miércoles, 23 de mayo de 2018

Roth y ella misma


La forma en la que llegamos a los libros y, a través de ellos, a sus autores, es verdaderamente mágica. Nunca se repiten los casos, hay carambolas de la vida, encuentros fortuitos, búsquedas recompensadas, casualidades plenas. En todo caso, hallar un libro, leerlo y que no te abandone es, sobre todo, un acto de amor. Llegué a Edna O´Brien a través de alguien que, un día, sin yo saber por qué y sin que pueda recordar quien era ese alguien, me regaló uno de sus libros, el primero de la trilogía de Kate y Baba. Llegué a Philip Roth porque alguien, de quien tengo muy claros su nombre y su eco, me regalaron uno de sus libros. Lo que entonces no sabía es que ellos, Roth y Edna, eran, no solo amigos, sino admiradores mutuos, cómplices literarios y muy parecidos en algunos aspectos. 

Philip Roth confesó su aprecio sobresaliente por Las chicas de campo, el libro que ella publicó en 1960 y, a su vez, Edna le dedicó su volumen de cuentos Objeto de amor, una de sus obras más conseguidas, plena de sensibilidad, de buena literatura. A Philip Roth por nuestra larga amistad, rezaba esa dedicatoria. Lo mejor que se podía ser de Roth, siendo mujer y bella, como Edna, era eso, amiga. 

Así como Edna O´Brien es una escritora irlandesa, que habla de Irlanda, que vuelve a Irlanda como motivo de inspiración y de vivencia, él es un escritor estadounidense que ejercía de tal. Por eso, en el pequeño discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012, que leyó en su nombre el embajador de EEUU porque el escritor estaba convaleciente de una operación de columna y no podía viajar, se muestra extrañado porque en España hubiera tanto interés por una obra que reflejaba la sociedad de su país con tanta intensidad. 

Philip Roth ha muerto hoy y, para todos los lectores, es como si se muriera alguien cercano. Es el poder de los libros, de la literatura, que nos acerca a gente tan lejana en la geografía, aunque tan cercana en la emoción y el arte.


lunes, 21 de mayo de 2018

Causa de mi salvación






   Mirad esa niña: Tiene once años, lleva un vestido rosa de cuadritos diminutos, una larga melena, y unos zapatos blancos de tiras muy finas. Es verano y hace todavía calor, aunque no demasiado, en este pueblo sin playa rodeado de sal. La playa está llena de baterías de tiro y de soldados, por eso la gente del pueblo no puede pisarla, porque una bomba podría estallar en cualquier momento.

   La niña está sentada en el suelo, en la acera de una calle de pavimento irregular, una calle larga y sinuosa, con tramos diferentes; una calle que encierra muchos misterios e historias que, un día, la niña contará y convertirá en cuentos. Pero todavía es pronto para eso y ahora la niña, con once años, está abriendo presurosa, uno tras otro, los más de veinte libros que alguien, una vecina que quiere hacer limpieza de cosas inservibles, ha sacado de su casa, dentro de una gran caja de embalar. Todos los libros son para la niña y por eso ella está sacándolos de la caja, abriéndolos y buscando entre sus títulos, tan diversos y algunos tan raros, algo que le llame la atención, algo que se convierta en el centro de la vida durante los próximos días.


   Y ahí está. Ahí lo tenéis. Es un libro pequeño de tapas blancas, con unos dibujos algo truculentos, una mancha de sangre en la portada, una daga, algo para asustar. La niña no se asusta, lee el título y el nombre de la autora: "El misterioso caso de Styles" de Agatha Christie.

   Desde ese primer encuentro, la niña, más tarde ya una muchacha y luego una mujer, buscará y encontrará otros títulos en todos los lugares imaginables: en las antesalas de las estaciones de tren, en los quioscos, en las librerías, en los grandes almacenes... Los libros se irán sucediendo y complearán la colección, desde ese libro, el primero, hasta el último, de título "Telón". Y así, durante todo este tiempo, la niña entrará, de puntillas y sin hacer ruido, en el fantástico mundo de las mansiones de la campiña inglesa, y hará algunos viajes a la Costa Azul, incluso a Mallorca en una ocasión (la misma Mallorca de aquel viaje tan especial con el chico de sus sueños de entonces), y a la Francia ocupada, y a Bélgica...

   Quien escribió esos libros quizá no adivinó que muchas horas sin sentido, aburridas, oscuras, insulsas, gastadas, angustiosas, se convertirían, por obra y gracia de esa puerta entreabierta, en el paraíso donde olvidarlo todo. Un paraíso que se abre cada vez que uno de sus libros vuelve a sus manos, después de tanto tiempo.


   Después, como si la historia volviera a repetirse, como si fuera posible apresar el pasado sin que parezca viejo, una editorial (Suma de Letras) decidió sacar a la luz un preciado tesoro: "Agatha Christie. Los cuadernos secretos". Si la Autobiografía que la escritora publicó al final de su vida mostró su infancia, su juventud, sus amores y sus sueños, ahora, con este libro, vamos a poder cruzar, de nuevo, el umbral de sus historias, pero daremos un paso más. Porque la argamasa de las narraciones, la estructura, la carpintería, lo que hay dentro y lo que las sostiene, van a aparecer ante nuestros ojos y, quién sabe, si nos traerá de nuevo esos personajes que ahora serán distintos, como si, escondidos en sus armarios, pudiéramos fisgonear y verlos dormir, levantarse de la cama, almorzar, beber té a las cinco en punto...

  Aquí están sus libros, a mi lado, desde hace tanto tiempo. Están todos. De vez en cuando me zambullo en alguno de ellos. Como si hiciera calor y fueran una refrescante piscina. Como si llegara la noche y hubiera que conjurar el silencio. Como si las lágrimas cruzaran el espacio y tuviera que espantarlas.

  Aquí están sus libros. Como si tuviera once años. Como si mi vecina Pepita me hubiera regalado una enorme caja de libros, que nadie más quería. Como si estuviera atardeciendo en mi calle del sol, en esa casa, esquina a la alegría. Como si, por la noche, los libros ocuparan su sitio en la librería blanca, esperando mi vuelta. Porque esa noche yo tenía una cita con el cine de verano, con los ojos azules de los que alguna vez ya os he hablado. Y el libro lo impidió, lo convirtió en anécdota y ocupó el lugar del amor por un instante.


(Fotografías: Agatha Christie en distintos momentos de su vida)

"Julia Bride" de Henry James

Estamos en Nueva York durante los primeros años del siglo XX. La alta sociedad neoyorkina está sujeta a tantas convenciones como la aristocracia rural inglesa o la nobleza centroeuropea. Las normas han de ser seguidas y el desacato puede provocar, de hecho lo provoca, el ostracismo, el aislamiento social. Las mujeres son el elemento más débil de esta estructura. Las posibilidades de un buen matrimonio (la salida natural para todas ellas) se ven seriamente afectadas si la familia no es "come il faut", si hay algo en el pasado que resulte preocupante o si algún acontecimiento del presente tambalea la consideración pública de los parientes. 

