lunes, 5 de octubre de 2015

Esa maravillosa forma de narrar


Cuando descubrí a Edna O´Brien, la escritora irlandesa que cumplirá en diciembre ochenta y cinco años, entendí que la narración literaria tiene tantos caminos como escritores que recorren esa senda. Ella me mostró, en su trilogía de Kate y Baba, que es posible conocer voces nuevas, que no se agosta el caudal de narradores que son capaces de emocionarme y que la vida de las personas normales es el elemento más motivador de cuantos pueden usarse para escribir. 

Fue Impedimenta, como en otros casos de autoras inglesas, irlandesas y americanas, la editorial que me la acercó. Ese esfuerzo de Enrique Redel, el editor, para traducir a escritoras que no habían sido leídas en castellano hasta la fecha, ha dado muchísimos frutos. Si tuviera que hablar por mí misma, puedo decir que me ha ligado, definitivamente, a narradoras que ya forman parte de mi imaginario literario e, incluso, sentimental, porque todo sentimiento es, para mí, una forma de inventar palabras. Vives y escribes, casi en una confusión cuyo hilo desconoces. La madeja de la vida se cruza con la mirada que le dedicas a los acontecimientos y así todo se concibe como una continuación inexplicable y necesaria. 

El estilo de Edna O´Brien me maravilla por su limpieza. Qué difícil resulta ese recorrido diáfano, casi como si se tratara de un cuento infantil, en el que los recovecos tienen sentido y en el que los personajes hablan por sí mismos, como si no fueran hallazgos de un tercero. Kate y Baba, las muchachas protagonistas de esa trilogía impensada, son tan de carne y hueso como yo misma. Puedo percibir, por ello, sus emociones, sus deseos, sus frustraciones, sus esperanzas, sus miedos. Ambas quieren ser felices, como yo he querido serlo. Ambas miran el mundo con miedo, como yo he hecho en ocasiones. Ambas creen en la amistad, igual que yo. Ambas son jóvenes y dejan de serlo, como a mí me ocurre. Kate y Baba no son personajes alambicados, perfectos, lineales, sino que tienen todas las aristas necesarias para creer en ellas. Son personas que puedes encontrarte cerca de ti. Incluso dentro de ti. 

Leí su trilogía en el orden en el que Impedimenta la publicó, en el orden en el que se escribió. El primer libro "Las chicas de campo" fue una especie de resplandor, un aviso, una constelación de casualidades que, al unirse, dejaron entrever emociones cercanas y, sobre todo, una maravillosa forma de narrar. Una narración plena, certera, exacta, pulida, impecable. Pero, al mismo tiempo, las vidas de esas muchachas y de las personas de alrededor, la pobreza, la lucha, la supervivencia, la angustia, se convirtieron en esquemas de sentimientos conocidos, en arquetipos de algo que todos podemos reconocer si afinamos la vista. 

Luego llegó, ya lo he contado en otra ocasión, "La chica de ojos verdes". La amistad, quizá el sentimiento más perfecto de cuantos existen, aparece cuarteado por las circunstancias y lo limpio se enturbia, y aparecen aspectos de la vida que, no por conocidos, dejan de impresionarnos. Esa chica de ojos verdes habrá de enfrentarse a lo que el mundo ofrece y que nos deja inermes, sin defensa, la mayoría de las veces. 

Por último, "Chicas felizmente casadas", es un desenlace en el que no hay previsibilidad, pero tampoco mentira. No pueden ser de otro modo las cosas y bien que nos gustaría. Soñar es bueno, pero vivir en la ensoñación te impide crecer. Kate y Baba, reencontradas, saben que han querido vivir una vida que no les está permitida pero, por primera vez, entienden que hay que vivirla, sea cual sea. Las ilusiones se trasmutan en la serena aceptación de una realidad que nos impone su ritmo y sus cualidades. El amor existe, pero no siempre está al alcance de la mano. Y, sobre todo, se agosta como las ramas de los árboles que caen al suelo y se llenan de la humedad cortante de una lluvia inmisericorde. 

Espero que el Premio Nobel de Literatura sea para Edna O´Brien. Más que nada para que, por una vez, se lo den a alguien a quien yo haya leído, entendido y amado. Por variar, vamos. 

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