lunes, 21 de enero de 2019

Austen y la vida en la campiña inglesa


(William Chadwick, impresionismo americano)

Aunque suele situársela como una de las ciudades austenianas es bien cierto que a Jane Austen no le gustaba Bath. Ella había nacido en Steventon, en el condado de Hamsphire, cerca de Basingstoke. Su padre fue un sacerdote anglicano y rigió la parroquia de Steventon por espacio de cuarenta años. Cuando cumplió los setenta se retiró y decidió irse a vivir a Bath. No es este el lugar adecuado para comentar los motivos de esa decisión pero sí la influencia que tuvo en el ánimo de Jane. Literalmente se desmayó al enterarse de la noticia. Su padre solamente logró vivir cuatro años más. Los años de Bath (1801-1806) trajeron consigo una cierta sequía literaria y, probablemente, más amargura que alegría. Como dice Juani Guerra en el estudio introductorio de la edición de Cátedra de su novela "Emma" “existen las fuentes suficientes hoy como para saber que en los años que pasó allí, algo importante se rompió dentro de ella”. Y, continúa, “en Emma, Bath aparece sutilmente despreciado con un gusto narrativo exquisito”.

Así es. En "Emma", Bath, la ciudad de los balnearios y de los veraneos, queda ligada a la frívola existencia de la señora Elton y de sus hermanas, siempre prestas a recibir las atenciones de cualquier pretendiente cuya fortuna y posición les resultara beneficiosa. No hay en la ciudad nada de la discreción y la tranquilidad de Highbury, el pequeño pueblo rural en el que se inserta la acción principal de la novela. Todas las otras localizaciones geográficas, incluida Londres, las alusiones a Irlanda o los pueblos relacionados con el ir y venir de la tía de Frank Churchill, aparecen en una nebulosa de desinterés sin que el foco se coloque nunca especialmente sobre ellas. Londres, por ejemplo, es el sitio en el que viven Isabella y su marido, un lugar que genera enfermedades por la contaminación y el excesivo número de gente y donde no hay buenos especialistas médicos como puedan existir en el pueblo, caso del doctor Perry, el galeno al que la familia de Hartfield fía su salud. Esta es la afirmación que el señor Woodhouse repite una y otra vez, ante la impaciencia molesta del señor John Knightley, a la sazón marido de Isabella.

Emma, la protagonista, no ha salido nunca de los límites de Highbury. Ella misma se lamenta en una ocasión a su amigo y confidente, el señor Knightley, de que no conoce ni siquiera el mar. Pero, a renglón seguido, y en muchas otras escenas, deja claro que no necesita más horizonte que ese para ser feliz y que la vida en Highbury tiene muchos alicientes, la mayoría de los cuales están basados, todo hay que decirlo, en la maravillosa contemplación de la especie humana. Igual que ocurre con las novelas de Ágatha Christie, un enclave rural y unas pocas familias de la gentry son capaces de generar todo un torrente literario.

Los habitantes de Londres llamaban a eso “vivir en el campo”. Así lo manifiestan las envidiosas y presumidas hermanas de Bingley en "Orgullo y Prejuicio" cuando, con ocasión de que Jane Bennet caiga enferma y tenga que pasar unos días en Netherfield, la madre de las chicas, con toda su verborrea, haga la engorrosa observación de que llevan una vida social muy activa porque conocen, al menos, a veintidós familias. En "Emma" la flamante señora Elton queda agradablemente sorprendida cuando descubre que, tras casarse con el vicario, su vida en “el campo” no va a ser aburrida ni mucho menos, ya que a sus obligaciones, digamos, eclesiásticas, tendrá que sumar las derivadas de su posición social, esto es, visitas, excursiones, cenas o bailes. De todo eso había en Highbury.

Aunque este pequeño pueblo y sus fincas adyacentes son el marco elegido por la autora para su novela, no puede decirse que nos haya suministrado más información al respecto que la escasa que se deriva de algunos pequeños comentarios hechos por los personajes de la novela. Como suele, Jane Austen no realiza ninguna descripción de los paisajes, de los colores, de los campos, de las flores, los pájaros, los ríos o las llanuras. Nada de eso tenía sentido a la luz de su forma de escribir. El único paisaje que le interesa es el humano porque, no en vano, ella abre la puerta a la novela psicológica.