Julia Bride tiene las de perder. El divorcio de su madre (el último, hay que decir) no es una buena noticia. Tampoco ella ha llevado una vida ejemplar. No ha respondido como debía a sus compromisos, no ha estado a la altura. Todo se vuelve en su contra en el momento menos propicio y el rechazo de los demás se convierte en un acicate para intentar lograr la redención social, para encontrar ese puesto a la sombra, lejos de la intemperie, ese lugar en el que nadie tiene nombre ni existe a los ojos de los otros.

Julia Bride es una joven muy hermosa pero con una parentela bajo la luz de los focos. Así que su pretendido matrimonio con Basil French está en la picota. Ningún hombre de posición, en este tiempo, se enamora tanto como para poner en riesgo su propio papel en la sociedad. Tampoco Basil French. La intervención de Pitman, el último marido de su madre, tendrá una doblez innegable: yo te ayudo a ti y mi ayuda se vuelve en mi favor. Argucias de comedia de salón que aquí se manifiestan con la maestría de James, un escritor que creó escuela y que sigue resultando actual, pasados los años y en un nuevo siglo. 

Cuando se leen las pretendidas novelas sentimentales de ahora se echa tanto en falta el ingenio... El verdadero ingenio, ese que nace de una inteligencia clara y de una mirada original. Se perciben de una forma tan clara la tramoya, el engaño, las cuerdas que sujetan las narraciones con tan escaso fuste que se añora una escritura como la de Henry James y como, desde luego, la de sus discípulas, entre ellas, la gran, grandísima Edith Wharton, diseccionadora eficaz de la clase alta neoyorkina. No basta con contar "algunas cosas", sino que hay que saber hacerlo, hay que usar con tiento, cuidado y belleza ese delicado instrumento que es el lenguaje. La palabra, he ahí el secreto. 

"Julia Bride" es una encantadora nouvelle (o un relato largo, como dicen algunos críticos de estas pequeñas y no tan pequeñas obras de James) que te deja el sabor de boca agridulce de la propia vida. Cincuenta páginas, ilustraciones evocadoras a cargo de W. T. Smedley, y una edición tan preciosa como lo son todas las de D´Epoca Editorial, que en este caso es una edición conmemorativa del centenario de la muerte de Henry James (1916-2016).  La traducción es de Rosa Sahuquillo Moreno y Susanna González.

El libro tiene una introducción muy interesante y esclarecedora a cargo de Laura López García. Tras aludir a la magna biografía que Leon Edel realizó sobre el escritor, referencia para conocerlo en profundidad, Laura López García nos acercar la personalidad de James en unas breves pinceladas. "Henry James era una persona curiosa, inteligente y sociable, ampliamente dotado para las profesiones de escritor y periodista que desempeñaba" Su familia estaba muy relacionada con el mundo de la cultura. Su padre, era teólogo especulativo y pensador social y él y su esposa, hija de un comerciante neoyorquino de algodón de origen escocés, decidieron darle a sus hijos una educación cosmopolita, por lo que emigraron a Europa cuando el pequeño Henry tenía doce años y estuvieron viajando por Francia, Inglaterra, Suiza y Alemania. Cuenta López García que "a medida que llegaban a una nueva ciudad, Henry, William (que sería un importante psicólogo) y sus hermanos, asistían a un nuevo colegio, desde un internado suizo a una escuela pública durante su etapa en Boulogne".

Henry James era un estadounidense que vivía en Inglaterra y que siempre contrapone en sus obras los modos de vida de ambas sociedades. Tuvo contacto con grandes personalidades de la ciencia y la cultura y dedicó la mayor parte de su tiempo a perfeccionar su arte. Era meticuloso, perfeccionista y dotado de una gran capacidad de trabajo. Por eso sus obras nos suenan tan perfectas, conseguidas, con tramas ajustadas y sin fisuras y, sobre todo, con un estilo literario único, propio, complejo y rico. No es fácil leer a Henry James y hay que hacerse un buen itinerario lector para no caer en la tentación de dejarlo. Pero, una vez se entra en ese mundo, es imposible no quedar prendados por su elegancia, su calidad y su maravillosa recreación de situaciones, ambientes y tipos humanos.

Una historia, unos personajes, que en Henry James, siempre significan emociones y sentimientos bien trabados y predispuestos a convertirse en historias que pueden ser leídas en un momento cualquiera de la tarde, cualquier tarde de cualquier día del mes o de la vida. 

Julia Bride de Henry James. Centenario. D´Epoca Editorial. 2016. 

Apunte biográfico sobre Henry James 1843-1916 (Lecturalia). Este año se conmemora el primer centenario de su muerte. 
Autor y ensayista americano, Henry James fue uno de los grandes escritores de finales del siglo XIX, conocido tanto por sus novelas y relatos cargados de tensión psicológica como por sus ensayos sobre teoría literaria.

James pasó la mayor parte de su vida en Europa, sobre todo en París y Londres, llegando a obtener la nacionalidad británica, aunque pasó su juventud en Estados Unidos, estudiando en universidades como Harvard y Cambridge, donde estudió Literatura.

Sus obras se caracterizan por una gran fuerza de los personajes y de su mundo interior, así como por la combinación de ideas y situaciones a caballo entre la vieja Europa y los Estados Unidos. A lo largo de su carrera, James escribió títulos tan conocidos como Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama, Los embajadores, La copa dorada o Las bostonianas.

Como crítico literario, James fue uno de los renovadores del estudio de la novela y apostó por una nueva interpretación del desarrollo y la relación del autor con el lector, como se puede leer en su ensayo más importante, El arte de la novela. Además, James también se adentró en el mundo del teatro, tanto en la crítica como en la propia dramaturgia.

La recepción de su obra en vida no fue del agrado de los críticos y durante la primera mitad del siglo XX recibió numerosas críticas negativas que con el paso del tiempo han ido desapareciendo hasta reconocer la calidad de sus textos.

Varias de sus novelas y relatos han sido adaptados al cine con gran éxito, como Otra vuelta de tuerca, La heredera, La copa dorada o Las bostonianas.

viernes, 18 de mayo de 2018

Paralelismos: De Edna a Jane


(Jane Austen nació en la rectoría de Steventon, Hampshire, en 1775. No se conserva la casa en la que nació. Esta es una vista actual del pueblo)

La señorita Marple, con permiso de Agatha Christie, investigadora aficionada, mujer perspicaz y muy práctica, tenía su fuerte en buscar (y encontrar) paralelismos con ocasión de cualquier asesinato  (así, como quien no quiere la cosa, siempre andaba mezclada en el sórdido mundo del crimen) entre los implicados en el asunto y los habitantes de su pueblo, el pequeñísimo y rural Saint Mary Mead. Un sitio inventado pero no imposible, más bien un reflejo de las poblaciones rurales de la campiña inglesa, esa en la que se come pudín, se luce el arte del visiteo y suceden cosas inverosímiles. 

Si se trataba del desfalco de un gran funcionario, que se quedaba con parte de la herencia de un pariente de forma indebida, ella recordaba ipso facto y con toda coherencia al carnicero del pueblo que siempre servía un poquito menos en el kilo de carne de buey que le encargaba. La vida doméstica es el elemento preferido de esta Dama (con mayúsculas) del crimen. Porque bastan, como sabemos, unas cuántas familias en un territorio reducido para crear una novela. 


