sábado, 17 de noviembre de 2018

"Confusión" de Elizabeth Jane Howard

En "Los años ligeros" conocemos por primera vez a los Cazalet. Esta de ahora es la tercera entrega y también la publica en castellano la editorial Siruela, en su colección Nuevos Tiempos, como las anteriores, la citada "Los años ligeros" y "Tiempo de espera" que es la segunda de la saga. 

La historia ha llegado aquí en este tercer volumen a los años cuarenta, decisivos para la historia de Europa, lo que viene a decir, del mundo occidental. En Inglaterra, en 1942, el conflicto bélico que tiene a la mayoría de los países en situación de combate o de alerta, genera unos cambios en la forma de vida que son muy notables. 

La escasez, la vuelta de los combatientes heridos, la necesidad de posicionarse, los bombardeos, todo ello hace que la existencia sea una aventura en sí misma. Los Cazalet, cuyo detalle conocemos por los anteriores libros, han ido creciendo y este es el momento en que los jóvenes entran en el mundo de la adultez en el peor tiempo posible. 

El desarrollo temporal ocupa desde marzo de 1942 hasta la primavera de 1945, tres años aproximadamente. Tres años convulsos y decisivos. Como es habitual en sus libros de esta serie, la autora incluye una genealogía para que no nos perdamos en la senda complicada de esta familia y sus afines. Ya sabemos que William Cazalet y Kitty Barlow, apodada la Duquesita, como él tiene el apodo de el Brigada, son los cabezas de familia. Tienen cuatro hijos, Hugh, Edward, Rachel y Rupert. Excepto Rachel, los otros han contraído matrimonios y tienen descendencia. Hugh y Sybil son padres de Polly, Simon y William. Edward y Viola de Louise, Teddy, Lydia y Roland. Rupert tiene dos hijos con Isobel (Clary y Neville) y uno con Zöe (Juliet). 

También forman parte de la familia la hermana de Viola, Jessica Castle, con su esposo Raymond y sus hijos Angela, Christopher, Nora y Judy, así como los criados, que tienen su papel que representar como es lógico en estas familias inglesas enraizadas en las viejas costumbres: La cocinera, que es la señora Crips; Ellen, la niñera; Eileen, la doncella; Peggy y Bertha, las criadas; Dottie, Edie y Lizzie, ayudantas de cocina; Tonbridge, el chófer; McAlpine, el jardinero; Wren, el mozo de cuadra. 

Aparecen aquí señalados en el mismo orden que en el libro, con su fuerte clasismo que los ordena por rangos pero sin olvidar el perfecto respeto que se tenían entre sí amos y sirvientes y el cuidado con no saltarse las competencias de cada uno entre los propios servidores. En esta sociedad no era factible encontrarse criados que durmieran en buhardillas llenas de ratas, como ocurría en familias españolas en los mismos años y posteriores, dando muestras de un desconocimiento total del sentido que tiene "servir" en una familia o en una casa. 

Muertes, nacimientos, bodas, separaciones, acontecimientos de diverso signo pueblan la vida de la familia Cazalet y llenan las páginas del libro. No hay que tener la menor preocupación si no se han leído las dos entregas anteriores. Esta novela trae un detallado prólogo que, con brevedad pero sin saltarse detalles, nos cuenta quiénes son y qué peripecias les han traído hasta aquí. Puede parecer en algún momento que tanta familia y tantos hechos se nos quedan demasiado grandes para tenerlos en la memoria a la hora de enhebrar la lectura. 

Pero no hay que temer. De la misma forma que se sientan las vecinas a la hora del café para comentar con detalle los chismes que suceden en la calle (o que se sentaban, pues me temo que ahora esté cada cual en su casa enfrascada en los asuntos menos importantes y, sobre todo, más ridículos, que aparecen en la tele), de igual forma aquí entramos a conocer la vida de los Cazalet y su círculo de una forma natural y sin que se pierda el interés. En el prólogo, además de los citados, se nos da cuenta de algunas amistades y amores que tienen su importancia en el conjunto del argumento. 

No se obvian los amoríos ni los errores que la familia comete, porque el libro se ofrece como una gran ocasión de penetrar en los secretos de otros, algo que a todo el mundo le supone un pasatiempo gratificante. Al hilo de los hechos históricos en los que está inserta la trama hay que decir que comienza justo con el ataque japonés a Pearl Harbour, dando lugar, como bien sabemos, a la intervención de EEUU en la guerra. En marzo de 1942, cuando la novela arranca, acaba de morir Sybil. 

Cada uno de los capítulos que forman las tres partes en que se divide el libro, viene titulado o bien con el nombre de un miembro de la familia o simplemente así "la familia". Además de eso, el subtítulo sitúa cronológicamente los hechos que se van relatando, de manera que no se pierda el hilo ni de los acontecimientos ni de las fechas. Elizabeth Jane Howard (1923-2014) era una escritora muy meticulosa, como puede observarse en la organización de sus libros, en el trabajo de documentación que realizaba para escribirlos y en la planificación de los personajes, sobre todo a lo largo de estas entregas que se difundieron por radio y televisión con gran éxito. Su vida personal fue otra cosa y me remito al enlace que encabeza esta reseña, al hablar de "Los tiempos ligeros", para ahondar en ella. 

Confusión. Crónicas de los Cazalet. Elizabeth Jane Howard. Siruela. Nuevos tiempos. Traducción del inglés de Celia Montolío 2018

"Ese final escrito sobre el aire"


Los aires la definen. Todos luchan entre sí por ganar y vencer, que no es lo mismo. Nosotras llevamos la falda tableada y el viento la levanta y la mueve, la convierte en bandera, en estandarte. Esta es una ciudad plegada hacia los aires y por eso tenemos tanto miedo de que vuelen los sueños. Aquí, en esta azotea, nos sentamos para contarnos las confidencias que no pueden oír las madres. Esas historias que nos parecen tan importantes y que el paso del tiempo convertirá en arena, en tierna arena blanca, de la que el mar abandona en la resaca y nos ensucia los pies cuando recorremos la playa que rodea el sitio en el que vivimos sin saber que el océano nos cerca. Qué espectáculo ver, a la caída de la tarde, cómo un enorme barco aparece en el fondo y ese cuadro que pintamos cada día en el horizonte tiene un sabor salado, como todas las lágrimas, como las lágrimas que caen en nuestras manos al hablar de ese chico que jamás, a pesar de que lo hemos intentado, nos mira al cruzarse por la calle o al coincidir en la puerta del instituto... 


A veces en la historia se cuela un aire de misterio que nos acongoja mucho más. Una de nosotras ha descubierto un secreto tan bien guardado que nadie en la calle lo conoce. Ha sido casual, como ocurren las cosas, de una forma tan rara que no sospecharán que lo sabemos. Pero está ahí, en el fondo del domingo radiante, en la conversación, mezclado con las risas. Ninguna lo esperábamos ni lo comprendemos apenas. Alguien podía haber dejado caer que eso son cosas de la vida y que la vida trae estas sorpresas pero somos tan jóvenes, tenemos tantas ganas de creer en el amor que este juego sucio nos aterra. Los vieron bañarse juntos en el crepúsculo y cada uno de ellos tenía el aire culpable de lo que está prohibido. Y los otros ni siquiera sospechan que la persona que duerme a su lado cada noche sonríe abiertamente mientras el mar acaricia su cuerpo y mientras alguien besa las gotas de agua que caen sin misericordia. 


