sábado, 22 de septiembre de 2018

"Una educación" de Tara Westover

Esta es la historia de Tara Westover que nació en las montañas de Idaho y nunca fue a la escuela infantil, ni a la primaria ni al instituto. Su primer encuentro con las aulas tuvo lugar en la universidad. Es, también, la historia del aislamiento de una familia con ideas propias, dirigida por un padre que se creía en posesión de la verdad y que construyó un castillo en el que nada era transparente. Pero, sobre todo, es la constatación de que uno puede cambiar su destino y que la educación es un elemento de importancia extraordinaria para lograr ese cambio. 

Puede que la ira que Tara Westover almacenó durante sus años de universidad, dándose cuenta de que la vida que había llevado hasta entonces era castradora, y que la actuación de sus padres con ella y sus hermanos era la causa de esa castración, puede que esa ira lograra almacenar sus recuerdos intactos para devolverlos en forma de escritura. Como ella dice en alguna entrevista, escribir es la manera de cerrar el círculo y abandonar la ira porque, como el rencor, hace daño a quien la siente. 

Además de las extremas condiciones en que esta familia vivía (y viven los miembros que todavía siguen en ella), sin médicos, sin escuelas, sin conocimiento de lo que ocurre en el mundo, sin contacto social, está la propia evolución de la niña que descubre casi de casualidad algo que le importa y que le gustaría practicar. Se trata de la música, del canto. Tara tiene una bonita voz y ese es el primer peldaño para su salvación. Quizá al ser la menor de los siete hermanos de la casa hizo que sus padres abrieran un poco la mano y le permitieron cantar en un coro. Sea como fuera, eso logró el milagro. Y el milagro fue irreversible porque a los dieciséis años se marchó a la universidad, preparándose ella misma de forma concienzuda, y saltándose todos los pasos previos de la escolaridad. 

Los entornos familiares tan cerrados y apocalípticos como este, mormones esperando la llegada del último día, dedicados a recoger chatarra y a realizar tareas ínfimas desde pequeños, sin otra esperanza o distracción que la supervivencia, generan monstruos. Y Tara define a uno de esos monstruos en forma de un hermano que la convirtió en objeto de su violencia, después de haber hecho lo mismo con otra de sus hermanas. La confesión de Tara a sus padres no sirvió de nada, salvo para confirmar que ya sabían lo que pasaba y que lo consentían. Eso fue la espita, el repulsivo, el empujón que necesitaba para decir adiós y mirar hacia otro mundo. 

El hecho de que a los veintisiete años, que son los que tiene en la actualidad, ella cuente sus vivencias le da un especial cariz porque sus protagonista están vivos y presentes. Hace falta mucho valor y mucha seguridad en sí misma para hacerlo. Aunque quizá este sea el último acto que cierra una tragedia que la universidad, el saber y el conocimiento, logró que no fuera decisiva. 

Tara Westover (Idaho, 1986) comenzó a estudiar cuando tenía diecisiete años y en 2008 era graduada en Arte. Después de eso obtuvo el posgrado en el Trinity College de Cambridge un año después. Se graduó en Historia en 2014 y pasó por Harvard. Ahora vive en Londres. Este es su primer libro, considerado por algunos medios críticos como uno de los más destacados de 2018.

"Una educación" es una defensa del conocimiento como medio civilizado de vida y un alegato contra el fanatismo.

Una educación. Tara Westover. Lumen, 2018. 

jueves, 20 de septiembre de 2018

La trampa del cariño





Adéle tiene una voz aguerrida y lanza notas al aire con la facilidad de un paso de baile. Va subiendo de intensidad la música y entonces, cómo no, se descosen las costuras del alma y tienes que volver a la vida. Has guardado en el último cajón del pensamiento todo lo que le atañe, pero la música es la llave que abre los recuerdos. Y la fatídica trampa del cariño, que convierte en una nítida sensación de pegajosa ausencia tantas horas en las que has procurado no pensar.

Paseas por los jardines imaginarios en los que el olor de las plantas te consuela, recorres con los pies desnudos esas playas que nunca pisarán sus pies, pero, a pesar de todo, tienes que intentar recomponer el gesto, porque ninguna mujer debería echar de menos lo que es un motivo de duda, de desconcierto, de pesadumbre. Nadie tendría que vagar en los sueños inexistentes, ni despertarse con pesadillas de lo que no ocurrió porque no había motivos.

La voz de Adéle se curva, sube un recodo y te planta arriba, cerca del cielo, en una alta montaña, una colina, desde la que puedes divisarlo todo. Ha salido de sí misma para enseñarte, sin excusas, que ahora no puedes empezar de nuevo un camino que termina en lo oscuro. Te dice que esperes, que no seas impaciente, que todo el olvido necesita reposo, que la prueba del adiós es difícil y angustiosa, pero que es peor aún el miedo, el desasosiego, la esperanza inútil.

Ese vaivén del corazón prisionero de algo que tienes que esconder sin que nadie lo observe, esa vuelta al tiempo en el que la soledad era el tema de la canción, todo eso te trae ahora la música que suena, el brío de la voz desencadenada, el empuje de las notas sin miedo, con la nitidez de quien sabe que, a pesar de todo, hay un día que vivir, aunque solo sea porque es lo que tienes y es lo que está en tu mano y lo otro, ya sabes, es una herida hecha de fantasía engañosa.

(Ilustración Fritz Willis) 

sábado, 15 de septiembre de 2018

"El misterio de la casa roja" de A. A. Milne

Resulta muy tierna la historia de este hombre, Alan Alexander Milne (Londres, 1882-Sussex, 1956). Podíamos decir que su amor por la familia le jugó malas pasadas. Y su literatura siguió caminos irregulares, quizá intentando formatos que no eran los suyos y dejando de lado lo que mejor se le daba. Es un personaje extraño, del que hay pocos datos en castellano y que merecería, quizá, una investigación más a fondo. Uno de esos autores que pasan a la historia de la literatura por algo que ellos mismos no imaginaban que trascendiera. 

A. A. Milne (como firmaba su obra) tuvo un único hijo, Christopher Robin y quiso dedicarle una serie de cuentos y poemas en las que el niño era un personaje más. En esos cuentos estaba acompañado por sus propios juguetes, sus peluches. Así nació la serie de "Winnie the Pooh", que alcanzó una enorme fama y que recibe todavía culto en Inglaterra. El oso, el niño, sus amiguitos, eran, en apariencia, una forma de expresar amor de padre, pero para el chico se convirtió en un handicap. En el colegio se reían de él y tuvo que cambiar para poder sobrevivir en un mundo de chicos con poca sensibilidad para entenderlo. Su vida fue complicada porque no era capaz de hacer lo fácil y sí lo muy difícil. Entre él y sus padres había una especie de relación amor-odio. Haber formado parte del universo literario infantil que su padre creó no fue un camino de rosas, sino el principio de una serie de problemas que el niño Christopher no supo abordar. Cuando fue adulto, esa relación se resquebrajó, hasta el extremo de que ni siquiera tuvo relación con su madre durante muchos años. Christopher debió pensar que él había sido un negocio para ellos. No sabemos qué papel jugó la madre, pero algo tuvo que ver la librería que llegaron a montar y que funcionó durante años. 

