domingo, 17 de junio de 2018

"Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo"



Leer un libro es como conocer a una persona. Observas su portada, su título, sus imágenes, los créditos, las fechas, la editorial, los autores, el traductor…Ves su rostro, sus ojos, la forma de mirar, cómo mueve las manos, cómo anda, qué clase de gesto compone al enfadarse, el color de su risa…

Pero luego abres páginas y empieza un recorrido plagado de inquietud. Las primeras son las decisivas. El comienzo, el primer párrafo, la primera frase. La primera cita, la primera llamada de teléfono, el primer mensaje…

En un momento dado estás ya en el primer tercio y has sobrepasado el límite de tu examen. Si has llegado aquí será que lo que queda te interesa, quizá sea de tu agrado. El nerviosismo cede, pero no la expectación, no la espera. Espera es una palabra unida siempre al conocimiento de alguien. Analizas la forma en que te ha recibido allá, en el local elegido, en ese ambiente que está fuera de ti y fuera de él. Te fijas en su despedida, en si aprieta tus manos o las deja caer, laxas, a lo largo del cuerpo. Te apropias de una parte del sonido de su voz, que será tuyo siempre, la forma en que te habla y te contesta…

El libro está a tu lado y ya no tienes miedo, sabe que continuarás leyéndolo y que serás capaz de terminarlo. Has captado gran parte de su esencia, se ha convertido en un lenguaje próximo, entiendes al autor, sabes qué ha escrito, por qué y cuánto de él hay en sus palabras, cuánto de ti en recibirlas y entenderlas. La otra persona ha abierto algunas cajas de secretos, algunas pequeñas confidencias se han desplegado ante ti, conoces algo que otros no se imaginan, su primera imagen se funde con la nueva, es alguien con un sentido propio, no es uno más, es parte de una cosa que llamamos vida. No es extraño, más bien es un trozo del decorado que elegiste y renuevas poco a poco…

Así llegas al final de la historia. El desenlace. Quizá te ha convencido y te ha dejado más ganas de leer al autor. Quizá te ha parecido flojo, decepcionante o demasiado simple. Entonces, adiós a otra oportunidad, a otra ocasión. Quizá te ha deslumbrado, te ha llenado de luces y entonces nunca se escapará de las manos. Es tuyo. El paso de los días te ha traído miradas que nunca esperaste, frases que se acomodan como un guante a las tuyas, sonidos que te adornan y hacen que creas en ti. O, tal vez, sin que puedas adivinarlo antes, las lágrimas te cercan y te anuncian que no es él, que no sirve, que no es nada, que es falso, que te vayas, que huyas. 


(El título es un verso de Luis García Montero. La fotografía es de Irving Penn)

Heterónimos


Durante muchos años solo escribía poesía. Está por ahí, oculta. Ni siquiera sé si es algo o es nada. El año en que conocí a Pessoa, era verano y fue en Baeza. Un curso de poesía mística en el que estaban también San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Ya no recuerdo si alguno más. Los santos eran conocidos, el portugués no, o apenas. Entraron en bandada todos los heterónimos y la clase se llenó de gente. Los profesores de la Universidad de Granada y de la de Lisboa se empeñaron en hacernos ver que no era un solo poeta ni un solo escritor, sino esa masa definida, esa maravillosa multitud que lo acompañaba. 

Eran días intensos de trabajo y de sol. El calor oscuro de Baeza, ese espacio misterioso rodeado de un mar de olivos, se deja sentir desde por la mañana. Las piedras resuenan al toque de las sandalias y caminar por allí, al mediodía, es cruzar el fuego. Las mañanas se ocupaban en escuchar lecciones magistrales de gente convencida, que afirmaba con rotundidad opiniones certeras y documentadas sobre libros que yo no había leído y que, quizá, al menos algunos de ellos, nunca leería. Me quedé con la imagen y el caleidoscopio y cuando el curso concluyó entendí que eran los heterónimos lo que más me había cautivado. 

Yo paraba en el Hostal Comercio, un sitio pequeño del centro, cuajado de recuerdos de Machado, y alternaba la relectura de esos versos tan conocidos desde niña con las novedades de Pessoa que el curso iba trayendo. En una ocasión uní dos de esos poemas, una frase de uno, otra frase de otro, e intenté mezclar a los apócrifos con los heterónimos saliendo una curiosa letanía que estallaba al pensarla. Ninguna cabeza joven está para tantos subterfugios. 

La mística vivía en el paisaje. Uno de los días subimos en autobús hasta Beas de Segura para oír de viva voz, en directo y en el sitio exacto, el canto de las monjas de clausura con las letrillas que San Juan había escrito. La subida en autobús fue una aventura porque un incendio asolaba Cazorla y lo íbamos dejando a un lado de la carretera. Éramos tan jóvenes que no tuvimos miedo, simplemente veíamos el humo y el eco de las llamas y seguíamos riendo en cascada mientras el autobús ascendía y dejaba atrás la llanura para adentrarse en el confín de árboles del parque natural. 

En el convento hacía frío. El pueblo era tan pequeño y en cuesta que nuestras sandalias se encajaban en las oquedades del suelo y estuvimos a punto de tropezar más de una vez. Llevábamos vestidos ligeros, con los brazos al aire, colas de caballo y algunos adornos en el pelo, al modo en que las veinteañeras salen a la vida, con poca ropa y muchos deseos. Las monjas nos escudriñaban desde el fondo de las celosías pero no pudimos ver a ninguna. Nos sentamos en ese ambiente fantasmal, sin rastro de figura humana, solo las imágenes de las hornacinas y, cuando el revuelo íntimo cesó, se elevó el canto, sonaron las voces y todos nos trasladamos, interiormente, a un lugar inaccesible, antesala del cielo debió ser. 

La noche antes de finalizar el curso la plaza cuadrada se llenó de  estudiantes. Estábamos todos allí pero no solos, también estaban ellos. Los heterónimos de Pessoa y los apócrifos de Machado. Sonaba sin oírse el ruido de fondo de las letrillas de San Juan y el calor seguía floreciendo como una obligación para impedir que durmiéramos. Un muchacho de tez oscura que venía del Levante me escribió una poesía y decía que yo tenía los ojos de luna. Guardé el poema en un libro de Pessoa que entonces no entendí y un día reaparecieron el libro y el poema. Cuando esto ocurrió había transcurrido el tiempo, los heterónimos no eran ya una sorpresa y yo empezaba a ser como Machado, solitaria y silenciosa, más cálida aún que las calles de Baeza. 


sábado, 16 de junio de 2018

Mavis Gallant: escritora en tránsito


     Mi último descubrimiento se llama Mavis Gallant. De vez en cuando me encuentro con un autor que me deslumbra, que me pregunta y responde, que me interesa. En este caso la publicación de la primera novela que escribió (de solo dos) en castellano, "Agua verde, cielo verde" (Impedimenta, mayo de 2018, con traducción de Miguel Ros González), ha sido el detonante. A partir de ahí he buceado en su obra y hallado una magnífica edición de sus historias cortas, "Los cuentos", que Lumen editó en 2009 traducidos por Sergio Lledó. Desde la literatura se llega a la vida y al revés. La existencia de Mavis Gallant (1922-2014) es tan esclarecedora como sus historias, la forma en la que ella denominaba al numerosísimo arsenal de cuentos que escribió, cien de ellos en  The New Yorker. 

     Su triste infancia es el primer escalón de una vida llena de desarraigo e inseguridades. Nació en Montreal aunque su madre era estadounidense y su padre británico. Él murió cuando era una niña y su madre volvió a casarse y prescindió de ella. Mavis decía que su madre era de esas mujeres que nunca debió tener hijos. Tampoco hubo hermanos y fue de internado en internado, de colegio en colegio, un total de diecisiete, durante años, hasta que decidió que lo que quería era ganarse la vida de algún modo para poder escribir, que era lo que deseaba más que nada. 

    Su trabajo alimenticio fue el periodismo y comenzó en el Montreal Standard. La mala suerte en relación con las personas la persiguió durante toda su existencia: su agente literario la engañó y su matrimonio duró apenas unos pocos años. La soledad parecía ser su destino, su santo y seña. Y todo eso lo volcó en los libros, como suele ocurrir con la mayoría de los escritores, porque escribir no es solo una ocupación, sino una forma de estar en el mundo. 