Compartimos noticias y hablamos de nosotras como si toda la vida estuviera en nuestras manos. Aún no conocemos qué nos deparará el futuro, ni tenemos idea de las enfermedades, del dolor, de los partos, de las huidas, de las búsquedas. Somos cuatro y tan distintas que nada podría hacer pensar que el universo nos haya unido si no hay un motivo esencial para ello. Tenemos el mismo miedo oculto y no queremos que se note. Tenemos la misma esperanza sin tacha y no queremos que se pierda. Lo que nos diferencia es ahora tan escaso que apenas somos capaces de definirlo. Es mucho más lo que nos une, lo que nos abraza, lo que nos encuentra y lo que hace que las tardes tengan sabor a fresas en los veranos de levante atrevido, en los otoños de poniente y en la llegada del viento sur, tan amable, ese que, sin que queramos reconocerlo, será el que nos conduzca. Ese final escrito sobre el aire.


(Verso del título de María Sanz) (Fotografías de Peter Lindbergh)

viernes, 16 de noviembre de 2018

"Un día de lluvia puede no acabar nunca"


He abierto el equipaje. He depositado con un cuidado infinito, como si fuera un niño de pecho que necesitara arrullo, todo lo que contiene esa maleta encima de la cama. Hay blusas bien dobladas y pantalones oscuros para cualquier ocasión. Hay también cinturones, un jersey rojo con el cuello de pico y una chaqueta de piel que abrigue si la noche se llena de humedad. Luego he extraído los zapatos de su bolsa protectora y los he colocado en la parte baja del armario. Qué silencio escucho...qué enorme silencio. Queriendo conjurarlo he abierto el iPad y he buscado, como siempre a esta hora, a alguien que pueda acompañarme sin molestar. Y la he dejado cantando, solo interrumpida por algunos molestos anuncios que aparecen entre las canciones y que estropean el éxtasis de oírla. Es ella, Norah Roberts, como tantas otras veces. La ropa interior se ha quedado en la maleta y todo junto ha ido encima de una silla, una especie de banco sin respaldo, tapizado de crema, que hay al pie de la cama. Me he sentado después algo cansada, tengo los pies molidos y un aire de quietud me hace cerrar los ojos. Si pudiera dormir...pero no tengo tiempo. 


El ruido de la calle llama mi atención. Hay un bullicio cierto de viernes por la noche. Parejas que se miran a los ojos, otros que andan de la mano. Algunas familias que vuelven del cine. Todo está a punto de empezar de nuevo. El rito de la diversión, el del encuentro. Quién sabe si esta vez será posible, quién sabe si esta vez vendrás aquí, sin retrasarte, sin excusas sobre el tráfico, sin mentir, sin inventar una historia que nadie va a creer, ni siquiera yo, que lo creo casi todo si lo acompañas de un beso en el aire. Empieza la noche y la espera. Estaré esperando que llegues como hago otras muchas veces. Desplegaré sobre la cama el vestido que escogí porque sé que te gusta. Usaré en el baño todos los potingues que me he traído sin olvidar ninguno. Ese perfume tras las orejas y unos pendientes que brillan suavemente, que avisan de mi presencia y que te dicen que quiero que me beses. Esperaré. Si acaso llegas no sabré qué decirte. Tanta ha sido la espera y tan poco eres tú después de todo. 

(Fotografías de Irving Penn) (Verso del título de Ida Vitale) 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Iris Murdoch bajo la red

En sus fotos de juventud Iris Murdoch permanece seria, con una mirada distante, pensando en sus cosas, alejada del espectador, reconcentrada en sí misma. Solamente en las imágenes de los últimos años de su vida podemos verla esbozando sonrisas, siempre al lado del hombre con el compartió cuarenta y tres años, el profesor y escritor John Bayley (1925) que la cuidó cuando el Alzheimer empezó a rondarla unos cuatro años antes de morir. Son enternecedoras esas imágenes del matrimonio, en su casa o al aire libre, siempre juntos y siempre en la misma latitud. Lo que ya no me resulta tan agradable es ver la utilización que hace el cine de los libros que su marido escribió tras la muerte de la escritora y en los que relataba la vida de un cuidador de un enfermo de Alzheimer. Es triste e injusto que se hable de Murdoch más como una enferma que de una escritora. Pero estos son los efectos de vivir a base de titulares y de llamativas puntualizaciones, nada literarias. 

Ella, Jean Iris Murdoch nació el 15 de julio de 1919 y murió ochenta años después, en 1999. Fue filósofa, autora teatral, poeta y novelista. Pertenecía a una familia de granjeros presbiterianos por parte de padre y de la clase media anglicana por parte de madre. Ya se sabe que en Irlanda, su país de origen (nació en Dublín) esto de la religión es un elemento de altísimo interés a la hora de connotar a un personaje. Depende de eso el que tenga una educación u otra, de que siga determinados preceptos, de que tenga determinada ideología.

En el caso de la joven Iris tuvo una buena educación académica que llegó al postgrado y publicó su primera novela en 1954. Sus preocupaciones filosóficas y morales están presentes en sus libros, aunque matizadas por cierta ironía e, incluso, un sentido del humor muy especial. La novela "Bajo la red" acaba de ser publicada por la editorial Impedimenta y es la cuarta de una serie de ellas que esta editorial ha traducido al castellano. Las anteriores fueron "Henry y Cato", "El unicornio" y "El libro y la hermandad". Hasta que Impedimenta no comenzó a publicar sus obras Iris Murdoch era casi una desconocida para los lectores de nuestro país, aunque la editorial Alianza ya había publicado esta misma obra en 1992 y esto es algo que suele ocurrir con un número tan importante de escritores que me pregunto por qué siempre se reedita lo mismo y no se publican otras cosas que aguardan a que algún editor repare en ellas. 


El libro está escrito en primera persona y el protagonista es un traductor y escritor llamado Jake Donaghue que sufre una convulsión en su vida personal a raíz de la cual comienza a moverse en ambientes que están llenos de personajes extraños, difíciles y llenos de matices. En el fondo de su búsqueda, algo consustancial a los personajes de Murdoch desde siempre, incluso en esta primera novela, está el deseo de llegar a ser escritor, esa manera de acercarse al mundo a través de la palabra. Esa tensión, esa tendencia irrefrenable es lo que lo sostiene en los momentos difíciles y lo que se constituye en un implacable objetivo.

El amor, la fama, la riqueza, la lucha por conseguir los fines que el ser humano se plantea, el engaño y el abandono, todo ello se refleja en el libro, mezclándose la narración de acontecimientos o la descripción de los caracteres con la reflexión filosófica, todo ello con un aire humorístico que no nubla el fondo del pensamiento que la novela representa.

Iris Murdoch es una maestra de los diálogos. Aligeran el peso de la novela, indican la postura de los personajes y crean el ambiente adecuado para la narración. La personalidad del protagonista es el elemento principal sobre el que gira la acción. Es muy frecuente que los escritores se pongan en lugar de las mujeres para sus novelas y la prueba está en que las consideradas mejores obras "femeninas" están escritas por hombres: Madame Bovary, Ana Ozores y Anna Karenina son mujeres descritas por hombres. En este caso, Iris Murdoch se sitúa en el papel y la cabeza de su protagonista y cuenta desde dentro cómo se siente cuando su mundo cambia a raíz de que su novia lo abandone y tenga que recurrir a una forma de vida que lo sitúa en la cuerda floja.

Algunos capítulos son verdaderamente geniales, como el 17 (son 20 en total) en el que el protagonista se coloca como auxiliar en un hospital, puesto en el que se encuentra desubicado y cuyas peripecias describe con notable gracia. Lo mismo que los gatitos del final del libro, una forma de terminar que solo puede ocurrírsele a una mente brillante. Así fue calificada Iris Murdoch durante mucho tiempo, "la mujer más brillante del Reino Unido" y, si te fijas, no iban descaminados los que así opinaban. Es precisamente esa capacidad para narrar la realidad y la fantasía partiendo de una visión humorística que aligera el ambiente, lo que la distingue de otros narradores. Sus libros poseen una certeza que acaba por convertirse en duda y sus ideas filosóficas, partiendo del platonismo, están muy presentes en ese esfuerzo por comunicar al lector tanto lo que sucede como la interpretación de los hechos en un contexto general que no resulta fácil para el protagonista.


