lunes, 22 de enero de 2018

Cosas inútiles


(Pintura de Dorothy Johnstone. 1892/1980)

Realmente, dice ella, esta es una despedida inútil. Sé que no leerá estas palabras. Está demasiado ocupado, su cabeza anda enfrascada en temas importantes. El amor es un sucedáneo del aburrimiento, así que no le prestará atención. Me despido, entonces, no de él, sino del amor que le tuve. Lo dice mientras agacha la cabeza, abate los ojos y sonríe tristemente. Esa es una tristeza sobrevenida, pienso. Ella ha perdido la alegría. Se ha quedado secuestrada en cualquier encuentro baldío. En una conversación venida a más por la rabia y la indiferencia.

Realmente, dice ella, no debería decir nada, puesto que el silencio ha sido mi santo y seña todo el tiempo. Cómo terminar lo que no ha empezado, continúa. Si entonces, cuando mi corazón saltaba al presentirlo, mis palabras nunca confirmaron su latido, qué sentido tendría ahora, cuando ya sé que la inutilidad golpea mis pasos y al final de ellos no hay ningún atisbo de su presencia. Ella mira a lo lejos, entreabre los ojos y guarda en ellos sus miles de secretos. Nada ha sido dicho tampoco ahora, pienso. Ella permanece callada.

Realmente, dice ella, no entiendo cómo he llegado hasta aquí. De qué manera la emoción me contagió al mirarlo. Cómo guardé dentro de mí lo que era, sin que me perteneciera nunca. A lo lejos, en cualquier parte, un hilo de su vida parecía revolotear en torno mío. Y por eso creí que las cosas eran posibles y los deseos podrían cumplirse. Pero me equivoqué. Esa certeza la ha asustado, corroboro. Por eso no quiere confrontar lo que piensa, lo que sabe o vive. Y prefiere cerrar los ojos y las manos, manos cerradas que no esperan nada, ni ternura, ni vida. Nada ardiente, clamoroso vacío. 

domingo, 21 de enero de 2018

Rosa de sal


(Willa Cather, escritora, 1873-1947)

Vivía el desprecio como una afrenta diaria y se convertía por eso en una mujer dura, plena de aristas, convencida de que nada merecía ya la pena. Todo se volvía sal dura, suelo plagado de piedras, bosque sin sol, camino sin horizonte. Así sentía que la vida se iba y que ella marchaba sin control, como si condujera un bólido en medio de un desierto de arena. Eso era el desprecio y eso era el juego peligroso que surgía sin que pudiera evitarlo. Cada vez que se reblandecía su corazón, saltaba la chispa y todo se iba en fuego, en pavesas que quemaban la piel tanto como el espíritu. Así, como quien salta obstáculos, como quien teje desdichas, como quien rebasa el límite, así sabía de cierto que su única esperanza era correr, correr, correr sin mirar atrás, sin volver la cabeza, correr hasta que el aire dejara de traer su perfume, hasta que el cielo dejara de reflejar el lazo firme con el que parecía atarla cada día. 

sábado, 20 de enero de 2018

"La Oficina de Estanques y Jardines" de Didier Decoin

Miyuki tiene veintisiete años y acaba de enviudar. Su marido, el pescador Katsuro, se ha ahogado en el río Kusagawa. Ese río era el sustento de ambos y también de la aldea en la que viven, Shimae, porque el pescador tiene una importantísima misión: Llevar cada año las mejores veinte carpas de los estanques cercanos al río a la ciudad imperial donde reina un joven emperador de quince años. 

A pesar de ello y de que la aldea recibe privilegios imperiales por esto, Katsuro y Miyuki  son gente muy pobre, tanto que apenas poseen objetos. La posesión de cosas es un signo de opulencia que ellos no conocen y por eso tienen un pequeño truco, o grande, según se mire, esto es cambiar de sitio los botes, los cuencos, los objetos de su casa. De esa forma, se sorprenden de hallarlos y así pueden pensar que son nuevos. 

Katsuro es un hombre de pocas palabras, que apenas se expresa y menos con extraños. Ella cree en los poderes sobrenaturales de su única posesión terrenal, un tarro para guardar la sal que ha heredado de su madre y esta de su abuela y así sucesivamente. 

Es una copia de una cerámica china de la dinastía Tang y a ella confía Miyuki el poder de que su vida continúe y no termine al tiempo que la de Katsuro aunque a nadie extrañaría que ella se suicidara para reunirse con su pobre marido. Al fin y al cabo, una viuda vale menos que nada. 

Pero las cosas transcurren de otro modo. La partida de carpas de ese año ha de ser llevada al emperador y se designa para ello a la viuda que deberá recorrer kilómetros y conocer lugares, cargada con una pértiga de la que cuelgan dos enormes cestos, llenos de carpas. Ese será un duro camino que hará que la joven vislumbre aspectos de la vida que no hubiera querido conocer. Pero son las últimas carpas que su marido pescó. Y ella es, sobre todo, una mujer enamorada. Amor más allá de la muerte, podíamos decir. El triste destino de las viudas en aquellos tiempos, añadimos. Se trata de una mujer marcada, una mujer de la que todo el mundo sabe que está sola y que no tiene ninguna protección ante todo aquello que le salga al paso. Y en el viaje habrá ocasión de poner a prueba su resistencia y esa fortaleza única que le otorga haber conocido el amor intensamente, haber amado y haber sido amada. 

Así, con todos estos detalles tan pequeños y a la vez tan potentes, se desenvuelve la historia que Didier Decoin ha titulado La Oficina de Estanques y Jardines. Decoin ha estudiado detalladamente la cultura japonesa, su modo de vida, sus costumbres y todo aquello que atañe a la vida cotidiana, en verdad lo más cercano a la realidad que uno puede estudiar acerca de una civilización cualquiera. 

El amor como motor de la vida, la sensualidad, la violencia, la ignominia, todas las emociones buenas y malas que suelen envolver a los hombres, aparecen reflejadas en las 352 páginas del libro. El telón de fondo es el Japón del 1100, lleno de ocultamientos, ritos, costumbres ancestrales y también de peligros y sinsabores, diferencias sociales y personajes siniestros. Sobre todos ellos triunfará  (o no), la capacidad del ser humano para retener en su memoria los sentimientos profundos, aquellos que dan vida y que refuerzan el espíritu. 

La Oficina de Estanques y Jardines, de Didier Decoin. Editorial Alfaguara. Enero, 2018. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. Colección Narrativa Internacional. 352 páginas. En e-book y en papel. 

Reseña del autor (editorial Alfaguara): 

Didier Decoin (Boulogne-Billancourt, 1945) es guionista, escritor y periodista. Publicó su primera novela con veinte años, Le Procès à l'amour, a la que han seguido una veintena de títulos, entre los que destacan Abraham de Brooklyn (Premio de los libreros 1972), John L'Enfer, con la que ganó el Premio Goncourt en 1977, La camarera del Titanic (1991) o Es así como mueren las mujeres (2009). Como periodista ha colaborado con medios como Le Figaro o France Soir, y en su carrera como guionista ha trabajado al lado de grandes nombres del cine como Marcel Carné, Robert Enrico o Maroun Bagdadi. Desde 1995 forma parte de la Academia Goncourt, de la que es actualmente el secretario general. Tras doce años investigando la cultura nipona, La Oficina de Estanques y Jardines es su última y aclamada novela, que ha ganado el Premio de los Lectores L'Express-BFM TV y está siendo traducida en catorce países.

domingo, 14 de enero de 2018

La música de las despedidas


Si te amanece una mañana fría, con densa niebla a tu alrededor, con la humedad prendida hasta los huesos, con un palpitante deseo de que aparezca el sol y este no llega, si te amanece así tendrás que echar mano de los cuentos de hadas para saber que, antes de su final, hay siempre un tiempo de desolación, de búsqueda, de camino sin vuelta, de colores baldíos. 

