sábado, 18 de agosto de 2018

La carretera azul


Raoul Dufy podía haber nacido en Cádiz. Sus azules hubieran sido tan turgentes y vivos como pueden apreciarse en sus cuadros. La obra de Dufy es para mí el santo y seña del mar, la auténtica viveza del tiempo de los encuentros, las olas en su navegar hacia la orilla. El océano rodeado de la pequeña y multicolor marea de gente que apenas entiende algo más que ese bienestar irrepetible de su brisa. Mi mar, mi océano, está en los cuadros de Dufy. 

El marido de Edna O´Brien aborrecía que ella escribiera. Y tuvieron sus más y sus menos. Diferencias irreconciliables lo llamaría un abogado de divorcios. Yo lo llamo incapacidad para amar y para ser generoso con uno mismo. Envidiar el talento del otro es pecado. Envidiar el talento de alguien a quien deberías querer es mediocridad. Y ser mediocre es peor que ser un pecador. 

Cuando Ernest descubrió el borrador en el que ella describía una carretera azul en un paisaje que su cabeza había recreado a partir de las ondas azules del mar de su infancia, estalló una pelea entre los dos. Se enfadó tanto porque ella se empeñaba en que existían las carreteras azules…A él no le gustaba que le llevasen la contraria y, sobre todo, no podía entender que los colores son convenciones, que no son una parte de la realidad, sino de cada realidad. Los días también tienen colores, te expliqué una vez, aunque ya lo has olvidado. O lo has tergiversado y convertido en un capricho más de los míos, alguien que quiere inventar la vida desde los libros. 



Si alguien te dice que eres una “charlatana de las letras” deberías preocuparte. O no preocuparte y alejarte lo más lejos posible. Yo aconsejaría siempre preparar un pequeño equipaje, una mochila incluso, y tomar el camino que conduce a la carretera azul, y de ahí, al mar azul, y del mar, al océano. 

Podrías quizá entonces hallar un trozo de la felicidad infinita que ha de repartirse entre todos los humanos. Una pequeña porción como si fuera un pastel gigantesco en el que hubiera de todo: chocolate, frutos del bosque, vainilla, turrón y nueces. Antes del viaje no deberías leer ningún libro que te hiciera llorar, porque los ojos han de estar secos y prestos para vigilar el camino. Aunque estés segura de que la vida no puede vivirse con la misma intensidad que los libros, haz una salvedad. Espera a cruzar la carretera azul y estar a resguardo. Solo así empezarás a darte cuenta de que tus carreteras azules existen porque tú las ves. 


(Pinturas: Raoul Dufy) 

viernes, 17 de agosto de 2018

Atrapadas



Las ves y han olvidado sonreír. Tienen un aire cansado, como si todo el mundo cayera sobre ellas de vez en cuando. Como si ellas soportaran todo el mundo. Han perdido eso que se llama dignidad y han escalado las cimas del ridículo. Son más de lo que parecen. Tienen cargos públicos, trabajos importantes, inteligencias limpias, miradas puras. Pero cayeron en una red de la que es difícil escapar. Es una red que comienza siendo una gasa suave y delicada que te cubre, adobada con palabras amables, con canciones italianas y películas tristes. Continúa con un péndulo que se mueve, de un lado, los susurros; de otro, los gritos. Como si tuviera un aire bergmaniano inconfundible. Primero, notarás que el lazo te rodea. Después, el lazo será una mano fría. Por último, alguien se reirá de ti y te preguntará por qué no te mueves si en torno a ti no hay nada. Ese es el secreto: no hay nada donde creías que había una huella de calor. Eso que notas no existe, ni fue nunca, es una ensoñación, un juego, una trampa, todo menos lo que has pensado que era. Es un peligro. Y tú una víctima. Vosotras, las dos, las que no tenéis sonrisa porque la habéis perdido al olor del narciso. 



(Fotografías de Vivian Maier) 

jueves, 16 de agosto de 2018

Un paseo en agosto con Edith Wharton


Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), reaparece cada vez que vuelvo a buscar en la estantería de los libros amados. Allí está “La edad de la inocencia”. Están “La solterona”, “Santuario”, La renuncia, Estío, Las hermanas Bunner y algunos más, incluidas sus memorias. Está también una rareza, “La soñada aventura”, en una publicación de la editorial Juventud de 1925, aunque el ejemplar que manejo, de la Colección Universal, es de 1994. 

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro. 

Tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio. 

En las ediciones que hace la editorial Impedimenta de dos de sus libros “Santuario” y “La solterona” tenemos la suerte de contar con una introducción y un post-facio verdaderamente útiles a la hora de entender a Edith, su mundo y su literatura. La primera es obra de Marta Sanz y el segundo (así como la traducción) de Lale González-Cotta. Es hora de reconocer cuánto bien hacen estos estudios breves pero bien hilvanados a la comprensión de los libros y a ampliar nuestros horizontes lectores. Un buen prólogo es capaz de ponerte en situación y de hacerte navegar con brújula segura por el mar del escritor, aunque este acostumbre a utilizar arenas movedizas. 

Las convenciones sociales, las mujeres y su papel en la sociedad, la maternidad, las relaciones amorosas y la búsqueda de la felicidad, son los temas que nos interesan en Edith Wharton. Y son los ejes centrales en los libros que hemos citado. Constituyen la forma en la que ella contribuye a un movimiento soterrado que tiene en la literatura algunas representantes notables y que pretendía dar a conocer, con cierta crítica y mucha rebeldía, el agotamiento femenino ante roles que no le proporcionaban ni una pizca de felicidad. Y, por otro lado, también denunciar que no eran únicamente los hombres, ni todos los hombres desde luego, los responsables de esa estabulación de las mujeres, de ese dirigirlas hacia un camino estrecho y sin vericuetos, sino también las propias mujeres, lo que Lale González-Cotta llama “sanedrines femeninos atávicamente educados para ejercer de madres, complacientes esposas y exuberantes floreros”. 

Los enemigos de la mujer libre, viene a decirnos Wharton, no son solamente los hombres, ni siquiera son siempre los hombres, sino también las mujeres, las otras y ellas mismas. Quizá solo alguien como ella podía aclararnos esto. Porque era sofisticada, culta, elegante, inteligente y talentosa. En ese talento cabía el don de observar, ese privilegio que, aunque parece común, solo lo poseen unos pocos. De la verdadera observación se deduce el conocimiento y una selección exquisita de qué es lo que se puede contar, qué hay que ocultar y qué hay que dejar entrever. De ahí sus maravillosas elipsis narrativas, esos hechos que no están, pero han sucedido ya o suceden entre bastidores. 

Algunos mitos caen por medio de la actitud de sus heroínas. En “La edad de la inocencia” no es solo Ellen Olenska la que transgrede las normas, sino también la inocente May Welland, cuando se deja ver con ella o la anciana señora Mingott. En “Santuario” es Kate Orme, luego Kate Peyton, la que tiene que actuar ante hombres pusilánimes y mujeres que se mueven sin que nadie lo note. De Kate “una mujer profundamente empática y, que, en consecuencia, sufre” parte la reflexión crítica sobre lo que significa la maternidad. Quizá en esto Wharton tuvo la influencia de una madre poco afectuosa y del hecho de no haber tenido hijos. Esa figura de la madre inexistente, extrañamente lejana, sobreprotectora pero sin empatía o centrada en un mundo en el que los hijos apenas son un número más, la vemos en otras escritoras: Jane Austen, las Brontë, Edna O´Brien, por ejemplo. En “La solterona” las primas Delia Lovell Ralston y Charlotte Lovell han de enfrentarse a un dilema moral para el cual no hay una solución satisfactoria. Y precisamente el formar parte esas opulentas familias neoyorkinas es una absoluta desventaja: nada debe parecer inadecuado, todo lo oscuro ha de ocultarse, la familia está para solucionar esos problemas que son propios de otras clases sociales. 