(Una vista actual de las afueras de Tuamgraney, el pueblo del condado de Clare, en la zona occidental de Irlanda, en el que nació, en 1930, Edna O´Brien)

Establecer paralelismos requiere observación y paciencia. La paciencia es una virtud que está subestimada. Si fuéramos pacientes no entraríamos en barrena con tanta frecuencia y la vida moderna estaría más libre de estrés y de yoga. Claro que entonces algunos negocios quebrarían, entre ellos el de los libros de autoayuda y los gurús de la filosofía de la meditación. Por su parte, la observación es una forma de estar en el mundo que, contra lo que parezca, no tiene nada de pasiva. 

No basta con relacionarte con las personas, sino que hay que cuidar la escucha, el feedback, el quid pro quo. Hay gente que apenas oye y que no escucha nada. Tienen su discurso preparado, lo sueltan y esperan a que los demás se callen para seguir sin resuello con su propia parafernalia verbal. Los políticos son un claro ejemplo de esto

También los hay que, aunque estén en silencio, andan por los cerros de Úbeda en plan “no pienso, aunque existo”, como si fueran lamas tibetanos, y les importa muy poco lo que los demás anden tramando. Bastante tienen con regodearse en su propia importancia, aunque no se atreven a ponerla de manifiesto por si las moscas producen el curioso efecto de que alguien te contradiga. 

En verdad me parece que estos dos tipos de personas  tienen poco apego a una parte de la vida que es sustancial y de la que nacen la literatura y la creación artística en general. Los hechos, pensamientos, ideas, opiniones, son un vivero de sabiduría, incertidumbre, asombro y felicidad. Porque si dependemos solo de nosotros mismos, de lo que nuestra propia cabeza provoque o muestre, entonces entraríamos en un solaz de aburrimiento difícil de emular. Un coñazo. 


(En este barrio residencial al oeste del centro de Londres, Knightsbridge, vive, en una casa alquilada, Edna O´Brien)

Viene a cuento toda esta digresión al caso literario de dos mujeres. Edna O´Brien, irlandesa, y Jane Austen, inglesa. Las dos comparten el mismo idioma pero con matices. Cuando le preguntaron recientemente a la primera qué piensa de esto, contesta que vale, que el inglés es un idioma común en todas las islas británicas, pero que se usa de forma diferente según el lugar exacto y que ellos, los isleños de la isla de Irlanda, le ponen a todo más emoción, son más radicales, más libres a la hora de usar el lenguaje. Más fantasiosos, imaginativos, proclives a la exageración, a la mayúscula, a la hipérbole e, incluso, al exabrupto verbal. 

Nadie hizo esa pregunta a Jane Austen por la sencilla razón de que no existían entonces los aguerridos periodistas culturales de ahora, ni los bloggers, ni los suplementos de libros, pero quizá su respuesta nos resultaría sorprendente. Porque Austen, como Edna O`Brien, no era una mujer previsible ni canónica. Más bien, una metepatas en muchísimos aspectos. Una mujer original. 

¿Tienen algún paralelismo estas escritoras? ¿Las une algo que pueda servir para trazar un puente? ¿Son tan distintas que ni siquiera la señorita Marple, con sus paralelismos, hallaría una banda sonora, una canción, siquiera un estribillo, común?

Apenas sin pensar surge la primera gran coincidencia. Las dos nacieron y se criaron en ambientes rurales. Oh, esto es muy interesante. El sitio donde uno nace y donde vive la primera infancia y la adolescencia, es determinante en la conformación del carácter. Nacer en un paraíso rural, en el que la naturaleza tiene un peso específico, no es lo mismo que hacerlo en una ciudad, en una plaza recoleta y bulliciosa o en un lugar residencial lleno de casas en hilera. Da igual la época y el siglo. La vida rural tiene enseñanzas que la ciudad no ofrece, y al revés. El contacto con el medio natural te revela una medida distinta del tiempo, te da a conocer el paso de las estaciones, la mudanza de las horas del día, los tonos del crepúsculo, los nombres de las flores. De manera que esto no es una circunstancia baladí, sino, al contrario, muy, muy interesante.
Aunque pueda parecernos paradójico, ambas, Edna y Jane, tienen el mismo apego a la tierra que les vio nacer. Este apego se representa fielmente en las casas. Para ambas la casa es el hogar y ese hogar es el de la infancia, el de toda la vida, el del sitio en el que sintieron despertar las primeras sensaciones. Jane Austen deambula de una casa a otra, siempre recordando que su Steventon, la rectoría en la que vivía con sus padres y sus hermanos, era el alma mater, el lugar reverenciado, el que aparecía en sus sueños y en sus descripciones. Dejarlo fue un corte tajante incluso en su proceso de escritura. Recordemos que no logró escribir en Bath, ese moderno balneario lleno de vida social, ni una sola línea. Por cierto, un Bath que también aparece en alguno de los cuentos de Edna.

Edna O´Brien siempre tuvo en su memoria la casa en la que vivió con sus padres y hermanos, esa casa rural, sin comodidades, en medio de una naturaleza rústica y casi sórdida, con el agua de los lagos cerca, con las montañas a un lado, con animales que correteaban de un sitio a otro como si fueran parte de la familia. Este sentimiento del hogar perdido es tan fuerte que no llegó a considerar como su hogar ninguna de sus posteriores casas y aún hoy vive en una alquilada, sin ningún signo de propiedad. La casa era aquella casa y punto. Todas las casas que aparecen en sus historias son su casa, su propia casa, destartalada, sin lujos, con extrañas habitaciones y espacios perdidos. No es únicamente la búsqueda de esa “habitación propia” que Virginia Woolf tan bien describió, sino su identidad, su pertenencia, su raíz última. 


(Desde 1809 vivió Jane Austen en esta casita, Chawton Cottage, que hoy alberga la Sociedad Jane Austen del Reino Unido. Era una casita que les prestó a ella, su hermana, su madre y una amiga, uno de sus hermanos)

   Y luego está la Iglesia, o mejor dicho, la religión. El padre de Jane era un pastor  anglicano y, por lo tanto, un hombre de espíritu. Y su madre, por las descripciones someras que aparecen, una mujer estricta, bastante fría, que no llegó a conectar con ella en una relación cómplice, como tuvo la escritora con su hermana Cassandra. En cuanto a Edna, vivir en Irlanda en aquellos años debía suponer que el peso del pecado, de las prohibiciones, de la moral, caía sobre todos de modo inexorable. Su madre, observante rigurosa de la religión católica, dormía con ella en una cama y con un crucifijo al que ambas se agarraban como fuente de salvación. Era una religión vivenciada, menos letrada que en el caso anterior pero más omnipresente. 

  Ambas, además, reaccionan contra esta exagerada pátina religiosa y lo hacen atendiendo a sus caracteres. Los clérigos de las novelas de Austen son ridículos, cursis, extremadamente pánfilos y ninguno sale bien parado. El ejemplo del señor Collins de "Orgullo y prejuicio" debería bastarnos. Pero también está el señor Elton, en "Emma". Ambos son fatuos, engreídos, absurdos y su predicación no puede tener ningún fondo de sensatez. La respuesta de O´Brien ante la hiperpresencia de la iglesia en Irlanda, quizá porque esa religiosidad era más opresiva, es también revolucionaria y aún más decidida. Adiós a las buenas costumbres, vamos a contarlo todo, se dijo a si misma. Y lo hizo. Sus libros constituyeron un escándalo público y lo asumió con la naturalidad de quien no puede evitar ser como es. El humor es el arma de Jane Austen, la provocación en el de Edna. 


