domingo, 24 de junio de 2018

"El tren de las 4.50" de Agatha Christie

La mansión de los Crackenthorpe tiene problemas domésticos. ¿Y quién no? diría mucha gente. Es un caserón grande y viejo en el que vive el anciano Luther Crackenthorpe con algunos de sus hijos. Otros, van y vienen, quejándose continuamente de que su padre tiene el dinero bien atado y de que, hasta que no se muera, no va a soltar las cuerdas de la bolsa. 

En otro lugar de la geografía inglesa, Londres, la señora Elspeth McGillicuddy ha terminado sus compras de navidad. Cuidando mucho los gastos ha logrado adquirir un detalle para cada uno de sus sobrinos. En la estación de Paddington toma un tren en primera clase, el de las 4.50, con paradas en varios pueblos de la campiña inglesa, uno de ellos cercano a Saint Mary Mead, donde vive su amiga de toda la vida, la señorita Jane Marple. 

Una circunstancia excepcional, que recuerda a los testigos oculares del asesinato que se juzga en "Doce hombres sin piedad" (esto es, ver un crimen a través de las ventanillas de un tren en marcha), la pone tan nerviosa que termina logrando la intervención de su amiga Marple en el misterio. 

Y entonces surge ella, uno de los personajes más simpáticos y atrayentes de Agatha Christie, Lucy Eyelesbarrow, una licenciada en matemáticas que se dedica a trabajar en el servicio doméstico, porque allí ha encontrado una forma de desarrollar su amor por el orden. Será Lucy la comisionada por la anciana Marple para que husmee en la mansión Crackenthorpe a ver si encuentra un cadáver. 

He aquí el planteamiento de la historia, cuyo desenlace no descubriré por si, algo asombroso desde luego, hay alguien que no ha leído el libro. En este caso tiene una gran suerte. Porque ahora tiene una nueva oportunidad de leerlo en esta edición que saldrá en estos días, remozada y recién traducida. Una joya y una delicia. Cuántas horas de tristeza convertidas en entretenimiento y cuántos malos ratos sofocados entre sus páginas...He aquí la enorme inteligencia de Christie y su genial manera de hacernos entrar en un paisaje que, sin lugar a dudas, no es solo literatura sino, sobre todo, imaginación. 

Jane (Austen) enamorada



(Mary Freer, by John Constable 1809, Yale British Art)

En enero de 1796 Jane Austen escribe una carta a su hermana Cassandra, que estaba pasando unos días en Berkshire, en casa de sus futuros suegros, los señores Fowle. La carta, que es la más antigua de las que se conserva, es muy interesante. Ella tenía veinte años recién cumplidos pues había nacido en diciembre de 1775.

En un cajón de su escritorio estaba guardado, y casi oculto, el manuscrito de Sentido y sensibilidad. Aún no era, en estricto, una escritora, aunque escribía desde niña. Pero esa carta tiene tantos matices, datos e ideas que merece la pena reparar en ella. Porque de su lectura, y de los hechos que después sucedieron, podemos deducir que uno de los protagonistas de la misma es, precisamente, el muchacho de quien Jane se enamoró.

Tom Lefroy, que llegaría ser un prestigioso abogado y miembro del Parlamento de Irlanda, confesó en su vejez que había amado a Jane y que únicamente su falta de fortuna y la dependencia económica que de él tenían sus hermanas y su madre le obligó a renunciar a ella. Ya sabemos que entonces las mujeres se aseguraban su subsistencia con un matrimonio adecuado o con un familiar que los protegiera. Pero también a los hombres les ocurría igual y Tom Lefroy no fue libre para escoger esposa, como tampoco lo era Jane, cuyos medios económicos dependían de sus hermanos.

Esos veinte años de entonces eran edad suficiente para estar prometida e incluso casada. Así que Jane no era ninguna muchacha precoz en esto. Sí sorprende que contara en esa carta su "relación" con Tom Lefroy en términos tan divertidos y tan llenos de naturalidad. Ese mismo carácter que ella otorga a sus heroínas, especialmente a Emma y a Elizabeth Bennet, se deja traslucir en sus afirmaciones. Le cuenta a Cassandra las vicisitudes de un baile al que acudió y en el que estaba Lefroy, detallando las veces que bailó y con quién, cómo era el resto de la concurrencia y algunos chismes más que llenarían, sin duda, de picante, el desarrollo de la reunión. Su desenfado no impide que se reconozca en la carta la ilusión que le producía la presencia de Lefroy. Sin duda, Cassandra, que la conocía bien (al ser las dos únicas niñas de la familia tenían una intimidad especial, algo que nunca logró con su madre), supo leer en su relato que Jane estaba enamorada.

Pero esa especial manera de distanciarse de lo trágico e, incluso, de lo romántico al uso, que tenía Jane y que aparece en sus obras, hace que los comentarios sobre su enamorado no estén exentos de humor inteligente : ”En realidad sólo tiene un fallo, que confío en que perderá con el tiempo: el color de su abrigo es demasiado llamativo. Es un gran admirador de Tom Jones y, en consecuencia, me imagino que usa la misma ropa colorida que él luce cuando lo hieren".

La referencia a Tom Jones, la obra de Fielding, no debe ser pasada por alto. Se trata, como sabemos, de un texto que trata de forma cándida y cómica la atracción sexual, los hijos bastardos y la hipocresía de los párrocos. Los pecados de la carne aparecen reflejados de una forma abierta y la mezquindad de aquellos que se sienten dueños de la verdad, también. El hecho de que sea evidente en su carta que Jane y Tom habían comentado la novela tiene muchos significados pues abunda en la idea que transmiten las obras de Austen de abandonar toda propensión a juzgar a los demás por cuestiones morales. Lo que no es poca cosa en esos años, desde luego. Su carácter pionero desde el punto de vista intelectual y de las relaciones sociales y personales, ya aparece, por tanto, reflejado con exactitud en esta carta.

El contenido de la misiva convierte a Jane Austen, por primera y casi única vez, en la protagonista de una historia amorosa. Sabemos que sus esperanzas no se verán cumplidas. La familia de Tom Lefroy, advertida sin duda de la atracción entre los dos jóvenes, se lo llevará cuanto antes de allí y evitará, en lo sucesivo, que se encuentre con Jane. Algo parecido hará Fanny Ferrars con su hermano Edward cuando descubra la especial amistad que lo une a Elinor Daswood. Jane será consciente de lo que ocurre, sin duda, pero su carácter propenso a una sana alegría y a un sufrimiento siempre matizado por la racionalidad, no le permitirá entregarse al dolor sino sobrellevar su existencia del mejor modo posible. Será el manuscrito guardado en el cajón el que decidirá su futuro. El matrimonio y los hijos no estaban en su destino. Pero quizá esos días en los que atesoró un amor apasionado, en el que no faltarían, a buen seguro, besos, pulsos acelerados, llama viva de deseo, respiraciones agitadas, quedaron en su memoria para siempre. Y también el dolor punzante de la ausencia, de la pérdida, del adiós.