     Mavis Gallant siempre usó el inglés para escribir, uno de los dos idiomas que dominaba a la perfección porque siempre fue bilingüe. Consideraba al inglés el "idioma de la imaginación". Su lema de vida podía traducirse en esta frase "nada es seguro". La pérdida de su padre, de la que ni siquiera tuvo noticia en su momento para poder llorarla y hacer un duelo que la hubiera reconfortado; el abandono de su madre, que la dejó en manos de terceros; todo eso generó una carencia íntima, una falta de apego, que la acompañó toda la vida. Si no hubiera tenido talento literario, si no hubiera estado tocada por la varita mágica de las palabras, quizá la existencia de Mavis Gallant se perdiera por derroteros poco recomendables. Pero fue el talento el que la salvó, fue esa compensación de la naturaleza la que permitió que la creación la redimiera y, sobre todo, que vertiera en sus escritos, esas historias de las que ella hablaba en sus escasas entrevistas, toda la amargura, la decepción, el escepticismo. Un exilio interior que se convirtió en exilio físico. No era de ningún sitio. 

     Los ambientes literarios no eran lo suyo. Prefería, con mucho, escribir. Ella lo repetía continuamente. Escribir, escribir, escribir. Tampoco parecía interesada por los reconocimientos o premios. Fue tardíamente recompensada en Canadá, porque era una especie de exiliada. Tampoco era francesa, aunque vivió en París muchos años y allí eligió morir. En realidad, Mavis no era de nada ni de nadie y esta independencia se paga siempre muy cara, en soledad y en desarraigo. 

        Sin embargo, siguió escribiendo. Dos novelas, decenas de cuentos, alguna obra teatral, ensayos. Amén de sus artículos en periódicos y revistas. Todo ello constituye una obra de enorme interés, hecha con pasión y, a la vez, con el descreimiento de quien espera poco de la vida. Su disección de los personajes lleva consigo un bisturí implacable, una visión descarnada. No se hace ilusiones con respecto al mundo, ni se permite falsas esperanzas, pero todo ello lo transforma al estilo de los grandes autores: ver cualquier cosa y convertirla en palabras mayores. La creación literaria es eso: una manera distinta de mirar, una forma única de expresar lo que se ve y se siente. Eso hace Mavis Gallant, en sus novelas, en sus cuentos. Estos, como ella misma decía, no son partes de novelas, no son intentos fallidos, no son espejismos que se han quedado a medio camino. Cada cual tiene sentido en sí mismo. Siempre recomendaba que se leyeran tranquilamente. Nada de empezar con uno y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No. Ella aconsejaba que se leyera uno y se cerrara el libro. Para que el cuento surtiera su efecto, para que, como alguien ha dicho, se saliera de esa lectura convertido en alguien distinto. 


        Mavis Gallant es el prototipo de escritora que, a pesar de todas las circunstancias adversas, termina saliendo a la luz. Nunca tuvo una buena relación con las editoriales, que escamotearon su producción, ni tampoco frecuentaba los cenáculos de donde salen los contratos y los premios. Daba a su independencia un valor inusual y su reivindicación tiene que ver con otros escritores que, después de ella, fueron a sus fuentes y bebieron de su calidad. En este caso, fue Alice Munro la que se consideró su discípula y la que la reivindicó. No siempre ocurre pero, en muchos casos, la buena literatura emerge a pesar de todo. No obstante, el caso de Mavis Gallant me hace pensar, como otras veces, cuántos buenos libros se están perdiendo y cuántos buenos autores están en la oscuridad, simplemente porque publicar es tanto un negocio como un servicio a la sociedad. Cuando el equilibrio entre ambas situaciones se desvía peligrosamente hacia lo primero, entonces ocurren cosas que ningún buen lector desearía que pasaran. El olvido o la pérdida del talento. 

viernes, 15 de junio de 2018

El patio de vecinos



Cada uno en su habitación, decorándola, llenándola de fotos, de ideas, de dibujos, de adornos...En la zona común, el patio, y, en el patio, los macizos de flores o los arriates con plantas olorosas...Cada uno en su habitación y, de vez en cuando, una flor que se agita y que queda sin hojas, una mirada no correspondida, un deseo insatisfecho, una risa que no tiene respuesta, una forma de hablar en voz muy baja, un encuentro feliz, la única manera de verse en mil años…

Eso es internet. Un patio de vecinos virtual, en la que hay sentimientos, vanidades, orgullo, prejuicios, sentido, sensibilidad, mentiras, algunas verdades, esperas, búsquedas, razones...Cada uno cuida de su habitación y pretende que cuando alguien la visite se quede prendado de su olor, de su buen gusto, de cómo ha servido esa tacita de té a las cinco en punto de la tarde...Escribe la soledad...Porque, si tú estuvieras, el patio tendría la luz de tus ojos y no harían falta las palabras.



(Fotografías de Irving Penn. 1917-2009)

jueves, 14 de junio de 2018

"En Grand Central Station me senté y lloré" de Elizabeth Smart

¿Es posible enamorarse de alguien a quien no se ha visto nunca¿ ¿De alguien con quien nunca se ha hablado? ¿De alguien que no te ha dedicado ni una mirada?

¿Es posible enamorarse de alguien al leer un poema? ¿Es posible seguir amando a alguien a pesar de que sabes que no eres la única?

A todas estas preguntas Elizabeth Smart  (Otawa, 1913- Londres, 1986), contestaría "sí". Es posible, diría. Es, no solo posible, sino cierto. Y por eso escribe este libro. Por eso este libro tiene sentido. Por eso y porque ella era una escritora, aunque no lo sabía, no solo una mujer enamorada. Las mujeres enamoradas lloran en cualquier lugar del tiempo y de las ciudades. Las escritoras, trasladan las lágrimas al papel y, al hacerlo, esas lágrimas ya no son suyas, pertenecen al lector que encontrará en ellas, seguro, algo de su propio dolor o de su propia dicha. Es así como la literatura se convierte en un espejo en el que mirarse y mostrarnos. 

Su vida y el libro son la misma cosa. Y el espejo en el  que se mira, el poeta George Barker (1913-1991). Barker es el héroe que la enamora, pero, a decir verdad, no solo a ella. Su capacidad para desplegarse ante la parroquia femenina era inmensa. Aunque debió poseer el don de hacer creer a todas que eran únicas porque, en caso contrario, no se explica la devoción de aquellas que lo amaron. Como en tantas ocasiones, el objeto amado está muy lejos del resultado de esa pasión. En la vida real, Barker era simplemente un mujeriego incorregible; para el talento de Smart, lo era todo. También a Jessica, su primera esposa, la mantuvo al otro lado de ese lazo inseparable y fue la mujer con la que tuvo tres hijos. Luego estaba Elspeth, la esposa con la que vivía cuando Elizabeth se enamoró. En total, Barker tuvo quince hijos de diferentes mujeres. El motivo por el cual fue tan amado y deseado solo puede ser entendido por aquellas que lo conocieron. En todo caso, su calidad de poeta, si es que existe, ha quedado oscurecida por esta circunstancia, sobre todo a partir de este libro. Es, quizá, un justo castigo el que su nombre nos llegue nítido a través del relato de la pasión que despertó en una mujer y que no recordemos ninguno de sus poemas. 

En el año de 1937 Elizabeth Smart, de 24 años, lee unos pocos poemas de Barker y, a partir de ahí, decide que ese es el hombre de su vida, que va a conocerlo y que va a intentar enamorarlo. La sombra de la esposa estará siempre presente, porque, además, Barker era católico, lo que ya sabemos qué significaba entonces. Y siempre se debatió entre las dos mujeres, dejando a ambas insatisfechas, como suele ocurrir cuando uno abarca demasiado. No sé por qué me imagino a este hombre del estilo de Ashley, el caballero del sur que en "Lo que el viento se llevó" prendó a Escarlata y a Melania, sin que su indefinición terminara por aclarar a quien quería de las dos....hasta que el dolor a la menos amada fue evidente. Esa clase de hombres que alpistean, que se dejan querer y que siempre parecen ser los sufridores de dramas que ellos mismos aventan. Las víctimas de su falta de generosidad, de su imposible entrega. 

El libro es una sucesión de emociones, imágenes, sentimientos, plagado de citas literarias, la mayoría de poetas y de Shakespeare. Las citas la inspiran y a veces son la referencia exacta. Hoy diríamos que el libro es una autofiction, entonces no se sabía qué era esto. Así, desfilan las palabras de Francis Thompson, William Blake, W. H. Auden, John Milton y el propio Barker, entre otros poetas. Y frases inspiradas o tomadas de Macbeth, Otelo, Hamlet, Antonio y Cleopatra, además de, curiosamente, el gran antagonista de Shakespeare, es decir Christopher Marlowe (Doctor Faustus). Su alusión a Heathcliff, el protagonista masculino de "Cumbres Borrascosas" la obra de Emily Brontë que describe el amor más desesperado no es casual, sino plenamente consciente. 