Aprende a despedirte de los sueños que no tienen retorno, que no se comunican con tus sueños, que no tienen la vida incrustada en las manos. Aprende a despedirte de aquello que no escribiste tú, de las letras de otros, de las viejas mentiras que escuchaste porque estabas cansada y no había tiempo de cambiar la canción. Aprende que las despedidas no siempre significan adiós, y que algunos adioses te traen hasta ti misma la esperanza. 

miércoles, 10 de enero de 2018

La esperanza es un dinosaurio azul



(Foto: Damián escribe sueños con sus animales)

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, extiende por el suelo sus pequeños tesoros. Estampas de seres extraños, de la legión oscura, de batallas inconfesables; animales mitológicos, inocentes, antiguos, reales; trocitos de papel de colores que semejan montañas, ríos, valles y salvajes desembocaduras; tribus domésticas y otras más estrafalarias. Y dinosaurios. Los dinosaurios tienen nombres que el niño aprenderá a pronunciar como si fuera en otro idioma y que nunca se irán de su memoria y que lo mantendrán embelesado, dueño de una visión que nadie más conoce, que nadie entiende. 

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, ha escrito en su cabeza una tremenda historia. Un relato en el que aparecen los buenos y los malos, en el que brilla alguna incertidumbre, en el que las palabras se conjugan para formar un tapiz de emociones inabarcables. Es el autor de algo que lo conducirá, desde el suelo de la habitación de juegos, a una galaxia con nombre de reyes del pasado, que llegan desde un nórdico paisaje a la calidez de la tierra del sur, al aire del mar atlántico o al mediterráneo, subido sin bridas en un caballito que dibujaba un hombre y que lo conduce al sueño posible de una infancia mágica. 

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, crecerá soñando con que es posible una batalla campal en la que florezcan animales bellísimos, cursos de agua vencidos por cataratas de sueños, naciones enteras sumergidas en la corriente tibia de los besos, hallazgos únicos de esperanzas que nadie podrá convertir en arena o en cal oscura. Así, en este vaivén de los años y de la vida, el niño, este niño, otro niño, todos los niños, hará de sí mismo un argumento; de su imaginación, la fuente fresca de las ilusiones y de sus dinosaurios el puente por el que cruzar al otro lado del espejo, como una Alicia divertida y tierna, como una Katiuska con botas de piel y sonrisa imperecedera. 

martes, 9 de enero de 2018

Penelope Fitzgerald: una outsider de la literatura


Lo cuenta Hermione Lee, su biógrafa: "Cuando en 1979, a los sesenta y tres años de edad, Penelope Fitzgerald recibió inesperadamente el Premio Booker por Offshore (que en castellano se tradujo como A la deriva), les dijo a sus amigos: Ya sabía que era una outsider"

Si has leído algún libro de esta escritora sabrás que estaba en lo cierto. El más famoso de todos ellos, La librería, tiene como protagonista a una viuda pobre, Florence Green, que pone todo su empeño en sacar adelante su librería en un pueblo de la costa inglesa y termina por desistir ante la presión de las fuerzas vivas del pueblo, ancladas en lo políticamente correcto. Florence Green es, en este sentido, una perdedora. Viuda (lo que significa que estaba sola, sin ningún hombre que la defendiera, según los cánones de la época, mediados del siglo XX), pobre (sin recursos, teniendo que pedir préstamos a los bancos para poder subsistir), sola (únicamente un anciano y una niña creerán en ella), mujer (con lo que esto significa de añadido de las dificultades, de vulnerabilidad) y utópica (pensar que una librería que pusiera a la venta Lolita, el escandaloso libro de Nabokov que puso en circulación la editorial Olimpia,  iba a seguir existiendo en un pueblo conservador era una verdadera utopía). 

Los personajes de la orilla de la vida, los que son más desfavorecidos, los fracasados, esos son los que llaman la atención de Fitzgerald y a ellos los convierte en parte de sus obras. También los que van contracorriente, los que tienen y defienden otras ideas, los difíciles, raros y confusos. Tenía un gran sentido del humor pero, al tiempo, un aire melancólico e irónico propio de quien posee una inteligencia especial y una empatía muy superior a lo normal. Además, poseía sus propios gustos literarios, leía a gente casi desconocida y buscó durante los veinticinco años en que se dedicó a escribir y publicar aquella editorial que estuviera más acorde con sus gustos, la Collins. 

Empezó a escribir a los cincuenta y ocho años, publicó su primera novela a los sesenta, pero en los años siguientes, hasta su muerte en el año 2000 fue capaz de escribir una enjundiosa obra, nada menos que nueve novelas, tres biografías y numerosos ensayos y reseñas. Era una escritora que leía mucho. Sus seguidores eran y son casi una secta, gente muy convencida del estilo y del valor de la escritora. En sus obras hay elementos sacados de su propia vida, experiencias vividas, frutos de su imaginación y obras con trasfondo histórico que se debían a su talento casi mágico. 

Puedes leer La librería, La flor azul, La puerta de los ángeles, El inicio de la primavera, Inocencia, todo ello en la editorial Impedimenta, que ha puesto la obra de Penelope Fitzgerald a disposición de los lectores españoles, en una labor encomiable y muy necesaria. En fechas próximas de este año 2017, la misma editorial publicará A la deriva. 


domingo, 7 de enero de 2018

"El caso de Betty Kane" de Josephine Tey


(Portada de El caso de Betty Kane, publicado en castellano por Hoja de Lata)

Estoy entusiasmada con este libro. Me ha cogido por sorpresa. Es una de esas compras que haces sin saber muy bien por qué. O sí, el diseño de la portada, el título, el hecho de que sea de una editorial desconocida hasta ahora para mí. El caso es que he acertado y mi olfato lector no se ha equivocado tampoco esta vez. Estoy entusiasmada. 

Podríamos resumir la cosa diciendo: he aquí una educada excentricidad convertida en argumento y plasmada en personajes tan improbables como auténticos. 

El protagonista es Robert Blair, un abogado formal, ceremonioso, cuarentón, buena persona, anclado en una vida rutinaria, tanto a nivel profesional, en una firma "de toda la vida", como en su vida personal. Vive con su tía Lin y todo está perfectamente organizado, tanto las compras domésticas, como la tarta de manzana, como las cenas y la vida social. Juega al golf, charla con sus amigos, atiende a sus clientes, nada del otro mundo. A un hombre así hay que complicarle la vida con un caso legal enrevesado y pintoresco al mismo tiempo. Y eso hace Josephine Tey porque le pone por delante a las dos mujeres más exóticas y particulares que pueden hallarse en esas campiñas inglesas. Una madre y una hija, las Sharpe. La señora Sharpe es una anciana inteligente y tenaz. Marion Sharpe, la hija, es especialmente luminosa y tiene unos bonitos ojos grises. Parece una gitana con sus pañuelos de colores al cuello y su tez morena, recalca la autora. Ay, qué difícil debe ser resistirse a esta escéptica espontaneidad si uno es un tipo inglés convencional y falto de emociones. 


(Ilustración de una de las novelas protagonizadas por el inspector Alan Grant) 

Ambas mujeres son acusadas por una jovencita de secuestro y palizas. La jovencita es Betty Kane, omnipresente todo el relato y, al tiempo, en una zona oscura que no nos permite conocerla bien. Parece que su declaración es convincente pero pronto comienzan las dudas y, sobre todo, nadie que trate a las Sharpe podría creer algo así. La sociedad malpensante de Milford hará todo lo posible por incordiar a las supuestas secuestradoras pero no todo es tan sencillo. A pesar de la inestimable colaboración de la prensa amarilla (eso que es tan inglés) hay una contumacia en la lucha por descubrir la verdad que va a generar contradicciones, encontronazos, cristales rotos y muchos datos en danza hasta que sepamos qué ocurrió y por qué.