No es de extrañar, por tanto, que su escritura refleje tan fielmente el flaco favor que la economía de las familias y la necesidad de un buen matrimonio causaban al amor verdadero. Ambos, Lefroy y Jane, habían crecido con el mismo y pésimo hábito de sacrificar el amor en aras del consentimiento familiar y este solamente tenía como fin la pura conveniencia. Por eso quizá se permite hacer en sus obras juegos malabares con las relaciones entre los hombres y las mujeres. Quizá la huida de Lydia Bennet con Whickham esté en el fondo. O la forma en la que Marianne Dashwood decide unirse al coronel Brandon para no ser una solterona sufriente por un hombre que no la merecía. O, sobre todo, la alegre conformidad de Elizabeth Bennet cuando observa que Darcy no la encuentra lo suficientemente guapa como para estimular su deseo de bailar.

Siempre he pensado que, en lo tocante al carácter, Lizzy Bennet era su trasunto. Una mujer espontánea, divertida, alegre, alta y con buena figura (como se decía que era Jane Austen), con los ojos castaños y vivos (nada de ojos claros) y el pelo castaño sencillamente arreglado. Una mujer normal cuyas principales armas son el ingenio, la inteligencia, la vivacidad. La venganza de Austen estuvo, no cabe duda, en que esa mujer enamorara, y de qué forma, al prototipo del hombre elegante, guapo y rico, Darcy, nada menos.

Después del episodio de Tom Lefroy, Jane se dedicó a escribir con más frecuencia. Había aprendido en carne propia lo que significaba ser vulnerable sexual y sentimentalmente. Lo que era extasiarse ante un extraño que te hacía bullir la sangre o temblar de pies a cabeza. Había experimentado la contención, la posesión de un anhelo que nunca se cumpliría. Todo esto fueron enseñanzas que trasladó a su escritura. Quizá, en aquel año de 1796, ella, Jane Austen, hubiera dado todo el ingenio y el talento que poseía a cambio de convertirse en la señora de Tom Lefroy y en la madre de sus futuros siete hijos.

En lo que respecta a nosotros fue en octubre de ese año cuando comenzó a escribir, antes de cumplir los veintiuno, Orgullo y prejuicio que llevó, al principio, el título de Primeras impresiones. Y al año siguiente asumió la tarea de reescribir Sentido y sensibilidad, en su origen una obra epistolar titulada Elinor and Marianne. A continuación, escribió el primer borrador de Susan, que se acabaría llamando La abadía de Northanger. La pena, la tristeza, el desamor, de Jane Austen produjo tres espléndidas novelas en solo cuatro años. Todavía no había cumplido los veinticuatro.

sábado, 23 de junio de 2018

¿Qué habrás hecho ahora?


Tengo la sensación cierta de que meter la pata es una de mis especialidades. Y es algo cuyos motivos me gustaría descifrar. Saber de dónde he sacado ese conocimiento tan perfecto. Por qué echo a perder casi todo lo que toco. Incluso sin tocarlo, solo con el pensamiento. Es como lo de la electricidad estática. Tengo un nivel de electricidad estática por encima de la media. En realidad tengo muchas cosas por encima de la media, pero no todas ellas son útiles, ni se pueden contar. Enciendo la luz de una habitación, o lo intento, acciono el interruptor y la bombilla se funde. Así, automáticamente. Me pasa muchas veces. Y es por la electricidad estática. Soy una central eléctrica en continuo funcionamiento, una de esas de ciclo combinado que nunca se paran. Y, vuelvo a preguntar, desconozco el motivo. Quizá tendría que ir a un especialista, un psicólogo conductista, una de esas expertas en constelaciones familiares, en flores de Bach, o en yoga, algo que me aclare mi papel en el mundo. En todo el mundo, no solo en el pequeño, mínimo y doméstico mundo que habito. Que habito y que apago cada vez que intento encender la luz. Eso es una metáfora o una señal. Quiero luz y me quedo en las sombras. Que alguien lo descifre si puede. 



Me pasa a menudo con mis amigas. Tener amigas es muy difícil, es más, no estoy acostumbrada a tenerlas. Mis amigas son eso, presuntas amigas, no amigas de esas que puedes molestar a cualquier hora con una llantina sobrevenida. Son amigas tan ocupadas que me tratan como si fueran un médico que reparte citas. No amigas de verdad como las que veo en algunas películas que está la protagonista llorando, feísima, tirada en la cama, incluso borracha a base de gin tónics consumidos en la peor soledad, y entonces llama a una amiga y va la amiga y se planta en su casa. Como las películas suelen ser americanas, plantarse en la casa de alguien a cualquier hora tiene mucho mérito. Bueno, pues en esas películas las amigas cogen un coche, incluso el metro, el bus o un funicular (hay muchas películas con funiculares, casi todos los funiculares tienen su película) y llegan a la casa, abrazan a la amiga sufriente y esta les cuenta cosas. Suelen ser penas de amores, para qué engañarnos, porque nadie sufre por otros motivos. Y, si sufres por otros motivos, es que estás aprovechándolos para llorar por amor. Eso es así y no hay quien lo discuta. 

Las amigas de las películas americanas se solidarizan unas con otras y se ponen a comer chocolate y palomitas sin venir a cuento, engordan todas a la vez y se lamentan en coro de la mala suerte que tienen con los hombres. Y ellos siempre tienen la culpa. Pero mis amigas no son de película americana y tienen la fea costumbre de intercalar sus propias cuitas cada vez que yo intento colarles alguna jeremíada. Si, claro, lo tuyo es fuerte pero ¿y yo?



Con los amigos meter la pata es más complicado. ¿Qué amigos, diréis? ¿Puede un hombre ser amigo de una mujer? Cada vez veo más claro que solo si uno de los dos es gay. Yo no soy gay, así que mi amigo ha de serlo por fuerza. Si no lo es, ya tenemos otro problema indisoluble. ¿O es insoluble? Creo que los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. O, si lo son, es porque han sido amantes y pretenden perpetuar una relación ya acabada. Yo no conservo ninguna amistad con ningún ex. Es más, no quiero verlos ni en pintura. 

El motivo es que los amantes tampoco son lo mío. Y es debido a que he visto muchas películas. El cine te deseduca terriblemente. Te convierte en una persona sometida a ejemplos poco edificantes y así nos va a las cinéfilas. Cinetontas. Las que no tienen esa rémora, ni ninguna otra, porque tampoco han perdido el tiempo leyendo, ni apenas estudiando, esas son las auténticas reinas del amor y el sexo, así todo junto. Mujeres que dominan la escena y que no se hacen mil preguntas acerca de esto o aquello. Tienen claro el objetivo. Este tío me gusta. A por él, que mañana puede ser tarde. Saben que el escote de pico les sienta mejor si tienen una talla cien. Saben que los tacones altos a ellos les pone cantidad. Saben casi todo lo que hay que saber y nos dan sopas con honda a las listas-insumisas-independientes, una especie que no tiene remedio y que nunca llegará a nada en lides amorosas.



Lo del cine tiene muchas lecturas. Depende bastante de la protagonista que cojas como referente. Si es, por ejemplo, Vivian, la de Pretty Woman, entonces tienes que buscarte a un tipo rico y guapo, pero, si ves que no tienes posibilidades de encontrarlo, puedes cambiar a Erin Bronkovich, que es la misma actriz, pero en fea y mal vestida. El consuelo te puede llegar de ver en la actualidad a Richard Gere, budista, con el pelo gris y haciendo obras de caridad todo el día. Otro referente que da quehacer es Scarlett O´Hara. Ese cinismo de viuda-bailando-vestida-de-negro todavía levanta resquemores. Tienes que tener unos maravillosos ojos violeta o, en su defecto, una depresión de caballo. 