De cómo enamorarte puede hacerte terriblemente infeliz. De cómo la vorágine de pasiones, de deseos, de luchas internas, acaba con la apacible vida de una muchacha y la transforma en un fuego interminable. Quizá era su interior el que buscaba esto. Quizá ella era así desde siempre y Barker solo fue un objeto indispensable. El caso es que, desde que se publicó, en 1945, este es un libro de culto. La oposición de la influyente familia de Smart, que intentó detener su publicación, no logró que se difundiera y fuera leído cada vez más. La belleza de las palabras, el lenguaje especialísimo, ese punto de vista entre arrogante y pesaroso, la forma de mirar y de narrar los acontecimientos, convertidos en flashes, como si se tratara de una película de su vida, ha cautivado a los lectores. Pero ella misma no entendió que este talento no debía desperdiciarse y, enfrascada en su pasión por Barker (con el que tuvo cuatro hijos a los que tuvo que mantener ella sola en momentos muy difíciles), dejó de escribir y no volvió a hacerlo hasta que no pudo encontrar cierta paz muchos años después. 

Hay libros que te hacen preguntarte cosas. Este es uno de ellos. Y, como todo en la vida, suelen llegar en el momento oportuno. Los libros siempre te salen al paso, nunca son inocentes ni casuales. Sirven para hacerte preguntas. Preguntas que tienen una respuesta que quizá no querías conocer. Pero ahí están. Hay lágrimas inútiles. Y amores que únicamente sirven para escribir libros, para escribir un libro como este. 

Seis libros para leer junto a las buganvillas


(Fotografía de Nina Leen)

Quizá tu verano esté poblado del tacto áspero de la buganvilla, de ese polvillo abrasador que sueltan sus hojas y del aire dorado que resulta, sin embargo, del violeta, del fucsia de su aspecto. Si es así, habrás probado la sensación única de sentarte en cualquier sitio incómodo, el suelo, una escalera, una butaca de pequeño tamaño, el alféizar de una ventana, un rincón de tu cuarto de verano, y abrir un libro cuajado de esperanza. La lectura en verano tiene el aire sosegado de un romance que un trovador cantara y lanzara hasta el aire esperando que su eco resuene más allá del silencio. Las páginas se posan y las manos discurren para encontrar la huella exacta que en ti quedará después de haberlo leído. En las noches, cuando el calor dispara su flecha y no se apaga. En los amaneceres. Junto al mar. En el sordo paraíso febril de la ciudad. En cualquier parte. 

Aquí tienes seis libros para leer este verano que, ahora sí, avanza sin detenerse y empañando el aire con una determinación que no se conocía en la extraña primavera que hemos vivido. En días, el calendario dará la bienvenida y será tiempo de llenar la alforja de lecturas. Si alguno de estos te acompaña, te abraza, verás qué fácil es dejarse seducir por su encanto. 

La señorita Pym dispone de Josephine Tey, con la editorial Hoja de Lata. Porque es un libro tierno, cuidadoso, de alguien en la mediana edad que conserva intacta la capacidad de observar, eso que a los humanos nos acompaña hasta el final de nuestras vidas, si la naturaleza es benévola con nosotros. Una investigación criminal de lo más subjetiva. Unos ojos que ven más allá y un desenlace no exento de enseñanzas de esas que te asaltan sin pedirlas y al final agradeces. 

Hace cuarenta años de María Van Rysselberghe, publicado por Errata naturae. ¿Quién no ha sentido que el amor se le escapaba, que no era suficiente con tener un matrimonio razonable, que alguien te ha robado el corazón y nunca te lo ha devuelto? María habla de sí misma, cambia los nombres para no hacer daño y espera el tiempo suficiente para que la vida haya sepultado las anécdotas. Pero el sentimiento permanece incólume y te atrapa. Eso, ya lo sabes, puede ocurrirle a cualquiera en cualquier instante. 

La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick, de Sexto Piso. La escritora tiene un punto de vista original, especial, muy suyo, acerca de la vida, de su vida. Su talento lo despliega a la hora de escribir esta especie de memorias de transeúnte, para contarnos cómo ha recorrido su ciudad buscando explicaciones, cómo ha querido entenderse a sí misma por medio de los otros y cómo sus interrogaciones han caído, en ocasiones, al vacío. Tú también has pensado alguna vez que tanta incertidumbre era demasiada. Vivian, sabiéndolo, la ha logrado trocar en una especie de autoafirmación que la hace más fuerte y, sobre todo, más libre. 

El asesinato de mi tía de Richard Hull, editada por Alba, en Rara Avis. Qué pícaro este Hull, de qué manera nos envuelve en la historia para conducirnos al lugar que él quiere. Su protagonista tiene la virtud de contar y de no decir, de aclarar y de dejar, al tiempo, cabos sueltos. Los suficientes para que la historia tenga dos lecturas y para que la tía, que no es manca, intervenga para dejar sentadas algunas cosas que se nos habían escamoteada. Una divertida historia que puede ser tragedia si así lo consideras, tú, el lector, el que sabrá poner punto final y aprender que no es oro todo lo que reluce. 

Objeto de amor de Edna O´Brien, en edición de Lumen. Esta colección de cuentos escritos por la autora irlandesa más importante del siglo XX y de lo que va de ese siglo XXI sin dudarlo, es una joya. Una auténtica joya de estilo, belleza, elegancia, misterio, compasión y vida, todo mezclado en un cóctel con la inigualable técnica O´Brien, esa forma de contar que apasiona y que te conduce a un lugar en el que penetras de puntillas, porque no quieres romper el hechizo. Magia con una realidad incontestable. Personas de carne y hueso, luchadores y vencidos, héroes y perdedores, todo sin escatimar nada, entregándose de forma generosa al lector que sabe hallar esta deliciosa mezcla que solo ella combina con maestría. 

Levadura de malicia de Robertson Davies, publicado por Libros del Asteroide. Robertson Davies es un genio de la literatura. Un escritor excepcional. Un narrador inusual, con una permanente voluntad de estilo y, sobre todo, con una tierna ironía, una visión llena de inteligencia y de pequeñas observaciones únicas. Hay pocos escritores que me hayan despertado tanta pasión al leer como él. Y este libro es un tesoro. Su argumento es tan original que no puede pasarse por alto. Su desarrollo es un río embravecido. Y su desenlace es lo que nadie espera y siempre era posible. Una preciosidad. 

miércoles, 13 de junio de 2018

"Un jardín en Brujas" de Charles Bertin

El problema de rastrear sin descanso entre librerías, editoriales y culturales es que se encuentran libros y que andas todo el día de sorpresa en sorpresa. Este, por ejemplo, que se publicó en castellano en 2015, es una delicia. Si te gustan los jardines y te gustan las abuelas, este es un libro para ti. Lo escribe el belga Charles Bertin (Mons, 1919-Sint-Genesius-Rode, 2002), de profesión abogado y dedicado durante un tiempo a la política. Pero Bertin siempre había escrito y, como suele ocurrir, la escritura termina venciendo a todas las demás ocupaciones, tarde o temprano. Bertin es un estimable poeta, luego novelista y después dramaturgo, que llegó a ser miembro de la Real Academia de la Lengua de Bélgica. 

"Un jardín en Brujas" es un libro sencillo, intimista, autobiográfico. En él se cuenta la hermosa relación que Bertin niño tiene con su abuela, a la que frecuenta en las vacaciones de verano después de acabar el curso escolar. La abuela es todo un personaje. Una mujer que quisiera haber podido estudiar y que no lo logró en su momento, lo que ha despertado en ella una notable necesidad de saber y de conocer todo lo que se ha perdido. El jardín del que habla Bertin es tanto el territorio de su infancia plagado de flores como el recuerdo de su abuela, con su firmeza cariñosa y su amor a la vida. No resulta usual que sean las abuelas las recipiendarias del afecto literario pero, en este caso, estamos ante un caso excepcional. 


Lo más encantador de todo es que la abuela no enseña al nieto sino que los dos van aprendiendo a la vez. Es un camino de doble dirección, no una clase magistral. No se trata de una señora sapientísima que se dedica a descubrir el mundo a los ojos infantiles, sino de dos pares de ojos, unos de niño y otros de anciana, que, al alimón, satisfacen el profundo deseo de conocer, algo que, si deja de acompañarte, anticipa el final de las vidas. La abuela Thérèse-Augustine está ansiosa de aprender. Y su nieto va de la mano en esos descubrimientos.