(De Jane Austen solo existe este dibujo que le hizo, supuestamente, su hermana Cassandra)

 Ninguna parecía tener mucho apego al matrimonio. El de Edna con Ernest Gabler fracasó estrepitosamente y estuvo navegando en el contencioso incluso para la custodia de los hijos. Resulta patética la reacción de él, que ella cuenta con detalle en "Chica de campo", sus memorias, cuando ve que su mujer va a dedicarse en serio a la literatura y , sobre todo, que escribe mejor que él. La mediocridad nunca da tregua. No da la impresión de que en su vida, sin embargo, los hombres hayan supuesto mucho más que un divertido entretenimiento o una interesante sensación. Supeditarse a una pareja, incluso cuando hay amor o deseo por medio, no está en su itinerario vital y así lo dice en sus propias memorias. 

La señorita Austen nunca se casó pero, que quede claro, porque no quiso. Sus pretendientes la dejaron bastante fría, tuvo la osadía de rechazar a más de uno y no la distrajeron de su apacible vitalidad, los resquemores y casuísticas sentimentales. En sus libros las mujeres presentan una asombrosa rebeldía ante determinada idea social acerca de la supeditación del hombre a la mujer para casarse y por eso deja de manifiesto que la dependencia económica era una lacra que impedía la libre expresión de los sentimientos. Pero incluso estos se controlan. Salvo el caso de Marianne Dashwood, en Sentido y sensibilidad, que pierde la cabeza literalmente y tiene un temperamento extremadamente intenso, el resto tiene la cabeza sobre los hombros. El paradigma de ello es Emma Woodhouse, que afirma no tener interés en casarse y razona sobre ello de una forma estimable y lúcida en una de sus conversaciones con Harriet Smith. 


(Greenway House era la casa de verano de Agatha Christie, a la que tenía mucho apego y en la que pasaba largas temporadas con su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan y su hija Rosemary)

El gran paralelismo entre las dos, el que haría enorgullecerse a la querida Miss Marple, aparte de su origen rural, de la influencia de la religión en sus vidas, de su poca necesidad de ser guiadas por un hombre, está en su arte. 

Ambas tuvieron la conciencia de que escribir era, a más de una profesión por la que había que luchar, una forma de vida. Esa conciencia de autoría, esa defensa de su talento, esa dedicación por encima de todo, es una seña de identidad que no era fácil para las mujeres. Por supuesto, mucho más difícil para Austen, que, encima, no logró nunca publicar con su nombre. Pero también para Edna O´Brien, cuya vida no la conducía, precisamente a la literatura, y que tuvo problemas, ya lo hemos dicho, con su marido cuando empezó a escribir y a publicar. Él consideraba que no era para tanto y le sentó fatal su éxito y, sobre todo, su determinación. Quizá otra mujer hubiera sucumbido al runrun de tu pareja diciéndote cada día déjalo, total, para qué. Es tan fácil dejarse llevar por la inercia de no hacer nada, tan fácil dejar de creer en una misma...Y es tan difícil perseverar...Pero nuestra Edna vislumbró en la escritura su forma de relacionarse con el mundo, su manera de vivir, de estar, de existir. 

(Edna O´Brien, afortunadamente entre nosotros, es una mujer bellísima, de lo que queda constancia en multitud de fotos) 

Exactamente igual hizo Jane Austen, un siglo y medio antes, pero con una determinación tan firme como ella. No era capaz de encontrar editor, le rechazaban los manuscritos, le pagaban muy poco cuando conseguía publicar y las ediciones no eran de su gusto. Aún así perseveró, creyó en sí misma, se aferró a lo que su intuición le decía y construyó un mundo ficticio en el que estaban su esencia y su talento. 

Y ambas, y esto es muy importante, pusieron en la primera línea de su escritura el sentimiento femenino ante la sociedad en la que vivían, ante las relaciones familiares y sociales, ante el amor, el matrimonio y la vida en general. Ese punto de vista interior, no tiene nada que ver con las visiones exteriores sobre la mujer que ofrecen otros escritores. Desde dentro, desde lo más hondo e íntimo, revalorizando la emoción como tema literario, revitalizando las contradicciones, las luchas, los defectos incluso, de las mujeres en el conjunto de una obra literaria. Las mujeres son las protagonistas en los libros de ambas. 

Nadie podría decir que estas dos mujeres son el agua y el aceite. Tampoco que no hay entre ellas importantes diferencias aunque de eso hablaremos otro día. 

Ahora baste pensar que ambas constituyen la prueba fehaciente de que a veces las mujeres escriben contra el mundo y que, precisamente ese acto de escribir, lleno de rebeldía, de autoafirmación y de compromiso, es el que las sitúa en un lugar exacto del universo que ellas mismas han elegido. 

miércoles, 16 de mayo de 2018

"Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policíaca" Edición de Michael Sims

Con un criterio estricto la época victoriana ocupa los años del reinado de Victoria I, que subió al trono con 18 años en 1837 y murió en 1901, después de reinar durante más de 63 años. Sin embargo, algunos historiadores sitúan el comienzo de este importante período histórico unos años antes, al principio de los años 30 del siglo XIX, por la serie de cambios que ya se iban anunciando. 

Victoria I llegó al reinado de carambola y nunca el azar fue más fructífero. Tuvieron que morir varios tíos, su padre y su abuelo, el rey Jorge III, para que ella se coronara como monarca del Reino Unido y, en 1877, emperatriz de la India. Su madre era una princesa alemana de la casa Sajonia y su matrimonio con un primo de la misma dinastía dio lugar al comienzo de los Sajonia en el trono británico, ya que ella fue la última Hannover en reinar. Tuvo 9 hijos y 42 nietos, la mayoría de los cuales emparentaron con casas reinantes europeas, haciendo una política de alianzas que perdura aún en muchos sentidos. Se puede decir que toda la realeza europea tiene lazos con la reina Victoria. 

El período victoriano es enormemente interesante en todos los aspectos. Significó el cambio de una economía (y por tanto, un modo de vida) rural a la transformación industrial que, junto con el ferrocarril, la expansión del imperio y la citada política de alianzas, convirtió al Reino Unido en el centro del mundo moderno. También las artes y la cultura en general, la literatura por supuesto, dieron enormes frutos y he aquí que este libro, cuya edición se debe al experto Michael Sims, nos trae un conjunto de historias cortas que sirven como antecedente de lo que será la gran novela policíaca de filiación británica. 

Aclaremos primero una pequeña confusión que se produce con este libro: no se trata de rescatar a las escritoras de novela negra que primero incursionaron en este campo, sino a los personajes creados por escritores y escritoras cuyo papel de detectives se constituyen como el primer eslabón de los futuros y famosísimos investigadores del crimen. Así hay autores como W. S. Hayward, Andrew Forrester hijo, C. L. Pirkis, Mary E. Wilkins, Anna Katherine Green, George R. Sims, Grant Allen, N. McDonell Bodkin, Richard Marsh y Hugh C. Weir. Los relatos van desde el año 1864 hasta el 1915. 

