jueves, 21 de marzo de 2019

Elefantes, martinis y canciones de amor


(Claudine Longet, la chica dulce del guateque)

Imagino la cara que debió quedársele a Hrundi V. Bakski cuando, después de ser expulsado del rodaje de una película que supuestamente tenía lugar en el desierto  (que es un sitio lejano, con mucha arena, donde no se usan relojes de pulsera), recibe una invitación del productor de la misma para un party en su mansión de las afueras de Hollywood. No lo he hecho tan mal, pensaría. Al fin y al cabo, cualquier puede cometer un error…o dos. En este caso el error era la voladura anticipada de los estudios donde se rodaba la película en cuestión. Miles de dólares gastados en humo. Los estudios son, por supuesto, los de la Warner Bros. la productora de la película que se está rodando y la de “The Party”, que es la película de la que escribo. Cine dentro del cine, como se dice. Cine cómico dentro de cine histórico. 

El caso es que Bakski, con un enorme parecido a Peter Sellers pero con el rostro maquillado en el tono más oscuro que L´Oreal tenía en su despensa ese año de 1968, mientras en Francia Dany el Rojo y otros cuántos hacían la revolución y se convertían al flower power, decide aceptar la invitación y disfrutar del encanto de una fiesta nocturna en una casa maravillosa, con piscina interior, grandes habitaciones en torno a complicadas escaleras, camareros que pimplan más de lo debido y toda clase de personajes que rulan en torno a los canapés y las bebidas. Una mansión al estilo de las que pueblan la Meca del Cine en la que todo el mundo busca hacer negocio. Las starlettes quieren una oportunidad. Los actores de segunda, asegurarse un papel. Los productores, ganar dinero. Y los directores conseguir el sueño de hacer la película de su vida. Nada de esto es fácil si, merodeando por allí, está Bakski-Sellers. 

El anfitrión del evento es Fred Cutterbuck un productor de películas como lo son todos: ansioso por prosperar y poco respetuoso del trabajo de actores y directores. Su mimada esposa es Molly. Por allí anda con cara angelical y una guitarra que ella tañe con delicadeza, la chica más guapa de la fiesta, Michele, que se pone de parte de ese actor patoso, risueño, educado y sencillo que comienza a liarla desde que entra en la casa y termina desencadenando una catarata de catástrofes. 

El papel de Sellers es delicioso. En el doblaje en español se aprecia ese acento oriental que convierte su dicción en algo suave y melodioso. Es un tímido en medio de un acontecimiento social cuyo alcance desconoce. En realidad, lo desconoce todo de ese mundo, pues él es una persona insignificante, que nunca hubiera llegado a un sitio así y a un festejo así salvo por error. Y es que el error es el inicio de todo. Y la explicación máxima de lo que allí ocurre. 

La película tiene una evolución muy estudiada en cuanto al desarrollo de los gags. Comienza suavemente y termina en plena ebullición. Es, desde luego, un gran homenaje a los genios del cine mudo, todos ellos llenos de bondad, ternura y de una risa contagiosa y sencilla. El gran Charlot, el Gordo y el Flaco, todos son modelos. Las confusiones inocentes son la base de ese torbellino de problemas que el actor indio va provocando. Y hay momentos grandiosos, como el del surtidor, inspirado en una preciosa película de Jacques Tati (Mon oncle ) de 1958. 

El romance existe en este paraíso del disparate, aunque modulado, elegante y sin estridencias. Con suavidad propia del director, Blake Edwards. Con estilo. El amor surge entre Michele, la guapa aspirante a actriz, francesa por más señas, cantante y guitarrista, que entona con una voz susurrante una canción que desarme a Sellers y que le confirma que su corazón, esta vez sí, no se ha equivocado. 


Sinopsis:

Hundí V. Bakski es un actor de origen hindú, una especie de educado gafe, que, después de crear un enorme revuelo en el rodaje de una película debido a un error, se encuentra invitado, también por error, a una fiesta en casa del productor. La forma de ser del actor y su encuentro en un medio hostil desencadenará toda una serie de situaciones cómicas. 

Algunos detalles de interés:

“The Party”, estrenada en España como “El Guateque” es una película estadounidense de 1968, de solo 99 minutos de duración (un metraje muy corto para una película de esa época), dirigida por Blake Edwards con guión del propio Edwards y de Tom y Frank Waldman. 

La música, extraordinaria, genuina, genial, es del gran Henry Mancini, asiduo colaborador de Edwards en la saga de “La Pantera Rosa”. La fotografía es de Lucien Ballard. 

El reparto está formado por Peter Sellers, Claudine Longet, Marge Champion, J. Edward McKinley, Natalia Borisova, Fay McKenzie, Jean Carson, Al Checco, Corinne Cole, Dick Crockett. 

Peter Sellers, el protagonista principal, es un actor inglés que nació en 1925 y murió en 1980. Perteneciente a una familia de actores de teatro cómico, debutó muy joven en las tablas y trabajó también en la radio. Participó en un gran número de películas en el Reino Unido, donde se hizo de fama y de prestigio como actor. Su participación en “Lolita” (1962) fue el comienzo de la mejor etapa de su carrera. A ella le siguieron importantes títulos como “Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú”, de 1964, dirigida por Kubrick, la saga de la Pantera Rosa en el papel de Inspector Clouseau, con Blake Edwards de director, desde 1964, “Qué tal Pussycat”, de 1965 dirigida por Clive Donner, entre otros muchos títulos. 

Su última gran película, en la que hacía un papel con cierto parecido al del actor de “El Guateque”, en cuanto a su inocencia e ingenuidad, es “Bienvenido, Mr. Chance” de 1979, del director Hal Ashby, un año antes de morir, en la que hacía un precioso papel encarnando a un jardinero que solo conocía el mundo a través de la televisión pero que, sin embargo, poseía un notable sentido común. 

miércoles, 20 de marzo de 2019

¿Por qué escribo reseñas de libros?


(Fotografía para Life de Nina Leen)

La pregunta no es ¿por qué leo libros? sino ¿por qué, después de leer un libro, escribo sobre él? Me guardo mucho de llamarlo "crítica". Más que nada porque si un libro no me gusta lo olvido de inmediato, incluso dejo de leerlo en cuanto percibo que aquello no marcha. No soy una lectora sacrificada de esas que empiezan un libro y se imponen la penitencia de leerlo. Si en las primeras páginas, mejor aún, en las primeras líneas, no detecto esa conexión, ese algo que me atrapa, suelto el libro y me olvido de él. 

Hay, sin embargo, algunas "segundas oportunidades". Me ocurrió con "La librería" de Penelope Fitzgerald. En un primer momento lo leí casi arrastrándome y ni siquiera le presté atención porque me olvidé del argumento enseguida y no era capaz de encontrar los cabos sueltos. Cuando pasó algún tiempo y se rodó la película sobre el libro, que dirigió Isabel Coixet, me sentí imbuida en su espíritu y, después de verla, volví al libro y entonces sí, entonces hallé su significado y me encontré con que el libro ya era otro o quizás yo era otra y había cambiado de mirada. Y es la mirada del lector la que distingue un libro de otro. El libro se construye dos veces: por el que lo escribe y por el que lo lee. 