Lo que nos cuenta Wharton, esa lucha soterrada y a veces abierta, de muchas mujeres, contra otras mujeres y contra algunos hombres, para mostrar su inteligencia sin cortapisas, para elegir casarse por amor o por conveniencia, pero elegir y para ser madres si lo deseaban o no serlo, todo eso lo conocemos desde dentro y no hubiéramos podido acceder a ese interior si ella no fuera de la clase. Escribir es la negación de usar la inteligencia a escondidas. Es lo contrario del arma de la manipulación que usan hombres y mujeres para dominarse sin perder la compostura. Escribir es mostrarse al exterior y sacar fuera lo que en el espíritu es una certeza o una duda imposible de resolver si no se abre a la luz. 

Los circunloquios que tanto se achacan a su forma de narrar tienen mucho que ver con la forma cuidadosa y entre cursivas que caracterizaba las conversaciones de su sociedad. Todo había de ser tratado con pinzas y con guantes para que nada manchara la blancura de las rosas de otoño. Sin embargo, ella, en su vida personal, dejó varias manchas en el mantel de la familia. Se divorció, para empezar, en 1913, de su marido, doce años mayor que ella Teddy Robbins Wharton, que la había cansado con continuas infidelidades públicas, algo que era casi una obligación de los hombres de las clases altas, tener amantes y exhibirlas. En segundo lugar, se asentó en París y allí alternó con un número importante de artistas y escritores, manteniendo unas relaciones especiales tanto con el periodista americano William Morton Fullerton (deliciosa la correspondencia entre ambos) y un par de mujeres, Mercedes de Acosta y Camilla Chabbert. No sabemos si ella lo reconoció abiertamente, pero era, ya lo vemos, bisexual. 

Su gran amigo y del que se consideró siempre discípula, fue Henry James, que a cualquier otra con menos talento la hubiera oscurecido. Sin embargo, Edith Wharton, que, como afirma con acierto Marta Sanz se dirigía a “un lector inteligente al que se trata con respeto” siempre tuvo claro que “el pensamiento y la escritura son formas de acción”. Por muy privilegiada que fuera su existencia, su cuna y su crianza, ella no iba a dejar pasar la oportunidad de convertirse en una mujer dueña de su destino, libre, por mucho que los modos imperantes pudieran llegar a considerarla una mujer “horrible”, en contraposición con las mujeres “perfectas”. Seguramente, como Kate, la protagonista de “Santuario”, Edith era una mujer más inteligente que los hombres que la rodeaban. Por eso y otros méritos fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa en 1921, por la Universidad de Yale. Ella se negó,  claramente, a guardarse para sí su inteligencia y decidió que escribir era la mejor forma de salir de su cárcel dorada, aunque eso sí, con elegancia, buenas maneras y sin pisar ningún charco al descender del landó para ir a la ópera. 

martes, 14 de agosto de 2018

Un mar que no conozco


(Emil Nolde)

Desde el fondo del agua tu palabra me mira. Asoma la cabeza y yo la reconozco. Sé cuánto tuvo de belleza su eco. Sé cuánto me ha costado olvidar su sonido. Levanto la esperanza por si tuviera tiempo, todavía, quién lo sabe, para encontrar la causa, el tiempo que he perdido, las lágrimas que arrojé a ese vacío de escombros sin medida. Acuno el aire azul de la piscina, remuevo el fondo con las manos frías, me escondo el temblor de tu recuerdo, no siento nada que no tenga la humedad de las lágrimas. Estás y no te fuiste, pienso a veces. Cómo marcharte si nos quedamos solos. La casa se revuelve, las flores se convierten en lisas espinas que trocean nuestra piel y la marchitan. Somos la piel marchita de la casa que fuiste. Abro los ojos y te comprendo todo. Cierro los ojos y te miro al instante. Esa media sonrisa que decía tantas cosas. En ese tierno abrazo que me cubría la soledad entera. He cambiado tu vida transparente por una oscuridad de mentiras y juegos. Quién no podría sentirse que ha perdido, que no ha sabido ser una mujer como aquella que amaste sin medir cantidades ni pedir nada a cambio.

sábado, 11 de agosto de 2018

Paréntesis de agua

Hoy he cerrado todas las puertas
He apagado las luces al salir
He borrado su nombre del teléfono
He roto puentes y zanjado esperanzas

He arrojado con ira su pequeño afecto
Un simple, diminuto, insignificante afecto
En un contenedor lleno de suciedades
Para que nada suyo se mezcle con la vida.

Al fin, si no te aman como tú deseas
Llamarse amor no puede, es solo frustración
Una mentira que cuentas por si cuela
Una estupidez que se repite en sueños.

He terminado una larga aventura
En la que quise hallar perdido un paraíso
Una forma del agua que llevara mi eco
Que estuviera cuajada de abrazos sin medida.

Pero al fin, si los cuerpos no se reconocen
Si no hay piel o si la piel no tiembla
Ya nada puedo hacer que no sea arrepentirme
Acunar el vacío, pero este es yermo y terco.

De nada sirve que el calor te corrompa
Que la huella del sol nos amanezca
Tal vez tenga que convertirme en aire
En surco de levante, en brisa de poniente.

No he vuelto la cabeza al marcharme
No he querido contemplar los restos
Al fin, he sido yo, ha sido cosa mía
Una invención transformada en cenizas.

viernes, 10 de agosto de 2018

Amores que no matan (II)



Era la isla de todos los azules. Existen carreteras azules, azules trenes, lagos azules y un azul cielo en todos los amaneceres. Cuando el banco fondeó en la bahía vi levantarse a lo lejos los contrafuertes de la catedral, de piedra sólida, con un destello azul imperceptible. Azules son sus ojos, pensé en aquel castillo donde los figurantes vestían de túnicas moradas y llevaba sables de juguete o de atrezzo. Azules son sus ojos y yo los atisbaba en la noche de bengalas que cruzaban el tiempo de un abrazo. Era mi compañero, un amigo del alma, ma cherie, me llamaba y las voces se unían. En las tardes de sol y en las mañanas frescas nuestros pasos mezclaban en un mismo horizonte todo lo que pensábamos, todo lo que sentíamos. Ese mar tan azul, con esas vistas, el aire que azotaba la falda y se movía, los ojos en los ojos, tan azules los suyos, y yo prendida siempre pero sin entenderme. 
Me quisiste hasta el fondo y yo no te creí. No supe interpretar la avidez de tus manos, la cristalina rosa que me acogió a lo lejos, la postal del secreto, y las horas azules del hotel, en abrazos, en sutiles abrazos que nunca abandonamos. Todos los días del tiempo transcurrido desde que tu eco azul se me perdiera he pensado en quererte de algún modo, he pensado que era fácil quererte. Pero las muchachas no sabemos amar si el hombre nos acuna y no nos vence. Las muchachas huimos del amor, cuando el amor es noble y nos protege. Te perdí, no te tuve. Me quisiste, lo sé, y nunca tuve tiempo, nunca quise entenderte, me quedé con la duda antes de tu certeza. Varada en los azules de tus ojos.


