viernes, 30 de octubre de 2015

"Los habitantes del bosque" de Thomas Hardy


Ella decía la verdad. No mentía. Mentir no le gustaba. Consideraba que mentir era una forma de traición, una manera de degradarse a sí misma. La lealtad, que era una virtud que tenía cosida al alma, estaba construida con la verdad y con el cariño. Ambas permanecían unidas e inseparables. Es así como la concebía. Una suerte de barrera contra la manipulación, contra el odio y el rencor que las personas suelen guardar en la zona trasera del corazón y que los convierte en seres sin sentimientos. Ella quería seguir sintiendo todo el tiempo que pudiera, quería seguir siendo como cuando era niña: limpia, cristalina, alegre, chispeante. Una suerte de destino la había situado en la encrucijada de la desesperación, pero había soltado sus amarras y conjurado el dolor con palabras que solamente hablaban de los corazones que se disponían a entenderse. 

En algunos libros hallaba imágenes y personajes que le eran tan conocidos como si se tratara de amigos, de vecinos, de la gente que, cada mañana, contemplaba en su diario paseo hasta el trabajo. He aquí que un libro publicado en 1887 traía historias que parecían escribirse en su nombre. Cuatro personas que no habían existido: Grace, Giles, Edred y Marty. Aunque sí sus sentimientos, sus emociones. También su mezquindad. Su olvido de lo cercano. Su ambición. La conveniencia que convierte el amor en moneda de cambio. El engaño. La simulación. Pero, entre tanto latido convertido en fragmentos, halló uno que, ciertamente, ofrecía su visión más verdadera, la que ella cultivaba porque sabía que, al fin y al cabo, no podía ser de otra forma: claridad, luz, verdad, un amor que cruzara por encima del destino y de las horas muertas. 

"....cada vez que yo me levante pensaré en ti y cada vez que me vaya a dormir volveré a pensar en ti Cada vez que plante jóvenes alerces pensaré en que nadie puede hacerlo como tú y cada vez que parta o seccione una rama o que haga girar la prensa de la sidra diré que nadie podía hacerlo como tú. Y si alguna vez olvido tu nombre, que me olvide también de mi hogar y de Dios...Pero no, no, mi amor. !Nunca podré olvidarte porque fuiste un buen hombre y buenas fueron tus obras! "

Así, Grace Melbury vuelve a su casa de la infancia tras ser pulcramente educada. Así, allí está Giles Winterborne, que no puede enamorarla como ella desea porque no posee el dinero suficiente, ni la clase ni la posición. Así, Edred Fitzpiers será el tercero en discordia, el otro lado del triángulo, el hombre poderoso. Pero, los malentendidos, las traiciones, se combinarán con la lealtad y con la devoción y con el poderoso sentimiento que anida en personas como Marty, inopinadamente convertida en alguien que ama sin reservas. ¿Es posible amar sin entregarse? 

Thomas Hardy había nacido en un lugar de Dorset, en 1840. Allí situaría la acción de sus novelas. Un paisaje que convirtió en literatura, que situó como telón de fondo de todas las historias que imaginó y plasmó en el papel. Primero fue albañil y luego poeta sin éxito. Ese fracaso tuvo que anidar en lo más profundo de su corazón, pero decidió que un fracaso no valía para dejar de hacer lo que mejor convenía a su sentimiento: escribir. Las novelas cambiaron su destino. Publicó catorce de ellas. Las primeras, publicadas de forma anónima, con esa clase de timidez que algunos escritores se gastan, seguramente porque no tienen otra opción. Después, con su nombre, clamorosa acogida. Ahí están, para ser leídas, Remedios desesperados, Bajo el árbol del bosque, Unos ojos azules, Lejos del mundanal ruido, El regreso del nativo, El alcalde de Casterbridge, Los habitantes del bosque, Tess la de los d´Urberville, Jude el oscuro. 

Las novelas de Hardy rinden tributo al universo, a una naturaleza que forma parte indisoluble del destino de los hombres. Es una naturaleza cambiante, que está atenta al color, al olor y a los sonidos de los días, de las estaciones, de las tormentas, los vientos y la querida lluvia. Los sentidos y los sentimientos se anudan para siempre y todo parece transcurrir con una melodía ya escrita. Canciones que narran los hechos que tienen que suceder sin más dilación. Casi como si se tratara de una tragedia griega, en sus novelas la suerte tiene excepcional importancia. Todo puede ocurrir y todo ocurre. Las hojas se agitan con el viento, la vida se agita con los avatares de la propia vida. Hardy era un poeta que escribía novelas, tanto como un novelista que tenía en la poesía su lenguaje más íntimo. 

Algunas de sus novelas han sido llevadas al cine, como, sobre todo Lejos del mundanal ruido, maravillosamente trasladada a la gran pantalla en dos ocasiones.

"El corazón de Grace se elevó por encima de su anterior tristeza como una rama liberada de un peso. Sus sentidos se deleitaban ahora en aquel súbito regreso a la naturaleza sin adornos. Se deshizo del miramiento de tener que ser una mujer refinada por la profesión de su esposo, y del barniz de artificialidad que había adquirido en las escuelas de moda, y volvió a ser la rudimentaria chica de campo, con sus instintos más tempranos y latentes"

Quizá todo consista en no olvidar lo que fuimos, lo que en el fondo somos, más poderoso aun que lo que quieren que seamos o lo que el tiempo ha intentado lograr con nuestro ser más íntimo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Cualquiera de los que fueron


(La Avenida de la Ópera. Camille Pissarro)

Mira el sereno bullicio que se vive en la ciudad. Ese tono dorado del asfalto. Ese tono dorado de los árboles y de los edificios. Mira la dulce quietud de los personajes. Parecen estar a punto de bailar un vals, el baile que inició los abrazos. Mira, al fondo, la imagen añorada de un edificio que todos admiran desde siempre. Mira la plenitud de la hora mediada del día. Mira el anhelo de pasear al aire libre. Míralo todo, obsérvalo, de igual forma que lo vio el pintor, que lo vieron sus ojos antes de trasladarlo al lienzo. 

Ellos están ahí. Son algunos de esos personajes que se mueven sin vigilancia alguna. Son personas normales. No podrías reconocerlos a simple vista. Porque la felicidad tiene una imagen repetida que no llama la atención. Están ahí, se aman y son dichosos. Porque existe una forma de quererse que no hace daño. Porque existe una manera de encontrarse sin aristas. Porque todo existe si el corazón lo desea y lo expresa con gratitud. 

Las buhardillas de pizarra anuncian la ciudad. Enhiestas y firmes, dan al paisaje su mejor seña. Son así desde siempre. Se alzan orgullosas y, desde abajo, es imposible verlas en toda su plenitud. Las farolas, aún apagadas, expresan la modernidad de este tiempo, captado como si un fotógrafo se hubiera situado sin quererlo, en medio de una promesa cumplida. En las fuentes, el agua vivaquea. Se mueve indecisa, se estanca y lanza sus rayos transparentes al compás del sol, que cae sin pedir permiso. 

Las marquesinas están llenas de toldos, los negocios son prósperos, la vida está llena de oportunidades. Ellos, ahí abajo, en medio de la calle, son quizá trabajadores, pobres o acaudalados. En todo caso, se aman. Se lo han dicho todo. No se han llamado a engaño. Sus palabras han dado justo en ese lugar del corazón que recibe los besos. Son personas felices porque han hallado algo tras un largo camino. Y, lejos de volver la cara hacia otro lado, han agradecido lo que para ellos será una forma de vivir sin cortapisas. Abiertos a la vida y al sol dorado del mediodía en París. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Lo sé


De sobra sé que no estoy dentro del laberinto de tus sueños. Sé de sobra que el hotel de lujo al que acudes en los mejores días no tiene nada de mí, ni huele a mi perfume. Sé que no me recuerdas en las noches y que los sonidos no te traen el eco de mi voz ni mi aliento siquiera. Sé que tus besos jamás van a ser míos. Sé de sobra que una palabra te alejaría de mi hacia un mundo que nunca podrá estar al tiro de una piedra. Sé que esto es un purgatorio que cada vez se enreda y que envenena sin parar las horas. De sobra sé que nada mío es lo tuyo y que tú no eres nada que yo pueda tener las tardes de tormenta. Lo sé todo, lo sabes. Pero no tengo la receta para escaparme del lado de la luna al que miran tus ojos. 

Diferentes


Él era un hombre de mundo y ella de interior. A él le gustaba el brillo y a ella el matiz cansado de la oscuridad. Él tenía corbatas caras y un traje de Armani a rayas grises. Ella soñaba con verlo a la luz del día sin maquillaje. Él poseía muchas cosas y a mucha gente, pero nunca se consideró dueño de nada ni de nadie. Ella soñaba con él y con su aire de abandono cierto. Él tenía miedo a ser amado y ella a dejar de amarlo sin darse cuenta. Él era un vividor de buen corazón y ella una mujer que ocultaba un secreto. Él había subido muchos escalones y ella había tenido que bajar a los sótanos. Él disfrutaba la vida a ras de soledades y ella ansiaba conjurar el dolor a su lado. Él se sentía ajeno y ella no podía dejar de llevarlo dentro. 

Sin ti no entiendo el despertar


(Mujer sola. Salvador Dalí)

Los días con sus colores, las horas con su incesante gota a gota, esos sonidos únicos que enhebran el paso del tiempo en una pulsera que llevas colocada en la muñeca, como si fuera el signo de ti misma. Te preguntas, en cada amanecer, donde está, por qué no está contigo. Deseas ver su rostro en cuanto el alba acaricia el visillo blanco de tu alcoba. Te interrogas acerca de ti misma, cómo te sientes, qué sientes y si sigues sintiendo esa cosa tan fuerte que te llevó anoche a derramar unas lágrimas dulces antes de dormirte…

Los amaneceres son promesas. En ellos se vislumbra la luz de cada día. Pero no siempre sabes en qué momento, qué gesto o qué palabra, volverá a traerte la luminosa voz de la esperanza, o el triste desconsuelo del amor que no es. Esos amaneceres en que tu mirada se vuelve sin remedio al otro lado, al lado que permanece quieto, vacío, en tu cama. 