También me ha ocurrido el que un libro me haya gustado para luego, al paso del tiempo, preguntarme a mí misma por qué. En este caso el ejemplo más claro que puedo poner es "La espuma de los días" de Boris Vian, esa extraña historia en la que a Chloe le crece un nenúfar. Llegué a recordar algunas de sus frases pero creo que lo leí contagiada por el chico que entonces compartía mi vida (al menos la parte de mi vida que él dejara que compartiera) y no era una lectura verdaderamente mía. Ahora repito a veces su título, que es lo mejor del libro y que se puede aplicar a cualquier cosa efímera, incluso a la portada de la feria. Como en todo, no es fácil encontrar tu verdadero camino, aquello que te gusta realmente. Creemos que sabemos lo que queremos pero no siempre es así, cuesta mucho, es importante y difícil. 

Los libros que no me gustan o que no consigo terminar o que me dejan mal sabor de boca nunca los reseño. Hay un libro por ahí que no nombraré, con un argumento tan amargo y desagradable que, aunque me atrapó por lo bien escrito y lo extraño, nunca reseñaré, es más, lo tengo escondido porque no quiero que vuelva a mí de ningún modo. También hay casos en los que leo un libro en circunstancias terribles y luego no puedo pensar en él porque me remite a esa circunstancia y me causa tristeza. Estos son los libros que leí durante la enfermedad de mi marido, una droga que consumía pero que no llegaba hasta el fondo y que luego he odiado. Están ahí pero no quiero saber nada de ellos ni siquiera de los autores, desgraciados, que los escribieron. 

Durante mi infancia y mi adolescencia leí muchos libros que me hicieron feliz. Son esos libros de los que podría escribir una y otra vez porque, en realidad, escribo de mí. Si pienso en ellos me imagino con trenzas, con larga melena ondulada y rubia, en la azotea de mi casa familiar, en el patio, en una esquina de la escalera, en la casapuerta, en el escalón de la entrada, en la cocina, en cualquier sitio escondida, leyendo y haciendo como que estaba atenta a lo que me hubieran encargado sin estarlo. Esos libros son mi bagaje sentimental mucho más que cualquier otra cosa, quizá junto a las películas, el otro gran refugio, el otro gran hallazgo. Mi memoria se construye, en gran parte, por esas lecturas, esos hitos literarios, esos personajes, esos diálogos, esos versos. 

Los libros que elegí yo misma en mi juventud, que busqué o que encontré en merodeos ocasionales, forman la biblioteca más personal y más libre de todas. Son los libros que tú lees porque te gusta el título, te atrae el autor, te recomienda alguien o, simplemente, porque la intuición te dicen que te va a gustar. Y a través de esos libros llegan los grandes amores literarios. Una vez estaba delante de un quiosco y encontré una colección de libros entre los que estaba "Orgullo y prejuicio". Fui mi primer encuentro con Jane Austen, la escritora que más me ha influido, no solo en mis lecturas, sino en mi forma de pensar, en mi manera de ver la vida. Jane Austen es mi fe, la gran desconocida que se fue revelando a base de leerla, releerla y reflexionar sobre ella. 

Escribo de los libros que me gustan porque no he podido escribir esos libros yo misma, porque es una forma de hacerlos míos y porque la escritura cierra un círculo: escribe el autor, leo yo y escribo yo. Faltaría que el autor leyera mi reseña pero esto es casi imposible. No solo por la humildad de este blog, sino porque la mayoría de los autores que leo están muertos. Los vivos me interesan menos. 

martes, 19 de marzo de 2019

Demasiado blando para ser sheriff

Lo que más me llama la atención de esta película es Sylvester Stallone en su papel del sheriff Freddy Heflin. Pero no un sheriff usual, de esos que entendemos como normales en los Estados Unidos. Además de sheriff, o quizá por eso, es un buen hombre, pacífico, sin ganas de gresca y muy enamorado de una mujer que se ha casado con otro y por la que perdió la audición de un oído. Esto le ha imposibilitado ser un verdadero policía, que era su gran deseo. Así que aquí está, en el pueblo de Garrison, creado exprofeso para que vivan lo más tranquilos posibles muchos policías que trabajan en la zona de Nueva York. 

Tampoco Robert De Niro hace uno de sus papeles usuales de capo de la mafia, de matón o de jefe de lo que sea. Este Teniente Moe Tilden, de Asuntos Internos, implicado hasta el fondo en un asunto raro que quiere descifrar caiga quien caiga, ofrece una cara menos estereotipada del actor, que no ha debido engordar ni adelgazar ni simular otro acento. Su físico es el de él mismo. 

Los otros dos actores que componen el cuarteto estelar siguen más su propia estela interpretativa. Harvey Keitel es el teniente Ray Donlan, un corrupto que domina la vida en este pueblo y, por lo tanto, el quehacer de una parte del cuerpo de policía con el que tiene relación. Ray Liotta es un hombre atormentado, como suele, aquí porque calló cuando debió haber denunciado lo que hicieron con su compañero. Es Gary “Figgsy” Figgis, un hombre acabado, sin futuro, salvo el que pueda caber en una botella de cerveza. 

Estos cuatro hombres se mueven como en un tablero de ajedrez y coinciden en un momento concreto a raíz de que un tipo joven, policía y bastante descerebrado, Murray “Superboy” Babitch, encarnado por el actor Michael Rapaport, a la sazón sobrino de Ray Donlan, no tiene otra ocurrencia que dispararle a unos negros con los que se tropieza cuando iba una noche en coche de vuelta a su casa. El encontronazo con dos gamberros termina en tragedia cuando dispara y los mata. Hay que ocultar lo que ha pasado como sea y aquí se pone en marcha la maquinaria de corrupción que cubre como un velo la vida en un pueblo supuestamente ideal. 

La película entrecruza otras líneas argumentales en las que hay actuaciones muy notables de dos actrices interesantes. Annabella Sciorra (la madre de La mano que mece la cuna) es Liz Randone, víctima de malos tratos por parte de su marido, Joey Randone, también policía. Liz es la mujer a la que ama el sheriff y por la que arriesgó su vida. La otra mujer, en un papel más episódico, es Janeane Garofalo (La verdad sobre perros y gatos), que es aquí una jovencísima policía, Cindy Betts, que, horrorizada por lo que ve y lo que adivina, se largará y dejará atrás este pueblo y todo lo que significa. 

Cop Land es una de esas películas de argumento sencillo que trata sobre la corrupción policial sin hacerse ilusiones de sentar cátedra. El guión es sobrio y también la dirección. Los actores, aunque en algún caso nos extrañe como se ha dicho antes, están bien escogidos y componen un reparto coral ensamblado y exacto. Cierto aire melancólico acompaña las escenas del sheriff, un hombre que alguien colocó en ese puesto para poderlo manejar y que, en realidad, termina demostrando que el valor crece en cualquier sitio y en cualquier circunstancia. 

Sinopsis:
Garrison es un idílico pueblo de New Jersey en el que vive un importante núcleo de policías. El sheriff es un tipo tranquilo a quien todos parecen manejar y que no se mete en más líos de los normales. Sin embargo, la supuesta muerte del joven Superboy, que se arroja por un puente tras haber disparado a dos jóvenes por error, desencadenará una serie de acontecimientos que pondrán a prueba el valor de los hombres y su capacidad de mantener un cierto grado de dignidad al margen de manejos y corrupciones. 

