miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Tránsito" de Rachel Cusk


La escritora que protagoniza "A contraluz" la anterior novela de Rachel Cusk, es también el personaje principal de este "Tránsito". En los momentos que recoge el libro, el matrimonio se ha derrumbado y se va a vivir a Londres con sus dos hijos. Hay veces en la vida en la que hay que juntar los trozos desparramados y buscara alguna argamasa que lo una. La ciudad de Londres, los apuros para encontrar un lugar adecuado para vivir, los antiguos amantes que se encuentra, la cotidianeidad en su vertiente más prosaica, todo eso es el caldo de cultivo en el que tendría que renacer la esperanza, si la hubiera. 

Rachel Cusk ha escrito ya una docena de libros, entre novelas y libros de memorias, estos últimos sobre la maternidad y la separación matrimonial. La editorial Libros del Asteroide ha publicado estas dos que mencionamos y también sacará a la luz la tercera parte de esta trilogía, Kudos, en 2018. Escrita en primera persona, con escasos diálogos, Tránsito tiene tanto de ejercicio de introspección como de acercamiento a una realidad que puede parecer prosaica pero que, al fin y al cabo, es todo lo que tenemos. 

En el fondo de su obra está el oficio de escribir. La escritura como resultado y también como algo inevitable, algo a lo que te conduce une extraño destino que no puedes eludir aunque lo intentes. El tiempo de vacío, el silencio, no es sino una preparación para la llegada feliz de la palabra. La narración se desenvuelve así con la exactitud de un entomólogo que analiza lo que ve y lo reflexiona al mismo tiempo. Los personajes son tan seres humanos que podríamos reconocerlos si los encontramos en algún lugar. Por eso la novela, esta y la anterior te conducen a tu propio pensamiento y lejos de contestar preguntas, abren nuevas interrogaciones que, siendo tan propias de lo humano, terminan inesperadamente. 

Una mujer inteligente lanza una mirada perspicaz, lo escribe de forma personal y, al tiempo, lejana, para lograr así el efecto deseado: este Tránsito no nos resulta nada ajeno. 

Tránsito. Rachel Cusk. Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide. 2017. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

"Asesinato en el Orient Express" de Agatha Christie


Los agathistas sabemos que Asesinato en el Orient Express no es la mejor de sus novelas ni tampoco la que muestra mejor el estilo de la escritora. Sin embargo, las versiones cinematográficas se suceden y algunas de ellas gastan dólares por todo lo alto. Como la última, la que ha dirigido en este año de 2017 Kenneth Branagh, genial actor y meritorio director, recitador de Shakespeare, exmarido de la grandísima Elinor Dashwood, perdón, Emma Thompson. 

Las críticas, en esta ocasión, han sido contradictorias. Y hay que decir, para ser exactos, que ninguna de las versiones de novelas de Agatha Christie ha sido capaz de trasladar mínimamente ni la intención elegante, ni el detalle minucioso pero no estereotipado, ni el sabor de los personajes que inventó la genial escritora. Con una honrosa excepción: la versión de Testigo de Cargo, un relato que Billy Wilder llevó a la pantalla en 1957, con guión de él mismo y un elenco de actores y actrices de primerísima fila: Tyrone Power,  Marlene Dietrich,  Charles Laughton,  Elsa Lanchester,  John Williams, Una O'Connor,  Henry Daniel,  Norma Varden,  Torin Thatcher,  Ian Wolfe, Francis Compton. 


Testigo de cargo es un drama judicial cuya trama esconde un juego de espejos, de apariencias, de errores que, a simple vista, no pueden apreciarse. El casting no podía ser más adecuado ni el enfoque de la película más lógico si se quería transmitir la esencia del texto. 

Por su parte, Asesinato en el Orient Express un juego de malabares, un thriller rocambolesco e itinerante, en el que el pasado está tan presente como si no hubiera transcurrido el tiempo. Una venganza colectiva, dando así lugar al primer crimen de Christie en el que los autores son varias personas. La claustrofobia de estar en un tren en medio de una nevada (por tanto, detenido y sin poder apurar los tiempos que todos habían previsto) añade tensión al libro y genera una particular atmósfera. Sin embargo, ninguna de sus versiones fílmicas ha logrado captarla y transmitirla. 

El problema está en que en las versiones cinematográficas o en las series de televisión, predominan el cartón piedra,  el amaneramiento y un detallismo que resulta absurdo. Los personajes se estilizan hasta convertirlos en autómatas y todo parece teatral. Incluso si fuera una obra de teatro resultaría estereotipada. No basta, por tanto, con respetar la letra si no se respeta el espíritu. 

La lectura del libro, cuando es la primera vez y aún no sabes quién es el asesino, te deja una sensación amarga, como si se escapara algo. La alusión a hechos del pasado es truculenta y tiene olor a periódico de sucesos. Sin embargo, el desfile de personajes es demasiado largo y quizá es lo que nos hace trastabillar, dudar de hasta qué punto estamos ante un crimen real o ante el simulacro de un crimen. 


Kenneth Branagh,  Penélope Cruz,  Willem Dafoe,  Judi Dench,  Johnny Depp, Michelle Pfeiffer,  Daisy Ridley,  Josh Gad,  Derek Jacobi,  Leslie Odom Jr., Lucy Boynton,  Sergei Polunin,  Tom Bateman,  Olivia Colman,  Miranda Raison, Chico Kenzari,  Manuel García-Rulfo intentan hacernos creíble la historia, este crimen itinerante en el que la aparente frialdad con la que se comete el asesinato oculta, en realidad, un laberinto de pasiones sin cerrar. 

Porque el crimen no es sino el telón que culmina otros crímenes, directos o indirectos, anteriores. Es esta sensación de justicia a largo plazo, o de venganza, lo que produce escalofríos y lo que debería transmitirse a los espectadores para ser justos con el argumento del libro. La gran duda es, siempre que se lleva a la pantalla un libro de Christie, si Poirot estará o no acertado. Y eso es algo de vital importancia. 



domingo, 12 de noviembre de 2017

No te vayas


Espérate un momento, un instante solo. El tiempo que tarde en desvanecerse la tarde en ese rayo de sol que cruza la plaza sin permiso. El pequeño espacio de tiempo que necesito para hacerme a la idea de que te vas. Para entender que pasarán los días, las horas y las noches, y no te veré cerca, ni lejos, ni tan hondo. El hueco de las manos que se quedan vacías, espérate. El sonido del reloj de la iglesia que se cruza de lado sin que pueda entenderla, espérate. Espérate que acomode mi paso a la nostalgia. Espérate que deje de temblar por no verte. Espérate a que entienda por qué tanta distancia, tantos días, tantos adioses, tanta ausencia de besos. No quiero que te vayas y me dejes. Y no lo sé decir de otra manera. Solamente palabras, ahora que te has marchado. Ahora que ya no queda primavera. Porque yo quiero merendarte al sol. Pero soy cobarde y mi voz ha cedido el paso a una pequeña lágrima sin sabor ni dueño. 

sábado, 11 de noviembre de 2017

"Jane Austen en la intimidad" de Lucy Worsley

En 1814, cuando contaba con 39 años, Jane Austen viajó sola en diligencia desde Chawton Cottage, en el condado de Hampshire, hasta Londres, donde tenía que negociar la publicación de una de sus novelas. Allí, en este y en otros viajes parecidos, pudo hacer algunas de las cosas que más le gustaban: asistir al teatro (adoraba a Sarah Siddons), ir de compras (las medias de seda eran sus favoritas), cambiarse el peinado o contemplar y hacer suya la última moda en mangas, la manga larga que sustituyó a la manga de farol de su juventud.