Te quiero. Y no puedo decírtelo. Por eso cada vez me lo recuerdo. Palabras que no existen, ruido que no se escucha, mirada que no ve, ojos que nunca lo adivinan. Nada puedo decirte, ya lo sabes. Pero aun así, te quiero. Tanto que lo escribo sin poder evitarlo. Tanto que lo renuevo a cada paso. Te quiero tanto que más ya no es posible.

Y eso es una evidencia que traspasa el blanco amanecer, la negra noche. Que todo lo traspasa. Hasta el olvido. 


sábado, 24 de octubre de 2015

"Una chica en invierno" de Philip Larkin

El caso de Philip Larkin (1922-1985) es muy interesante. Esta es la única novela que escribió y publicó. Otras tres fueron destruidas antes de publicarla y la cuarta no la acabó. Porque Philip Larkin es poeta, un poeta enormemente laureado, estimado y aplaudido. Un gran poeta que, rara avis, escribe una novela que es, asimismo, una revelación, un logro, un gran libro. 

Larkin escribía desde su adolescencia. Thomas Hardy, primero (excepcional su "Lejos del mundanal ruido") y luego T. S. Eliot, W.B. Yeats, y W.H. Auden fueron sus influencias más directas. 

"Una chica en invierno" se publicó en 1947. Su éxito fue inmediato. La crítica la consideró delicada, elegante y extraordinariamente escrita. Larkin compaginó su tarea de escritor con la bibliotecario de la Universidad de Hull y la de crítica de jazz del Daily Telegraph. 

La novela tiene algún tinte autobiográfico. El verano inglés de los años de la Segunda Guerra Mundial forma el marco del espacio y el tiempo necesarios para ubicar la acción. Allí está la protagonista, Katherine, una refugiada que trabaja de bibliotecaria. Su vida transcurre de forma anodina, casi sin esperanza. La única que la mantiene es el deseo de volver a ver al hombre que fue su gran amor, su primer amor. Y parece que es posible, que va a lograrlo. En la antesala del encuentro, ella rememora cómo conoció a Robin, cómo fue su relación, de qué forma dejó de ser una niña para convertirse en una mujer y cómo el amor cambió su vida. 

El poder regenerador de los sentimientos, el peso del amor en la vida de las personas, se asienta en un trasfondo duro, terrible, de guerra y de desazón. Las circunstancias históricas conducen a los hombres a senderos que no quieren transitar, rompiendo la dichosa cotidianeidad y conduciéndolos a un territorio inhóspito, difícil. El relato que hace Larkin no está exento de la ironía distanciada que es preciso usar si no se quiere caer en la ramplonería o en el sentimentalismo vacuo. Y esa es la marca de la casa, la facilidad con la que los sentimientos son descritos de una forma tierna y, a la vez, divertida, no exenta de una certeza ineludible de un destino incierto y casi cruel. 


La luz interior


La vida es una experiencia incesante en la que hay que vencer miedos e incertidumbres. Cada uno de nosotros se construye a sí mismo en un ejercicio que nunca termina. Las edades llevan consigo una nueva vuelta de tuerca en ese edificio que somos nosotros. A veces, la situación es complicada. La encrucijada se abre ante ti y no encuentras la forma de comprenderte y comprenderla. Las preguntas se amontonan, no hay respuestas apenas, solo sensaciones y poco claras. Sentimientos confusos, la mayoría de ellos amargos. Decepciones. Puertas que se cierran. Gente que huye. 

Es en estos momentos de crisis personal cuando te vuelves hacia ti mismo, cuando reflexionas y quieres desentrañar, porque lo necesitas, aquello que, en realidad, eres, o, al menos, aquello que se aproxima a tu esencia. Qué soy, quién soy, qué quiero hacer conmigo, qué quiero, en suma. 

Andaba yo en estas cuitas personales, tan difíciles de transferir y de explicar a los demás, entre otras cosas porque la gente tiene sus propias cuitas, cuando oí dos esplendorosas voces que, unidas, sumadas, han creado un tapiz, una alfombra con dibujos interpretables, una suerte de explicación para asirla y lograr de esa manera dar un pequeño paso para responder a esas preguntas. Hubiera sido mejor, me diréis, tener cerca a alguien que te abrace, que te escuche, que te regale una sencilla rosa o que confunda su risa con la tuya. Pero, cuando no existe nada así, es inútil llorar. Lo sé por experiencia. Las lágrimas no sanan. Dan dolor de cabeza, nada más. 

Por un lado, el discurso de Emilio Lledó, con ocasión de la entrega de los Premios Princesa de Asturias. Por otro, la entrevista que Juan Cruz hace en El País al escritor Mario Vargas Llosa. Diría que Lledó enciende una linterna en una vereda absolutamente oscura y arroja un haz de luz en ese camino incierto. Sus palabras, luminosas y poéticas, quieren ser una toma de conciencia de lo que la cultura, la palabra, el lenguaje, la educación, significan para las personas. También expresan la obligación moral de estar en esa lucha, de no mirarse a sí mismo con tanta intensidad que no descubramos nada más que las arrugas del alma. Descubrir la luz interior, dice Lledó. Y yo pienso. La única forma que conozco para expresarme es la palabra. Y voy más adelante. Incluso si tuviera una vida feliz al lado de la persona a la que amo tan intensamente, aún así necesitaría, para salvarme, estar sentada delante del ordenador todas las horas del tiempo que fueran necesarias para contar las cosas que cada día se insinúan con ocasión de vivir. 

Esa chispa venturosa que abre en mi cabeza (también en mi corazón, a dúo) la palabra herida de Lledó se completa, esta misma mañana de sábado en la que he madrugado para escribir, con la entrevista de Vargas. Cuando relata la forma en la que enhebra las historias que convierte en libros me siento comprendida. Es así como ocurre, pienso. Exactamente ese recorrido es el que tienen las ideas que se convierten en palabras y que, a su vez, forman las frases (ah, el papel de la frase, que Paul Auster explicó en otro discurso), que se sumarán para ser un texto, un relato, una novela, algo. 

"Como todo el mundo, vivo toda clase de experiencias, pero hay algunas que la imaginación rescata, preserva, y de pronto, de esas imágenes empieza a surgir una especie de fantaseo, pero si yo darme cuenta. Hasta que de pronto me doy cuenta de que he estado trabajando inconscientemente en alguna pequeña historia, muy embrión de historia, a partir de algún hecho vivido, oído o leído" 

De esta forma explica el escritor la manera en que los libros surgen. Así, de la memoria, de la visión del presente, de dentro o de fuera, esa semilla se convierte en sujeto del pensar y luego del escribir. Así es exactamente, de nuevo esta palabra. Exacto, exactamente, sí. 

En algún lugar del tiempo y del espacio hay un hecho que está esperando a ser convertido en literatura. O, al menos, a ser la espita que abre la puerta al texto. Da igual que seas un Premio Nobel o una mujer, como yo, que escribe sin ponerle adjetivos a su trabajo. Ese hecho, esa sensación, esa idea, ese recuerdo, activa en ti la necesidad de convertirlo en el centro de tu experiencia vital, en el centro de tu actividad. Tu cabeza construye y tus manos escriben. Ambas a la vez, en una suerte de encuentro privilegiado. 

Lledó y Vargas no han solucionado mis dudas. Claro que no. Nadie lo podría hacer. Sino yo, si es que fuera capaz de reflexionar lo suficiente. Pero, mientras tanto, al hilo del pensamiento, la cabeza y las manos no pueden dejar de intentar entenderse en el acto mismo de escribir. Conjurar el dolor. Esperar que algo cambie. Mover las fichas para que todo tenga otro tinte. Intentar comprender lo que existe en tu interior y lo que existe fuera. Describir, explicar, narrar, desentrañar. Los verbos de la acción junto con los adjetivos de las horas lentas en las que tu cabeza indaga sobre ti y lo vierte en caracteres que, juntos, formarán la única explicación posible. Leve, pero esperanzada. 

Una vez que descubres de dónde viene el dolor que te sube en oleadas y una vez que entiendes que nada ni nadie, te salvará de ese naufragio, porque no hay amor ni voz que conseguirlo pueda....Una vez que asumes que la soledad será tu principal aliada y que sientes que no puedes ser su enemiga, sino, al contrario, aceptarla con deportividad incluso....Una vez que tu corazón te ha dicho con toda claridad lo que quiere y tú le respondes que es un imposible....entonces quizá sea el momento de pasar al plan B. El plan B es convertir todo ese sentimiento, toda esa fuerza interior, todo ese deseo sin consumar, todo ese fuego que te abrasa, en materia de algo que perdure. Las palabras escritas. Un texto que te salve. 

Definición: Mujer, sola, ni joven, ni guapa, ni triunfadora. Pocos amigos, muchas obligaciones, escasas satisfacciones. Sexo cero. Vida social, casi. Armas: palabras. Deseos: Todos. Esperanzas: Ninguna.

jueves, 22 de octubre de 2015

Sin título



(Madame Yevonde (1893-1975), Portrait de Joan Maude, 1932 Vivex colour print, Londres, National Portrait Gallery)


Nada. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

"Pisando ceniza" de Manuel Arroyo-Stephens

Entre los lectores que lo son de verdad funciona de modo efectivo el boca a boca. Lees un libro y no puedes dejar de comentarlo, de recomendarlo incluso. Cuando el libro te gusta mucho, entonces haces una loa tan intensa que tienes miedo de que la persona que la recibe se sienta luego decepcionada con la lectura, con su propia aproximación. Esto no debería ser un problema. Ya sabemos que leer es un acto individual. Intransferible. Dudosamente colectivo. Pero comentar un libro es un ejercicio de encuentro que tiene sus ventajas y su encanto. 

