domingo, 9 de julio de 2017

Asesinatos de andar por casa


Hay una escena repetida: una adolescente arrastra su maleta por alguna estación de ferrocarril y se para ante el expositor de libros de cualquiera de sus quioscos. La mirada se detiene en un libro. Se alegra y lo compra. Lo lleva en la mano todo el tiempo hasta que se sienta en el tren, que está a punto de salir, y empieza a leerlo. Lo lee durante todo el viaje y, quizá, si este es un poco largo, cuando llegue ya lo ha leído. Esto no significa nada. Porque lo releerá una y otra vez con el paso del tiempo. 

Estoy segura de que en el libro hay crímenes. Y que son crímenes domésticos, de esos que se perpetran en el entorno familiar o entre amigos. Nada de conspiraciones planetarias, ni de sofisticación abrumadora. No. Crímenes sencillos, asesinatos que se anuncian, todo mezclado con tardes de té, con pudding de Navidad, con ramas de muérdago, con sillones victorianos y con jardines bien aderezados y mal cuidados por jardineros negligentes. Los investigadores, por supuesto, son gente afable en su frialdad, maniáticos y llenos de costumbres que te parecen raras, como ordenar una y otra vez las figuritas que están colocadas en una chimenea. Los policías transigen con el hombre del poblado mostacho y andan a la greña algunas veces, aunque, al final, no dejan de agradecer su encantadora intromisión.


(La prensa inglesa se hizo eco de su desaparición) 

En alguno de esos libros, hallados felizmente en los quioscos viajeros, en las librerías de las ciudades o en los grandes almacenes, hay historias más complicadas, como las que transcurren en trenes transiberianos, en excavaciones egipcias o en paisajes exóticos. Los dentistas pueden matar, eso lo sabes. Los espejos se rajan con las intervenciones asesinas de gente muy amable. Los jóvenes herederos encierran un potencial peligro. Hay niñas malvadas que introducen las cabezas de las criadas en el horno. Y cadáveres que aparecen en las tranquilas bibliotecas de los hacendados. Incluso un asesino que cuenta su historia en primera persona.


(En este hotel de Harrogate apareció, tras días perdida, Agatha Christie, que se había registrado con nombre falso, el de la amante de su marido, que la había abandonado) 

Como si fuera una señal, la primera novela que leyó fue la primera que se escribió, El misterioso caso de Styles. Y allí estaba Hércules Poirot, con sus casas cuadradas y sus células grises en acción. Y llegaron otras que recuerda sin mirar en ningún libro o en Internet: Muerte en la vicaría, Después del funeral, Se anuncia un asesinato, Las manzanas, Un cadáver en la biblioteca, Un gato en el palomar, Maldad bajo el sol, El caso de los anónimos, El tren de las 4,50, Inocencia trágica o la última, Telón. O la mejor, El asesinato de Roger Ackroyd, de la que no diré quién es el asesino.


(Greenway, la casa de Agatha Christie, su paraíso) 

Junto a Poirot, la señorita Marple, esponjosa, risueña y desconfiada. Y el matrimonio Beresford, Tommy y Prudence. O Hastings, el ingenuo compañero del detective belga, inocente y conejillo de indias de sus investigaciones. O la escritora, quizá su alter ego, Ariadne Oliver, comiendo manzanas y manzanas, oronda, inteligente y creativa. Todos los crímenes tienen un inquietante aire doméstico como si en cualquier esquina, en nuestro círculo de amigos, en nuestra familia, fuera posible la iniquidad. Junto al asesinato, la vida cotidiana. Las criadas que aparecen muertas con pinzas en la nariz; los ayudantes de jardinero que pasean ociosos y cultivan chismes; los hijos de buenas familias que terminan siendo psicópatas; los internados con intrusos; los pequeños pueblos donde la gentry vive apaciblemente hasta que estalla, tras anunciarse, un asesinato.


(Torquay, el enclave inglés de costa, en el que la escritora es un recuerdo permanente) 

La vida de la escritora gira en torno a dos casas. Ashfield, en Torquay, donde nació y vivió su infancia y Greenway en el condado de Devon, recién restaurada, donde veraneaba y contaba sus obras a sus amigos. Finalmente, terminó sus días en Wallingford, en 1976. En su historia personal hay dos hombres, el coronel Archibald Christie, con quien se casó en 1914 y se divorció en 1928 y el arqueólogo Max Mallowan, acerca de cuya profesión siempre dijo que era estupendo estar casada con un amante de las antigüedades porque cuanto más envejeciera más guapa la vería.

El primer libro que escribió y que intentó publicar se vio con un continuado rechazo de las editoriales, que no confiaban mucho en una mujer como escritora de crímenes y que se sorprendían del desparpajo con el que se resolvía el asesinato. Era El misterioso caso de Styles y ya aparece en él Poirot, el exdetective belga de quien acabó cansándose la escritora y que murió en la última de sus novelas, Telón. Si conocemos un poco a Poirot, su estricto sentido de la justicia y, sobre todo, su mente cuadriculada, adivinaremos al leer el libro quién lo mató.


(Veranos en Greenway, Devon, con su hija, su yerno y su único nieto)

No sería justa la muchacha de la estación de tren si no reconociera a estas alturas que el origen de su enorme afición, dedicación y devoción casi por la novela inglesa está en Agatha Christie y en sus libros, leídos muy tempranamente y completados con su Autobiografía, sus obras de teatro y las seis novelas que escribió bajo el pseudónimo de Mary Westmacott.

Ese telón de fondo de la campiña inglesa, las costumbres, las fórmulas de saludo y cortesía, la vida en suma, de las gentes del campo y los pequeños pueblos, nunca de las ciudades ni de la clase industrial, sino de la nobleza pequeña o los miembros de la gentry, es lo que suscitó su interés en seguir ahondando en ese paisaje sentimental y literario. Desde los doce años es un universo perenne en su horizonte.


(Agatha Christie con su única hija, Rosalind)

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