A la muerte de Jane Austen y con el aumento de lectores de sus novelas y su posterior rehabilitación ante el mundo literario, su familia intentó ocultar muchas facetas de su personalidad y detalles de su vida. La biografía que escribe su sobrino James Edward incide en esta línea de ocultamiento que había comenzado su hermana Cassandra, mayor que Jane tres años, que destruyó mucha correspondencia, desde luego toda aquella que demostraba a las claras el carácter mordaz e irónico de la escritora.

Todo esto le ha hecho un flaco favor a la investigación sobre su vida y obra. Pero, sin embargo, no cesan de aparecer estudios que, buscando en fuentes muy diversas, sacando conclusiones de la bibliografía existente o con investigaciones nuevas, arrojan alguna luz a la vida de Austen. Este es el caso de Jane Austen en la intimidad, el libro de Lucy Worsley.

Si alguien espera encontrarse noticias banales y frívolas de bailes y cotilleos, o solamente eso, se equivoca. El retrato que se traza de la sociedad georgiana es espléndido. Es un tiempo histórico delirante que sumergió al Reino Unido en una guerra continua durante años. Es más, la vida de Jane Austen está presidida por el estado de guerra. Apenas unos años se vio libre de ella. Y ese trasfondo histórico, por más que solo aparezca matizado en sus libros, lo vivió muy de cerca a través de sus hermanos y parientes.

Además de la historia, está el aspecto social. La vida de las mujeres de su clase, clase media rural, pseudogentry, como la define Worsley acertadamente, tenía como ejes la familia y el matrimonio y como castigo la dependencia de los elementos masculinos. Toda su vida esta diseñada para casarse o para depender, primero de su padre, luego de sus hermanos varones. Y así fue con la excepción de ese dinero de bolsillo, ingresos propios, que sus libros le darían al final de su vida y en muy escasa cuantía. Por eso ella se desquitó y su última novela escrita, que no publicada, fue la inteligente Emma, rica, guapa y sin depender de nadie. Es ese su ideal de mujer llegado el momento. Y el señor Knightley el hombre de todas las prendas.

El libro quita importancia a algunas afirmaciones familiares en torno a la escritora, hechas con la intención de que no se conocieran ciertos rasgos de su carácter, menos dulces, amables y apacibles de lo que se consideraba normal en una mujer de su época. Esto resulta muy interesante. Aunque era algo que podíamos intuir. Y saca a la luz, de manera indiscutible, otras, como sus sucesivos pretendientes, los hombres que la amaron y a los que amó ella mucho menos. Cinco o seis nombres que nos hacen pensar si la soltería de Jane Austen no fue, simplemente, una opción. O si puso en la balanza su independencia (a pesar de todo), y la vida de familia en la que la mujer criaba hijos y complacía sin más a su marido. 


viernes, 10 de noviembre de 2017

"La librería" de Isabel Coixet y Penelope Fitzgerald. Pasión por los libros


Florence Green y yo tenemos dos cosas en común: la viudedad y la pasión por los libros. Lo primero es solo una circunstancia. En realidad, ser viuda es no ser nada. Somos esposas que han perdido a sus maridos, como dice Pilar del Río, cuando habla de José Saramago. Lo de los libros, mejor, lo de la lectura, es un vicio que se inocula cuando eres muy pequeña y que no te suelta nunca. Sin embargo, entonces no te das cuenta de lo que eso significa. Solo entiendes que los libros están en todos los momentos de tu vida y no se van, ni se esconden, ni mienten. Son leales, firmes, seguros, llenos de emoción y libres. 



Isabel Coixet, también amante de los libros, quedó prendada, como yo misma, con La librería que escribió la gran, grandísima y poco conocida en España, Penelope Fitzgerald (1916-2000). El libro cuenta, igual que la película, la historia de Florence Green, que pierde a su marido en la guerra y se muda a un pequeño pueblo de la costa inglesa con la intención de montar una librería. En Old House, un inmueble viejo, húmedo y abandonado, Florence quiere hacer el milagro del encuentro entre amantes de la literatura. Y casi lo consigue. Su ayudante en ese empeño es la pequeña Christina, la niña mediana de una familia de muchos hijos que, a cambio de doce chelines y medio a la semana, se ocupa de limpiar el polvo de las estanterías, colocar las postales y ordenar los libros. 

El pueblo hace honor a ese aserto que afirma que en los pueblos se concentra la mayor maldad, mucho más que en una gran ciudad. La gente del pueblo está atenta a los chismes, cosa inofensiva, pero entre ellos hay mala gente. El retrato de los malos está peor conseguido en la película que el de los buenos. Quizá porque son estereotipados y la falta de emociones positivas hace que los rechacemos. Pasemos por alto, entonces, a los malos, al diletante Milo, tan traidor, a quien su novia Kattie llega a abandonar, suponemos que porque está harto de un hombre del que "no se sabe si guarda una gran vida interior o absolutamente nada". 


Sin embargo, en medio de esa suciedad que decide impedir que la librería prospere, que los libros existan en el pueblo, que la gente lea y que se venda "Lolita" de Nabokov, el escándalo del momento, hay dos seres puros y nobles. Bill Nighy interpreta a uno de ellos. El hombre elegante, callado, solitario, cuya química con Florence se ve interrumpida dramáticamente. Y Christina, la niña, a la que ya he mencionado y que cerrará el círculo, pues ella es la narradora de la historia. 

Esta película habla del amor a los libros. De cómo ellos te compensan, te salvan y te llevan en volandas a un lugar que nadie más conoce, salvo otros seres como tú, que entienden tu lenguaje y comprenden tus lágrimas. 


jueves, 9 de noviembre de 2017

Dulce encuentro


(Andrew Wyeth. Christina's World)

Si otoño o primavera no lo recuerdo ahora. Sé que era tiempo de llevar sandalias y un vestido azul claro con escote de pico y sé que era una hora temprana de la tarde, la hora de los susurros, crepúsculo indeciso. La casa de mi amiga era el sitio perfecto, el refugio ideal para ese encuentro ansiado. Sonó el timbre de la puerta y dudé en un segundo. Sólo una ráfaga que aparté de inmediato. Allí estaban sus ojos. En el umbral, su boca. Vaqueros desgastados y camisa de manga larga con los puños doblados hacia fuera. Era extremadamente varonil y olía de una forma especial. Su olor se asentaba en mí y no me abandonaba.

Los besos cruzaron el vestíbulo, las manos en las manos. Allí estaban mis labios entreabiertos y mis ojos abiertos totalmente y estaba él y estaba su sonrisa, enigmática, dulce, extraña sonrisa de quien lo guarda todo en su interior. Era terriblemente guapo y yo era su princesa.

Las sábanas revueltas y el sudor de las manos se mezclaron con risas que no tenían motivo. Esas risas absurdas que surgen del placer, de la dicha total, del cuerpo pleno. Era el amor entero el que se aposentaba en aquel cuarto abierto a una plaza con árboles. Era el amor entero, escrito sin palabras. El amor, en lo hondo, en todos los sentidos. El que se abre a la vida, el que no necesita sino amor para amarse. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El abrazo más dulce


(Fritz Zuber-Buhler. Young girl holding a doll)

La niña era muy pequeña pero la escena quedó grabada en su memoria, como si fuera una película en la que ella tuviera el papel protagonista.

El sol del mediodía caía a fuego en verano. En el patio de la casa, los arriates pedían agua y las flores esperaban ansiosas que la noche aliviara esa sensación de ahogo en la hora de la siesta.Todo estaba en calma. La niña está sentada en el suelo, con un libro de dibujos delante de ella, las piernas desnudas, los pies descalzos, los ojos abiertos.