Este libro me llegó de esa manera. Alguien lo había leído y me habló de él de forma entusiasta. Imposible no ceder a ese requerimiento, a esa aventura de ver hasta qué punto esos elogios eran ciertos. Así que no queda otra que hacer tú lo propio, es decir, leer, leer y opinar. He aquí esa opinión después de la lectura. 
La respuesta a la pregunta es Sí. Tenía razón en su glosa, en su apología, la persona que primero transitó sus páginas. Sí. Es cierto. No exageraba. 
Manuel Arroyo-Stephens fundó la editorial Turner y escribió este libro. Entre un hecho y otro median muchos años, o quizá no tanto si pensamos que el relato principal del libro está escrito hace tiempo. En la entrevista que, con motivo de la publicación del libro, le hacen en el periódico El País, están claras algunas de las motivaciones de su escritura y, sobre todo, el gran tema, el motivo principal de sus preocupaciones y de sus palabras: la muerte. La muerte como lo ineludible. Como lo único cierto.

Resulta muy literaria esa mezcla de personajes de ficción, de vida real y de imaginación. Lo que sucede es más interesante que lo que nos inventamos, viene a decirme el amigo que me descubre el libro, lleno de interés porque yo lo lea. Así es. Pero no es menos cierto lo que el propio Arroyo certifica: Todo lo que se cuente, se convierte en vida.

El libro ha recibido, en poco tiempo, una crítica muy favorable. A pesar de mi desdén por la crítica literaria, tantas veces mediatizada por la amistad, en este caso la pasión no ha nublado el conocimiento. La profundidad de lo que se relata y la forma elegante, concisa, sincera y espectacularmente bella con que se cuenta, convierte a "Pisando ceniza" en un libro que, creo que no me equivoco" trazará una línea en este género mitad testimonio, mitad ficción.

Un editor escribe un libro. Ojo. Un editor, no un escritor. Y es muy bueno. Dice de él Félix de Azúa: Manuel Arroyo, el mítico fundador de la editorial Turner entre otras cien actividades, ha querido pensar seriamente lo que representó para él la ausencia de algunas personas que no deberían haber muerto y los ha retenido el tiempo de leer Pisando ceniza.

Así que el libro trata de la muerte. No de la muerte filosófica, la muerte en abstracto, la muerte polivalente, plurinacional, mayestática. No. De la muerte de verdad. De las muertes cotidianas. De las muertes de quienes "nunca deberían haber muerto". Así.

¿Quién no tiene en su mente ahora mismo alguien que "no debería haber muerto"? ¿Alguien cuya ausencia es más que un hueco, es un vacío definitivo? ¿Quién no siente que hay personas de las que se prescinde con dolor y con una sensación de fracaso imposible de restañar? ¿Quién no lucha porque el olvido no rompa los lazos con alguien que se fue inoportunamente?

He aquí las preguntas. Algunas de las respuestas están en ese libro. "Pisando ceniza". Personajes de ficción que se mezclan con personajes reales. Vida cotidiana y vida de gente famosa. Mirada especial, mirada propia, mirada diáfana. Escritura limpia. Escritura llena de riqueza. Un libro para leerlo y para recomendarlo.

A modo de reseña: Andrés Trapiello en su Blog Hemeroflexia

Acaba de publicarse un libro memorialístico extraordinario, Pisando ceniza. Lo ha escrito también un gran editor (Turner), además de apoderado del torero Rafael de Paula y de Chavela Vargas. Lo asombroso es que su autor, Manuel Arroyo-Stephens, publica este su primer libro cuando los escritores de su generación ya han publicado la mayor parte de los suyos, confirmando aquello de que los últimos serán los primeros. ¿Dónde habrá aprendido Arroyo ese tono para hablar de sí mismo y de sus amigos (lo hace aquí de Bergamín, de Paula, de un puñado de libreros de viejo tronados, de su vida y, sobre todo, de sus muertos: de su madre y su padre, en dos relatos a la altura de aquel memorable “Los muertos” de Dublineses)?


Ficha bibliográfica: 
"Pisando ceniza" de Manuel Arroyo-Stephens
Editorial Turner, 2015

martes, 20 de octubre de 2015

"Mágico, sombrío, impenetrable" de Joyce Carol Oates


Trece relatos. Trece historias para entender esa clase de vida que Oates retrata desde siempre. Trece puertas abiertas para analizar el miedo. El miedo a perderlo todo, el miedo a no ser nada. El miedo es la música que ahora interpreta la escritora norteamericana y esa melodía acaba sonándonos. Los relatos tienen argumentarios diversos pero dos elementos siempre comunes: el miedo, al fondo. La gentil escritura de Oates, en la superficie. 

Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) tiene setenta y siete años y sigue enseñando en Princeton. La vida escolar, el contacto con los jóvenes estudiantes, la pone a cien. Hace que su universo se contagie de esa prisa cotidiana de un centro educativo. No contempla marcharse, salvo cuando sea inevitable. Al tiempo, escribe. Con una regularidad espartana. Con un trabajo de investigación previo que resulta envidiable. Planificación, búsqueda de fuentes, pistas, ciudades, personas, ideas. Todo ello se congela en sus ficheros hasta que lo utiliza en sus relatos y en sus novelas. Una tarea que ya está acostumbrada a realizar y que requiere concentración y discernimiento. 

A sus alumnos, Oates les enseña a ser críticos con su propia obra literaria. Un escritor que no tenga la suficiente capacidad como para entender si lo que escribe es bueno o malo, sería para ella, un escritor a medias. Su perfeccionismo tiene que ver con la mirada que dirige a la vida: amplia, global, detallista, aunque parezcan conceptos contrapuestos. Es una curiosidad que no cesa la que hace que, cuando se mueve en cualquier ambiente, anote mentalmente y, a veces, físicamente, todo aquello que le interesa para ser utilizado en sus libros. Tanto la gente importante, como la gente cotidiana. La vida es, al fin, lo que une a todos, parece decirnos. 

Te guste o no su literatura nadie puede negar que es una retratista certera de la vida norteamericana de los últimos cincuenta años. Como un hiperrealista, como un observador frío e imparcial, como un fotógrafo que utilice el color a su antojo, las obras de Oates quieren contarnos lo que ocurre y, sobre todo, lo que significan esos hechos que suelen conducir la vida de la gente. Su acercamiento entomológico no disgusta, porque detrás de él hay reflexión. No se trata de narrar únicamente. También surge la pregunta, la duda, la disquisición pausada, a veces la incógnita. En ocasiones, la discrepancia abierta. Su sociedad es una y forma parte de los miles de retratos que Norteamericana proporciona. 

Aunque tenemos la tentación a veces de considerar a los relatos como una suerte de literatura menor, nada más alejado de la realidad. Un relato condensa, en un número aceptable de páginas, toda la tensión que la novela ofrece. Los relatos te suben a una montaña rusa de la que te bajas con desgana. Oh, esto se ha acabado, te dices. Sí, se ha acabado, pero algo queda. Mucho en este caso. 

domingo, 18 de octubre de 2015

"Mujeres enamoradas" de D. H. Lawrence


Los veranos en La Carolina están llenos de un aire denso, pegajoso, algo turbio. El calor se instala en los cuerpos, en las mentes. No hay forma de sustraerse a su influjo y todo lo que haces parece convertirse en una huida. Las noches se abren cálidas pero llevaderas. Las tardes anuncian el ocaso más fresco. Las mañanas, el esplendor del agua que te recibe deseosa. Las horas intermedias te asfixias si has decidido recorrer sus calles. Los pueblos que la rodean arden en fiestas. En Guarromán, en Santa Elena, en Las Navas, la gente baila en las ferias y tú estrenas vestidos y sonríes con timidez cuando el chico que te gusta te toma de la mano para ayudarte a subir a la montaña rusa. Toda la vida es una montaña rusa en estos veranos de días largos y cubiertos de la lluvia dorada de la ilusión adolescente. 

Pero, a veces, una brisa jubilosa te estimula y llena tu cabeza de la esperanza de que las horas siguientes sean más amables. Es en esos momentos cuando te sientas en el patio a leer. Abres el libro y dejas que tu cabeza se instale en la lectura. Te adentras en el mundo que alguien trazó por ti. Esas palabras te llenan de un frescor inexistente. Como si tuvieras al lado una fuente que salpicara agua. Pequeñas gotitas que te refrescan y te adentran en un paisaje único, que tú solamente has descubierto. Un algo tuyo para siempre. 

Lees el libro y los descubres. Allí está Rupert Birkin, inmutable, distante, inteligente. Es inspector de educación y vive solo en un molino que heredó de su padre. No quiere enamorarse, no quiere saber nada de los lazos del amor. Quiere ser de él mismo y no de nadie más. Odia la posesión y los celos. Muy cerca de él, demasiado quizá, descubres tarde, Gerald Crich. Hermoso, como un dios clásico. Rico donde los haya. Poseedor de un imperio de la oscuridad, minas que explotan a los trabajadores y que los obliga a estar cubiertos de un polvo oscuro que todo lo resiste, mientras él vive en una casa blanca, en lo alto de la colina. 

En los aledaños de la vida andan las dos hermanas Úrsula y Gudrun. Úrsula es pelirroja y tiene los ojos verdes. Es maestra y enseña en la escuela del pueblo. Sus manos son suaves y con ellas explica a los alumnos el misterio del renacer de las flores. Pero sus ojos buscan los de Birkin y lo desea con tanta fuerza que el silencio la cubre porque, de hablar, estallaría el amor en sus palabras. Gudrun, al fin, es una artista que no merece enterrarse en un pueblo de las Midlands donde todo es oscuridad y pobreza. Ella tiene su alma puesta en Gerald Crich y él parece no darse cuenta o no lo suficiente. 

Estás leyendo y sientes que, si fueras una de esas hermanas, te hubieras enamorado de Birkin. A pesar de su actitud, a pesar de que no cree en el amor, de que el amor es un accidente que él detesta. Birkin usa muchas veces la palabra detestar. Detesta muchas cosas. La inocencia de Crich te parece natural en un hombre sin problemas económicos, en un tipo mimado desde la cuna que tiene alrededor a toda la gente que lo adora sin preguntarle nada. Pero es la duda la que te interesa, no la certeza, no la explicación sencilla, sino la duda, la atroz duda de qué pasará con el corazón de ellos y ellas. 

