viernes, 21 de diciembre de 2018

Cuento de Navidad


Cuando era niña vivía una Navidad llena de ritos, significados, música y adornos. Mi padre llenaba la casa de lazos, de guirnaldas, de muñecos y de regalos. Parecía una casa americana, de las que salen en las películas, toda llena de verde y de rojo, de musgo, de poinsetias, de caminitos, puentes y norias. El árbol y el nacimiento, los dos sin discusión alguna, cada uno en su sitio y en su papel. Y mi madre se encargaba de que los Reyes Magos llegaran cargados de juguetes. Buscaba desde meses antes aquello que a cada uno nos iba a gustar más. Preguntaba, indagaba, era una detective de los monarcas y, llegado un momento, también de Santa Claus. Una emisaria perfecta. Libros, juegos, mochilas, música, ropa, chucherías...¿cómo llamábamos a los caramelos, los bombones, las monedas de chocolate, los cigarrillos de mentira, los reyes que se comían? Ah, sí, la rebujina. La rebujina estaba junto a los juguetes y los juguetes llenaban todo el salón. Te despertabas y allí estaba la magia. Cómo era posible que los Reyes o Santa supieran que ese jersey era, precisamente, el que andabas buscando????

Todo comenzaba semanas antes con mi madre preparando las tortas. Eran unas tortas únicas, de esas que se hacen en Cádiz y en ningún sitio más. Se amasaban, se estiraban, se cortaban finitas, se freían, se les echaba miel y a veces bolitas de colores que ahora no recuerdo cómo se llaman. Se colocaban en barreños, en unos cacharros grandes y se tapaban con unos paños para que no se estropearan. Luego iban a las bandejas, una vez la miel chorreaba por encima. Las hacía enmeladas y sin enmelar, para todos los gustos. Las vecinas entraban y salían de la casa probándolas. Nunca han vuelto a existir esas tortas desde que ella dejó de hacerlas. Ya no hay tortas de nochebuena. Es una tristeza, una pérdida. Es como si el paladar se trasladara al pasado y no quisiera moverse de allí. El sabor de esas tortas lo impregna todo este día, porque la memoria está llena de sabores, olores y silencios. El silencio suena tanto como la música. 

Después de adornar la casa, de preparar las tortas, era mi padre el que se ocupaba de la gran compra, de lograr que no faltara de nada. Eso era algo que le gustaba especialmente. Llegaban las cajas cargadas de viandas y todos los niños acudíamos a ver qué contenían. Mantecados, polvorones, amarguillos, pan de Cádiz, turrones, hojaldrinas, mazapanes, frutos secos, granadas, y luego el pavo para la noche de nochebuena, y también el jamón, el queso, los mariscos, el caldo. La comida era un elemento fundamental y la despensa se llenaba hasta arriba y también el frigorífico. Había peladillas, piñones, almendras, castañas y fruta escarchada. Era una fiesta del estómago y del dolor de estómago para los que se pasaban de rosca. 

Otro rito fundamental era la música. Desde muchos días antes nos poníamos por las tardes "a cantar la navidad". Cada una con su pandereta, con sus lazos de colores, entonábamos, y bien, los villancicos populares y hasta escribíamos letras especiales dedicadas a nosotros mismos. Una familia con once miembros no necesita más gente para inspirarse. Las letras eran graciosas y llenas de doble sentido y cada uno reconocía algo suyo en ellas, como si las composiciones tuvieran el cometido de las coplas de carnaval: contar cómo había sido el año y cuáles eran nuestros errores. Una autocrítica en toda regla. La calle era un jolgorio, un paraíso. Todas las puertas abiertas de las casas permanecían abiertas y las niñas se movían cantando la navidad mientras los niños correteaban de un lado a otro y los mayores se reían y se bebían su copita de anís o de coñac. Y luego los disfraces, disfraces en nochebuena y a todas horas. Porque eso está en el ADN de Cádiz, convertirse en algo que no somos, parecer que somos otra cosa. Una alegría inmensa. La dicha con mayúsculas. 

El rito de las uvas era sagrado. Los mayores salíamos un rato después con los amigos pero era mucho más divertido estar en casa y reírse, reírse hasta el infinito, lanzar las risas al aire, que no acaben, que sigan. Y, en los Reyes, en esa madrugada en la que todos nos levantábamos al alba, allí estaban los juguetes, los libros, las muñecas, la ropa, los adornos, todo aquello que habíamos escrito en una carta pulcra que se había echado al correo. Bendita Navidad. Ellos, nosotros, la vida. Ahora, que el tiempo ha pasado y tantos de aquellos han desaparecido, me parece atisbar en el horizonte del solsticio de invierno algo de esa luz presentida, una especie de homenaje secreto. Un sueño.

2 comentarios:

  1. Gracias por un cuento tan dulce, tan de mi infancia, tan de mi felicidad recordada.

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  2. Gracias a ti por leerme. Vuelve cuando quieras. Y feliz navidad

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