(Escena de la película de 1951 sobre el libro)

Los personajes protagonistas del libro son enternecedores pero no se quedan atrás los secundarios: ese primo Nevil, que es poeta y va a casarse con Rosemary, capaz de dar pábulo a las habladurías más tontas, según su prometido. Esa Cristina, la empleada de hogar de la casa de Blair, que se dedica a cambiar de fe y de iglesia cada cierto tiempo. La propia tía Lin. Los empleados del garaje. Los empleados de los cafés y de los hoteles. Los miembros del bufete. Kevin Mcdermott es un prestigioso abogado londinense que estudió con Robert y que le dará su sagaz opinión del asunto. En Milford hay otro abogado, Ben Carley, muy distinto al estilo del bufete Blair, que también tendrá algo que decir. La autoridad policial, es decir, el inspector Grant de Scotland Yard y el inspector de la policía local Hallam. Todos aparecen retratados con fiabilidad, con una visión a la vez objetiva y llena de pequeñas trampas sentimentales. Un retrato excepcional. 


(Josephine Tey en 1914, con sus hermanas Jean y Etta. Ella es la del centro)

El libro transcurre sin sobresaltos artificiales pero con la tensión debida a una historia policíaca. Estas escritoras inglesas que son capaces de convertir la vida cotidiana en un misterio palpable son extraordinarias. Detenerse en detalles sutiles o sencillos no quiere decir que se abandone el gran asunto, no quiere decir que se desvaríe o se merodee, al contrario, es contribuir al gran retablo de personajes y hechos que, al final, encajará de forma única y te dará el relato completo, absoluto, esclarecedor. Genial Josephine Tey, de quien antes no había leído nada pero de la que me confieso desde ahora una lectora total. 

Este es el segundo libro que la editorial Hoja de Lata publica de ella. El primero fue La señorita Pym dispone, que se publicó en 2015 y que tuvo, según la propia editorial, una "excelente acogida". Lo creo a pies juntillas. 

Josephine Tey era escocesa. Nació en la localidad de Inverness en 1896 y fue profesora de Educación Física hasta que se decidió a dedicarse a la escritura, en 1926. Su verdadero nombre era Elizabeth McKintosh. Creó el personaje de Allan Grant, inspector de Scotland Yard y protagonista de varias de sus novelas. También escribió teatro y biografías. The Franchise Affaire es el título original de El caso de Betty Kane y se publicó en 1948, siendo llevada al cine en 1951 en la película del mismo título con guión y dirección de Lawrence Huntintong y con las interpretaciones de Michael Denison y Dulcie Gray. 


(Imagen de la película de 1951)

En 1988 se realizó una serie de TV de seis capítulos, con igual título que el libro original y con Patrick Malahide en el papel de Robert Blair y Joanna McCallum en el de Marion Sharpe. 

El caso de Betty Kane de Josephine Tey. Editorial Hoja de Lata. Colección Sensibles a las Letras. Primera edición junio del 2017. Segunda edición septiembre del 2017. Traducción de Pablo González-Nuevo. 
Título original: The Franchise Affaire

jueves, 4 de enero de 2018

"Todo es posible" de Elizabeth Strout

Que Elizabeth Strout es una narradora extraordinaria ya lo había comprobado con Me llamo Lucy Barton. Y, después, con Amy e Isabelle, ambos reseñados en este blog.

Ahora, esa condición de observadora privilegiada y de escritora dotada de recursos, escudriñadora del alma humana y dueña de una mirada compasiva y empática, vuelve a ponerse de manifiesto con este libro de relatos Todo es posible. Relatos que no aparecen desconectados unos de otros sino que se van moviendo en círculos en torno a las mismas personas, a las que se añaden otras circunstanciales. Lucy Barton, la muchacha pobre que vivía en un entorno familiar desfavorecido y que logra salir adelante y convertirse en escritora, ilumina esos relatos a su manera.

Son nueve los relatos que aparecen en el libro: La señal, Molinos de viento, Rota, La teoría del pulgar magullado, Misisipi Mary, Hermana, El hostal de Dotti, Cegados por la nieve y El regalo. 

De ellos, mi apreciación personal elige Molinos de viento como el más intenso, el más lleno del perfume Strout, el que enternece más, el que más llega. Supongo que estas elecciones son profundamente íntimas, cada uno de los lectores tenemos la capacidad de decidir cómo leemos y cómo sentimos cada una de las cosas que lee. Y con Elizabeth Strout hay mucho donde escoger.

En Molinos de viento la protagonista es Patty, una orientadora de secundaria, en la cincuentena, con una madre a punto de caer en la demencia y que ha tenido una vida, digamos, voluptuosa; una hermana que no quiere divorciarse y que ansía vivir con el mayor lujo (sabremos de ella en el cuento siguiente, Rota), un trabajo duro, en el que tiene que lidiar con alumnos problemáticos; un marido que muere al principio de la historia y con el que nunca ha podido tener relaciones sexuales y un amor platónico, Charlie, el hombre tranquilo.

"Hacía unos años, una mañana en la que el sol inundaba su dormitorio, Patty Cicely tenía el televisor encendido y el sol impedía que lo que aparecía en pantalla se viera desde determinados ángulos". Este es el comienzo de Molinos de viento y lo que aparece en pantalla es una entrevista con Lucy Barton (una niña de la infancia de Patty, con una familia basura), que va a publicar otro libro y que vive ahora en Nueva York. Barton es la celebridad del pueblo pero, lejos de admirarla, la gente se pregunta cómo ha podido sobrevivir a la miseria y cómo ha llegado a ser lo que es. Esa superación de las dificultades es lo que Patty ve en ella y lo que, tras leer su autobiografía, le sirve para dar pequeños pasos en su propia vida. Pequeños pasos con su madre, a la que debe perdonar y decir que la quiere; con su hermana; con sus alumnos y con Charlie, ese hombre que nunca compartirá con ella nada más que un rato sentados en los escalones al sol.

Lila Lane, la alumna, que es sobrina de Lucy Barton (y que, por lo tanto, comparte la misma sordidez familiar); Angelina, la amiga; Charlie, el amor imaginado; todos, la misma Patty, son reos de desesperanza. La ilusión no existe para ellos, tampoco el futuro. Dejan que los días pasen en absoluta indiferencia, sin planes y sin deseos. El deseo es una palabra cuyo significado no entienden. Por eso resulta tan doloroso y estimulante ver cómo Lucy Barton, que ha partido de mucho más abajo que ellos, se pasea por las televisiones con sus libros y es capaz de escribir cosas que a ellos les resultan tan necesarias, tan llenas de música para adornar sus propias vidas.

"Lucy Barton había sufrido sus propias ignominias; vaya que si las había sufrido. Y se había levantado y había seguido adelante"

El papel salvador de la palabra. El hueco que el talento bien llevado proporciona a las personas sin hogar y sin referentes sólidos. La valentía de reconocer lo que uno es y de saber qué es lo que quiere conseguir. Todo eso es lo que Strout plasma en estos relatos. Lo ha hecho ya en otros libros, pero ese camino trazado continúa aquí. De ahí que leerla sea un ejercicio de comprensión de nosotras mismas. Y de esperanza, quizás. No demasiado, pero casi.

ELIZABETH STROUT nació en Maine, pero desde hace años reside en Nueva York. Es la autora de Olive Kitteridge, novela por la que obtuvo el Premio Pulitzer y el Premi Llibreter, Los hermanos Burgess, Abide with Me y de Amy e Isabelle, que fue galardonada con el Art Seidenbaum Award de Los Angeles Times a la primera obra de ficción y el Heartland Prize del Chicago Tribune. También ha sido finalista del Premio PEN/Faulkner y el Premio Orange de Inglaterra. Sus relatos se han publicado en varias revistas, como The New Yorker y O, The Oprah Magazine (reseña biográfica de la editorial Duomo) 

"Al caer la luz" de Jay McInerney

Al caer la luz no es un libro fácil. Su aparente tono de alta comedia esconde algunas claves que son propias de la clase social a la que se refiere. Y esa apariencia confunde. La pareja protagonista podría ser un ejemplo de "gente guapa", gente que lo tiene todo y que, por tanto, debería ser feliz de oficio. Russell Calloway es un hombre brillante y su oficio, editor, le depara conocimientos y contactos que cualquiera envidiaría. Por su parte, Corrine, su esposa, es una agente de Bolsa que trabaja en Wall Street. Todos sus amigos consideran que son la pareja perfecta, el perfecto matrimonio, esos que pueden soportar el escrutinio más avezado, la luz más potente.

