sábado, 17 de octubre de 2015

Mujer inhabitada


Puede uno leer un libro mil veces sin entender nada. Pueden miles de personas leer un libro sin extraer su verdadero sentido. Pueden realizarse decenas de películas sobre un libro sin que nada de su esencia llegue a las imágenes. Puede uno quedarse en la superficie y categorizar sin que haya comprendido de qué se escribe, qué se cuenta, por qué se dice. 

Esto es lo que creo que ha ocurrido con este libro. Convertido en literatura erótica sin más, en un contexto en el que la literatura erótica es un género con mala prensa, un subgénero infamante en realidad, no ha habido oportunidad de llegar más allá en su análisis. Sorprende la cantidad de personas formadas, supuestamente lectoras, que desconocen el libro, a su autor, el resto de su obra y, sobre todo, sus intenciones, su estilo, su escritura al fin. 

Para entender "El amante de Lady Chatterley" hay que situarse en el tiempo y el espacio en que fue escrito, pero, sobre todo, hay que ver en conjunto la obra de su autor, David Herbert Lawrence. Sin que tengamos presente "Mujeres enamoradas", "Hijos y amantes", "El arcoiris", "La serpiente emplumada" y los muchos cuentos de temas diversos que él llevó al papel, no podemos hacernos una idea cabal de lo que estamos leyendo. Es un caso claro de autor condenado por un libro que ni siquiera hemos analizado en su contexto o en su sentido. 

Cuando leí por primera el libro yo tenía trece años, así que tuve que hacerlo a escondidas. Leer a escondidas no tiene ninguna gracia. Es un absurdo. La palabra "absurdo" tiene mucho que ver con el libro. Sus primeras páginas están llenas de alusiones a ella. Todo resulta absurdo para los jóvenes protagonistas. La guerra, la invalidez, la lucha de clases, las ideas, lo establecido, lo nuevo, la intelectualidad, el sexo. Todo resulta tan absurdo que no vale la pena tomarlo en serio. Es un escepticismo flagrante, deudor del que sentía Lawrence, envuelto en la duda permanente de qué clase de vida era la que le había tocado arrostrar. 

Esta novela es un tratado sobre la mujer. Sobre la forma en la que se engaña a sí misma durante gran parte de su vida para convencerse de que quiere algo que, en realidad, no quiere. Sobre la forma en la que, cuando descubre un sentimiento que creía inexistente, pierde su capacidad de entender y se convierte en otra persona, aunque solamente en su interior, pues en el exterior sigue cortando rosas y colocándolas en un jarrón de cristal transparente. 

Ambientada en los años de la Primera Guerra Mundial y posteriores, Connie e Hilda son dos hermanas que representan el deseo femenino de independencia, tanto personal como intelectual. Por eso le dan un papel esencial en sus vidas a discutir con los hombres, a ser capaces de polemizar con ellos y a lograr que sus opiniones sean tenidas en cuenta. Las mujeres de ese momento tienen que hacerse visibles de alguna manera y para ello pueden estar incluso tentadas de abandonar lo más íntimo de sí mismas y convertirse en autómatas, tal y como denunciaba el autor con respecto a la mayoría de la humanidad ante el avance de la máquina. Es un feminismo que aniquila el sentir más hondo, en aras de una supuesta igualdad que, pasado el tiempo, se descubre como, otra vez la palabra, absurda. 

El mundo se hunde y ellos se enamoran. Parafraseo la idea de "Casablanca" para introducir ese elemento sustancial que en el libro no es accesorio. El mundo, después de la Guerra, es un lugar inhabitable. Ellos, los personajes del libro, son seres decepcionados, gente sin destino o con un destino que no desean. Los hombres y las mujeres que habían gastado tantas horas en conversar sobre los trabajadores, el socialismo, el arte y la política, llegan a la conclusión de que la Guerra ha arrasado sus cimientos y que tienen que reconstruirse desde los orígenes. Desde la esencia. Y allí, en la esencia, está el sexo. La atracción física. La experiencia del otro. La piel. El contacto con la naturaleza en todo su elemento más brutalmente cierto. Así, la sexualidad no es sino el trasunto de la vida en estado puro. No es sino el medio para reconocerse a uno mismo lejos de los clichés que la intelectualidad del momento había trazado. 

Las mujeres como Connie, quizá todas las mujeres, muchas mujeres al menos, esperan reconocer en el otro al interlocutor de todas sus necesidades. Y esto es de una complejidad tal que genera incongruencias y luchas internas, más allá de lo que podamos explicar con palabras. Las mujeres como Connie, algunas mujeres al menos, tienen delante de sí una diatriba permanente entre lo que significa su papel en el mundo y esa parcela del sentimiento que acunan como si no quisieran darla a conocer nunca. Las mujeres como Connie tienen miedo de perderse en alguien, prefieren controlar la situación, prefieren saberse respetadas que amadas, prefieren ser consideradas fiables y buenas conversadoras que convertirse en objeto de pasiones irrefrenables. Las mujeres como Connie desconocen el sentido del abandono, de la entrega, salvo esa especie de representación teatral periódica en el que parece que empieza y termina el acto último de un novelón romántico. 