De repente, oye el claxon de un coche. No es un sonido cualquiera, sino el sonido que anuncia la dicha, el goce mayor de todos los días. Él ha vuelto.

El portón de la calle se abre con su rugido característico. La claridad recorta una silueta. Es un hombre de mediana estatura, bien vestido, con bigote y unos ojos tan tiernos...

Al ver a la niña ha sonreído hasta el fondo: "¿De quién es esta niña tan bonita…?" ha dicho en voz muy alta con su precioso acento.

Y la niña, corriendo, volando casi, ha llegado a sus brazos, se ha elevado a lo alto, contestando entre risas su frase favorita: "De su padre".

De su padre…

domingo, 22 de octubre de 2017

La librería de Penelope



A ti, en ese último día 

La última librería que visitamos juntos tenía los anaqueles atestados de libros. Se aproximaba el verano y todo el mundo sabe que es un tiempo de lectura. Los libros de verano, dicen, han de ser ligeros y contrarrestar con fuerza el calor y la tarde. Deben convertirse en refrescantes motivos para soñar o para ser felices, sumidos en esa otra dimensión de las páginas que acarician la cara al susurrar. 

Fue la última vez que salimos a la calle y yo miré al cielo y lo vi azul y supe que así era y que tendría que comprar algunos libros para hacer más liviana la espera. No sabía qué esperaba exactamente pero no era nada bueno. Al contrario. Una nube negra se cernía sobre nosotros, un viento negro, como decía Juan Ramón. Los libros que me llevé a casa deben estar escondidos en cualquier estantería, guardados y sin terminar de leerse. No hubo tiempo porque las horas pasaron demasiado deprisa. 

Esta librería de ahora ya la había yo visto con antelación. Es la de Penelope Fitzgerald y en ella está Florence Green y es el año 1959. Cuando Florence llega a un pequeño pueblo de Suffolk para hacerse cargo de una librería con fantasmas, todos se levantan para evitar que allí pueda sucederse un sacrilegio. El sacrilegio tiene nombre de mujer. Qué subversivo puede ser vender libros. Escribir libros. En estos días mi máxima rebeldía consiste en escribir las páginas de un libro que anda por ahí en mi cabeza y que se resiste a aparecer con palabras concretas. Es un acto de rebeldía y no consigo realizarlo. Cuando todo se cumplió las palabras volaron. Durante mucho tiempo estuvieron ausentes, igual que tú. Pero la ausencia de ellas ha sido provisional y la tuya es definitiva. Una ausencia sin matices. Por eso debería escribir ese libro y escribir en él todas las cosas que olvidarse pueden si el tiempo no lo remedia y la vida continúa su transcurso sin detenerse casi.

La librería cuenta la historia de Florence Green y su empeño en conseguir que ese negocio, la librería que ha heredado, funcione. Los vientos soplan en contra y los aliados serán pocos: un anciano y una extraña niña. El huracán se convertirá en terremoto cuando alguien le sugiera que ponga a la venta la polémica edición que Olympia Press hace de la Lolita de Nabokov. Hablando de Nabokov, cuando yo era actriz y pertenecía al grupo Silepsis, hice de Viola Trance en una obra de este escritor que se llamaba Vals y su invención. O quizá era Vals o su invención. Periodista intrépida y un teatro muy comprometido, con su poquito de Stanislawski y todo.

Ahora me ha alegrado saber que la película que Isabel Coixet ha rodado sobre el libro está teniendo éxito. Dicen que es un film tierno, delicado y con sus gotas de humor. Así es el libro. El descubrimiento de Penelope Fitzgerald fue uno más de los que he hecho estos años en forma de autoras desconocidas. Narrar con la emoción y no solo con las palabras. No son libros absurdos, como dice alguien que no lee estas cosas, sino libros colmados de sensaciones que podríamos reconocer si nos paramos a ello. Sin crueldad ni  sadismo. Literatura para gozar de la vida.


Sobre la película: 

Ambientada en una tranquila ciudad inglesa de los años 50, LA LIBRERÍA cuenta la historia de Florence Green, una mujer alegre y resueltamente decidida a llevar a cabo el sueño que ella y su fallecido marido concibieron desde que se conocieron: abrir una librería en Hardborourgh, un tranquilo pueblo inglés, alejado de las revoluciones sociales y sexuales que tenían lugar en los lejanos grandes centros urbanos.
Para ello, con la apoyo de Christine, la niña a la que ha contratado como ayudante, decide rehabilitar una vieja y emblemática casa del pueblo, lo que agitará los sentimientos soterrados de la gente. Entre otros, el de la controladora y vengativa Mrs. Violet Gamart, una decana social de la localidad que se sentirá celosamente ofendida por los cambios que el proyecto de nuestra heroína representa. Florence entablará una singular relación con el solitario Mr. Brundish, quien se convierte en el más fiel lector de los libros que Florence trae al pueblo, entre otros “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, y la escandalosa novela “Lolita”, de Vladimir Nabokov, cuya venta en la librería provoca un enorme revuelo entre la gente del pueblo.

Sobre Penelope Fitzgerald (Impedimenta): 
Penelope Fitzgerald, de soltera Knox, nació en 1916. Era la hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox. Fue educada en caros colegios de Oxford. Durante la segunda guerra mundial trabajó para la BBC. En 1941 se casó con Desmond Fitzgerald, un soldado irlandés, con el que tuvo tres hijos. Durante algunos años vivió en una casa flotante en el Támesis. 

Autora tardía, Penelope Fitzgerald publicó su primer libro en 1975, a los cincuenta y ocho años, una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones. En 1977 publicó su primera novela, The Golden Child, una historia cómica de misterio ambientada en el mundo de los museos. 

A lo largo de los siguientes cinco años publicó cuatro novelas vagamente autobiográficas, que la consagraron como una de las figuras más importantes de la nueva narrativa inglesa, comparable a Iris Murdoch o A. S. Byatt. Con La librería (1978) fue finalista del Booker Prize, premio que finalmente consiguió con su siguiente novela, A la deriva (1979, Mondadori, 2000). Siguieron Human Voices (1980) y At Freddie’s (1982). 

En este punto, Fitzgerald declaró que ya estaba cansada de escribir sobre su propia vida, y se decantó por la novela que desvelaba hechos y acontecimientos del pasado, desde un punto de vista histórico. La primera de ellas sería Innocence (1986), desarrollada en la Italia de los años 50 y que narraba la historia de amor entre la hija de un aristócrata arruinado y un médico comunista. En 1988 publicó El comienzo de la primavera (próximamente en Impedimenta), que tiene lugar en el Moscú de 1913, protagonizada por un pequeño impresor inglés perdido en los albores de la Revolución rusa. Siguieron The Gate of Angels (1990) y La flor azul (1995, Mondadori, 1998), centrada en la vida del poeta alemán Novalis. Penelope Fitzgerald murió en Londres en abril del año 2000. ´
(Imágenes: fotogramas de La Librería de Isabel Coixet y portada del libro de Impedimenta) 

sábado, 21 de octubre de 2017

Hoy el silencio agitaba los árboles


Callé durante mucho tiempo porque el sonido de mis palabras molestaba al silencio. Se convertía en rugido de león, en arduo incendio invocado, en lucha constante, en manantial que no cesa. Así callé, para que los ojos pudieran mirar tranquilos, sin dolores ni reservas, en un ejercicio puro de belleza sin mancillar. Callé en los días venideros y en el pasado, al latir del corazón y en las penumbras. Doblé el hueco de las palabras sobre las manos quietas y me convertí en humo, una palabra sin color y sin brillo. 