Algunos detalles de interés:
La película tuvo un presupuesto de 15 millones de dólares y recaudó 45 millones. 
Todas las estrellas que participan tuvieron que bajar su caché. 
Sylvester Stallone tenía un gran interés en hacer este papel para que el que se habían barajado diversas opciones: el propio Ray Liotta, Tom Cruise, John Travolta o Tom Hanks. 
Stallone ganó 20 kilos de peso a base de comer panqueques cada día. 
De Niro y Keitel habían trabajado juntos en tres películas anteriores: Mean Streets en 1973, Taxi Driver en 1976 y Enamorarse en 1984.
James Mangold debutó como director con Heavy (1995) protagonizada por Liv Tyler, película con la que consiguió el premio del Festival de Cine de Gijón en dos categorías, así como un galardón del Sundance Film Festival. También rodó la cinta Inocencia interrumpida (1999) con Winona Ryder y Angelina Jolie, película con la cual esta última conseguiría un Óscar. En 2005 rodó otro filme de gran éxito: Walk the Line, película biográfica sobre Johnny Cash que supuso el Óscar para Reese Witherspoon. Es conocido por haber dirigido la película The Wolverine (2013) y la secuela Logan (2017), ambas pertenecientes a la saga de películas de X-Men.

lunes, 18 de marzo de 2019

"El ladrón de orquídeas" de Susan Orlean


"El ladrón de orquídeas" es el libro más conocido y admirado de Susan Dorlean (Cleveland, Ohio, 1955). Esta periodista y escritora lleva escribiendo en la maravillosa revista The New Yorker desde el año 1982. Como tantos americanos, procede de una familia de emigrantes judíos de Europa del Este y tiene una importante formación inicial, en historia, literatura y periodismo. Algunas de sus obras han sido llevadas al cine y con gran éxito. La editorial Anagrama acaba de re-publicar el libro, en su colección Compactos, veintiún años después de su publicación original en 1998 y diecisiete años más tarde de la primera publicación en la editorial, en 2001, con la traducción de Txaro Santoro y Cecilia Ceriani. Orlean utiliza registros muy variados en su escritura, tanto reportajes, como libros de viaje, artículos, ensayos y crítica literaria, al tiempo que ficción. 

"El ladrón de orquídeas" tiene un extraño tema. Presenta a un personaje curioso y estrambótico, el cultivador de orquídeas John Laroche, que se dedica a buscar, rebuscar y robar incluso orquídeas, las más raras, exóticas y bellas, allá donde estén, llegando a cruzar el borde de la ley. Esa rara obsesión impregnan su personalidad y también el libro. El relato se ambienta en los pantanos de Florida, por donde se mueven las andanzas de Laroche, acompañado de personajes tan raros como él, oscuros, difíciles y con dudosos escrúpulos. La simbología de la orquídea ha generado mucha literatura y aquí la escritora la desenvuelve con sumo cuidado, impregnando sus palabras y dándoles múltiples significados, algunos de ellos muy engañosos. 


(Meryl Streep y Nicholas Cage en "Adaptation" sobre el libro homónimo de Orlean)


(Susan Orlean con la edición de "El ladrón de orquídeas" que Anagrama publicó en 2001)

domingo, 17 de marzo de 2019

No es amor el amor que muda a cada instante...


Marianne Dashwood sale de la casa, de la pequeña casa en que ahora vive con su madre y hermanas. Se dirige andando por el bosque sin árboles, por una extensión verde sin aristas, a la loma desde que la que se divisa la casa de Willoughby. La mira con los ojos llorosos y entonces la lluvia comienza a caer con enorme fuerza. Es una lluvia densa de nostalgias. Una lluvia que arrasa, que hipnotiza, es la lluvia que le trae otros recuerdos, el tiempo de las risas y los besos, otro tiempo. 

Se queda hipnotizada recitando por dentro los versos que leyeron juntos en esos días en los que compartían una forma distinta de contemplar las cosas. Recita los versos y el soneto se convierte en la banda sonora de sus sueños perdidos. Lo ha dejado atrás todo. Ya no tiene alegría. El vestido se ondula con el viento, la capa se estremece. Un lazo en el escote se ha vuelto una finísima tira chorreante. Nada le importa. Ella es la juventud y quizá por eso no entiende que su amor se haya convertido en estatua de piedra. 

Quién no entiende que a veces el dolor te traspase y te deje sin fuerzas al caer de la tarde y te acune en silencio intentando engañarte y te convierta en duelo sin prisas, solamente. Quién no entiende que el cielo se desgarre en la lluvia, en rayos poderosos, en siniestras tormentas, en fuego incandescente, en baldías esperanzas de una naturaleza que ya no te es propicia. Quién no ha leído esos versos buscando las razones, esperando el perdón de un adiós que no sabe, que no entiende, ni quiere, que no olvida, ni llama. La juventud se muere de dolor y la vejez se convierte en adioses sin manos que te cubran. 

Los ojos azul-grises de Marianne se conmueven cuando recuerda el eco de la risa de antaño, la mirada de él, sus manos firmes, la forma en que decía los sonetos que guardaba alojados en un hueco del traje. Esos ojos no lloran porque ya no le quedan más lágrimas que lanzar a la tierra y la tierra se empapa del agua de la lluvia que respira solemne al compás de la música y las voces se quiebran al contemplarla ahora, transida de dolor, inabarcable. 

No es amor el amor que muda a cada instante, que cada instante tiembla, que cambia y te aborrece. Así lo lleva escrito el hombre desde siempre y su cruel vanidad no deja de sentirse a pesar de que todo es un cuaderno abierto, una página en blanco que escribes sin pensarlo y que ella antes que tú supo decir quizá porque la llaga existe sin que nadie lo sepa. 

"La dependienta" de Sayaka Murata


(Pintura de Kano Eino)

Una vez, hace algún tiempo, escribí la historia de una chica japonesa que tenía una tienda de flores. La chica, que se llamaba Keiko, tuvo que cerrar la tienda porque algunos competidores malvados no la dejaban vivir. Así que se marchó de su casa y se acomodó entre telas allá en el barrio de los pobres. Una muestra de dignidad oriental que nos puede resultar, incluso, dudosa. La historia se llamaba, se llama, El tiempo de los cerezos en flor. Desconozco el motivo por el que me atrae tanto la literatura japonesa, esa mezcla de exhibicionismo y misterio; de ocultación y evidencia. Las novelas negras de los autores japoneses siempre parecen temer que se saque a la luz demasiado y que se esconda lo relevante. Los nuevos autores tienen la intención aparente de conservar ese halo de originalidad dentro de unas temáticas nuevas que se ponen en colisión con la forma de vida occidental y la conmueven. 

La dependienta de Sayaka Murata se llama también Keiko, como mi heroína, (una coincidencia),  tiene treinta y seis años y dos características que la acercan mucho a cualquier mujer occidental. No tiene novio ni marido (lo que ocasiona comentarios y presiones a su alrededor) y no encuentra su sitio en la vida. Así que, aunque nos resulte extraño, el trabajo en un supermercado puede aportarle algo de organización y de sentido. Los supermercados japoneses están abiertos las 24 horas y su estructura es la misma que la de una gran empresa. Cada empleado sabe exactamente qué tiene que hacer en cada momento y de qué modo ha de hacerlo. Lo cual resulta una ayuda para alguien como Keiko, en estado permanente de despiste interior. La vida en el supermercado genera interacciones, encuentros, comentarios, conversaciones y hechos que, a pesar del hermetismo propio de los japoneses, logran crear un cuadro costumbrista que te hace reír, pensar y llorar. Un cóctel que nunca falla en un relato. 