En las tardes de verano de La Carolina las páginas del libro se deslizan. Después de eso vendrán otras lecturas. El libro acabará manoseado, sus hojas sueltas y rotas, sus pastas gastadas. Entenderás las cosas que el autor escribe, te harás preguntas que no tendrán respuestas, abrirás tu corazón al sol de la tarde, sentirás que el amor existe porque lo has vivido. Y, pase lo que pase, el recuerdo de esas horas de clandestino sentimiento oculto, te llenará en los tiempos que han de venir con esa soledad que no podrías evitar aunque quisieras. 


sábado, 17 de octubre de 2015

La belleza


(Detalle de El Nacimiento de Venus. Sandro Botticelli) 

Simonetta Vespucci fue una de las mujeres más hermosas de su tiempo. Y de tiempos posteriores. Su belleza renacentista inunda los cuadros de Botticelli. La posteridad ha consagrado sus ojos de almendra, su pelo rubio y ensortijado, su boca perfecta, su mirada lánguida, sus gestos silenciosos...

Se cree que nació en Génova y su padre era, en efecto, un noble genovés. Con solo dieciséis años se casó con Marco Vespucci del que tomó su apellido. La belleza de Simonetta atrajo a todos los artistas de la época, que la interpretaron en sus obras de muchas formas distintas, dando su rostro a los personajes de sus cuadros. Distintos estilos, formas diversas, texturas, vestidos, luces, pero un mismo rostro, el rostro aterciopelado de Simonetta, los rasgos de esta mujer joven que los atrajo a todos. Los hermanos Ghirlandaio, Piero di Cosimo y Botticelli fueron los que más la pintaron, pero, desde luego, este último, Botticelli, no solamente la plasmó en su obra sino que la conservó en su corazón incluso después de su temprana muerte, a los veintitrés años. Treinta y cuatro años después, cuando el pintor murió, fue enterrado a los pies de la tumba de su amada Simonetta. 

El canon de belleza ha cambiado a lo largo de los siglos. Esto puede observarse con claridad en la Historia del Arte. Y, seguramente, es el Arte el que refleja lo que ocurría en la realidad, aunque la idealización estaba presente en los cuadros. Hasta que no llega la fotografía, fiel plasmación de lo que existe, solamente la pintura y las descripciones literarias dan fe de los atributos que forman la belleza femenina, ese ideal que han perseguido poetas y artistas en general. 

Alguien, cuyo universo está formado esencialmente por la escritura, me dijo una vez: "Daría todas las palabras que he escrito en el pasado, las de ahora y las que escribiré en el futuro, por convertirme un solo día en la hermosa mujer que logre una mirada de deseo por parte del hombre al que amo". 


Mujer inhabitada


Puede uno leer un libro mil veces sin entender nada. Pueden miles de personas leer un libro sin extraer su verdadero sentido. Pueden realizarse decenas de películas sobre un libro sin que nada de su esencia llegue a las imágenes. Puede uno quedarse en la superficie y categorizar sin que haya comprendido de qué se escribe, qué se cuenta, por qué se dice. 

Esto es lo que creo que ha ocurrido con este libro. Convertido en literatura erótica sin más, en un contexto en el que la literatura erótica es un género con mala prensa, un subgénero infamante en realidad, no ha habido oportunidad de llegar más allá en su análisis. Sorprende la cantidad de personas formadas, supuestamente lectoras, que desconocen el libro, a su autor, el resto de su obra y, sobre todo, sus intenciones, su estilo, su escritura al fin. 

Para entender "El amante de Lady Chatterley" hay que situarse en el tiempo y el espacio en que fue escrito, pero, sobre todo, hay que ver en conjunto la obra de su autor, David Herbert Lawrence. Sin que tengamos presente "Mujeres enamoradas", "Hijos y amantes", "El arcoiris", "La serpiente emplumada" y los muchos cuentos de temas diversos que él llevó al papel, no podemos hacernos una idea cabal de lo que estamos leyendo. Es un caso claro de autor condenado por un libro que ni siquiera hemos analizado en su contexto o en su sentido. 

Cuando leí por primera el libro yo tenía trece años, así que tuve que hacerlo a escondidas. Leer a escondidas no tiene ninguna gracia. Es un absurdo. La palabra "absurdo" tiene mucho que ver con el libro. Sus primeras páginas están llenas de alusiones a ella. Todo resulta absurdo para los jóvenes protagonistas. La guerra, la invalidez, la lucha de clases, las ideas, lo establecido, lo nuevo, la intelectualidad, el sexo. Todo resulta tan absurdo que no vale la pena tomarlo en serio. Es un escepticismo flagrante, deudor del que sentía Lawrence, envuelto en la duda permanente de qué clase de vida era la que le había tocado arrostrar. 

Esta novela es un tratado sobre la mujer. Sobre la forma en la que se engaña a sí misma durante gran parte de su vida para convencerse de que quiere algo que, en realidad, no quiere. Sobre la forma en la que, cuando descubre un sentimiento que creía inexistente, pierde su capacidad de entender y se convierte en otra persona, aunque solamente en su interior, pues en el exterior sigue cortando rosas y colocándolas en un jarrón de cristal transparente. 

Ambientada en los años de la Primera Guerra Mundial y posteriores, Connie e Hilda son dos hermanas que representan el deseo femenino de independencia, tanto personal como intelectual. Por eso le dan un papel esencial en sus vidas a discutir con los hombres, a ser capaces de polemizar con ellos y a lograr que sus opiniones sean tenidas en cuenta. Las mujeres de ese momento tienen que hacerse visibles de alguna manera y para ello pueden estar incluso tentadas de abandonar lo más íntimo de sí mismas y convertirse en autómatas, tal y como denunciaba el autor con respecto a la mayoría de la humanidad ante el avance de la máquina. Es un feminismo que aniquila el sentir más hondo, en aras de una supuesta igualdad que, pasado el tiempo, se descubre como, otra vez la palabra, absurda. 

El mundo se hunde y ellos se enamoran. Parafraseo la idea de "Casablanca" para introducir ese elemento sustancial que en el libro no es accesorio. El mundo, después de la Guerra, es un lugar inhabitable. Ellos, los personajes del libro, son seres decepcionados, gente sin destino o con un destino que no desean. Los hombres y las mujeres que habían gastado tantas horas en conversar sobre los trabajadores, el socialismo, el arte y la política, llegan a la conclusión de que la Guerra ha arrasado sus cimientos y que tienen que reconstruirse desde los orígenes. Desde la esencia. Y allí, en la esencia, está el sexo. La atracción física. La experiencia del otro. La piel. El contacto con la naturaleza en todo su elemento más brutalmente cierto. Así, la sexualidad no es sino el trasunto de la vida en estado puro. No es sino el medio para reconocerse a uno mismo lejos de los clichés que la intelectualidad del momento había trazado. 

Las mujeres como Connie, quizá todas las mujeres, muchas mujeres al menos, esperan reconocer en el otro al interlocutor de todas sus necesidades. Y esto es de una complejidad tal que genera incongruencias y luchas internas, más allá de lo que podamos explicar con palabras. Las mujeres como Connie, algunas mujeres al menos, tienen delante de sí una diatriba permanente entre lo que significa su papel en el mundo y esa parcela del sentimiento que acunan como si no quisieran darla a conocer nunca. Las mujeres como Connie tienen miedo de perderse en alguien, prefieren controlar la situación, prefieren saberse respetadas que amadas, prefieren ser consideradas fiables y buenas conversadoras que convertirse en objeto de pasiones irrefrenables. Las mujeres como Connie desconocen el sentido del abandono, de la entrega, salvo esa especie de representación teatral periódica en el que parece que empieza y termina el acto último de un novelón romántico. 

El problema está en la vida. La vida sale al paso aunque uno no quiera. La vida existe más allá de nuestro propio control sobre las cosas. Lawrence la representa en la naturaleza, en el brote de los campos, en la vida rural, y la contrapone a la onerosa vida de las ciudades, llenas de miseria, hollín y cielos oscuros. En la naturaleza, en el comportamiento natural de los hombres, está el secreto de la esencia perdida, algo que debe ser preservado si uno quiere medianamente disfrutar y no convertirse en una clase de ser irracional buscador de oro. 

Así, el sexo para Lawrence se inscribe en esa preservación de un espacio sagrado, en un instinto que debe entenderse como parte de lo más puro que el ser humano tiene. Y no está relacionado con nada sino con el sexo mismo. Pero tampoco tiene añadidos que lo deslegitimen o lo conviertan en algo usado, manido, confuso. Su limpieza viene de su verdad. De lo esencial, que lo vincula con los hombres y las mujeres. Los hombres  y las mujeres han de sentir que son parte de la vida también a través del sexo. Y no deben avergonzarse por ello. 

En la primera parte del libro, Connie desprecia a sus compañeros de estudios que, tras una relación sexual, dejan de aparecer ante ella como seres deseables. Los hombres siempre buscan lo mismo, viene a decir, y hay que dárselo para que no se enfaden, porque son como niños, que nos obligan a cosas engorrosas que, en realidad, no nos gustan. El sexo obligatorio, el sexo sin compromiso interior. Pero luego, ante la evidencia de que su marido nunca va a poder darle hijos y, sobre todo, ante el encuentro con el señor Mellors, Connie siente que ha estado equivocada todo el tiempo y que algo estaba a punto de escapársele de la vida. 

Mellors, guardabosques pero no iletrado ni inculto, con la rudeza justa para hacer un trabajo duro, pero con la sensibilidad propia de los hombres que son sensibles (los hay que no lo son, como ocurre con las mujeres) conduce a Connie no a un recorrido a través de él, sino a conocerse a ella misma. Connie descubre que estaba en ella el poder de sentir las sensaciones, los deseos y las emociones que la rutina impuesta de su vida había ocultado. 