Previamente Michael Sims escribe un texto llamado "Vigilancia en la intimidad" en el que pone de relieve el trabajo que va a presentar así como las líneas generales del mismo. El texto lleva una cita de la obra The Female Detective, de 1864, en la que se pone de manifiesto la mayor facilidad de una mujer para vigilar y encontrar pistas en los ambientes domésticos, que son los que conoce y sigue de cerca. No es mala reflexión esta, desde luego, porque la han hecho suyas, en la teoría y en la práctica, grandes damas de la novela negra, comenzando por Agatha Christie. 


El Londres victoriano era, probablemente, muy sucio, abigarrado, lleno de movimiento y en el que convergían personas de muy distinta condición y ocupación. Gente venida del campo en busca de trabajo en los nuevos oficios relacionados con la industria, familias burguesas de clase media, aristócratas que rezongaban acerca de cómo estaba todo cambiando, un paraíso para los carteristas, afanadores, delincuentes de poca monta y de muchísima monta. La escasa iluminación, los callejones adyacentes a las casas, la proliferación de habitaciones alquiladas a cuyos moradores no se les exigía apenas nada, todo eso suponía un plus de peligrosidad. Los delitos eran muchos y muy variados y Michael Sims destaca los desvalijamientos, robos, asaltos, asesinatos, infanticidios, violencia conyugal, odio racial, sobre todo. 


La mayoría de las historias de este libro se desarrollan en Londres, aunque hay alguna también en Nueva York. Las ciudades eran el centro del crimen y los primeros cuerpos policiales estructurados se formaron precisamente en estos contextos. En 1829 se había creado la policía metropolitana en Londres, tipos altos, vestidos con sombrero de copa azul y frac, armados con una porra, unas esposas y un silbato para avisarse entre sí. Se llamaron peelers en Irlanda y bobbies en Inglaterra, porque el impulsor de esta fuerza policial fue el ministro de Interior Robert Peel. 

Antes de ellos existieron los Bow Street Runners una especie de agentes judiciales impulsados por el autor de "Tom Jones", Henry Fielding, que ejercía de magistrado en Londres. Por cierto, esa era una novela muy apreciada por Jane Austen, a pesar de que no estaba bien visto que la leyera una señorita. Los runners tenían el aire de detectives privados y desaparecieron unos años después de que se creara la policía metropolitana. El departamento de detectives como tal se creó en 1842 y asumían la novedosa tarea de la investigación. Las protagonistas de estas historias que componen el libro son eso, detectives, que llegan a este trabajo por rutas diversas y que ejercen un trabajo que podíamos definir como "poco femenino". 


(Mary Eleanor Wilkins Freeman)

Dado que los personajes femeninos detectivescos son anteriores a las mujeres detectives en la vida real, bien puede calificarse este hecho de anticipación, futurismo o adivinación, viene a proponernos Sims en sus explicaciones sobre el contenido del libro. Observa una especie de toque femenino a la hora de proponer la solución de un crimen, basado en el instinto o en la mirada diferente, que se fija en detalles pequeños o en cuestiones aparentemente adyacentes. Algunas veces esas detectives se disfrazan, lo que facilita las pesquisas. Y, en todo caso, hay algo que yo añado de mi propia cosecha: las mujeres despiertan menos sospechas a la hora de preguntar o de buscar conversación que un hombre, precisamente por el hecho reconocido por todos de que las mujeres hablamos más y somos más curiosas en general. Lo que, a mi juicio, es un auténtico lujo, un placer y una suerte. El hermetismo masculino es un problema para ellos y para los demás, y, desde luego, no garantiza una vida más feliz ni más tranquila, sino, en todo caso, menos llena de emociones y exenta de eso tan entretenido y agradable que algunos escritores han destacado y que es el poder de la observación. 

Las historias de detectives como estas que aquí aparecen ponen el punto de mira no en el crimen o en el criminal sino en los investigadores, las pistas y la forma de resolver los casos. Son crucigramas, juegos de artificio, puzzles que hay que solucionar. Ese es el sentido principal que tienen y lo que diferencia a las historias policíacas de las novelas negras o los thrillers. 

Ellas son Amelia Lutterworth, Dora Myrl, Violet Strange, la señora Pascal, Loveday Brooke, Sarah Fairbanks, la primera de las cuales antecede con toda claridad a la futura señorita Marple de Agatha Christie, la autora policíaca que más detectives inventó: Poirot, Marple, Tuppence y Tommy, Parker Pyne, Ariadne Oliver e, incluso, Hastings. 

Sims considera a Edgar Allan Poe como el padre de la historia detectivesca. En 1841 había escrito "Los crímenes de la calle Trianon" que luego sería la calle Morgue, donde aparece un detective aficionado francés (luego Agatha Christie haría belga a su detective, aunque no era un aficionado sino un antiguo policía), llamado C. Auguste Dupin. También Arthur Conan Doyle cogió algunas características de Dupin para su egocéntrico Sherlock Holmes, tan estirado y compuesto siempre, algo que debería ser propio de los detectives famosos habida cuenta de que este prototipo es muy usual. 

Los medios de transporte tienen un papel central en los relatos y también en la época, pasándose de los caballos al ferrocarril y de ahí al automóvil. Cambios sustanciales que se reflejan también en el vestuario femenino, porque, dentro de esto, surgió la revolución de las bicicletas y los monociclos. Las bicicletas son, dice Sims, el emblema de la nueva mujer. Esto preocupaba a las mentes conservadoras que veían toda clase de males en este cambio. Y tuvieron mucha razón, porque desaparecieron los volantes y los encajes y empezaron a insinuarse los pantalones. Todo un cambio.

"Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policíaca" es un libro encantador. Lleno de pequeños y grandes detalles, de situaciones pintorescas, de mujeres atrevidas y provistas de una mentalidad abierta y de un ingenio descomunal. El ensayo introductorio es tan interesante como la bibliografía que añade a continuación. En realidad, no es solo una colección de historias, es un tratado sobre el tema y el tema es, en sí mismo, inabordable por lo amplio que resulta y las implicaciones que tiene. Como añadido, un elemento que me ha parecido esclarecedor. Al inicio de cada historia aparece una reseña biográfica del autor o autora y, sobre todo, de la mujer detective que la protagoniza. Esta parte es sumamente importante. Se trata, pues, de una galería de escritores que dedicaron su obra a crear una pasarela de mujeres detectives, de singular atractivo y encantadoras disposiciones. Una delicia.

Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policíaca. Edición de Michael Sims. Traducción del inglés de Laura Salas Rodríguez. Editorial Siruela. Libros del Tiempo. Biblioteca de Clásicos Policíacos. Segunda edición 2018. 



lunes, 14 de mayo de 2018

Más mujeres: Diez reseñas de libros de escritoras


(Ayòbami Adébàyò)

Salvando las dedicadas a Edna O´Brien (1930, Tuamgraney, Condado de Clare, Irlanda), traigo aquí una especie de pequeño resumen de las diez reseñas últimas que he dedicado a escritoras. Algunas de ellas ya las había mencionado con ocasión del comentario sobre otros libros pero otras son completamente nuevas, descubrimientos, hallazgos como me gusta a mí decir. Esos hallazgos llegan de la forma más inopinada: hojeando libros en una librería, visitando editoriales en Internet, leyendo revistas culturales o suplementos, siguiendo la pista a una escritora que ya conozco. De mil y una formas. Y la elección de los libros es, simplemente, seguir mi propia guía, mi intuición, alimentada por muchos años de lectura. Una portada, un título, una trayectoria, un argumento, un detalle, cualquier cosa puede servirme para elegir una lectura y no otra. Lo que no sirve es un premio, una campaña de marketing muy costosa, una promoción reiterada o cualquier otro signo externo que no signifique una elección personal. 