Bajo la red. Iris Murdoch. Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane. Editorial Impedimenta. Septiembre 2018. Dedicatoria: para Raymond Queneau. Título original: Under the Net, 1954. 
Diseño de la colección y dirección editorial: Enrique Redel
Maquetación: Daniel Matías
Corrección: Ane Zualika, Ana Doblado, Aymará Cardeña
Impresión: Kadmos, Salamanca

martes, 13 de noviembre de 2018

"Mira que eres canalla"


Ha apagado el teléfono. Ha encendido la música, una cosa de jazz o bossa, no recuerda. Ha bañado su pelo con un champú de rosas y los hilos brillantes se han estirado al tiempo que susurra canciones que aprendió hace unos años. Ha cerrado la historia, ha inventado el silencio. En la página web ha comprado un jersey y un vestido del tono del azul del océano y ha sonreído firme al mirarse al espejo, con una pinza roja enfrente de la imagen. 
Ha borrado las lágrimas. Ha olvidado los sueños. Ha buscado una frase que valga para el caso. Ha recordado todas las palabras vacías, las palabras crueles, las palabras manchadas de ese olor a soberbia y a corazón sin tiempo. Ha vencido por fin. Ha acariciado un libro. Ha levantado a Tara como si fuera tierra y ha jurado que nunca volverá a pasar pena, volverá a pasar llanto, volverá a pasar miedo.


(Fotografía de Arnold Newman. Título de Luis Eduardo Aute) 

En el cine, años cincuenta


El cine fue el gran milagro del ocio en el siglo XX. La alegría de las noches del sábado, la mejor forma de disfrutar si tenías pareja, si ibas en familia o con amigos. El cine cambió la forma de vivir la realidad y de soñar la vida. Todo se convertía en un vocabulario especial y nuevo. La cinefilia unió a las personas en un lenguaje común, en un encuentro que ningún otro arte ha logrado. Las películas imprimen carácter y sus personajes son parte de la existencia cotidiana. Las modas surgieron del cine y la historia personal de las estrellas fueron el espejo en el que mirarse. Sin el cine, la cotidianeidad hubiera sido más gris, más oscura, menos abierta y libre. Las colas para los grandes estrenos eran el símbolo del deseo de algo mejor. El cine fue la ventana abierta al exterior, la muestra de que la vida se podía escribir con otros renglones. 

Los años cincuenta en España tienen un resto de sufrimiento añadido que es difícil olvidar. Las cosas estaban condicionadas por la escasez, por el signo político, por la historia previa. Solo hacía una década que la guerra civil había terminado pero sus secuelas se prolongaron mucho más tiempo. Cuánta gente acudía al cine para tomarse un respiro en sus problemas, para pensar que otro mundo existía, para dejarse llevar por la ilusión. Fue una medicina, un reclamo, un modo de existir, una fuerza diferente. Esas muchachas de vestidos ajustados a la cintura y faldas amplias, de cuello de barco y tacones puntiagudos, de melena francesa y de guantes al codo. Esas muchachas que usaban pantalones anchos y camisas masculinas, que querían emular a las mujeres de la pantalla, de alguna forma, de modo que su barrio, su pueblo, su ciudad, tuvieran el aire cosmopolita de las ciudades del cine. 



Bette Davis fue entonces la excéntrica actriz en el declive que tiene que sortear los obstáculos de las advenedizas, de Anne Baxter y de la explosiva señorita Monroe, mientras su director favorito dudaba entre soportar su mal genio y admirar su grandeza de espíritu. Por su parte, Gary Cooper, solo ante el peligro, perpetuaba la imagen del hombre íntegro, que era capaz de sufrirlo todo con tal de mantener sus principios. Unos principios que había olvidado Marlon Brando en los muelles, aunque en un momento dado el amor por Eve Marie Saint le hizo recordarlo. Otro actor del Método, Paul Newman, vivía una ambigua relación con la bellísima Liz Taylor y sus ojos color violeta, esa gata hambrienta que se quemaba en un silencio imposible. En la dulce Irlanda, los ojos eran verdes, verdes los paisajes y rojo fuego el cabello de Maureen luchando con la esquiva realidad del hombre tranquilo, Wayne al uso y al encuentro de los paisanos remisos. Ese mismo individuo que observaba desde un marco hopperiano la marcha de los pioneros en busca de la chica desaparecida, en el desierto, centauros clásicos, visiones maniqueas pero espectaculares. Tras los cristales de una ventana indiscreta James Stewart se mostraba reticente a pedirle matrimonio a la preciosa Grace, con su vestido blanco majestuoso y su neceser de chica moderna y a la última. Y, en el tribunal de justicia, ese que es tan cinematográfico con sus grandes columnas, el hombre del traje blanco de lino, Fonda, clamaba en el desierto, inventando la asertividad y manteniendo que la duda razonable es el eje de la democracia. 

Al mismo tiempo, en España, Pepe Isbert daba un memorable discurso en el balcón del pueblo, al tiempo que Lolita Sevilla ensayaba una copla y los americanos pasaban raudos levantando una nube de polvo, de leche en polvo servida en los colegios, residuos últimos y pobres de un plan Marshall descafeinado. 

Cine, cine, cine, más cine por favor. 


(Fotografías de Arnold Newman, Nueva York, 1918-2006)

lunes, 12 de noviembre de 2018

"Una noche en el paraíso" de Lucia Berlin


En 2016, la publicación por la editorial Alfaguara de "Manual para mujeres de la limpieza" fue un absoluto suceso. El boca a boca funcionó de inmediato y el libro se encumbró a los primeros puestos de los más vendidos y fue, también, de los más leídos. Ambas cosas no siempre coinciden. La personalidad de Lucia Berlin importa, desde entonces, tanto o más que su obra. Como ocurre con todas las vidas estrambóticas, al filo de la navaja, su peripecia vital nos llama a intentar descubrir resquicios que expliquen el trasfondo de las historias que cuenta. Setenta y siete cuentos que ya se habían publicado en los años noventa sin demasiada repercusión, a pesar de que consiguió el American Book Award en 1991. 


(Lucia Brown en sus primeros años)

Fue la importante editorial norteamericana Farrar Straus and Giroux la que publicó el "Manual" en 2015, revitalizando la figura literaria de esta mujer. Era un momento muy oportuno. La literatura femenina, antaño arrumbada en los cajones, parcamente publicada y peor difundida, vive una época de oro que no solo se refiere a la nueva literatura sino a la que se ha escrito en los siglos XIX y XX, sobre todo ficción, multitud de novelas de las que no tenían noticia los lectores y que las editoriales, sobre todo las independientes, han decidido sacar a la luz, mostrando un caleidoscopio de personalidades y estilos que nunca debió estar oculto. En esta corriente de revisionismo femenino se enmarca la resurrección literaria de Lucia Berlin. 

Es verdad que el trazo grueso que se suele publicar sobre su vida hace alusión de una forma descompensada de sus andanzas, dando un realce que no tuvo a sus malos tiempos de empleada de limpieza o de recepcionista. También fue una chica educada en buenos colegios, que llegó a ser profesora de la Universidad de Colorado. En cuanto a su vida personal, como todas las hijas de madres despegadas, poco cariñosas y más proclives a la vida desordenada que a cuidar de su rebaño, ella anduvo de un afecto a otro seguramente en busca de alguno seguro. Su apellido lo toma de su tercer marido, el músico de jazz Buddy Berlin, y sus cuatro hijos tienen padres diferentes. Esto me parece anecdótico en comparación con su dedicación literaria y, sobre todo, con su mirada acerca de la vida y las personajes. No obstante, hay algunos aspectos poco conocidos de su existencia, como el tiempo que pasó en Chile, en época de colegiala, con su madre y su hermana, ya que su padre, ingeniero de minas, estaba ocupado en la guerra. Su español era muy bueno y lo había adquirido ya estudiando en Nuevo México. 