La sociedad mira a las mujeres solteras como si estuvieran siempre esperando algo, como si fueran incompletas. Y ello desde los tiempos de Jane Austen, que ya tuvo que imaginar negativas al matrimonio similares a las que ella misma había formulado en su momento.

La creencia de que falta algo si falta la pareja se ha contagiado de tal modo a las propias muchachas que es algo que está casi en el ADN de muchas de ellas. Y, sobre todo, cuando hablamos de sociedades tradicionales en las que las expectativas de las familias han de verse compensadas y tienen mucha importancia. De ahí el interés del libro, que inserta una vida compleja y nada convencional en un ambiente poco propicio para ello. Las situaciones cómicas, tiernas, curiosas e interesantes no van a faltar.

Con este libro que publica en España Duomo Ediciones, la autora, Sayaka Murata, ganó el premio Akutagawa, lo que supuso que esta novela, la décima de la suyas, haya tenido una repercusión internacional y haya cruzado los límites de su país.  La obra ha obtenido, además, excelentes críticas que ponderan su frescura, espontaneidad y también su mirada irónica y escéptica. Keiko parece no tener sitio en el mundo y eso nos la acerca. 

Posee cierta clase de torpeza que también entendemos y, sobre todo, concita en torno a sí tantas miradas a ver si se convierte en otra cosa diferente que nos hace pensar en todo aquello que los demás nos han pedido y nosotros no hemos sido capaces de ofrecer. La distancia que media entre lo que somos, lo que queremos ser y lo que los otros quieren que seamos. Ni más ni menos que la elección básica ante la que cada mañana nos hallamos. 

Sayaka Murata (1979) ha ganado otros premios: El Gunzo para Nuevos Escritores, el Mishima Yukio, el Noma Literary New Face.

Ha escrito también ensayos y cuentos. Curiosamente, en su biografía hayamos algunos apuntes fundamentales para entender su compromiso literario y su forma de ser. 

Trabajó durante dieciocho años en un supermercado y aún ahora, ya consagrada, sigue trabajando en el comedor de su editorial, según ella porque necesita una estructura de vida que le permita escribir con disciplina y sin dejar de estar apegada a la realidad.

No se ha casado ni tiene hijos, exactamente igual que su "dependienta", quizá un trasunto de ella misma en muchos aspectos. 

Los libros de Sayaka Murata como este que comento, tienen una fuerte carga de reivindicación de una vida propia y no dirigida por los roles sociales y las normas del exterior, primando la reflexión íntima, los deseos personales y la individualidad.  


(La imagen de Sayaka Murata está tomada de la página web de Duomo Ediciones) 

La dependienta. Sayaka Murata. Novela. Duomo Ediciones. Colección Nefelibata. Traductor Albert Nolla. 

sábado, 16 de marzo de 2019

Una historia por entregas: "Querido Humphrey Bogart" (y 3)





(Fotografía de Nina Leen)

CAPÍTULO 3

..."Esas frases “Tengo que hablarte. De algo. En fin…” me pusieron extremadamente nerviosa. No le pregunté. Simplemente le sugerí que me lo contara por teléfono, pero él se negó, ya lo he dicho, así que tuve que esperar a vernos. Y no era fácil. Su vida está montada alrededor de una agenda muy cargada y, además, dedica mucho tiempo a estar encerrado escribiendo. Eso es lo básico en su vida. Sus libros. Los demás solemos estar de relleno, como un decorado que uno cambia de vez en cuando. A veces los decorados se llenaban de gente y yo no tenía sitio. En ocasiones, me caía fuera de las bambalinas…

Una semana después nos citamos en un restaurante de platos grandes y cuadrados. Era un mediodía muy caluroso del mes de abril. Abril es mi mes favorito. No solo porque cumplo años, sino porque significa el final del invierno y la llegada de un tiempo más alegre. La ropa cambia, la luz cambia, todo se convierte en otra cosa. Me encantan los cambios, creo que se nota. 

Siempre que quedaba con él tenía la preocupación de estar guapa. Quería gustarle. Entonces me parecía algo normal, sales, te arreglas, lo de siempre. Pero sé que me engañaba a mí misma, que, en realidad, yo estaba muy molesta al comprobar que mis encantos (suponiendo que tenga alguno) no le hacían mella. Nunca me decía que estaba guapa. Esto me sacaba de mis casillas pero no podía decírselo, era lo que hubiera faltado. “Marujismos”, diría, con un gesto vago. 

Peluquería, medias nuevas de verano, taconazos, depilado de cejas, uñas pintadas, mi nuevo super-maquillaje primaveral y un bonito abrigo de verano color mandarina sobre un pantalón pitillo negro y una camiseta negra y blanca. Cuál fue el motivo por el que dediqué a mis piernas al menos una hora si iba a llevar pantalones es algo que no podría explicaros, o quizá lo adivináis, esa sensación de estar bien por tierra, mar y aire. Que ningún resquicio obviara la belleza. Es la misma causa por la que, a pesar de estar bien segura de que entre Fernando y yo solamente habría palabras, estrené ropa interior a modo, negra y con encajes, una pasada. 

Llegué puntual como siempre y él me estaba esperando. Estaba allí, en una mesa junto a la ventana, vestido de manera informal, una camisa de rayas y una chaqueta de entretiempo. Es más bien friolero así que mantiene la chaqueta hasta mayo por lo menos. Me fijé en sus zapatos, no sé por qué, marrones, con cordones. Y en los pantalones, verdosos y clásicos. Uff, un aire un poco antiguo, a decir verdad. Fernando es un hombre alto, con un aire de intelectual muy acusado, que él cultiva a propósito. Tiene unas manos preciosas. En eso suelo reparar antes que en nada. Un tipo con manos feas….como que no. 

Se levantó al verme llegar. Nos dimos dos besos. En las mejillas, como siempre. En los últimos tiempos, cada vez que se acercaba para besarme en la cara yo sentía el deseo irrefrenable de comérmelo. Pero, claro, al final terminaba conteniéndome, no sé cómo. Me senté bastante nerviosa. Él me miraba de una forma muy extraña, distinta, no reconocí esa mirada y la supuse la mirada del adiós. Era algo rocambolesco, desde luego, pero no se me ocurría otra razón para que estuviéramos allí, frente a frente, yo a la espera de su confesión y él mirándome de hito en hito. Era la primera vez en mi vida que alguien me miraba así, todo lo que conocía de esa mirada era a través de los libros. 
Fueron solamente unos minutos de silencio. Tuve que hablar, no podía quedarme callada. 

- “A ver, Fernando, qué es lo que pasa. No entiendo qué es tan importante como para que no me lo puedas escribir o decir por teléfono”. Sonrió levemente al oírme y repuso algo así como -“¿es que no te alegras de verme?”. -“Claro que sí, le dije rápidamente, pero lo que me extraña es que tú tengas urgencia en hacerlo. Normalmente pasas de mí tres kilos”. Tosió y se rió con una risa abierta que le hacía parecer más joven. -“¿piensas que no quiero verte?” -“Fernando, no me desesperes, dime qué es lo que pasa”. Y, ante su silencio momentáneo, sin darle tiempo a nada, proseguí, ya lanzada, dispuesta a todo. -“Mira, sé lo que vas a decirme. Quieres decirme adiós porque imaginas que yo siento algo por ti y eso no te gusta. Te has imaginado que te quiero. Así que adiós. Para qué vamos a darle más vueltas. Me parece una tontería estar aquí en este plan”. 