Yo soy una experta en fastidiar mis relaciones sentimentales. Todas. No he dejado ni una viva, por eso debería escribir un libro que se llamara “Cómo cargarte un amorío en diez pasos”. Digo diez porque menos no ocuparía ni veinte páginas y no sería un libro sino un folleto publicitario. Pero tengo la extraordinaria virtud de conseguir ese efecto en dos o tres pasos. 

Nuestro problema es la normalidad, querida, avisa mi voz interior, la gente normal no pita en ningún sitio. Yo buscaría el modelo en Bridget Jones, porque va subiendo de edad en cada entrega, no tiene la talla 38 y es igual de desastre.


viernes, 22 de junio de 2018

Periodismo low cost


Aprendí a leer leyendo el periódico. No porque fuera una inmigrante, como esa señora Smith de "El cuarto poder", sino por la sencilla repetición de un rito: todos los días mi padre llegaba a casa con el periódico. Todos los viernes traía también un semanario local. Y todos los sábados, además, las revistas que a mi madre le gustaban, muchos tebeos para nosotros y los libros y suplementos que el periódico solía acompañar a su edición de los fines de semana. 

El momento de su llegada era glorioso. Nos abalanzábamos sobre él y repartíamos las hojas del periódico, haciendo apresurados turnos. Cuando pude conseguirlo, pasar las páginas del periódico la primera, sin que nadie tuviera ese privilegio antes que yo, me parecía la gloria. Todo esto quiere decir que nos hemos criado en la creencia de la que la prensa era confiable, que tenía la voz que nosotros no podíamos alzar y que nos representaba de algún modo.


Al crecer, los debates y discusiones en torno a las noticias y a los acontecimientos eran una constante en mi casa familiar. Comenzaban los fines de semana después del desayuno, que se prolongaba en una confortable sobremesa, y las opiniones eran a veces tan dispares que no todo se producía en un ambiente tranquilo, más bien lo contrario. Pero era la prensa el punto de partida, las noticias, opiniones, ideas, informaciones, nuestro sustento. 

Desde ahí dimos el salto a la literatura pero nunca dejamos atrás ese hábito diario de leer el periódico, de bucear en la actualidad a través de esos intermediarios, los periodistas, en los que creíamos y en los que depositábamos una confianza que los hacía cercanos y capaces. Algunos editoriales impactantes, el nacimiento de periódicos nuevos, los hitos informativos, todo eso se desmenuzaba y nos convirtió a los hermanos, a los nueve, en personas críticas, originales y con criterio. Esa enseñanza fue fundamental para nuestras vidas. 



Como cinéfilos que éramos, herencia familiar también, nos adentramos en el género periodístico llevado al cine y ahí pudimos entender algunos entresijos, ese apartado épico que define a la profesión cuando defiende la verdad. Mitificamos la prensa a través de algunos periodistas que no dudaron en dar la cara en los malos momentos. Así llegamos a gente como Chaves Nogales y a Émile Zola, cada uno de ellos por motivos diversos. El periodismo nos había ganado para su causa. Y nada hacía pensar que fuéramos a abandonarla. 

Hasta ahora. 


Ya no leemos periódicos con la convicción de que ahí están algunas verdades. Nos alejamos cada vez más de los periodistas, vendidos al mejor postor, cobardes, ausentes, callados o revueltos, azuzando a las masas en lugar de repartir serenidad y mesura. Ya no somos lectores de periódicos, nos han expulsado de los medios, nos han condenado al silencio informativo porque ya no hay quien escriba nada que nos interesa, nos conmueva, nos emocione. Porque no hay verdades, sino posverdades. Porque no hay literatura de prensa, sino frases hechas. Porque no hay sorpresa, sino afirmaciones continuas. Porque todos llevan el carnet en la frente y la idea en el bolsillo. Nos han echado después de tantos años. Nuestros hijos observan esa desafección y han dejado también de creer. Es un periodismo barato, un periodismo low cost sin estilo, sin categoría, sin autenticidad, sin valentía, sin valores. No os creo a ninguno, no os creemos, no nos decís nada que nos sirva. Nos habéis decepcionado. 

jueves, 21 de junio de 2018

Jane Austen y la lectura de novelas


(Bárbara Laage, París, 1946)
Novela, sí. ¿Por qué no decirlo? No pienso ser como esos escritores que censuran un hecho al que ellos mismos contribuyen con sus obras, uniéndose a sus enemigos para vituperar este género de literatura, cubriendo de escarnio a las heroínas que su propia imaginación fabrica y calificando de sosas e insípidas las páginas que sus protagonistas hojean, según ellos, con disgusto. Si las heroínas no se respetan mutuamente, ¿cómo esperar de otros el aprecio y la estima debidos?...
Así se expresa Jane Austen, en primera persona, en su obra La abadía de Northanger. Sale a la luz su opinión mientras relata los gustos literarios de Catherine Morland e Isabella Thorpe.
Defiende con vehemencia el derecho de estas muchachas a leer aquello que más les guste y la necesidad de que los propios novelistas no abominen de lo que hacen. El alegato se pierde entre las páginas del libro y puede pasar desapercibido si no se hace una lectura atenta. La suave brisa parlanchina que aletea sobre Austen oculta a veces el interior. No hay que permitir que eso ocurra. 
Por otra parte, dado el tono mordaz, risueño, divertido e irónico que impregna el libro, no deja de resultar llamativa esta intervención casi gremial que hace la autora. Esta llamada al sentido común de sus colegas, los escritores. Y, en este otro sentido, sigue pareciendo una curiosidad el hecho de que sin tener ningún libro publicado (pues La abadía de Northanger estuvo dispuesto para ello antes que ninguno de sus otros libros pero el desprecio del primer editor lo condenó al silencio durante años… y terminó siendo publicado póstumamente) ella ya se considere a sí misma “escritora”.
La conciencia de autoría, el orgullo por el trabajo que realiza, son tan potentes en Austen que llaman la atención poderosamente. Según ella, no es escritor el que publica (como dicen muchas voces), sino el que escribe, independientemente de que tenga o no público, de que sus obras vean o no la luz. Es cierto que en algún libro de memorias escrito por familiares se dice que era una persona sencilla, que escribía para entretenerse y bla, bla, bla. Nada más erróneo que esto, nada menos cierto. Por eso causan tanta extrañeza estas opiniones de los que eran sus allegados. 
La crítica literaria recibe, en este fragmento del libro, una buena andanada:

Dejemos a quienes publican en revistas criticar a su antojo un género que no dudan en calificar de insulso, y mantengámonos unidos los novelistas para defender lo mejor que podamos nuestros intereses.
Un discurso profesional, tanto como político. Alude a una supuesta comunidad de intereses entre escritores, algo que no existía en aquel momento, presidido por feroces individualidades; no distingue sexos, cosa harto compleja y, además, larga contra los críticos la advertencia de su dudosa labor. Nada nuevo bajo el sol, en este caso. Y no falta la argumentación de su defensa de la novela. Una argumentación que se basa claramente en una cuestión difícilmente rebatible: el placer que la lectura de novelas proporciona a los lectores.
¿O he de decir a las lectoras?