Cualquier acontecimiento puede ser narrado. El hecho de que esa narración llegue al lector y se constituya en literatura tiene que ver con la mirada y con el estilo. En cuanto a este, Berlin le pierde el respeto a las formas y las subordina al objeto de su relato, siempre con un aire fresco como si estuviera recién escrito, como si nos contara, de manera coloquial, lo que está viviendo. 

Su forma de concebir la vida y el mundo que la rodea añade a su mirada esa pátina de claridad y de casi sinceridad, más bien de honestidad, que tiene que ver con la empatía y la compasión que le producen la propia existencia y los seres desarraigados, vencidos, que no tienen sitio en los titulares de prensa nada más que en la sección de sucesos. 

"Una noche en el paraíso" es una colección de veintidós cuentos que han sido seleccionados por uno de los hijos de Berlin, Mark. El éxito del "Manual" ha dado lugar a que exista una importante expectación acerca de este nuevo volumen, que sale en las fechas cercanas al aniversario de su nacimiento y de su muerte. Lucia Berlin nació y murió el mismo día y el mismo mes, el 12 de noviembre. Desde Alaska, donde nació en 1936, hasta California, donde murió en 2004, hay toda una trayectoria geográfica y personal que la llevó a Nuevo México, Chile, Colorado, en ese vaivén vital que constituyó su vida y que salpica, y de qué manera, su obra. 


El prólogo del libro está escrito por Mark Berlin, el hijo que se ha encargado de seleccionar los relatos que forman el volumen. Sus palabras son admirativas y comprensivas. Su madre no es solo esa mujer con la cabeza loca y bastante alcohólica sino que, según dice, sus dos últimas décadas estuvo siempre sobria y fue capaz entonces de escribir lo mejor de su vida. También habla de que esas historias tienen parte de autobiografía, pero no del todo, son "casi" autobiográficas, dice. Como suele ocurrir con casi todos los escritores, salvo, quizá, aquellos que inventan un mundo de la nada y escriben literatura fantástica. Aun en estos, no obstante, me gustaría saber si alguno de sus monstruos imaginados no están tomados de un vecino molesto.

Resultan tan curiosos los temas que le interesaban a esta mujer en su faceta de escritora...Las pequeñeces en las que se fijaba y la forma en que las elevaba a la condición de objeto literario...El primero de los cuentos se titula "Los joyeros musicales" y empieza con unos niños de condición humilde vendiendo una especie de lotería ambulante. Inocencia a la vez que miseria, mezcladas en un cóctel imposible y muy humano. El título del segundo cuento es evocador "A veces en verano"y en él vuelven a aparecer Hope y su familia, que habían venido de Siria.

Todo está escrito en primera persona y eso le otorga todavía más verosimilitud a lo que narra, aunque sabemos que el matiz del tiempo ha oscurecido o agrandado los hechos y modelado a los personajes, aunque eso nos da igual a la hora de leerla. Es un gran fresco en el que hay comportamientos buenos y gente ruin, sentimientos a flor de piel y, sobre todo, peripecias, un gran número de peripecias contadas con naturalidad y sin poner el énfasis en las cosas más tristes. Historias pluriculturales porque en ellas aparecen gentes de nacionalidades diferentes y de orígenes distintos, atendiendo a la propia experiencia de la escritora, que se movió de un lado a otro durante toda su vida, enriqueciendo su punto de vista al máximo y reflejándolo en sus cuentos. Aunque todo esto simplemente son historias, como dice Mark Berlin, la historia es lo que cuenta. El título del libro se ha tomado de uno de los cuentos.


Una noche en el paraíso. Colección de cuentos de Lucia Berlin, con prólogo a cargo de Mark Berlin. La traducción está a cargo de Eugenia Vázquez Nacarino. Publicado por Alfaguara, primera edición en noviembre de 2018. El diseño corre a cargo de Penguim Random House Grupo Editorial, inspirado en el original de Enric Satué. El título original: Evening in Paradise: More Stories. 


(Imágenes de Lucia Berlin con uno de sus hijos y nota autógrafa de la escritora)

domingo, 11 de noviembre de 2018

Si Shakespeare lo dice, alguna razón tendrá


SONETO 116

Permitid que no admita impedimento

ante el enlace de las almas fieles
no es amor el amor que cambia siempre por momentos
o que a distanciarse en la distancia tiende.

El amor es igual que un faro imperturbable,
que ve las tempestades y nunca se estremece.
Es la estrella que guía la nave a la deriva,
de un valor ignorado, aún sabiendo su altura. 

No es juguete del Tiempo, aun si rosados labios
o mejillas alcanza, la guadaña implacable.
Ni se altera con horas o semanas fugaces,
si no que aguanta y dura hasta el último abismo. 

Si es error lo que digo y en mí puede probarse,
decid, que nunca he escrito, ni amó jamás el hombre.



Marianne Dashwood amaba Shakespeare y sus sonetos. Su preferido era este 116 porque Marianne estaba enamorada del amor y ponía en su amado todas las buenas cualidades, las virtudes y los dones necesarios para que ese amor tuviera sentido y no fuera inútil ni incapaz. Pero, tal y como sabía su creadora, Jane Austen, que la convirtió en una de las dos protagonistas de "Sentido y sensibilidad", las cosas no siempre son así. 

Demasiadas veces nos enamoramos de alguien que no existe. Cuando ese alguien tiene buena fe, no ha de achacársele engaño alguno. Simplemente nuestro temperamento nos lleva a adornar al objeto de nuestro amor para así convencernos de que lo merece, de que esa entrega única que supone poner en manos de otro lo que somos, tenga razón de ser. Pero si la persona en quien depositamos nuestro más noble sentimiento no opone a nuestra generosidad la contrapartida necesaria, si no hay reciprocidad o si oculta algo que, en esos momentos, no podemos verlo, entonces se convierte en un impostor, en alguien que atrapa algo que no le pertenece. 

"No es amor el amor que cambia siempre por momentos" dice Shakespeare. Como muchas de sus frases geniales el tiempo ha ido demostrando que son intemporales y que la naturaleza humana se ve reflejada de forma exacta en ellas. No es amor el amor que únicamente actúa por interés, por acomodarse o que, todavía más frecuente, se deja querer sin más. Por eso, cuando el enamoramiento pasa nos preguntamos quién es esa persona, qué sabemos de ella, qué quiere de nosotros, por qué nos ha entretenido tantas horas si, en realidad, no merece la pena, porque el fondo de su corazón está turbio a nuestros ojos. 

Marianne Dashwood recitaba el poema a la luz de las velas, en esas noches cómplices con el hombre del que creyó estar enamorada y del que creía recibir amor. Pero el amanecer de los días, el transcurso de las horas añadió nuevos datos a la historia y la hizo entender que no es oro todo lo que reluce y que amor es una palabra demasiado grande para quienes actúan como ladrones en noche de tormenta. 


(Imagen: Kate Winslet es Marianne Dashwood en la versión cinematográfica de "Sentido y sensibilidad" dirigida por Ang Lee" 

Con ellas: Norah Jones, Lucia Berlin, Nina Leen


(Foto: Nina Leen para Life)

Desayuno leyendo a Lucia Berlin. Dice su hijo Mark que fue una estupenda madre, que andaba de una cosa a otra pero que ellos, sus cuatro hijos, fueron felices. Todas las madres deseamos que nuestros hijos sientan que somos especiales, o, al menos, buenas. La bondad me preocupa mucho últimamente. La gente mala asusta, a mí me asusta. No quiero que la maldad se instale cerca de mí, ni la insidia ni la manipulación. Por eso leo a Lucia Berlin, como un seguro contra la mezquindad de los mediocres. Y la mañana se llena de música y ahí está, como otros días desde hace algunos, Norah Jones que es la única persona a la que escucho cantar porque lo demás no encaja en la vida que ahora deseo tener. Hay que escoger cierta parte de la vida, al menos la que te pertenece de forma íntima. Escucho "Sunrise" y la canturreo, a mi manera, con mi inglés poco académico, así que más bien la tarareo, como si fuera una niña en el colegio y la maestra entonara, por vez primera, un villancico inglés. 