La abuela, además, guarda un secreto. Su íntima relación con la casa, el chalet, en que vive. Había una "complicidad amorosa" entre el lugar y la abuela. Los siete veranos que el niño Bertin pasó allí le mostraron que esa intensa comunicación existía, aunque fuera difícil de explicar y de entender. Y lo mejor de la casa era el jardín:

"Fueron muchas las horas felices que pasé en aquel deambulatorio de vegetación del cual fui la mayor parte del tiempo su único huésped, a excepción del gato de nuestros vecinos de al lado. Incluso en las horas centrales de los días soleados, reinaba allí una penumbra dorada cuya paz claustral me arrobaba y me inquietaba un poco"

Ambos, abuela y nieto, establecen prontamente las reglas de juego: "Las reglas eran muy simples: a su debido momento y a su manera, ella relataría la historia y la genealogía de la familia. Mi papel consistiría en escucharla, haciéndole, de cuando en cuando, alguna pregunta inteligente. En agradecimiento, al final de la entrevista, recibiría un berlingot hecho con pasta de almendras"

Las preguntas que el niño hace a la abuela apenas tienen respuestas porque ella misma se confiesa deseosa de aprender. Sus informaciones eran escasas pero su asombro ante el mundo, su deseo de saber era infinito. Esto es algo normal en los niños pequeños y un regalo del cielo en las personas mayores. "Nuestro deleite, nuestro fastuoso y suntuoso deleite, se fundaba en aunar nuestra falta de ciencia y nuestras curiosidades para descubrir juntos las respuestas que se nos escapaban"

Las circunstancias familiares hacen que las visitas veraniegas del niño a la casa con jardín de su abuela vayan escaseando. Entonces aparecen las cartas como un medio único para que esa comunicación permanezca. No es lo mismo pero se mantiene el lazo de la curiosidad de la mejor forma que saben. Cuando la abuela muere, el niño pierde no solo a un familiar querido sino a un referente de su manera de enfrentarse a la vida. "Me temo que no sea vano esperar que una milagrosa dispensa de las leyes que gobiernan el reino de los muertos te autorice, incluso en el espacio de un instante, a acabar con la distancia que nos separa"


Un jardín en Brujas. Charles Bertin. Errata naturae. El pasaje de los panoramas. Traducción de Vanesa García Cazorla. Título original: La Petite Dame en son jardin de Bruges. Edición castellana de 2015. 


domingo, 10 de junio de 2018

"Apegos feroces" de Vivian Gornick

    Ser madre es muy difícil. Pero las hijas no llegamos a entenderlo hasta que, a nuestra vez, nos convertimos en madres. En la literatura hay mucho que contar acerca de las relaciones entre madres e hijas, las más intensas y problemáticas de todas las relaciones humanas. Las hijas son el anverso y el reverso de las madres. Cuando esos lazos se han establecido de una forma sana y coherente, eso será siempre un seguro de estabilidad; pero no es posible en todos los casos, más bien es una rareza. Porque ser madre es muy difícil. 

La madre es un espejo equívoco. Ni su tiempo fue el nuestro, ni sus intenciones somos capaces de explicarlas ni de entenderlas, ni la diferencia generacional es fácil de superar...Solo el cariño es la argamasa impermeable que puede hacernos escalar puestos en esa lucha por el entendimiento. 

    Vivian Gornick habla aquí de una relación materno-filial cuajada de las mismas dificultades que la mayoría de nosotros conoce. Eso nos acerca a ellas, a las dos, a la madre y a la hija. Es consciente de lo que pasa "La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora". La muerte de su padre fue un acontecimiento fundamental y desde entonces, la casa era ya otra cosa: "Ninguno de nosotros, ni mi hermano, ni yo, ni mucho menos mi madre, encontraba consuelo en los otros. Sólo nos hallábamos en un exilio común, atrapados en un pesar negativo"

    La "non fiction novel" que elevó a lo más alto Truman Capote con su "A sangre fría", da aquí el paso clave a la "autofiction", a la historia en primera persona, a la exposición pública de hechos, personas y emociones, a partir de la vivencia de la autora. Es una actitud valiente, quizá terapéutica, siempre necesaria. Y no tendría el valor de obra literaria si no pasara por la conjunción máxima de verdad y estilo. 

  En la historia tienen un papel especial las vecinas, las mujeres que comparten un mismo espacio físico, que alientan la vida de las calles y las casas, que soportan las incomodidades y las miserias. Hay viudas invisibles, solteras desesperanzadas, animosas casadas que han dejado de soñar. Hay hijas, madres, abuelas, mujeres únicas pero con algunos rasgos comunes que a Vivian le llaman la atención. Esa forma de abordar la vida, a pesar de que esté cuajada de obstáculos y de desconsuelos. 

       La calle, la vida. La ciudad, recorrerla de punta a punta. Asomarse a la barandilla y ver el paisaje, asomarse a las ventanas, el movimiento de la gente, las hormigas hacendosas, las cigarras cantarinas. La calle. El barrio. "Cuando era una niña, el aspecto de las cosas me invadía; profundo, estrecho, intenso. La mugre de la calle, el aire blanqueado de la farmacia, las vetas del suelo de madera de la biblioteca a pie de calle, las barras de queso en la nevera de la tienda de alimentación" 
      
      Dos maneras de entender la viudez. La de su madre, hundida en el dolor y la de su vecina, Nettie, que buscará en otros hombres la forma de olvidar al suyo. Una noche la niña Vivian sorprende a Nettie haciendo el amor con uno de esos hombres en su propia casa. "Nettie tenía talento como encajara. Precisamente trabajaba en un taller de encaje cuando conoció a Rick Levine. Sabía hacer vestidos y abrigos, paños y colchas, pero nunca emprendía labores de tal calado. Se limitaba a los tapetes, las fundas de almohada, y los antimacasares para los respaldos; apaños y adornos para dar vida al diminuto apartamento". 

     La muerte de Rick convirtió a Nettie en otra persona. Así suele suceder cuando el hombre al que amas desaparece y más aún si lo hace antes de tiempo, en la flor de la edad, en el momento justo en el que empiezas a acoplarte con él, a entenderte y a andar juntos. Ambas mujeres, la madre y Nettie, son un espejo de dolor para la niña, pero cada una decide vivir la ausencia de una forma diferente.

La madre y la hija se encuentran frente a frente en la vejez de la primera y la madurez de la segunda. Recorren las calles de Nueva York y, al mismo tiempo que observan lo que ocurre, van comunicándose de la forma en que han aprendido, a base de reproches, de recuerdos mal hilvanados, de comentarios jocosos y de maledicencias, cotilleos sembrados de nombres antiguos, de gente que compartió con ellos una porción de vida, algunos de los cuales ya no están.

Esa complicidad, inherente al ser humano, ese placer de la conversación, aun cuando las palabras se disparen y tiren a dar, es la forma en la que podemos conjurar los fantasmas. Pero no siempre es posible entre madres e hijas. Las barreras invisibles actúan y la comunicación termina siendo un milagro. El paseo por la ciudad, la visión de otros territorios más allá de su bloque de pisos baratos, de su barrio, actúan sobre las dos como un enorme catalizador de emociones. A las dos ese vagabundeo les sirve, aunque de manera diferente. Y llegarán algunos puntos de encuentro cuando recuerden, al unísono, situaciones y personas del pasado que, sin embargo, cada una ha interpretado de forma diferente. Son formas de ver las cosas, puntos de vista que separan y, a la vez, unen.

Dice Paul Auster que, en la literatura, "la forma no precede al contenido". En este libro es fundamental tenerlo en cuenta. Borbotones de vida se traslucen y salen al exterior, de dentro a afuera, como también dice el escritor y la forma es subsidiaria de esta muestra de generosidad que hace la autora consigo misma, con el que es y ha sido. Este es el secreto del libro. Cada uno de nosotros puede interpretarlo e interpelarse, como quiera.


Apegos feroces. Vivian Gornick. Prólogo de Jonathan Lethem. Traducción de Daniel Ramos Sánchez. Corrección Raquel Vicedo. Editorial Sexto Piso, división Narrativa. Séptima edición mayo de 2018. Título original: Fierce Attachaments: A Memoir (1987). Imagen de portada: Munster Studio. Diseño: Estudio Joaquín Gallego. 

Fotografías del texto: Vivian Maier. 

sábado, 9 de junio de 2018

"Hombres" de Angelika Schrobsdorff



     La primavera de 2016 se inauguró con un éxito editorial: "Tú no eres como otras madres", que lanzaron de forma conjunta las editoriales Periférica y Errata naturae. Esta colaboración, que se convirtió en una feliz idea, dio sus frutos y, además de la crítica, el boca a boca, que es al fin lo que hace que un libro triunfe, lo convirtió en uno de los libros del año. El nombre de Angelika Schrobsdorff saltó a la actualidad literaria y aunque es muy difícil de pronunciar nos descubrió a una autora especial. 