(Fotografías de Mercedes Álvarez) 

jueves, 9 de agosto de 2018

Amores que no matan (I)



Míralo. Es el chico más guapo de la reunión. De la boda. Y eso que la gente va tan compuesta, tan de fiesta, que resulta difícil destacar. Pero él ha destacado siempre. Por eso nunca me ha hecho ningún caso. Cuando yo era una niña de ocho o nueve años ya moceaba y todas las tías y las primas comentaban esa belleza única. Los ojos verdosos con un fondo de color miel, que los hacían más dulces e inexpertos. Las manos, grandes pero con la tibieza de quien sabe acariciar sin esperas. El cuerpo, ágil, gentil, alto, dispuesto. Un pelo echado hacia atrás pero no lacio, sino con ese suave ondulado que en esta tierra se agradece tanto. Y la risa, oh la risa. Una manera de fruncir los labios como si fuera a darte un beso. Es el chico más guapo de la reunión. Lo dicen todas. Y hoy viene especialmente atractivo. Con un traje que le sienta tan bien. Y esa camisa blanca que hace brillar sus ojos, y los gemelos, impolutos, y el pantalón que le queda perfecto como casi todo. Es tan hermoso que parece un dios, un artista de cine, un gladiador romano, un navegante de mares ardorosos. Por eso nunca se ha dignado fijarse en mí, una niña sin más, una niña rodeada de libros, que no podría competir nunca con las chicas despiertas, algunas con pamela en horario de tarde. 
Pero hoy todo va a ser distinto. Lo presiento. Esos ojos se han detenido en mi. Dicen que el negro no es un color de bodas, pero yo he decidido venir de negro, la piel dorada por el sol, unos pendientes largos de cristal que se mueven en zigzag como una interrogación. Y un suave mantón de Manila color crema que cae sobre los hombros sin cubrirlos. Y esos zapatos de afilado tacón que consigue moverte así, de un lado a otro, moviendo el trasero como si recorrieras el malecón de La Habana. Todo va a ser distinto, lo presiento. Esos ojos verdosos con un fondo de miel se han parado en los míos. Me ha tomado una mano y, a punto de besarme castamente ha dicho una palabra, tan solo una palabra, una palabra única, una palabra entera, una palabra sola. Preciosa. Después ha seguido mirándome. Ha seguido buscándome los ojos. Ha seguido soñando con mi boca. Ha seguido inventando mi cintura. Ha seguido preguntando sin ninguna pregunta ¿dónde te habías metido? ¿Por qué tardaste tanto en llegar hasta mí?  


(Fotos: Alain Delon, lo más parecido al chico de la boda) 

viernes, 3 de agosto de 2018

Valdecaballeros


Valdecaballeros es uno de los diecisiete municipios de la Siberia extremeña, una especie de desierto aliviado con el agua de pantanos y embalses. Un territorio desconocido, en el que viven muy pocas personas y en el que la vida está detenida en muchos aspectos. Leo en la prensa algunas noticias que hablan de él y me viene a la memoria una historia de juventud, casi de adolescencia. Un novio, alguien que tenía todas las cualidades que una muchacha romántica busca en su futura pareja. Atractivo físico, inteligencia, ojos verdes cautivadores, una voz hecha para la radio, unas manos preciosas, estilo a la hora de relacionarse con la gente, bondad, hábito de trabajar mucho y bien, aficiones. La arqueología era una de sus pasiones. También su pueblo, al que adoraba y al que volvía en vacaciones. Cuando yo lo conocí, aún no tenía veinte años y él andaba cerca de los treinta. Tenía una novia en su pueblo de la que recuerdo su nombre aunque no lo escribiré y eso me hacía sufrir horrores. Sin embargo, dejó a su novia por mí. Pero yo no lo consideré un triunfo, más bien empaticé con la pobre chica. Me parecía injusto lo que le había ocurrido y me sentí muy culpable. 


Estuvimos tres años juntos y creo que fui muy feliz. Digo creo porque no lo recuerdo. No tengo claro qué sentía, salvo que, eso sí, estaba enamorada de él hasta el fondo. Y por eso quizá me dolió tanto enterarme que, una vez que me dejaba en mi casa a la hora prudencial de las buenas chicas, se iba a bailar a una de las discotecas de moda de la zona. No sé cómo me enteré, pero recuerdo la pena que me causó y, sobre todo, las ganas de llorar y la angustia. Una pena, una angustia y un llanto que tengo muy cercanos y que vivo siempre exactamente igual. Seguramente soy una absurda sentimental, una melodramática sin remedio. Debería haber zanjado la cuestión porque ese hombre me quería a mí y no a la barbie recauchutada con la que bailó algunas noches. Pero del orgullo y del prejuicio de Austen yo me quedé con los dos y eso que entonces no la había leído. Lo dejé sin más. Y tuvo mérito porque lo quería a morir. Estuve así una semana llorando en La Carolina, al amparo de mi querida prima. 


He visto las fotos de Valdecaballeros en la prensa y resulta que tiene un dolmen. Nunca llegué a ir porque con esa edad no me dejaban viajar con novios ni nada parecido. El dolmen tiene un aspecto un poco decrépito como ocurre con todas estas cosas del año de la pera pero me ha gustado saber que hay restos de otras culturas y que los hombres primitivos no eran nada tontos, porque eligieron para vivir un sitio que tenía que transmitir un aire maravilloso, porque, en caso contrario, ese hombre al que quise tanto no se mantendría toda su vida, supongo, enamorado del entorno. Esta historia tiene muchas aristas pero no caben en una entrada de un blog. Porque son vida real. 

jueves, 2 de agosto de 2018

Cabeza, corazón, modales y espíritu

    

(Emma le cuenta una confidencia a Harriet Smith en la película de 1996) 

     He aquí los cuatro elementos que Jane Austen (Steventon, Inglaterra, 1775-Winchester, Inglaterra, 1817) muestra en sus personajes. Cabeza, corazón, modales y espíritu (head, heart, manners y spirits). Por eso las descripciones físicas son tan escasas y, cuando aparecen, solo sirven para aportar un detalle que ayude a entenderlos. Esa es una de las características de su estilo literario y yo diría también de su concepción de la escritura, incluso de la vida. En lo que se refiere al aspecto físico algunas pinceladas bastan pero nunca tienen un aire hiperbólico, no son esenciales. No hay grandes bellezas ni fealdades, ni deformidades exageradas, sino gestos, miradas, movimiento de las manos, andares, todo eso que forma la imagen de una persona mucho mejor que los rasgos puramente físicos. Por eso mismo, de Elizabeth Bennet dice que tiene unos ojos expresivos, un aire ingenioso y una figura agraciada. Y de la misma forma se refiere al porte noble del señor Knightley. O al estilo aristocrático de Darcy. Y, desde el otro lado, a la bastedad de la señora Bennet, a la parsimonia perezosa de su marido o al aire mundano pero frívolo e insustancial de las hermanas de Bingley. Estos son algunos ejemplos que señalan su manera de definir a los personajes. 

        Solo con Emma se permite la licencia de escribir, y al principio de la novela, a modo de carta de presentación de esta protagonista tan peculiar "Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia..." Podemos detenernos en esta definición. La belleza, a la que ella alude muy raramente; la inteligencia, que es un elemento omnipresente en sus descripciones y al que le da enorme importancia; la riqueza, la única forma que tenía una mujer entonces de no ser dependiente de los parientes varones; la risa, como rasgo de carácter que define a una persona, en este caso, además, de una manera natural, sin impostaciones y, por último, "una casa magnífica", algo que Austen nunca tuvo, ni en propiedad ni prestada, y que era uno de sus mayores deseos, porque significaba ser de algo, pertenecer a algo, tener la seguridad de una vida plácida. 