Lucia Berlin escribía de cosas que vivía, pero lo sustantivo no era su vida sino su capacidad para escribir. La gente que escribe lo hace de cualquier cosa, tenga una vida interesante o rutinaria, tenga amores o desengaños, tenga familia o esté sola. Así, en los páramos, escribían las Brontë y creaban personajes atormentados que ellas no conocieron siquiera. Así, en la verde presencia de Steventon o Chawton, escribía Jane Austen y no necesitaba conocer a miles de Darcys para entender el secreto de la atracción física y del encuentro de los ingenios. Los escritores tienen las historias en la mente y tienen que sentarse, en medio del desayuno, para escribirlas como sea, antes de que se les olvide, incluso en servilletas de papel, como hacía con Harry Potter su autora, J. K. Rowling, a la que ninguna editorial quería publicar porque decían que aquello era infumable. Benditos ellos y su poderosa intuición. 

Norah Jones canta en directo y las imágenes de Nina Leen, esas mujeres extraordinarias llenas de encanto, salpican las pantallas y aparecen por aquí como si fuera un lugar tan glamouroso que pudiera llenarse de citas de actores y actrices en la Meca del cine o, mejor aún, en Montecarlo, ese pueblo costero plagado de recuerdos al que ya no va nadie desde que Max de Winter volvió a Manderley. 

sábado, 10 de noviembre de 2018

¿Cómo es posible que apaguen tu sonrisa?


Me miras y te miro. Nos entendemos. De una punta a otra del país pero las dos sabemos que hablamos de lo mismo, que tenemos las mismas emociones, la misma asignatura que no hemos aprobado, la misma insensatez ante las cosas, la misma inenarrable fantasía. Nos parecemos. El color de los ojos es distinto, el toque de las manos, la suavidad del verso que nos gusta escribir, la trayectoria. Te van las matemáticas y eso a mí me produce tanta envidia...Yo aquilato palabras y las transformo en tiempo y eso te encanta aunque no lo comprendas muchas veces. Somos tan diferentes pero hemos encontrado un punto de atención para ayudarnos, para que tus palabras se asemejen a las mías, para que huyamos sin dudarlo del mismo tronco hueco. 


¿Cómo es posible que apaguen tu sonrisa si es lo mejor que tienes? ¿Que viertan tu alegría en un saco de azufre y que desaparezca? ¿Cómo es posible que te dejes vencer tan a menudo? ¿Cómo es posible que "perdón" y "lo siento" sean tu vocabulario más continuo? No lo sé, te respondo. Ya no sé qué decirte, no me entiendo a mí misma, no comprendo qué soy, no encuentro las razones, solo tengo lamentos, ganas de ser distinta, de escapar, de no oír, de no escuchar, de mantenerme lejos, lejos, siempre. 


El eco de las voces de las dos se confunde. Tú te alteras un poco porque sufres al verme. Yo susurro en silencio porque no quiero hablarlo, porque no quiero serlo, porque no quiero estar. Nos sentimos ausentes, las dos tenemos miedo, estamos asustadas, no sabemos qué hacer con esta sensación de perder siempre todo, de vaciarnos las manos y vaciarnos los ojos en lágrimas que duelen, que saben siempre a sal. Hablamos y queremos entender lo que somos, al hacerlo ponemos en la palabra todo, lo que tuvimos antes, lo que somos ahora, casi nada, ya ves, dos mujeres cansadas. No te vas, yo no vuelvo. Así concluye a veces nuestra conversación. ¿Cómo es posible esto si la vida es hermosa? ¿Quién te lanzó la red, quién te engañó del todo, quién te perdió en un pozo, quién te fue traicionero?


No tenemos respuestas. Nos hemos escondidos. Dos mujeres hermosas que han dejado de verse en el espejo. Eso somos. No tenemos remedio. Nos han aniquilado. Absorbieron la fuerza que existía entre nosotras y ahora solo queda mirar por los balcones, observar que las luces de la noche cubren un vacío silencioso de una calle desierta. Y no estamos allí, nos escondemos, estamos escondidas, ocultas, invisibles. 

(Fotografías de Nina Leen) 

Novelar la vida, escribir la muerte. El caso de Joan Didion


La primera imagen de Joan Didion (Sacramento, California, 1934) es la de una lectora voraz, que leía libros y libros, muchos de ellos de mayores, desde que era una niña. Esa afición a la lectura marcaría su destino, su vida entera. Pero la historia de esa vida tiene tanto sabor, destila tanto interés como sus propios libros. No es una novelista al uso, sino que incursionó en el periodismo, comenzando por la revista "Vogue", ese vivero de buenos escritores, y también escribió para otras más. Hizo guiones de cine, adaptó biografías, se preocupó de temas políticos o geográficos, dio su opinión sobre los asuntos candentes del tiempo en el que le tocó participar activamente en la creación de pensamientos globales. Hizo muchas cosas, incluso enamorarse y compartir su vida durante casi cuarenta años con otro escritor, John Gregory Dunne, y con una hija, Quintana Roo. A ambos los perdió en un corto espacio de tiempo. Y fue capaz de escribir sobre la muerte, la pérdida, la soledad y el desamparo. 


La suya es, al tiempo, una imagen familiar y una imagen comprometida, la de alguien que formó parte con toda convicción de los acontecimientos más destacados de su época y para quien la comunicación verbal era toda una enorme posibilidad por la que tenía que transitar. El dolor por la muerte de su marido y por la pérdida de su hija, fue también convertido en palabras, de la forma en que lo hacen los que no hallan a mano otro bálsamo que ese, otra inagotable fuente de consuelo, si es que puede llamarse así. No tenía más remedio, diría Joan Didion, si pudiera explicarlo hoy, desde el silencio de sus últimos años en los que observa reediciones de sus obras, compilaciones y, sobre todo, reconocimiento. 


Ella es una de esas mujeres poderosas, vivas, llenas de intuición y talento, que las traducciones de las editoriales independientes que se están realizando últimamente, nos pone al alcance de los lectores. Sus libros tienen el poso de la genialidad. En el primero que publicó (en 1963) y que ha rescatado la editorial Gatopardo en marzo de 2018, "Río revuelto", el comienzo es tan genial como otros que la gran literatura ha ido aportando durante siglos: "Lily oyó el disparo a la una menos diecisiete. Supo qué hora era con exactitud porque, en vez de mirar por la ventana la oscuridad donde el disparo todavía reverberaba, siguió abrochándose el cierre del reloj de pulsera de diamantes que Everett le había regalado hacía dos años, para su decimoséptimo aniversario; se quedó mirando la esfera un largo rato y luego, sentada ya en el borde de la cama, se puso a darle cuerda"


Pocos comienzos más inquietantes. Pocas imágenes más llenas de desasosiego que la de esta mujer que sabe que algo ha ocurrido y algo grave, y se mantiene impertérrita, arreglándose en su habitación, mientras el exterior esconde una tragedia. Después de perfumarse con un perfume caro, su pensamiento nos sigue dejando atónitos, con ese fondo de incertidumbre que arrasa: "En las páginas despreocupadas de aquellas revisas en las que Joy era proclamado periódicamente el Perfume más Caro del Mundo, no salía ninguna mujer que, estando sentada en su dormitorio, oyese disparos en su embarcadero". Inquietante, como toda su obra, como ella misma, mezcla de cotidianeidad sencilla y de sofisticación inexplicable. 