Representamos a un grupo literario injusta y cruelmente denigrado, aun cuando es el que mayores goces ha procurado a la Humanidad. Por soberbia, por ignorancia o por presiones de la moda, resulta que el número de nuestros detractores es casi igual al de nuestros lectores.
Resulta de interés el convencimiento expresado por la escritora de que las personas que leen novelas, aun extrayendo de ello el máximo placer, suelen ocultar estas preferencias y aludir a otro tipo de lecturas más conspicuas o consideradas socialmente más elevadas desde el punto de vista intelectual.
Esta clase de mentiras, seguramente usuales en aquel tiempo, podía aplicarse ahora a la lectura de determinados libros, considerados menores por aquellos que se llaman a sí mismos gurús de la cosa literaria. Por ejemplo, las propias novelas de Austen, consideradas como “románticas”, “femeninas”, y otros apelativos nada adecuados, por cierto, a partir de las opiniones de reductos conservadores que no han leído sus libros precisamente por considerarlos propios de mujeres. 
Si preguntamos a una dama: “¿Qué lee usted?” y ésta, llámese Cecilia, Camilla o Belinda, que para el caso lo mismo da, se encuentra ocupada en la lectura de una obra novelesca, nos dirá sonrojándose: “Nada…una novela”; hasta sentirá vergüenza de haber sido descubierta concentrada en una obra en la que, por medio de un refinado lenguaje y una inteligencia poderosa, le es dado conocer la infinita variedad del carácter humano y las más felices ocurrencias de la mente avispada y despierta.
Considerando que el libro estaba totalmente terminado en 1799 y que la autora había nacido en 1775, está claro que alguien que con veinticuatro años demuestra esta clarividencia y es capaz de formular opiniones tan rotundas, es una persona con suficiente talento, capacidad, inteligencia y valentía como para haber logrado completar una obra literaria de envergadura tal que su revisión a lo largo del tiempo la ha convertido en un hito fundacional y fundamental de la historia de la novela y, por ende, de la literatura.

domingo, 17 de junio de 2018

"Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo"



Leer un libro es como conocer a una persona. Observas su portada, su título, sus imágenes, los créditos, las fechas, la editorial, los autores, el traductor…Ves su rostro, sus ojos, la forma de mirar, cómo mueve las manos, cómo anda, qué clase de gesto compone al enfadarse, el color de su risa…

Pero luego abres páginas y empieza un recorrido plagado de inquietud. Las primeras son las decisivas. El comienzo, el primer párrafo, la primera frase. La primera cita, la primera llamada de teléfono, el primer mensaje…

En un momento dado estás ya en el primer tercio y has sobrepasado el límite de tu examen. Si has llegado aquí será que lo que queda te interesa, quizá sea de tu agrado. El nerviosismo cede, pero no la expectación, no la espera. Espera es una palabra unida siempre al conocimiento de alguien. Analizas la forma en que te ha recibido allá, en el local elegido, en ese ambiente que está fuera de ti y fuera de él. Te fijas en su despedida, en si aprieta tus manos o las deja caer, laxas, a lo largo del cuerpo. Te apropias de una parte del sonido de su voz, que será tuyo siempre, la forma en que te habla y te contesta…

El libro está a tu lado y ya no tienes miedo, sabe que continuarás leyéndolo y que serás capaz de terminarlo. Has captado gran parte de su esencia, se ha convertido en un lenguaje próximo, entiendes al autor, sabes qué ha escrito, por qué y cuánto de él hay en sus palabras, cuánto de ti en recibirlas y entenderlas. La otra persona ha abierto algunas cajas de secretos, algunas pequeñas confidencias se han desplegado ante ti, conoces algo que otros no se imaginan, su primera imagen se funde con la nueva, es alguien con un sentido propio, no es uno más, es parte de una cosa que llamamos vida. No es extraño, más bien es un trozo del decorado que elegiste y renuevas poco a poco…

Así llegas al final de la historia. El desenlace. Quizá te ha convencido y te ha dejado más ganas de leer al autor. Quizá te ha parecido flojo, decepcionante o demasiado simple. Entonces, adiós a otra oportunidad, a otra ocasión. Quizá te ha deslumbrado, te ha llenado de luces y entonces nunca se escapará de las manos. Es tuyo. El paso de los días te ha traído miradas que nunca esperaste, frases que se acomodan como un guante a las tuyas, sonidos que te adornan y hacen que creas en ti. O, tal vez, sin que puedas adivinarlo antes, las lágrimas te cercan y te anuncian que no es él, que no sirve, que no es nada, que es falso, que te vayas, que huyas. 


(El título es un verso de Luis García Montero. La fotografía es de Irving Penn)

Heterónimos


Durante muchos años solo escribía poesía. Está por ahí, oculta. Ni siquiera sé si es algo o es nada. El año en que conocí a Pessoa, era verano y fue en Baeza. Un curso de poesía mística en el que estaban también San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Ya no recuerdo si alguno más. Los santos eran conocidos, el portugués no, o apenas. Entraron en bandada todos los heterónimos y la clase se llenó de gente. Los profesores de la Universidad de Granada y de la de Lisboa se empeñaron en hacernos ver que no era un solo poeta ni un solo escritor, sino esa masa definida, esa maravillosa multitud que lo acompañaba. 

Eran días intensos de trabajo y de sol. El calor oscuro de Baeza, ese espacio misterioso rodeado de un mar de olivos, se deja sentir desde por la mañana. Las piedras resuenan al toque de las sandalias y caminar por allí, al mediodía, es cruzar el fuego. Las mañanas se ocupaban en escuchar lecciones magistrales de gente convencida, que afirmaba con rotundidad opiniones certeras y documentadas sobre libros que yo no había leído y que, quizá, al menos algunos de ellos, nunca leería. Me quedé con la imagen y el caleidoscopio y cuando el curso concluyó entendí que eran los heterónimos lo que más me había cautivado. 

Yo paraba en el Hostal Comercio, un sitio pequeño del centro, cuajado de recuerdos de Machado, y alternaba la relectura de esos versos tan conocidos desde niña con las novedades de Pessoa que el curso iba trayendo. En una ocasión uní dos de esos poemas, una frase de uno, otra frase de otro, e intenté mezclar a los apócrifos con los heterónimos saliendo una curiosa letanía que estallaba al pensarla. Ninguna cabeza joven está para tantos subterfugios. 

La mística vivía en el paisaje. Uno de los días subimos en autobús hasta Beas de Segura para oír de viva voz, en directo y en el sitio exacto, el canto de las monjas de clausura con las letrillas que San Juan había escrito. La subida en autobús fue una aventura porque un incendio asolaba Cazorla y lo íbamos dejando a un lado de la carretera. Éramos tan jóvenes que no tuvimos miedo, simplemente veíamos el humo y el eco de las llamas y seguíamos riendo en cascada mientras el autobús ascendía y dejaba atrás la llanura para adentrarse en el confín de árboles del parque natural. 

