sábado, 27 de septiembre de 2014

Jazmines en otoño

Jazmines. No en el pelo, columpiándose en una canción de ida y vuelta. No adornando el rostro de una chica, que camina sola en esta mañana de sábado. No sobre la mesilla de noche, en un pequeño recipiente de cristal para que perfume la habitación en la que se susurran palabras de amor. No en el porche, para ahuyentar con su olor denso y penetrante a los mosquitos. Tampoco en una moña que vende con desgana ese chico tan joven con aspecto de no entender casi nada de la vida.


No.
En el suelo.

Los jazmines en otoño caen al suelo, vencidos por la fuerza del viento sur, por la urgencia de la lluvia que cae de forma intermitente y que, cuando se aleja, convierte el pavimento en un rosario de miguitas de pan, a base de jazmines que vuelan y lo alfombran. Cualquier cuento de hadas podría escribirse entre estos jazmines, cualquier detective sumaría a sus pruebas estas huellas blancas y ligeras que se desparraman por toda la acera en este día de otoño.

Jazmines en el suelo. En otoño. El otoño, ese tiempo inseguro tan lleno de contrastes. Jazmines en el suelo.

Metáfora, quizá, de esta estación que ya no es lo que era, que ya no luce igual, que no indica lo mismo. Una estación que se transforma con el paso del tiempo, con el eco del día que se escribe distinto. Jazmines en un otoño nuevo, anunciando las cosas que vendrán y que tú no conoces, porque nada del porvenir parece interesarte. Este presente de flores deshojadas, de flores arrastradas por el suelo, de flores que desprenden el olor de la duda...Este presente de inciertas ilusiones...

Cuando elevas los ojos, sin embargo, ves cómo el árbol ha seguido creciendo y, contra todo, y a pesar de todo, renueva su esperanza y es la misma que sientes tú fluir por todas partes, como signos que no hay que ignorar, sino advertir; como advertencias que hay que considerar, pues no es lo mismo vivir sin esperanza que vivir.

Jazmines en otoño. Alados, blancos, firmes, abandonadas huellas. Testigos mudos. Testigos de cargo de tantas ilusiones. Jazmines a modo de señal. A modo de esperanza. Por qué no. Todo es posible. En esta ciudad mágica, en este tiempo nuevo, en este florecer tardío del árbol que los viste...