Creí así que el amor o quizá la amistad que también es su nombre, redoblaría sus hojas y se unirían, en un esfuerzo causal y conmovido, con esa otra parte de la vida que se escribe en la sombra. Creí así que conseguiría una mirada tuya, un espacio escondido pero tierno, abierto en cualquier parte, sin seudónimos. Soy yo, dirías y ahí estás tú, sé lo que eres. Creía así que ese juego de las revelaciones tendrían un sentido único que no se acabaría al caer la noche, que no se enjugaría con las lágrimas. 

Ahora ya sabes, sé, que equivoqué el silencio, que equivoqué el sonido, que perdí la palabra y que, en lugar de ella, no quedó sino oscura soledad, mentira y una suplantación de lo que fui una vez y terminó. Ahora ya sé que no existe blancura sino sucia apertura sin música ni sueños. Que no hay vestidos largos ni equipajes, que no hay veloces coches cruzando el pavimento. Nada sé, nada soy, nada queda, la palabra voló como todo el hechizo. Las hadas se marcharon. Solo quedan las brujas. Esas vivirán siempre. Acariciando un gato por toda epifanía. Con los ojos oblicuos y la piel al acecho. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Horas del otoño en Vermont


El otoño de Vermont guarda los colores de un año para otro. Especies de árboles que solo allí se abren a la luz. Carreteras cuajadas de cornisas rojiazules. Huecos sin labrar, sembrados de hojas de parra de un marrón aceitoso. Los pináculos de las casas sobresalen entre la niebla de cualquier amanecer del mes de octubre. Al mediodía, el sol escribe su propia historia y lo tiñe todo, hasta los corazones, de una tibia recompensa. Es el tiempo de las hojas caídas y todas ellas tienen una razón para tocar el suelo. 


Cualquier camino te conduce a una casa. Las casas se esconden para no estropear el paisaje. Los árboles son las cúpulas que sombrean la realidad de todos los días. Los hombres vigilan que le paso del tiempo no les robe el pálpito del color. Así los otoños transcurren lentos y, a la vez, vigorosos, con una dejadez inusitada, con un estruendo cromático que antes no habíamos conocido, ni en los sures más lejanos y exóticos. 


Es espléndido el reflejo del amor y cualquier esquina esconde una promesa. Hay ojos que permanecen alertas porque esperan el milagro. Otros han perdido todo signo de novedad. No creen en que la venturosa aparición periódica del otoño les traiga más que un aire repetido. Son los pesimistas que ya no encuentran nada, los que no escriben sino con el tictac repetido de las palabras huecas. En ellos el otoño no reverdece el fuego de los árboles añosos y rebeldes. No son una muestra fiel de Vermont y su plácida aurora que todo lo convierte en un ascua florida. 


Si la casa del lago llegara al paraíso podríamos recorrer los andenes sin miedo a que el tiempo enturbiara las aguas. Podríamos sentarnos a esperar que el paso de las horas nos convenciera de que somos felices aun sin notarlo. No habría diacríticas para ocultar el sentimiento y las hojas nos rodearían como un paisaje sin figuras. Vermont certificaría así que somos dos y que hay un hondo latido que no se pierde nunca. Las horas del otoño, aún sin saberlo, solos sin más adioses que los momentáneos, sin lejanías, con una soledad recompensada y tierna. Otoños, sin saberlo, claros. 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Me falta una palabra


(Mary Jane Ansell)

En algunos momentos solo preciso alguien que me quiera. Da igual hombre o mujer, planta o árbol nacido de la tierra. No menciono a los gatos y a los perros porque ellos no me entienden, no estamos hechos el uno para el otro. Solo preciso alguien que me quiera y así me muestre yo como una mariposa con las alas abiertas, doradas a la luz, ronroneando, cubierta entera de hojas crujientes y saladas, sin otro requisito que la vida. Que me quiera y entone conmigo cualquier verso, de esos que se esconden en el desván de la memoria y que solo aparecen cuando lloras o cuando el viento del otoño te obliga a resguardarte en una aburrida nostalgia que no esperas. 

No preciso que me hagan el amor (el amor ya no existe), ni que vuelquen en mí los adjetivos de una admiración sin tregua, tan falsa como el oro que acuñaban los belgas; ni que me regalen flores, libros o cuadernos (quizá escriba en ellos luego la pérdida de la noche o de la espiga). Solo preciso alguien que me quiera, así, sencillamente, sabiendo cómo soy, cómo me esmero en contar lo que siento sin ocultar detalle, cómo relata mi voz de Sherezade las historias cotidianas que nadie más contaría. Así en ese único resplandor de los amores ciertos, de los que no se apagan cuando el teléfono se queda mudo, de los que no se guardan en un ladrillo o en un puzzle incompleto cuyo dibujo nadie ha reconocido nunca. 

Es en esos momentos, los de ahora, cuando preciso solo que alguien me quiera. Que entre sin pedir permiso en las horas de insomnio, que levante el velo de las preocupaciones y emita una carcajada obscena, que no vea la mujer cansada sino la mujer nueva, que no reproche, ni venza, ni mienta, ni oculte ni desgarre. Eso es lo que preciso. Y no esto. Nada de lo que nace de ti es lo que deseo. Tu voz se ha volcado en un saco de arena y ha perdido el sonido. Me falta una palabra y no es la tuya. 


(El título corresponde a un verso del poeta Ángel González) 

sábado, 2 de septiembre de 2017

O´Brien, Strout, Oates, Cusk. Atwood y Karr. Otoño de libros


Si este otoño tu corazón necesita sosiego, paz y olvido, recuerda que los libros contienen la pócima exacta para lanzarte adelante, con esa energía que pierdes cuando caes por la pendiente de lo inútil. Así lo contaba yo a una amiga que sufre este tiempo del mal de gastar sus mejores emociones en alguien que no merecería ni un minuto de su tiempo. Libros para curar, para vivir la vida y para disfrutar. 

Como esta novela autobiográfica de Edna O´Brien, la escritora irlandesa a la que leí su trilogía de Kate y Baba (Las chicas de campo, La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas) y Las sillitas rojas. 

La Irlanda rural es el paraíso de sus primeros años y aquí aparecen en todo su brillo, esa manera especial en que los hombres tranquilos y las pelirrojas conforman el universo de una tierra calma pero no exenta de tempestades. Edna O´Brien publicó este libro en 1970 pero ahora lo ha recuperado la editorial Errata Naturae. 

Tampoco debes perderte la segunda parte de A contraluz, el libro de Rachel Cusk que comentamos por aquí y que saldrá en Octubre. Se titula Tránsito y lo publica Libros del Asteroide. O la obra de Zadie Smith que publicará Salamandra en noviembre, Tiempos de swing. Antes de eso, Alfaguara te hará llegar lo último de Joyce Carol Oates, El libro de los mártires americanos, que saldrá a primeros de octubre. Y Salamandra recuperará un clásico de Margaret Atwood, Alias Grace, asimismo en octubre. 


No sé qué piensas tú pero a mí me han encantado las dos novelas que las editoriales Periférica y Errata Naturae han publicado conjuntamente. Primero, Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff y luego Regreso a Berlín, de Verna B. Carleton. El primero fue considerado por el gremio de libreros de Madrid como el libro del año en 2016. 

Pues ahora ambas editoriales vuelven a asociarse y  hacen lo propio con El club de los mentirosos cuya autora es Mary Karr. Se trata de una autobiografía en la que aparecen el padre de la autora, muy aficionado a la bebida, su loca hermana y, sobre todo, una madre muy distinta a todas las demás. La vida en los años sesenta plasmada de una manera única. 

