sábado, 30 de marzo de 2013

Natsumi y el pez (I)


Cumplir quince años es entrar en el reino del amor. Hasta entonces puedes preguntarte con auténtico interés qué es lo que se siente, qué pasa cuando te besan, en qué consiste ese cosquilleo del estómago, leve e impredecible… Pero no habrás tenido la oportunidad de sentirlo, si no contamos cosas como un devaneo sin importancia, algo carnal y que no puede confundirse con el verdadero amor.

            A los quince años es otra cosa. Así lo entendió Natsumi, que quiso perpetuar su amor y el nombre de su amado, aunque éste no ha llegado hasta nosotros. Escribió una carta larga, llena de puntos suspensivos, palabras entrecomilladas y corazones pequeños y rojos. La leyó muchas veces antes de doblarla, pues no quería que las palabras expresaran cosas diferentes a las que ella quería decir. Después de todas esas veces comprobó que no era fácil expresar lo que sentía pero que, al fin y al cabo, sólo disponía de esas palabras para combinar y escribir. El tic-tac de su corazón se convirtió en un monosílabo y las largas conversaciones con ella misma para preparar su declaración amorosa, en palabras temblorosas y mayúsculas. Natsumi dibujó su amor en aquella carta, escrita, no lo hemos dicho, en un papel rosado con relieve y resistente al agua.

             Luego dobló la carta. Tomó un sobre y puso el nombre del destinatario. Cerró el sobre y se fue a la orilla del mar. Ahora tenemos que hablar de este mar para que se entienda lo que hizo Natsumi.

             Natsumi vive en Nagasaki. Nagasaki es una agradable ciudad del Japón, situada en un valle y rodeada de colinas altas. Aunque parezca difícil de creer, Nagasaki fue y sigue siendo una ciudad abierta al mundo, llena de extranjeros, sobre todo portugueses y holandeses, que se asentaron allí hace siglos. Por eso, en Nagasaki, la gente practica diversas religiones, cada una de las cuales tiene sus propios templos. Toda la ciudad se divisa desde el Mount Inasa View Park, al que se llega por medio de un funicular. Desde lo alto, el viajero encuentra a sus pies los dos ríos, el Urakami y el Nakashima, que desembocan en una preciosa bahía. Los visitantes recorren el templo Fukusaiji, en forma de caparazón de tortuga, y el distrito de las fiestas nocturnas, el Shianbashi, donde los turistas toman sake entre risas en los locales de moda.

           El padre de Natsumi trabaja en el Majestic Hotel. Lleva mucho tiempo allí y le encanta su trabajo: contestar el teléfono, ayudar a los turistas que quieren conseguir un guía, reservar habitaciones… El Majestic Hotel está cerca de Glover Mansion y de la estación del tren. Tiene unas bonitas vistas a la bahía, en la zona conocida como Yamata-Machi. Lo mejor del hotel son sus vistas y su salón de té. Allí pasa algunos ratos Natsumi desde que su padre la lleva y deja que se siente en un rincón, sin molestar ni hacer ruido, mientras acaba su turno. Algunas veces, cuando tiene que esperar mucho, su padre la acompaña a la cocina. Entonces ella se coloca en una mesita baja y se toma su comida favorita, un platito de fuji fu yong con tempura. El pinche de cocina le acerca un cuenco de mochi, que es el arroz favorito de Natsumi, y ella lo mastica despacio sin rechistar, después de cubrirlo con una capa muy fina de tamari.

             Esto es ahora así, pero, hace unos años, el panorama era diferente. El padre de Natsumi trabajaba en el Majestic Hotel pero ella no lo conocía, no había pisado nunca sus salones, ni su amplio recibidor, decorado en color manzana. Natsumi no había recorrido las calles, estrechas y sinuosas, plagadas de tiendecitas, que rodean los astilleros, de donde salen los grandes barcos que son el sustento de la ciudad. No conocía el barrio de los pescadores, ni visto de cerca las embarcaciones de recreo, que están varadas junto a una de las rampas del hotel. Nadie prohibió a Natsumi vagabundear de un lugar a otro, como hacen los niños y los muchachos. Pero ella no podía hacerlo porque estaba asustada. Es difícil de entender para nosotros, salvo si conocemos un poco más de la vida de Natsumi.