En 1922, justo antes de empezar a escribir los cuentos del osito, A. A. Milne escribió esta novela policíaca, una de esas novelas de cuarto cerrado, en la que todo transcurre en un espacio reducido y con unos personajes muy contados. La dedicatoria de Milne en la novela nos dice el motivo de escribirla y no deja de hacernos pensar en que este hombre tenía una concepción muy especial de la familia y de su trabajo. Se la ofrece a su padre, John Vine Milne: "Como toda la buena gente, tienes debilidad por las novelas policíacas y te parece que nunca hay suficientes. Por eso, después de todo lo que has hecho por mí, lo menos que puedo hacer yo por ti es escribirte una..."

Tengo mi propia teoría al respecto. Creo que Milne era un hombre afectuoso que no veía mejor forma de mostrar ese afecto sino con sus libros. Y que todo ese juego con los ositos y su hijo era una especie de "Cuentos por teléfono", el libro de Gianni Rodari. Su hijo estaba siempre junto a su nanny y lo veía poquísimo así que quiso hacerle una especie de recordatorio de lo importante que era para su padre. El papel de la madre, esto es teoría personal, me da la impresión de que era más práctica. El éxito del osito y sus libros hizo que fuera una fuente de dinero. Y por eso su hijo no la perdonó. 

"El misterio de la casa roja", título infantil donde los haya, reminiscencias de su principal dedicación o de su estilo, es la única novela policíaca que escribió. Contiene todos los elementos para lograr el interés de los amantes del género: Una casa en la campiña inglesa. Un entusiasta anfitrión. Unos invitados con historias detrás. Un detective aficionado y su sagaz ayudante, también aficionado. Un crimen misterioso. Una desaparición. 

El encanto de los libros que transcurren en la campiña inglesa, en esas mansiones llenas de escaleras, puertas y sirvientes, rodeadas de setos, de jardines y de caminitos que conducen a un cenador o a un invernadero, está precisamente en eso. En la dualidad entre crimen y belleza. En la dificultad de creer que en ese paisaje bucólico puede suceder algo sórdido. En la ocultación. En el juego de espejos, por el cual nadie es lo que parece, al menos del todo. En esas relaciones sociales que esconden lo que nadie más debería saber. Otro de los encantos de este libro en concreto es la forma de titular los capítulos, títulos ingeniosos que parecen proporcionar pistas, aunque quizá quieran confundirnos. 

El misterio de la casa roja. A. A. Milne. Editado por Siruela, 2018. Traducido por Raquel García Rojas. Colección Los libros del tiempo. 226 páginas. 

viernes, 14 de septiembre de 2018

"Amor y amistad" de Jane Austen

!Qué libro tan precioso! Esta es la primera frase que quiero escribir, la primera sensación que he sentido. Precioso en su contenido, unos textos increíbles que no parecen escritos por una muchacha tan joven, de catorce a dieciséis años, y que revelan el talento a manos llenas, el talento en estado puro, el aviso cierto de que Jane Austen es una escritora inmensa. 

Recojo de la solapa del libro, que ha editado con amor la editorial Alba, tan cuidadosa siempre en su selección y en la edición de sus libros, una definición de la literatura de Austen que no puede ser más pertinente y cierta: "Satírica, antirromántica, profunda y tan primorosa como mordaz" Estoy tan de acuerdo que quisiera que leyeran este libro todos aquellos desinformados que incluyen a Jane Austen en corsés que no se ajustan a lo que fue, a lo que es, porque la literatura siempre existe en presente. Ni fue una escritora romántica, ni lo fue victoriana, ni era gótica, ni seguía la tradición de su época. Era original en sus planteamientos, atrevida en sus opiniones, bella en sus formas e ingeniosa en sus historias. 

"Amor y amistad" contiene los Juvenilia, los escritos juveniles de la autora, los que escribía para solaz de sus amigos y familiares y como muestra de que su inclinación por la escritura fue precoz, temprana y llena de detalles talentosos. Recoge tres volúmenes de historias, de los que el primero no aparece completo, sino en forma de selección. Si lees estas historias te parece imposible que hayan sido escritas por una chica tan joven y con tan escasa experiencia de la vida. Su mundo era el mundo de la rectoría donde nació. Sin embargo, ese sería nuestro error de percepción. Porque el mundo ofrece miles de oportunidades de estudiar la naturaleza humana, estés donde estés. Quizá porque los grandes conceptos del carácter son los mismos en todos sitios y porque estudiarlos a corta distancia te llena de sabiduría en la observación. 

La ironía, la sátira, el sentido del humor, la risa abierta, la broma, todo ello aparece de continuo. Esto formará parte de su estilo posterior. Ver la vida desde un prisma diferente al usual y echarle unas gotas de sarcasmo, porque, de ese modo, todo puede sobrellevarse con mayor dignidad y aprovechamiento. Esta manera de mirar que genera una manera de contar muy suya, demuestra un enorme amor por la vida, por la existencia en sí misma, al margen de con quién estés y qué hagas. Eso es un don. Sin ese don no se entendería la obra de Jane Austen. Su acercamiento al mundo, por otro lado, está hecho a través de las palabras; ellas le dan forma, lo definen y llenan su espacio vital. Todos en su familia (una familia donde había otros escritores aficionados y, desde luego, buenos lectores) sabían de su afición y de su talento. Y también de su carácter, de esa mordacidad irónica que tan bien señala Alba y que se puede apreciar en todas sus obras, incluso en las impregnadas de mayor dramatismo. 

En el libro hay historias, cartas, relatos históricos, toda una amalgama de formas literarias, que sorprende y entretiene, que puedes leer del principio al final o al revés. El género epistolar, al que tan aficionada era en la vida real, lo empleó luego en "Lady Susan" una novela corta que no ha sido suficientemente valorada y que contiene un personaje tan sumamente atractivo como desconsiderado y egoísta. Una madre desnaturalizada. ¿Qué pasa con las madres Austen, que todas son tan casquivanas, insensatas, egocéntricas o están ausentes? Claves y más claves de una existencia apasionante en su aparente pequeñez. 

Amor y amistad, Jane Austen. Editorial Alba Minus. Traducción Menchu Gutiérrez López. Prólogo de G. K. Chesterton. Edición del bicentenario, 2017. 



jueves, 13 de septiembre de 2018

"Patrick ha vuelto" de Josephine Tey

Este es el tercer libro que leo de Josephine Tey. Los otros dos, publicados también por la editorial Hoja de Lata, son "La señorita Pym dispone", de 2015 y "El caso de Betty Kane", de 2017. He de decir que este último es el que me ha gustado más de los tres, el que tiene un aire más pícaro y, a la vez, detallista y delicado. 

Patrick, el que vuelve, es el mellizo de Simon, uno de los hijos de la familia Ashby, huérfanos de padre y madre, a cargo de la tía Bee. Todos lo creían desaparecido en circunstancias trágicas, todos pensaban que era caso cerrado, pero un tal Brat Farrar llega al pueblo de Clare y asegura ser el mellizo desaparecido. 