       "Tú no eres como otras madres" pone sobre el papel la vida de la madre de la autora, Else Kirchner, que se salta las convenciones de la época, tuvo tres hijos de los tres hombres que amó y conoció el vértigo de los años veinte del siglo XX y la frivolidad de la sociedad berlinesa anterior al nazismo porque, sencillamente, quería"vivir su vida" lo que no es poca cosa. Hasta que no pudo ser. Para la escritora era su libro de memorias; para los lectores, un descubrimiento que dejó tan buen sabor de boca como para esperar algo más. Es lo que suele suceder cuando un autor interesa. Y por eso las dos mismas editoriales han prolongado su tarea y han publicado, en este año de 2018, también en marzo, este "Hombres", la primera novela de Angelika Schrobsdorff, la que le valió ser conocida dado su carácter escandaloso. 


(Else con sus tres hijos Peter, Angelika y Bettina)

       "Hombres" tiene también carácter autobiográfico. Su protagonista, Eveline Clausen, es hija de padre alemán y de madre judía. Vive su infancia coincidiendo con el ascenso del nazismo. Precisamente la escritora, que había nacido en Friburgo el día de nochebuena de 1927, emigró a Sofía en 1939 con su madre y no regresaría a Alemania hasta el año 1947. Una familia judía de clase media alta que se encuentra con que su vida cambia drásticamente. Y después vendría la postguerra, con la miseria y la desolación.

     Cada uno de los ocho capítulos tiene un título alentador. El primero "El capitán de corbeta" comienza cuando ella tiene catorce años. Los siguientes son "Los hermanos", "Los candidatos al matrimonio", "El seductor", "El esposo", "El vencedor y el vencido", "El artista" y "El padre".

      La historia comienza cuando ya viven en Sofía, adonde han llegado huyendo del ascenso del nazismo. La nostalgia de su país, Alemania, se trasluce ya en algunas frases, aparentemente simples: "Me interesaban mucho más los soldados alemanes. No porque fuesen hombres, sino porque venían de mi patria". Allí en Sofía conoce a otros berlineses que, como ella, han tenido que dejar atrás todo lo que constituía su vida y empezar de nuevo. Pocas veces, cuando se habla del nazismo, se cae en la cuenta de que no solamente hay que anotar en su debe el número de muertos, sino todos aquellos trasterrados, exiliados, gente que abandonó de forma obligada su tierra, su modo de vida, sus afectos, para intentar huir, muchas veces sin éxito, del señalamiento y la muerte. 

        El texto está escrito en primera persona. Eveline nos cuenta su historia, entretejida de la historia de Angelika. Por ella desfilan escenarios, gestos, espacios, tiempos y personas. También los hombres a los que el título alude y que pasaron por su vida. Padres, amantes, maridos e hijos. Hombres. Con todos ellos Eveline realiza un doble juego: los observa y se implica en sus vidas. Están cerca y lejos a la vez. Es como si pudiera salir y entrar de un espacio único, reservado a aquellos que la rodean, involuntaria o voluntariamente. El ejercicio es complicado, pero el lenguaje es sencillo, asequible, y, en cada momento, podemos asimilarlo a lo que cualquiera de nosotras contaría de la vida. Desde el momento en que, siendo muy niña, se mantiene insegura ante su físico, ante las relaciones con los demás, hasta que esa seguridad se acentúa con el paso de los años, transgrediendo las normas y haciendo de ellas su propio manual de uso. 

         Seguramente en ese personaje creado a partir de ella misma hay otras muchas mujeres que, como Eveline, quisieron conjugar la miseria, la persecución y el desarraigo con relaciones sentimentales o encuentros con hombres, la mayoría de ellos poderosos, que ayudaran a paliar la pérdida de la vida cotidiana. En un escenario brutal, donde las cosas ya no son como eran, vivir intensamente es una preocupación esencial para esta mujer. Pronto descubriremos, junto a ella, que no es posible huir de ciertas cosas y, sobre todo, de uno mismo. Y, al final, una realidad tangible, inevitable, la llevará a entender, a modo de redención de pecados no cometidos, que existe algo, alguien, por quien vivir sin traicionarse. 

Hombres. Angelika Schrobsdorff. Editoriales Periférica y Errata naturae. Traducción del alemán de Joaquín Aguilera Gamoneda. Primera edición marzo de 2018. Título original: Die Herren. 


viernes, 8 de junio de 2018

Él y ella


(Fotografía de Nina Leen, 1940) 

Él era un hombre de mundo y ella de interior. A él le gustaba el brillo y a ella el matiz cansado de la oscuridad. Él tenía corbatas caras y un traje de Armani a rayas grises. Ella soñaba con verlo a la luz del día sin maquillaje. Él poseía muchas cosas y a mucha gente, pero nunca se consideró dueño de nada ni de nadie. Ella soñaba con él y con su aire de abandono cierto. Él tenía miedo a ser amado y ella a dejar de amarlo sin darse cuenta. Él era un vividor de buen corazón y ella una mujer que ocultaba un secreto. Él había subido muchos escalones y ella había tenido que bajar a los sótanos. Él disfrutaba la vida a ras de soledades y ella ansiaba conjurar el dolor a su lado. Él se sentía ajeno y ella no podía dejar de llevarlo dentro. 

miércoles, 6 de junio de 2018

"Flor de hadas en el bolsillo" de Juan Antonio Fernández Madrigal

Ediciones El Transbordador lanza este libro "Flor de hadas en el bolsillo" escrito por Juan Antonio Fernández Madrigal, con prólogo de Miguel Córdoba, y con ilustraciones y postfacio de Manuel Mota. Resulta difícil clasificar el libro en un género literario concreto, algo que ya nos advierte la propia editorial en la contraportada. Efectivamente, hay aristas poéticas, contemplaciones oníricas de la realidad, imaginación compuesta de elementos que se contraponen, huellas de pasos, realidad e irrealidad, todo ello en una narración que bien podría encuadrarse en ese amplio recipiente que es lo fantástico. 

El libro puede leerse de corrido pero también por capítulos separados. De cada una de las formas se obtiene un resultado. Me ha parecido interesante que algunos capítulos incluso tienen una utilidad didáctica de cara a la lectura de jóvenes y adolescentes. Por ejemplo, el titulado "Maquetas y corazones" donde se habla de un personaje llamado El Farero, que tiene la peculiaridad expresada de que solo lo encuentra un niño. El Farero es un ente mágico, que cambia de forma y de apariencia pero, que, sobre todo, cuenta historias. Contar historias a los niños es la mejor forma de aprendizaje, de transmisión de conocimientos, la mejor forma de asegurarse de que las tradiciones pasen de unas manos a otras, de unas generaciones a las siguientes. En realidad, El Farero representa un momento de la vida en el que las cosas presentan otra apariencia, por eso dice que solo un verano en cada una de las existencias de los niños se puede conocer al Farero. 

En "El Reino del frío" aparece la reina, que va acompañada de su corte de lobos de la nieve. La princesa de los hielos es un personaje de cuentos juveniles asociado a las sagas nórdicas. Al Reino del frío se llega cuando se ha perdido todo, hasta la memoria, se dice. Es una especie de purgatorio, un territorio irreal al que se accede cuando se mira adentro y no al exterior. 

Los títulos de los diferentes capítulos pueden o no expresar su contenido. En ocasiones son transversales y podrían intercambiarse. Los hay también que tienen doble sentido o un significado que se escapa a primera vista. Eso forma parte del juego, como las matrioskas rusas, que hay que ir desenvolviendo para llegar a la esencia, al interior. Las interrogaciones van desde el lector, al que escribe, saltando de uno a otro. Cualquiera puede añadirle su propia percepción de las cosas y convertirse en un elemento que forma parte del entorno descrito. Así se mueva la narración como si fueran las olas en el mar, llegando y marchándose. Del sueño a la realidad, de ahí a la conducta, entonces un salto a la vida y, desde la vida, de nuevo al interior, a la esencia última de las cosas. 

No es un libro sencillo, ni un libro hecho para leer deprisa. Exige reflexión, genera reflexión. También puede leerse como un largo poema, un poema que se escribe con verso libre pero con una única música interior que lo salpica o lo anega. En ese caso, los capítulos son solo eslabones, testigos, como decían los antropólogos al estudiar las tradiciones. Cualquier aclaración pasa por liberarse de ataduras y por no esperar lo explícito. Es así como se recupera la capacidad de imaginar y de abrir puertas. El libro abre algunas, pero también cierra otras y se convierte en claustrofóbico y en complejo. Escapar es otra solución que se esboza, no siempre es preciso aceptarlo todo, parece decirnos, puedes huir si quieres. 

Flor de hadas en el bolsillo, de Juan Antonio Fernández Madrigal. Ediciones El Transbordador. Primera edición 2018. Prólogo de Miguel Córdoba. Ilustraciones y postfacio de Manuel Mota. 