domingo, 21 de septiembre de 2014

Sofía

“Dos mujeres“ La película que a mi madre la acercó a la Loren definitivamente. La que le proporcionó a Sofía un Óscar de la Academia, un BAFTA y el premio de interpretación femenina de Cannes, entre otros honores. En “Dos mujeres“ la vena dramática de Sophia Loren saltaba a la pantalla con toda su fuerza, de una forma directa que llegaba al corazón de aquellas mujeres, contemporáneas suyas, que sabían bien lo que era sufrir, lo que era tener necesidad, lo que era sobrevivir. El éxito de “Dos mujeres“ catapultó a la Loren más allá de esa lista de guapas oficiales italianas, en la que estaban también Lucía Bosé o Gina Lollobrigida. Nada que ver. Sophia Loren saltó por encima de todas y se encumbró allá donde antes que ella ninguna otra italiana había llegado. Opuesta a la tormentosa imagen de Anna Magnani, pero cultivando también un prototipo de mujer fuerte, apasionada y llena de matices, su carrera cinematográfica ha estado a la altura del mito. La hija de Romilda Villani, su famosa madre, de quien la mía y todas las amigas de la calle estaban al tanto de sucedidos y desplantes, nacida en Roma e hija de un padre que se fue a por tabaco y no volvió, representó en esa película el papel de su vida. Vittorio De Sica la dirigió con la mirada atenta de Carlo Ponti, el productor y esposo de por vida de la actriz. El guión, de Cesare Zavattini, estuvo a la altura del original y aún más, la novela de Alberto Moravia de título original “La ciociara“. Y sus oponentes fueron dos mitos del cine, con desigual suerte y talento desigual. Raf Vallone y Jean Paul Belmondo. 
Junto a “Dos mujeres“ el talento de Sophia Loren brilla en otras películas. Rodó un gran número de ellas y sus acompañantes fueron siempre estrellas de primera magnitud junto a las que su propio brillo no se oscureció jamás. De esas películas mi preferida es “El Cid“ en la que encarnó, desde luego, a una Ximena pasional que recibía la réplica del mejor Charlton Heston, mucho antes de que este se enredara en rifles y asociaciones varias. También en “La condesa de Hong Kong“ tuvo un partenaire adorable, nada menos que Marlon Brando, que aparece junto a ella en muchas fotografías del rodaje con aire distendido y relajado, tan distinto a su atormentado silencio, a su búsqueda de algo que no parecía encontrar, como si el ser un actor del Método hubiera configurado no solamente su cine, sino también su vida. Las dos películas que Sophia Loren realizó junto a Marcello Mastroianni, el otro gran italiano del momento, son memorables por la química que ambos desprendían, a pesar de que al italiano le iban más las rubias francesas y lánguidas, como ya sabemos. “Matrimonio a la italiana“, también dirigida por De Sica y “Una jornada particular“ de Ettore Scola, afianzaron la carrera de la estrella y lo mismo ocurrió cuando rodó la preciosista “Los girasoles“.
A mi madre y a sus amigas les gustaba, les gusta, Sophia Loren porque representaba lo contrario de las mujeres objeto que el cine ofrecía en muchas de las producciones de entonces. Porque se identificaban con ella, surgida desde la nada y habiendo logrado convertirse en lo que a ellas les hubiera gustado ser, en una mujer dueña de su destino, en una campesina trocada en condesa. Su belleza era distinta, potente, pero cotidiana y podía aparecer fea en una película, despeinada, sin que pasara nada. La mirada de sus ojos verdes y violetas era inconfundible y su boca despertaba la envidia de todas, que usaban un lápiz de labios y un perfilador al modo en que lo hacía la Loren. Ella no necesitaba bótox, sino que sus labios eran así al natural, frutales y excesivos. Llamaba la atención también su forma de andar, insinuante y, a la vez, ingenua, como si no fuera consciente de las pasiones que levantaba a su paso. En su vida privada todo eso era inexistente y nadie se explicaba cómo se casó y se mantuvo fiel a un hombre tan insignificante físicamente como Carlo Ponti, mucho mayor que ella y sin ningún atractivo, al menos aparente. Si usáramos el psicoanálisis quizá podríamos encontrar en ese gesto la búsqueda del padre inexistente, quién sabe.
Hoy Sophia cumple ochenta años y dice que tiene muchas cosas que hacer y mucho en qué pensar. Esa es, ahora, la buena noticia. Porque en el camino se han quedado muchas cosas y tanta gente que es imposible no reconocer que, a pesar de todo, es una mujer afortunada. 


jueves, 18 de septiembre de 2014

El regreso


(Mujer con paraguas. Henri Matisse)

Fíjate.

El agua ha llenado los árboles de pequeños cristales trasparentes y el viento ha arrastrado las hojas hasta el final de la calle, allí donde se cruza con la gran avenida, salpicada de coches, llena de sonidos que te sobresaltan si vas pensando en otra cosa. Una arteria que se llena, cada mañana, de niños con mochilas, de mujeres con maletines de ejecutivas y de tiendas que abren la persiana con un ruido apreciable que vuelve a llenarte de sobresaltos. La calle está muy animada. A pesar de la lluvia y del viento se ven pocos paragüas, porque está especie de tormenta imperfecta ha cogido de sorpresa a casi todos. No es tu caso. Llevas un paragüas azul celeste y rojo que, al salir de casa, has cogido del paragüero de la entrada en un gesto espontáneo y sin pensar.


