
Keiko
quería ser florista y no obrera, pero no vivía en Londres, París o Madrid, esos
lugares en los que la mujer puede ser creativa, independiente, divertida. Para
ella no ha llegado el siglo XXI y, con
él, la preciada libertad de tener una vida propia que vivir. La condena de
Keiko está dirigida a ser una obrera de una fábrica gris de Osaka, con una
existencia gris, un traje gris y un trabajo más gris todavía. Todas las
esperanzas femeninas de Osaka son engullidas por las poderosas industrias y sus
contundentes edificios. Contra todos los pronósticos,
venciendo mil dificultades, Keiko abrió su tienda y los clientes agradecieron
su atención y el hecho de que, con cada planta que vendía, con cada ramo que
preparaba, les hacía llegar un verso escrito en un pliego de bambú. Las
palabras estaban cuidadosamente caligrafiadas en la hoja, con una tinta azul
brillante que sobresalía del dorado bambú. Keiko buscaba sus versos en los
poetas antiguos y, en los libros del pasado, halló también el secreto del arte
floral, de la Ikebana, que conseguía convertir en delicados
ramos un conjunto desordenado de flores silvestres.
Keiko conocía a cada cliente por su
nombre. Sabía cosas de sus familias y sus trabajos y así, sus ramos de flores
nunca eran iguales, todos tenían algo peculiar, distinto, que quería significar
la libertad de las manos y el corazón de Keiko. Las flores expresaban sus
deseos ocultos. Cuando unos matones comenzaron a asaltar
su negocio, ella sintió que esa libertad se rompía y que se estaba cerrando su
camino hacia una vida propia y diferente, distinta de la de esos cientos de
mujeres, que, cada mañana, caminan con paso recto y ordenado hacia las puertas
de las fábricas o recorren la ciudad en bicicleta, de un lado a otro, con el
mismo movimiento repetido.
Un día Keiko tuvo que rendirse. Los
últimos destrozos habían subido a cifras alarmantes su deuda con el banco y
así, sin recursos, tuvo que claudicar. Una mañana colgó el cartel de “cerrado” en su pequeña tienda, echó las
persianas y colocó candados inútiles en todas las puertas. Después de eso no quiso volver a la casa
de sus padres. Estaba avergonzada. Como todos los japoneses que se lanzan a
vivir en la calle cuando pierden su modo de vida, no quería ser una carga para
nadie y sabía que, sola, sin dinero, sin recursos, únicamente tenía un camino
que tomar: el que conduce al barrio de los que pisan los jardines, el barrio de
los sin techo y de las lonas azules.
Keiko anduvo durante algunas horas
hasta llegar a la fábrica de jabón abandonada en el otro extremo de la ciudad.
Junto a uno de sus muros había un hueco. El hueco perteneció a un mendigo de 59
años que había muerto de frío unas noches atrás. Allí colocó unos cartones de
embalar y los cubrió con un trozo de lona, como habían hecho antes que ella los
diez mil mendigos y las otras nueve mendigas de Osaka. Cuando hubo preparado
sus cartones y su tela de hule azul, Keiko dejó de tener nombre y apellido,
dejó de ser una florista, para convertirse en un rostro sin nombre, en una
sombra vaga y triste, que, hora tras hora, ve pasar el tiempo mientras la vida
discurre en otra orilla inalcanzable.
Lejos del barrio de los mendigos,
Osaka continúa latiendo. En el corazón de la ciudad está desde siempre el
castillo Osaka-jo. Sus templos, sus
estadios deportivos, su acuario, su parque temático…Los habitantes de Osaka
siguen viviendo su rutina diaria, entendiéndose entre ellos en su dialecto, el Osaka-ben, divirtiéndose en el Shinsaibashi, probando el takoyaki en los restaurantes o en la
calle… Los habitantes de Osaka acuden al teatro y al Museo del Manga, hacen
excursiones, viajan y sonríen sin enterarse de que diez mil hombres y diez
mujeres, entre ellas Keiko Takayama, duermen o velan entre amasijos de
chatarra, cartones y lonas azules. Cuando el viento o la lluvia azotan la
ciudad, el paraíso de los sin techo se balancea, se oye el rugir del vendaval y
vuelan las lonas azules que aparecen desparramadas junto a los grandes árboles
de los dos parques, del barrio de Kamagasaki,
en los que descansan de no hacer nada los mendigos sin esperanza de Osaka.
Pero Keiko todavía se rebela, no
puede evitarlo. Aunque no ha tenido suerte, ella no quiere seguir contemplando
para siempre ese mar azul de lonas deslucidas. No quiere ser esclava, no quiere
sentir miedo, no quiere casarse sin amor. Por eso sueña cada noche con su
pequeña tienda. La tienda de sus sueños tiene estantes con flores, cortinas
blancas y persianas doradas. Tiene un mostrador con tapa de cristal y cajitas
llenas de adornos para engalanar los ramos. En la tienda hay rollos de cintas
de colores, jarrones, tiestos de barro, cestos de caña, lazos tersos, hojas de
bambú relucientes y pliegos de papel color cereza. Por los sueños de Keiko
pasan los clientes, los niños a los que regalaba dulces y pequeñas florecitas
blancas y amarillas, las historias que conoció mientras convertía en paraísos
de hojas y flores sus propios sueños. A veces, esos sueños tienen tanta
fuerza que hasta Keiko llega el olor de las flores, el frescor de los tallos
cortados, la dulce brisa de las hojas del almendro al balancearse…
Cuando sueña, Keiko no siente el
frío que traspasa los cartones, no oye el ulular del viento del norte
levantando las lonas de su cobijo, no ve las sombras oscuras de los mendigos
que se agachan a recoger las sobras. Keiko es libre cuando sueña y aprieta las
manos sobre su corazón y sonríe mientras duerme porque sabe que, si es capaz de
conservar sus sueños, algún día cruzará el umbral del barrio de los sin techo y
volverá a su pequeña tienda de cualquier esquina. Volverá y no girará los ojos
para mirar atrás. Será, entonces, de nuevo, libre, y renacerá para ella el
tiempo de los cerezos en flor…
FIN
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