Connie, una mujer inhabitada, recorre un camino antes desconocido y sabe que ese camino ya no tiene vuelta atrás. Algunos aspectos de su vida que antes le parecían básicos dejan de tener importancia: la buena fama, la posición social, el nombre, el abolengo, las comodidades materiales, pero, sobre todo, esa supuesta dignidad añadida que consiste en mantenerse derecha en la silla ante las visitas, que consiste en que nadie tenga que decir nunca nada de ti, que consiste en dejarte pudrir por dentro para mantener una apariencia de matrimonio inexistente, que consiste en olvidar lo que deseas y lo que quieres. 

Describir escenas de sexo es muy difícil. Lo más parecido a una descripción ajustada, sin exageraciones que llamen a la risa, con una pátina de sentimiento, emoción, ternura, pasión, inconfundible, es este libro. Leerlo sin prejuicios y sin imágenes basadas en susurros entrecortados de escenas de cine. Leerlo y pensar después si eso que Connie llega a sentir no es lo que las mujeres, muchas mujeres, algunas mujeres, una sola mujer quizá, ha deseado sentir y aún lo desea. Aunque hablar de ello sea todavía, extrañamente, un absurdo. 

La lucha entre la visión intelectual de la vida y la visión vital, sensual, está presente en sus páginas. El libro, de todas formas, narra con detalle los encuentros entre Connie y Mellors, de forma que escandalizó a la sociedad británica e impidió que se publicara en el Reino Unido hasta los años sesenta del siglo XIX. La primera impresión se hizo, pues, fuera de esas fronteras del puritanismo, en la abierta Florencia, en 1928. 

Las escenas de erotismo reflejan con toda naturalidad y un punto de poesía inevitable al sexo, que la mujer tiene el mismo derecho que el hombre a gozar de su cuerpo y del cuerpo del otro. Que no es una espectadora pasiva, ni una recipiendaria conformista, a la hora de establecer una relación. Y que no es amor, que no es voluptuosidad, que es algo más carnal, pero, al tiempo, más profundo, más necesario, más lleno de ese instinto vital que el autor reivindica. 

No diría yo que este es el mejor libro de D. H. Lawrence. Prefiero "Mujeres enamoradas" e "Hijos y amantes". Pero conecté con su forma de ver el sexo desde el principio. Aún creo que es cierto lo que cuenta, aún creo que las mujeres, sin esa plenitud que da el contacto con el cuerpo del otro, es un ser inhabitado. Sé que esta opinión no es del gusto de muchas mujeres, por supuesto no de las feministas que aseguran ser autosuficientes y que rechazan a los hombres. Por supuesto no de las que defienden el sexo dentro del contexto del amor, de la formalidad y las relaciones estables. Sin embargo, en mí al menos encontró Lawrence una mujer que entiende, y de qué manera, qué siente Connie, qué ve en Mellors y qué extraño lazo los ata. Y esos lazos son muy difíciles de desatar. 


viernes, 16 de octubre de 2015

" La ley del menor" de Ian McEwan


Fíjate: eres una profesional respetada. Jueza de familia, con dilatada experiencia. Estás a punto de cumplir sesenta años. Casada y sin hijos. Tu matrimonio navega en la rutina. Tu trabajo te absorbe. No podría ser de otro modo. 

Y, de pronto, se abren ante ti dos frentes que has de lidiar y de traspasar de la mejor forma que puedas: llega a tu juzgado el caso de un adolescente, testigo de Jehová, que se niega  a ser transfundido para curar su leucemia, aludiendo a sus creencias religiosas. Y tu marido te dice, sin más, que desea tener una aventura con una jovencita porque, sencillamente, ya no puede más con el aburrimiento que le causa el matrimonio. 

Esta tesitura es la que se presenta en la vida de Fiona Maye cuando Ian McEwan la convierte en protagonista de su último libro, que, como los demás, publica Anagrama y que nos pone por delante el problema de la fe. McEwan lleva años tocando todas aquellas cuestiones que nos preocupan a los hombres. Cuestiones de fondo que él enmarca en una narración vertiginosa y llena de detalles. Con su lenguaje concreto, conciso y sin florituras. Con su forma directa de exponer las cuestiones. Con su propio bagaje de escritor experimentado y de larga trayectoria. Con su elegancia. Porque McEwan es un escritor elegante, que no desea hacer sangre sino, quizá, ahondar en lo más sagrado que tenemos los seres humanos, aquello que nos toca más ampliamente. 

"La ley del menor" acaba de salir y si lo lees puedes acabar poniéndote en la piel de aquellos que, a punto de entrar en la sesentena, siguen siendo jóvenes pero no pueden empezar de cero casi nada. O sí. Porque en sus elucubraciones el escritor echa tanta gasolina como agua, tanta luz como sombras. ¿Cómo reaccionará la jueza Fiona ante el deseo insatisfecho de su marido? ¿Se avendrá a contemporizar con la aventura que él necesita para mantener una apariencia de matrimonio? ¿Vale la pena luchar porque esa unión perdure? Y, por otro lado ¿cómo influyen las creencias en las decisiones que tomamos cada día? ¿Son una ayuda, una rémora? 

Las cosas son tan difíciles que McEwan no ha dudado en añadir a su lista de temas todos aquellos que tienen que ver con la zozobra, el sufrimiento y la duda, señas de identidad de estos días que vivimos. 

jueves, 15 de octubre de 2015

"Cumbres Borrascosas" de Emily Brontë

Cuando era muy, muy pequeña leí este libro por primera vez. Me recuerdo sentada en mi azotea, un espacio abierto al sol, al salitre y al viento de levante. Los días de viento se convertía en un territorio inhóspito, casi tanto como esa casa en la que Cathy, la protagonista, pasaba las horas en compañía tan dispar. Pero, cuando entraba por la bahía el suave aire del sur o el viento estaba en calma, era una delicia subir allí arriba, en total soledad, con tu libro, tu larga melena recién lavada para que se secara al sol o, simplemente, con tus propios pensamientos. 

Las niñas pensativas son mujeres calladas. Eso me decían. O, al menos,  mujeres que callan lo esencial. Y es cierto, lo rubrico. En todo caso, la lectura del libro me puso en situación de atisbar sentimientos que entonces, por edad, me estaban todavía vedados, pero que yo sabía que podían astillar, en cualquier momento, la plácida riada de las tardes lentas del verano, cuando la principal distracción era soñar. 

Wuthering Heights fue publicado con el pseudónimo de Ellis Bell. El apellido Bell lo habían acordado las hermanas Brontë para la autoría de sus libros. En este caso el recibimiento que la obra tuvo fue mucho peor, por ejemplo, que el que recibió Jane Eyre de Charlotte, más adecuada al gusto del público, aunque, a la larga, con menor repercusión literaria y artística en general. La vida de las Brontë estaba tejida de sorpresas, fantasmas y ritos especiales. Eran, en sí mismas, personajes literarios, y ello se puede comprobar con toda claridad en las biografías que existen sobre ellas. Mujeres raras, diríamos. Extrañamente llenas de ilusiones incumplidas. Inmersas en una realidad que, quizá, no existía. O sí, pero era inasible para los otros, quién lo sabe. 

El libro vio la luz en 1847, treinta años después de que Jane Austen falleciera dejando, para que se publicara póstumamente, su Persuasión. Confieso que cualquier obra de Austen, como quizá ya he dejado dicho en miles de sitios, me conmueve y me perturba más que las de estas hermanas. Ese aire fantasmagórico, crepuscular, casi mágico, de los libros brontianos me resulta algo inquietante.

Pero Cumbres Borrascosas va unida a sentimientos especiales. Su lectura llegó en un momento, los trece años, en que el tiempo parecía detenido. He escrito otras veces de mis trece años. Nada ha habido después que iguale ese ambiente tenso de espera ante la tormenta. Algo iba a ocurrir y yo lo sabía. Por eso, aquel verano se convirtió en un caleidoscopio cuyos colores y formas cambiaban a cada paso. El descubrimiento de la vida tuvo mucho que ver con la lectura de algunos libros y este fue uno de ellos. Es, por eso y para mí, un libro iniciático.

Debía haber sabido yo entonces, alguien debió haberme advertido, que una educación sentimental con Cumbres Borrascosas, La edad de la inocencia y El amante de Lady Chatterley de por medio, no podía traer más que disgustos. Cualquiera entendería que buscar entre el universo mundo a alguien como Hithcliff o el guardabosques Mellors es tarea imposible. 

Las versiones cinematográficas que se han hecho sobre la historia nos han puesto en contacto con los personajes que, al leerla, habíamos imaginado. Más o menos acertados, más o menos de acuerdo con aquello que nuestra mente creó, las pasiones, los odios, los amores, la vida, se filtran por el argumento y se adentran en las interrogaciones que todos nos hacemos a cada paso de nuestra existencia. Es una historia llena de preguntas. Es una historia de límites que se traspasan. Lo es de perdón y de resistencia. Es una historia oscura en la que emerge una claridad inesperada. Es emoción sin domesticar. ¿Quién no querría despertar una pasión así? ¿Quién renunciaría a sentirse de esa forma en los brazos de un hombre que te ama? Lo dijo Robert Browning y los poetas, ya lo sabemos, no mienten. Al menos cuando escriben oficialmente versos. 

Emily Brontë publicó esta única novela y lo hizo un año antes de su muerte, en 1848, con treinta años. Sus preciosos poemas forman parte del libro conjunto con sus hermanas Anne y Charlotte, su otra obra publicada. Poesía íntima, profunda, impregnada de ese olor a rosas que te abraza el alma sin que puedas evitarlo y que enlaza con la estructura emocional de Cumbres Borrascosas, en donde la venganza y el amor son fuerzas telúricas que amenazan la existencia y, a la par, la sostienen. El amor más allá de la muerte, el amor insondable, la búsqueda del sentido de la existencia, la confrontación que conduce al desastre, la mirada que observa y no actúa, las diferencias de clase, los caracteres que rompen a modo de olas que atraviesan la playa...