Los lectores sabemos desde el principio que es un impostor. Hay alguien que mueve los hilos y que quiere aprovechar la circunstancia de la enorme fortuna que heredará a su mayoría de edad el mayor de los mellizos, en este caso Patrick. En este sentido, la autora muestra su complicidad con los lectores y les hace partícipe de muchos más datos de los que tiene la familia. Sin embargo, como toda novela de misterio que se precie, hay circunstancias que ninguno de nosotros entenderá hasta el momento oportuno. 

La temática de la suplantación de personalidad no es original y se ha plasmado en muchas novelas y películas. En este caso, el entorno cerrado en el que se mueven los personajes le da un carácter de vida cotidiana en la que cualquier tropiezo puede generar dudas e incertidumbres. Lo más curioso de todo es la inserción de un chico norteamericano en el seno de una familia inglesa típica. El punto de vista desde el que Patrick/Brat observa los acontecimientos, las costumbres y el devenir de los días en una familia conmocionada por el descubrimiento de que perdido hermano está vivo, es el de alguien extraño en todos los sentidos y el de alguien que tiene que comportarse de forma que no se levanten sospechas. Pero sabemos que esto no es posible.

Josephine Tey es una escritora muy peculiar. Su inteligencia y su capacidad de análisis destacan en su estilo y esto se transmite de una forma muy eficaz en sus libros. Logra que el lector entre en la historia por muy descabellada que esta sea. Los enredos que describe tienen un aire doméstico que los hace asequibles y un cierto toque de extrañeza que produce inquietud. Como afirma la editorial en la solapa del libro, Elizabeth Mackintosh, que es el verdadero nombre de la escritora, pertenece a la Edad de Oro de las novelas británicas de intriga pero ella va por libre. Su personaje más relevante, el inspector Alan Grant no tiene nada que ver con los detectives al uso. Y los finales abiertos son su especialidad.

Patrick ha vuelto. Josephine Tey. Traducción de Pablo González-Nuevo. Editorial Hoja de Lata. Julio de 2018.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Montmartre, por favor


Nadie está solo si se sienta en Montmartre y abre un libro. En cualquiera de sus cafés de color rosa puede encontrarse el motivo para descubrirse. Estoy aquí, he venido y sé que ahora esta paz me rebosa. Todas las mesas se llenan de libros y personas. Y las ventanas verdes de madera se abren por tiempo indefinido. Nadie sabe cuándo se cerrarán, nadie lo sabe. No hay fechas, ni anuncios, ni aviones que sobrevuelan, ni huelga de pilotos. El suelo está hecho a base de paciencia. Legiones romanas cruzaron las calles y colgaron de cada casa un refrán. Están todos convertidos en sentencias imposibles. 

Acuérdate de aquellos días. Era septiembre. Un septiembre más crepuscular, con horas más tardías y sueños más tempranos. Ese vestido a rayas y ese sombrero gris, con el tono de la perla natural que solo se encuentra en las islas más griegas. Acuérdate de las miradas. Tersas miradas sin ocultaciones. Miradas que esbozaban sonrisas. Gente que nos miraba. Nos mirábamos. Recuérdalo. Era septiembre y la calle ardía. Todo se convertía en el trasunto del amor iniciado. Éramos y teníamos el tiempo por delante, eso que llaman vida, que pasa tan deprisa aunque no nos fiemos y se hagan tan eternos los trece años. 

La cámara tenía trabajo por hacer. A cada instante sonaba su zumbido. Lanzaba fotos con esa reverencia de quien halla un motivo para captar todas aquellas cosas que el pasar de las horas hace lumbre. Nadie se siente solo si está en Montmartre una tarde del noveno mes, viendo pasar a las legio romanas, sintiendo que las cosas se ajustan a los sueños y captando en mil imágenes esa mirada tuya. 

martes, 11 de septiembre de 2018

Cuando tu amigo se llama Tony Randall

Si yo tuviera un “mejor amigo” como el que tenía Julia Roberts en la película de la boda, querría que fuera Tony Randall. Sobre Dermot Mulroney, que era el amigo de Julia, podría escribir muchas cosas, porque es un tipo ambivalente que a veces va de bueno, otras de gígolo y otras de canalla a secas. Pero esa es otra historia. Volviendo a Tony Randall. Estoy segura de que tendría la paciencia de escuchar todas las bobadas que a mí se me fueran ocurriendo viendo películas románticas o de soportar mis malos humores y mis meteduras de pata. Pondría ese gesto suyo tan especial, ese decir y no decir con la mirada, ese movimiento de manos alborotado y prestidigitador. Se movería por la estancia agitando la cabeza y llenaría de restos de martini seco con solo una aceituna todas las mesitas del salón. 


Hay dos personas que saben muy bien de qué hablo. Rock Hudson y Doris Day. A Doris le envidio tres cosas: haber estado casada, aunque fuera en el cine, con Jimmy Stewart, después de que este se asomase a la ventana indiscreta; sus cocinas y Tony Randall. Las cocinas de Doris Day son de película. Nunca marrones, ni grises, ni negras. Son amarillas, rosas, violetas, rojas. Cocinas de ensueño, con unas islas en el centro que todavía no sé cómo existían en aquella época. Con unos ventanales cubiertos de lánguidas cortinas que crean un ambiente súper especial. Cocinas maravillosas.

Nada menos que en tres películas ellos tuvieron la oportunidad de ser los mejores amigos de Tony Randall. Esas tres películas son “Pillow Talk” de 1959, “Lover Come Back” de 1961 y “Send Me No Flowers” de 1964. En esta última Tony tiene que lidiar con un hipocondríaco que quiere dejar bien colocada a su futura viuda. La primera media hora de la película debería estar situada en el pódium de los guiones bien escritos en el mundo mundial. Si alguien tiene depresión, debe verla de inmediato. En “Pillow Talk”, todo el dinero del mundo, que es el que tiene Tony, no basta para enamorar a la chica que le gusta. Y la chica, sin remedio, se lanza a los brazos de un Don Juan de pacotilla. Por último, en “Lover Come Back”, la cosa va de inventos, de publicistas mentirosos y del sempiterno amigo leal. 


Qué gran persona este Tony, qué genial secundario. Qué digo secundario, de primerísima fila, un actor como pocos, que comenzó haciendo seriales radiofónicos, luego papelitos en teatro y en musicales, marcándose un baile cuando hacía falta, después televisión, y siguió haciendo películas durante muchos años. Había nacido en Tulsa, Oklahoma, en 1920, en una familia judía cuyo padre era marchante de arte y antigüedades. Su última función fue en 2003, un año antes de morir. Tuvo la osadía de fundar un teatro, el National Actors Theatre, y de representar, como despedida del arte y de la vida, un Pirandello, “Así es, si así os parece”. 

Genial. Quiero un amigo como Tony Randall. En realidad, quiero a Tony Randall. A veces se muestra muy generoso y te regala un coche, un descapotable último modelo. También se suele dar a la bebida, le encanta el whisky y todo aquello que lleve espuma y te deje la cabeza a cuadros. En ocasiones se deprime, como todo el mundo, pero suele tener siempre abierta la puerta de la escucha y se le llegas con algún problema, no dudes que estará de tu parte. Sea en el papel que sea, tenga el registro que tenga, los galanes lucirían menos de no estar él a su lado y las muchachas rubias de talle espigado y abrigos de cuello de visón no tendrían un caballero tan acorde que les hiciera el pasillo al cruzar la calle. 