       En un interesante libro publicado por la Universidad de Málaga en su colección Textos mínimos, escrito por Nieves Jiménez Carra y titulado "La traducción del lenguaje de Jane Austen" se pone de manifiesto el cuidado que la escritora ponía en toda la redacción de sus textos, incluidos el vocabulario, la sintaxis, el uso de términos específicos y, en general, todo lo que denota que no solo escribía, sino que corregía, volvía a escribir, reescribía y, en suma, dedicaba mucho tiempo a perfeccionar sus novelas. En el libro se distingue la forma de utilizar el lenguaje por el narrador y, por otro lado, los diálogos y elementos más coloquiales. En cuanto a estos, se han realizado estudios de frecuencia de palabras así como de expresiones, latinismos y otros aspectos de interés que aún resultan más curiosos si tenemos en cuenta que, salvo la presencia mínima de criados con diálogo (escasísimos) los personajes que aparecen en las novelas pertenecen todos a la misma clase social, con algunas excepciones de aristócratas. 

       Todo esto contradice el aserto familiar de que Austen era una especia de escritora aficionada que, en los ratos libres, se dedicaba a emborronar cuartillas. Sería imposible la perfección conseguida en sus libros de ser así. Aunque no dispusiera de una habitación propia, aunque la faceta de escritora la llevara muy escondida, esto no quiere decir que no tuviera perfecta conciencia de su talento, de su capacidad, de su necesidad de plasmar por escrito sus impresiones, ideas, sentimientos e imaginación. De ahí su vigencia, de ahí su lozanía, de ahí su vigor. Y todas las innovaciones temáticas que introdujo en sus novelas y la forma en la que su escritura puede leerse ahora con perfecta sensación de actualidad, al contrario de lo que ocurre con sus contemporáneos.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Cuando Austen dijo "no"

Corría el año 1802. Jane Austen tenía 27 años aún no cumplidos. Ella y su hermana Cassandra hicieron una visita a sus amigas Catherine y Alethea Bigg, que vivían en Manydown Park, a unos siete kilómetros de Steventon, la rectoría en la que Austen había nacido y que, a la sazón, era ahora la casa de su hermano James y su esposa Mary. 

En ese periplo que solían hacer, de casa en casa, incluso pasando algunos períodos frente al mar, ese espacio de agua que había sido descubierto como placer precisamente en la época georgiana, llegaron a la casa de las Bigg. El padre de la familia era un terrateniente, magistrado y benefactor de pobres. Además de esas dos chicas tenía también un hijo, Harris Bigg-Wither. Este era un hombre altísimo y eso era lo más que podía decirse de él, porque, a lo que parece, también era bastante soso y aburrido, poco talentoso, poco lleno de ingenio. 

La tarde del 2 de diciembre, catorce días antes del cumpleaños de Jane, esta tuvo la sorpresa de recibir una proposición de matrimonio de parte del joven Harris. No conocemos con detalle los pormenores del caso porque la familia de Jane Austen se ocupó mucho de ocultarlo y se conjuraron para ello. Pero lo que sí está claro es que ella aceptó. La propuesta le convenía a todas luces, al menos desde el punto de vista mercantilista que era el que primaba en muchos aspectos. No sería ya una soltera pobre, podría ayudar a su hermana y a su madre, que estaban también indefensas en el aspecto económico; sus futuras cuñadas eran grandes amigas y el pretendiente, aunque poco dotado intelectualmente, era un buen hombre y sabría ser un buen caballero rural llegado el momento. Todo parecía estar a la altura de las pretensiones de las dos familias. 

No era nada baladí eso de estar soltera y sin medios económicos. Las privaciones a las que vivían sometidas las mujeres que no lograban casarse y no eran ricas (y ricas las había contadas con los dedos) eran terribles. También lo era el peso que suponían para sus hermanos varones o para sus hermanas casadas, que tenían que cargar con ellas toda la vida. Una situación nada agradable y contra la que se rebela en muchas ocasiones Jane Austen de la mejor forma en que sabía hacerlo, por medio de sus novelas. Además, la escasez de hombres era alarmante. Las guerras contra Napoleón habían esquilmado el país de jóvenes en buena edad y la cosa no parecía tener fin. La mayor parte de la existencia de Jane Austen transcurrió en guerra contra los franceses así que la influencia en la demografía era aplastante. 

La última circunstancia a favor de este matrimonio era la casa, poseer un hogar que podía llamar suyo, ser señora en su casa. Eso tenía un enorme peso en cualquier decisión porque no era agradable andar de un lado para otro visitando a los parientes más afortunados. Además de la rectoría en la que nació, Steventon, Jane Austen tuvo luego un número importante de domicilios provisionales, los dos internados, las casas alquiladas en Bath, que fueron varias, las casas de sus hermanos y amigos, incluida la de Londres de su hermano Henry, así como las estancias en Lyme Regis o en Southampton, por ejemplo. De manera que tener una casa tan agradable como esa era un punto fundamental a tener en cuenta. 

Supongamos que Jane no quería a Harris Bigg. Si era una persona sensata, y sabemos que lo era, el amor podría llegar con el tiempo y, si no era así, al menos el respeto, la comprensión y la ayuda mutua. Casarse implicaba también tener hijos y aunque estos daban quebraderos de cabeza y producían un descalabro en la salud de las madres a tener en cuenta (muchas morían en los partos), no se consideraba que una mujer estaba completa sin una larga descendencia. 


A la mañana siguiente, muy temprano, al alba, Jane se levantó y se apresuró a hablar con Harris Bigg rompiendo el compromiso. ¿Por qué lo hizo? Este es uno de tantos enigmas de los que rodean su figura. Al menos cinco hombres aparecen en su vida en diferentes momentos y con diferentes roles pero, que sepamos, esta es la única propuesta de matrimonio que rechaza. Y, después de darle vueltas a las circunstancias en que se produce esa vuelta atrás quizá la única respuesta es que ella consideró que jamás podría amar, siquiera mínimamente, a Harris. Su torpeza, su debilidad física, su tartamudeo, su escaso intelecto, todo eso tuvo que suponer un enorme peso en la decisión, que opaca todo lo demás. Las ventajas eran muchas pero los inconvenientes eran definitivos. 

Como todas sus protagonistas, Jane Austen estaba decidida a casarse por amor. Y eso, lejos de ser muestra de un temperamento romántico al uso, como se le achaca (cosa absurda puesto que aún el romanticismo no estaba ni siquiera esbozado como tal) lo que indica es una modernidad absoluta. Nadie en nuestro tiempo pensaría en casarse por el interés o, al menos, no se vería obligada a hacerlo. Pues eso es lo que hace Jane Austen. Utilizar su libre albedrío, su libertad, sus deseos, por encima de las conveniencias. Por eso es la escritora que rompe con las novelerías góticas y la que prepara el camino de la novela moderna. Ella, en sí misma, es tan moderna como tú y como yo. 


(Pinturas de la época georgiana)

martes, 31 de julio de 2018

Chesterton habla de Jane Austen


Aunque este libro recoge los tres volúmenes en los que Jane Austen organizó sus escritos juveniles, he aquí que también aparece el prólogo que precedía a la primera edición del volumen II. El volumen se llamó Love and Freindship (sic) y lo escribió Chesterton en 1922, año de la publicación por Chatto and Windus, Londres. 