En el convento hacía frío. El pueblo era tan pequeño y en cuesta que nuestras sandalias se encajaban en las oquedades del suelo y estuvimos a punto de tropezar más de una vez. Llevábamos vestidos ligeros, con los brazos al aire, colas de caballo y algunos adornos en el pelo, al modo en que las veinteañeras salen a la vida, con poca ropa y muchos deseos. Las monjas nos escudriñaban desde el fondo de las celosías pero no pudimos ver a ninguna. Nos sentamos en ese ambiente fantasmal, sin rastro de figura humana, solo las imágenes de las hornacinas y, cuando el revuelo íntimo cesó, se elevó el canto, sonaron las voces y todos nos trasladamos, interiormente, a un lugar inaccesible, antesala del cielo debió ser. 

La noche antes de finalizar el curso la plaza cuadrada se llenó de  estudiantes. Estábamos todos allí pero no solos, también estaban ellos. Los heterónimos de Pessoa y los apócrifos de Machado. Sonaba sin oírse el ruido de fondo de las letrillas de San Juan y el calor seguía floreciendo como una obligación para impedir que durmiéramos. Un muchacho de tez oscura que venía del Levante me escribió una poesía y decía que yo tenía los ojos de luna. Guardé el poema en un libro de Pessoa que entonces no entendí y un día reaparecieron el libro y el poema. Cuando esto ocurrió había transcurrido el tiempo, los heterónimos no eran ya una sorpresa y yo empezaba a ser como Machado, solitaria y silenciosa, más cálida aún que las calles de Baeza. 


sábado, 16 de junio de 2018

Mavis Gallant: escritora en tránsito


     Mi último descubrimiento se llama Mavis Gallant. De vez en cuando me encuentro con un autor que me deslumbra, que me pregunta y responde, que me interesa. En este caso la publicación de la primera novela que escribió (de solo dos) en castellano, "Agua verde, cielo verde" (Impedimenta, mayo de 2018, con traducción de Miguel Ros González), ha sido el detonante. A partir de ahí he buceado en su obra y hallado una magnífica edición de sus historias cortas, "Los cuentos", que Lumen editó en 2009 traducidos por Sergio Lledó. Desde la literatura se llega a la vida y al revés. La existencia de Mavis Gallant (1922-2014) es tan esclarecedora como sus historias, la forma en la que ella denominaba al numerosísimo arsenal de cuentos que escribió, cien de ellos en  The New Yorker. 

     Su triste infancia es el primer escalón de una vida llena de desarraigo e inseguridades. Nació en Montreal aunque su madre era estadounidense y su padre británico. Él murió cuando era una niña y su madre volvió a casarse y prescindió de ella. Mavis decía que su madre era de esas mujeres que nunca debió tener hijos. Tampoco hubo hermanos y fue de internado en internado, de colegio en colegio, un total de diecisiete, durante años, hasta que decidió que lo que quería era ganarse la vida de algún modo para poder escribir, que era lo que deseaba más que nada. 

    Su trabajo alimenticio fue el periodismo y comenzó en el Montreal Standard. La mala suerte en relación con las personas la persiguió durante toda su existencia: su agente literario la engañó y su matrimonio duró apenas unos pocos años. La soledad parecía ser su destino, su santo y seña. Y todo eso lo volcó en los libros, como suele ocurrir con la mayoría de los escritores, porque escribir no es solo una ocupación, sino una forma de estar en el mundo. 

     Mavis Gallant siempre usó el inglés para escribir, uno de los dos idiomas que dominaba a la perfección porque siempre fue bilingüe. Consideraba al inglés el "idioma de la imaginación". Su lema de vida podía traducirse en esta frase "nada es seguro". La pérdida de su padre, de la que ni siquiera tuvo noticia en su momento para poder llorarla y hacer un duelo que la hubiera reconfortado; el abandono de su madre, que la dejó en manos de terceros; todo eso generó una carencia íntima, una falta de apego, que la acompañó toda la vida. Si no hubiera tenido talento literario, si no hubiera estado tocada por la varita mágica de las palabras, quizá la existencia de Mavis Gallant se perdiera por derroteros poco recomendables. Pero fue el talento el que la salvó, fue esa compensación de la naturaleza la que permitió que la creación la redimiera y, sobre todo, que vertiera en sus escritos, esas historias de las que ella hablaba en sus escasas entrevistas, toda la amargura, la decepción, el escepticismo. Un exilio interior que se convirtió en exilio físico. No era de ningún sitio. 

     Los ambientes literarios no eran lo suyo. Prefería, con mucho, escribir. Ella lo repetía continuamente. Escribir, escribir, escribir. Tampoco parecía interesada por los reconocimientos o premios. Fue tardíamente recompensada en Canadá, porque era una especie de exiliada. Tampoco era francesa, aunque vivió en París muchos años y allí eligió morir. En realidad, Mavis no era de nada ni de nadie y esta independencia se paga siempre muy cara, en soledad y en desarraigo. 

        Sin embargo, siguió escribiendo. Dos novelas, decenas de cuentos, alguna obra teatral, ensayos. Amén de sus artículos en periódicos y revistas. Todo ello constituye una obra de enorme interés, hecha con pasión y, a la vez, con el descreimiento de quien espera poco de la vida. Su disección de los personajes lleva consigo un bisturí implacable, una visión descarnada. No se hace ilusiones con respecto al mundo, ni se permite falsas esperanzas, pero todo ello lo transforma al estilo de los grandes autores: ver cualquier cosa y convertirla en palabras mayores. La creación literaria es eso: una manera distinta de mirar, una forma única de expresar lo que se ve y se siente. Eso hace Mavis Gallant, en sus novelas, en sus cuentos. Estos, como ella misma decía, no son partes de novelas, no son intentos fallidos, no son espejismos que se han quedado a medio camino. Cada cual tiene sentido en sí mismo. Siempre recomendaba que se leyeran tranquilamente. Nada de empezar con uno y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No. Ella aconsejaba que se leyera uno y se cerrara el libro. Para que el cuento surtiera su efecto, para que, como alguien ha dicho, se saliera de esa lectura convertido en alguien distinto. 


        Mavis Gallant es el prototipo de escritora que, a pesar de todas las circunstancias adversas, termina saliendo a la luz. Nunca tuvo una buena relación con las editoriales, que escamotearon su producción, ni tampoco frecuentaba los cenáculos de donde salen los contratos y los premios. Daba a su independencia un valor inusual y su reivindicación tiene que ver con otros escritores que, después de ella, fueron a sus fuentes y bebieron de su calidad. En este caso, fue Alice Munro la que se consideró su discípula y la que la reivindicó. No siempre ocurre pero, en muchos casos, la buena literatura emerge a pesar de todo. No obstante, el caso de Mavis Gallant me hace pensar, como otras veces, cuántos buenos libros se están perdiendo y cuántos buenos autores están en la oscuridad, simplemente porque publicar es tanto un negocio como un servicio a la sociedad. Cuando el equilibrio entre ambas situaciones se desvía peligrosamente hacia lo primero, entonces ocurren cosas que ningún buen lector desearía que pasaran. El olvido o la pérdida del talento. 

viernes, 15 de junio de 2018

El patio de vecinos



Cada uno en su habitación, decorándola, llenándola de fotos, de ideas, de dibujos, de adornos...En la zona común, el patio, y, en el patio, los macizos de flores o los arriates con plantas olorosas...Cada uno en su habitación y, de vez en cuando, una flor que se agita y que queda sin hojas, una mirada no correspondida, un deseo insatisfecho, una risa que no tiene respuesta, una forma de hablar en voz muy baja, un encuentro feliz, la única manera de verse en mil años…

Eso es internet. Un patio de vecinos virtual, en la que hay sentimientos, vanidades, orgullo, prejuicios, sentido, sensibilidad, mentiras, algunas verdades, esperas, búsquedas, razones...Cada uno cuida de su habitación y pretende que cuando alguien la visite se quede prendado de su olor, de su buen gusto, de cómo ha servido esa tacita de té a las cinco en punto de la tarde...Escribe la soledad...Porque, si tú estuvieras, el patio tendría la luz de tus ojos y no harían falta las palabras.