(Theodore Robinson)

Hay un pasaje de "Emma" que me resulta extraordinariamente curioso. Es una de las pocas descripciones paisajísticas que realiza Jane Austen. La hace con ocasión de la visita de todo el grupo a la casa solariega del señor Knigthley, la más importante de la zona, pues es la persona de mayor categoría social y económica. La descripción ocupa diez o doce renglones y es encantadora. Pero, tras la misma, Austen escribe, con esa ironía que la caracteriza y la aguda observación que la convierte en una observadora privilegiada de la vida y el carácter inglés:

“Era una panorámica deliciosa- deliciosa para la vista y para la mente. Verdor inglés, cultura inglesa, confort inglés, visto bajo un sol brillante, sin ser opresivo”

Resulta extraordinario que una mujer que no se ha movido de un pequeño espacio territorial en toda su vida, tenga la capacidad de observar su propio mundo desde esta perspectiva. Una mirada que la convierte en la narradora excepcional de sentimientos y emociones que han perdurado a lo largo del tiempo. Por eso, en ese sentido, su obra es intemporal, como la de los clásicos. Es, ella misma, una obra clásica.

sábado, 19 de enero de 2019

Carson McCullers


De vez en cuando observo que se me ha escapado alguien o algo. Un escritor, una escritora, un libro, un artículo de prensa. En ocasiones esa sensación se incrementa porque es mucho lo que has dejado pasar o en lo que no has reparado lo suficiente. Como me ocurre con Carson McCullers a quien confieso no haber leído y de la que confieso no he tenido mayor preocupación hasta que la suma de noticias, el visionado de películas o el boca a boca me ha conducido directamente a ese proceso de indagación que empieza por ver de quién hablamos y después a leer. 

Ella está en la foto fumando un cigarrillo mientras bebe, supongo, un café o un té. A su lado hay un cenicero con varias colillas. Os invito a buscar imágenes suyas y a comprobar que el tabaco era su perpetua compañía. Mucha gente fuma, eso no debería constituir mayor cuestión, pero en el caso de ella sí me llama la atención porque estaba enferma de los pulmones desde muy joven, casi una niña. La enfermedad la acompañó toda su vida y era una enfermedad para la que el tabaco era el elemento más dañino. ¿Por qué, entonces, ella se empeña en fumar una y otra vez, uniendo un cigarrillo con el otro, como una especie de hilo que enlaza todas sus fotografías?

Aún no he leído ninguno de sus libros pero en los datos biográficos que he podido ver hay una especie de continua obstinación y una actitud rebelde ante lo que la vida le imponía. Cambia de lugar de residencia, cambia de ocupación y cambia de pareja. Cambia de ambiente, cambia de actividad y todo ello arrastrando a veces una muleta, una silla de ruedas y, siempre, un paquete de cigarrillos no sé de qué marca. Obstinación a la hora de llevar adelante su vida sin atender a las cortapisas que su situación anímica y física le imponían. En esas idas y venidas hay una doble boda con el mismo hombre, seguida del divorcio primero y del abandono después. Algo parecido a lo que hizo Elizabeth Taylor con Richard Burton. Ella es la protagonista de la versión cinematográfica de una novela corta de Carson que se adaptó al cine: Reflejos en un ojo dorado. Los ojos de la Taylor eran violetas. Los únicos ojos violeta del mundo, además de los de la princesa Margarita de Inglaterra. 


Reflejos en un ojo dorado se estrenó en 1967 y es considerada por muchos como la mejor película de John Huston. El protagonista, un militar como lo era el marido de Carson, Reeves McCullers, lo interpreta Marlon Brando y hay un tercero en discordia, Brian Keith, y hasta un cuarto, Robert Forster, formando un cuarteto seductor y complejo. Aquí, entre nosotros, me resulta harto incomprensible que haya nadie que prefiera a Brian Keith antes que a Brando, pero los caminos del corazón son inescrutables y las personalidades narcisistas terminan siendo tan cargantes que no viene mal un poco de normalidad mediocre. 