Sobre el autor: Juan Antonio Fernández Madrigal (Córdoba, 1970) es profesor de la Universidad de Málaga, experto en Robótica. Ha publicado otras obras en esta editorial, como El tapiz invisible, de 2016 y Pedro y la pulsera mágica, de 2017. 

martes, 5 de junio de 2018

"La mujer singular y la ciudad" de Vivian Gornick

   Debería haber escrito antes de "Apegos feroces" pero resulta que he leído primero lo que puede ser la segunda parte. Me he resistido largo tiempo a conocer a Vivian Gornick. Algunas reseñas sobre ella me escamaban. No me fiaba demasiado de las banderas que se le han colocado, como si fuera un símbolo en lugar de una mujer de carne y hueso, que escribe y que escribe muy bien.

   La vida narrada no es literatura si no responde a la belleza de estilo que todo escritor debe mantener. Así que mis prevenciones funcionaron hasta hace unos días y desaparecieron todas en  el momento en que abrí el libro y me sumergí en este "La mujer singular y la ciudad".  

   Yo soy también una mujer singular. Por eso la entiendo. Quizá todas las mujeres somos singulares. En ese caso están equivocados aquellos que se empeñan en dirigirse a mí de esta forma: "Vosotras, las mujeres"...

   Cuenta cosas sueltas, escenas de su vida, de la vida que sucede a su alrededor, de la ciudad, de la gente, comentarios, visitas, fiestas, amores, amoríos, recuerdos de la infancia, otros recuerdos, notas de color con personajes extraños o personajes simples, opiniones...Es una miscelánea que en ningún momento da la impresión de estar deslavazada sino unida por la fuerte argamasa de una personalidad que la sostiene, que la avala. Es así como vas entrando en su mundo y conociendo cosas que te desconciertan porque te dices a ti misma: esto ya lo he vivido, ya lo pensado, esto ya lo conozco. Así todo. 

   Me gusta su tono desesperanzado. O mejor dicho, escéptico. No espera más allá de lo que los otros pueden dar, ni tampoco deja de perdonarse a si misma. Hay un error temible en esa autocrítica feroz que nos hacemos a veces, ese látigo con que nos azotamos las personas exigentes y supuestamente bien dotadas. Ese daño es infinitamente mayor que el que puede hacerte cualquiera desde el exterior. Es un daño profundo que nos obliga a estar levantándonos y cayendo de modo sucesivo. Un cansancio termina por hartarnos de nosotros mismos. Gornick parece una mujer cansada pero, al tiempo, la sostiene una especie de lucidez eterna, una mirada aguda que no se deja engañar. Porque corremos el peligro de engañarnos si percibimos que va a ser más confortable vivir así. 

   La amistad juega un papel importante en el libro. Una especie de eje que va fluctuando y que tiene en Leonard su principal elemento. Aun así, no es una amistad perfecta, si es que estas existen. Es más bien una búsqueda de alguien que no necesite juzgarte para quererte y al revés. Las citas semanales de Vivian y Leonard son una forma de asegurarse que están en el camino correcto, no porque esté trillado sino porque a ambos les proporciona una especie de seguridad latente. 

   Hay personajes, personas, que aparecen una vez y se marchan de la narración. Gente anónima, hombres y mujeres que se mueven por la ciudad. Es esta el verdadero territorio literario que explora con ganas y con deseos de mostrarlo tal cual es. Pasear por las calles, ver el movimiento de las personas que hacen lo mismo que tú, sentirse dentro de una colectividad que ni siquiera se conoce, es algo que Vivian agradece y necesita. Y una fuente de inspiración literaria de primera mano.

   En este sentido, el libro se refiere a muchos escritores, intelectuales, artistas, de los que cuenta alguna historia corta, algún detalle. Henry James, por ejemplo, que sale bastante malparado, con ese egoísmo de los genios que nunca quieren ensuciarse ni verse amenazados. O George Eliot. O Samuel Taylor Coleridge. O William Wordsworth. Thomas Wolfe. Maxwell Perkins. Dickens, Samuel Johnson. Whitman. Picasso. Robert Capa. 

   Uno de los juegos que ella y sus amigas frecuentan es adivinar si una trama es propia de James o de Edith Wharton. Las referencias a la literatura, a la vida de la cultura, el pensamiento, son constantes y en esa clave hay que entender su vida. 

  "El problema, tanto en Middlemarch como en Retrato de una dama, era que la protagonista- hermosa, inteligente, sensible- toma al hombre equivocado por el hombre adecuado. Como problema, la situación nos parecía razonable a todas. Lo veíamos todos los días de la semana. Entre nosotras había mujeres jóvenes elegantes, con talento y atractivas, unidas, o a punto de unirse, con hombres de mente y espíritu mediocre, que inevitablemente las arrastrarían con ellos. La perspectiva de un destino parecido nos atormentaba. Todas nos estremecíamos al pensar que era posible que nos convirtiéramos en una de esas mujeres"

   Las relaciones con los hombres están marcadas por ese carácter efímero que ella les adjudica de entrada. No hay que hacerse ilusiones, las cosas no duran. La pasión se acaba, del mismo modo que la conversación, ese acto tan especial que nos une, termina por agostarse cuando ya no hay nada que decir. Mucho más fresco y cotidiano es el encuentro con personas desconocidas que recorren la ciudad al mismo compás y que aportan la novedad, la chispa, el deseo de que existan imágenes por descubrir. Es la vida, en realidad, la que se mueve en el fondo, la que impulsa, empuja y se manifiesta.

  "La desaparición del sentimiento en el amor romántico es un drama que muchos de nosotros conocemos y, por consiguiente, nos creemos capaces de explicarlo"

   "Además del sexo, la forma de conexión más vital que existe es la conversación"

   Tal y como sucede en su primer libro, también aquí la figura de su madre está presente, aunque no con tanta intensidad. Hay una anécdota que, mil veces relatada por la autora, una anécdota que convierte a su madre en una mujer sin corazón, termina diluyéndose por obra y gracia de la memoria, pues, al final, la historia tenía otros matices que no ha tenido presente durante todos los años en los que el sufrimiento ha estado presente.

   "El hábito de la soledad persiste. Leonard me dice que si no la convierto en una soledad útil, seré la hija de mi madre por siempre jamás. Tiene razón, por supuesto. Uno se siente solo por la ausencia del otro idealizado, pero en la soledad útil yo estoy aquí, haciéndome compañía imaginaria, insuflando vida en el silencio, llenando la habitación con pruebas de mi propio ser sensitivo"

   Podría parecer que este libro ahonda en la desesperanza, en una especie de escepticismo conformista que sería común a todos los seres humanos cuando llegan a la conclusión de que estamos solos y de que la vida, por muy larga que sea, es demasiado corta siempre. Pero no haríamos justicia al contenido. En realidad, el libro es un hermoso espejo. Un espejo en el que siempre dependerá de los rostros que se expongan la esencia de ese reflejo. Cada uno de nosotros se asoma al espejo con su mochila a cuestas, con sus imperfecciones, errores y grandezas. Y al contemplarse, es capaz de darse cuenta de que no somos tan terribles, de que merecemos el perdón y de que, al fin y al cabo, como decía Billy Wilder, nadie es perfecto. Cuando somos capaces de llegar hasta aquí, entonces notaremos una agradable sensación de liberación y de empatía con nosotros mismos. No más guerras, no más lapidaciones, no más disimulo. Brindemos por nuestro ser y por lo que cualquier territorio externo nos añade sin que tengamos que rendir cuentas.


La mujer singular y la ciudad. Vivian Gornick. Traducción de Raquel Vicedo. Editorial Sexto Piso. Primera edición 2018.

sábado, 2 de junio de 2018

No tengo el corazón para luciérnagas

No tengo el corazón para luciérnagas. La frase ha aparecido de repente y me sigue dando vueltas en la cabeza durante todo el día. No sé el motivo por el que algunas palabras se juntan y se convierten en una melodía que te persigue, como si no tuvieras más remedio que escribirlas. 

Ocurre con algunas canciones que oyes no sé dónde, un momento en la radio quizá o en internet y entonces entran en ti y no hay manera de espantarlas. Se pegan a las horas y no podemos prescindir de ellas y acabamos cantándolas. 

Me ocurre también con la poesía. Un poeta, unos versos, una estrofa, aparecen contigo una mañana, al tiempo de levantarte o mientras desayunas. Y entonces te intentas desprender de esa letanía inseparable. Y no puedes. Te duchas y te envuelves en una toalla azul con rayitas de color mostaza y descubres que la música del verso está presente. Luego te limpias la cara, te untas la crema antisolar, te peinas y te perfumas, y ahí están las palabras, el verso o la canción, lo mismo da. Todo el día se las oye andar a tu lado. Cruzan las calles contigo, atraviesan el tiempo del trabajo y vuelven a encontrarte junto al ocio. Vaya, te dices. No podré desprenderme de ellas si no encuentro alguna trampa para ratones. Y no la encuentras. 