El prólogo es una delicia, una exacta descripción de la forma de ser y de escribir de Austen, una aproximación tan bien hilada que merece destacarse aparte del libro. Chesterton había nacido en Londres en 1874 y fue, además de novelista, un notable periodista, cultivando asimismo el ensayo, la poesía, la biografía y los libros de viajes. Creó un famoso personaje, el padre Brown, un sacerdote católico que se dedica a peripecias detectivescas usando su formidable agudeza e ingenio. Fue muy amigo del también escritor E. C. Bentley, a quien dedicó su obra "El hombre que fue jueves", recibiendo, como contrapartida, la dedicatoria de su historia policíaca "El último caso de Philip Trent". 

Chesterton consideraba que el papel de Jane Austen en la historia de la literatura era crucial. Su ironía, su fina elegancia, la forma en la que cualquier nimio acontecimiento se convertía en escritura plena de belleza, eran los elementos clave que él encontraba en su obra. Y un esbozo de todo ello se encontraba presente, según aclara, en estos textos de juventud, escritos entre los dieciséis y los dieciocho años. Por ello, afirma que la autora tenía un ingenio natural, un talento propio y original que no estaba contaminado con las modas al uso, antes al contrario, que se superpuso a ellas logrando construir un conjunto de novelas impregnadas de una nueva visión del mundo y un nuevo tipo de narrativa. 

"Fue un ejemplo notable de lo que se dice de un poeta: nació, no fue fabricada. Comparados con ella muchos de los poetas parecen haber sido fabricados". "Con su propio talento artístico ella hizo interesante lo que miles de personas aparentemente iguales hubieran hecho aburrido". "El talento de Jane Austen es absoluto, no puede analizarse en términos de influencias". "Este interés que le pertenece como ser individual con un instinto superior para la crítica inteligente de la vida, constituye la primera de la razones que justifican un estudio sobre sus trabajos juveniles". "Era exuberante por naturaleza, y su poder venía, como todos los poderes nacen, del control y la dirección de la exuberancia"

Y termina: "No hay la más leve indicación de que esta inteligencia independiente y este espíritu jocoso no estuviera contenta con una rutina doméstica que abarcaba pocas cosas y en la cual escribía una historia tan doméstica como un diario en los intervalos entre pasteles y bizcochos, sin necesidad de mirar por la ventana para tener noticia de la Revolución Francesa"


Amor y amistad. Jane Austen. Editorial Alba, Minus. Traducción de Menchu Gutiérrez López. Enero de 2017. 

viernes, 27 de julio de 2018

Chanclas de goma, conchas de mar


(Dorothy Bohm, 1959)

Cuando descubrimos el joyero de nuestras madres o, mejor aún, los maquillajes, las barritas de labios y el colorete, nuestra vida cambió. Éramos niñas y llevábamos una vida curiosa, arrastrando los pies por las habitaciones, jugando en la calle e intentando atisbar alguna conversación interesante. Algo que se contara entre comillas. Esa vecina que tenía un lío fuera del matrimonio. O aquella otra, cuyo marido se largó en el viaje de bodas. O la de la esquina, que siempre aparecía con tono triste y gafas de sol. 

La hora de la siesta era el momento propicio para intercambiar confidencias, en voz muy baja, sentadas en el suelo, evitando que alguien nos mandara a la cama sin querer. En esa hora cada una contaba sus hazañas, describía sus hallazgos. Yo había encontrado una talquera de color rosa, que se abría y lanzaba a la atmósfera un aire lleno de motas de polvo del mismo color, que se metía en la nariz y te hacía estornudar. La borla aparecía rosa en el centro y blanca en los alrededores, de forma que quedaba señalada con exactitud la zona que estaba en contacto con el rostro de mi madre. La talquera olía muy bien y se cerraba a presión, para que el contenido no se desparramara. Pero ella adivinó mi manoseo y me lanzó una riña muy bien estudiada: libros y no polvos, me dijo, porque no tienes edad y falta mucho para que la tengas. 

Mi madre era tan alta que no usaba zapatos de tacón así que todas inventamos una curiosa forma de parecer mayores. En nuestras chanclas de la playa, esas que tenían dos tiritas de goma, colocamos detrás una enorme concha marina, que hacía de tacón y que sonaba al andar. Era incómodo pero nos resultaba agradable movernos al compás y hacer ver que cierta feminidad prohibida estaba a punto de caer en nuestras manos. 

miércoles, 25 de julio de 2018

Esas pequeñas cosas



Llevo guardado en la memoria del teléfono un mensaje que me mandó hace ya meses. Un ojalá que llegó de su parte sin que yo supiera ubicarlo, ni entenderlo casi. El mensaje era un SOS, como esos que lanzamos al aire por si alguien lo recoge o tiene a bien leerlo. No solo lo leí, me emocionó, lo guardé entre las cosas importantes y lo vuelvo a repasar a veces. Siempre, sin falta, me hace llorar su lectura. Y pienso en ella. 

Es la única chica entre varios hermanos. En esos tiempos, cuando era pequeña, no se estilaba en su casa, muy tradicional, que las niñas estudiaran. Solamente los chicos y bien poco. Así que se dedicó a ayudar en casa, ese eufemismo que significa que, a partir de ahora, se acabará la infancia y no existirá la adolescencia y serás una especia de chica para todo, de alguien que tendrá tanto quehacer que no podrá pensar en sí misma. Se casó sin amor y sin conveniencia. Un muchacho que, aunque no parecía merecerla de entrada, al menos la ha querido. Pero la falta de recursos no es un buen camino para la felicidad o, al menos, para la paz. Y ella ha seguido tirando de todo, de los pequeños y los grandes, los ascendientes, los hermanos, la vida en suma. 

Entre esa vorágine un día decidió que quería saber y se apuntó al colegio de adultos. Y acabó un título y luego otro y luego siguió yendo a aprender no sé cuántas cosas. Y su alegría natural sobresalía por encima de todo y en los fines de curso bailaba y cantaba con ángel, el suyo, el de siempre. Por eso le sobran las amigas, la gente la adora y todos quieren tenerla cerca. Sigue siendo como era, una luz en medio de una plaza oscura a medianoche. 

El mensaje es concreto, exacto, corto: "Tenemos días tontos, pequeñas cosas que se acumulan y rebosan. Tú ya sabes. La casa es vieja y falta fuerza para trabajarla por los dolores que tengo, y siempre el mismo aburrimiento, siempre lo mismo, la falta de dinero. Solo eso, lo demás todo bien. Tienes amiga para rato"

Y añade: "A veces sueño y me veo como yo quisiera estar. Tranquila. Con mi taza de té. Leyendo en paz" 

No sé deciros cuántas cosas me vienen a la cabeza al releer el mensaje. Lo que sí os digo es que siempre termino llorando. Algo tan fácil, como sentarse a leer en paz y ella aún no lo ha conseguido, tantos años, y aún no lo ha logrado. Está cansada y no puede descansar. Cuánto daría por intentar que lo lograra...

lunes, 23 de julio de 2018

Antonio Luis Baena y El último navío

Conocí a Antonio Luis Baena (Arcos de la Frontera, 1932-Sevilla, 2011) en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. Coincidimos en tercero de carrera cuando él ya venía de vuelta de la vida, se había jubilado como director escolar, sus hijos eran mayores y estaba dispuesto a empezar una segunda vida, o una tercera si hacía falta. Algunos de mis compañeros de aquellos años lo recordarán cuando compartía con nosotros la cerveza y la tapa en la calle Betis o en la zona de la Moneda. Era tan joven como nosotros, aunque arrastraba el peso de una pena. Ninguno sabíamos de penas entonces y solo él fue el precursor de las tristezas que el mundo te pone por delante inevitablemente. 

