martes, 20 de octubre de 2015

"Mágico, sombrío, impenetrable" de Joyce Carol Oates


Trece relatos. Trece historias para entender esa clase de vida que Oates retrata desde siempre. Trece puertas abiertas para analizar el miedo. El miedo a perderlo todo, el miedo a no ser nada. El miedo es la música que ahora interpreta la escritora norteamericana y esa melodía acaba sonándonos. Los relatos tienen argumentarios diversos pero dos elementos siempre comunes: el miedo, al fondo. La gentil escritura de Oates, en la superficie. 

Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) tiene setenta y siete años y sigue enseñando en Princeton. La vida escolar, el contacto con los jóvenes estudiantes, la pone a cien. Hace que su universo se contagie de esa prisa cotidiana de un centro educativo. No contempla marcharse, salvo cuando sea inevitable. Al tiempo, escribe. Con una regularidad espartana. Con un trabajo de investigación previo que resulta envidiable. Planificación, búsqueda de fuentes, pistas, ciudades, personas, ideas. Todo ello se congela en sus ficheros hasta que lo utiliza en sus relatos y en sus novelas. Una tarea que ya está acostumbrada a realizar y que requiere concentración y discernimiento. 

A sus alumnos, Oates les enseña a ser críticos con su propia obra literaria. Un escritor que no tenga la suficiente capacidad como para entender si lo que escribe es bueno o malo, sería para ella, un escritor a medias. Su perfeccionismo tiene que ver con la mirada que dirige a la vida: amplia, global, detallista, aunque parezcan conceptos contrapuestos. Es una curiosidad que no cesa la que hace que, cuando se mueve en cualquier ambiente, anote mentalmente y, a veces, físicamente, todo aquello que le interesa para ser utilizado en sus libros. Tanto la gente importante, como la gente cotidiana. La vida es, al fin, lo que une a todos, parece decirnos. 

Te guste o no su literatura nadie puede negar que es una retratista certera de la vida norteamericana de los últimos cincuenta años. Como un hiperrealista, como un observador frío e imparcial, como un fotógrafo que utilice el color a su antojo, las obras de Oates quieren contarnos lo que ocurre y, sobre todo, lo que significan esos hechos que suelen conducir la vida de la gente. Su acercamiento entomológico no disgusta, porque detrás de él hay reflexión. No se trata de narrar únicamente. También surge la pregunta, la duda, la disquisición pausada, a veces la incógnita. En ocasiones, la discrepancia abierta. Su sociedad es una y forma parte de los miles de retratos que Norteamericana proporciona. 

Aunque tenemos la tentación a veces de considerar a los relatos como una suerte de literatura menor, nada más alejado de la realidad. Un relato condensa, en un número aceptable de páginas, toda la tensión que la novela ofrece. Los relatos te suben a una montaña rusa de la que te bajas con desgana. Oh, esto se ha acabado, te dices. Sí, se ha acabado, pero algo queda. Mucho en este caso. 

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