El telón de fondo, el espacio en el que desarrolla la vida, es la ciudad de Nueva York. No hay otra más fotografiada, glosada, referida en libros y en ensayos, filmada en películas de distinto sello. Pero Nueva York no es una urbe monolítica, sino que esconde secretos, formas de vida, muy diferentes. Y, por otro lado, los cambios sociales y económicos han tenido en su sociedad más aparente su primera presa, su primer ejemplo. Los Calloway y Nueva York son un trasunto de la sociedad moderna, la que está a punto de caerse y se sostiene sobre un pie. Como si dijéramos, el libro es, por lo tanto, la historia de una enorme contradicción, reflejada en una aparente tranquilidad. El humor que destila, la ironía, el cinismo también, es solo uno de los modos en que la novela se presenta al lector. Luego hay otras lecturas menos aparentes (de nuevo la apariencia) pero, quizá, más certeras. O no.

Esa inestable firmeza se halla también en el matrimonio de los Calloway. "Ella había llorado a la mañana siguiente de su boda, sin saber realmente por qué, y el pobre Russell se sintió desconcertado y culpable, preguntándose qué pasaba". En torno a ellos dos se mueve un grupo de personas que representan existencias distintas y que, por lo tanto, van a tener diferente final, algunos un final muy cercano. Las intrigas editoriales, los avatares de quienes tienen que encontrar su hueco al sol, se mezclan con la propia cotidianeidad de la pareja, que tiene que subsistir en medio de ese todo variable y huidizo.

Ellos ni siquiera están de acuerdo en la urgencia de tener un hijo. Pero, cuando lo pierden, una especie de hilo va a amarrarlos de nuevo. La pérdida del hijo antes de nacer significa un punto y aparte en la vida de Corrine, como suele ocurrir con cualquier mujer. "Al principio estaba enfadada con él y le recordaba las muchísimas veces que había dicho que o estaban preparados para tener un hijo, pero finalmente se dio cuenta de cuánto sentía él también la pérdida. Y cuando Russell le dijo que se sentía culpable porque durante unos instantes se había preguntado si podrían permitirse tener un hijo y había considerado una alternativa, Corrine fue capaz de tranquilizarlo y ver en perspectiva su propio sentimiento de culpa" 

La duda, el miedo, el fracaso, el desamor, la enfermedad y la muerte, se introducen en la narración de una manera natural, cómo no podía ser de otra forma. El libro así se va deslizando, desde la apariencia frívola de la primera escena, cuando un grupo de amigos está cenando en casa del matrimonio en el momento en que ella cumple treinta y un años, hasta un horizonte más oscuro, pesimista y lleno de las contradicciones de lo que llamamos vida moderna. O posmoderna, quién sabe.

Al caer la luz. Jay Mclnerney. Libros del Asteroide, 2017. Traducción Mariano Antolín Rato. 

miércoles, 3 de enero de 2018

"Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York" de Gail Parent


Yo de vosotras, chicas, leía este libro. Porque es la nota de suicidio más divertida que os podáis imaginar. Y os hablo de tú, permitidme. Una nota de suicidio puede ser un rollazo sin más o puede ser algo que te haga desear que nunca termine, esto es, que la chica que la escribe no se suicide y que te siga contando muchas cosas. 

Sheila Levine tiene treinta años y le va fatal en la vida. Necesita que le ocurra lo mismo que a sus amigas: tener novio. Tiene que ser judío, ella lo es y su madre se empeña en ello. Pero Sheila no es muy agraciada fisicamente, tiene cierto sobrepeso y tampoco es una lumbrera. Una chica normal tirando a regular, tirando a tienes que mejorar en casi todo, tirando a propósitos de año nuevo muchos y diferentes. 

Dadas las circunstancias Sheila opta por el suicidio. Sí, al fin y al cabo no tiene nada interesante que hacer en la vida, sus perspectivas son escasas y se ha hartado de esperar que todo cambie. Pero suicidarse no es tan fácil, al menos, suicidarse bien. Porque, ya que la vida de una ha sido una auténtica mierda, al menos que en el suicidio todo quede atado y bien atado. Vaya a ser que, encima, hagas el ridículo. Y el ridículo nos acecha en cualquier momento, sobre todo cuando no tenemos la suerte de cara casi nunca. 

Si te fijas, Sheila, cuya historia se publicó en 1972, puede muy bien ser el antecedente de Bridget Jones, la treintañera acomplejada, con exceso de verborrea y de afición al vodka que contó en su Diario cómo todos los intentos de que su vida sentimental y laboral la condujeran al éxito eran inútiles. Basta recordar su problema endémico con las citas: si usaba braguitas súper sexys estilo pantera sin domesticar, no podría ocultar esos cinco o seis kilos de más que le molestaban para lucir un petit robe noir. Pero, si se ponía las braga-fajas que lo lograban, entonces no habría forma de que la cita saliera bien. Un problema, sin duda. 

Quizá Sheila prepare el terreno para esa Carrie Bradshaw de "Sexo en Nueva York" o, todavía más, para la Hanna de "Girls" por Lena Dunham. En todo caso, comedia, comedia, comedia, basada en que una mujer se lía la manta a la cabeza y decide afrontar con humor sus kilos, sus fracasos, sus inutilidades y la completa fragilidad que amenaza sus sueños de futuro. 

Puestos a comparar ha habido quien ha tenido la ocurrencia de semejar a Sheila con las chicas Austen, al menos con alguna de ellas. Bien. Esto tendría mucho que decir y que discutir. Se da el caso de que las chicas Austen, proclives al humor, nunca se intentarían suicidar. Y las que podrían tener tendencias suicidas, no tienen sentido del humor para una preparación tan minuciosa y desternillante. Así que no. No convenimos en que es una austeniana de pro salvo en pequeños detalles transversales que, quizá, sean los menos aparentes aquí. Y salvo las ganas de casarse, claro. 

Gail Parent (1940) es la autora de esta novela que fue, en su tiempo, un auténtico best-seller y que merece la pena leer y recordar. Surgió en la década en la que tanto Philip Roth, en la literatura, como Woody Allen, en el cine, estaban escribiendo una nueva etapa en la que los personajes se cuestionaban a sí mismos tanto como a la sociedad en la que vivían. La herencia del sesenta y ocho produjo tipos extraños, mujeres altamente obsesivas, traumas de todo tipo y frecuentes visitas al psicoanalista. En este tiempo, las consultas a los psicólogos o los psiquiatras en los Estados Unidos se convirtieron en lugar de peregrinación y ellos en tipos inmensamente ricos. 

En medio de tanta trascendencia la historia de Sheila Levine es un vaso de agua fresca para tomarlo en el descanso del aeróbic o de la sesión de pilates. Una forma sencilla de sonreírnos a nosotras mismas. Y de traspasar cualquiera de sus aventuras a nuestro propio horizonte vital. 

¿Por qué no reírnos de esos momentos en los que andamos por la casa vestidas con una vieja camiseta rosa, harta de usar, y suena el teléfono para invitarnos a salir y entonces saltamos como ardillas, lanzamos la camiseta a sabe Dios qué distancia, nos duchamos, maquillamos y corremos salvajemente en post de unos momentos que nos harán disfrutar tanto como sufrir?  Pues la cosa, al fin y al cabo, es de risa. Hay que leer a Gail Parent y conocer a Sheila Levine para corroborar ese incipiente pensamiento que nos afirma en la idiotez que supone darle importancia a los tipos pagados de sí mismos. Para reiterarnos que vivir es bastante más que tener la talla cuarenta. Para recuperar esa sana joie de vivre que se nos escapa sin darnos cuenta al tropezar con piedras rocosas que deberíamos despejar elegantemente de nuestro camino. Así sí. 

Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York. Gail Parent. Traducción de Rodrigo Fresán. Editorial Libros del Asteroide.


martes, 2 de enero de 2018

"Stoner" de John Williams



Pongamos que hay que decidir qué libros son imprescindibles. Pongamos que nombro este libro de John Williams (1922-1994) que se publicó en 1965 y que fue la tercera novela de este escritor. Novelista, también poeta, periodista, editor, doctor en Literatura Inglesa por la Universidad de Missouri. Un hombre de letras, yo diría, un humanista, en el sentido más cercano de esta palabra, el que aprendimos al describir aquellas personas que tienen un hondo sentido de la humanidad como centro del universo. 

Un amigo me descubrió Stoner. Llego a los libros de formas muy diferentes, pero algunos han surgido de la mano de alguien. En este caso, en el verano de 2014, todos los libros eran para mí bienvenidos, puesto que solo era yo y los libros, solo era yo y la soledad, solo yo y la desesperanza. Así que Stoner arribó en el momento oportuno a mi casa del Aljarafe, grande, soleada y solitaria. 

Resulta raro pero es así: el primer párrafo del libro describe toda la obra. No hay misterio ni ocultación. Es lo que cuenta y resume sin darle apenas importancia:

William Stoner entró como estudiante en la Universidad de Misuri en el año 1910, a la edad de diecinueve años. Ocho años más tarde, en pleno auge de la Primera Guerra Mundial, recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñó hasta su muerte en 1956. Nunca ascendió más allá del grado de profesor asistente y unos pocos estudiantes le recordaban vagamente después de haber ido a sus clases. Cuando murió, sus colegas donaron en su memoria un manuscrito medieval a la biblioteca de la Universidad. 

Quizá nos llame la atención que la historia de un hombre corriente, que pasa de estudiante a profesor y que se casa y que tiene una amante y una hija, pueda convertirse para nosotros en una lectura interesante, o animada, o ilustrativa. Pero es así. Esa misma linealidad, esa misma sencillez es lo que nos perturba. Es como si se escribiera la vida de cada uno de nosotros. Nacemos, tenemos una familia, estudiamos, trabajamos, formamos nuestra propia familia, enfermamos y morimos. Eso era todo, podría decirse en cualquier drama de Shakespeare. Eso era todo, pero ese todo es nuestro, no es un agente extraño, es lo que somos y lo que dejamos de ser, sin mayores explicaciones ni motivos. No hay razones para entenderlo y por eso Williams lo muestra con la enorme naturalidad de quien sabe que no hay otra forma de asumirlo. 

Luego está la ternura. La vida personal y la vida académica de Stoner tiene sus mediocridades, sus envidias, sus zancadillas, todo lo feo que sabemos que existe. Eso lo redime ante nosotros, lo convierte, de nuevo, en alguien que conocemos bien. Y, como en todas las vidas, hay un resplandor, una relación que a veces lo convierte en alguien conmovedor, más pleno, más lleno, más luminoso. Katherine es esa luz. 

Conocer sus sentimientos hacia Katherine Driscoll fue algo que le llevó tiempo. Se descubrió inventando pretextos para acudir a su apartamento por las tardes...

En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra. 

Antes de eso existió el matrimonio. Ella es Edith. 

Ambos llegaron al matrimonio inocentes, pero inocentes de manera radicalmente distinta. Los dos eran vírgenes y conscientes de su inexperiencia pero mientras William, criado en una granja, aceptaba con naturalidad los procesos instintivos de la vida, estos eran profundamente misteriosos e inexplicables para Edith. 

En un momento dado, llegó a su vida la hija, Grace. 

Como había sido costumbre en la primera larga ausencia de su madre, la niña pasaba mucho tiempo en el estudio de su padre. 

Lo que hace al libro especial es la delicadeza del relato. La forma en la que el autor describe lo sucedido, con el mismo aire sereno con que hablaría de cualquier otra vida, pero individualizando al máximo ese acercamiento privilegiado al protagonista y a los personajes de su entorno. Es como si nuestra propia vida fuera factible de ser contada y glosada sin juzgar nuestras miserias, sin criticar nuestros errores, sin considerar si somos buenos o malos. Porque eso da lo mismo. Una existencia es tan valiosa en sí misma que no admite sino una honesta mirada de frente. 

Emocionante el final, las últimas frases, la conclusión. No puede ser otro que la muerte, pero, si hay muchas formas de morirse, esta es una de las más bellas y reconfortantes. Todo había sido hecho y, lo que faltaba por hacer, ya nunca tendría motivo ni sería posible. Como un río que se desliza hacia su desembocadura, así el profesor Stoner había llegado desde su granja al final. Y su compañía final no era otra que un libro. Eso dice mucho de él. Dice mucho de todos nosotros. 

John Williams (1922-1994)
Nació y se crió en el noreste de Texas. Después de desempeñar varios empleos en periódicos y estaciones de radio, Williams se enroló en el ejército de 1942. Varios años después de la Segunda Guerra Mundial fue a la Universidad de Denver, donde obtuvo su licenciatura de 1949, y su maestría en 1950. Sus novelas: Nothing But the Night (1948), Butcher´s Crossing (1960), Stoner (1965), Augustus (1973), The Sleep of Reason (inacabada). Sus poemas: The Broken Lanscape (1949), The Necessary Lie (1965). Profesor de la Universidad de Misuri y de la de Denver. Editor de la revista literaria University of Denver Quarterly. 

Stoner de John Williams. Editorial Baile del Sol, colección Narrativa. Traducción de Antonio Díez Fernández. 

sábado, 30 de diciembre de 2017

Rendición


Tal vez una certeza hubiera bastado. Una pequeña y clásica certeza. La llamada del sentido común, un buen consejo. Quizá la madre, sentada en un sofá de piel oscura, podría contar lo que sabe del caso y concluir que nada es sencillo y que el amor es una masa llena de aristas. Una amiga, muy experimentada, tendría que asegurar que, en su experiencia, todo lo que se dice son mentiras y que nada pervive y que los ojos tiemblan porque saben de sobra que se va a terminar antes de tiempo.

Las horas de las dudas son las que germinan en palabras transidas de dolores perfectos. Alguien contó en un rato de asueto en el trabajo, que las dudas son cosa de filósofos, que la gente normal no puede permitírselas, que si dudas, entonces estás muerto, lo habrás perdido todo en cosa de un instante. Puede que una película, un argumento vano de esos que alguien escribe en un trasnoche, te dé razón y seña de las causas, de los motivos y abone la ilusión de que nadie es perfecto, pero que nada es tan difícil como para perder los nervios en un día sin cascadas y sin ritos.

Te acostumbraste a ser parte del decorado. Una parte pequeña, sin demasiado sitio, ni importancia. Una esquina, tal vez. Un trozo de brocado del que pende una borla. Un hueco que se esconde sin que nadie lo vea. El atrezzo que adorna al actor principal. Una mínima estrella bordada en un vestido. Un lazo que anuda el zapato de moda. Cualquier cosa de la que nadie entiende, con la que nadie cuenta, a la que nadie admira. Te acostumbraste a serlo y ahora, que te arrepientes, te encuentras con que es tarde. No se puede pedir que te tomen en serio cuando tú te conviertes en un payaso triste.


Mujeres que escriben


El descubrimiento de las mujeres escritoras es, para mí, el fenómeno de estos tiempos. Y se lo debo a las pequeñas editoriales, a las editoriales menos comerciales, a las llamadas editoriales independientes. Cada vez he ido siendo más consciente de la cantidad de mujeres que no conocía y que escribían y que, en muchos casos, no habían publicado o no se había publicado su obra en castellano. Así que los descubrimientos se han ido amontonando. 