Cada uno siguió su camino, el mío trabajar como profesora de Historia y el suyo hacer un ingente trabajo con la Genealogía y la Heráldica, a base de dedicarle horas al estudio de los apellidos. Terminó su diplomatura y siempre lo recuerdo con un libro en la mano o un cuaderno de notas. 

Pero, en el fondo de su actividad, solapado en cada hora del día, estaba su gusto por la escritura, su vocación de poeta y su necesidad de escribir versos. En 1949 había fundado en Arcos el grupo poético "Alcaraván" y luego ya en Sevilla fue cofundador de otros, como "Ángaro" y "Cal". Empezó a publicar poesía en 1961y así completó diez libros, diez publicaciones, desde el fundacional "Historia de una ausencia" hasta el último, este póstumo "El último navío". Especialmente emotivo es "La muerte va lamiendo mis cimientos", de 1985, en el que utiliza la literatura como exorcismo ante el dolor que la muerte de un hijo pequeño le produjo. Esa muerte siempre la llevó en el alma. 

"El último navío" me llegó de la mano de Violeta Gallé, su viuda, una mujer perfecta para un hombre especial. Violeta sabía de nuestra amistad, tan desigual en edad y en sabiduría, pero con la misma generosidad que Antonio Luis investigó hasta que dio con mi centro de trabajo para hacerme llegar el volumen, acompañado de una preciosa carta, escrita por ella a mano, con su elegante letra de mediados de siglo. Cada paseo mío por Triana me hace encontrarme, sin pretenderlo, con la imagen evocada de Antonio Luis, a quien sus problemas coronarios le habían recetado paseos y más paseos. Daba largas zancadas recorriendo el barrio, era ya parte de su paisaje y siento, cuando escribo esto, la misma sensación embriagadora de felicidad como cuando lo encontraba a él, yendo yo sola, acompañada con mi hijo o con mi marido. 

Todos los que me conocen sabían y saben de mi devoción personal por Antonio Luis Baena, al que tengo como parte de ese grupo de amigos que son más padres que otra cosa, familiares cosidos en el alma, gente que no se marcha, aunque se marche. Luis Caballero está también en ese lugar en el que, sentados alrededor de una mesa, se escriben las mejores historias de lealtad y de abrazos. 

"El último navío" lleva un exquisito prólogo de Pedro Sevilla, que, sin hacer daño en la herida, evoca lo que fue y lo que significó Antonio Luis Baena para tanta gente que descubrió su poesía al tiempo que su persona. Esa sonrisa y ese abrazo sin trabas. 

"Me apuñaló el eclipse/ con su maldición de siglos" comienza diciendo. "Me han apagado tantas luces/ que la sombra es mi luz; /inútilmente recorro los senderos que hace tiempo/deslumbraban de gozo, deslumbraban/ tan sólo por el gozo que guardaron" Recuerdos prendidos en las palabras, evocación de un tiempo que fue plenitud, identificación de la sombra y el dolor, son estos otros versos del segundo poema. 

El poema seis es una despedida: "Un largo adiós se quedará/colgando de mis labios/de las aristas de mis dedos" El poeta se despide de la vida, y se pregunta si alguien notará ese adiós, si su voz será recordada de alguna manera, si encontrará una forma de despedida que no lo aleje demasiado de lo que tuvo cerca. 

El ocho es una oda a la desesperanza: "Y rara vez llega/ ese prodigio extraño de alegría". La huida de todo llega en el poema quince: "Lenta, pero inexorablemente/ me voy desmoronando/ como una ciudad/ construida en la laguna"

La búsqueda de la felicidad perdida, mejor dicho, de la alegría, es la búsqueda de un pasado que no puede cambiarse aunque él quisiera. Se siente derrotado, siente que los mejores años han pasado y que en ellos vivió el mayor dolor. La vejez no palia ese dolor, nos dice, sino que está a punto de sepultarlo, de destruirlo, de llevarlo al olvido. 

Una página manuscrita cierra la obra. Conozco bien esa letra, la tengo reproducida en cartas y en tarjetas postales que cada navidad llegaba sin falta hasta mí de su parte. Así adiviné el final y así investigué qué había ocurrido. La navidad que esa tarjeta no llegó presentí su muerte y la zozobra me hizo recordar, palmo a palmo, las calles y las plazas que habíamos visto juntos, las horas de universidad, de charla en los mostradores de los bares antiguos y de recordar, en la luz de sus ojos, a quien se fue y no volvió nada más que en sus versos. Tanto privilegio me parecía su amistad que nunca creí merecerla del todo. Y nunca se lo dije. 

El último navío. Antonio Luis Baena. Ediciones Canto y Cuento. Jerez de la Frontera, 2012

(Nota a editores: La obra de Antonio Luis Baena siempre se publicó por pequeñas y voluntariosas editoriales que dieron a la luz sus versos de forma humilde. Él siempre fue consciente de esa humildad y no pedía nada, no era un negociador, era un poeta. Quizá fuera el momento de ir pensando en una cosa que a él le llenaría de vergüenza y de emoción. Unos versos completos que trajeran a este tiempo de ahora los poemas de alguien que quiso resistir al tiempo con desigual fortuna)

"Querida Jane, querida Charlotte" de Espido Freire



La introducción de este libro es mágica. La leí en su día, 2004, cuando compré el libro, y la releo ahora, catorce años después, conociendo mucho más a Jane Austen y bastante más a las Brontë. De resultas de ese conocimiento soy muy austeniana y me alejo discretamente del sufrimiento de los páramos. Qué se le va a hacer. Se habla y se escribe de todas ellas pero en ocasiones no se atina en señalar sus diferencias y, sobre todo, las distintas pulsiones de las épocas en que vivieron, cercanas y tan alejadas una de la otra. Por eso me gusta este libro, porque capta perfectamente el paso de lo luminoso a lo oscuro; del aire libre al interior; de la ironía inteligente al sufrimiento oculto. De Austen a las Brontë. 

Y eso no es fácil. La mezcla de una y de otras trae confusiones. Y eso no favorece la lectura ni la comprensión de sus libros. Por otro lado, el amor por todas ellas no puede nublarnos la razón sino al contrario, hacernos distinguir entre obras literarias que es lo que son, con vidas de telón de fondo que puede o no ser definitivos. Este viaje de Espido Freire es una muestra clara de que se puede admirar a un autor y tener la cabeza tan fría como para poder razonar con la cabeza. Sentido y sensibilidad.


(Southampton. El mar, el puerto, los barcos)

El libro tiene dos partes diferenciadas. Las primeras cien páginas, casi la mitad del texto, se dedica a Jane Austen. El resto, a las Brontë. Por razones obvias que deben conocer aquellos lectoras que me sigan de alguna forma, me dedicaré a glosar lo referente a Austen. Las Brontë no son un territorio en el que yo pueda moverme a gusto. Y lo mismo puedo decir de las épocas. Qué bien hace Espido Freire en destacar las enormes diferencias que existen entre la era georgiana, en la que vivió Austen y lo que vendría después, la reina Victoria con sus restricciones, sus normas rígidas, su moral omnipresente. La ligereza campestre de las heroínas Austen se transmutan en un sufrimiento constante en las que siguen, porque la vida escribe la literatura y al revés. El contraste entre la muselina, transparente, suave, vívida, lisa, limpia, con la pesada seda oscura, el encaje recargado y los corsés, sobre todo los corsés. Ninguna mujer Austen lleva corsé. 