Una niña de trece años se inclina sobre el libro allá, en su ciudad levítica, surcada por el océano Atlántico, en un verano devastador de sueños, constructor de emociones. La niña lee un libro sin imágenes y clava en su retina las voces, las formas y los deseos. Esa lectura será inspiradora. Destruirá sueños infantiles y abrirá la puerta a una vivencia nueva. Nadie lo percibió, pero la niña que abrió el libro no era la misma niña que lo cerró unos días más tarde. No era ya solamente una niña. Aunque algunas preguntas continúen sin respuesta.


miércoles, 14 de octubre de 2015

El don de la palabra


¿Existe el don de la palabra? ¿Alguna vez lo poseí? ¿Fue mío?

Hubo un tiempo en el que escribir era una manera de estar en el mundo, de sentirte que, en algún lugar, tenías un sitio. Una forma de entender algunas cosas, no muchas, solamente las justas, las necesarias para seguir viviendo. En ese tiempo las manos se movían al compás de la mente y dibujaban historias, a veces versos, en otras ocasiones relatos, invenciones, no sé, cosas, incluso cartas llenas de recuerdos antiguos y esbozos de la vida, muchos sueños. 

En ese tiempo, las libretas se llenaban de pequeños textos, de frases sueltas, de ideas, de pensamientos. No estaban, como ahora, surcadas por un reguero de lágrimas absurdas que a nadie le interesan. No estaban como ahora, cerradas, prestamente guardadas, ocultas, sin tiempo para ser lo que ellas quieren, el baúl en el que duermen los fragmentos de vida que creaste.

Hubo un tiempo en que tuve palabras en mis manos...Pero ahora, como si todas ellas hubieran sido tocadas por la varita mágica de un mago que no quiere que las saque a paseo, ahora se han marchado, han emigrado sabe Dios adónde, se han vuelto oscuras, pétreas, están perdidas, olvidadas, fuera de mí, tan lejos. No tengo su sonido, ni sus ecos, no las tengo, ni las toco, ni sé cómo se llaman, ni entiendo por qué existen, ni sirven, ni las veo, ni las miro, ni las amo.

Las palabras se han ido. Justo en los días de otoño en que más falta hacen. Se han ido y sé muy bien por qué. No me engaño. Es un dibujo exacto. Solamente un conjuro podría hacer que volvieran, eso también lo sé. Y es un conjuro que no está hecho de ungüentos ni de pócimas. Es un conjuro que está lleno de abrazos. De abrazos hondos, más allá de la pena. De abrazos verdaderos, más allá del silencio. De abrazos que no están ni esperárseles puede. No me abrazas, no eres, no te tengo, no soy. 

martes, 13 de octubre de 2015

Esa mujer


(Imagen: Cuadro de Tamara de Lempicka)

La encuentras cada día cuando recorres esa amplia avenida camino del trabajo. Es un camino transitado, en el que se oyen a todas horas el ruido de los coches, los gritos de los niños y la charla de los que frecuentan los bares que hay en derredor. Tanta gente cruza a todas horas y has tenido que fijarte en ella, te has fijado en ella sin remedio, no has podido dejar de hacerlo incluso, te ha llamado tanto la atención que has empezado a preguntar quién es, cómo se llama y por qué tiene ese aire tan triste y abatido. 

No puedes preguntarle. Eso sería un atrevimiento. Un imposible. Así que lo descartas. No puedes preguntar. Sería una indiscreción imperdonable. Pero tus ojos la miran cada vez y deseas saber lo que le ocurre y quieres atisbar el sentimiento que hace que su gesto sea tan frío, que tenga las manos enlazadas alrededor de un bolso que parece sobrarle, que tenga el aire asustado de un pajarillo que ni siquiera tiene claro dónde posar las alas. 

Esa mujer te llama. Te recuerda que guardas un secreto. Te interroga. Te recuerda que el silencio es tu mejor compañía. Quieres decirle, por eso, que si hay algo por lo que sufrir, tú ya lo sabes. Que conoces el nombre del dolor y el sonido del llanto y el sabor de las lágrimas. Quieres decirle cosas que has vivido y que vives cada día. 

Entiendes, sin palabras, que esa mujer soporta el mismo peso que soportas tú. El de un amor que nunca, en ningún caso, podrá escribirse con palabras. 

domingo, 11 de octubre de 2015

Ni una sola palabra hablaba de amor. "Suite Francesa". La película.


Leí "Suite Francesa" el año que se publicó en España, 2004. Pero antes había leído "El baile", esa novelita que tiene tanto del estilo Nèmirovsky. Cuando la "Suite" arrastró a tantos lectores yo ya estaba sobre la pista de esta escritora. Después de eso, los títulos que puntualmente ha ido sacando Salamandra han llegado a mis manos, los he leído y, aunque son irregulares, como corresponde a toda recuperación póstuma de un autor, me revelaron el talento y la brillantez de alguien que tenía una mirada especial, que es lo que distingue, para mí, a los narradores de verdad. 

En 2014 se rodó la versión cinematográfica de la obra. Diré que es la primera. Estoy segura de que "Suite Francesa" será un título que volverá de alguna forma a ser plasmado en el cine. Y, con cierto retraso, esta misma tarde, acabo de verla. Tengo que decir que no ha sido un buen momento, sino uno de esos días turbios en los que una no sabe por qué tiene la sensación de que las cosas no encajan como debieran. Podemos echarle la culpa al tiempo otoñal que varía a cada instante, o a las vicisitudes de la vida o a nosotras mismas. El caso es que la visión de la película perturba. Genera una angustia que cuesta trabajo digerir y una tristeza que se expande más allá del metraje. Mi madre diría que esta es una película "de llorar". 

Las palabras finales, en off, de la protagonista, vienen a darnos el tono de lo que aquí se ha plasmado: "Ninguna palabra de las que hablamos era de amor. No hubo palabras de amor en nuestras conversaciones. He intentado olvidar lo que perdí. Pero la música vuelve una y otra vez para recordarme a él". La música es la "Suite Francesa" que toca al piano el teniente alemán que se aloja en la casa en la que esta muchacha vive con su suegra. Ese tiempo en el que Francia se llenó de alemanes y que generó una competición de crímenes, delaciones y cobardías, a cual más grande. La equidistancia inicial de la protagonista, cuyo marido está en un campo de trabajo alemán, pero del que ha descubierto que la engañaba "antes y después de conocerla", se transforma en militancia activa con ocasión de ayudar al marido comunista de una amiga. Sin darse apenas cuenta, ella cruzará la delgada línea de la indiferencia y se posicionará frente a la invasión y, lo que es lo mismo, frente al nazismo. Los héroes en este tiempo eran así, gente normal a los que la vida obligaba a dar un paso adelante. 

Lo más generoso de la película, como de la novela en que se inspira, es que los maniqueísmos son los justos. El soldado alemán que la enamora no es un nazi convencido, ni un criminal que disfruta matando, sino un músico que se alistó cuando empezó la guerra y a quien su esposa abandona en el primer momento de su marcha para liarse con un hombre "que le dobla la edad" y que, añado yo, le asegura el sustento. Porque en tiempo de guerra es posible verlo todo. 

La música es la forma en la que dos almas se encuentran. Delicadamente. La ejecución al piano de esa partitura incompleta que el soldado escribió al casarse y que toca una y otra vez, es la llamada que siente el alma de la muchacha sola cuyo marido decidió abandonarla antes de irse siquiera. La presencia de la suegra, una mujer dura que, al final, solamente derramará ternura ante una niña escondida, es el dique de contención de los sentimientos. Pero el amor no puede detenerse, ni por la guerra, ni por la soledad, ni por las convenciones. Y así, esos gestos, ese roce de las manos, esos cuerpos cercanos que se alejan, esos besos ardientes, son el pasaporte para entender que ellos se amaban aunque ni una sola de las palabras que cruzaron hablaba de amor. 

Sinopsis:

En 1940, cuando el III Reich comienza la ocupación de Francia, la joven Lucile Angellier, vive con su suegra a la espera de que su marido vuelva de la guerra. Cuando un regimiento de soldados alemanes llega al pueblo, tienen que acoger en su casa a un teniente, que trastocará la vida de ambas.

"Suite Francesa" se estrenó en 2014. Fue dirigida por Saul Dibb. El guión, sobre la novela de Nèmirovsky, es del propio director y de Matt Charman; la música de Rael Jones y la fotografía de Eduard Grau. Se trata de una coproducción Reino Unido-Francia-Canadá.

Los actores principales son Michelle Williams, que hace una exquisita interpretación de Lucile; Matthias Schoenaerts, excelente en el papel del oficial alemán, al que aporta elegancia y sensibilidad; Kristin Scott Thomas, fría, distante y controladora suegra de Lucile.

Además intervienen Sam Riley, Margot Robbie, Ruth Wilson, Alexandra María Lara, Tom Schilling, Eileen Atkins y Lambert Wilson.

Austen enamorada


En enero de 1796 Jane Austen escribe una carta a su hermana Cassandra, que estaba pasando unos días en Berkshire, en casa de sus futuros suegros, los señores Fowle. La carta, que es la más antigua de las que se conserva, es muy interesante. Ella tenía veinte años recién cumplidos, pues había nacido en diciembre de 1775. En un cajón de su escritorio estaba guardado y casi oculto el manuscrito de "Sentido y Sensibilidad". Aún no era, en estricto, una escritora, aunque escribía desde niña. Pero esa carta tiene tantos matices, datos e ideas que merece la pena reparar en ella. Porque de su lectura y de los hechos que después sucedieron, podemos deducir que uno de los protagonistas de la misma es, precisamente, el muchacho de quien Jane se enamoró. 

Tom Lefroy, que llegaría ser un prestigioso abogado y miembro del Parlamento de Irlanda, confesó en su vejez que había amado a Jane en aquellos tiempos y que únicamente su falta de fortuna y la dependencia económica que de él tenían sus hermanas y su madre le obligó a renunciar a ella. Ya sabemos que entonces las mujeres se aseguraban su subsistencia con una matrimonio adecuado o con un familiar que los protegiera. Pero también a los hombres les ocurría igual y Tom Lefroy no fue libre para escoger esposa, como tampoco lo era Jane, cuyos medios económicos dependían de sus hermanos. 