Elizabeth Strout vuelve a ponerse a nuestro alcance gracias a Duomo Editorial. La magnífica escritora, de quien he leído recientemente Amy e Isabelle y el año pasado Me llamo Lucy Barton, sale ahora con un libro de cuentos que estoy esperando con verdadero interés. El estilo literario de Strout es inconfundible, espléndido. 


Resulta extraordinario como puede combinar con tanta magia la descripción de caracteres, con la acción y el telón de fondo. 

Hay otra autora de interés que la editorial Errata Naturae ya nos dio a conocer y que ahora rescata. Se trata de Lidia Chukovskaya, rusa, crítica literaria, poeta y narradora. Leí de ella Sofía Petrovna y me resultó impresionante. Ahora, en el próximo noviembre, se publicará Inmersión

Además de estos libros espero las novedades de otras editoriales a las que sigo: Acantilado, Impedimenta, Funambulista, Renacimiento, Siruela, Atalanta, Armaenia, entre otras. 

Resulta un clásico de los primeros días de cada otoño recorrer librerías, blogs y páginas webs para detectar aquello que puede convertirse en un libro que te va a gustar. La forma en la que ese libro llega hasta aquí y llama tu atención es todo un misterio, una especie de milagro inexplicable. Pero no es necesario aclararlo, basta simplemente con dejarse llevar y comenzar a leerlo. Es verdad que a veces tu intuición te hace equivocarte, pero no es cosa de preocuparse demasiado. También (y esto va a mi querida amiga aquejada de mal de amores) se equivoca una con las personas y entrega su corazón a quien no puede apreciarlo ni entenderlo ni amarlo, así que tampoco ocurre nada porque un libro no nos guste y lo dejemos a las primeras páginas en un rincón de la estantería que nunca más vamos a frecuentar.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Me acuerdo de los besos


Me acuerdo de los besos que no hemos compartido, el aire leve sobre las comisuras, esa lengua fugaz en el centro del fuego, el ardor de la sangre con sabor a nostalgia. Me acuerdo de los besos bajo las buganvillas, el olor del verano abierto en las ventanas, el sabor de la mar escrita en los azules, todo lo que se pierde, todo lo que se siente. Me acuerdo de los besos con el temblor cercano, con el runrún suave de tu boca que vuela, con el muro del sueño firmemente apretado, con los dientes en celo, con el cuerpo sumiso. Me acuerdo de los besos que te daba en mis noches, a solas en mi alcoba, en un sueño cuajado, besos de hielo, sol, de caliente armonía, besos que no escribimos, besos blancos, los besos. 

Como si el aire faltara


(Una mujer triste. Giorgios Lakovidis)

El atardecer tiene un aire turbio y la noche no se mueve. A lo lejos se oye el ruido de un avión que cruza. Las casas parecen quietas en esta hora ya oscura de final del verano. El calor del día parece olvidarse. Septiembre es un mes de promesas. La mayoría de ellas no se verán cumplidas. También lo es de silencios. Las palabras han volado y se esconden, no están sencillamente. Ahora tienes que mirarte al espejo y observar el cerco violeta de los ojos, las manos caídas que se posan como palomas sobre las rodillas, el pelo que se escapa, que vuela. Como si el aire faltara la congoja te posee. El llanto se apodera de todas las horas y las escribe con un timbre de dolor inaudito. No quieres sentir, no quieres pensar que te equivocas, no quieres salvo que un hálito sereno se instale y te devuelva la paz. Paz que se convierta en sonrisa algún día, pero paz, paz limpia, sin mentiras ni ocultaciones. Esa paz. 

jueves, 31 de agosto de 2017

Toma el verano y llénalo de rosas


El día que termina el verano siempre deseo que el verano empiece. Lo imagino en sueños como una gozosa travesía, con noches de luna y besos frescos; con miradas profundas y manos anhelantes. El verano es una emoción que culmina sin realizarse, una forma de entender el paso de las horas, la huella de un tiempo que no puedo descifrar. Si tú existieras, las cosas encajarían como en un gran puzzle de castillos románicos y quizá el Camino de Santiago nos surtiría de amaneceres y todas las tardes tendrían asegurada una promesa. Si el devenir de los días no tuviera este aire cansino y gastado, sería señal de que en ellos los cuerpos bailarían enlazados, con el latido a flor de piel y el aire tenue de los amores que no necesitan explicación.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Nieva sobre la Toscana



Esta tarde, las tres, que somos tan distintas, hemos escrito versos sobre el mantel de flores. Las tazas blancas del café, las cucharillas, el sonido rítmico del agua a un costado, todo eso ha sido el telón de fondo de nuestro imaginario viaje. Hemos llegado a la Toscana al ritmo de esos versos. Los versos de catorce sílabas y, aunados, tres corazones diferentes con la intención de verter algo de desconsuelo y recoger sonrisas. 

Hemos imaginado que la calle, cubierta de flores y de plantas aromáticas, se abría a nuestros pies en forma de sorpresa. Y que una puerta verde surgía en el fondo y que, dentro de ella, el aroma suave de un pastel recién hecho, abrazaba los cuerpos abiertos a la vida. Así las confidencias han trepado sin duda sobre ventanas que nunca cerrarán sus postigos y podremos escribir lo que somos sin miedo que una daga cruce nuestro anhelante corazón. 

Esta tarde, las tres, con el miedo a lo duro de la vida, hemos volcado sobre la mesa de madera, el sueño que cumplía justo a las seis. La inquietud que esta mañana surgió a través del teléfono, el deseo del hombre que no se entera a veces, la lucha con la gente que te regala entera su basura. Somos las tres y nos une la fuerza de estar seguras de nosotras, porque la bondad atraviesa las horas y la percibimos con tanta nitidez como ese abrazo, fuerte, inabarcable, con que sellamos la merienda. 

sábado, 26 de agosto de 2017

"Los amores de Sylvia" de Elizabeth Gaskell

Una vez que descubres a Elizabeth Gaskell la adoras para siempre. Reconoces en ella a una escritora de pulso firme, a una mujer de convicciones y a una observadora de la vida, plena de matices y de pequeños detalles. Como otras mujeres de su generación (1810-1865), es una indomable, alguien que depositó en la escritura bastante más que una afición o un entretenimiento. 

Resulta muy curioso comprobar como sus libros no se paran, únicamente, en la clase a la que ella pertenecía, la más acomodada e instruida, sino que bucea en las contradicciones que la vida de los obreros y de la gente del campo presentaba en estos años mediados del siglo XIX. 

En su famoso libro Cranford, escrito durante su estancia en Manchester, plasma con toda sensatez la difícil vida de los trabajadores y la oscuridad de la misma. Otra obra de singular relevancia es Norte y Sur y, seguramente su obra maestra es Hijas y esposas, en la que la doble vertiente de la vida privada y de la vida social se unen de forma magistral para ofrecernos un cuadro inigualable. 

Gaskell se adentra en Los amores de Sylvia en un drama amoroso con tintes trágicos. La dedicatoria es tan tierna que merece la pena ser reproducida: "Este libro está dedicado a mi querido esposo, de parte de quien mejor conoce su valía". La acción transcurre en Monkshaven, "una pequeña ciudad en la costa del noroeste de Inglaterra". La principal dedicación de sus gentes es la caza de la ballena y todo lo que tiene que ver con el aprovechamiento del animal. Un trabajo duro, un entorno hosco, que marca el carácter de las personas. Esta cuestión se repite en la obra de Gaskell quien da una excepcional importancia a la forma de vida, a la situación económica y a la formación de sus personajes, convirtiéndolos en personas de carne y hueso, que nos resultan cercanos aun cuando la acción esté lejos de nosotros en el tiempo y el espacio.