(Imágenes de las películas citadas) 

domingo, 2 de septiembre de 2018

"La bailarina" de Ogai Mori


Pocos libros tan deliciosos como este. Tan pequeños y a la vez tan delicados. Tan sencillos y tan profundos. Y la edición de la editorial Impedimenta está a tono con el carácter íntimo y sensual del contenido. Ogai Mori (1862-1922), como muchos de los escritores orientales, es un desconocido para nosotros y resulta una pena. Porque la literatura japonesa es de una belleza deslumbrante y porque es difícil encontrar textos con una apacible sucesión de hechos que te conducen tan suavemente al placer y al dolor. Esa dualidad, siempre presente en el Oriente, es aquí tangible y puede apreciarse en cada línea. 

Es casi una alegoría, un sueño no cumplido. El encuentro entre un joven estudiante japonés con una bailarina alemana, sin recursos económicos pero con una inusual belleza. El arte de la seducción en estado puro. Ogai Mori, cuya vida está llena de hechos poco comunes, terminó Medicina con solo diecinueve años y vivió en Europa, concretamente en Alemania, entre los años 1884 a 1888. Esa estancia hizo que conociera con detalle la literatura occidental y lo convirtiera en un traductor de gran solvencia. 

El protagonista cuenta su historia en primera persona. Y narra el cambio que se produce en su vida durante el tiempo que vive en Europa. “No solo vuelvo insatisfecho del resultado de mis estudios, sino que también he aprendido lo triste y amarga que puede resultar la vida” Ese amargo sabor de boca tiene que ver con el amor, o, mejor aún, con la fascinación. Porque hay atracciones y entregas que solo pueden acabar mal. 

Todo el libro tiene un extraño aire de premonición, como si nos estuviera anunciando algo que ocurrirá sin remedio, una fuerza del destino que nos dejará atónitos. No hay forma posible de desandar lo andado y el joven tendrá que lidiar con las asperezas de la vida, con los descubrimientos forzados y con el ansia de supervivencia, que es, al final, lo que puede ayudar a salvarlo. La narración describe giros no esperados, escenas que van completando una visión angustiosa donde antes parecía haber claridad. Es una pequeña historia de misterio sin crímenes ni asesinos pero con la incertidumbre de lo que ocurrirá, sin duda, sin que nadie pueda evitarlo. 

La bailarina. Ogai Mori. Editorial Impedimenta. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

Extracto de la biografía de Ogai Mori (editorial Impedimenta) 

Ōgai Mori, seudónimo de Rintaro Mori, nació en la ciudad japonesa de Tsuwano, en la antigua prefectura de Iwami, en 1862.

Su padre ostentaba el cargo hereditario de médico del señor feudal de su pueblo, y, al ser Ogai el primogénito, se dio por hecho que seguiría la tradición familiar. En 1872, con la llegada de la Restauración Meiji, los Mori se mudaron a Tokio. Tras licenciarse en Medicina con diecinueve años, convirtiéndose así en la persona más joven en graduarse en esta especialidad en Japón, eligió la carrera de oficial médico del ejército. Pronto fue enviado a Europa, y residió en Alemania desde 1884 a 1888, experiencia que le inspiraría uno de sus relatos más conocidos, La bailarina (1890). Fue allí también donde se familiarizó con la literatura occidental. De hecho, Ōgai Mori fue el primer japonés en viajar en el Orient Express. A su regreso a Japón se entregó a una intensa actividad como traductor de obras literarias occidentales, con tan buen oficio que algunas de sus traducciones (como las de Goethe, Schiller, Ibsen, Andersen o Hauptmann) están consideradas auténticos clásicos de la literatura japonesa. Además de La bailarina, Mori escribió algunos de los cuentos más brillantes de la moderna literatura nipona, como El ganso silvestre (1913), Sansho el camarero (1915) y La barca en el Takase (1916). Asimismo, escribió apreciables novelas, como Vita Sexualis (1909). Murió en Tokio en 1922.

El hermano perdido de Jane Austen



Cuesta trabajo encontrarle la pista. Incluso algunas noticias sobre ella hablan de que fueron siete hermanos. Y, si citan ocho, hay siempre un nombre que falta. Te pones a contar y no lo encuentras. En la edición, por otra parte muy buena, que edita Cátedra. Letras Universales, con edición y traducción de Juani Guerra, se relacionan los miembros de la familia Austen-Leigh: "El hermano mayor, John (1765-1819) era muy estudioso". Y sigue: "A John le seguía Edward (1769-1852), persona muy constante y trabajadora". Continúa la explicación de este modo: "Luego venía Henry (1771-1850), el hermano favorito de Jane Austen: era ingenioso y muy vital" . Guerra añade unas páginas después: "Y llegamos a Cassandra Elizabeth (1773-1845), su única hermana y mejor amiga"
Para concluir: "Por último, Frank (1774-1865) y Charles (1779-1852) acuden a la Royal Naval Academy de Portsmouth...y llegarán a ser almirantes". 

Vamos a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete si contamos a Jane (1775-1817). ¿Dónde está el octavo hermano? Para empezar, en el texto de Juani Guerra hay un error: El hermano mayor se llamaba James, no John. Y, por otro lado, el padre tenía por nombre George. ¿Cómo es posible que ninguno de los hijos hubiera recibido el nombre de su padre? La primera hija se llamó como su madre, Cassandra, Cassy en la intimidad, pero ¿no había ningún hijo que llevara el nombre de George? 

Pero sí lo había y su historia es muy trágica. Es el hermano perdido de Jane Austen. Para encontrar huellas de él nos tenemos que ir a la biografía que escribe Lucy Worsley y que se publica en la editorial Indicios en 2017 con traducción de Victoria Simó. "La historia de los Austen en la rectoría de Steventon da comienzo a finales del verano de 1768 cuando un carro cargado de enseres domésticos recorría los caminos de Hampshire desde la cercana aldea de Deane..." Allí van, George Austen, de treinta y ocho años; Cassandra Leigh, su esposa, de veintinueve, la madre de ella, Jane Leigh, y los tres hijos de la pareja: James (Jemmy), George y Edward (Neddy). He aquí, por tanto, que el segundo hijo de la familia era George y que llegó con sus otros dos hermanos, sus padres y su abuela, a la rectoría de Steventon. George tuvo que nacer entre 1765 y 1769, espacio de cuatro años suficiente como para haber tenido otro hijo. Sin embargo, en la vida cotidiana de Jane no se hace referencia a este hermano, ni hay noticia de profesión, boda o similar con respecto a él. 