(Henri Matisse. Pintura) 

Nada de esto parece interesarte. Ni el tiempo, tan confuso. Ni la gente, ni el cielo, ni el color de las nubes, ni los coches, ni las aceras que brillan si las miras de lejos, nada parece algo en lo que tú repares. Y es porque estás pensando. Tienes en tu cabeza tan solo unas palabras. Tan solo un sentimiento, una única sensación que ya no se separa, que ya no te abandona. Piensas tan solo en esto y, no solamente, lo vives, lo recuerdas, lo anticipas, lo sientes. La vida parecía que nunca iba a llegarte. Parecía que era eterno eso de estar al margen, eso de ser el margen. Pero no. La justicia poética te ha apartado del todo de ese vacío tan denso que parecía cubrirte. Porque él te ha mirado. Te ha visto. Te ha entendido. Te abraza aunque a lo lejos. Te siente, aunque no pueda cubrirte con sus besos. Lo notas, aunque sabes que queda todavía el tiempo de la espera por tejerse en un manto que solamente él tiene en sus manos.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Mañana


Has entrado en la peluquería con los ojos callados y el cuerpo tenso. Aquello, sin embargo, te ha venido muy bien. Allí están Jessi y todas sus historias, las que cuenta con cara de sorpresa, lo que dice de su vida y de la vida de los otros, así que su charla te reconforta y ves que en todas partes se han cocido las habas. El peinado, perfecto, dice siempre. Tienes un pelo que se amolda a todo. Y el flequillo, quizás un poco largo. No. Le dices. Suelta las tijeras, deja que siga largo. Has salido de la peluquería con otra cara nueva, quizá por el peinado, quizá por las sonrisas, quizá por los afectos. Y al lado, allí, muy cerca, en la cafetería, te has encontrado con ese colega que, en varias ocasiones, te ha invitado a salir y siempre te has negado. Una primera cita que te hace sentirte un poco rara. Porque hace tiempo que no vives una primera cita. Y porque las primeras citas pueden ser las últimas si la cosa no marcha. En fin.

Aquello está vacío. Todavía hace calor, la gente se ha marchado a la playa, se queda en la piscina, o duerme porque anoche se ha acostado muy tarde. Hace calor y piensas que el sol frío de los amaneceres se ha trasmutado sin avisarte en un sol tropical que cubre tu cabeza. Te has quitado las gafas de sol al verte frente a él y te has sentado enmedio de la duda. Qué haces aquí, de qué hablarás, qué te contará él...Dios mío, qué hago. Pero, qué guapo está, pero qué guapo es, piensas al verle...

Él te ha llevado un libro. Un libro que has leído, un libro que ya tienes, un libro que te gusta y por eso su acierto te parece un aviso. Ha adivinado que ese libro es algo para ti y lo ha comprado, lo ha envuelto y te lo trae entre risas, porque su risa es clara y te atrae sin saber que tiene que ver contigo. Le has dicho la verdad, no has querido engañarle, lo tengo, lo he leído, de verdad, te pregunta, pues si, es que me encanta, lo suponía, ya ves y ahora, qué hacemos. No pasa nada, dices, no me importa tenerlo repetido. Y decides que sí, que lo tendrás dos veces porque te gusta tanto que hasta puede ser bueno leerlo de otra manera.

Han pasado dos horas. Te ha hablado de sus cosas, de sus alumnos, de estos primeros días en que el curso comienza y todo se hace nuevo. Te habla y no deja de mirarte. Te mira sin recelo, no se oculta. Te mira y, en un momento de la charla, te dice, estás muy guapa, te sienta bien el pelo, y esa camisa blanca, estás preciosa. No sabes qué decirle, definitivamente, no sabes qué decirle, agitas la melena y lo miras un poco interrogante, pero sin malestar, sin embarazo. Te gusta que te mire, te das cuenta, te gusta que te hable, te gusta que le guste tu peinado, tu cara, tu ropa, tu nariz.

