal es el que más se repite en las obras Austen y el que más nos llama la atención en nuestros días, cuando estos problemas parecen ya superados. Revolverse contra ello era una necesidad y Jane lo hace citando la situación todas las veces que puede y poniéndola sobre la mesa de manera que hoy no nos pasa desapercibida y que, todavía mejor, entonces ya se aparecía como una de las contradicciones de aquella sociedad supuestamente refinada.