Me levanté y cogí mi bolso. Él se quedó tan sorprendido que, de momento, no supo reaccionar. El abrigo de verano lo seguía llevando puesto, no me lo había quitado aunque cada vez sentía más claramente una sensación de calor en la cara y en el cuello. Luego se dio cuenta de lo que estaba pasando y se levantó también, me tomó del brazo y me dijo con voz muy baja y semblante serio que me sentara. Que quería decirme algo. 

Me senté pero no lo miré. Tenía los ojos bajos y estaba aún más nerviosa que antes. Había metido la pata. Totalmente. Seguramente él no iba a decirme nada de lo que yo anticipé. Ibamos a perder nuestra amistad por bocazas. Yo era una bocazas y debería haberme callado, pero no, tenía que hablar antes que él, tenía que adelantarme. Me odié a mí misma en ese momento. Siempre terminaba echando a perder todas las cosas. En ese momento supe que lo que perdía era importante. La  luz de mi vida se evaporaría. Dios, qué había hecho… Y ya no tenía arreglo. Levanté los ojos y lo miré por un momento. 

Él me miraba con esa mirada inquisidora de antes. Parecía muy tranquilo. Sonreía. Me preguntó “¿es que me quieres?” Caí en la cuenta de que este extremo quedaba en el aire. Tenía que aprovechar esa oportunidad. Negarlo. Sí, negarlo absolutamente. Era la única forma de no perderlo. Pero, olvidando que momentos antes me había acusado a mí misma de hablar demasiado, dije en voz alta lo que no había percibido en mi interior y estallé: “Claro que te quiero, cualquier idiota se daría cuenta, pero tú no, tú no has reparado en nada porque estás pendiente de ti mismo y pasas de los demás. Tendrías que haberlo entendido hace meses si te fijaras en mí, pero nunca lo haces. Así que se acabó. Adiós” 

Iba a levantarme otra vez pero en esta ocasión él anduvo muy rápido. Colocó sus manos encima de las mías, a través de la mesa. Dios, cuánto había soñado yo con un momento así, un momento en el que él pronunciara algo parecido a esto: “Te quiero, cómo no iba a quererte. No sé desde cuándo, pero te quiero. No sé por qué, pero te quiero. Eres inaguantable a veces, mandona, impertinente. Ni siquiera eres demasiado guapa, ni demasiado lista (ni estás demasiado delgada, pensé yo). Me exasperas. Pero te quiero. No me preguntes cómo ni por qué. Eso es lo que quería decirte” 

Justamente esas fueron sus palabras. O, al menos, yo las entendí así, con algún matiz poco exacto, pero, en esencia, Fernando me quería. No estaba preparada para esto así que únicamente pude llorar. Lloré, lloré y lloré. La camarera interpretó mi llanto como la respuesta a una despedida y comenzó a lanzar miradas asesinas a Fernando diciéndole con toda claridad eso de “eres un canalla que estás haciendo sufrir a esta persona tan agradable” 

Durante el tiempo que duró mi lacrimeante desahogo Fernando no hizo nada. Me miraba únicamente. No me dijo que eran lágrimas de cocodrilo como hubiera hecho ese idiota de Gide, que era otro misógino de cojones. No estaba serio, ni sonreía. Tenía una cara serena, resignada, quizá imaginando que, dado mi carácter, esta escenita no iba a ser la única que tendría que aguantar.

En todo caso, no se desdijo de sus palabras sino que, cuando consideró que ya estaba bien de llanto y hubo pagado las consumiciones, me condujo suavemente a la puerta y allí, en la calle, tomando mi cara entre sus manos, me estampó un beso de película que hizo volver la cara a dos transeúntes. 

(FIN)

Una historia por entregas: "Querido Humphrey Bogart" (2)


(Martha Boss fotografiada por Nina Leen)

CAPÍTULO 2

..."Pero Fernando, según me aseguró, las remitió a todas a su comunicado oficial en el Facebook, que era, desde luego, lacónico a más no poder: “Anuncio a mis amigos de FB que me he enamorado.  De una mujer. Lo aclaro por si hubiera dudas” 

La aclaración sobraba. Nadie imaginaría nunca que Fernando es gay. Su vida privada ha sido ultrasecreta hasta ahora, pero que no es gay estaba clarísimo. Más bien es todo lo contrario. Le gustaban prácticamente todas. O le gustan, quién lo sabe. Esas cosas no pueden perderse de vista, ni siquiera ante el amor apasionado que se supone siente por mí en estos momentos. 

La pregunta es ¿qué necesidad tenía Fernando de anunciarlo en Facebook? Ah, pues no es fácil explicarlo. Y menos de preguntarlo. De hecho, no le he trasladado esa pregunta. En realidad, no le pregunto nada. Sólo necesito saber que me quiere. Y, en este caso, es blanco y en botella. Por un lado, se quitó de en medio a la legión de mosconas que lo persiguen para convertirlo a la religión de cada una. Y,  por otro, les dijo de forma sibilina, véis, yo soy capaz de enamorarme, no soy ese tipo frío y sin escrúpulos, inmaduro y peterpanesco que habéis dibujado…

Fernando y yo hemos sido amigos durante más de diez años. Nos contábamos cosas y confiábamos el uno en el otro. Pero, en realidad, yo nunca hubiera sospechado que había algo más en su actitud. Más bien lo contrario. Dicho de otro modo: mi impresión era que no me hacía ni puto caso. Esta impresión variaba cada día. A veces me parecía que yo era una persona importante para él. Otras veces, las más, que no era nada. En general, tenía la sensación de que no me consideraba una mujer, sino una confidente o una amiga, una especie de ente totalmente asexual. Eso es sumamente fastidioso. Os diré por qué. Incluso cuando no pensaba en Fernando en términos amatorios, me jodía tela que él me viera como a una matrona inglesa. Como a una consejera o una hermanita. Eso me bajaba la autoestima como ninguna otra cosa en el mundo. Pero esta ha sido su actitud hasta hace poco. Un mes exactamente. O un mes y quince días, para ser más precisos. 

Os diré qué ha pasado. 

Hace mes y medio Fernando me envió un mensaje críptico. “Tengo que hablarte. De algo. En fin…” Yo le contesté, vale, llámame por teléfono. Pero él insistió en que el teléfono no le servía. Además no le gusta hablar por teléfono. Es curioso. Eso mismo le ocurre ahora a la mayoría de la gente. Nadie se separa de su teléfono pero no se usa para hablar. ¿Para qué tenemos un teléfono si no lo usamos? Ah, ese es uno de los misterios de este siglo que estudiaran los sabios en el futuro. Es más cómodo, según parece, escribirse por Facebook o por Twitter o por Instagram. O colgar una foto. Por ejemplo, si estás enfadada con alguien siempre puedes poner un enlace hablando de los diez defectos más repetidos entre el género masculino. Como seguro que tu contrario los tiene casi todos, pues ahí le das. Y hay otros trucos que no tengo tiempo ahora de contaros. 