(Barbara Pym)

La reseña de "Cranford", de Elizabeth Gaskell (1810-1865), es una deuda con una escritora que tiene tanto que decir y que todavía no ha sido descubierta en su esplendor total. Su vida se desarrolló en unos momentos de tránsito de la historia inglesa y supo ver esas contradicciones que luego inspirarían a otros autores, quizá desde un punto de vista más filosófico y existencial, como D. H. Lawrence, mi querido escritor de "Mujeres enamoradas". Gaskell, que empezó a publicar a partir de una edad considerada entonces tardía, los cincuenta, tiene una obra larga y muy bien estructurada, en la que hay diversos géneros y grandes libros. 


(Ann Beattie)

Luego voy a citar a Helen Phillips, un caso completamente distinto, una escritora muy joven y cuya primera obra es esta "La hermosa burócrata", que tiene un tinte especial, una visión que resulta muy actual y, desde luego, muy personal. Un libro hermético, raro quizá, extraterrestre, espacial. Ella, que nació en 1983, pertenece a la última generación de escritoras norteamericanas y tiene todavía mucho que contar y escribir. 


(Janice Pariat)

Penelope Mortimer (1918-1999) es un caso especial. Con solo dos libros podemos decir que tiene un sitio en la literatura del siglo XX. Su vida corre paralela a su escritora, como ocurre en tantos casos, pero en ella esto tiene especial relevancia. Es un prodigio de sensibilidad y, por otro lado, de fiereza, de ironía, de fuerza narrativa. "Papá se ha ido de caza", te deja un poso a la vez amargo y dulce, una dicotomía natural en nuestra vida cotidiana. 


(Helen Phillips)

En el caso de Janice Pariat, también muy joven, solo me ha llegado este libro "El corazón de las nueve estancias" pero su estructura narrativa es tan sutil y delicada, su forma de expresarse está tan llena de metáforas, de ideas luminosas, que conquista en la primera lectura. 


(Joanna Connors)

De Elizabeth Strout, también contemporánea, he reseñado ya en este blog varios libros. El último de ellos es "Los hermanos Burgess" en la que vuelve a sus temas propios, a esa relación amor-odio entre su lugar de origen, Maine, y la ciudad de Nueva York en la que vive. A la vida familiar, a los sentimientos fraternos, a las luchas por encontrar su identidad aun cuando las circunstancias son más adversas. 


(Elizabeth Strout)

La periodista Joanna Connors fue víctima de una violación cuando tenía treinta años. Más de veinte años después decidió convertirlo en un libro y su publicación ha constituido un aldabonazo en sus recuerdos. Aquello le cambió la vida y verbalizarlo puede que la haya vuelto a cambiar, a asentar en el convencimiento de que ese hombre anónimo, que murió cuando ella decide investigarlo, tuvo tanto papel en su existencia como cualquiera de sus seres queridos. Un libro valiente y quizá necesario. Se trata de "Te encontraré. En busca del hombre que me violó". 


(Penelope Mortimer)

También Barbara Pym (1913-1980) tiene ya un par de reseñas en este blog. La última por el magnífico libro "Amor no correspondido". Firme, sincero, directo, leal con los sentimientos, íntimamente femenino en el mejor sentido de la palabra, la escritora va directa al corazón. 


(Elizabeth Gaskell)

Dos extraordinarias revelaciones, dos libros muy especiales, he incluido en mis últimas reseñas. Se trata de "Quédate conmigo" de la nigeriana, nacida en 1988, Ayòbami Adébàyò, un prodigio de sutileza narrativa, de misteriosa historia adobada de luces, a pesar de tratar temas escabrosos y comprometidos y de "En un lugar sin nombre" de la india metí canadiense Katherena Vermette, (1977) apasionante historia entre la novela sentimental y el thriller, llena de suspense, giros sorprendentes y buena literatura. 


(Katherena Vermette)

De Ann Beattie (1947) he reseñado "Paseando con hombres", un libro lúcido, valiente, atrevido y en el que no falta un cierto distanciamiento, una sutil ironía que sirve para quitarle carga dramática y para enhebrar una historia dinámica y llena de sutilezas. 

Diez libros, diez escritoras, diez historias, diez estilos. Como para no reconocer sin tacañería que las mujeres escriben. Y vaya si escriben.

"Cranford" de Elizabeth Gaskell

Elizabeth Gaskell (1810-1865) es la escritora en lengua inglesa de carácter más social de todas las que vivieron en el siglo XIX que son muchas. Nació siete años antes de que muriera Jane Austen (1775-1817) y conoció en primera persona las tensiones provocadas por la Revolución Industrial ya que, al casarse, se fue a vivir a Manchester. El contraste entre la vida en esa ciudad y su infancia en el pueblecito de Knutsford, en el que vivió tras la muerte de su madre, es brutal. Por eso los aspectos sociales tienen en ella una fuerza especial, por eso no deja de lado la situación de clases desfavorecidas que se ven abocadas a dejar las campiñas para ir a trabajar a las grandes fábricas textiles en esos años de cambio económico. 

Sus preocupaciones morales, una visión costumbrista que se plasmó en algunas obras, el género fantástico, la vida doméstica y sus avatares, las novelas sentimentales o las biografías (magistral la de Charlotte Brontë), son las temáticas que ocupan sus obras. Variadas, diversas, distintas y llenas de matices. Elizabeth Gaskell es una escritora de amplio registro, dueña de una prosa sencilla y contundente, nada remilgada, nada excesiva ni prolija.

Es precisamente su pueblecito de la infancia el que inspira este libro, Cranford, y su telón de fondo. Es en este pueblo en el que la autora se fija para dejar constancia de los cambios que produce el motor económico que estaba surgiendo con enorme fuerza. Por eso tiene también un carácter de crónica, de semblanza de épocas pasadas, de circunstancias que se estaban perdiendo. La fisonomía de los pueblos sufrió un indudable cambio con el nacimiento de las industrias textiles y con las nuevas fórmulas de relación social y económica, que tuvieron clara influencia en la vida familiar y personal. La humanización que lleva consigo la vida rural contra la máquina y su nefasta influencia, a juicio de aquellos primeros que vivieron en primera persona la transformación. 

En Cranford, nombre imaginario de una sociedad cierta, la historia transcurre a través de unas hermanas solteras (me resisto a escribir solteronas, de igual modo que nunca diría solterones). Ellas observan con distinto estado de ánimo las cosas que pasan. Llegan vecinos nuevos, escriben desde el otro lado del océano los que se fueron, hay muertes, bodas y dificultades económicas. La vida es difícil pero, quizá, hay una tasa de humor, de cariño y de ternura, con los que la autora ve los acontecimientos. Esto le quita solemnidad, rebaja la tensión y acerca la realidad a los lectores con mayor fluidez y generosidad. 