No tengo el corazón para luciérnagas. Las luciérnagas aparecen en las fotos que he visto en internet, en los cuadros de los impresionistas y en algunas imágenes de cuentos, de esos en los que hay hadas y musgo para decorar la navidad en las casas de campo. Las luciérnagas son pequeños bichitos pero parecen flores aunque las flores no brillan pero quizá sí, quizá las flores brillan y se trasmutan en animales y por eso las luciérnagas son mitad animales, mitad plantas. No tengo el corazón para luciérnagas, me digo. Y pienso en él. Siempre hay un él en quien pensar cuando notas que no estás para fiestas, que no estás para cuentos, que no estás para rosas. 


(Fotografía de Nina Leen) 

La última canción


(Edward Hopper. Pintura)

El día que comprendió que era un canalla hacía sol y el cielo era una hoja azul de resplandores. La gente apenas se miraba a los ojos, todos corrían apresuradamente por la ciudad absorta y siempre atenta a los susurros de los amaneceres. Lo supo uniendo las delicadas piezas del puzzle de su vida y así pudo soñar por fin que una vez sería libre. No obstante, en el primer momento, sintió que el corazón se le partía a pedazos. No había querido verlo. No había traducido a palabras esos signos dispersos, todas las vaguedades que, juntas, tenían un nítido trazado de realidad que era preciso ver sin dilaciones. El cuerpo roto, las alas rotas, el tiempo convertido en un suspiro sin verdad y sin horas, no habían bastado para hacerle entender lo que pasaba. Fue una frase, la frase, solamente una frase, pero tan oportuna, tan claramente dicha en el contexto, tan expresiva al fin, una frase, la frase, con lo que se escondía y así terminó todo. Desactivó la música que suena sin pararse. Descolgó del perchero el vestido de flores. Desandó la curva de la tarde en la acera. Despidió el sentimiento. Destruyó los sonidos. Devastó las palabras. Desenterró el silencio.

viernes, 1 de junio de 2018

"Emma" de Jane Austen


"Emma" es uno de mis libros más queridos. La obra maestra de Jane Austen es una novela compleja, delicada, dura y divertida. No es nada fácil definir con acierto, sin pinceladas gruesas sino con trazo fino, a toda una comunidad de personas que habitan en un entorno rural, cerrado y con un continuo cambio de sentimientos en unos y en otros. "Emma" es una montaña rusa, todo lo contrario de un mundo pacífico. No hay aburrimiento en su desarrollo ni hay desliz en su desenlace. Todo funciona a la perfección, como un mecanismo de relojería que estuviera engrasado al máximo. Es, lo repito, una obra maestra. 

De vez en cuando releo algunas de sus páginas. Puedo decir que la conozco como si yo misma perteneciera a la estrecha sociedad de Highbury o fuera una visitante privilegiada de Hartfield, el hogar de Emma. Las características de su carácter me producen la sensación de que Miss Austen era mucho más adelantada a su tiempo de lo que suponíamos por sus otros libros. Y, sobre todo, de que la inteligencia que Emma posee en grado sumo y que también adorna a otras de sus heroínas, era uno de los atributos de Jane, la escritora. Porque resulta imposible, de otro modo, diseccionar la vida con esta elegante sutileza. 


Vuelvo a "Emma" cuando algunas cosas de la vida chirrían y tengo necesidad de que me acoja un sitio amable, un hogar confortable y protegido. Eso es este libro para mí. Volver a casa, eso es lo que hago cada vez que abro sus páginas. Hoy, por tanto, es un "día Emma". Con eso ya lo digo todo. Y, ¿en qué voy a fijarme esta vez? ¿qué aspectos del libro quiero destacar? Quizá la forma en que los personajes aparecen retratados. Nada de arquetipos ni tiesuras, pura vida, pura naturalidad, puro estudio de cada carácter. Los personajes se mueven en la historia como si tuvieran todas las dimensiones aseguradas, las aristas cortantes de lo malo, las bellezas sin complejos de lo bueno. Bondad y belleza, por un lado; pero también, belleza y maldad; y, sobre todo, ingenio y belleza, cordialidad, honradez, lealtad suma. Hoy, los atributos con los que los buenos se adornan aquí me hacen añorar más Austen en casi todo. 


Si hoy solo quiero pararme en lo bueno me olvidaré del señor Elton y de su repelente esposa Augusta, venida de Bath, con tan poca clase como los nuevos ricos, ampulosos y prepotentes. Tampoco me interesa Frank Churchill quien, pese a que es tan bien tratado por su padre y sus amigos, nunca está a la altura y su temperamento cómodo y variable, egoísta, tiene más suerte de la que merece. No me detendré en Jane Fairfax porque es demasiado poco abierta de carácter y se fija demasiado en lo que es la parte de enamoramiento de las relaciones. Así que me paro en la amistad de Emma con Harriet Smith, equivocaciones bienintencionadas incluidas; la relación paterno-filial de Emma con el señor Woodhouse, ese anciano hipocondríaco de buen corazón; la bellísima protección sin exagerar de la señora Weston con respecto a Emma y, sobre todo, el amor de Knightley. Espero que nadie me critique demasiado si prefiero a Knightley antes que a Darcy. Sí, sé que Darcy es Colin Firth y eso es mucho decir pero Knigthley es lo que es con unos o con otros. Es el hombre perfecto. Todo lo perfecto que un hombre puede ser. No me extraña que Emma, tan reacia al amor, tan independiente (todo eso me encanta) se diera cuenta de que ese hombre superior al que quizá esperaba sin saberlo no era otro que su cuñado, ese George sin nombre de pila. 


En días como hoy, releo "Emma" y eso me reconcilia con la vida. Incluso perdono a los mediocres. Solo por un tiempo, me temo, sin embargo. 

jueves, 31 de mayo de 2018

"Bloody Miami" de Tom Wolfe

   Tom Wolfe (1930-2018) sabía mucho de periodismo, no en vano lo había estudiado y practicado en diversos medios. No en vano es el creador del llamado "nuevo periodismo", ese que se sustenta en una investigación exhaustiva de los datos y que cuida el estilo, hasta el punto de que sus productos son eminentemente literarios. 

    Él y Truman Capote en la década de 1960 son los padres de esta nueva corriente. El primero mezcla en sus reportajes la realidad y la ficción y en ellos se describen todo tipo de personajes de la sociedad norteamericana como si formaran parte de una historia de ficción. El segundo alcanzó la fama con su novela "A sangre fría", un relato basado en el asesinato de una familia en una población rural de Kansas.

   Para escribir esta novela, Truman Capote se entrevistó con los autores del crimen con el propósito de conocer sus mecanismos mentales más profundos. La novela fue etiquetada como "Nonfiction novel" y es valorada por los críticos como un modelo del nuevo periodismo.

  Tom Wolfe es un experto en esta concepción del periodismo y también conocía de primera mano la transformación que el llamado Cuarto Poder ha ido experimentando desde hace años. Por eso quizá no sea nada casual que el último libro que escribió, este Bloody Miami, tocará este tema de una forma tan actual. Edward T. Topping IV educado en Yale, vástago de una dinastía educada en Yale, casado con Mack, educada en Yale, llega a Miami para reconvertir el Miami Herald en un digital, nada de papel, porque el papel no se lee y porque en Miami están las masas latinas que saben más de lo virtual que de lo real. Así que allí se encuentra con un redactor jefe atormentado por la pérdida de su empleo y a un joven periodista, John Smith, que va en busca de una gran exclusiva. John Smith es un purista de la cosa, no quiere ser llamado Johnny, ni Jack, sino John, John Smith a secas, una especie de caballero sin espada pero con pluma. 

  Como observador privilegiado de la sociedad de su tiempo, como confeso escritor acerca de la misma, de sus contradicciones y dilemas, también sabía que el mundo está cambiando, que los EEUU no han cerrado, sino todo lo contrario, el debate de la interracialidad y que las minorías asumen cada vez un papel más relevante y, en suma, hay que vertebrar un nuevo discurso general, más compasivo, integrador y plasmado de realidades nuevas. 



    Esta es la cuarta novela de las escritas por Tom Wolfe, por otra parte un prolífico escritor de ensayos y artículos periodísticos. La primera fue una obra maestra: "La hoguera de las vanidades", que puso sobre el tapete la ascensión desmesurada y sin control de los yuppies ante una ciudadanía atónita que no conocía ni imaginaba los entresijos de los contrapoderes. Fue el año 1987 y tuvo una enorme repercusión en la mundo cultural y también en el cine, porque se realizó una adaptación de la novela que dio a conocer a su autor al gran público. Los otros dos libros de ficción anteriores a este son "Todo un hombre" y "Soy Charlotte Simmons", ambos publicados en España por Ediciones B. 