Es verdad que ya había iniciado un camino con esas mujeres que, desde hace años, ocupan una parte central de la literatura, aunque tengo que decir que con un reconocimiento muy variado. Jane Austen, por ejemplo, reivindicada de una y mil formas aunque, a mi parecer, mal entendida muchas veces, frivolizada y comercializada sin criterio y sin gracia. Agatha Christie, genial y la persona que más me ha hecho feliz en la infancia con sus libros. Luego, sin dudarlo, dos escritoras, Edith Wharton e Irene Nemirovsky, descubiertas en tiempos diferentes pero las dos sabias y contundentes. 


Hoy puedo decir que me han producido una enorme felicidad, ratos de placer, risa y evasión. También me han hecho pensar y descifrar algunas claves acerca de la vida y de las relaciones humanas. No he hallado un patrón común a todas ellas, como tampoco lo hay entre los hombres que escriben, pero su raíz está en esa visionaria de la novela que se llamó Jane Austen y que no me cansaré de reivindicar. Ella puso las bases y, no solo las bases, concluyó un edificio sólido y lleno de posibilidades. Todo lo demás vino después y constituye un universo amplio, variado y lleno de elegancia, sensatez, misterio y talento. 

De las que he descubierto recientemente, hace solo unos años, hay fortalezas enormes como Elizabeth Gaskell, Elizabeth Taylor, Elizabeth Strout (un trío de Elizabeths), así como la gran, grandísima Edna O´Brien. 


Bienvenida sea la tendencia actual, de estos últimos meses, a visibilizar escritoras o a sacarlas del anonimato. En esto, algunas lectoras empedernidas como yo, ya dimos con la clave hace tiempo. Y esto no es presunción, es realidad, basta leer las entradas antiguas de este blog donde aparecían nombres que hoy ya son de culto. Por ejemplo, Penelope Fitzgerald, cuyo libro La librería, se ha puesto de moda con eso de la película dirigida por Isabel Coixet que, a mi juicio, plasma solo un poquito de lo que es el gran espíritu de la novela. 



Si alguien me pregunta qué diferencias encuentro entre un libro escrito por una mujer o por un hombre no sabría qué decir. Lo importante no es hallar diferencias ni semejanzas, sino que cualquier persona, sea hombre o mujer, que tenga talento y una obra que merezca la pena, pueda salir a la luz y ser conocida y leída por la gente. No es justo que esas voces estén acalladas u ocultas. Y, además siempre me ha llamado la atención lo poco que conocían a las mujeres los autores de tres de las grandes novelas sobre la mujer: Anna Karenina, La Regenta y Madame Bovary. Menudos entendidos estaban hechos Tolstoi, Clarín y el amigo Flaubert. 



El hecho de que ahora las mujeres estén asomando sus cabezas es porque antes estuvieron en cualquier desván lo que significa ni más ni menos que no se les había prestado la debida atención. Como en tantas otras cuestiones de la vida se trata de igualdad de oportunidades. Lo que debe destacarse es el talento, la capacidad, el ingenio, la buena escritura. Lo demás, sea de quien sea, es literatura. 




Aquí están ellas, las que he leído o releído este año, aunque hay muchas más: Jane Austen, Penelope Fitzgerald, Ellen Glasgow, Elizabeth Taylor, Edna O´Brien, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Rachel Cusk, Sophie Kinsella, Elizabeth Gaskell, Stella Gibbons, Irene Nemirovsky, Laura Kasischke, Barbara Trapido, Angelika Schrorbsdoff, Siri Hustved, Laurie Collins, Lucia Berlin, Helen Fielding, Elena Ferrante, Stephanie Lemann, Lauren Groff, Concita de Gregorio, Diane Brasseur, Rosamond Lehman, Agatha Christie, Karolina Ramqvist, Josephine Tey, Sarah Paretsky, Sofia Petrovna, Bernice Rubens. 


Y las que he leído en e-book y por eso en las fotografías no aparecen sus libros (en esos momentos echo de menos tener el libro en papel): Sylvia Townsend Warner, Christine Angot, Beryl Bainbridge, Lena Andersson, Barbara Pym, Rachel Abbot, Susan Beale, Delphine Devigan, Pauline Dreyfuss, Daphne du Maurier, Natalia Ginzburg, Jenny Offill, Elizabeth Strout. 



jueves, 28 de diciembre de 2017

Donde nacen las olas


(Nadadora. Joaquín Sorolla. 1915) 

A veces la vida se transforma en un mar. Y el mar no es siempre azul, a veces amarillo. El agua es lodo, albero, barro incluso, no es agua. A veces nado sin poderlo evitar en ese lodo azul con toques de verano. Es una sensación que no puedo evitar. Tú tampoco. Si observas, cada uno de nosotros lleva un nadador dentro. Levantas la cabeza. Luego mueves las manos. Balanceas los pies. La espalda rígida. El cuerpo convertido en sirena y la traición en fuerza que derramas. Así es el tiempo en la vida juega a ser mar sin serlo. A veces, únicamente a veces. 

Solamente los ojos parecen atisbar algo a lo lejos. Algún remedio o balsa o casa abandonada. Solamente los ojos y es curioso. Porque el mar es inmenso y aunque escudriñes se impondrá su enorme vastedad y te dejará exánime. 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Una flor de papel preside el aire



Yo era oscura. Era una sombra oscura. Una silueta oscura. Un hilo oscuro de ferviente anhelo. Una llama. Una razón oscura. Yo era oscura y la ciudad brillaba de nostalgias. El suelo era un manto impermeable, la lluvia una promesa que no pudo cumplirse. Cayó la noche y yo seguía en la oscuridad más densa y no tenía otra cosa que ofrecer que este silencio digno. Los pasos que me siguen no conocen. Las horas no pasaban, advertían, avisaban de que el tiempo es más leve, que las horas son arcos menos firmes y que tenía que andar si no quería perderme, perderme en mí, en la niebla, en la confusión lenta de una niebla imprevista. 

Pero una primavera anticipada desplegó sin aviso sus páginas alertas. Fui sueño entonces, pura melodía, una franja de azul en el montón de nieve. Paréntesis de luz imaginada. Y, desde entonces, sin saber el motivo, una flor de papel preside el aire. 


(Título: un verso de José Angel Valente. Fotografía: cedida por Teresa Merino)  

martes, 26 de diciembre de 2017

"La ciudad blanca" de Karolina Ramqvist

Aunque puede parecer un thriller sosegado, en realidad este libro La ciudad blanca, de Karolina Ramqvist (Gotemburgo, 1976) es una novela psicológica. La fuerza de la narración, su empuje, incide en sus personajes, sobre todo en los dos personajes principales, una mujer Karin, y su hijita de meses, Dream

Podríamos preguntarnos cómo una niña de meses puede ser protagonista de un libro así, con tanta carga física, con tanta insinuación poderosa, con descripciones pormenorizadas de asuntos que para nada son infantiles, pero es cierto. Porque Karin, desde que John, su pareja y padre de la niña, ha desaparecido, no es solo ella misma. Es ella y ese bebé, al que amamanta, limpia, cuida, entiende y sobrelleva. Ella, con sus problemas con la subida de la leche, con la falta de dinero, con las secuelas de la mala vida que ha llevado con John (una mala-buena vida de película), es la que tiene que convertirse en la persona que intente sobrevivir junto con la niña. 