Lo del Facebook merece mención aparte. A Fernando no le gustaban nada las redes sociales. Pero creo que decidió aumentar sus expectativas en un momento de bajón sentimental y se abrió un perfil. Solía colgar comentarios sobre sus libros, reflexiones sesudas sobre literatura, bah, pamemas. Todo eso no me engañaba. Lo que quería lisa y llanamente era ligar. Su Facebook se llenó de tías buenas. Escribían, con faltas de ortografía, frases de cuatro palabras y muchos emoticones. Aunque no puedo saberlo con certeza, creo que su lista de “amigas” virtuales tiene un nivel medio inferior al Graduado en ESO. 

Lo más aplaudido tenía lugar cuando Fernando colgaba una foto. En una ocasión la foto lo mostraba en una cafetería del centro de Sevilla tomándose una tapa de pringá. Es verdad que la tapa tenía un aspecto sustancioso pero aquello generó setenta y cinco likes en dos minutos y por lo menos cuarenta comentarios. 

Los comentarios eran de este tenor: “Guau”, “Tío bueno”, “Mmmmmm”, “Oléeeeeee”, “Te comooooo”. Etc. Y mucho jajajajajajajaja. Algunos de ellos eran tan comestibles que dudé si se dirigían a él o a la pringá. 

Ni que decir tiene que Fernando contribuía a ese “estado de opinión” megustando toda clase de fotos de chicas ligeras de ropa, miradas insinuantes, morritos, mohínes, frufrús y otras variables de la frivolité femenina. Se la pelaba que la gente lo considerara un salido o un viejo verde. Él a lo suyo. A pillar cacho, vamos. 

De resultas de su aterrizaje en las redes sociales Fernando amplió considerablemente su campo de acción. Es verdad que entre sus “amigas” las había de perfiles muy variados, algunos de los cuales eran opuestos a sus gustos. Amas de casa aburridas que criticaban sus excentricidades, ninfómanas desatadas que lograban ponerlo colorado a veces, intelectuales con pretensiones, estudiantes con miras de progresar a costa de cualquier cosa…en fin, un poco de todo. Una selva selvática de mujeres en acción. A las guapas les decía que sí en seguida, pero, claro, ya sabemos cómo funciona esto. Las fotos de los perfiles pueden amañarse, y, sobre todo, tener diez o quince años. En su target de seguidoras, el bótox y el ácido hialurónico tienen un sitio de honor. Aquello era un festival de erotismo de todo a cien. 

Claro que uno no puede estar todo el día pendiente de controlar esta riada de mujeres virtualmente activas. Algunos disgustos tuvo de los que yo tuve noticia tangencial. En ocasiones me preguntaba mi opinión acerca de tal o cual chica o señora que le solicitaba amistad. Aunque no tengo ninguna seguridad de que mi respuesta le sirviera de algo. Estos asuntos, por otro lado, me traían al fresco. Nunca se lo dije, pero mi parcela de amistad era lo que me importaba, todo lo demás era algo ajeno, lejano, algo en lo que no pensaba"

(Continuará) 

Una historia por entregas: "Querido Humphrey Bogart" (1)


(Nikki Dougan fotografiada por Nina Leen en 1951)

CAPÍTULO 1

"Fernando es mi amigo desde hace muchos años, más de diez creo. Es un amigo especial o, quizá no, quizá es como los amigos de hoy. Quizá es que los amigos de hoy son todos así. Amigos en la distancia. Nuestra relación es guadianesca, con períodos de intensidad y otros de vacío. Normalmente yo soy la que desaparezco. O la que desaparecía. 

Cuando lo conocí los dos estábamos divorciados. Su divorcio es muy antiguo y después, supongo, ha tenido otras relaciones. Pero no he sabido nada de ellas ni creo que lo sepa nadie, salvo las interesadas. Esa discreción puede envolver muchos motivos, pero creo que el fundamental es su alergia al compromiso. Al menos esa es la impresión que me da. Tiene una serie de ideas metidas en la cabeza que te suelta en cuanto lo conoces. A saber “no voy a comprometerme con nadie”, “no aguanto a nadie”, “no me gusta que me monitoricen”. Todos sus postulados vitales empiezan con la palabra “no” y van dirigidos al universo mundo femenino. A las cosas femeninas las llama “marujismos”. Un “marujismo" es, para él, todo lo que le suponga una incomodidad. Suelta el vocablo y “ellas” cambian el chip para intentar no molestar al gran señor. A Fernando las mujeres le encantan, pero no las soporta. Misoginia o pamplineo, eso es algo que habría que dilucidar. Quizá algún día, alguien, en alguna universidad de algún país de alguna parte del mundo, haga una tesis doctoral sobre el tema. A Fernando le gustaría. Ser el centro de atención de cuánta más gente mejor es algo que lo pone en órbita. 

Pensaréis que nuestra curiosa modalidad de relación interestelar era debida a la distancia en kilómetros. Qué va. Vivimos a unos treinta minutos de distancia a pie. Es decir, en la misma ciudad. Pero, como ocurre en estos días con tanta frecuencia, resulta más fácil entrar en Facebook en pijama y a cualquier hora, que quedar en la calle, arreglarte, salir y todo eso. Esta circunstancia ha generado un tipo de comunicación  muy especial, íntima, pero, a la vez, con una cierta distancia física. Cuando nos veíamos, en esas escasas ocasiones en las que yo era capaz de arrancarle una cita, no dejaba de mirarlo porque me parecía una persona desconocida que no guardaba relación alguna con mi “amigo” del teclado. ¿Quién es? me preguntaba a veces… 

Esas idas y venidas entre nosotros nunca han supuesto una cortapisa para confiarnos nuestros problemas. Bueno. Aquí tendría que matizar. Yo le cuento mis cosas y él suelta alguna frase supuestamente ingeniosa. Advierte rápido mis prontos depresivos, esos momentos en los que todo lo veo negro y en los que me interrogo acerca de la vida. Es mi punto existencialista. Pero no les da importancia alguna. También sabe de mis cabreos. A veces él mismo ha sido víctima de alguno de ellos, sobre todo cuando se dedica a adjetivar todo lo que hacen las mujeres. Sabe cómo molestarme. Cree que todas las mujeres intentamos convertir a nuestra religión a algún hombre irredento. 

Las pinceladas que él desliza sobre su vida aclaran poco en lo que respecta a sus sentimientos. Más allá de la letanía de principios que comienzan por “no”, el dibujo total nunca se expone, nunca está a la vista. Seguramente es esa reserva la que le garantiza que pueda llevar una especie de doble vida: hombre público, vida privada. Y también adoba su persona con una gota de misterio que a él le gusta añadir al guiso.