Esos veinte años de entonces eran edad suficiente para estar prometida e incluso casada. Así que Jane no era ninguna muchacha precoz en esto. Sí sorprende que contara en esa carta su "relación" con Tom Lefroy en términos tan divertidos y tan llenos de naturalidad. Ese mismo carácter que ella otorga a sus heroínas, especialmente a Emma y a Elizabeth Bennet, se deja traslucir en sus afirmaciones. Le cuenta a Cassandra las vicisitudes de un baile al que acudió y en el que estaba Lefroy, detallando las veces que bailó y con quién, cómo era el resto de la concurrencia y algunos chismes más que llenarían, sin duda, de picante, el desarrollo de la reunión. Su desenfado no impide que se reconozca en la carta la ilusión que le producía la presencia de Lefroy. Sin duda, Cassandra, que la conocía bien (al ser las dos únicas niñas de la familia tenían una intimidad especial, algo que nunca logró con su madre), supo leer en su relato que Jane estaba enamorada. 

Pero esa especial manera de distanciarse de lo trágico e, incluso, de lo romántico al uso, que tenía Jane y que aparece en sus obras, hace que los comentarios sobre su enamorado no estén exentos del humor inteligente que presidía su punto de vista: "En realidad sólo tiene un fallo, que confío en que perderá con el tiempo: el color de su abrigo es demasiado llamativo. Es un gran admirador de Tom Jones y, en consecuencia, me imagino que usa la misma ropa colorida que él luce cuando lo hieren". 

La referencia a "Tom Jones" la obra de Fielding, no debe ser pasada por alto. Se trata, como sabemos, de un texto que trata de forma cándida y cómica sobre la atracción sexual, los hijos bastardos y la hipocresía de los párrocos. Los pecados de la carne aparecen reflejados de una forma abierta y la mezquindad de aquellos que se sienten dueños de la verdad, también. El hecho de que sea evidente en su carta que Jane y Tom habían comentado la novela tiene muchos significados. Pues abunda en la idea que transmite las obras de Austen de abandonar toda propensión de juzgar a los demás por cuestiones morales. Lo que no es poca cosa en esos años, desde luego. Su carácter pionero desde el punto de vista intelectual y de las relaciones sociales y personales, ya aparece, por tanto, reflejado con exactitud en esta carta. 

El contenido de la misiva convierte a Jane Austen, por primera y casi única vez, en la protagonista de una historia amorosa. Sabemos que sus esperanzas no se verán cumplidas. La familia de Tom Lefroy, advertida sin duda de la atracción entre los dos jóvenes, se lo llevará cuanto antes de allí y evitará, en lo sucesivo, que se encuentre con Jane. Ella será consciente de lo que ocurre, sin duda, pero su carácter propenso a una sana alegría y a un sufrimiento siempre matizado por la racionalidad, no le permitirá entregarse al dolor sino sobrellevar su existencia del mejor modo posible. Será el manuscrito guardado en el cajón el que decidirá su futuro. El matrimonio y los hijos no estaban en su destino. Pero quizá esos días en los que atesoró un amor apasionado, en el que no faltarían, a buen seguro, besos, pulsos acelerados, llama viva de deseo, respiraciones agitadas, quedaron en su memoria para siempre. Y también el dolor punzante de la ausencia, de la pérdida, del adiós. 

No es de extrañar, por tanto, que su escritura refleje tan fielmente el flaco favor que la economía de las familias y la necesidad de un buen matrimonio, causa al amor verdadero. Ambos, Lefroy y Jane, habían crecido con el mismo y pésimo hábito de sacrificar el amor en aras del consentimiento familiar y este solamente tenía como fin la pura conveniencia. Por eso quizá se permite hacer en sus obras juegos malabares con las relaciones entre los hombres y las mujeres. Quizá la huida de Lydia Bennet con Whickham esté en el fondo. O la forma en la que Marianne Dashwood decide unirse al coronel Brandon para no ser una solterona sufriente por un hombre que no la merecía. O, sobre todo, la alegre conformidad de Elizabeth Bennet cuando observa que Darcy no la encuentra lo suficientemente guapa como para estimular su deseo de bailar. 

Siempre he pensado que, en lo tocante al carácter, Lizzy Bennet era su trasunto. Una mujer espontánea, divertida, alegre, alta y con buena figura (como se decía que era Jane Austen), con los ojos castaños y vivos (nada de ojos claros) y el pelo castaño sencillamente arreglado. Una mujer normal cuya principal arma es el ingenio, la inteligencia, la vivacidad. La venganza de Austen estuvo, no cabe duda, en que esa mujer enamorara, y de qué forma, al prototipo del hombre elegante, guapo y rico, Darcy, nada menos. 

Después del episodio de Tom Lefroy, Jane se dedicó a escribir con más frecuencia. Había aprendido en carne propia lo que significaba ser vulnerable sexual y sentimentalmente. Lo que era extasiarse ante un extraño que te hacía bullir la sangre o temblar de pies a cabeza. Había experimentado la contención, la posesión de un anhelo que nunca se cumpliría. Todo esto fueron enseñanzas que trasladó a su escritura. Quizá, en aquel año de 1796, ella, Jane Austen, hubiera dado todo el ingenio y el talento que poseía a cambio de convertirse en la señora de Tom Lefroy y en la madre de sus futuros siete hijos.

En lo que respecta a nosotros, a su legado, fue en octubre de ese año cuando comenzó a escribir, antes de cumplir los veintiuno, "Orgullo y Prejucio" que llevó, al principio, el título de "Primeras Impresiones". Y al año siguiente asumió la tarea de reescribir "Sentido y Sensibilidad", en su origen una obra epistolar titulada de "Elinor and Marianne". A continuación, escribió el primer borrador de "Susan", que se acabaría llamando "La abadía de Northanger". La pena, la tristeza, el desamor, de Jane Austen produjo tres espléndidas novelas en solo cuatro años. Todavía no había cumplido los veinticuatro años.

¿Qué queréis que os diga? La entiendo tan bien....


sábado, 10 de octubre de 2015

Una historia inventada


Ella había recorrido el mundo entero. Si no entero, sí todos aquellos lugares de los que se suele contar algo. Esos sitios que tienen nombres pronunciables, preciosos, limpios. Los espacios más anchos y más tiernos que uno pueda imaginarse. Las ciudades abiertas, rectas, llenas de sonrisas improvisadas. Los ríos, los campos, los desiertos que no aparecen en el mapa pero que existen, eso es seguro. Ella lo había recorrido todo y, sin embargo, una parte de su corazón todo lo ignoraba. No entendía el significado de las cosas. No sabía que las cosas existían. Que tenían nombre. Que no eran cosas simplemente. Ella había recorrido las dimensiones ocultas del silencio, esas que nadie entiende si no las ha vivido en carne propia. Ella lo sabía casi todo, menos exactamente eso que nadie debería dejar de conocer, si es que quiere contar, en un momento, que ha vivido. 

¿Qué importa el sitio? ¿Qué importa si era una mañana de frío invierno o de esplendorosa primavera? ¿Qué más da las noticias que la radio cantara esa mañana? ¿Qué más da si era tarde? ¿Si era de noche o era un tiempo ignorado? ¿Qué más da si era hermoso? ¿Qué más da si sus palabras tenían sabor a beso? ¿Qué importa si sonrió o su semblante tenía la seriedad de una flor a punto de agostarse? ¿Qué más da si lo que no se mide sucedió en un instante? 


Folio en blanco


Pero, seguramente, ella está también mirando la Luna. En cualquier sitio sus ojos contemplan este mismo universo. Quizá eso deba hacer que me sienta menos solo, que note menos el vacío. Pero es difícil. La soledad es un algo frío y perenne que se acomoda en nosotros al menor movimiento de la vida. Esta vez, como casi todas, ha venido sin avisar, me ha cogido de sorpresa. Tendría que presentirla, saber cuándo va a aparecer para llenar mi alma de miles de cosas inútiles que no dejaran ningún hueco vacío. Pero esta vez tampoco lo he logrado. 

Todas las cosas desaparecen de pronto y ella también. ¿Cómo habría podido evitar que se fuera? Quizá inventando un tiempo nuevo en el calendario, el tiempo del recuerdo perenne, pero no, no sería efectivo, tendríamos que inventar meses eternamente y el tiempo es una cosa muy frágil para asentar en él nuestra dicha. 

Más seguro sería borrar el espacio. Todos integrados en el mismo punto de visión, unidos en el mismo ámbito. Así la vería siempre. Pero no estaríamos nunca solos y ¿acaso no es en la soledad de una habitación donde compartimos el secreto de nuestros corazones?

No se me ocurre qué podría hacer para no alejarla de mí, salvo mirar la Luna y aún así ! es tan voluble y caprichosa ! En un mismo mes cambia tantas veces de apariencia que no puede negar su esencia femenina. Quiere así sorprendernos y lo consigue realmente. Pero es una sorpresa helada y triste, que nos atemoriza. 

Y ahí está, arriba, perfecta. Hoy ha venido toda entera, blanca y voluptuosa como una virgen de ardor oculto, casi desafiante, mostrando en su claridad cegadora la fuerza que ha cautivado durante siglos el corazón de los hombres. 

Me pregunto si la estará mirando. Es curioso que nunca hayamos hablado de la Luna. Entonces no sabíamos que ella enlazaría nuestras miradas más allá de la Tierra. Y, al cabo, ¿qué más da? ¿de qué sirve mirarla si no está cerca de nosotros, si no puede infundirnos ahora un poco de calor para aliviar nuestro frío? Mi cuerpo necesita el calor de un abrazo y no la contemplación de la belleza. Nada le dice ya a mi corazón su aureola romántica. Nada, porque estoy seco de ilusión porque ella se ha ido y yo la amo. 

