domingo, 17 de marzo de 2019

No es amor el amor que muda a cada instante...


Marianne Dashwood sale de la casa, de la pequeña casa en que ahora vive con su madre y hermanas. Se dirige andando por el bosque sin árboles, por una extensión verde sin aristas, a la loma desde que la que se divisa la casa de Willoughby. La mira con los ojos llorosos y entonces la lluvia comienza a caer con enorme fuerza. Es una lluvia densa de nostalgias. Una lluvia que arrasa, que hipnotiza, es la lluvia que le trae otros recuerdos, el tiempo de las risas y los besos, otro tiempo. 

Se queda hipnotizada recitando por dentro los versos que leyeron juntos en esos días en los que compartían una forma distinta de contemplar las cosas. Recita los versos y el soneto se convierte en la banda sonora de sus sueños perdidos. Lo ha dejado atrás todo. Ya no tiene alegría. El vestido se ondula con el viento, la capa se estremece. Un lazo en el escote se ha vuelto una finísima tira chorreante. Nada le importa. Ella es la juventud y quizá por eso no entiende que su amor se haya convertido en estatua de piedra. 

Quién no entiende que a veces el dolor te traspase y te deje sin fuerzas al caer de la tarde y te acune en silencio intentando engañarte y te convierta en duelo sin prisas, solamente. Quién no entiende que el cielo se desgarre en la lluvia, en rayos poderosos, en siniestras tormentas, en fuego incandescente, en baldías esperanzas de una naturaleza que ya no te es propicia. Quién no ha leído esos versos buscando las razones, esperando el perdón de un adiós que no sabe, que no entiende, ni quiere, que no olvida, ni llama. La juventud se muere de dolor y la vejez se convierte en adioses sin manos que te cubran. 

Los ojos azul-grises de Marianne se conmueven cuando recuerda el eco de la risa de antaño, la mirada de él, sus manos firmes, la forma en que decía los sonetos que guardaba alojados en un hueco del traje. Esos ojos no lloran porque ya no le quedan más lágrimas que lanzar a la tierra y la tierra se empapa del agua de la lluvia que respira solemne al compás de la música y las voces se quiebran al contemplarla ahora, transida de dolor, inabarcable. 

No es amor el amor que muda a cada instante, que cada instante tiembla, que cambia y te aborrece. Así lo lleva escrito el hombre desde siempre y su cruel vanidad no deja de sentirse a pesar de que todo es un cuaderno abierto, una página en blanco que escribes sin pensarlo y que ella antes que tú supo decir quizá porque la llaga existe sin que nadie lo sepa. 

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