¿Por qué? Como dice Worsley "George ya no vivía en casa. Cuando se hizo patente que nunca superaría su propensión a los "ataques", sus padres decidieron enviarlo a vivir a una familia de acogida permanente. Ya existía un precedente en este aspecto, porque la propia señora Austen tenía un hermano mayor discapacitado que había recibido un trato parecido. Los dos, tío y sobrino, acabaron viviendo juntos con la misma familia de cuidadores, los Callum, en un pueblo situado al norte de Basingstoke llamado Montk Sherborne"

Este olvido del hermano discapacitado, cuya deficiencia o enfermedad no conocemos con detalle, salvo esa alusión a sus ataques, cundió en toda la familia para la posteridad. Los Austen, tras la muerte de Jane, y cuando se vieron situados en el centro del foco de atención, ocultaron muchas cosas. Trastocaron el estilo de vida de Jane, taparon sus amores y quemaron (lo hizo Cassandra) las cartas íntimas en las que ella hablaba de los suyos. La información que se nos ofrece, por tanto, ha de ser puesta en cuarentena y solo las investigaciones posteriores han podido arrojar alguna luz. Los sobrinos de Jane que escribieron sobre ella siempre hablaron de siete hijos y no de ocho. Se saltaron al segundo, literalmente. George fue "el niño defectuoso al que facturaron lejos", primero y luego "el hermano olvidado", que llevaba sobre sí el estigma de la enfermedad mental. 

Hay apariciones intermitentes de George en la vida de la familia, alguna visita, por ejemplo, y alusiones del padre a su estado de salud y a la recurrencia o apaciguamiento de sus ataques (epilepsia, probablemente). Su apartamiento de la familia ha generado indignación en los investigadores. También el hecho de que la señora Austen mandara a sus hijos a ser criados por amas fuera del entorno familiar. Los médicos tenían opiniones muy duras al respecto de los epilépticos y no había datos científicos que ayudaran a un tratamiento más humanitario. Con el alejamiento a un lugar distante podían intentar evitar el contagio a sus hermanos. Y el hecho de que no fuera el único caso en la familia, apunta Worsley, podría hacer pensar a futuros pretendientes de las chicas que era algo fácil de reproducirse en caso de matrimonio. 

Todas estas circunstancias tuvieron que ver con el hecho de que el segundo hermano, George Austen, nombrado como su padre, desapareciera del mapa y viviera al cuidado de otros, no de una institución, sino de una familia y con la compañía de su tío, también enfermo. Los secretos de las familias son tan grandes que no es posible ahondar en todos ellos, pero aquí hay una causa más para tener claro que lo que sabemos de los Austen es solo lo que han querido mostrarnos y que todavía queda mucho trecho de investigación para terminar de ahondar en esas vidas. 

Lo que sí es seguro es que, cuando contaba cuatro años, George Austen, con un tipo de discapacidad cuyo detalle desconocemos, fue marginado del grupo familiar y enviado lejos. El contacto de Jane, la hija séptima, con este hermano, fue mínimo, si acaso en alguna visita que él hiciera a la familia, en contadas ocasiones. 

(Imagen: juego de mesa inspirado en las historias de Jane Austen) 


sábado, 1 de septiembre de 2018

"Los Watson" de Jane Austen


Las novelas inacabadas producen una extraña sensación de desencanto. En esta, la última página cuenta, en un pasaje que añadió James Edward Austen-Leigh, sobrino de la escritora, lo que supuestamente le contó su tía Cassandra que ocurriría. Pero nada de eso es lo mismo. Y este James Edward es relativamente de fiar, porque en lo que ha escrito de su tía ha ocultado mucho, demasiado. Sobre todo, no es lo mismo relatar el argumento en tres renglones que gozar de la maravillosa prosa de Austen. Pero es lo que hay. Y es un bonito intento en el de la editorial presentar la obra, sobre todo acompañada con ilustraciones tan bellas que le da un aire de cuento de hadas al libro. 


La historia, de apenas cien páginas incluidas las ilustraciones (no sabemos cómo hubiera quedado si Jane Austen pudiera haberla escrito entera) nos presenta a una serie de familias (suficiente para que un relato tuviera consistencia), que habitan en Surrey y que van a acudir a un baile, nada menos que al primer baile de invierno. Los Osborne, los Edwards, los Watson. Ese baile es muy importante, por ser su presentación, para la señorita Emma Watson, que, al estilo propio de la época, se había criado con una tía y vuelve a su casa. Como sucede con otras novelas de la escritora, las dificultades económicas femeninas las pone en la tesitura de tener que alternar como una obligación y de intentar hacer una buena boda. Esto era, sobre todo, responsabilidad de la mayor de todas, pero concernía al resto de las hijas, porque, sin esa boda que asegure el sustento, están abocadas a vivir de la caridad de sus parientes masculinos. 

"...ya sabes que no tenemos más remedio que casarnos. Yo me arreglaría muy bien sola; con unos pocos amigos y un agradable baile de vez en cuando me contentaría, si una fuera a ser siempre joven. Pero nuestro padre no puede asegurarnos el porvenir, y es muy triste envejecer, ser pobre y que se rían de ti. He perdido a Purvis, es cierto, pero muy poco gente se casa con su primer amor"


He aquí cómo las desilusiones amorosas, el engaño de las amigas que se quitan los pretendientes unas a otras, no tiene solo consecuencias emocionales, sino de carácter práctico. A la tristeza de la pérdida se une la evidencia de que las oportunidades pasan y la juventud es lo que pasa más rápido. Las chicas confesaban abiertamente intentar "pescar" a tal o cual caballero. Y muchas veces se casaban con gente poco agradable, que no les gustaba ni pizca. En eso Jane Austen es una revolucionaria. Sus heroínas se casan por amor. A nosotras puede parecernos lógico pero en aquel tiempo era una auténtica pionera. Y, además, una isla, porque luego llegaron los victorianos y su sentido del deber y se volvió a chafar todo. Porque ¿qué alternativas quedaban al matrimonio?

"Pues yo preferiría cualquier cosa antes que ser maestra de escuela...He trabajado en una y sé la vida que te espera en ellas. Tú no. Casarme con un hombre desagradable me gustaría tan poco como a ti, pero no creo que haya tantos. Creo que podría gustarme cualquiera que tuviera buen carácter y una buena renta" 

El librito es delicioso. La edición de Nórdica, genial. Los dibujos de Sara Morante, sensibles y bellos. Una traducción muy ajustada la de Íñigo Jáuregui. Y resulta estremecedor ver cómo Jane Austen, a una edad tan temprana, tenía ya unas ideas tan formadas acerca de la vida y de la gente. Su penetración psicológica es formidable y mucho más que sea capaz de expresarlo con tanta naturalidad y sencillez. Los diálogos tienen una fuerza inusitada. Y las descripciones, sencillas e íntimas, todavía adornan más el conjunto. La gran dificultad es no saber en qué acabaría todo eso.


lunes, 27 de agosto de 2018

Tormenta de verano


(Fotografía: Tamara Lichtenstein) 

A "La, la, land" le faltó una escena de lluvia. Un momento mágico en el que Ryan Goslings y Emma Stone danzaran abrazados, empuñando cada uno de ellos un paraguas rojo. Me gustan los paraguas rojos y el rojo de los bolsos. Si quieres hacerme feliz, no lo dudes, regálame un Kelly de Hermés, de ese rojo intenso que te acompaña en los días más oscuros. "La, la, land" fue la banda sonora de mi invierno pasado. Veía las imágenes e imaginaba que en una esquina de ellas había un hueco para mí, un pequeño lugar escondido, un papel sin importancia, una camarera en patines o una ascensorista con uniforme. 

