sábado, 15 de marzo de 2014

Por donde quiera que vaya


Aunque llevo muchos años viviendo en Sevilla (en Triana la gran mayoría de ellos) sigo conservando la manera de ser y de sentir de la gente de Cádiz. Cuando uno deja su tierra se produce un desgarro irreparable, que se nota menos en los primeros años pero que se acentúa cuando pasa el tiempo. La esencia de lo que eres está dentro de ti y eso no se modifica, pero desaparecen de tu lado los sonidos, los olores, los sabores, el paisaje, la gente, todo lo que formado parte de ti. Encuentras personas que se incorporan a tu vida, amigos incluso, pero falta algo, algo inexplicable. En mi profesión trato con compañeros que son de fuera y que, en un momento dado, se plantean si volver a su tierra. La última de esas personas es mi fascinante compañera Violeta, un chorro de vida en medio del océano. Ella es de Córdoba y estuvo hace poco en ese momento de duda. Mi consejo fue rotundo. Vete, vete a tu tierra. Con tu gente, con tu madre, con tus sobrinos, vete ahora, antes de que los lazos que tienes aquí sean más fuertes, antes de que aparezca, por ejemplo, el amor. 
Violeta me ha hecho caso a mi y también, claro está, a su corazón, y el curso que viene estará viviendo en su preciosa ciudad en la que se ha buscado un piso encantador, que ella está decorando con grandes dosis de imaginación, frescura y alegría nórdica, ya me entendéis...
Violeta no sentirá, con el paso de los años, el vacío de que a su alrededor no haya gente que la conoció de niña. No verá crecer a sus sobrinos en la distancia y vivirá cerca de todo lo que quiere, de todo lo que le importa. 
Violeta está sola, como lo estamos todos, como lo somos todos. Pero en esa soledad habrá enormes ventanas abiertas al mundo exterior en el que viven sus seres más queridos, sus calles, sus recuerdos...
Los gaditanos lo tenemos mal fuera de nuestra tierra. Porque no todo el mundo entiende ese sentido del humor nuestro, la permanente ironía, el ponerle motes a la gente, el meternos hasta con nosotros mismos. Si. Por desgracia reprimo cada día las cosas que se me ocurren y hablo en un lenguaje políticamente correcto para que la gente no se mosquee. Ese es otro precio a pagar por haber volado
 sola hace tiempo.
Lo pienso ahora, rememoro esos tiempos, mi decisión de dejar mi casa, de dejarlo todo, de buscarme la vida en otro sitio y entiendo que no pude evitarlo, que no pude hacer otra cosa, que tenía que hacerlo. Sola llegué. De la nada y sin ayuda construí aquí una vida. Cuando el amor hizo su aparición esa vida adquirió el mayor sentido y aún más con mi hijo. Durante muchos años, veintidós, he tenido mi propia familia, esa aspiración de todos, ley de vida, dicen. Pero mi gran familia, mi familia de sangre, ha estado presente cada día, incluso en los tiempos en los que nos veíamos poco por la distancia y los avatares de la vida. En mis sueños siempre aparece mi casa, la casa de mi infancia, pequeña, sencilla, humilde, en esa calle tan llena de vida, la calle del sol, mi calle...ese es el paisaje de mis sueños, poblados de su gente, de mis padres, de mis hermanos, de los vecinos, de los amigos del instituto, o del colegio Maura o del club Mente Joven...
No solamente ahora, cuando la tristeza se ha tornado infinita, he vuelto a ese pueblo de la infancia en el que ya soy una extranjera, no solamente ahora sino que también antes he sentido a veces si no había errado, si no me había equivocado...Ahora es tarde. Si tú vivieras, seguramente no escribiría esto, no tendría ahora mismo los ojos llorosos, no pensaría en estas cosas tristes...pero así, tal y como me siento, resulta muy difícil no refugiarse y no sentirse agradecida por aquello que, únicamente, da sentido al dolor y evita que se convierta en vano sufrimiento: mi hijo, nuestro hijo, porque donde está él se halla toda mi vida. Y, compartiéndolo con él, todo eso que dejé atrás, que no se ha perdido y que llevo por donde quiera que vaya.

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