Resulta extraño tanto detalle en actos aparentemente triviales, cotidianos, familiares. Pero es precisamente ese detallismo el que sirve como contrapunto al horror. Una vida de mierda, hecha al margen de la ley, tiene también, eso viene a decirnos la autora, muchos momentos de aparente normalidad, de sencillos gestos como los tenemos todos. Aunque Karin guarde en su casa armas, aunque aproveche que un chaval le lleva pizzas para acostarse con él, aunque mendigue ayuda de gente como Therese que parecen haber olvidado su antigua amistad, aunque lidie con los agentes de asuntos económicos, siempre, en todo caso, Karin es una madre que lleva consigo a su hija, en su carrito, en sus brazos, en la silla del coche que conduce entre las carreteras nevadas. Y nosotros, los lectores, estamos asistiendo a esos gestos continuos esperando que pase algo. Sabemos que algo va a pasar porque el cielo amenaza con romperse y porque Karin está siempre en la antesala del hundimiento. Esa sensación de lo por venir cierne el contenido del libro hasta el extremo. Es el miedo a lo desconocido, a lo que puede pasar incluso llevando a una niña en los brazos. 

Mientras la madre intenta sobrevivir, la niña sigue su desarrollo, casi ajena a todo lo que está ocurriendo en su entorno. El relato de los avances de la niña aparece escrito con ternura, con mucha atención, a pesar de que los acontecimientos no favorecen el disfrute del descubrimiento de la vida:

"Se oyó un ruido de algo que se arrastraba, se volvió y vio a Dream en el suelo: avanzaba reptando sobre el parquet tal y como acababa de aprender, se impulsaba con los codos y dejaba que las piernas se deslizaran detrás..."

"Tenía algo blanco en la boquita. Le metió el dedo y tanteó un poco. Le había salido un diente. Allí estaba, como una aguja clavada en aquella base húmeda y blanda"

"Dream jugaba con el cable blanco y ella estaba inclinada sobre la isla de la cocina hojeando la revista para madres o mirando por la ventana"

"Cuando alcanzó el sofá, logró ponerse de pie y dar unos pasos junto a la mesa sujetándose con las dos manos. Entonces soltó la mesa, se echó a reír y se dejó caer sobre el trasero. Se levantó y repitió la operación una y otra vez, hasta que se fijó de nuevo en el cargador y empezó a gatear hacia él"

Hay momentos en que la descripción es tan asombrosa que estamos viendo cómo la pequeña está a punto de caerse o, incluso, se cae en uno de los cajones grandes de la cocina, o cómo Karin resbala cuando va a casa de Therese, porque el suelo está lleno de hielo cuajado y los botines tienen un tacón muy fino, o cómo contempla los paisajes helados que rodean la casa soñada en la que ha vivido con John hasta que él ha desaparecido. Es una descripción cinematográfica. Son escenas de una película que vemos con nitidez. 

Y luego están las sensaciones tan femeninas después del parto. El frío de su propia persona y el calor que desprende su hija. Una constante, esa alternativa entre frío y calor que se sucede durante todo el libro. La madre despide calor para cuidar a Dream, la niña refleja ese calor. Pero la madre es, también, una mujer que ha perdido a un hombre, una mujer que lo ha perdido casi todo, y esa sensación es fría como el hielo que rodea la casa, aislada y desde la que se observa el baile de los ciervos.

La pérdida de la figura tras la maternidad, la flaccidez del pecho que debe criar al bebé, las estrías, el dolor íntimo e intenso cuando la niña chupa y convierte su alimento en una cruz para su madre ("Dream parecía disfrutar de la leche tibia de un modo como ella no creía haber disfrutado nunca de nada"), la depresión de no saber si vas a ser capaz de salir adelante sola.

La soledad es otro aditamento. Karin está ahora sola del todo porque John no está (¿qué ha sido de John, ha muerto, se ha marchado, dónde está John?) y porque los supuestos amigos que antes habían adorado su presencia han decidido que no vale la pena y que ella no importa nada. Todos, casi todos. Soledad, maternidad, ausencia del ser querido, lucha por subsistir, burocracia. También submundo, drogas, mala vida, desconcierto, suciedad, pérdida en todo caso. 

No puedo decir que el libro termine esperanzado sino que acaba de la única forma posible. No queda otra.

La ciudad blanca. Karolina Ramqvist. Título original: Den vita staden. Norsteds. Estocolmo, 2015. 
Primera edición en Editorial Anagrama: noviembre 2017
Traducción Carmen Montes Cano
Diseño de la colección Panorama de narrativas en Anagrama: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración de portada: Untitled. Gregory Crewdson. 
188 páginas

Karolina Ramqvist. Ha publicado relatos, ensayos y cuatro novelas. Como periodista destaca su trabajo como editora jefe de la revista Arena y sus colaboraciones como columnista del diario Dagens Nyheter. También ha ejercido la crítica literaria y ha escrito sobre política. Está considerada una de las escritoras suecas más influyentes de su generación. La ciudad blanca, su consagración internacional, se traducirá a ocho idiomas. (Nota de la editorial) 


lunes, 25 de diciembre de 2017

"Con el traje de los domingos" de Bernice Rubens

La cuestión está en que no puedo contaros demasiado de este libro porque, casi todo lo que cuente puede convertirse en spoiler. Y, creedme, aquí el spoiler es el fin de la historia. Eso sí, sabemos algunas cosas de George Verrey Smith, el protagonista, pero solo porque él nos las cuenta desde el principio. También sabemos que va a jugar con nosotros, que durante toda la narración va a convertirse en nuestro guía a través de su vida, que es, en realidad, su historia. 

Luego está Joy Verrey Smith, su esposa, con la que lleva casado diecisiete años. Ninguna esposa de las que conozco viviría un matrimonio como el de Joy y George Verrey Smith. Quizá ocurra lo mismo con vosotros. Tampoco conocéis un matrimonio similar. Sin embargo, ellos llevan mucho tiempo y no descartéis que puedan seguir juntos, aunque eso volvería a ser spoiler. 

El trabajo de George Verrey Smith (repito mucho su nombre porque él lo hace así y porque su nombre tiene un enorme significado en la historia) es muy sencillo, según se mire. Es maestro en un colegio privado, cuyo director es un pastor con muy mal carácter, pagado de sí mismo, que quiere controlar a todo y a todos. Pero no podrá. No le será posible adentrarse en la historia de Verrey Smith, maestro, ni tampoco en la historia del matrimonio. Sin que esto suponga contaros demasiado del argumento hay que decir que en el libro hay un par de muertes y hay también cosas poco correctas desde el punto de vista de la moral y, asimismo, muchos cambios de ropa, aunque eso ya lo dice el título. Realmente empiezas a leerlo, y esta es su principal virtud, y no sospechas ni por asomo que la cosa vaya a ir por los terrenos que luego pisas. Pero eso sí, empiezas a leerlo y ya no podrás dejar de hacerlo hasta el final. Esta es la segunda gran virtud del libro, la adicción a la historia de George, a qué hace y por qué lo hace George, a cómo influyen las cosas que hace en la vida de los otros y a sus soliloquios, esa forma de narrar las cosas con la que George nos hace partícipes de lo que cuenta. 

Porque, según está contado, los lectores somos los cómplices de George, en su vida y en la vida de la señorita Emily Price, o señora mejor dicho, porque es viuda y las viudas son señoras. Incluso hay un personaje que no aparece pero que está por aquí porque George quiere que aparezca continuamente para crearnos cierta confusión. Ese es su padre. Bueno, también aparece su madre pero más que nada por carta. Y algunos chicos del colegio que no son demasiado edificantes en su comportamiento. Y Parsons. No os diré nada de Parsons ahora pero es el que lo lía todo. 

No importa que no conozcas a Bernice Rubens, yo tampoco la conocía hasta ahora. No importa que este libro no sea un best-seller de esos que ves en las listas de ventas o amontonados en las entradas de las librerías (dicho sea de paso, esos libros amontonados tienes que comprarlos, más que nada, cuando no sabes nada de libros). No importa que tengas escasas referencias. Créeme, lee este libro. Vas a descubrir a una escritora que te dejará atónito. O atónita. Alguien de quien no puedo imaginar cómo logró poner en pie una historia cómo está que parece ser de costureras y termina siendo un thriller en toda regla. No me extraña que hayan hecho una película de otro de sus libros. Este libro debería ser una película y me imagino a Matt Damon de protagonista. Aunque quizá tenga la barba demasiado cerrada. Entonces, mejor Ewan McGregor, sí, eso es. 