             Cuando tenía pocos años a Natsumi le contaron una historia. Es una de esas historias familiares que se relatan en voz baja, repetidamente, un día y otro, hasta que su significado y sus palabras se incrustan en lo más profundo del corazón y del cerebro. La historia decía que el 9 de agosto de 1945, cuando los habitantes de Nagasaki estaban dedicados a sus faenas, llegó, a través del mar, una gran masa de gas, densa, roja y poderosa. La masa se movió en el aire y, tras dudarlo, abrasó la mitad de la ciudad, justamente la zona que estaba pegada a la bahía, porque el gas llegó del mar y decidió que no quedara nada vivo en muchos kilómetros a la redonda. Siempre que a Natsumi le cuentan esto ella mueve las manos y se tapa la cara: no quiere ver el movimiento del aire rojo abrasando las olas y atrapando a los barcos de la bahía, ni recordar los cuerpos quemados y el paso vacilante de los heridos. Todos ellos, estáticos, rotos, perdidos, derrotados, invisibles, huidizos, perplejos, están en el cuento que narran a Natsumi y que, antes que a ella, contaron a su madre y a sus tías.

            La abuela de Natsumi, que tenía entonces diecisiete años, era una de esas muchachas que trajinaban en la cocina cuando la masa roja de gas se adentró por el cielo de la bahía. Luego se enteró de que aquello había sido producto del azar, de un error de cálculo: el blanco inicial del ataque era Nigata, pero allí estaba lloviendo y el agua se tornó cortina blanca e impenetrable; se cambió el plan dirigiéndose a Kokura, pero ésta amaneció rodeada de una espesa niebla. La niebla impedía la visión y protegió a Kokura. La masa roja y ardiente divisó entonces la bahía de Nagasaki, que asomaba en una esquina del cielo formando un agujero de claridad. Entonces se decidió que ese era su objetivo. El buen tiempo y su cielo azul y claro jugaron una mala pasada a la ciudad. De esta forma se decidió el destino de miles de personas.

            La abuela de Natsumi no murió. Tuvo más suerte que las setenta mil personas que no vieron amanecer el día siguiente y que las sesenta mil que murieron en las horas posteriores a ese viento turbio. Pero se asustó tanto que estuvo muchos días sin hablar y sin salir de casa, porque temía que otra de esas masas ardientes y rojas volviera de nuevo y terminara por arrasar lo que quedaba en pie. Tampoco quería abrir las ventanas y perdió la facultad de dormir. Pasados algunos años, cuando se casó y tuvo hijas, tres, prefería estar en casa antes que salir al aire libre, y allí se balanceaba en silencio, sentada en el borde de una mecedora, con la espalda recta y las piernas juntas, relatando a sus hijas, la madre y las tías de Natsumi, cómo había sentido el olor del aire rojo y caliente; cómo la masa de aire había barrido el suelo y los barcos junto a la bahía. La abuela de Natsumi contaba a sus hijas que sus manos, que en aquellos momentos estaban amasando un pastel, se volvieron rojas del humo, que el pastel se volvió también rojo y que todo olía a azufre.

  A Natsumi le contaron la historia una y otra vez, así que, sin haberlo querido, el miedo se asentó en su vida y lo cubrió todo. También ella pensaba que cualquier día podía volver la pesadilla: el aire oscuro y pesado, el olor desagradable, la masa viscosa que atrapó a los vecinos de la ciudad. ¿Por qué no se levantaron murallas de defensa contra aquel enemigo que venía por el aire? Natsumi pensaba, como su abuela, que la piedra alta y recia habría logrado desviar la entrada de aquella fantasmagórica amenaza, evitando la muerte de Nagasaki y de sus gentes…

 A Natsumi, como a su abuela, como a su madre y sus tías, le asustaban los gritos, la gente, los edificios altos, la oscuridad, las personas tristes, los enfermos, las peleas. Pero, sobre todo, tenía miedo del mar. Sabía que, por allí, había entrado la masa caliente, tórrida, roja y gaseosa que destruyó las vidas de las setenta mil personas que no vieron amanecer el día siguiente. El mar había traído la destrucción a los jardines, en los que nunca más entraría la primavera, esparciendo un soplo oscuro, pegajoso y maloliente sobre los cuerpos y las casas. Nunca volvió a crecer ninguna flor y tampoco la memoria de las mujeres de la casa de Natsumi conservaron el eco de sábanas blancas y olorosas, sino de muerte y silencio.

Esta historia de otros tiempos la tiene Natsumi cosida a su piel y, sólo cuando entendió que el miedo no dejaba que crecieran en ella otros sentimientos, pudo liberarse. Pero antes tuvo que sufrir, porque no entendía la diferencia entre la noche y el día; no amaba los atardeceres cuando el sol poniente cae sobre la bahía y no disfrutaba del olor de los cerezos en flor, allá por marzo. Natsumi tuvo suerte. Podía haber tenido el mismo destino oscuro que su abuela, sus tías y su madre, pero tuvo un golpe de suerte.

