jueves, 3 de noviembre de 2016

"En Grand Central Station me senté y lloré" de Elizabeth Smart

¿Es posible enamorarse de alguien a quien no se ha visto nunca¿ ¿De alguien con quien nunca se ha hablado? ¿De alguien que no te ha dedicado ni una mirada?

¿Es posible enamorarse de alguien al leer un poema? ¿Es posible seguir amando a alguien a pesar de que sabes que no eres la única?

A todas estas preguntas Elizabeth Smart  (Otawa, 1913- Londres, 1986), contestaría "sí". Es posible, diría. Es, no solo posible, sino cierto. Y por eso escribe este libro. Por eso este libro tiene sentido. Por eso y porque ella era una escritora, aunque no lo sabía, no solo una mujer enamorada. Las mujeres enamoradas lloran en cualquier lugar del tiempo y de las ciudades. Las escritoras, trasladan las lágrimas al papel y, al hacerlo, esas lágrimas ya no son suyas, pertenecen al lector que encontrará en ellas, seguro, algo de su propio dolor o de su propia dicha. Es así como la literatura se convierte en un espejo en el que mirarse y mostrarnos. 

Su vida y el libro son la misma cosa. Y el espejo en el  que se mira, el poeta George Barker (1913-1991). Barker es el héroe que la enamora, pero, a decir verdad, no solo a ella. Su capacidad para desplegarse ante la parroquia femenina era inmensa. Aunque debió poseer el don de hacer creer a todas que eran únicas porque, en caso contrario, no se explica la devoción de aquellas que lo amaron. Como en tantas ocasiones, el objeto amado está muy lejos del resultado de esa pasión. En la vida real, Barker era simplemente un mujeriego incorregible; para el talento de Smart, lo era todo. También a Jessica, su primera esposa, la mantuvo al otro lado de ese lazo inseparable y fue la mujer con la que tuvo tres hijos. Luego estaba Elspeth, la esposa con la que vivía cuando Elizabeth se enamoró. En total, Barker tuvo quince hijos de diferentes mujeres. El motivo por el cual fue tan amado y deseado solo puede ser entendido por aquellas que lo conocieron. En todo caso, su calidad de poeta, si es que existe, ha quedado oscurecida por esta circunstancia, sobre todo a partir de este libro. Es, quizá, un justo castigo el que su nombre nos llegue nítido a través del relato de la pasión que despertó en una mujer y que no recordemos ninguno de sus poemas. 

En el año de 1937 Elizabeth Smart, de 24 años, lee unos pocos poemas de Barker y, a partir de ahí, decide que ese es el hombre de su vida, que va a conocerlo y que va a intentar enamorarlo. La sombra de la esposa estará siempre presente, porque, además, Barker era católico, lo que ya sabemos qué significaba entonces. Y siempre se debatió entre las dos mujeres, dejando a ambas insatisfechas, como suele ocurrir cuando uno abarca demasiado. No sé por qué me imagino a este hombre del estilo de Ashley, el caballero del sur que en "Lo que el viento se llevó" prendó a Escarlata y a Melania, sin que su indefinición terminara por aclarar a quien quería de las dos....hasta que el dolor a la menos amada fue evidente. Esa clase de hombres que alpistean, que se dejan querer y que siempre parecen ser los sufridores de dramas que ellos mismos aventan. Las víctimas de su falta de generosidad, de su imposible entrega. 

El libro es una sucesión de emociones, imágenes, sentimientos, plagado de citas literarias, la mayoría de poetas y de Shakespeare. Las citas la inspiran y a veces son la referencia exacta. Hoy diríamos que el libro es una autofiction, entonces no se sabía qué era esto. Así, desfilan las palabras de Francis Thompson, William Blake, W. H. Auden, John Milton y el propio Barker, entre otros poetas. Y frases inspiradas o tomadas de Macbeth, Otelo, Hamlet, Antonio y Cleopatra, además de, curiosamente, el gran antagonista de Shakespeare, es decir Christopher Marlowe (Doctor Faustus). Su alusión a Heathcliff, el protagonista masculino de "Cumbres Borrascosas" la obra de Emily Brontë que describe el amor más desesperado no es casual, sino plenamente consciente. 

De cómo enamorarte puede hacerte terriblemente infeliz. De cómo la vorágine de pasiones, de deseos, de luchas internas, acaba con la apacible vida de una muchacha y la transforma en un fuego interminable. Quizá era su interior el que buscaba esto. Quizá ella era así desde siempre y Barker solo fue un objeto indispensable. El caso es que, desde que se publicó, en 1945, este es un libro de culto. La oposición de la influyente familia de Smart, que intentó detener su publicación, no logró que se difundiera y fuera leído cada vez más. La belleza de las palabras, el lenguaje especialísimo, ese punto de vista entre arrogante y pesaroso, la forma de mirar y de narrar los acontecimientos, convertidos en flashes, como si se tratara de una película de su vida, ha cautivado a los lectores. Pero ella misma no entendió que este talento no debía desperdiciarse y, enfrascada en su pasión por Barker (con el que tuvo cuatro hijos a los que tuvo que mantener ella sola en momentos muy difíciles), dejó de escribir y no volvió a hacerlo hasta que no pudo encontrar cierta paz muchos años después. 

Hay libros que te hacen preguntarte cosas. Este es uno de ellos. Y, como todo en la vida, suelen llegar en el momento oportuno. Los libros siempre te salen al paso, nunca son inocentes ni casuales. Sirven para hacerte preguntas. Preguntas que tienen una respuesta que quizá no querías conocer. Pero ahí están. Hay lágrimas inútiles. Y amores que únicamente sirven para escribir libros, para escribir un libro como este. 

2 comentarios:

  1. Qué casualidad. Hace unos días terminé de leer este libro, que tenía desde hace tiempo pero al que (voluntariamente) hacía esperar. Sabía que era de lectura lenta, de esas que ni las comas y acento tienen desperdicio. Una joyita.

    Un abrazo

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  2. Pues, Ana, a mí también me ha ocurrido que tenía el libro pero que no podía leerlo por razones varias. Estaba como hibernado. Hasta ahora. Y sí, estoy de acuerdo contigo. Lenta y reiterativa a veces porque hay que volver atrás y esperarse. Pero me ha parecido un libro muy especial que deja una sensación imposible de reproducir. Un abrazo. Gracias.

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