Joan Didion y John Dunne formaron una feliz asociación. Demasiadas veces conocemos casos muy diferentes. Maridos y mujeres que terminan odiándose porque uno de los dos es más brillante, o porque triunfa más o porque obtiene más reconocimientos. No parece ser el caso de este matrimonio que perduró más allá de lo que suele ser usual entre artistas o entre escritores. Y es esa permanencia la que imprime aún más interés a su obra, teñida de una extraña duda, de un escepticismo radiante. Didion es la escritora de la indecisión. La historia que se narra en "Río revuelto" tiene lugar entre los años treinta y sesenta de California y su detalle es también la evidencia de los cambios que cubrieron la faz del mundo occidental durante estos años cruciales. Es la observación directa, la intuición felizmente proclamada y aceptada por todos los que han estudiado su obra, la que lleva a Didion a retratar tan certeramente un tipo que ya se estaba esfumando y para ello parte de la vida diaria, cotidiana y en aparente armonía de un matrimonio, el formado por Everett y Lily McClellan, gente corriente, pero cuya vida sentirá el mazazo de la sinrazón y de lo oculto. 


Además de sus novelas, guiones de cine y sus numerosos artículos en revistas con las que ha colaborado largo tiempo, también la no ficción ha presidido su obra, ensayos que en España se han recopilado con el título "Los que sueñan el sueño dorado" (2012). En 2006 obtuvo el National Book Award con una obra autobiográfica escrita a raíz de la muerte de su marido, "El año del pensamiento mágico", que quedó finalista del Premio Pulitzer y, más tarde, en 2011, publicó "Noches azules", libro en el que recreaba la muerte de su hija a los 39 años. Su trayectoria es muy larga pero es en estos momentos cuando se ha reconocido en cierto modo ese valor de convertirse en una persona que anticipa acontecimientos que sucederán tarde o temprano, en alguien que se da cuenta cómo el mundo está cambiando y con ese mundo también los seres humanos. Las relaciones entre las parejas, la amistad, la familia, todo ese ámbito casi doméstico pero que excede las paredes de cualquier casa son elementos que le interesan profundamente, al tiempo que otros temas que tienen quizá repercusiones aparentes mayores, aunque no siempre esa repercusión es tan señalada como la íntima revolución de la letra pequeña. 

Río revuelto. Joan Didion. Publicada en castellano por Gatopardo ediciones, primera edición en marzo de 2018. 

Traducción de Javier Calvo. Título original Run river. 

Diseño de la colección y cubierta: Rosa Lladó. 

Imagen de la cubierta: Bobby and Betty, 1953

Texto de la contraportada: Anne Tyler, New Republic. 

Sinopsis de la editorial: En un caluroso verano de 1959, el matrimonio formado por Everett McClellan y su esposa Lily, bisnietos de una larga línea de pioneros californianos, ven cómo se derrumba su vida bajo el peso acumulado de falsas apariencias, errores y traiciones. La historia comienza y termina con un disparo, cuya detonación lanza al lector veinte años atrás. Tomando el pretexto de un drama doméstico aparentemente inofensivo, Didion traza, con precisión quirúrgica, un fiel retrato de la clase media californiana de la época y retuerce los clichés románticos para retratar como un visionario la imagen de una América que se halla al final de los sueños y se adentra en una temporada crepuscular de la que parece ya no resurgirá. 

jueves, 8 de noviembre de 2018

Concha Méndez: un fresno en el centro de la casa


María Zambrano escribe la presentación de este libro que tengo en las manos y que releo mientras escucho a Norah Jones (siempre la misma música). Es un texto breve que sitúa a los principales personajes de esta historia que siempre me parecieron héroes mitológicos, gente que logró empezar de nuevo cuando parecía que todo había concluido. Lo que para algunos fue el final de la guerra para otros, muchos, constituyó el inicio de una aventura vital. Y esto vale no solo para los que se fueron, sino para los que se quedaron. Las guerras son el fracaso de la civilización y de esto sabían mucho los griegos. En 1939 y en los meses anteriores cuando se observaba con preocupación el fin de la democracia en España, por imperfecta que esta fuera y por poca confianza en ella que tuvieran unos y otros, ya hubo movimientos que indicaban que una parte importante de la intelectualidad y de los artistas iban a exiliarse.

La historia del exilio se está construyendo ahora y algunas biografías memorables aciertan a indicar qué significado tuvo en la creación y en la vida personal de sus protagonistas. Siempre defiendo que hay otro exilio interior que afectó a aquellos menos favorecidos por la suerte, las amistades o el dinero, y que ese exilio interior fue tan potente que cambió la vida de generaciones enteras. En realidad, ahora lo sabemos, los tres años de enfrentamiento fratricida nunca han sido superados en nuestra historia.
Paloma Ulacia Altolaguirre es la hija de Paloma Altolaguirre Méndez y esta, a su vez, es hija de Manuel Altolaguirre y de Concha Méndez. Sus palabras de presentación nos dan cuenta de la vida de Concha Méndez en el exilio. Permaneció aislada, nos cuenta. "Los españoles habían sido víctimas de una trampa impuesta por el exterior, que bajo pretexto de defender ideales se habían asesinado entre hermanos, amigos y vecinos" Esa era la opinión que Méndez tenía de todo aquello. Además, hablaba de la misoginia, tan presente, tan evidente cuando Gerardo Diego la dejó fuera de su "Antología". Desde 1944, el año en que Manuel Altolaguirre, su marido, la abandonó, esa marginación de Concha Méndez en el ambiente mexicano fue a peor. "Los exiliados, sobre todo los hombres porque las mujeres se asimilaron a la vida cotidiana, siguieron con sus antiguos pleitos entre partidos políticos, en tertulias, cafés; continuaron siendo víctimas de las ideologías, tan intransigentes como lo fueron durante la guerra, aunque en el exilio sin que el exterior les facilitara las armas para matarse" Concha Méndez lleva sobre sí el sello de haber sido la persona que acogió a Cernuda en su casa de Coyoacán, llamada "Tres Cruces". Su única hija, Paloma Altolaguirre, se casó con Manuel Ulacia en 1952 y un año después llegó Cernuda a vivir con ellos. Todos en la misma casa, una casa pequeña, que tuvieron ampliar no solo por la llegada de Cernuda sino porque tuvieron cuatro hijos.

Mucho del interés que despiertan los Altolaguirre-Méndez tiene que ver con Cernuda y con los poetas y artistas con los que trataron durante su vida. Es un interés de intermediarios. Ellos lo sabían y desde luego eran conscientes. Por lo que cuenta Paloma Ulacia a su abuela esto no le molestaba porque tenía un gran cariño a Cernuda y porque asumía como una parte importante de su vida todas las relaciones que había tenido con esa pléyade de poetas, intelectuales y artistas que se separó tras el final de la guerra.

En una entrevista realizada a Paloma Altolaguirre por James Valender, publicada en la Revista de la Universidad de México, en noviembre de 2013, número 117 de la segunda época, se desgrana con detalle lo referente a Cernuda en Coyoacán y aquí se confirma que el cariño que toda la familia tenía a Cernuda hacía que les importara que la atención de los periodistas o estudiosos se centrara en ellos a través del propio poeta sevillano. Dado que Cernuda vivió ya con el matrimonio Altolaguirre-Méndez en Madrid, está claro que sintió a esta familia como suya, como la familia que quizá nunca tuvo en el sentido que él deseaba.

Pero las memorias de Concha Méndez, escritas por su nieta Paloma Ulacia a través de las grabaciones que realizó a su abuela cuando esta contaba ya más de ochenta años, no son únicamente una reseña más o menos fiable de la relación que tuvo con Cernuda y con otros poetas y artistas en general. Ni siquiera tiene el papel central su matrimonio con Manuel Altolaguirre. Es ella la protagonista, la propia Concha, su vida tal y como ella la vivió, la entendió y la soñó. Esto es una cuestión que puede resultar asombrosa. Cómo es posible que sobresalga en el marasmo de tantas relaciones cenitales la vida de una mujer que parece estar en la sombra...Pues basta con leer el libro para entenderlo. Para conocerlo y asimilarlo.