Las descripciones son suntuosas, recogen no solo lo que se ve, sino lo que se huele y se palpa. "En algunas épocas del año, río abajo el olor era casi intolerable para cualquiera que no fuera habitante de Monkshaven..." El paisaje que rodea la ciudad es recreado con detalle y la naturaleza se convierte en un protagonista más de la acción. "En las hondonadas de los páramos, igual que en esos valles, crecían y florecían árboles y arbustos..." La historia de la ciudad, las guerras, las circunstancias militares y las victorias navales, se reflejan también para proporcionarnos el adecuado telón de fondo. Especial énfasis se hace en el hecho de que los hombres y jóvenes se marcharan a servir en la armada durante los años de la guerra con Francia. De ese modo, advierte, las casas se quedan sin varones y son las mujeres el centro único de la vida en todos los contornos. Este matriarcado de hecho tiene importancia en el devenir de la narración. "Muchos campesinos robustos y jóvenes desaparecían del hogar paterno, y ni madre ni enamorada volvían a saber de ellos..."

La descripción inicial de la protagonista es ciertamente tierna: "Sylvia Robinson era hija única, por lo que mucha gente la tenía en más estima que los padres de la Virgen María a esta". Corre el año de 1796 y es la hija de un granjero que acostumbra a ir al mercado a vender mantequilla y huevos. En su primera aparición en el libro va acompañada de su entrañable amiga Molly. Ambas visten medias ajustadas, llevan zapatos de cuero negro y tacón alto, así como faldas escocesas y sombreros de fieltro negro. Un chal sobre los hombros, desde luego, porque todavía ninguna de las dos había accedido a tener el derecho a poseer una capa.

De esta Sylvia provinciana, ingenua y poco instruida, sin demasiados deseos de mejorar salvo con un matrimonio que sea conveniente, se enamoran, aunque puede parecer extraño si hablamos de una joven bastante normal, dos hombres. Son muy distintos y la descripción que de sus caracteres se hace demuestra que, además, sus principios, actitudes e ideas no coinciden en nada. Ahí está el arponero Charley Kinfaid, arrojado y atrevido como su propia profesión, y el comerciante Philip Hepburn, mucho más tranquilo, más apegado a la vida cotidiana y el único hombre en un universo de mujeres pues, por su propio trabajo, se iba a quedar en el pueblo cuando todos marcharan a la guerra. La guerra es, por supuesto, la napoleónica y formará el marco en el que los sentimientos se mueven y los desenlaces se suceden.

Literatura victoriana en estado puro.

Los amores de Sylvia. Elizabeth Gaskell. Grandes Clásicos Mondadori. Traducción y prólogo de Damián Alou. Mayo de 2010.

Otro día de llanto


(Crying girl. 1963. Roy Lichtenstein)

La azotea parece un mirador.  Rodeada de almenas, un castillo, de azul una princesa. En una de las esquinas hay una espadaña pintada de azul. Es el azul de ese mar del fondo. El azul que remata la cal de las paredes. El azul de otros ojos. Azul, inmenso azul. Turbio azul de las noches en vela. 

Este banco de piedra es un testigo mudo y, si sucediera un crimen, nada diría. Está gastado por todas partes y parece mentira que puedas sentarte y no se te deshaga entre los dedos. Conserva una solidez ficticia. Es el banco de las lágrimas. Porque llorar se oculta a los ojos de todos. Porque se sorbe el llanto con los dedos. Porque se encoge el alma y nadie lo percibe. 

Una noche de insomnio y el mar enfrente. Te deslizas delante de su estampa y se vuelca hacia dentro esa grandeza única. Aquí, en la azotea, un alminar de gestos incompletos, una estancia fugaz, una mentira nueva que recuerdas sin que nadie te nombre. Abajo, hacia la luz, se encuentra el paraíso de los ojos bañados, de las manos tendidas, de tus versos. 

Escribes unos versos y rompes los papeles. No quieres que se guarde la seña del dolor. Es mejor escupirlo, como si fuera sangre, como si fuera ardiente llama que despides sin saber que lo haces. Qué lentitud las horas, qué vagas las palabras, qué asiento duro y firme el que te acoge siempre...La cal que se deshace entre tus dedos, el azul del entorno y del paisaje, la voz queda de quien no está presente...toda tú, en día de llantos, en tu inmenso castillo abandonado. Otra parte del sueño se ha escondido. 

jueves, 24 de agosto de 2017

"Espérame en la última página" de Sofía Rhei


!Cuánto bien hacen estos libros mal llamado ligeros, que se leen en el verano, en esos momentos de no es no, de nada es nada, de silencio o de depuradora!

Este es, precisamente, el caso de Espérame en la última página. Un libro que contiene otros libros y que guarda, sobre todo, una historia. La de Silvia Patiño. Como suele ocurrir con las buenas chicas, ella está enamorada desde hace años de un simpático canalla, Alain, casado con Giulia por más señas. Ella, Giulia, es, según Alain, una malvada bruja que le impide separarse, lo que conviene bastante a las intenciones de este Don Juan, que disfruta así de, al menos, dos mujeres. 

Cuando encontramos a Silvia ella vive en París y tiene allí a una amiga del alma, Isabel, mamá soltera de una niña de doce años muy lista e ilustrada, Isolde, a quien le pirra el cuento de El Príncipe Feliz. También tiene un trabajo y un jefe, Monsieur Lestaing, en horas bajas, y unas compañeras de trabajo entre las que hay de todo: Clothilde, felizmente casada con André; Mathilde, que encontrará el amor durante la trama y la antipática Sabrine. 

Los continuos engaños y manipulaciones de Alain ya tienen un poco cansada a Silvia. Sus amigos conocen la historia y saben que es absurdo esperar nada de un tipo así. De manera que ella ha llegado ya al extremo de tener que mentirles y no contarles nada de lo que le sucede. Eso le resulta triste y hace que se sienta sola. Alain, una vez y otra, la va decepcionando cada vez más. Y los tranquilizantes hacen su aparición. Y la desesperanza. Con aire de humor y sin caer en la tragedia, pero la situación es muy difícil para Silvia. 

¿Qué salva esta tristeza? Los libros. Silvia ama los libros y la lectura. Tiene sus estanterías llenas de cuentos infantiles y de libros que la han acompañado siempre. Y los libros surgirán como hadas para que logre ver un camino más feliz del que sigue desde que conoció a Alain. Será su amiga Isabel (ah, esas amigas íntimas, amigas del alma, que están siempre al quite), la que le hable de Fingal O´Flahertie, un irlandés que para en la Rue des Beaux-Arts y que trabaja la curación por los libros. El encuentro de Silvia con este curioso irlandés (no desvelaré su verdadera identidad) termina de cerrar el círculo sobre el poder sanador de la literatura. 

A la resurrección de Silvia contribuirá, cómo no, un tipo atractivo y honesto, Odysseus Thanos, que borrará con eficacia los malos recuerdos del tal Alain, quien, al final, en justo castigo, como en los cuentos de hadas, se quedará compuesto y sin pareja. 


Espérame en la última página es una novela escrita por Sofía Rhei (Madrid, 1978), autora de cuentos, libros juveniles y libros de poemas. Ha sido publicada en 2017 por Plaza y Janés, del Grupo Editorial Penguin Random House, con sede en Barcelona. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

"Mujeres que compran flores" de Vanessa Monfort


Están de moda las novelitas románticas, dicho sea sin ánimo peyorativo. Las hay dirigidas a jovencitas, algunas de las cuales hacen furor entre ellas e incluso puede que se escriban a modo de adaptaciones de clásicos. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, que se reescribe en todos los tonos y ambientes posibles. Un Darcy no es poca cosa. 