Las novelas cortas y los cuentos fueron el territorio en el que mejor se desenvolvió literariamente Carson McCullers. Curiosamente su primera novela, El corazón es un cazador solitario, es la más larga de todas y en ella recrea algunos personajes y argumentos de su propia vida. Además de su matrimonio con McCullers, que acabó suicidándose, hay otras parejas sentimentales que aparecen en su biografía, muy ligada al ambiente literario: Annemarie Schwarzenbach y Katherine Anne Porter. Otras obras suyas que son altamente consideradas por la crítica y los lectores son El jockey, La balada del café triste, Frankie y la boda y sus colecciones de cuentos. 


Carson McCullers, que había nacido en Georgia de familia confederada, en 1917, murió en ese mismo año de 1967, después de llevar una vida plagada de enfermedades que, en sus últimos años, apenas la dejaba moverse. Esa imagen suya escribiendo, rodeada de la taza de café y del cenicero con las colillas, además del paquete de tabaco; concentrada, absorta, íntimamente atada al cuaderno y al lápiz, inclinada sobre la historia o el argumento, es una prueba de que su dedicación literaria fue tan potente como para sobrellevar o, incluso, sobrevolar, toda una vida llena de complicaciones, de situaciones cambiantes y de problemas. ¿Qué pensaré de sus libros una vez me sumerja en ellos? Eso es algo que no puedo adelantar pero, de entrada, siento una especie de admiración innata hacia las personas que se sobreponen a la realidad más terrible y son capaces de crear una obra de arte. Pintura, fotografía, escultura, libros, da igual. El caso es comunicar, de la mejor forma posible, lo que guarda el interior de cada cual y transformarlo en puro talento. 

Doce hombres


(Lady Elizabeth Conyngham)

Se piensa con razón que los libros de Jane Austen son “femeninos”. Nunca he entendido muy bien qué significa esto. Es verdad que están escritos por una mujer, seguidos  y leídos por las mujeres y llenos de mujeres. Pero, si los hombres no los leen algo falla, y me temo que la educación sentimental de “ellos” tiene muchos huecos que rellenar si se apartan de su lectura. Quizá son los hombres los que más y mejor pueden aprovecharla. 

Aunque se pone el acento en los retratos femeninos que Austen traza, menos se suele reparar en el desfile de hombres que por ellos aparece, pero a poco que te fijes puedes apreciar una galería de tipos que merece la pena descifrar. Fijémonos en sus tres obras mayores, “Sense and Sensibility”, “Pride and Prejudice” y “Emma”. Hasta doce personajes masculinos he extraído de ellos para colocarlos en este punto de mira. Doce de tres libros no es poca cosa. No quiere decir que no existan más, desde luego, pero estos doce pueden servir como muestra de la forma en la que Austen veía a la naturaleza masculina. No en vano estaba rodeada de hombres en su familia. De los siete hijos de los señores Austen, solamente dos eran chicas, Cassandra y Jane. Así que podemos decir que conocía bien a los hombres y forjó unos personajes que no tienen nada de cartón piedra, más bien parecen estar extraídos directamente de un pueblo rural de Inglaterra a principios del siglo XIX. Aunque la naturaleza humana es la misma en todas partes y quizá nos puedan incluso servir para sacar algunas conclusiones, literarias y humanas, del Austen-Man, por qué no. 


(Miss Croker)

He aquí la lista seleccionada: Mr. Darcy, Mr. Bennet, Wickham, Mr. Collins, Mr. Bingley de “Pride and Prejudice”. El coronel Brandon, Edward Ferrars y Willoughby, de “Sense and Sensibility” y Mr. Knitghley, Mr. Woodhouse, Frank Churchill y Mr. Elton de “Emma”. 