La narración aparece en primera persona. Paloma Ulacia ha recogido fielmente, dice, el estilo de su abuela. Y es un estilo sencillo, sobrio, pero lleno de color, de sentimiento y de belleza. El libro se lee con rapidez y con agrado, a veces con tristeza, otras con un enorme asombro.

Hija de una familia que se enriqueció con las obras, con muchos hermanos y unos padres estrictos, ella siempre quiso volar, siempre quiso ser algo distinto a lo que era. No se conformaba con el destino de las niñas, siempre a la sombra. Por eso buscó la forma de salir de ese círculo tan estrecho y por eso lo consiguió. Fue novia de Buñuel durante siete años, pero era una novia secreta que ni siquiera se trataba con los compañeros de la Residencia de Estudiantes. Quiso conocer a Lorca y lo hizo por sí misma. Igual puede decirse de otros personajes ilustres de la Edad de Plata a la que ella pertenece por derecho propio. La escritura formaba parte de su ser pero no lo sabía y no lo supo hasta pasado un tiempo. Era una muchacha atlética, deportista, trabajadora, a la que no se le caían los anillos por hacer trabajos duros, como manejar la imprenta manual del que fue su marido, Manuel Altolaguirre, el poeta, impresor, dramaturgo, nacido en Málaga y siete años menor que ella, algo que despertó comentarios insidiosos cuando se casaron. Era también una mujer elegante, tanto en su porte como en su conducta. Nunca menciona en el libro a la "otra", la mujer cubana de vida y carácter extraños que fue la segunda pareja de Altolaguirre y por quién él la abandonó aunque fue un abandono muy curioso porque no dejaba de pasar ningún día por su casa a verla a ella y a ver a su hija Paloma, a la que adoraba. La muerte de Altolaguirre, en un accidente de coche en España cuando contaba 54 años y había venido al festival de San Sebastián, supuso una tristeza enorme para ella y también para su hija.

Estuvo rodeada de poetas y de artistas. La Generación del 27 debe mucho a Concha Méndez y a su marido, pues fueron ambos los que dedicaron esfuerzos ímprobos, dinero y trabajo para que se publicaran sus libros. En la colección "Héroe" vieron la luz "Primeras canciones" de Lorca, "Primeros poemas de amor", de Neruda; "El rayo que no cesa" de Miguel Hernández; "Las invitadas" del propio Altolaguirre; "Niño y sombras" de Concha y "La realidad y el deseo" de Luis Cernuda. Este último vio la luz en 1936, en esos momentos difíciles y peligrosos que estaban a punto de partir en dos la vida de los españoles. Lo cuenta ella con detalle, cómo en la velada para leer parte del libro Federico tenía un aire extraño y elogió la obra de Cernuda. Federico nunca elogiaba a nadie, dice Concha, así que todo era muy extraño. Al día siguiente se fue a Granada para encontrar la muerte.

"Alberti se comportó con nosotros de manera desleal y muy desagradable, ya que un día se le ocurrió tomar los nombres de Aleixandre, Cernuda, Moreno Villa, el de Manolo y el mío para incluirnos en un manifiesto comunista para el cual necesitaba el apoyo de los escritores. Los tomó, poniéndonos en peligro, sin que ninguno de nosotros estuviera de acuerdo con la infiltración de la ideología comunista en España" Esta afirmación da cuenta de las ideas políticas de Concha Méndez que tuvo la clarividencia de entender que esa guerra era mucho más que una guerra cualquiera. "España fue utilizada para discutir y plantear problemas ajenos a ella. Por un lado, los nazis habían comprado a los militares encabezados por Franco y por otro, se infiltró la ideología estalinista. Ellos pelearon entre sí y a nosotros nos confundieron. Los españoles peleaban entre hermanos y todos perdimos, en ambos lados se cometieron horrores e injusticias. Empezaron a pasar cosas de infamia, en los famosos "paseos", tanto los de izquierdas como los de derechas, sacaban a sus opositores de "paseo" y los fusilaban". 

Concha Méndez expresa con mucha suavidad su queja hacia algunas de las personas que se encontró en su vida. Nunca lo hace de manera agresiva sino con cierta grandeza de miras, como si, en realidad, todo eso fuera accidental y lo importante quedara a salvo, resguardado. Tener ochenta y tantos años y mirar por la ventana de su casa para ver el jardín, eso es un regalo de la vida después de haber pasado incluso por un intento de suicidio. Tenía cierta conciencia de que Cernuda en realidad no la quería, aunque lo atribuía a su carácter difícil y retraído, porque sí observó que quería a sus nietos y lo demostraba. Dejó que figurara como alma mater de la revista "Caballo verde para la poesía" a Pablo Neruda aunque todo el trabajo, el dinero y la gestión de la misma era de ella y de Altolaguirre. Agradece la intervención de algunas personas que la ayudaron en determinados momentos pero también muestra una templanza de carácter que la distinguen de una forma inequívoca.

Su hija Paloma nació en Londres y sus padrinos fueron Vicente Aleixandre y su cuñada Conchita. Esto nos muestra hasta qué punto estaba separada y distante de su familia, a la que volvió a ver muchos años después de marcharse con ocasión de una única visita que hizo a España en 1966. Parece que era una mujer que tenía la facilidad de adaptarse allí donde estuviera y que veía el lado bueno de las cosas sin engañarse. Tampoco era nada fanática, ni tenía ningún interés en mantener discusiones políticas después de que el fantasma de la guerra la hubiera convertido en exiliada. En realidad, era una mujer libre de pensamiento y de convicciones, que deseaba disfrutar al máximo de la vida sin que le pusieran cortapisas. Pero eso era todo. No fue a la universidad y eso es algo que le pesó. Dejó el colegio a los catorce años pero aprendió pocas cosas de las que a ella le interesaban realmente. "Las niñas no son nada" le dijo un amigo de su padre de visita en la casa cuando ella manifestó que quería ser capitán de barco. Ser la mayor de once hermanos le imprimió personalidad y responsabilidad, pero no dejó nunca de tener esa rebeldía innata que la hacía pasear por la Gran Vía con su gran amiga Maruja Mallo y sin llevar sombrero.

La gran virtud de Concha Méndez fue esa, adaptarse a las circunstancias. Se adaptó al abandono amoroso de Buñuel, que la dejó a los siete años de novios, y de Altolaguirre. Se adaptó al exilio y al vaivén de un país a otro. Se adaptó a la enfermedad, cuando, tras una caída al venir a España estuvo atada a la cama durante meses y perdió su anterior movilidad. Se adaptó a la misoginia que le impuso la invisibilidad de que su poesía estuviera siempre a la zaga de la de los hombres. Se adaptó a no poder ir a la Universidad. Se adaptó a vivir de una forma sencilla, a no tener dinero, a no tener vestidos, a desaparecer de la vida social, al silencio.

Y, sin embargo, esa adaptación inteligente nunca significó sumisión, ni servilismo, ni abdicación de sus ideas y sus principios. Los mantuvo pese a todo y hasta el último momento ejercitó esa labor empática, esa actitud de escucha comprensiva que hacía que la gente se le confiara de forma espontánea; esa generosidad apabullante; ese abrirse a todos y a ofrecer lo que tenía para ser compartido. Por todo ello fue polifacética: poeta, editora, impresora, viajera, campeona de natación, sinsombrero, activista de la vida, compañera, esposa, madre, abuela, amiga. Risueña encantadora de serpientes. Admiradora de poetas sin suerte. Defensora de la tauromaquia, a la que defendió delante de unos ingleses críticos; inspiradora de artículos de arte, según le confesó Juan de la Encina; pionera del asociacionismo femenino pues fue una de las fundadoras del Liceo Club Femenino de Madrid, en donde las mujeres se reunían para tener voz y palabra y adonde se negaban a asistir algunos conspicuos intelectuales, como Buenamente, que contestó a la invitación "¿Cómo quieren que vaya yo a dar una conferencia a tontas y a locas?"...Amante del arte, amiga de artistas, aventurera.