Porque Fernando es una persona famosa, un escritor que vende muchos libros, cuyo rostro es conocido y que tiene prestigio en el mundo editorial. Cultiva un club muy amplio de fans pero lo hace como un jardinero displicente. La cantidad justa de agua para que la flor no se muera. Lo he imaginado miles de veces, sentado delante de su ordenador, pulsando lentamente sus teclas y dándole de comer a su cohorte de agregadas. Dios, qué entretenimiento. Me he preguntado a menudo qué clase de flor soy yo en ese jardín. ¿Un cardo? Creo que los cardos necesitan poca agua…

He empezado mal. No debí decir “Fernando es mi amigo”, sino “Fernando era mi amigo”. Nunca un tiempo verbal significó tanto. Porque, desde hace aproximadamente un mes, ha dejado de serlo. No hay que ponerse en lo peor. No es mi amigo, pero ha pasado a ser mi amante. Todavía tengo dudas de si una cosa es mejor que la otra. En su persona hay algo que me fascina. Fernando hace el amor extraordinariamente bien. Aunque no lo parece, porque tiene esa vanidad propia de los personajes públicos, cuando se enamora es capaz de borrarse a sí mismo y convertirse en el perfecto amante. Se fija en los detalles más nimios que puedan agradarte y no le cuesta ningún trabajo buscar mil modos para que esa atención que te dispensa sea la máxima. Esto, teniendo en cuenta su cargada agenda, no deja de ser una muestra palpable de generosidad amatoria.

Decía que Fernando y yo “estamos juntos” desde hace un mes. No diré que somos “novios” porque no tenemos ya edad para eso. Aunque podría decirlo. Es una palabra que no he llegado a usar nunca porque siempre me coge a trasmano, o no está de moda o voy tan rápida que ni siquiera da tiempo al noviazgo. A mí me parece que un noviazgo es otra cosa y que acostarse a las dos semanas de empezar a salir es más de amantes que de novios, pero a lo mejor me equivoco y Fernando y yo somos novios. 

La verdad es que no nos escondemos. Ni mucho menos. Todo lo contrario. Tuvo la feliz ocurrencia de anunciar nuestra relación en Facebook. Lo hizo el otro día y sus miles de seguidoras lo llenaron todo de mensajes con puntos suspensivos, comillas, exclamaciones y felicitaciones. Estas últimas eran, evidentemente, una muestra de hipocresía. Nadie preguntó “quién era ella”, pero supongo que eso les importaba una mierda. Y, además, esas preguntas se dejan para los “privis". Los mensajes privados le llovieron, sobre todo por parte de algunas gentiles damiselas que lo cortejaban tiempo ha, ofreciéndose para aliviar su soledad de la forma que fuera menester. Yo creo que más que felicitarlo le dieron el pésame"

(Continuará) 

jueves, 14 de marzo de 2019

Acosadoras


(Donna Mills es la chica buena en "Escalofrío en la noche")

Inquietante. Este es el mejor adjetivo que puede usarse para calificar esta película, “Escalofrío en la noche” 1971, dirigida e interpretada por Clint Eastwood. El contraste entre el aparentemente voluble y divertido locutor de radio y la acosadora que convierte su vida en un infierno abre posibilidades dramáticas que están muy bien aprovechadas. Jessica Walter es Evelyn, la mujer que toma una copa en un pub en el que conoce a Dave Garland (Clint Eastwood). Una historia vieja y repetida que, en cada caso, muestra tintes diferentes. Evelyn va evolucionando a lo largo del relato como si fuera una cebolla a la que se le cayeran sus sucesivas capas. De admiradora, a mujer sensual para una noche, a insistente, a acosadora, a asesina. La transformación dura lo que dura el metraje y va cambiando también la tranquila y apacible vida de Dave, que solo tenía las dudas propias de quien no sabe si comprometerse o no con una chica que le gusta y a la que este flirteo convertido en hostigamiento pone incluso en peligro. 

Todo tiene su origen en un malentendido y en la incertidumbre que supone abrir tu casa y tu vida, aunque sea por una noche, con alguien a quien, en realidad, no conoces de nada. Lo mismo hizo en Atracción Fatal (1987) el ejecutivo Dan Gallagher, que aprovechará un fin de semana fuera de la ciudad de su mujer y su hijita para liarse la manta a la cabeza con una misteriosa mujer, Alex, que resulta ser, igual que Evelyn, una psicópata desequilibrada. Dado que la película de Eastwood es de 1971 y la de Adrian Lyne de 1987 está claro quién bebió de qué fuentes y está claro también que si el tema sigue atrayendo a los espectadores es porque resulta real como la vida misma. No sé si hay una moraleja en todo esto. Una advertencia de que las relaciones esporádicas con desconocidas trastornan la vida y no se puede uno imaginar hasta qué punto, pero la advertencia encaja aquí como un guante de seda en una mano encantadora. 


(Glenn Close en "Atracción Fatal")

Las dos mujeres tienen en común un elemento físico que produce inquietud (de nuevo la palabra, viene al pelo): la sonrisa. Esa sonrisa de no romper un plato, esa forma de salirse con la suya, ese arrastrar a su conveniencia al tipo que ha caído en sus redes y que lo ha hecho porque no ha sabido resistirse a la facilidad de un encuentro fortuito y sin complicaciones. La diferencia entre Dave Garland y Dan Gallagher es que el primero ni siquiera se sentía preparado para comprometerse en una relación y andaba con tiras y aflojas con su novia, una chica monísima, rubia, con el pelo a la moda y muy hippie. 

Eastwood tiene aquí un aire de cazador cazado que es lo que más llama la atención de la película. Parece casi una cuestión de justicia el que este tipo rompecorazones, aunque solitario y poco confiado, termine encontrando en cualquiera de esas noches la horma de su zapato. Esto es así salvo porque al final nos damos cuenta de que Dave es un tipo más bien inofensivo y hasta sentimental y porque la línea entre la seducción, el acoso y la violencia es aquí demasiado fina, demasiado poco clara. Como a veces ocurre también en la vida real. Las obsesiones son enfermedades que ponen en peligro a las personas que las sufren y a las que son objeto de ellas. La psicología tendría mucho que decir aquí de alguien como Evelyn, tan parecida a Alex, desde luego, personas que no soportan el fracaso, que no perdonan el rechazo y que se niegan a verlo, convirtiendo lo real en ficticio, y lo ficticio en verdad absoluta. Esa distorsión de los hechos es lo que termina siendo fatalmente peligroso. 

A medio camino entre el thriller, el culebrón, el drama, el clima de la película transmite desasosiego y su estilo recto, sin florituras, llegó al público que la recibió con mucho agrado. 


(Clint Eastwood, actor principal y director de "Escalofrío en la noche")

miércoles, 13 de marzo de 2019

"Días temibles" de A. M. Homes


Escribir cuentos es difícil. Escribir buenos cuentos en dificilísimo. Leo muchos cuentos últimamente y han llegado a atraparme con la tensión que generan, la narración concentrada, la disección profunda. Estos cuentos de A. M. Holmes son así, fuertes, directos, acabados, duros. 

No hay que esperar buenas noticias de ellos, ni azúcar. Son tan reales como la imaginación permite y están anclados en la vida contemporánea, ese espacio global en el que se difuminan los contornos geográficos y se abre paso un sentimiento general de decepción y de búsqueda inútil. El sentido del humor (humor negro, desde luego), los salva de caer en el pesimismo pero se mantiene ese hilo de certeza que los hace tan reconocibles. 

Amy Michael Homes nació en Washington D. C. en 1961 y actualmente es profesora de la Universidad de Columbia. Su primera novela, que no ha sido traducida a nuestro idioma, se publicó en 1989. Desde el principio la ha acompañado la polémica, tanto por los temas que trata como por el punto de vista con que lo hace. Su mirada cáustica, su dureza de descripciones, su forma de acercarse a problemas contemporáneos que generan controversia, la han convertido en una escritora con un número importante de detractores, a la par que de seguidores. El debate de ideas que plantea en el telón de fondo de sus narraciones siempre tiende a sobrepasar el límite de la propia literatura. 