La tormenta de cada verano ha llegado envuelta en la música de la conversación. El final del verano siempre se escribe con unas gotas de agua, unas pocas lágrimas y unas risas compartidas. Hemos vertido junto al café el tarro de los secretos y ahora nos sentimos más ligeras. El día tormentoso es una anticipación del otoño y hacemos planes con la secreta seguridad de que cambiarán las estaciones pero que, si no hacemos un enorme esfuerzo, seguiremos siendo las mismas. No queremos seguir estando en un cuarto oscuro, en un lugar donde las corrientes de aire te dejan temblando, sino recorrer paisajes que nos devuelvan la alegría. 

sábado, 25 de agosto de 2018

Tristesse


(Juliette Binoche)

Los ingleses son más ruidosos y expresivos para la alegría pero nadie como las francesas para mostrar la tristeza. Eso requiere sutileza y requiere abandonarse a las sensaciones que la tristeza produce. Así como el estruendo de la risa es contagioso y requiere salir al exterior, la tristeza es un sentimiento tan hondo que no requiere de manifestaciones externas, es más, que se rompe si se muestra. Es algo íntimo, delicado, que absorbe los sentidos y que hace resplandecer lo que somos por dentro. Hay muchos que opinan que la tristeza es cansina pero confunden la tristeza con la apatía, con el aburrimiento o la depresión. La tristeza tiene una dignidad que pocos sentimientos ofrecen, porque no necesita subterfugios ni puede impostarse. 


(Isabelle Huppert)

Nada hay sórdido en sentirse triste. Es más, el disimulo convierte la emoción en un juego malabar que no conduce a nadie. Los que no pueden expresar su tristeza terminan haciendo de ella un estereotipo, un algo sin vida y la tristeza también es vida. Si tuviéramos que esperar a vivir que pasara de largo estaríamos detenidos. La tristeza conforta nuestro corazón, porque le enseña el camino para salir de la oscuridad. Si no estamos tristes, si no entramos en la tristeza hasta el fondo, descubriéndonos a nosotras mismas, nunca podríamos encontrar el modo de volver a recuperar nuestra alegría. 


(Charlotte Rampling)

No deberíamos confundir la tristeza con la pérdida de la ilusión. La tristeza te cubre con su manto hasta que vuelves a encontrar el calor necesario. Te acuna y te explica qué te está pasando, por qué esos ojos se llenan de lágrimas, porque la sonrisa cuesta tanto y no se asoma a tu cara. Pero es un acto sincero de reconocimiento, no una impostura, ni una simulación. Dejar de estar triste porque tienes que ofrecer al mundo un rostro inmaculado es una traición a uno mismo. Recrearse en la tristeza cuando ya esta no tiene razón de ser inmediato, también lo es. Hallar el equilibrio, ese es el secreto. Saber que somos duales, que dentro de nosotros conviven sentimientos distintos y que la tristeza es uno de ellos que hay que afrontar y vivir en plenitud. Es imposible no sentirla. Es absurdo empujarla al abismo de la ocultación. Cuando termina su cometido, ella misma conoce el camino del repliegue. 

viernes, 24 de agosto de 2018

Novedades literarias para el otoño de 2018



De igual manera que imaginas bonitos planes de viajes que muchas veces no se cumplen, o te haces propósitos de enmienda en todo aquello que sueles hacer mal. De igual forma que la moda se te aparece en las páginas webs o en los escaparates. Así como el verano se escapa y haces balance y, aunque haya sido difícil o aburrido, echarás de menos algo que aprendiste…

Las editoriales lanzan sus novedades para otoño y tú te fijas en aquellas que, de antemano, te dan la impresión de que van a gustarte, en esa intuición especial que cultivas desde hace tiempo en torno a los libros. 


De la nueva cosecha me quedo con dos libros que hablan de escritura: “¿Por qué escribir?” de Philip Roth (Random House) y “El reino del lenguaje” de Tom Wolfe (Anagrama), ambos recién desaparecidos. Diferentes pero unidos por poseer un estilo, eso que buscamos todos los que nos dedicamos a escribir. 


Luego, otro libro de cuentos de Lucia Berlin. Después del éxito de “Manual para mujeres de la limpieza” se veía venir. A mí ese primer libro me pareció irregular pero con algunos destellos deslumbrantes. Este se llama “Una noche en el paraíso” (Alfaguara). Segura estoy de que “Nada de nada” de Hanif Kureishi (Anagrama) me volverá a apasionar como sus libros anteriores. Difíciles, herméticos, con personajes poco agraciados de entrada, pero profundos y dolorosos. 


Los Asteroides van a traer un éxito de los noventa, “Un fin de semana” de Peter Cameron, clásico entre los suyos y con un tema interesante, el de la evocación de la pérdida. Y, por último, en esta primera selección de posibles lecturas para el otoño está “La madona de los coches cama”, título irónico de Maurice Dekobra, que sacará Impedimenta. 


Esto de momento. Los anuncios de las grandes editoriales, los best-sellers, las “nuevas” obras de los consagrados que nunca leo, me ahorro de reseñarlas. Esas están por todas partes. 


Conclusiones




-¿Qué haces?-dijo él
-Te miro-le contestó ella
-Y ¿qué ves?- repuso el hombre, esponjándose, saboreando de antemano el regalo de sus palabras
-Nada-dijo ella. 


Entonces, ella dirigió la mirada hacia su propio interior, pero, sobre todo, miró a los otros, miró el mundo que la rodeaba, agua, árbol, cielo. "¿Qué veo?", se preguntó. "Todo".

(Fotografías de Giselle Freund)

miércoles, 22 de agosto de 2018

"Un poco menos que ángeles" de Barbara Pym



Este es el tercer libro que publica Gatopardo Ediciones de la autora inglesa Barbara Pym (1913-1980). Los anteriores son "Mujeres excelentes" en 2016 y "Amor no correspondido" en 2017. Confieso mi predilección por "Amor no correspondido", aunque "Mujeres excelentes" me descubrió una forma de mirar muy especial y este de ahora tiene novedades interesantes, silencios y palabras que hacen reflexionar. 