La historia de Concha Méndez merece ser leída. No encontrarás lugares comunes, tópicos, eslóganes. Los nombres que en ella aparecen, por rutilantes, no opacan su figura sino que, al contrario, la realzan y complementan. Las anécdotas de la vida cotidiana son aquí el espacio esencial porque es lo que importa después de todo, viene a decirnos. Por sobre todas las cosas es una llamada de advertencia contra el dolor que ocasiona la guerra, ese mal que nunca se despeja del todo y que desune familias y alimenta el odio. El amor en todas sus manifestaciones es una fuente esencial de alegría y de dolor, ambos unidos y mezclados. La amistad y la duda. El camino por recorrer y los sueños hallados. La literatura. Concha Méndez reivindica su escritura, esté o no en las Antologías. Reivindica su talento para escribir, la facilidad con que la poesía rebosa su espíritu y se plasma en papel. La suerte que la vida le ha deparado, el quedarse con lo mejor, el sentir que hay que expresarse porque esa expresión es lo que nos es dado como el mayor regalo de todos. Memorias que son vida. Imposible no quedarse con las enseñanzas que nos muestra tan sencillamente. Imposible no pensar en que, sin duda, hay mujeres de luz, hay personas de luz. No creo, estoy segura, que la Generación del 27 hubiera sido lo mismo sin gente como ella. Portera de las noches y el insomnio, vital soporte de las penas más duras, ella,  la luz, la casa, un fresno en el centro del salón para recoger las hojas en el otoño y las flores en cuanto salta en primavera la estación de los sueños.

Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas. Paloma Ulacia Altolaguirre. Presentación de María Zambrano. Biblioteca del exilio. Editorial Renacimiento, 2018.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

"Flamenco. Negro sobre blanco" de Cristina Cruces Roldán


     "Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos..." anunció Dickens. Bien podríamos aplicar al flamenco esta máxima, porque es el arte de los extremos, de los peores augurios y las mejores noticias. Desde que existe viene sorteando obstáculos, algunos en nombre de quienes se empeñan en que la tradición sea inamovible y otros por parte de la innovación a ultranza. Como todo arte contemporáneo es cambiante y complejo; como todo arte de cualquier tiempo histórico es, también, reflejo de la sociedad y, a la vez,  representación de la misma. En el flamenco confluyen tantos ríos que es imposible separar las aguas una vez se llega a la desembocadura. Los afluentes se confunden, se alían, se miran unos a otros con la perspicacia de quien quiere entenderlo todo. Y el conocimiento total se pierde ante el detalle, ante la pequeñez de un instante. Porque, a la par de todos, es un algo tan efímero como el calor de un baile o el saludo al sol de cualquier cante elevado a la máxima potencia. 


(José Villegas. Retrato de Pastora Imperio, 1906)

     Cristina Cruces Roldán (Sevilla, 1965) ha seleccionado cuidadosamente un manojo de artículos y trabajos que adquieren sentido en este libro. Son investigaciones que el paso del tiempo no ha superado y propuestas que tienen la vocación de extenderse abriendo paso a otros caminos. Así funciona el flamenco, como destellos de espacios mayores que no siempre se continúan pero que siempre ofrecen oportunidades de revisión y de estudio. El libro tiene carácter de miscelánea pero, sin embargo, está regido por un orden interno, por una estructura que acompaña la lectura del libro. Esta ha de hacerse de forma pausada, no es una novela que uno pueda leer de un tirón, es más bien un sitio al que acercarse para profundizar en aspectos que, por separado, quizá nos hayan llamado la atención pero que juntos tienen vocación de convertirse en referencias. Hay cinco grandes bloques de contenidos, cada uno de los cuales construye a modo de edificio, la argamasa fundamental del libro: El cine, el patrimonio, las expresiones, el neoflamenco y la investigación. Además de eso, consta de un interesante apartado dedicado a los estudios bibliográficos entre los que destacan los de Mario Penna y Blas Infante


(Joaquín Sorolla y Bastida. Bailaoras en el Café Novedades de Sevilla)

     Los capítulos vienen precedidos de dos escritos de excepción. Ambos completan y arrojan luz al volumen, de hermosa factura, escogidas fotografías y maquetación limpia y elegante. Uno es el prólogo a cargo de José Luis Ortiz Nuevo, conocido agitador cultural que en el mundo del flamenco lo ha hecho todo, excepto, quizá, bailar con bata de cola. Su texto tiene la frescura de las notas improvisadas y la sabiduría de quien es original por fuerza, porque no puede ser de otra forma y está dedicado, además de a la autora, a dejar constancia de que hay mucho por hacer y no siempre se hace. Por su parte, la presentación del trabajo corre a cargo de la propia Cristina Cruces, que antes ha abierto el lance con una preciosa dedicatoria a su hija Marta: "Dueña de las palabras, dulce rayo de vida". Resulta muy pertinente esta presentación para entender el sentido del volumen, partiendo de su idea acerca del flamenco "un espacio para la pregunta y la palabra". Los artículos seleccionados se redactaron entre 1997 y 2015 y se presentan, como afirma la autora, "sin orden cronológico, ni jerarquías de prelación". 
     

(Julio Romero de Torres. La Niña de los Peines) 

     El punto de vista de la antropología, territorio de estudio en el que la autora se mueve por su condición de catedrática en esta disciplina, aporta la necesaria mirada, la estructura necesaria para que las aguas estén en su cauce y no se desborden. Resulta imprescindible hacerlo así ya que, de otra manera, no se podrían abarcar todos los matices y recovecos que la obra flamenca presenta. Desde aquí, Cristina Cruces avanza en cuestiones de la academia tradicional, temas que han sido discutidos y tratados en ocasiones, hasta otros más nuevos, con más carga de polémica y que tienen que ser construidos a base de estudios y disquisiciones. En este sentido, el libro recoge aspectos ya asentados en el corpus científico flamenco, a la par que abre preguntas y puertas por las que discurrir. Así mismo lo explica en su presentación: "Hacer del flamenco un objeto de estudio me ha permitido devolver a este arte tan amado las sencillas armas que poseemos quienes elegimos la investigación como tarea de vida". Por último, pero no menos importante por lo que implica de toma de postura, su explicación se inicia con la referencia a dos mujeres que, para ella, significan una postura que la acompaña en su indagación de todos estos años: por un lado, la pensadora Judith Butler, que reivindica el papel del trabajo intelectual como vehículo del conocimiento y del contacto entre los seres humanos y por otro la poetisa Emily Dickinson, que utilizó para ello lo que el sentimiento aporta a la lectura, los poemas de interior que la caracterizan. 

     Ambas, Butler y Dickinson, cabeza y corazón, ejemplifican bien aquella máxima que empezó siendo el título del libro de una pionera de las mujeres inteligentes, "Sentido y Sensibilidad", de Jane Austen. Las dos cualidades son parte de la personalidad de Cristina Cruces Roldán y el indispensable pasaporte para que el libro contenga tanto conocimiento como emoción; tanto información como pasiones confesadas. La poesía de los datos abierta y desplegada con una mirada propia. 


Flamenco. Negro sobre blanco. Investigación, patrimonio, cine y neoflamenco. Cristina Cruces Roldán. Editorial Universidad de Sevilla. Instituto Andaluz del Flamenco. Colección Flamenco, número I. Directores de la colección: Rocío Plaza Orellana, Francisco Javier Escobar Borrego. 

Motivo de cubierta: Tranquilo alboroto. Rubén Olmo. Fotógrafo Eduardo Rubaudonadeu. Sevilla, 2017.