(Condado de Kent. Tierra de color)

De una forma muy inteligente, Espido Freire relaciona los libros con los lugares, aunque no exactamente donde se escribieron. Esto también resulta problemático porque Austen repasó sus libros una y otra vez, dado su carácter cuidadoso pero sobre todo a que no fue capaz de publicarlos hasta pasados muchos años. Esto se deja un poco de lado cuando hablamos de ella, nos parece que todo fue miel sobre hojuelas pero habría que tener en cuenta tres circunstancias: Una, lo que hemos dicho, la tardanza en publicar, lo difícil que le resultó. Dos, que nunca publicó son su nombre. Tres, que obtuvo pérdidas en esas publicaciones y ganancias exiguas en pocos casos. Hay una cuarta cuestión espinosa: nunca tuvo una casa que pudo llamar suya. Nunca tuvo una habitación propia. Nunca fue independiente económicamente salvo el leve destello de esas pocas ganancias. Y lo sabía. Jane Austen era consciente de todo esto. Por eso quizá crea a Emma. Lo contrario de ella, pero la chica que hubiera querido ser. 


(Catedral de Winchester. El final)

Hay otro elemento que aparece en el libro de Freire y que yo también he detectado en mis lecturas. La familia, ese gran paraguas que en aquella época era fundamental, sobreprotegió su legado. La destrucción de la mayoría de sus cartas por su hermana Cassandra es una prueba de ello. Pero, además, en las memorias de su sobrino, escritas bastantes años después de su muerte, se trasluce una cierta conmiseración, una necesidad de que no se considere a su tía una mujer excéntrica, sino alguien normal que, mire usted qué casualidad, escribía. Me parece imposible que una mujer normal, en el sentido georgiano del término, haya creado esta obra. El hecho de que en su lápida de la catedral de Winchester no conste que era escritora, salvo en un añadido muy posterior, es una prueba de que la tía Jane era para ellos una mujercita talentosa y buena. Poco más. 


(El Royal Crescent de Bath. Tiempo de silencio)

Los editores deberían ser gente avispada que fuera capaz de detectar el talento. Los de Jane Austen no se distinguen por ello. No son capaces de darse cuenta del cambio que produce su literatura en los cánones de la época, en toda la novela. Y está claro que sus preferencias iban por otro lado, porque no fueron capaces de sustraerse al influjo tardío de la novela gótica y abrazan luego con soberana entrega la victoriana, ese romanticismo oscuro de cementerio que son las Brontë. Por mi parte, Jane Austen, esa isla de realidad y de inteligencia, se queda en medio, como tierra de nadie, presta a que la descubra la posteridad, cuando ya las mentalidades han ido cambiando. Ella, como la época en que vivió, es un personaje de tránsito. 


(Steventon. El principio) 

Además de referirse a los lugares que están relacionados con Jane Austen, Espido Freire cuenta su propio viaje por estas tierras y lo hace de un modo tan agradable, con tanta gracia, sin pretender sino ofrecer una imagen cercana y natural de aquellos días. Sus anécdotas de viajes en tren, de pérdidas de taxi, de lugares inmundos para dormir, de gente rara, son interesantes y entretenidas. Aportan al libro una especie de descanso, un oasis para pararse a pensar en aquello que nos va relatando. Tiene una visión muy aguda de lo que observa y esas observaciones nos pone en la balanza el mundo de Austen y el mundo de una joven escritora de ahora, que es lo que Espido representa mientras viaja. 


(A la izquierda: Chawton Cottage. Recobrar la palabra)

 Los personajes de los libros se mezclan con los de su vida real. Los acontecimientos se solapan. A un hecho cotidiano se le asigna un hecho literario. Bien engarzado, como si no fuera posible entenderlos de otra forma. Ahí están ellas, las mujeres Austen, las chicas Austen por un lado y esas otras madres, institutrices, damas, secundarias de lujo. Entre todas ellas, vemos a las sufridoras e indecisas, también a las lanzadas e hiperbólicas. A las inteligentes y las necias. A las bellezas de expositor y a las atractivas de mirada inolvidable. Los nombres son los de la vida cotidiana, porque Jane Austen se negó a usar los Celinda, Miranda, Pamela, de sus antecesores. Solo Isabella o quizá Elinor son un tributo al ayer normando. Pero aparecen Elizabeth, Jane, Anne, Lydia, Kitty, Emma, Fanny, Catherine, nombres de mujeres normales, ninguna de las cuales es un fantasma ni aspira a serlo.


(Londres. Esquina de Cranburne Street. La diversión)

En ese estudio de caracteres también están, cómo no los hombres, aquellos que hacen sufrir y aquellos que sufren. Los hermosos y los inconstantes, los voluntariosos, los caballeros, los excéntricos, los valerosos. Todos los revisores de tren eran para Espido un trasunto de Peter O´Toole, y nos avisa con cierta sorna de que no existen los Darcy, salvo en el libro y en el cine; de que conformarse con un coronel Brandon no es poca cosa; de que los Willoughby pueden romperte el corazón; que los Wickham nunca se enamoran de verdad; de que, si ansias un amor para toda la vida, hecho a la vez de pasión y certeza, ese es el del señor Knightley. 


Querida Jane, querida Charlotte. Por la ruta de Jane Austen y las hermanas Brontë. Espido Freire. Aguilar, 2004. 

domingo, 22 de julio de 2018

Leonora


[Retrato de Leonora Carrington ©Lee Miller Archive]

Lo mismo da que sea en papel de embalar o en una servilleta hallada en la cafetería de la esquina. O en un aeropuerto, una de esas tiras de colores que se adosan a las maletas para cuando se pierden. Escribir un poema, leer un libro, anotar en sus páginas los dictados del viento, acunar un secreto o dibujar, en el espacio blanco de un folio sin usar, la imagen de una nube o de unos pájaros. 

Ser libre, en realidad, se tiene que parecer un poco a esto. Tiene que ser bastante insoportable andar atada siempre a una mentira, incluso a una verdad, por muy grande que sea. Tiene que ser difícil, destructivo, pensar mal de una misma y creerse que todo, todo lo que ha encontrado y pulido con el paso del tiempo, hay que desatornillarlo y mandarlo a paseo. No es justo, ni parece bonito hacerlo así. 

Quizá en los ojos firmes hallaré algún secreto que todavía no estuvo en la órbita que trazo cada día. En las páginas de un libro mil veces releído hay una frase que tiene la razón de ser de la búsqueda que ni siquiera yo conozco. Esto que tengo no es mío, pero quiero tener algo que tampoco lo es. Estoy en el camino pero no sé de qué. Esa es la incertidumbre, la duda, pero mucho peor saber que todo se termina en azul y que no se prolonga en verde o en violeta. 

Dónde la libertad que se narra sin quererlo ocultar y sin doctrinas...Dónde el tierno espejismo de la llama...Dónde se asienta duradera la historia que terminó sin que pudieras verla en su conjunto...Dónde yo, al otro lado de una ventana abierta, solo entreabierta, una sola rendija, un acto único de asomarse a conciencia a todos los abismos. Tiene que ser pájaro, paloma, ruiseñor o suave terciopelo. Tiene que ser llamada y no certeza. Nada es cierto, salvo que aquí la libertad no puede canjearse por un bono para cruzar el río en una barca que está a punto de hundirse. 

jueves, 19 de julio de 2018

"Un alma cándida" de Elizabeth Taylor

Elizabeth Taylor (1912-1975) cuenta aquí una historia en la que no ocurre nada. Un grupo de personas unidas por lazos diversos dejan transcurrir su vida, muestran sus caracteres y se relacionan entre sí. No hay otro hilo conductor en la novela aparte de eso mismo, el pasar de los días. La escritora se asoma, los observa y nos cuenta qué ocurre con ellos durante un período de tiempo, no demasiado, el que va de una boda hasta los primeros meses de un bebé. 