Las horas pasan todas aunque no las empujes. Pasan sin esperarse, lo mismo da el momento. Y pasan las dos horas y ya tienes que irte. Se lo dices. Te mira un poco desolado, con cara de pesar, pero sonríe. Nos vemos otro día, pregunta y tú le dices, claro, muy bien, nos vemos otro día. Mañana, dice él, te llamo por teléfono. De acuerdo, sí, mañana, llámame, como quieras. Eso quiero, llamarte. Pues llámame. Te llamo. 



miércoles, 10 de septiembre de 2014

Septiembre

Lo encontré de repente en una librería, una de esas librerías grandes que tienen de todo y en las que los dependientes usan ordenadores para encontrar los libros. Él estaba en un rincón, allí donde se apilaban las novelas de ciencia ficción, un rincón al que yo nunca me habría acercado. Si no fuera porque lo descubrí a lo lejos. Era septiembre, todavía hacía calor, aunque a esa hora, cerca del cierre ya, la temperatura permitía estar en la calle y olvidarse unas horas del aire acondicionado. Llevaba puesto un pantalón vaquero y una camisa blanca. Pero reparé en seguida en su presencia, ahora entiendo por qué, entonces fue solamente una intuición. Yo rebuscaba libros buscando a mi autora favorita pero no hallaba nada. Y me sorprendí parada, suspendida en el aire, mirando a ese desconocido, sin apartar la vista de sus movimientos. Se movía muy despacio, tocaba los libros, los hojeaba, los abría y cerraba, pero lo hacía con una parsimonia distinta a mi nerviosismo. Nadie allí estaba tan tranquilo, tan relajado, nadie parecía hallarse en su casa, salvo él. 

Lo decidí de pronto. Tuve que hacerlo. Lo pensé en un segundo. Pronto se irá. Escogerá los libros, pagará, cruzará la puerta acristalada y se marchará. No sé su nombre, ni su teléfono, ni dónde vive, no sé nada de él. Se irá y yo no volveré a verlo. Se irá para siempre. No sé qué extraña fuerza me hizo rebelarme contra aquella idea, o sí, sentí una tristeza nueva cuando pensé en perderlo. Así que actué todo lo torpemente que sabía, todo lo burdamente que pude. No preparé mis frases, ni dulcifiqué mi voz, ni usé un movimiento sensual, ni me moví con gracia. Simplemente crucé el pequeño espacio que nos separaba y lo abordé. Con el mismo escaso tino con que me había movido. Hola. Parece que te gusta la ciencia ficción. Estaba tan embebida en mirarle que no me avergoncé siquiera de ser tan obvia, de disimular tan mal mi interés. Sí, me contestó. Y a ti...Su pregunta no llevaba interrogante sino puntos suspensivos, porque esperaba que yo acabara la frase. Pero yo no podía dejar de mirarlo, de fijarme de cerca en sus ojos, que eran tan expresivos, con unas pestañas que aleteaban y parecían cubrirlos, sus ojos que me miraban como si me llenaran de una luz diferente, algo desconocido, algo que yo necesitaba ya tener para siempre. A mí no me gusta, le dije como pude. En realidad, no sé si me gustan esos libros. No he leído ninguno. Entonces se rió. No fue una sonrisa pequeña. Fue una risa grande, amplia, abierta, una expresión de libertad y de ternura. Se rió mirándome y yo también reí y entonces cogió un libro del montón y se acercó a mí. Mira, este libro te puede gustar. Es para principiantes. Si te gusta, te engancharás para siempre. Si no te gusta, olvídate. Puedo olvidarme de la ciencia ficción, pensé, pero no puedo olvidarme de ti. Así que, sin pensarlo, o quizá con todo el corazón que nunca antes había puesto en nada, le espeté algo así como tienes algo que hacer después de esto. Pagar el libro, dijo. Y luego, nada. Una cerveza...pregunté sin interrogantes, con una voz que no era la mía, que era una voz totalmente prestada. Claro, me dijo, vamos a la caja y salimos. 

De esto hace ya cinco años. Ahora escribo ese recuerdo mientras lo contemplo. Está dormido. Desnudo, como le gusta dormir. En nuestra cama. Las sábanas están revueltas. En el cuarto hay un aire denso, especial, el aire que cubre las casas cuando se ha hecho el amor. Él está dormido con la misma expresión tierna que le conocí entonces, con el mismo pelo revuelto, con sus hermosísimos ojos cerrados, con su boca tan dulce, tan dispuesta a los besos. Parece un niño, pero no lo es. Doy fe de ello. Es un hombre. Es el hombre al que quiero. No me gusta la ciencia ficción. Pero a él lo adoro.