El problema está en la vida. La vida sale al paso aunque uno no quiera. La vida existe más allá de nuestro propio control sobre las cosas. Lawrence la representa en la naturaleza, en el brote de los campos, en la vida rural, y la contrapone a la onerosa vida de las ciudades, llenas de miseria, hollín y cielos oscuros. En la naturaleza, en el comportamiento natural de los hombres, está el secreto de la esencia perdida, algo que debe ser preservado si uno quiere medianamente disfrutar y no convertirse en una clase de ser irracional buscador de oro. 

Así, el sexo para Lawrence se inscribe en esa preservación de un espacio sagrado, en un instinto que debe entenderse como parte de lo más puro que el ser humano tiene. Y no está relacionado con nada sino con el sexo mismo. Pero tampoco tiene añadidos que lo deslegitimen o lo conviertan en algo usado, manido, confuso. Su limpieza viene de su verdad. De lo esencial, que lo vincula con los hombres y las mujeres. Los hombres  y las mujeres han de sentir que son parte de la vida también a través del sexo. Y no deben avergonzarse por ello. 

En la primera parte del libro, Connie desprecia a sus compañeros de estudios que, tras una relación sexual, dejan de aparecer ante ella como seres deseables. Los hombres siempre buscan lo mismo, viene a decir, y hay que dárselo para que no se enfaden, porque son como niños, que nos obligan a cosas engorrosas que, en realidad, no nos gustan. El sexo obligatorio, el sexo sin compromiso interior. Pero luego, ante la evidencia de que su marido nunca va a poder darle hijos y, sobre todo, ante el encuentro con el señor Mellors, Connie siente que ha estado equivocada todo el tiempo y que algo estaba a punto de escapársele de la vida. 

Mellors, guardabosques pero no iletrado ni inculto, con la rudeza justa para hacer un trabajo duro, pero con la sensibilidad propia de los hombres que son sensibles (los hay que no lo son, como ocurre con las mujeres) conduce a Connie no a un recorrido a través de él, sino a conocerse a ella misma. Connie descubre que estaba en ella el poder de sentir las sensaciones, los deseos y las emociones que la rutina impuesta de su vida había ocultado. 

Connie, una mujer inhabitada, recorre un camino antes desconocido y sabe que ese camino ya no tiene vuelta atrás. Algunos aspectos de su vida que antes le parecían básicos dejan de tener importancia: la buena fama, la posición social, el nombre, el abolengo, las comodidades materiales, pero, sobre todo, esa supuesta dignidad añadida que consiste en mantenerse derecha en la silla ante las visitas, que consiste en que nadie tenga que decir nunca nada de ti, que consiste en dejarte pudrir por dentro para mantener una apariencia de matrimonio inexistente, que consiste en olvidar lo que deseas y lo que quieres. 

Describir escenas de sexo es muy difícil. Lo más parecido a una descripción ajustada, sin exageraciones que llamen a la risa, con una pátina de sentimiento, emoción, ternura, pasión, inconfundible, es este libro. Leerlo sin prejuicios y sin imágenes basadas en susurros entrecortados de escenas de cine. Leerlo y pensar después si eso que Connie llega a sentir no es lo que las mujeres, muchas mujeres, algunas mujeres, una sola mujer quizá, ha deseado sentir y aún lo desea. Aunque hablar de ello sea todavía, extrañamente, un absurdo. 

La lucha entre la visión intelectual de la vida y la visión vital, sensual, está presente en sus páginas. El libro, de todas formas, narra con detalle los encuentros entre Connie y Mellors, de forma que escandalizó a la sociedad británica e impidió que se publicara en el Reino Unido hasta los años sesenta del siglo XIX. La primera impresión se hizo, pues, fuera de esas fronteras del puritanismo, en la abierta Florencia, en 1928. 

Las escenas de erotismo reflejan con toda naturalidad y un punto de poesía inevitable al sexo, que la mujer tiene el mismo derecho que el hombre a gozar de su cuerpo y del cuerpo del otro. Que no es una espectadora pasiva, ni una recipiendaria conformista, a la hora de establecer una relación. Y que no es amor, que no es voluptuosidad, que es algo más carnal, pero, al tiempo, más profundo, más necesario, más lleno de ese instinto vital que el autor reivindica. 

No diría yo que este es el mejor libro de D. H. Lawrence. Prefiero "Mujeres enamoradas" e "Hijos y amantes". Pero conecté con su forma de ver el sexo desde el principio. Aún creo que es cierto lo que cuenta, aún creo que las mujeres, sin esa plenitud que da el contacto con el cuerpo del otro, es un ser inhabitado. Sé que esta opinión no es del gusto de muchas mujeres, por supuesto no de las feministas que aseguran ser autosuficientes y que rechazan a los hombres. Por supuesto no de las que defienden el sexo dentro del contexto del amor, de la formalidad y las relaciones estables. Sin embargo, en mí al menos encontró Lawrence una mujer que entiende, y de qué manera, qué siente Connie, qué ve en Mellors y qué extraño lazo los ata. Y esos lazos son muy difíciles de desatar. 


2 comentarios:

  1. Maravilloso, Caty. Es eso. ¡Es eso!
    No sé si se trata de "estar dentro de alguien que la salve de sí misma", tal vez sí, pero lo que es seguro es el reconocimiento, ese decir "soy así, para salvarme o para destruirme, pero soy esta".
    Gracias por expresarlo con tanta lucidez y belleza.

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  2. De nuevo, gracias, Carmen. Resulta curioso como uno escribe cosas que tenía que escribir alguna vez y que solamente salen en momentos determinados. De intensa y apasionada necesidad o de vida que no acaba de romper. No sé.

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