(Fotografías de Irving Penn. 1917-2009)

jueves, 14 de junio de 2018

"En Grand Central Station me senté y lloré" de Elizabeth Smart

¿Es posible enamorarse de alguien a quien no se ha visto nunca¿ ¿De alguien con quien nunca se ha hablado? ¿De alguien que no te ha dedicado ni una mirada?

¿Es posible enamorarse de alguien al leer un poema? ¿Es posible seguir amando a alguien a pesar de que sabes que no eres la única?

A todas estas preguntas Elizabeth Smart  (Otawa, 1913- Londres, 1986), contestaría "sí". Es posible, diría. Es, no solo posible, sino cierto. Y por eso escribe este libro. Por eso este libro tiene sentido. Por eso y porque ella era una escritora, aunque no lo sabía, no solo una mujer enamorada. Las mujeres enamoradas lloran en cualquier lugar del tiempo y de las ciudades. Las escritoras, trasladan las lágrimas al papel y, al hacerlo, esas lágrimas ya no son suyas, pertenecen al lector que encontrará en ellas, seguro, algo de su propio dolor o de su propia dicha. Es así como la literatura se convierte en un espejo en el que mirarse y mostrarnos. 

Su vida y el libro son la misma cosa. Y el espejo en el  que se mira, el poeta George Barker (1913-1991). Barker es el héroe que la enamora, pero, a decir verdad, no solo a ella. Su capacidad para desplegarse ante la parroquia femenina era inmensa. Aunque debió poseer el don de hacer creer a todas que eran únicas porque, en caso contrario, no se explica la devoción de aquellas que lo amaron. Como en tantas ocasiones, el objeto amado está muy lejos del resultado de esa pasión. En la vida real, Barker era simplemente un mujeriego incorregible; para el talento de Smart, lo era todo. También a Jessica, su primera esposa, la mantuvo al otro lado de ese lazo inseparable y fue la mujer con la que tuvo tres hijos. Luego estaba Elspeth, la esposa con la que vivía cuando Elizabeth se enamoró. En total, Barker tuvo quince hijos de diferentes mujeres. El motivo por el cual fue tan amado y deseado solo puede ser entendido por aquellas que lo conocieron. En todo caso, su calidad de poeta, si es que existe, ha quedado oscurecida por esta circunstancia, sobre todo a partir de este libro. Es, quizá, un justo castigo el que su nombre nos llegue nítido a través del relato de la pasión que despertó en una mujer y que no recordemos ninguno de sus poemas. 

En el año de 1937 Elizabeth Smart, de 24 años, lee unos pocos poemas de Barker y, a partir de ahí, decide que ese es el hombre de su vida, que va a conocerlo y que va a intentar enamorarlo. La sombra de la esposa estará siempre presente, porque, además, Barker era católico, lo que ya sabemos qué significaba entonces. Y siempre se debatió entre las dos mujeres, dejando a ambas insatisfechas, como suele ocurrir cuando uno abarca demasiado. No sé por qué me imagino a este hombre del estilo de Ashley, el caballero del sur que en "Lo que el viento se llevó" prendó a Escarlata y a Melania, sin que su indefinición terminara por aclarar a quien quería de las dos....hasta que el dolor a la menos amada fue evidente. Esa clase de hombres que alpistean, que se dejan querer y que siempre parecen ser los sufridores de dramas que ellos mismos aventan. Las víctimas de su falta de generosidad, de su imposible entrega. 

El libro es una sucesión de emociones, imágenes, sentimientos, plagado de citas literarias, la mayoría de poetas y de Shakespeare. Las citas la inspiran y a veces son la referencia exacta. Hoy diríamos que el libro es una autofiction, entonces no se sabía qué era esto. Así, desfilan las palabras de Francis Thompson, William Blake, W. H. Auden, John Milton y el propio Barker, entre otros poetas. Y frases inspiradas o tomadas de Macbeth, Otelo, Hamlet, Antonio y Cleopatra, además de, curiosamente, el gran antagonista de Shakespeare, es decir Christopher Marlowe (Doctor Faustus). Su alusión a Heathcliff, el protagonista masculino de "Cumbres Borrascosas" la obra de Emily Brontë que describe el amor más desesperado no es casual, sino plenamente consciente. 

De cómo enamorarte puede hacerte terriblemente infeliz. De cómo la vorágine de pasiones, de deseos, de luchas internas, acaba con la apacible vida de una muchacha y la transforma en un fuego interminable. Quizá era su interior el que buscaba esto. Quizá ella era así desde siempre y Barker solo fue un objeto indispensable. El caso es que, desde que se publicó, en 1945, este es un libro de culto. La oposición de la influyente familia de Smart, que intentó detener su publicación, no logró que se difundiera y fuera leído cada vez más. La belleza de las palabras, el lenguaje especialísimo, ese punto de vista entre arrogante y pesaroso, la forma de mirar y de narrar los acontecimientos, convertidos en flashes, como si se tratara de una película de su vida, ha cautivado a los lectores. Pero ella misma no entendió que este talento no debía desperdiciarse y, enfrascada en su pasión por Barker (con el que tuvo cuatro hijos a los que tuvo que mantener ella sola en momentos muy difíciles), dejó de escribir y no volvió a hacerlo hasta que no pudo encontrar cierta paz muchos años después. 

Hay libros que te hacen preguntarte cosas. Este es uno de ellos. Y, como todo en la vida, suelen llegar en el momento oportuno. Los libros siempre te salen al paso, nunca son inocentes ni casuales. Sirven para hacerte preguntas. Preguntas que tienen una respuesta que quizá no querías conocer. Pero ahí están. Hay lágrimas inútiles. Y amores que únicamente sirven para escribir libros, para escribir un libro como este. 

Seis libros para leer junto a las buganvillas


(Fotografía de Nina Leen)

Quizá tu verano esté poblado del tacto áspero de la buganvilla, de ese polvillo abrasador que sueltan sus hojas y del aire dorado que resulta, sin embargo, del violeta, del fucsia de su aspecto. Si es así, habrás probado la sensación única de sentarte en cualquier sitio incómodo, el suelo, una escalera, una butaca de pequeño tamaño, el alféizar de una ventana, un rincón de tu cuarto de verano, y abrir un libro cuajado de esperanza. La lectura en verano tiene el aire sosegado de un romance que un trovador cantara y lanzara hasta el aire esperando que su eco resuene más allá del silencio. Las páginas se posan y las manos discurren para encontrar la huella exacta que en ti quedará después de haberlo leído. En las noches, cuando el calor dispara su flecha y no se apaga. En los amaneceres. Junto al mar. En el sordo paraíso febril de la ciudad. En cualquier parte. 