(Continúa en la entrada siguiente)

Natsumi y el pez (II)

(Viene de la entrada anterior)

Un día que estaba especialmente triste entró en Internet. Allí, en el espacio blanco y rectilíneo del buscador, tecleó una frase: “no siento nada, sólo tengo miedo”. No era una frase inventada, ni elegida al azar. Era su frase, la que se repetía a sí misma cada día. Al instante, tras pulsar la tecla grande con la palabra Enter, se desplegaron todas las direcciones en las que aquella frase aparecía. Exactamente quinientas veinticuatro. Las primeras direcciones no significaban nada, una amalgama de palabras sin sentido. Pero, la que hacía el número doce escondía un poema entero.

He aquí el poema que Natsumi leyó:

 Hace frío. He encendido la lumbre

He colocado los pies sobre un cojín dorado

La ventana entreabierta me devuelve la luz

Pero mi corazón está desierto. 

   No siento nada, sólo tengo miedo

Ya lo he perdido todo, no sé dónde encontrarme

Es el tiempo de otros lo que vivo

Para mí ya no tienen dulzura las palabras.

 
Natsumi leyó el poema una y otra vez. Le parecía haberlo escrito ella misma. Esa ventana está en mi habitación, pensó, junto al pequeño armario blanco que tiene pintadas unas rosas. Por la ventana entra a veces la luz, pero a Natsumi le molesta y tiene que cerrar las cortinas ante la claridad. Porque la claridad descubre el pensamiento y ella no quiere saber que está asustada. Sobre la cama está el cojín. Lleva sus iniciales en color azul y su tela es suave, dorada y transparente, como la del poema. Suya es la ventana, suyo el cojín y, suya también, la soledad del poeta.

 Y el miedo.

Natsumi ha leído el poema una y otra vez. Lo ha metido en su memoria como si fuera un resorte. Lo ha repasado, le ha cambiado el tono y le ha puesto música. Natsumi cree que ella ha escrito el poema.

 Pero no. Su autor es alguien llamado Edgar Boy. Un canadiense que vive en Londres y que tiene más de sesenta años. Un escritor al que todos admiran. Este poema es su primer poema. Es el poema que escribió cuando nadie conocía a Edgar Boy. Cuando ni siquiera se llamaba Edgar Boy, sino Roman Dublovny. Cuando no era canadiense, sino polaco. Cuando cruzaba Europa, de lado a lado, con su madre, Anna, que arrastraba una pesada maleta. Edgar (o Roman) escribió el poema cuando tenía sólo quince años, estaba asustado y no quería que ningún rayo de luz atravesara el cristal de su ventana. Natsumi no lo sabe pero, después de escribirlo, Edgar o Roman, se sintió liberado. Pensó, esto es lo que me pasa, esto es lo que soy, un pobre muchacho asustado a quien persigue la sombra de la muerte, un vagabundo que arrastra una maleta por media Europa. Guardó entonces el poema en su abrigo y siempre estaba ahí. Lo leía muchas veces, abría el papel arrugado y veía las letras trazadas con mala caligrafía y con una tinta huidiza pero que no se escapaba del fondo. El poema le recordaba lo que sentía y así tuvo ocasión de saberlo él mismo. Le puso nombre a su malestar y estuvo a punto de olvidarlo.

Años después, cuando Edgar (o Roman) se convirtió en un escritor reconocido, echó mano de aquel primer poema y de otros muchos que habían surgido después, en las horas lentas de la tarde, cuando el silencio le dictaba las palabras. Todos los poemas los escribió de nuevo, esta vez en un flamante ordenador portátil, regalo de su esposa. Dudó antes de hacerlo pero, pensándolo bien, decidió editarlos, quizá podrían servirle a alguien, gente asustada como él, gente que pensara que el miedo no tiene solución. Llamó así a su libro “Poemas del miedo”. Se olvidó de él, ahora ya sí, y continuó su vida, libre.

 Natsumi no sabe aún nada de esto. Probablemente nunca lo sepa. Únicamente tiene delante esas palabras que ha copiado en un cuaderno con su propia letra, utilizando una lengua que no conoce Edgar Boy. Una lengua diferente a aquella en la que imaginó la redacción de su poema. Leyéndolo, Natsumi se reconoce atrapada en una red invisible. Esa red es la que hace que tiemble, sude o llore; que quiera escaparse cuando, en las tardes de agosto, el mes maldito, la brisa traiga el aroma del mar hasta la parte trasera de la casa, elevándose por encima de la tapia que han levantado, cada vez más alta.