Con el traje de los domingos
Editorial: Alba
Colección: Rara avis   
Número colección: 35 
Traducción: Íñigo F. Lomana 
Encuadernación: Rústica
ISBN: 97884-90653456 
Páginas: 192

Reseña de la autora (editorial Alba):
Bernice Rubens nació en Cardiff (Gales) en 1923, en una familia de inmigrantes judíos de origen lituano y alemán. Mientras sus tres hermanos se dedicaban a la música, ella se licenció en letras por la Universidad de Cardiff y en 1950 empezó su vida profesional. Trabajó cinco años como profesora en una escuela de Birmingham y luego inició una corta carrera como directora de documentales cinematográficos. En 1947 contrajo matrimonio con el comerciante de vinos y novelista Rudi Nassauer, que, veintitrés años más tarde, la abandonaría por otra mujer. Rubens publicó su primera novela, Set on Edge, en 1960. La segunda, Madame Sousatzka (1962) sería llevada al cine en 1988 por John Schlesinger, con Shirley MacLaine. En 1970 se convertiría en la primera mujer ganadora del Man Booker Prize con The Elected Member. Fue finalista del mismo premio en 1978 con A Five Year Sentence. Su última novela, The Sergeant’s Tale, se publicó en 2003, un año antes de su muerte en Londres.

domingo, 24 de diciembre de 2017

"La serpiente de Essex" de Sarah Perry



La literatura gótica vuelve. Y no solamente en las reminiscencias que podemos observar en la literatura juvenil, esas sagas llenas de seres extraños, paisajes tenebrosos, héroes formidables y muchachas en peligro. También vuelve en la literatura de adultos y este libro es una muestra de ello. El neogótico literario tiene en Sarah Perry una representante y la editorial Siruela ha apostado publicando este libro que tiene todos los ingredientes para ser una lectura apasionante y entretenida. 

La protagonista de la historia es Cora Seaborne, que se ha quedado viuda de un hombre que nunca la hizo feliz y que, junto con su hijo Francis (un niño "extraño" al que hay que entender) abandona la ciudad de Londres para instalarse en un lugar del que espera paz: Essex. Esa vuelta a los paisajes rurales, a lugares en los que la ciencia se esconde y brilla la leyenda y la superstición, es un elemento sustancial de la novela. En la parroquia de Aldwinter se cuenta que una criatura monstruosa ha vuelto después de poblar durante años el estuario y de llevarse muchas vidas por delante. Esto supondrá un reto para Cora, que se lanza a investigar qué hay de verdad en ello. Aparece entonces un antagonista, el representante de la iglesia, el vicario, William Ransome, que tiene que velar porque sus feligreses no se extravíen. Ambos mantendrán un equilibrio muy difícil en sus relaciones, un equilibrio por momentos alterado y que puede terminar en un final que no imaginamos. 

Sarah Perry nació en el mismo Essex en 1979 y con esta su segunda novela consiguió en 2016 el British Word Award. La crítica la ha saludado con gran interés y ha tenido una importante aceptación en el público. El libro comienza en Nochevieja y se desarrolla en cuatro capítulos cada uno de los cuales abarca diferentes meses del año. Así, el primer capítulo Extrañas nuevas hay en Essex, ocupará enero, febrero y marzo. El segundo, Ponga él todo su empeño, abril y mayo. El tercero, Velad, pues, en todo tiempo, trata de junio, julio y agosto. Para cerrar el libro, el cuarto capítulo, Estos últimos tiempos de rebelión, sucede en septiembre y noviembre. Si nos fijamos en la sucesión de meses, solamente faltan dos meses octubre y diciembre. 

La autora combina un estilo narrativo sencillo y sin caer en la pormenorización exagerada, con luna descripción de lugares y personas hecha en forma muy sensorial, de manera que se pueden percibir los ambientes, las reacciones y sentimientos dando un aire de verosimilitud a lo que no es sino una fantasía extraordinaria. Por otro lado, mantiene en la escritura una personal interpretación de la escritura gótica, de esas novelas de finales del siglo XVIII en las que se inspira, tanto en la construcción de las frases como en el empleo de figuras literarias y vocabulario. 

El conflicto entre ciencia y religión aparece en todo su amplio contenido. Sin embargo, no se trata de una contienda cerrada ni de un enfoque maximalista, pues ambas posturas se irán acercando y separando paulatinamente en función del flujo de relaciones entre las dos personas que las representan y al hilo también de los acontecimientos. El comienzo del libro, Nochevieja, en el que se narra la peripecia de un joven que ha bebido durante horas y se acerca al río Blackwater para hallar una temible aparición, es genial, pone la narración en su momento exacto y te sumerge en la novela con muchas ganas de saber quién ganará esta singular batalla. 

La dedicatoria del libro es tan inimitable que no puedo dejar de reproducirla aquí y tiene mucho que ver con el desenlace. Es del libro de Michel de Montaigne, De los afectos, y dice así: Si me apuran para que diga por qué le amaba, siento que es algo que no puedo expresar, salvo contestando: "Porque él era él; y porque yo era yo". 

La serpiente de Essex. Sarah Perry. Editorial Siruela. Colección Nuevos tiempos. 
Traducción de Carlos Jiménez Arribas
408 páginas
GANADORA DEL BRITISH BOOK AWARD 2016 
Señalada como libro del año por la cadena de librerías Waterstones y número uno en la lista de libros más vendidos del Sunday Times, La serpiente de Essex también fue finalista del Costa Award 2016 y seleccionada para los premios Wellcome Book y el Baileys 2017.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Solsticio de invierno

Nada mejor que un verdadero acontecimiento astral para señalar el límite de una pasión no compartida. El solsticio de invierno marca la noche más larga y el comienzo de una estación llena de frío, nieve, lluvia y viento desapacible. A su fin, la primavera volverá a entrar en los jardines y eso será una nueva señal, un hito. 

Las pasiones terminan por inanición. Ni uno solo de los sentimientos se mantiene sin agua, sin sol, sin luz, sin calor. Todos podemos llegar a albergarlos pero mantenerlos es cosa de héroes y la heroicidad acaba cuando se impone la foto fija de la realidad. Hay fotos oscuras y maltrechas, en las que la imagen está desenfocada, pero hay otras nítidas que te revelan lo que no has sabido ver o no has querido aceptar. 

En las novelas románticas, de las que hablo en este blog con frecuencia, los amantes suelen salir casi indemnes de estas travesías solitarias, sobre todo porque al final todo parece encajar como en un bendito puzzle lleno de figuras de color. Pero en la vida, hay que saber distinguir la realidad del deseo y, por mucho Neruda que hayas leído, por mucho Hernández que corra por tus venas, por mucho tiempo que dediques a cultivar dentro de ti lo que otros no entienden, los números cantan y la poesía no tiene nada que hacer ante los datos. 

Suma las noches en las que tus ojos se quebraron, suma los llantos, las decepciones, los cuentos de hadas inventados, suma las sorpresas que no trajeron nada nuevo, suma las presencias indeseadas, suma las mentiras, suma las equivocaciones, suma los instantes de soledad, suma las penas que no pudiste compartir, suma los hechos que no encajan, suma los noes, suma los desprecios, suma los rechazos, súmalo todo y halla el resultado que, antes o después, arroja como balance la voz oscura del solsticio. 

Confía en que, como el invierno, también ese estado de impalpable oscuridad termine en unos meses, justo cuando la primavera vuelva a hacer de las suyas. Confía pero no bajes la guardia. Hay personas como tú, tan vulnerables, tan escasamente curtidas en la simulación y en la rareza, que caen sin remedio en un pozo que nada bueno aventura. Y mírate al espejo para verte cómo eres y no cómo te han visto esos ojos que nada bueno pretendían. Mírate con la claridad del alba, no con las sombras de la noche.