Luego están las novelas como estas, que hablan de mujeres y que leen, básicamente, mujeres. Son novelas con un mensaje positivo, de superación, de búsqueda de la felicidad, de logro de retos. Son novelas que no hacen daño y que, quizá, por un momento, tras leerlas, te dejan el espejismo de que un mundo mejor es posible. Cosa que, desgraciadamente, se evapora en cuanto sales a la calle y aspiras el aire viciado o limpio de la ciudad o el campo. 

Pero está bien que haya de todo y no ha de ser la reflexión sesuda la única que ocupe las estanterías de las librerías o las mesas expositoras de los grandes almacenes. Hay un condición sin la cual no se puede leer ningún libro, esto es, que esté correctamente escrito y esta suele ser la piedra de toque de estas obras (y de muchas otras con tramas más peliagudas, hay que decirlo). Ese es el problema y esa la falta de credibilidad de muchas de ellas. Al calor de este nuevo romanticismo urbano ha surgido un importante número de escritoras, algunas provenientes del periodismo o de la televisión, que publican historias intercambiables. Puede uno atribuirlas sin criterio a tal o cual, porque no se distinguen entre sí, no tienen, por así decirlo, voluntad de estilo propio. Son novelas de consumo y pare usted de contar. 

Una de ellas es esta de Vanessa Monfort (Barcelona, 1975), que lleva ya unos cuantos premios y tiene consideración entre este panorama que citamos. El Ingrediente Secreto (Premio Ateneo Joven de Sevilla 2006), Mitología de Nueva York (Premio Ateneo de Sevilla, 2010) y La leyenda de la isla sin voz (Plaza y Janés en 2014. Premio Ciudad de Zaragoza. “Mejor novela histórica publicada en 2014”), un éxito de crítica editado ya en varios países y Mujeres que compran flores (Plaza y Janés, 2016) que en sólo 5 meses alcanzó la 7ª edición en España y se lanzó en varios países.


Mujeres que compran flores cuenta la historia de Marina que se ha quedado viuda hace poco y tiene que lidiar con una vida que compartía con alguien antes de ahora. Esa ausencia tiene rastro en cada uno de los momentos que vive y por eso no sabe qué hacer. En un momento dado conoce a Olivia, que es la dueña de una floristería. La floristería de Olivia es algo mágica y se llama El jardín del Ángel. Allí, ayudando a Olivia, podrá conocer a otras mujeres, muy diferentes a ellas pero que son un poco los arquetipos femeninos que todos conocemos o creemos conocer. Por ejemplo, Cassandra, una obsesa del trabajo. O por ejemplo Aurora, una sufridora por amor, artista por más señas, sacrificada y absolutamente ciega a la forma en que su novio la utiliza. Y también Victoria, una mujer muy familiar y entregada, una mártir de la vida doméstica que necesitaría unas alas enormes para dar algún salto. 

Como vemos, nada nuevo bajo el sol. El relato de la historia se desliza correctamente pero también, ay, previsiblemente. Muchos adverbios acabados en mente, ya lo sé, pero es que la lectura del libro no te eleva a las cumbres literarias sino que te sitúa a ras de tierra, en una ventana de una cafetería mientras te tomas un café y contemplas la lluvia y las chicas con paraguas que cruzan la calle. Sin más.


martes, 22 de agosto de 2017

Spoiler


Grace Kelly lee el Harper´s Bazaar y engaña así a James Stewart, porque la moda es para él algo ajeno y prefiere la aventura. Ella está enamorada pero no puede evitar dejar a un lado una revista sobre el Himalaya y volver al paraíso del lujo y del glamour. Esa es la mirada que identifica el placer de contemplar cosas bonitas. En La ventana indiscreta, la película estadounidense de 1954 dirigida por Alfred Hitchcock, basada en el cuento de 1942 It Had to Be Murder, de Cornell Woolrich, que ambos protagonizaron, no hay lugar para el spoiler, más bien todo lo contrario. Desde el principio sabemos que hay un crimen y un asesino. La única duda es cuánto tiempo tardarán en convencerse los demás. Y hay otra duda, no menor, que reside en descubrir por qué James Stewart no se da cuenta de que está enamorado de la chica y de que no necesita que ella gane un premio de alpinismo para poder ser felices. Un hombre empeñado en no ser feliz es un hombre peligroso que va a terminar solo o a manos de cualquier depredadora dispuesta a hacerse pasar por tonta, incluso a serlo. 

Pero, en la vida real, el spoiler es un lugar común, un hecho que se sucede a menudo, una situación conocida. Incluso una evidencia, una necesidad. Tus amigas te hacen spoiler. Cuando ven que tu historia se va despeñando por el precipicio del desasosiego ellas adivinan el final mucho antes de que ocurra, te advierten concienzudamente, te avisan con vehemencia, se enfadan contigo si no lo ves tú misma y, al final, recogen tus pedazos, los reconstruyen con abrazos y no te dicen "ya te lo advertí" (aunque lo harían con ganas) sino "paciencia" y "te quiero". Antes de eso quizá usen repetidas veces los socorridos (y por desgracia, ciertos) apelativos de canalla, manipulador, egoísta y falso. Pero luego, cuando el barco, que eres tú, se hunde del todo, ninguna de ellas te recordará la fealdad sino que intentará que suene una música Hechizo de Luna y que haya un vestido fastuoso para recorrer la ciudad sobrevolando el terreno pantanoso.

Todo sería mucho más fácil si, como hace el prologuista del libro de Elizabeth Gaskell Los amores de Silvia (en la edición de Mondadori, lujosa y cara), te suelta el desenlace, te cuenta con detalle el final y te deja con la boca abierta. No tengo a mano su nombre y tendría que subir la escalera para escribirlo, así que no merece la pena, salvo para dejar claro que me ha fastidiado mucho que se cargue mi interés por Philip y su peripecia. En la vida real, no la virtual, ni la de las ondas, ni la del móvil, sino la otra, la de cada día, la cotidiana, la de "me duele aquí" o "dónde estás", en esa vida el spoiler te libraría de la opresión y de los sueños mal construidos. Pero aquí, estimado prologuista, sobraba del todo. 

Dice Gaskell en Hijas y esposas (su obra maestra) que el sentido común, la inteligencia, el razonamiento, han de primar por encima de los sentimientos y las emociones. De esa forma, afirma, la vida no se convierte en un naufragio porque puedes tener la suerte de que encuentres a gente que escriba con renglones derechos y con letra clara, pero también puedes tener la mala suerte de que esa gente que encuentras trace las palabras con tinta simpática, invisible, china o de mala calidad. El spoiler es la única solución para evitar tropezones, dolores de estómago, enfermedades del desánimo y sueños abocados al cubo de la basura, sea este de plástico, de hormigón o de metacrilato. 

Hay un modo de spoiler de último recurso: las habladurías, los chismes, los cotilleos, los voy-y-traigo de la gente que está decidida a informarte de todo lo peor. Nunca lo hacen por tu bien y te convierten, sin tú quererlo, en daños colaterales que nadie compadece. Pero para hacerles caso tienes que tener el corazón de piedra pómez y, si eso ocurre, ya no necesitas spoiler. Sencillamente, nunca caerás en la trampa de pensar bien de los demás. 

sábado, 19 de agosto de 2017

"Harriet" de Elizabeth Jenkins


Intenso, demoledor, desasosegante, duro, frío, terrorífico. El libro de Elizabeth Jenkins te ofrece un comienzo engañoso. Parece que todo se reduce a una muchacha mal dotada intelectualmente, pero con dinero, y a un tipo egoísta y necesitado de pasta. Pero no es verdad. Nada es tan sencillo. El juego de personalidades enfrentadas en esta novela exigiría un estudio psicológico y mucho tiento para discernir a qué se debe la extraña relación entre los hermanos Oman, Lewis y Patrick; o la soterrada envidia plagada de angustia que vive Alice en relación con Harriet; o el papel de Clara, obtusa, sumisa pero, al fin, liberada del peso de un enorme secreto.