            Lo peor de todo es que éste no es su miedo. Es un miedo heredado. El miedo pertenece a su abuela, que estaba en la cocina preparando un pastel cuando llegó la masa caliente que tiñó sus manos de rojo. Pertenece a su madre y a sus tías, que escuchaban el relato de la mujer cansada que se sienta en una mecedora balanceante. Pero no es su miedo. El poema de Edgar Boy la hace pensar. Si logra convertir su miedo en palabras, si logra que ese miedo se quede ahí, la abandone, se sumerja en las palabras y la deje a ella vivir, vivir solamente su vida y no la de su abuela, o de la sus tías, o la vida de su madre, con esas tapias altas que ocultan la luz y el sonido de las olas…si logra que su miedo, ese miedo prestado, que no es suyo, se quede sujeto a las palabras, quizá, entonces…
             Natsumi tiene la cabeza baja y se muerde los labios. Está nerviosa. Ha arrancado decenas de hojas de esa libreta con pastas coloreadas que su padre le regaló hace unos días. Ha escrito con tinta azul unas palabras que quieren tener algún sentido. Las palabras están en el suelo, arrugadas, moviéndose sobre las hojas rotas de la libreta. Así, han pasado las horas y los días. Horas y días largos, silenciosos y expectantes. Entonces, una vez, Natsumi comienza a escribir.

             He aquí el poema que Natsumi escribió:

             Tenía el corazón asustado y las manos encogidas.

            No encontraba un camino por el que hundir los pies.

            Era de noche y el sol también estaba oscuro.

            Las hojas de los árboles no tenían sonidos.

             No sentía nada, sólo tenía miedo.

            El miedo me ha acompañado tantos años.

            Ya no sabía vivir sin su presencia eterna.

            Pero un rayo de luz atravesó el poniente.

 
            Unos días después de escribir esto, Natsumi puso nombre a las cosas. Escribió “bomba atómica” donde antes ponía “masa ardiente”; buscó en los libros de Historia y halló el significado de esos dolores viejos; descifró el crucigrama de su desazón: tanto de miedo, tanto de cobardía, tanto de nostalgia, tanto de incertidumbre. Luego, fue a ver a su padre. Éste se sorprendió: nunca había tenido la alegría de que su hija cruzara las calles y llegara hasta el Majestic Hotel, junto a la bonita bahía de Nagasaki, en la unión de los dos ríos. El padre, que había sido siempre poco más que una sombra, no le dijo nada pero sonrió y la llevó a conocerlo todo. Así Natsumi trató por vez primera a la gente del hotel y se acostumbró a comer en la cocina.

            Hace de esto algunos años. Lo he contado ahora para que entendáis que Natsumi ya estaba preparada para vivir. Por eso, a los quince años justos, conoció el amor. De éste no sabemos su nombre, ni el perfil de su rostro, ni su edad, salvo el rastro que deja en los poemas que Natsumi sigue escribiendo. Unos poemas que ya suman interminables hojas y que se guardan en la casa, esperando que llegue el momento de que otros los lean.

Natsumi ha escrito esa carta y la ha guardado en el sobre y se ha dirigido al mar. Ya habéis leído esa parte de la historia.

Natsumi ha metido el sobre con la carta en un globo. Es un globo rojo y alargado que ella misma ha inflado con toda la fuerza de sus pulmones. El sobre va dentro del globo y el globo apenas pesa, a pesar de lo cual se hunde en el agua cuando Natsumi, desde el embarcadero del hotel, lo lanza al mar. Una ola lo cubre en ese instante y se pierde en el fondo. Desaparece de su vista, no queda nada visible del globo, ni de la carta, ni del mensaje que lleva en ella, el que Natsumi ha escrito a su amor, el de los quince años. Adiós, adiós, piensa Natsumi, viendo el balanceo de las olas, adiós, llévate mi corazón hacia mi amado, llévale esta carta, haz que la encuentre, haz que no me olvide…
 
            ¿Y el pez?

             El pez se tragó el globo que contenía la carta. Así, la carta no llegó a su destinatario, el amor de Natsumi, sino a Kiotsi, de treinta y tres años, que pescaba en el Pacífico. El pez que pescó Kiotsi era un rodaballo y, al abrirlo, encontró algo rojo y viscoso, el globo, y, pegado, el papel impermeable que contenía la carta.

Kiotsi la leyó y deseó que fuera dirigida a él. Nunca ha conocido a Natsumi. La carta es su tesoro.