   Ese retrato de la sociedad contemporánea que ofrece Wolfe en sus obras está hecho con un bisturí acerado, mucho sentido del humor, sátira, y ninguna contemplación. Escéptico ante unas instituciones bajo sospecha y unos grupos humanos complejos y llenos de malas intenciones, Wolfe tiene poca confianza en que las soluciones puedan aplicarse sin cortar por lo sano. 

    

   El estilo del Tom Wolfe novelista es muy reconocible. Hombres de negocios sin escrúpulos, baretos con luz apagada y humos relumbrantes, mujeres hermosas y mujeres difíciles, familias poderosas y advenedizos, minorías étnicas que reclaman atención, políticos y política, periodistas, escritores y policías. La ciudad, las ciudades, la vida urbana, de noche y de día. Los titulares de la prensa, la búsqueda de la noticia. Las newfictions a tope. Algunas ideas intercambiables entre sus novelas. Algunas tesis compatibles con su papel de informador y también con sus ansias literarias. Siempre original, interesante, una fuerza intelectual que todavía nos reclama atención cuando lo leemos.

Bloody Miami. Tom Wolfe. Editorial Anagrama. Panorama de narrativas. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. 2013. 

"Hace cuarenta años" de María Van Rysselberghe

"Saberse esperada; ! qué auténtico deleite! Resulta deslumbrante avanzar de ese modo hacia la felicidad, verla crecer, tomar forma, recobrar la propia conciencia con un entusiasmo que adivinas similar al suyo. La urgencia me dolía..."

No es cierto que elijas los libros que lees. No es cierto que repases con cuidado los fondos editoriales, las novedades, los estantes de las librerías, las páginas webs de los sitios lectores. No. Los libros te buscan y, si se empeñan, consiguen encontrarte. De una y mil formas se las arreglan para dejarte sin respuestas, acorralada y a su merced. Eso ocurre con los libros desde siempre y así los libros no son solo palabras, sino también insinuaciones, gestos, fortalezas.

"Eres la gran turbación que merezco. No hay espacio en mí para el remordimiento. Pensar que todo esto podría no haber ocurrido me estrangula la conciencia"

Ochenta y pocas páginas han bastado a Maria Van Rysselberghe (Bruselas, 1866-Cabris, Alpes marítimos, 1959) para contar su historia, un hecho real a todas luces, que, más que hecho es sentimiento, emoción y palpable evidencia de una relación imposible e inevitable. Dos personas casadas que comparten un mes en una casa en las dunas. La casa los alberga y expande al exterior lo que son y lo que sienten. No se esconden, más bien, no pueden esconderse. Pero ahí está la tozuda realidad del marido de ella, un amigo tan bueno, tan joven, tan lleno de alegría. De la mujer de él, tan enigmática, tan desconfiada, y, a su manera, también tan luminosa. 

"Sé que no puedes soportar este peso sin flaquear. No dejemos que nada se pierda, ni de nosotros ni de la vida; aceptémosla tal y como viene; todo puede ser muy hermoso, hasta las lágrimas que nos guardamos de derramar..."

Hay infidelidades que cuesta contar porque son sórdidas, difíciles, ajenas, escalofriantes y duras. Hay relaciones que están llenas de flecos que no se comprenden, de egoísmos y de fiereza. Hay amores que se revisten de pasión y quedan flotando en el agua y se disuelven. Y luego está lo que cuenta Maria. Me parece vivirlo. Creo que lo he vivido. Creo que, como dice Natalia Zarco en el epílogo, yo también he sido alguna vez Maria. Quizá aún sigo siéndolo. Este no es un libro de argumentos y no caben spoilers. Si te cuentan de qué trata dirías ¿y eso? Pero si lo lees entonces, a la par que preguntas, hallarás respuestas. Solo en una obra pequeña, de autoficción, de verdades que traspasan las palabras, puedes hallar respuestas. Aquí están.

"Necesitamos tu desnuda inmensidad para que nuestra alegría respire libre. Me ofrece su brazo, y me estrecha con tal fuerza contra él que nuestros pies chocan al caminar"

La playa, los paisajes, el bullicio de la gente en una procesión, la frialdad de una habitación de hotel donde no ocurre nada, o casi todo, todo eso es el atrezzo. Lo más relevante no está en lo que pasa, sino en lo que no pasa y debería ocurrir, o no debería. Lo más relevante está en lo que se siente, en lo que se comparte, en lo que se vislumbra. No todo el mundo encontró alguna vez a un Hubert, en la vida real el poeta modernista Émile Verhaeren (1855-1916). No todo el mundo se sintió Maria. Los personajes del libro son reales, como nos advierten los editores, pero la naturaleza de la historia es tan sutil y, por eso mismo, podía hacer tanto daño, que se resguardó su contenido hasta que ya no era fácil que este daño surtiera efecto. Hasta ese extremo se contienen las pasiones, las nostalgias y los deseos. No hay nada fraudulento ni sucio, es simple vida tal y como la conocemos. 

"Su ágil fuerza, su espléndida armonía y su joven exuberancia nunca antes me habían parecido tan seductoras. Poseía la elegancia del agrado, y el presente lo estimulaba por completo"

La contraportada del libro define a la autora como una "de las más fascinantes escritoras secretas" y atina. Una delicadeza propia y original emana de su forma de escribir. Es una esplendorosa disección del alma, de la huella que dejan los sentimientos en el corazón, en la forma de andar y de observar, en la existencia. Sin romanticismo vacuo, sin tonterías. Abiertamente expresado, con toda la sinceridad de quien se confiesa al fin, de quien desea liberarse de ese peso en el momento justo, no antes, nunca antes. El personaje de Hubert aparece reflejado en los ojos de ella. Es la mujer la que nos descubre cómo es y cómo se muestra. Nunca entramos en la cabeza del hombre salvo porque ella lo ha hecho antes y tiene la gentileza de ofrecernos un poco de ese pensamiento. Y no es una pasión sin más. Es, más que nada, un entendimiento, una cualidad del ser que los afirma en su unión, una unión más allá de la carnal y de la evidente. Un milagro. 

"Ya no podemos seguir viviendo como lo hacemos; el sigilo, la clandestinidad me aterrorizan, me degradan; es indigno de nosotros y de ellos. No nos queda alternativa; debemos volver a ser lo que éramos antes el uno para el otro..."

Lo curioso del libro es que hay cuatro personajes principales y solo dos de ellos aparecen definidos, solo dos de ellos tienen voz. Maria, de una forma directa, como narradora, como la mirada que cuenta. Hubert, como el otro lado de esa contienda, de ese pacto de mutua agresión de abrazos y complicidades. Agnès, sin embargo, es una mujer muda, que solo sobrevive en el libro a base de una pequeña aparición y unas miradas sombrías y desconfiadas. Es la mujer de Hubert. Y luego está Antoine, el marido de Maria, trasunto del pintor Theo Van Rysselberghe. Ambos, el marido y el amante, son amigos y es esta traición la que más duele a Hubert.


(Retrato de Maria realizado por su marido)

Entre poetas y pintores anda el juego. Puede parecer que estas vidas especiales, estos ambientes delicados, estos diletantes que gastan el tiempo en conversar e inspirarse, son los únicos poseedores del secreto de la emoción oculta, de la pasión que no se palpa, de los amores inconclusos pero inmortales. Y en cierto sentido es así. Aquí no sabríamos el entresijo de estas sensaciones si Maria, andando el tiempo, no hubiera rendido homenaje a una pulsión tan diferente a todas y no lo hubiera dejado por escrito.

Hace cuarenta años. Maria Van Rysselberghe. Editorial errata naturae. El pasaje de los panoramas. Traducción de Regina López Muñoz. Epílogo de Natalia Zarco. Cuarta edición mayo de 2017. 

Reseña de la autora (editorial errata naturae):

Maria Van Rysselberghe fue la amiga más cercana de André Gide (con quien su propia hija Elizabeth tuvo un romance del que nació una hija) y es la responsable de habernos dejado el texto "Notas para la historia auténtica de André Gide", crónica que hoy en día se conoce como Los cuadernos de la Petite Dame y que fue publicada por la editorial Gallimard. Además, escribió tres textos fundamentales: Strophes pour un rossignol, Galerie privée y este Hace cuarenta años.


Pontigny 1923, alrededor de Gide, de izquierda a derecha :
Jean Schlumberger, Lytton Strachey, Maria van Rysselberghe,
Aline Mayrisch, Boris de Schloezer, André Maurois, Johan Tielrooy,
Roger Martin du Gard, Jacques Heurgon, Funck-Brentano, Albert-Marie Schmidt.
Sentados : Pierre Viénot, Marc Schlumberger, Jacques de Lacretelle et Pierre Lancel