Leyendo el libro tenemos la impresión de que estamos en una salita de recibir de una casa de buena sociedad de Cranford y que allí, unas educadas damas, nos susurran en voz discreta los hechos, los pensamientos y las dudas, que las asaltan. Nos transmiten sus preocupaciones y sus dichas. Somos testigos privilegiados de un mundo que se tambalea. Y todo eso en buen tono, sin elevar la voz, en la mejor intimidad posible. Eso es Cranford. Así escribe Elizabeth Gaskell

Cranford se publicó en capítulos como era costumbre de la época. Los dos primeros, en la revista Household Words, dirigida por Dickens (que fue quien la animó a escribir esta historia), en diciembre de 1851. Continuaron episodios que aparecieron de forma irregular durante los años 1852 y 1853. 

Hay un maravilloso arranque en el capítulo I denominado "Nuestra sociedad": "Cranford, en primer lugar, está en poder de las Amazonas; los inquilinos de todas las casas que sobrepasan cierto alquiler son mujeres. Cuando un matrimonio viene a establecerse a la ciudad, de una manera u otra el marido desaparece, bien por el miedo cerval que el causa ser el único hombre en las veladas de Cranford, bien porque debe permanecer con su regimiento o en su buque, o los negocios que le ocupan le retienen toda la semana en la gran ciudad comercial vecina de Drumble..."

Baste este ejemplo para dejar constancia del delicioso sentido del humor de Gaskell, lejos de las solemnidades que a veces se achacan a esta literatura, algo falso y que se desmonta en cuanto se lee. Sesudas reflexiones dichas con la mayor naturalidad, con ingenio, talento y un estilo plagado de detalles que nos hacen disfrutar, sonreír y vibrar con Cranford y sus gentes. 

Cranford. Elizabeth Gaskell. Alba Minus. 2012. Traducción de María Faidella. 

sábado, 12 de mayo de 2018

"La señora Osmond" de John Banville

Es un atrevido ejercicio literario tomar una obra maestra y construir una secuela. En el cine esto nunca suele traer buenas noticias, salvo que hablemos de El Padrino, cuya segunda entrega no desmerece de la primera (hay gente que la prefiere) e, incluso, la tercera podría ser considerada obra maestra si se analizara aparte. 
Pero en literatura es diferente. El estilo, esa marca que identifica a un escritor con respecto a otro, es algo muy difícil de imitar. Y las imitaciones en sí mismas no tienen valor alguno, se les nota a la legua, son alambicadas, falsas, huecas. Por eso no se trata de imitar sino, quizá, de recrear, de forzar una evolución que sea creíble. 
Esto es lo que ha intentado hacer John Banville con su última novela "La señora Osmond". El punto de partida es "Retrato de una dama" la excepcional obra de Henry James de quien no hace falta hacer ningún panegírico. Es, probablemente, uno de los cinco escritores más importantes de toda la historia de la literatura mundial. 
De modo que resulta aconsejable, antes de meterse en harina con este libro, darse una vuelta por el de James, leerlo o releerlo, porque, en caso contrario, se nos van a escapar los matices, la trama nos parecerá en el aire y, sobre todo, no tendremos en la cabeza el minucioso análisis que de hechos y personajes hace el escritor estadounidense. Esta es su principal característica y es lo que Banville ha tenido más presente a la hora de escribir el libro. Los ambientes, por otra parte, son un telón de fondo que en la obra de James no solamente no pasan desapercibidos ni se culminan con brochazos sino que constituyen explicaciones en sí mismos de lo que ocurre y de cómo actúan los personajes. Nada es baladí, podíamos decir, en la obra de Henry James. Ni los asuntos, ni los lugares, ni la naturaleza, ni los espacios, ni la forma de vida, ni las emociones, ni la gente, nada es baladí. 
El personaje principal en ambos libros, Isabel Archer es excepcional. Pocas veces un personaje femenino reúne tantos matices, tantas características especiales que forman un carácter digno de estudio. Es especialmente llamativa la forma en que la describe James cuando siendo una muchacha muy joven llega a casa de los Touchett para vivir con sus parientes. Allí está el señor Touchett, un caballero rico que llegó a vivir a Inglaterra desde EEUU (quien sabe si, en su mentalidad, trasunto del propio James, un trasterrado que nunca llegó a considerarse de ningún sitio), además de Ralph Touchett, su hijo y primo, por tanto, de Isabel, y Lord Warburton quien, junto con Caspar Goodwood formarán el dúo de pretendientes de la joven.
La referencia al señor Archer, el padre de la chica, es encantadora: "...el señor Archer era poseedor de una cabeza privilegiada y de unos modales cautivadores (de hecho, como uno de ellos había comentado, siempre estaba "cautivando" algo). Es decir, era un trilero que vivía del cuento. Sus hijas, y esta frase es antológica "habían sido enviadas a colegios frívolos, dirigidos por franceses", dejando caer un chauvinismo que se suele achacar al país galo. Isabel es un diamante en bruto, alguien en quien el carácter estrafalario de la señora Touchett, que vive en Italia salvo el poco tiempo que comparte con su esposo e hijo, deposita su esperanza de que le proporcione momentos entretenidos. Y que a la chica le dará ocasión de escuchar de primera mano "conversaciones de mayores, algo que para Isabel constituía un auténtico placer".
Pues bien, John Banville, en un atrevimiento que no resulta inusual en alguien como él, dominador de estilos y dueño de un fraseo envidiable, toma la historia de Isabel Archer justo cuando la suelta Henry James. Y la sigue desarrollando a su manera, respetando los personajes antiguos e introduciendo los nuevos que le van pareciendo adecuados. Es un formidable ejercicio de estilo el que hace, de creación de situaciones, de dibujo de personajes y diálogos, de movimientos aquí y allá, de encuentros y de contradicciones. También está conseguido el telón de fondo, el ambiente y la recreación de la época. No son inverosímiles las situaciones que plantea ni siquiera el desenlace, abierto, cuando la protagonista se marcha a otro país, en una especie de vuelo sin motor, de búsqueda de nuevos aires, de borrón y cuenta nueva.
Pero Banville no es James. Y su literatura no es como la del viejo escritor. Puedes ser, además, un genio de la palabra, captarlo todo, recrearlo y volverlo a lanzar a la palestra, pero faltarte algún detalle, algún pequeño detalle, que hace distintas las cosas. El aroma James tiene un ingrediente fundamental, es un guiso al que se adereza con una sustancia que él domina como nadie, que él utiliza con tanto sigilo, inteligencia, fortaleza y acierto que es sumamente imposible imitarla, si es que se ha intentado hacer en este caso, que creo que no.
La ironía. La mirada irónica de James hacia sus personajes y las situaciones que ellos viven da a la narración una ligereza que alivia su prolijidad, hace sencilla su dificultad y evita el amaneramiento y el discurso plúmbeo. Sin embargo, Banville se ha tomado la cosa tan en serio y, sobre todo, se ha tomado tan en serio a sí mismo, a su empresa, a su empeño, que no hay en su relato ni una pizca de puerta de salida para relajar un poco la tensión que los hechos te hacen experimentar. Es un relato solemne y bien armado, pero exento de esa media sonrisa autocrítica y relajante que vibra en el relato de James. Y sin ese elemento, el texto pierde credibilidad, los fuegos artificiales del estilo crepitan pero, cuando se apagan, entonces hay cierta orfandad de emociones. Y la emoción es lo que nos acerca a "Retrato de una dama" y lo que nos aleja, lamentablemente, de "La señora Osmond".