Ahora pienso que no debí dejar que se fuera. Tendría que haber sabido qué clase de vida me esperaba fuera de la mirada de sus ojos inquietos. Fue absurdo imaginar una vida sin ella, ni pensar que el tiempo pasa rápido y que él mismo me la devolvería. Si no está aquí, el tiempo no pasa, se queda fijo en un presente eterno de amargura sin fin y se ríe de mis esfuerzos por acelerarlo. Es una lucha sorda y yo estoy tan cansado…

Tengo sobre la mesa las cuartillas esperando que salga de mi mente algo que mañana pueda leer el público. Hurgo en mi cerebro buscando el tema de interés y solo encuentro uno. Mi artículo podría comenzar diciendo:

“Doce de la noche. La ventana está abierta. Calor. No me gusta nada este whisky. Estoy solo. La Luna me mira desde lejos y parece reírse de mi soledad. El mundo permanece ajeno. Ella no está”

viernes, 9 de octubre de 2015

Semáforos en rojo


Oyes a la gente comentar con ilusión a qué sitios acudirá en el puente. Los puentes, cuando no son físicos, sino de tiempo, llevan consigo el movimiento. Todos los que sienten que forman parte de algo, se moverán, cambiarán de lugar de residencia, viajarán, comprarán cosas insólitas, compartirán su tiempo con aquellos que aman y que les aman. 

Tu semáforo se puso en rojo un día y no hay forma de que cambie el color. A veces parece estar naranja, pero es una ilusión tan solo. Es un semáforo inamovible. No hay mecanismo, ni artilugio, ni milagro, que lo modifique. Es un semáforo que ha perdido el botón de cambio. Por eso sientes ahora que el aire te ahoga, por eso sientes que no puedes respirar casi, por eso quieres llorar y las lágrimas se esconden, por eso notas claramente que no hay nada que puedas poner al lado de esa euforia de la gente feliz. 

(Imagen: Richard Estes) 

martes, 6 de octubre de 2015

Tengo que contarte algo: "Historia en el crepúsculo" de Stefan Zweig


(Imagen: S.J. Peploe. Escocia) 

"¿Habrá traído el viento la lluvia sobre la ciudad para que nuestra habitación se obscureciera tan de pronto? No. El aire está tranquilo y transparente, como raramente ocurre en estos días estivales; pero se ha hecho tarde y no lo hemos notado. Sólo las ventanas de las buhardillas frente a nosotros nos sonríen con un leve resplandor, y el cielo, encima de la cúspide, está ya velado de una dura sombra"....

Así comienza "Historia en el crepúsculo" una novelita de 42 páginas que Stefan Zweig escribió y que se recoge en un volumen de Ediciones Ulises que lleva el título de "Sendas equívocas" y que contiene otras dos pequeñas obras: "Subversión de los sentidos" y "Ocaso de un corazón". Las tres son mucho menos conocidas que otras historias suyas, como "El jugador de ajedrez", "Carta de una desconocida" o "Amok". Pero, en modo alguno, son inferiores en calidad. 

En "Historia en el crepúsculo" todo comienza porque "tú quieres que yo te cuente algo". Y yo "quiero contarte una historia propia de esta hora, que sólo ama el silencio, y yo quisiera que tuviese un poco de aquella luz cálida, tierna y fluida del crepúsculo, que ondea como un velo delante de nuestras ventanas". 

El crepúsculo es esa hora indecisa en la que todo está por ocurrir y en la que ya las cosas no tienen remedio. Es el momento en que percibimos con más detalle nuestra soledad. Un crepúsculo sin noticias es un tiempo tasado, un tiempo perdido para el encuentro. Es un anticipo claro de la noche, que vendrá sin tener las risas y los abrazos de las noches plenas. Los crepúsculos de Zweig se tejen a través de historias, dichas frente a frente, a modo de conjuro de los demonios interiores que, sin avisar, vienen a hacer de las suyas. 

La historia que se cuenta en ese tiempo puede ser realidad, puede ser falsa, soñada o evocada. Quizá es algo que ocurrió en el pasado y que ahora ha renacido en nuestro interior con una fuerza desconocida. Quizá es un adelanto del futuro: te narro lo que quiero que ocurra y lo hago por eso, para que la fuerza de mis palabras conjure este deseo. 

La historia que se cuenta ocurrió, no obstante, en sueño o en vigilia, en las tierras de Escocia "donde las noches estivales son tan luminosas, que el cielo tiene un resplandor de ópalo, y los campos no se tornan jamás tenebrosos, y todo parece iluminado por dentro". El protagonista es un muchacho, no un hombre ni un niño, sino alguien que está, como el crepúsculo, en la edad indecisa en la que todo está prohibido y todo casi oculto. El escenario es un castillo. 

El muchacho no puede dormir, hace calor y sale de su habitación. Se pone a pasear por los jardines y entonces "un cuerpo tierno, cálido, se estrecha contra el suyo; una mano rápida y temblorosa le acaricia los cabellos y le dobla la cabeza hacia atrás; vacilando, siente en su boca el fruto extraño, abierto, de los labios temblorosos que besan los suyos." ¿Quién es esa misteriosa desconocida, esa fantasmal figura vestida de blanco, que ha surgido de la nada? En un momento dado "el abrazo se desata". La figura huye. 

Desde ese momento, a cada paso del día siguiente, en cada mujer, el muchacho buscará el susurro de los besos recibidos. Estará atento a percibir el olor del cuerpo que lo ha abrazado. Indagará las voces. Mirará el hueco de las manos. Pero todo será inútil. La nada se aposenta de su búsqueda. No hay nada. 

Pero llega la noche y el milagro vuelve. El muchacho recorrerá el jardín, la sombra blanca aparecerá y entonces él cometerá el error de rechazar el abrazo y de preguntar. Las preguntas salen de su boca a borbotones, quién eres, de dónde vienes, cómo te llamas, por qué haces esto. Pero sigue sin haber respuestas porque "aquella tierna, húmeda boca, sólo tiene besos y no palabras". 


lunes, 5 de octubre de 2015

Esa maravillosa forma de narrar


Cuando descubrí a Edna O´Brien, la escritora irlandesa que cumplirá en diciembre ochenta y cinco años, entendí que la narración literaria tiene tantos caminos como escritores que recorren esa senda. Ella me mostró, en su trilogía de Kate y Baba, que es posible conocer voces nuevas, que no se agosta el caudal de narradores que son capaces de emocionarme y que la vida de las personas normales es el elemento más motivador de cuantos pueden usarse para escribir. 

Fue Impedimenta, como en otros casos de autoras inglesas, irlandesas y americanas, la editorial que me la acercó. Ese esfuerzo de Enrique Redel, el editor, para traducir a escritoras que no habían sido leídas en castellano hasta la fecha, ha dado muchísimos frutos. Si tuviera que hablar por mí misma, puedo decir que me ha ligado, definitivamente, a narradoras que ya forman parte de mi imaginario literario e, incluso, sentimental, porque todo sentimiento es, para mí, una forma de inventar palabras. Vives y escribes, casi en una confusión cuyo hilo desconoces. La madeja de la vida se cruza con la mirada que le dedicas a los acontecimientos y así todo se concibe como una continuación inexplicable y necesaria. 

El estilo de Edna O´Brien me maravilla por su limpieza. Qué difícil resulta ese recorrido diáfano, casi como si se tratara de un cuento infantil, en el que los recovecos tienen sentido y en el que los personajes hablan por sí mismos, como si no fueran hallazgos de un tercero. Kate y Baba, las muchachas protagonistas de esa trilogía impensada, son tan de carne y hueso como yo misma. Puedo percibir, por ello, sus emociones, sus deseos, sus frustraciones, sus esperanzas, sus miedos. Ambas quieren ser felices, como yo he querido serlo. Ambas miran el mundo con miedo, como yo he hecho en ocasiones. Ambas creen en la amistad, igual que yo. Ambas son jóvenes y dejan de serlo, como a mí me ocurre. Kate y Baba no son personajes alambicados, perfectos, lineales, sino que tienen todas las aristas necesarias para creer en ellas. Son personas que puedes encontrarte cerca de ti. Incluso dentro de ti. 

Leí su trilogía en el orden en el que Impedimenta la publicó, en el orden en el que se escribió. El primer libro "Las chicas de campo" fue una especie de resplandor, un aviso, una constelación de casualidades que, al unirse, dejaron entrever emociones cercanas y, sobre todo, una maravillosa forma de narrar. Una narración plena, certera, exacta, pulida, impecable. Pero, al mismo tiempo, las vidas de esas muchachas y de las personas de alrededor, la pobreza, la lucha, la supervivencia, la angustia, se convirtieron en esquemas de sentimientos conocidos, en arquetipos de algo que todos podemos reconocer si afinamos la vista. 

Luego llegó, ya lo he contado en otra ocasión, "La chica de ojos verdes". La amistad, quizá el sentimiento más perfecto de cuantos existen, aparece cuarteado por las circunstancias y lo limpio se enturbia, y aparecen aspectos de la vida que, no por conocidos, dejan de impresionarnos. Esa chica de ojos verdes habrá de enfrentarse a lo que el mundo ofrece y que nos deja inermes, sin defensa, la mayoría de las veces. 

Por último, "Chicas felizmente casadas", es un desenlace en el que no hay previsibilidad, pero tampoco mentira. No pueden ser de otro modo las cosas y bien que nos gustaría. Soñar es bueno, pero vivir en la ensoñación te impide crecer. Kate y Baba, reencontradas, saben que han querido vivir una vida que no les está permitida pero, por primera vez, entienden que hay que vivirla, sea cual sea. Las ilusiones se trasmutan en la serena aceptación de una realidad que nos impone su ritmo y sus cualidades. El amor existe, pero no siempre está al alcance de la mano. Y, sobre todo, se agosta como las ramas de los árboles que caen al suelo y se llenan de la humedad cortante de una lluvia inmisericorde. 

Espero que el Premio Nobel de Literatura sea para Edna O´Brien. Más que nada para que, por una vez, se lo den a alguien a quien yo haya leído, entendido y amado. Por variar, vamos.