Harriet es una chica acomodada por la herencia de su padre. Su madre está casada en segundas nupcias y trata cariñosamente a su hija, comprende sus limitaciones, acepta sus caprichos y sabe que, en el fondo de su cerebro opaco, hay bondad y deseos de ser feliz. Quién no quiere casarse de blanco y con sedas...

La madre de la muchacha sospecha, sin embargo, que nadie se acercará a su hija con buenas intenciones. Y teme que, si aparece en el horizonte uno de esos tipos relamidos y manipuladores, ella caiga sin remedio, porque sueña, esa facultad que no ha perdido y que la va a abocar a la desgracia. Permitirse soñar es un lujo si una no es suficientemente avispada.

Por eso su madre luchará con todas sus fuerzas para evitar que caiga en manos de un atractivo caza fortunas sin escrúpulos. No logrará nada. Esto no es Washington Square y lo que allí se desliza con lentitud segura al melodrama casi feminista, con esa sutil venganza de la heredera, aquí es suciedad, miseria, canallada en estado puro. Lo que Lewis y su hermano Patrick hacen con Harriet, con la ayuda de Alice y de Elizabeth es, sencillamente, un crimen.

La novela se escribió en 1934 y constituyó un enorme éxito. Recreaba un hecho real, eso que tanto gusta a los públicos e incita a los escritores. El misterio de Penge, así llamado, asombró a la sociedad victoriana allá por 1877. Pero las historias de seducción y engaño son el pan nuestro de cada día y la búsqueda de una buena posición económica por parte de los desaprensivos no deja de ser un lugar común que pervive hasta nuestros días. Un hombre guapo y sin dinero siempre tiene la tentación, sobre todo en esos tiempos en los que el beneficio era poco y el oficio ninguno, de lanzar la red para que caiga en ella alguna mujer inocente, crédula y, por supuesto, con una buena dote económica. Lo que no es tan usual es el encarnizamiento con que Harriet es tratada, la forma cruel y devastadora en la que ella y su hijo sucumben a la maldad de los otros.

Comienza siendo una historia de casamientos y amoríos para terminar en un drama judicial, condenas incluidas. El mal sabor de boca que nos deja a los lectores las acciones llevadas a cabo por esa banda sin principios, que en ningún momento es capaz de sentir culpabilidad por lo que han cometido, es mérito de la autora, que conduce la narración de la forma más verídica posible. No hace falta, no obstante, añadir demasiado. Este es uno de esos casos en que lo hechos hablan por sí solos. 

Harriet de Elizabeth Jenkins. Ediciones Alba. Colección Rara Avis. Traducción de Catalina Martinez Muñoz. Septiembre de 2013

Elizabeth Jenkins (1905-2010), tuvo padres ilustrados y una buena formación. En la Segunda Guerra Mundial asumió un activo papel ayudando a refugiados judíos y a víctimas de los bombardeos en Londres. Además, fue una de las fundadoras de la Jane Austen Society. Escribió las biografías de Jane Austen, Lady Carolina Lamb, Henry Fielding e Isabel I de Inglaterra. 

Su primera novela fue Virginia Water, 1929. A continuación escribió Harriet, que recibió importantes premios y tuvo una acogida fenomenal. Siguió escribiendo novelas hasta su muerte, con ciento cinco años. 

lunes, 14 de agosto de 2017

"Amy e Isabelle" de Elizabeth Strout


Elizabeth Strout es la autora de Me llamo Lucy Barton que aparece reseñado en otro lugar de este blog. Nació en Maine, en 1956, pero vive en Nueva York desde hace años. Esta es su primera novela. Hay que recelar de las "primeras novelas" que salen a la luz ante el éxito de las segundas o terceras. Pero, en este caso, no hay motivo. Amy e Isabelle es aún mejor que Me llamo Lucy Barton. Especialista en relatos y cuentos que publica en revistas y que la han llevado a ganar el Premio Pulitzer (Olive Kitteridge), su personalidad a la hora de escribir hace el efecto de una llama que atrajera a las mariposas. Es, sencillamente, única. 


En Amy e Isabelle se cuenta la historia de una madre y una hija, pero también la de toda una comunidad. Los personajes que transitan por el libro no son felices y ninguno hallará más que una especie de rutina confortable a lo largo de su vida. No hay falsas esperanzas, no hay optimismo. Tampoco desesperación, sino el transcurso ritual de las horas y los días, al abrigo de un pequeño pueblo en el que se sabe todo y en el que todo tiene un sentido propio, que muchos desconocen. La mirada de Strout es compasiva. Entiende las reacciones de la gente, a veces terribles; entiende los defectos y los malos actos. Pero no deja de observar y de sacar a la luz toda la podredumbre que, a veces, encierra el alma humana. La vida cotidiana exige valentía y eso es lo que relata, al fin y al cabo, la autora en este libro. 


Isabelle guarda una historia dura y lleva una vida de mierda. Ambas circunstancias definen su conducta y también sus pensamientos. Ya no puede permitirse soñar pero Amy, su hija, es un hilo de luz aunque ella no quiera admitirlo. Por eso se destroza el precario equilibrio que existe entre las dos (como suele ser común entre madres e hijas) cuando la madre descubre que tiene relaciones con un profesor de matemáticas. Amy no ve nada sucio ni turbio en esas relaciones y nosotros, los lectores, nos quedamos sin saber qué piensa él de todo eso. Solo conocemos lo que hace, intimar con Amy, besarla cada día, llevarla a casa, hacer que conciba ilusiones y, por fin, tener un acercamiento sexual que es descubierto accidentalmente por el jefe de Isabelle, el hombre por el que ella suspira sin motivo. 


La reacción de la madre será doble: contra el hombre que ha abusado de su hija, según ella piensa y contra su propia hija a la que ve en peligro de ser lo que ella misma es, una mujer sin ilusiones y sin vida. Por eso tomará las tijeras y arrasará con aquello que Amy más valora, lo que la convierte en una chica diferente a las otras, lo que la singulariza: su pelo. El hombre se marchará sin decir adiós y nunca sabremos qué pensó, por qué lo hizo, qué sentía. Un canalla, un solitario, un enfermo, un sentimental...Eso queda en el aire y nada nos acerca a su pensamiento. Salvo que se marcha del pueblo para siempre y nunca contestará la llamada ansiosa de Amy que no es capaz de dejar de pensar en él. 


Aunque tarde, Isabelle aprenderá algunas lecciones: que los hijos no son una continuación de los padres ni están condenados a pagar por sus pecados; que existen amigas que no pedirán nada a cambio por compartir una noche de pijamas; que la soledad pueda llevar a engaño y a pensar que un hombre es más de lo que es y más de lo que sueñas. Por su parte, Amy, abrirá la puerta de la adultez a través de este enfrentamiento con su madre y entenderá que ha vivido una realidad distinta a la del profesor y, sobre todo, buscará en su "otra familia", algunas razones que todavía no entiende. 



Amy e Isabelle. Elizabeth Strout. Seix Barral. Biblioteca Formentor. Traducción del inglés por Juan Tafur. Mayo de 2017. 

(Ilustraciones de la película de TV del mismo nombre de 2001 y foto de la autora y el libro)