La señora Osmond. John Danville. Traducción de Miguel Temprano García. Narrativa Internacional. Editorial Alfaguara. Primera edición en castellano: mayo de 2018. Imagen de portada: Mary Jane Ansell. 


"Amor" de Ricardo Clemente


"Amor" es el más evidente título para un libro de poemas. Y he buscado entre los fotógrafos alguno que representara esa evidencia. El libro es de Ricardo Clemente y el fotógrafo es Richard Avedon. Imágenes y versos pueden unirse y formar un todo único. Es verdad que el amor es cosa de hombres y mujeres, pero las mujeres de Avedon parecen extrañarse, avergonzarse, serenarse o esforzarse ante el sentimiento y su significado. 

..."que se suspende atónito en una crema de tiempo"

..."junto a este cabecero te inclinarás vestida" 

..."en la punta extraída del extremo del fruto"

..."a veces amar es bracear entre sombras"



Tres partes componen el libro: Definiciones, Viñetas y Tributo, antecedidos por un prólogo escrito por Noemí Trujillo Giacomelli, titulado "El poeta es el hombre, el hombre es el amor" en el que glosa  su contenido. 

Parece que existe una total identificación entre la faceta del poeta como escritor que está inmerso en la descripción de los sentimientos, alerta ante la aparición de ese milagro de la atracción entre dos seres, y la alquimia del verso, suspendido en el aire en ocasiones, pero otras veces libre absolutamente. El autor se pasea por el amor, como si tuviera la llave de sus razones aunque no deja de dudar y de presentarse como un aprendiz que se encuentra de pronto ante un acontecimiento astral que lo deja indefenso. Las palabras actúan en todos los casos como argamasa, como ceniza que une, como sueño inacabado que, a pesar de todo, sigue teniendo valor y sigue siendo un motivo para continuar escribiendo al amor y a los amores varios. 


Cada uno de los poemas aquí contenidos lleva su título. Y los títulos son, en realidad, un verso más del poema. Y una forma de anticipación, de previsión casi exacta del devenir, tal si fuera la manera en que el autor condensa al mínimo lo que luego va a rodar en forma de palabras incontenibles. "No creo que merezcas menos" termina el libro. No cree el autor que el amor merezca menos, ni que sea posible condensarlo en un tarro, ni que haya que guardarlo en un cajón, ni que pueda nublarse su presencia, ni que vaya a perderse su figura, ni que tenga sentido abstenerse por ver si así el dolor es menos. 

Ricardo Clemente nació en Madrid en 1969. Estudió Filosofía en la UCM. Fue codirector de la revista Anábasis. Publica poemas en diversas revistas literarias y este es su segundo libro, el primero fue No más sueños, asimismo de poesía. 

Richard Avedon (1923-2004) comenzó a hacer fotos con la Rolleiflex que le regaló su padre, completando una serie sobre la Marina Mercante de EEUU. Sus retratos tienen una enorme fuerza psicológica, con el fondo blanco y los retratados sometidos a tensiones inéditas. Ha convertido en fotografía la historia de este país con su serie para el Amon Carter de Texas. 

jueves, 10 de mayo de 2018

Confórmate con filosofar


Recordarás la escena. En ese baile tan ansiado por todas que se celebra en Netherfield, Elizabeth Bennet y su hermana Mary están sentadas sin bailar. Para las muchachas de finales del XVIII y esos primeros años del siglo XIX el baile era el mayor motivo de diversión, el espacio en el que acontecían los principales prodigios, a saber: hallar un hombre con medios económicos suficientes como para librarlas del oprobio de depender de otro hombre, un padre o un hermano. Como dice Italo Calvino en el prólogo de un libro que he leído recientemente, y que ahora no voy a detenerme en buscar (aunque no soy Umbral, desde luego), las mujeres han estado toda la vida esperando, sufriendo y bajo el dominio de un hombre, que, al final, terminaba por engañarlas. Aunque rodeada de la fina ironía de Austen, la actitud de Elizabeth no deja de ser la misma que la de otras chicas casquivanas que florecen en el libro que recoge la escena, "Orgullo y Prejuicio". Cuando Mary lanza un alegato contra los bailes, por absurdos y poco intelectuales, ella le contesta con esa famosa frase que me hace pensar: "Ya que no tenemos pareja, conformémonos con filosofar"

Filosofar puede representar cualquier cosa. Buscar un subterfugio para olvidar la triste realidad: la soledad de una mujer sin hombre al lado. Algo que puede resultarnos antiguo, obsoleto o trivial, pero que es una verdad escrita a fuego. En ese tiempo y en todos los tiempos. En el tiempo de ahora, el que vivimos. Recuerda, si no, esos titulares de periódico que hablaban de "dos mujeres solas" al citar la noticia del ataque a dos turistas en no sé qué país de la América Hispana. Una mujer sola es siempre una mujer sin hombre. Puede haber miles de mujeres juntas pero, si no hay hombres, esas mujeres, a decir de la sabiduría popular, están solas. 

De ahí viene el dolor. De esa seguridad adquirida, cultural o innata, que te dice que no eres nadie sin un hombre a tu lado. Que bromea con las vírgenes y con las viudas. Que establece una línea divisoria entre la mujer, cuando es apetecible y objeto de deseo sexual y cuando ya ha terminado su período vital de gustar a los hombres o no tiene los encantos suficientes para ello. La naturaleza se ha vengado en las mujeres y, al tiempo que la ha dotado del milagro de la maternidad, que los hombres envidian aunque no lo confiesen, la ha condenado a que el paso del tiempo sea extremadamente difícil y también a no sobrevivir emocionalmente si no hay un hombre a su lado. 

La belleza femenina no es tal en sí misma, ni tampoco la fealdad. Ambas están supeditadas a la mirada del otro, a la visión masculina. Si una mujer fea se siente amada, la fealdad desaparece. Y al revés. No sirve de nada la belleza si aquel en quien has depositado tus ilusiones no se da cuenta de ella o no la admira. 

Así, la mujer de la sombrilla que pintó Monet, camina sola y tuerce el gesto al ver ante ella un camino por recorrer en total silencio. Un silencio no elegido sino impuesto. Un silencio que oculta miedos y sinsabores. La belleza de la tarde no le dice nada, no le importa siquiera. Su vestido se arquea al paso entre las hojas y la sombrilla la protege del viento que mueve su pañuelo. Pero el rostro permanece impasible, quizá transido de una lágrima que no quiere terminar de formarse, quizá lleno de luz en la esperanza, quizá perdido en un terremoto de pasión inconfesa. 

Sea como fuera, la mujer de la imagen, sola, tiene que conformarse con filosofar en este tiempo árido de la ausencia de abrazos. Como tú, como yo, como nosotras. Pero tú, yo, nosotras, sabemos que la fuerza está en nuestras propias manos. Porque no nos creemos ya esas historias. Lo diga quien lo diga. Lo escriba quien lo escriba. Y que todo lo demás, si viene, será por añadidura..