Flora y Richard son el matrimonio ¿feliz?. Alice su hijita, tan parecida a su padre. Luego está Percy, el padre de Richard, y su nuevo amor, Ba. Y la madre de Flora, la señora Secretan, con esa inconfesable aversión hacia su criada, tan perfecta. Están Meg y Kit, dos hermanos sin suerte. Y el escritor, diletante y sufridor, Patrick. Y Liz, una pintora llena de aristas, dura, inteligente y descuidada. En la casa del lado, otro matrimonio, Elinor y Geoffrey, sobrevive a una de esas relaciones calladas y vacías en las que nunca hay otra cosa que tedio. 

Flora es el centro del universo. Guapa, sencilla, sincera, agradable, educada, simpática, dispuesta...¿seguimos? Flora lo tiene todo. Por eso todos la complacen, todos la adoran y todos quieren tenerla de su parte. Leyendo sus andanzas, viendo la pleitesía que todos le rinden, observando a esa madre absolutamente entregada a su hija, esos amigos que no ven más allá de ella, me he acordado de personas a las que he tratado y en las que he contemplado situaciones parecidas. Esta es una de las características de Elizabeth Taylor. No retrata vidas extrañas, personajes raros ni conflictos especiales. Todo lo contrario. Lo que narra lo hemos conocido, presentido, encontrado o buscado. Nos identifica. Sabemos que puede pasar y sabemos que pasa. Flora sabe cómo es, piensa que lo merece todo y así actúa. Como una reina, como una diva ante su auditorio. Pero alguien, quizá, descubrirá que en esa candidez puede anidar la astucia.

Y luego: Esa soledad de Richard, con una esposa pluscuamperfecta, pero hecha de metal. Junto a alguien que debe brillar siempre y que siempre tiene que constituirse en la estrella que los guía. Esas continuas decepciones de Meg. Su miedo a convertirse en una solterona que no tenga ningún asidero sentimental ni profesional. Ese vacío ante la marcha de su hija que sufre la señora Secretan, cansada, algo perdida, como si hubiera terminado su cometido una vez que su hija se ha casado. Ese hastío de Elinor, que vaga sola por cafés y calles sin que su marido sepa siquiera por qué lo hace, de forma que está abierta a muchas más cosas de las que aparenta cuando acude, de un lado a otro, a comprar cuadros antiguos o muebles que no le caben en el salón. Esa ocultación de Patrick, que nunca contará quién es ni cómo es, que relación tiene con Frankie, por qué espera que llegue para levantar el día, y, al tiempo, qué le acerca a Meg y qué lo separa de ella. Esa desesperación de Kit, que lo llevará a tomar una decisión terrible.

Todo ello narrado con amor, con delicadeza, cuidadosamente, con deleite, con sencillez pero sin caer en lo evidente, con detalle y con una fuerte dosis de compasión. Sin juzgar. Sin moralejas. Sin dictados. Los personajes están entrelazados unos con los otros. Esos lazos en ocasiones son limpios y veraces pero, en la mayoría de los casos, son lazos turbios, lazos que no aportan sino desasosiego y falta de libertad. Hay una dependencia emocional que se manifiesta en varios personajes. Un deseo de destacar por parte de otros. Un miedo añadido a la existencia en casi todos. La vida misma.

Un alma cándida. Elizabeth Taylor. Gatopardo ediciones. Junio de 2018. Traducción de Ana Bustelo. 

Otras obras de Elizabeth Taylor reseñadas en este blog: 

Una vista del puerto

La señorita Dashwood

martes, 17 de julio de 2018

"Domingo" de Irène Némirovsky


Desde la lectura de esa novelita tan llena de claves autobiográficas, El baile, he ido leyendo toda la obra de esta autora, cuya vida estuvo marcada por el nazismo. Las circunstancias políticas, cuando son tan terribles como una guerra, impiden el crecimiento personal y la vida cotidiana. Todo esto queda reflejado en su existencia y en su obra. Además, la infancia de Irène fue complicada y las secuelas de su vida familiar también se entremezclan en sus argumentos y en sus personajes. 

El punto fuerte de su literatura es el retrato psicológico, el acercamiento "desde dentro" a los personajes. De esa forma el lector puede conocerlos íntimamente, ponerse en su lugar e, incluso, establecer una dialéctica con respecto a sus ideas y comportamientos. Esa riqueza de matices, esa exposición del alma y de las emociones, genera unas historias muy potentes, llenas de argumentos que bien podrían valernos para nuestras propias vidas. Némirovsky es una genial observadora, no solo de lo que acontece, sino de lo que piensan, sienten o imaginan, las personas que aparecen en sus novelas. 

La salida progresiva de sus textos, debida a la sucesiva revalorización de su obra a consecuencia del gran número de lectores que la siguen, nos depara sorpresas como esta, unos relatos que había publicado en forma de historias cortas y en distintas revistas del país que había elegido para vivir, Francia, entre 1934 y 1940. Ella era ya una prestigiosa autora cuando casi toda Europa se vio envuelta en la locura del nazismo y en la Segunda Guerra Mundial, aunque ese mérito no le sirviera para escaparse de los campos de exterminio ni de la muerte, por su condición de judía. El Gobierno colaboracionista de Vichy le denegó la nacionalidad francesa, a pesar de que llevaba allí ya muchos años, incluso había estudiado Letras en la Sorbona. Fue deportada, junto con su marido, también judío. La publicación en 2004 de Suite Francesa, novela que su hija encontró manuscrita en una maleta olvidada, consiguió que su nombre saliera a la luz con espectacular fuerza y ha logrado que se convierta en una escritora de culto. 

La editorial Salamandra ha publicado ya un gran número de libros suyos, entre ellos el mencionado El baile y Suite Francesa, además de El ardor de la sangre, El caso Kurilov, David Golder (que fue su primera novela), Jezabel o El malentendido. 

Domingo contiene tres historias, las tres con un aire familiar y cotidiano que no logra ocultar el desasosiego que nos producen: en la primera, una hija y su madre reproducen la malsana relación que ella tuvo con la suya; en la segunda, un adolescente despierta a la vida a través de su imaginación, que intentará salvarlo de la destrucción de la guerra; en la tercera, unos hermanos y sus cónyuges tendrán que vérselas con el momento de la desaparición de su madre. Dramas humanos, historias cercanas, vida, en suma. 

Domingo. Irène Némirovsky. Traducción de José Antonio Soriano Marco. Ediciones Salamandra. Abril de 2017. 

Irène Némirovsky nació en 1913, hija única de una familia acaudalada, que huyó desde Kiev hacia París huyendo de la revolución bolchevique. Su vida personal estuvo marcada por una infancia triste en la que no tuvo el calor de una madre atenta. Esta circunstancia la refleja en sus novelas, sobre todo en El baile y El malentendido. Tuvo una exquisita educación, no obstante, licenciándose en Letras en la Sorbona e iniciando su carrera literaria con la publicación de relatos cortos publicados en revistas. La primera obra que apareció en forma de libro fue David Golder, en 1929. 
Casada con el también judío y escritor Michael Epstein, fue deportada a Auschwitz y asesinada allí en el año 1942. La publicación de Suite Francesa, de la que se ha hecho también una película, en 2004, dio a conocer a una autora fundamental para conocer la narrativa de la primera mitad del siglo XX.