Me gusta Barbara Pym por su inteligencia. La inteligencia en un escritor tiene mucho que ver con esa manera distinta de ver los hechos, de analizarlos y, sobre todo, de interpretarlos. En ella hay una mezcla de dulzura y desafío. Hay una foto que se repite cada vez que se buscan datos sobre ella en la que aparece sonriendo a medias con un gato en los brazos. No me gustan los gatos, ni los perros, ni los animales en general, pero ella tiene una actitud complaciente que la convierte casi en la vecina de al lado. Inspira confianza. Esa sensación la tienes al leer sus libros: sabes que no hay trampa ni cartón en lo que te cuenta y que, si algo parece ser lo que no es, al final saltarán las costuras y todos tan contentos. No sé si me explico. Los enredos domésticos no son cosa baladí. Y todos aquellos que han considerado que la literatura debía estar revestida de la solemnidad de los días de fiesta han dejado de lado tantas historias como momentos tiene la propia vida. Esa estética de lo cotidiano, que practican otras grandes damas literarias cuya relación de nombres ocuparía este espacio por completo, es gloria bendita. 
"Un poco menos que ángeles" cuenta la historia de Catherine Oliphant, escritora, cuyo noviazgo con un atractivo antropólogo llamado Tom Mallow entra en fase pantanosa cuando él conoce a una joven estudiante, Deirdre Swan. Para que haya cuarteto se añade al grupo otro antropólogo, un tipo de carácter bastante raro, Alaric Lydgate. No solo hablamos de enredos amorosos sino de esas argucias, artimañas y envidias que se mueven en el mundo de la investigación y la universidad a la hora de conseguir algún premio o alguna beca. Nada nuevo bajo el sol y eso que el libro fue publicado por primera vez en 1955. Hay un retrato del mundo académico que no tiene desperdicio y que está de plena actualidad. Podíamos resumirlo con la frase "no es oro todo lo que reluce". Debajo de las imponentes fachadas de catedráticos y eminencias se esconde la mediocridad y la petulancia. Tantas veces nos encontramos con sabios humildes y con prepotentes ignorantes. Lo que se dice "listos incompetentes" en versión Vivian Ward. 

Hay una cosa preciosa en Barbara Pym. Esa combinación de ambientes serios y profesionales, con la vida de las personas en su casa, cocinando, vistiéndose para salir, arreglando las flores. Se respira un aire genuino, como si estuvieras asomada a una ventana y vieras lo que ocurre. En este sentido, es muy cinematográfica, o quizá es que estamos tan acostumbrados a la imagen que no podemos dejar de imaginarnos el movimiento, las voces, incluso las expresiones de todos. Hay también muchos sueños. Los antropólogos imaginan éxitos, las muchachas incluso añaden la búsqueda, o mejor, el hallazgo del amor. Y todos tienen esperanzas que quieren ver cumplidas. Las descripciones de Barbara Pym son concretas, exactas, sin pasarse, pero dibujando trazos firmes, puedes verlos a todos ellos, están ahí.

La crítica soterrada o directa hacia cierta clase de intelectuales está presente: "Se había imaginado que la presencia de lo que ella consideraba personas inteligentes ocasionaría algún cambio sutil en la habitual conversación intrascendente. Las frases serían como bolas de juegos malabares brillantes que darían vueltas en el aire y, con destreza, se recogerían se volverían a lanzar. Pero ahora se daba cuenta de que la conversación también podáis compararse con una serie de objetos incongruentes, cepillos de fregar, paños de cocina o cuchillos que se arrojaban o salían volando..."

Cuando Tom termina su relación con Catherine pensando que va a sentirse más libre, más relajado, más recogido en sí mismo...y comienza otra con Deirdre, quizá más joven y más manipulable...se encuentra con que las cosas no cambian si no cambia uno mismo. Esta es una enseñanza que no debería dejarse de lado.

Y las mujeres. Cuando Alaric conoció a Catherine se fijó solamente en que llevaba un vestido amarillo. Un vestido amarillo. He pensado en otro tiempo, en el pasado, en un vestido amarillo y en alguien que reparó en ese vestido. Barbara Pym parece conocer el comportamiento de las parejas mucho mejor que cualquiera. Porque nada de lo que ocurra entre Catherine y Alaric será intrascendente. O quizá lo intrascendente sea al final lo que importa.

Un poco menos que ángeles. Bárbara Pym. Gatopardo ediciones, junio 2018. Traducción de Irene Oliva Luque. Título original Less than Angels. Diseño de la colección y cubierta Rosa Lladó. Imagen de la cubierta Toni Frissell, 1941. Edición original 1955. Imagen de la solapa Mayote Magnus. 

sábado, 18 de agosto de 2018

Una carretera azul


Raoul Dufy podía haber nacido en Cádiz. Sus azules hubieran sido tan turgentes y vivos como pueden apreciarse en sus cuadros. La obra de Dufy es para mí el santo y seña del mar, la auténtica viveza del tiempo de los encuentros, las olas en su navegar hacia la orilla. El océano rodeado de la pequeña y multicolor marea de gente que apenas entiende algo más que ese bienestar irrepetible de su brisa. Mi mar, mi océano, está en los cuadros de Dufy. 

El marido de Edna O´Brien aborrecía que ella escribiera. Y tuvieron sus más y sus menos. Diferencias irreconciliables lo llamaría un abogado de divorcios. Yo lo llamo incapacidad para amar y para ser generoso con uno mismo. Envidiar el talento del otro es pecado. Envidiar el talento de alguien a quien deberías querer es mediocridad. Y ser mediocre es peor que ser un pecador. 

Cuando Ernest descubrió el borrador en el que ella describía una carretera azul en un paisaje que su cabeza había recreado a partir de las ondas azules del mar de su infancia, estalló una pelea entre los dos. Se enfadó tanto porque ella se empeñaba en que existían las carreteras azules…A él no le gustaba que le llevasen la contraria y, sobre todo, no podía entender que los colores son convenciones, que no son una parte de la realidad, sino de cada realidad. Los días también tienen colores, te expliqué una vez, aunque ya lo has olvidado. O lo has tergiversado y convertido en un capricho más de los míos, alguien que quiere inventar la vida desde los libros. 



Si alguien te dice que eres una “charlatana de las letras” deberías preocuparte. O no preocuparte y alejarte lo más lejos posible. Yo aconsejaría siempre preparar un pequeño equipaje, una mochila incluso, y tomar el camino que conduce a la carretera azul, y de ahí, al mar azul, y del mar, al océano. 


Podrías quizá entonces hallar un trozo de la felicidad infinita que ha de repartirse entre todos los humanos. Una pequeña porción como si fuera un pastel gigantesco en el que hubiera de todo: chocolate, frutos del bosque, vainilla, turrón y nueces. Antes del viaje no deberías leer ningún libro que te hiciera llorar, porque los ojos han de estar secos y prestos para vigilar el camino. Aunque estés segura de que la vida no puede vivirse con la misma intensidad que los libros, haz una salvedad. Espera a cruzar la carretera azul y estar a resguardo. Solo así empezarás a darte cuenta de que tus carreteras azules existen porque tú las ves. 


(Pinturas: Raoul Dufy) 

viernes, 17 de agosto de 2018

Atrapadas



Las ves y han olvidado sonreír. Tienen un aire cansado, como si todo el mundo cayera sobre ellas de vez en cuando. Como si ellas soportaran todo el mundo. Han perdido eso que se llama dignidad y han escalado las cimas del ridículo. Son más de lo que parecen. Tienen cargos públicos, trabajos importantes, inteligencias limpias, miradas puras. Pero cayeron en una red de la que es difícil escapar. Es una red que comienza siendo una gasa suave y delicada que te cubre, adobada con palabras amables, con canciones italianas y películas tristes. Continúa con un péndulo que se mueve, de un lado, los susurros; de otro, los gritos. Como si tuviera un aire bergmaniano inconfundible. Primero, notarás que el lazo te rodea. Después, el lazo será una mano fría. Por último, alguien se reirá de ti y te preguntará por qué no te mueves si en torno a ti no hay nada. Ese es el secreto: no hay nada donde creías que había una huella de calor. Eso que notas no existe, ni fue nunca, es una ensoñación, un juego, una trampa, todo menos lo que has pensado que era. Es un peligro. Y tú una víctima. Vosotras, las dos, las que no tenéis sonrisa porque la habéis perdido al olor del narciso. 