Aquí tienes seis libros para leer este verano que, ahora sí, avanza sin detenerse y empañando el aire con una determinación que no se conocía en la extraña primavera que hemos vivido. En días, el calendario dará la bienvenida y será tiempo de llenar la alforja de lecturas. Si alguno de estos te acompaña, te abraza, verás qué fácil es dejarse seducir por su encanto. 

La señorita Pym dispone de Josephine Tey, con la editorial Hoja de Lata. Porque es un libro tierno, cuidadoso, de alguien en la mediana edad que conserva intacta la capacidad de observar, eso que a los humanos nos acompaña hasta el final de nuestras vidas, si la naturaleza es benévola con nosotros. Una investigación criminal de lo más subjetiva. Unos ojos que ven más allá y un desenlace no exento de enseñanzas de esas que te asaltan sin pedirlas y al final agradeces. 

Hace cuarenta años de María Van Rysselberghe, publicado por Errata naturae. ¿Quién no ha sentido que el amor se le escapaba, que no era suficiente con tener un matrimonio razonable, que alguien te ha robado el corazón y nunca te lo ha devuelto? María habla de sí misma, cambia los nombres para no hacer daño y espera el tiempo suficiente para que la vida haya sepultado las anécdotas. Pero el sentimiento permanece incólume y te atrapa. Eso, ya lo sabes, puede ocurrirle a cualquiera en cualquier instante. 

La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick, de Sexto Piso. La escritora tiene un punto de vista original, especial, muy suyo, acerca de la vida, de su vida. Su talento lo despliega a la hora de escribir esta especie de memorias de transeúnte, para contarnos cómo ha recorrido su ciudad buscando explicaciones, cómo ha querido entenderse a sí misma por medio de los otros y cómo sus interrogaciones han caído, en ocasiones, al vacío. Tú también has pensado alguna vez que tanta incertidumbre era demasiada. Vivian, sabiéndolo, la ha logrado trocar en una especie de autoafirmación que la hace más fuerte y, sobre todo, más libre. 

El asesinato de mi tía de Richard Hull, editada por Alba, en Rara Avis. Qué pícaro este Hull, de qué manera nos envuelve en la historia para conducirnos al lugar que él quiere. Su protagonista tiene la virtud de contar y de no decir, de aclarar y de dejar, al tiempo, cabos sueltos. Los suficientes para que la historia tenga dos lecturas y para que la tía, que no es manca, intervenga para dejar sentadas algunas cosas que se nos habían escamoteada. Una divertida historia que puede ser tragedia si así lo consideras, tú, el lector, el que sabrá poner punto final y aprender que no es oro todo lo que reluce. 

Objeto de amor de Edna O´Brien, en edición de Lumen. Esta colección de cuentos escritos por la autora irlandesa más importante del siglo XX y de lo que va de ese siglo XXI sin dudarlo, es una joya. Una auténtica joya de estilo, belleza, elegancia, misterio, compasión y vida, todo mezclado en un cóctel con la inigualable técnica O´Brien, esa forma de contar que apasiona y que te conduce a un lugar en el que penetras de puntillas, porque no quieres romper el hechizo. Magia con una realidad incontestable. Personas de carne y hueso, luchadores y vencidos, héroes y perdedores, todo sin escatimar nada, entregándose de forma generosa al lector que sabe hallar esta deliciosa mezcla que solo ella combina con maestría. 

Levadura de malicia de Robertson Davies, publicado por Libros del Asteroide. Robertson Davies es un genio de la literatura. Un escritor excepcional. Un narrador inusual, con una permanente voluntad de estilo y, sobre todo, con una tierna ironía, una visión llena de inteligencia y de pequeñas observaciones únicas. Hay pocos escritores que me hayan despertado tanta pasión al leer como él. Y este libro es un tesoro. Su argumento es tan original que no puede pasarse por alto. Su desarrollo es un río embravecido. Y su desenlace es lo que nadie espera y siempre era posible. Una preciosidad. 

miércoles, 13 de junio de 2018

"Un jardín en Brujas" de Charles Bertin

El problema de rastrear sin descanso entre librerías, editoriales y culturales es que se encuentran libros y que andas todo el día de sorpresa en sorpresa. Este, por ejemplo, que se publicó en castellano en 2015, es una delicia. Si te gustan los jardines y te gustan las abuelas, este es un libro para ti. Lo escribe el belga Charles Bertin (Mons, 1919-Sint-Genesius-Rode, 2002), de profesión abogado y dedicado durante un tiempo a la política. Pero Bertin siempre había escrito y, como suele ocurrir, la escritura termina venciendo a todas las demás ocupaciones, tarde o temprano. Bertin es un estimable poeta, luego novelista y después dramaturgo, que llegó a ser miembro de la Real Academia de la Lengua de Bélgica. 

"Un jardín en Brujas" es un libro sencillo, intimista, autobiográfico. En él se cuenta la hermosa relación que Bertin niño tiene con su abuela, a la que frecuenta en las vacaciones de verano después de acabar el curso escolar. La abuela es todo un personaje. Una mujer que quisiera haber podido estudiar y que no lo logró en su momento, lo que ha despertado en ella una notable necesidad de saber y de conocer todo lo que se ha perdido. El jardín del que habla Bertin es tanto el territorio de su infancia plagado de flores como el recuerdo de su abuela, con su firmeza cariñosa y su amor a la vida. No resulta usual que sean las abuelas las recipiendarias del afecto literario pero, en este caso, estamos ante un caso excepcional. 


Lo más encantador de todo es que la abuela no enseña al nieto sino que los dos van aprendiendo a la vez. Es un camino de doble dirección, no una clase magistral. No se trata de una señora sapientísima que se dedica a descubrir el mundo a los ojos infantiles, sino de dos pares de ojos, unos de niño y otros de anciana, que, al alimón, satisfacen el profundo deseo de conocer, algo que, si deja de acompañarte, anticipa el final de las vidas. La abuela Thérèse-Augustine está ansiosa de aprender. Y su nieto va de la mano en esos descubrimientos.

La abuela, además, guarda un secreto. Su íntima relación con la casa, el chalet, en que vive. Había una "complicidad amorosa" entre el lugar y la abuela. Los siete veranos que el niño Bertin pasó allí le mostraron que esa intensa comunicación existía, aunque fuera difícil de explicar y de entender. Y lo mejor de la casa era el jardín:

"Fueron muchas las horas felices que pasé en aquel deambulatorio de vegetación del cual fui la mayor parte del tiempo su único huésped, a excepción del gato de nuestros vecinos de al lado. Incluso en las horas centrales de los días soleados, reinaba allí una penumbra dorada cuya paz claustral me arrobaba y me inquietaba un poco"

Ambos, abuela y nieto, establecen prontamente las reglas de juego: "Las reglas eran muy simples: a su debido momento y a su manera, ella relataría la historia y la genealogía de la familia. Mi papel consistiría en escucharla, haciéndole, de cuando en cuando, alguna pregunta inteligente. En agradecimiento, al final de la entrevista, recibiría un berlingot hecho con pasta de almendras"