La editorial Anagrama ha publicado en su colección Panorama de narrativas una parte considerable de la obra de Homes: El fin de Alice, Música para corazones incendiados, Cosas que debes saber, Este libro te salvará la vida, La hija de la amante y Ojalá nos perdonen. Aunque no es, en España, una autora conocida entre el público lector sí ha tenido siempre buenas críticas y comentarios elogiosos a estas publicaciones. 

"Días temibles", dedicado a Katherine (desconocemos de quién se trata pues no se añade más información) se publicó originalmente en 2018 y consta de doce cuentos: Hermano dominical, ¿De quién es la historia y por qué no se la puede sacar de la cabeza?, Días de ira, Hola a todos, Todo genial menos por la lluvia, Muestra Nacional de Pájaros, Tu madre era un pez, La última vez que lo pasó bien, Sé mía, Un premio para cada jugador, Punto Omega, Ella se escapó. En los Agradecimientos que culminan el volumen la propia autora nos aclara que se han escrito en un plazo de tiempo largo y detalla, curiosamente, las personas que le sirvieron de fuente de inspiración, haciéndolo "en orden de aparición". Entre esas personas hay muchos artistas. 

Los cuentos de A. M. Homes son muy sensoriales. Están llenos de olores, sabores, visiones, colores, manifestaciones todas de los sentidos, vibraciones plenamente humanas. Sus personajes pueden encontrarse en cualquier lugar y, en apariencia, son como nosotros. No obstante, la imaginación les añade un plus de mala suerte, de miedo, de escepticismo o de lucha, todo lo que la mente puede utilizar para convertirlos en objeto de su escritura. Dan la sensación muchos de ellos de que están perdidos, cansados, acabados, abandonados. De que sienten que han perdido algo. También hay víctimas, gente abusada, desengañada y perdida. Familias que se hunden, personas que no se reconocen a sí mismos, encuentros inopinados que dan fruto aunque por poco tiempo. 

Un relato despiadado, una mirada mordaz, una visión irónica, un lenguaje moderno, cómodo y sin pretender dar la impresión de que el lector es menor de edad, todo lo contrario. Situados en el espacio geográfico de la costa oeste de Estados Unidos y, más concretamente, en la ciudad de Los Ángeles, la vida contemporánea desfila por sus páginas y nos acerca a una visión que, sin ser desgarradora, necesita sostenerse sobre un margen amplio de comedia, incluso de tragicomedia. Las dudas personales, la búsqueda de las razones, la miseria de la vida en común, la felicidad aparente, todo aquello que interesa al hombre y la mujer de hoy son el soporte básico de estos cuentos que te dejan un sabor agridulce, tal y como ocurre con la propia vida. 

Días temibles. A. M. Homes. Editorial Anagrama. Panorama de narrativas. Traducción de Andrés Barba. Primera edición febrero de 2019. 

(Fotografías de la autora en distintos momentos de su vida)

domingo, 10 de marzo de 2019

Una morena y una rubia


Las armas de mujer no son, en el caso de Melanie Griffith, Tess en la película, ni sus peinados ni sus imposibles estilismos. Todos, tipo choni ochentera. Nada de glam ni de camp. Un horror. El pelo amarillo cardado, las hombreras descomunales, los calcetines sobre las medias de rejilla, los maquillajes teatrales…todo un recital de mal gusto propio de quien no sabe usar los cubiertos de pescado aunque tiene sobrada ambición para conseguir comer con las manos sin que a nadie le importe. 

Ese papel que persigue a la actriz (salvo, quizá, en “Two Much”), de paleta ingenua con encanto y desparpajo, pero ajena al protocolo, aparece en todo su esplendor. Y se enfrenta nada menos que a una Sigourney Weaver, Catherine Parker, que, despojada de cualquier atisbo metalizado (o extraterrestre) luce con garbo modelitos de firma y lencería fina, incluso con la pata quebrada. Porque el quid de la película, su aquel, está en la guerra de ingenios entre mujeres y el motivo principal en la ambición. La ambición masculina escrita con armas de mujer y expresada en el atrevimiento con el que la espabilada Melanie se lanza a ocupar el despacho de su jefa, a usar su ropa y a vivir su agenda, una vez comprobado que la jefa es una elementa de cuidado que va a aprovecharse de sus ideas impunemente. 

En un acto mitad ambición, mitad venganza, Tess le birla a Catherine hasta el novio, aunque sin querer. Y tampoco es que Harrison Ford, Jack, necesitara un empujón para zafarse de la ejecutiva, habida cuenta de que es de esos hombres que hablan de sus ¿parejas? en lugar de hacerlo de sus “parejas”. Un embrollo. 


Las víctimas del ascensor social que catapulta a la rubia Tess hasta el piso 40 del rascacielos de industrias Trask (los pisos inferiores se consideran chusma), son sus amigos y, sobre todo, su novio, Mich, ese muchacho rubio con toda la cara del exmarido de Kim Basinger, un tal Alex Baldwin, de los hermanos Baldwin, ya saben. Harto de esperar a que ella suelte el maletín y se baje de los tacones no tiene otra ocurrencia que liarse con la pizpireta Dorreen, una chica dulce, nada problemática, deseosa de casarse  que lo admira hasta el extremo de considerarlo el héroe de sus sueños en barco de madera. 

Ya se sabe que, para las mujeres de antes y de ahora, romper el techo de cristal puede significar quedarse a la intemperie. Pero ¿a quién le importa eso si a cambio puedes llevar a cabo fusiones, adquisiciones y toda esa enorme parafernalia de negocios que distinguen a los de las limusinas de los que cruzan el puente a pie? 

Armas de mujer. Mike Nichols. 1988. Sinopsis: Tess McGuire es una secretaria de origen humilde que tiene la ambición de ocupar un puesto ejecutivo en el mundo de los negocios. Cuando su jefa Catherine Parker se parte una pierna esquiando ve claro que es su oportunidad para poder llevar a cabo un negocio que puede catapultarla. Su socio en todo ello será Jack Trainer, medio novio de Catherine. 

Algunos detalles de interés:
La acción principal transcurre en Manhattan, la meca de los negocios, el lugar en el que, en los ochenta, estaban deseando dar el pelotazo los yuppies y toda su corte. 
La canción Let The River Run, sonó con fuerza en todos los medios y es el elemento identificador de la película a estas alturas. 
Entre los secundarios, algunos gloriosos, como Joan Cusack, en el papel de Cynthia, la amiga de Tess que, además, trabaja con ella. Maquillaje para no olvidar y una actriz llena de vis cómica. Aparecería otra vez en un reparto con Griffith en “Two Much”, la película de 1995, dirigida por Fernando Trueba, en la que interpretaba a Gloria, la secretaria de Art-Antonio Banderas. 
Olympia Dukakis aparece aquí como directora de personal y Alec Baldwin como Mick Dugan, el novio de Tess, al que esta deja y que termina con Doreen DiMucci, representada por la actriz Elizabeht Whitcraft. 
Mike Nichols es un director muy solvente e inspirado, que ha dirigido algunas películas míticas como “¿Quién teme a Virginia Woolf?” en 1966, con el tándem Elizabeth Taylor-Richard Burton, o “El graduado”, de 1967.