(Fotografías de Vivian Maier) 

jueves, 16 de agosto de 2018

Un paseo en agosto con Edith Wharton


Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), reaparece cada vez que vuelvo a buscar en la estantería de los libros amados. Allí está “La edad de la inocencia”. Están “La solterona”, “Santuario”, La renuncia, Estío, Las hermanas Bunner y algunos más, incluidas sus memorias. Está también una rareza, “La soñada aventura”, en una publicación de la editorial Juventud de 1925, aunque el ejemplar que manejo, de la Colección Universal, es de 1994. 

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro. 

Tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio. 

En las ediciones que hace la editorial Impedimenta de dos de sus libros “Santuario” y “La solterona” tenemos la suerte de contar con una introducción y un post-facio verdaderamente útiles a la hora de entender a Edith, su mundo y su literatura. La primera es obra de Marta Sanz y el segundo (así como la traducción) de Lale González-Cotta. Es hora de reconocer cuánto bien hacen estos estudios breves pero bien hilvanados a la comprensión de los libros y a ampliar nuestros horizontes lectores. Un buen prólogo es capaz de ponerte en situación y de hacerte navegar con brújula segura por el mar del escritor, aunque este acostumbre a utilizar arenas movedizas. 

Las convenciones sociales, las mujeres y su papel en la sociedad, la maternidad, las relaciones amorosas y la búsqueda de la felicidad, son los temas que nos interesan en Edith Wharton. Y son los ejes centrales en los libros que hemos citado. Constituyen la forma en la que ella contribuye a un movimiento soterrado que tiene en la literatura algunas representantes notables y que pretendía dar a conocer, con cierta crítica y mucha rebeldía, el agotamiento femenino ante roles que no le proporcionaban ni una pizca de felicidad. Y, por otro lado, también denunciar que no eran únicamente los hombres, ni todos los hombres desde luego, los responsables de esa estabulación de las mujeres, de ese dirigirlas hacia un camino estrecho y sin vericuetos, sino también las propias mujeres, lo que Lale González-Cotta llama “sanedrines femeninos atávicamente educados para ejercer de madres, complacientes esposas y exuberantes floreros”. 

Los enemigos de la mujer libre, viene a decirnos Wharton, no son solamente los hombres, ni siquiera son siempre los hombres, sino también las mujeres, las otras y ellas mismas. Quizá solo alguien como ella podía aclararnos esto. Porque era sofisticada, culta, elegante, inteligente y talentosa. En ese talento cabía el don de observar, ese privilegio que, aunque parece común, solo lo poseen unos pocos. De la verdadera observación se deduce el conocimiento y una selección exquisita de qué es lo que se puede contar, qué hay que ocultar y qué hay que dejar entrever. De ahí sus maravillosas elipsis narrativas, esos hechos que no están, pero han sucedido ya o suceden entre bastidores. 

Algunos mitos caen por medio de la actitud de sus heroínas. En “La edad de la inocencia” no es solo Ellen Olenska la que transgrede las normas, sino también la inocente May Welland, cuando se deja ver con ella o la anciana señora Mingott. En “Santuario” es Kate Orme, luego Kate Peyton, la que tiene que actuar ante hombres pusilánimes y mujeres que se mueven sin que nadie lo note. De Kate “una mujer profundamente empática y, que, en consecuencia, sufre” parte la reflexión crítica sobre lo que significa la maternidad. Quizá en esto Wharton tuvo la influencia de una madre poco afectuosa y del hecho de no haber tenido hijos. Esa figura de la madre inexistente, extrañamente lejana, sobreprotectora pero sin empatía o centrada en un mundo en el que los hijos apenas son un número más, la vemos en otras escritoras: Jane Austen, las Brontë, Edna O´Brien, por ejemplo. En “La solterona” las primas Delia Lovell Ralston y Charlotte Lovell han de enfrentarse a un dilema moral para el cual no hay una solución satisfactoria. Y precisamente el formar parte esas opulentas familias neoyorkinas es una absoluta desventaja: nada debe parecer inadecuado, todo lo oscuro ha de ocultarse, la familia está para solucionar esos problemas que son propios de otras clases sociales. 

Lo que nos cuenta Wharton, esa lucha soterrada y a veces abierta, de muchas mujeres, contra otras mujeres y contra algunos hombres, para mostrar su inteligencia sin cortapisas, para elegir casarse por amor o por conveniencia, pero elegir y para ser madres si lo deseaban o no serlo, todo eso lo conocemos desde dentro y no hubiéramos podido acceder a ese interior si ella no fuera de la clase. Escribir es la negación de usar la inteligencia a escondidas. Es lo contrario del arma de la manipulación que usan hombres y mujeres para dominarse sin perder la compostura. Escribir es mostrarse al exterior y sacar fuera lo que en el espíritu es una certeza o una duda imposible de resolver si no se abre a la luz. 

Los circunloquios que tanto se achacan a su forma de narrar tienen mucho que ver con la forma cuidadosa y entre cursivas que caracterizaba las conversaciones de su sociedad. Todo había de ser tratado con pinzas y con guantes para que nada manchara la blancura de las rosas de otoño. Sin embargo, ella, en su vida personal, dejó varias manchas en el mantel de la familia. Se divorció, para empezar, en 1913, de su marido, doce años mayor que ella Teddy Robbins Wharton, que la había cansado con continuas infidelidades públicas, algo que era casi una obligación de los hombres de las clases altas, tener amantes y exhibirlas. En segundo lugar, se asentó en París y allí alternó con un número importante de artistas y escritores, manteniendo unas relaciones especiales tanto con el periodista americano William Morton Fullerton (deliciosa la correspondencia entre ambos) y un par de mujeres, Mercedes de Acosta y Camilla Chabbert. No sabemos si ella lo reconoció abiertamente, pero era, ya lo vemos, bisexual. 

Su gran amigo y del que se consideró siempre discípula, fue Henry James, que a cualquier otra con menos talento la hubiera oscurecido. Sin embargo, Edith Wharton, que, como afirma con acierto Marta Sanz se dirigía a “un lector inteligente al que se trata con respeto” siempre tuvo claro que “el pensamiento y la escritura son formas de acción”. Por muy privilegiada que fuera su existencia, su cuna y su crianza, ella no iba a dejar pasar la oportunidad de convertirse en una mujer dueña de su destino, libre, por mucho que los modos imperantes pudieran llegar a considerarla una mujer “horrible”, en contraposición con las mujeres “perfectas”. Seguramente, como Kate, la protagonista de “Santuario”, Edith era una mujer más inteligente que los hombres que la rodeaban. Por eso y otros méritos fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa en 1921, por la Universidad de Yale. Ella se negó,  claramente, a guardarse para sí su inteligencia y decidió que escribir era la mejor forma de salir de su cárcel dorada, aunque eso sí, con elegancia, buenas maneras y sin pisar ningún charco al descender del landó para ir a la ópera.