Las preguntas que el niño hace a la abuela apenas tienen respuestas porque ella misma se confiesa deseosa de aprender. Sus informaciones eran escasas pero su asombro ante el mundo, su deseo de saber era infinito. Esto es algo normal en los niños pequeños y un regalo del cielo en las personas mayores. "Nuestro deleite, nuestro fastuoso y suntuoso deleite, se fundaba en aunar nuestra falta de ciencia y nuestras curiosidades para descubrir juntos las respuestas que se nos escapaban"

Las circunstancias familiares hacen que las visitas veraniegas del niño a la casa con jardín de su abuela vayan escaseando. Entonces aparecen las cartas como un medio único para que esa comunicación permanezca. No es lo mismo pero se mantiene el lazo de la curiosidad de la mejor forma que saben. Cuando la abuela muere, el niño pierde no solo a un familiar querido sino a un referente de su manera de enfrentarse a la vida. "Me temo que no sea vano esperar que una milagrosa dispensa de las leyes que gobiernan el reino de los muertos te autorice, incluso en el espacio de un instante, a acabar con la distancia que nos separa"


Un jardín en Brujas. Charles Bertin. Errata naturae. El pasaje de los panoramas. Traducción de Vanesa García Cazorla. Título original: La Petite Dame en son jardin de Bruges. Edición castellana de 2015. 


domingo, 10 de junio de 2018

"Apegos feroces" de Vivian Gornick

    Ser madre es muy difícil. Pero las hijas no llegamos a entenderlo hasta que, a nuestra vez, nos convertimos en madres. En la literatura hay mucho que contar acerca de las relaciones entre madres e hijas, las más intensas y problemáticas de todas las relaciones humanas. Las hijas son el anverso y el reverso de las madres. Cuando esos lazos se han establecido de una forma sana y coherente, eso será siempre un seguro de estabilidad; pero no es posible en todos los casos, más bien es una rareza. Porque ser madre es muy difícil. 

La madre es un espejo equívoco. Ni su tiempo fue el nuestro, ni sus intenciones somos capaces de explicarlas ni de entenderlas, ni la diferencia generacional es fácil de superar...Solo el cariño es la argamasa impermeable que puede hacernos escalar puestos en esa lucha por el entendimiento. 

    Vivian Gornick habla aquí de una relación materno-filial cuajada de las mismas dificultades que la mayoría de nosotros conoce. Eso nos acerca a ellas, a las dos, a la madre y a la hija. Es consciente de lo que pasa "La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora". La muerte de su padre fue un acontecimiento fundamental y desde entonces, la casa era ya otra cosa: "Ninguno de nosotros, ni mi hermano, ni yo, ni mucho menos mi madre, encontraba consuelo en los otros. Sólo nos hallábamos en un exilio común, atrapados en un pesar negativo"

    La "non fiction novel" que elevó a lo más alto Truman Capote con su "A sangre fría", da aquí el paso clave a la "autofiction", a la historia en primera persona, a la exposición pública de hechos, personas y emociones, a partir de la vivencia de la autora. Es una actitud valiente, quizá terapéutica, siempre necesaria. Y no tendría el valor de obra literaria si no pasara por la conjunción máxima de verdad y estilo. 

  En la historia tienen un papel especial las vecinas, las mujeres que comparten un mismo espacio físico, que alientan la vida de las calles y las casas, que soportan las incomodidades y las miserias. Hay viudas invisibles, solteras desesperanzadas, animosas casadas que han dejado de soñar. Hay hijas, madres, abuelas, mujeres únicas pero con algunos rasgos comunes que a Vivian le llaman la atención. Esa forma de abordar la vida, a pesar de que esté cuajada de obstáculos y de desconsuelos. 

       La calle, la vida. La ciudad, recorrerla de punta a punta. Asomarse a la barandilla y ver el paisaje, asomarse a las ventanas, el movimiento de la gente, las hormigas hacendosas, las cigarras cantarinas. La calle. El barrio. "Cuando era una niña, el aspecto de las cosas me invadía; profundo, estrecho, intenso. La mugre de la calle, el aire blanqueado de la farmacia, las vetas del suelo de madera de la biblioteca a pie de calle, las barras de queso en la nevera de la tienda de alimentación" 
      
      Dos maneras de entender la viudez. La de su madre, hundida en el dolor y la de su vecina, Nettie, que buscará en otros hombres la forma de olvidar al suyo. Una noche la niña Vivian sorprende a Nettie haciendo el amor con uno de esos hombres en su propia casa. "Nettie tenía talento como encajara. Precisamente trabajaba en un taller de encaje cuando conoció a Rick Levine. Sabía hacer vestidos y abrigos, paños y colchas, pero nunca emprendía labores de tal calado. Se limitaba a los tapetes, las fundas de almohada, y los antimacasares para los respaldos; apaños y adornos para dar vida al diminuto apartamento". 

     La muerte de Rick convirtió a Nettie en otra persona. Así suele suceder cuando el hombre al que amas desaparece y más aún si lo hace antes de tiempo, en la flor de la edad, en el momento justo en el que empiezas a acoplarte con él, a entenderte y a andar juntos. Ambas mujeres, la madre y Nettie, son un espejo de dolor para la niña, pero cada una decide vivir la ausencia de una forma diferente.

La madre y la hija se encuentran frente a frente en la vejez de la primera y la madurez de la segunda. Recorren las calles de Nueva York y, al mismo tiempo que observan lo que ocurre, van comunicándose de la forma en que han aprendido, a base de reproches, de recuerdos mal hilvanados, de comentarios jocosos y de maledicencias, cotilleos sembrados de nombres antiguos, de gente que compartió con ellos una porción de vida, algunos de los cuales ya no están.

Esa complicidad, inherente al ser humano, ese placer de la conversación, aun cuando las palabras se disparen y tiren a dar, es la forma en la que podemos conjurar los fantasmas. Pero no siempre es posible entre madres e hijas. Las barreras invisibles actúan y la comunicación termina siendo un milagro. El paseo por la ciudad, la visión de otros territorios más allá de su bloque de pisos baratos, de su barrio, actúan sobre las dos como un enorme catalizador de emociones. A las dos ese vagabundeo les sirve, aunque de manera diferente. Y llegarán algunos puntos de encuentro cuando recuerden, al unísono, situaciones y personas del pasado que, sin embargo, cada una ha interpretado de forma diferente. Son formas de ver las cosas, puntos de vista que separan y, a la vez, unen.

Dice Paul Auster que, en la literatura, "la forma no precede al contenido". En este libro es fundamental tenerlo en cuenta. Borbotones de vida se traslucen y salen al exterior, de dentro a afuera, como también dice el escritor y la forma es subsidiaria de esta muestra de generosidad que hace la autora consigo misma, con el que es y ha sido. Este es el secreto del libro. Cada uno de nosotros puede interpretarlo e interpelarse, como quiera.


Apegos feroces. Vivian Gornick. Prólogo de Jonathan Lethem. Traducción de Daniel Ramos Sánchez. Corrección Raquel Vicedo. Editorial Sexto Piso, división Narrativa. Séptima edición mayo de 2018. Título original: Fierce Attachaments: A Memoir (1987). Imagen de portada: Munster Studio. Diseño: Estudio Joaquín Gallego. 

Fotografías del texto: Vivian Maier.