jueves, 11 de octubre de 2018

"Washington Square" de Henry James


(Catherine y Morris pasean en la versión de 1997 de "Washington Square")

En un tiempo en que las mujeres de la buena sociedad se sentían presionadas por la necesidad de hacer un buen matrimonio, de tener éxito social, Catherine Sloper no es una víctima de su falta de atractivos físicos o de su escasa brillantez de ingenio. Lo que Henry James describe es aún más doloroso, más difícil de superar y más definitivo: la historia de una niña que nunca recibe amor del padre, que es el único progenitor que le queda después de que su madre muriera en el parto. El doctor Sloper castiga a su hija con una especie de odio soterrado, de desprecio mal disimulado, porque la considera la causa de la muerte de su mujer a la que adoraba. Ese es el peor castigo que puede recibir un niño. Huérfano de madre y huérfana de padre, o peor aún, con un padre exigente, poco comprensivo, nada cariñoso. Este y no otro es el problema de Catherine, lo que la convierta en una mujer vulnerable. No tengo malicia, dice. Claro que no. Pero esto no es una virtud en esos momentos a juicio de las personas que la rodean, sino la muestra de su estupidez. Las palabras del doctor Sloper son una daga constante en el corazón de la chica. 


(Montgomery Clift y Olivia de Havilland en "La heredera" de 1949)

Pocas protagonistas de la literatura tienen tras de sí una vida familiar más decepcionante. La riqueza no es nada si no se acompaña del aprecio y, si no el amor, el respeto paternal. La torpeza de Catherine se acentúa con esa actitud y nunca entenderá que merece ser amada. El bisturí incesante de Henry James se muestra aquí con toda su crudeza. Una muchacha que se considera indigna de todo aprecio aunque ni siquiera sabe por qué. Una sociedad que exige a las muchachas casaderas la perfección. Un padre que se avergüenza de su hija. Una madre ausente, lo que no era nada infrecuente porque los partos se convertía en una odisea. Un pretendiente ambiguo, que necesita desesperadamente agarrarse a la posibilidad de un ascenso social de alguna forma. 


(Catherine Morland y el doctor Morland, 1997) 

La historia de Catherine Sloper y de Morris Towsend ha sido llevada al cine en dos ocasiones, con cincuenta años de diferencia entre ambas versiones. La primera, de 1949, lleva el toque genial de William Wyler y es una epopeya de los sentimientos. Olivia de Havilland y Montgomery Clift forman la pareja protagonista. La sencillez de ella y la belleza de él. Tiene un final de esos que nunca se olvidan, de esos que te sugieren ganas de aplaudir. Una especie de renacer de la dignidad, de necesaria venganza. La segunda versión, de 1997, la dirige Agnieszka Holland, y aquí, al triángulo formado por la protagonista, su pretendiente y su padre, se le da relevancia a su tía, Maggie Smith, una especie de ser equidistante entre todos. En esta ocasión los protagonistas son Jennifer Jason Leigh, Ben Chaplin y Albert Finney

¿Por qué el doctor Sloper se muestra tan reacio a comprender que haya alguien que pueda estar enamorado de su hija, o, al menos, lo suficientemente enamorado como para casarse? Porque él mismo no ha sentido nunca ningún sentimiento amoroso por ella, porque la desprecia por su inutilidad aparente y porque la odia porque ella quedó viva y su madre murió. 

Resulta hiriente para el lector observar hasta qué punto esa herida sin cerrar renace una y otra vez en forma de pullas, de desprecios y de desencuentros con su hija. Nada importa la belleza ni el talento sino la falta de amor, de aprecio, por parte de los suyos. Ese es el gran secreto del libro. Un matiz psicológico que a James le era muy necesario para ahondar en sus personajes, odiosos algunos, candorosos otros, perfectamente vivos todos. 

Hoy hablaríamos de "autoestima". Hablaríamos de un problema de falta de cariño en la infancia. Hablaríamos de un apego inexistente entre padre e hija. Parece aún más terrible observar que, mientras que el doctor desprecia a su hija y la quiere proteger del modo equivocado, yendo contra su única posibilidad de felicidad, ella manifiesta con toda inocencia que nunca podría contradecirle y que le importa mucho su opinión. En realidad, lo que hace la muchacha todo el tiempo es buscar la aprobación paterna. Es intentar que la mirada de su padre se cambie, se trastoque de alguna forma en algo más tierno, más cómplice, más cercano. Inútilmente. 

Esta historia me ha traído siempre a la memoria la imagen de unas mujeres que vivían cerca de mi casa, en la calle de mi infancia, el paraíso del sol y el aire suave de levante. Eran tres hermanas. La mayor se casó con un librero y las otras dos salían los fines de semana sin faltar ni uno a la hora del paseo vespertino. Impecablemente vestidas, maquilladas y con la mejor disposición de ánimo para buscar alguna oportunidad. No podían casarse por cualquiera, estaban en buena posición. Pero ni su inteligencia ni su belleza ni sus posibles eran tantos como para optar a un nivel demasiado superior. Así continuaron sus paseos año tras año. Las dejé de igual modo cuando me fui de allí. No he vuelto a verlas. Y a veces las recuerdo. Me pregunto si habrán decidido renunciar a esa espera. 

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