Entre ellos hay dos clérigos, Collins y Elton (vamos a apear los tratamientos), dos padres de familia, el señor Bennet y el señor Woodhouse, además de los que podríamos denominar galanes, ocho, de los cuales dos son militares. Con diferente apostura, contexto, situación y personalidad, pero galanes al fin y al cabo, porque aspiran a las damas y con ellas se casan. Aunque, a fuer de exactos, también los clérigos son galanes. Jóvenes y con aspiraciones casaderas. Que logran, aunque no las que eligieron en primer lugar. Son de buen conformar ambos. Y se parecen: estirados, autosuficientes, cansinos, ampulosos, serviles e interesados. Collins tendrá más suerte con su esposa. Charlotte Lucas es una buena chica, con cierto grado de inteligencia práctica que le vendrá muy bien, aunque también con unas tragaderas increíbles. Por su parte, Elton encontrará en Bath la horma de su zapato: la insoportable mediocridad de Augusta, esa mujer que todo lo sabe y todo lo quiere controlar, incluso a su marido, por supuesto. 

El señor Woodhouse es el padre de Emma y el señor Bennet el de Elizabeth y sus hermanas. Mientras el primero es un anciano (aunque eso de las edades aquí es muy relativo) lleno de miedos a las corrientes de aire y a enfermedades de todo tipo que él cree que acosan por todas las esquinas, Bennet es un tipo socarrón, ingenioso, diletante y que ha tenido la mala fortuna de casarse con una chica guapa, pero falta de cerebro, casquivana y que no será capaz de enderezar a sus hijas. Él dilapida su fortuna y ella su juventud, para resumir la situación. El ejemplo de este matrimonio será de una terrible inutilidad para las muchachas Bennet. Y, desde luego, Emma demuestra un gran amor filial al decidirse a vivir con su padre hasta que este fallezca, con la aquiescencia complaciente del señor Knightley que es un héroe desde todos los puntos de vista. 


(John Moore)

Los galanes son muy interesantes. Como suele ocurrir, los hay positivos y negativos. Por empezar con lo más fácil, ahí anda el pretendiente de Jane Bennet, la hermana mayor y la más bella de la familia de “Pride and Prejudice”. Bingley es un tipo con posibles, buen carácter y apostura física agradable. También tiene dos hermanas bastante odiosas, pero da la impresión de que las torea con cierta resignación. Es un hombre tranquilo, que se deja llevar por los demás y que encuentra en Jane la horma de su zapato, la misma serenidad y bondad que él posee. Son dos almas gemelas. Las vicisitudes por las que pasan hasta lograr casarse no tienen que ver con sus caracteres sino con la gente que los rodea y sus manipulaciones. Porque esa es la gran carencia del carácter de Bingley, la facilidad con que los otros le imponen su criterio. 

Los chicos malos son aquí, en distinto grado desde luego, Frank Churchill, Willoughby y Wickham, quizá el peor de todos, el que comete la villanía mayor. Churchill es un niño mimado que no sabe defender su amor por Jane Fairfax. Si no llega a morirse su tía, de la que dependía económicamente desde siempre, todavía está la pobre Jane de institutriz en alguna casa de familia bien. Wickham es, directamente, un canalla. Un canalla agradable, como suelen serlo para que sus redes puedan tenderse en dirección a las chicas bobas, pero canalla al fin y al cabo. Escaparse con Lidia Bennet es el segundo acto de una acción reprobable, que también llevó a cabo con una Georgina Darcy de solo quince años. La apostura física no le redime de su carácter egoísta y falto de escrúpulos y el trato que el libro le da, sacando a la luz todos sus defectos (y sus deudas) así lo pone de manifiesto. Quizá Willoughby sea más digno de lástima que de otra cosa. La debilidad de su carácter no es reflejo de mala voluntad sino de una desdichada educación y, desde luego, de una falta de moralidad, en el sentido filosófico y no religioso de la palabra, que asusta, porque va haciendo daño por donde quiera que se mueve. El castigo que Austen le propina no es baladí: tendrá que vivir siempre sin la persona a la que, en realidad, ama, Marianne Dashwood, pero también la condena a ella a la misma situación y, además, a un sufrimiento inmerecido. 


(Sir Humphry Davy)

Nos quedan los cuatro hombres de verdad. El coronel Brandon, rendido al amor de Marianne Dashwood desde que la escucha tocar el pianoforte en los primeros compases de “Sense and Sensibility”, es un hombre de honor. Una persona curtida, madura y llena de buenos sentimientos. Capaz de amar de verdad y de renunciar al amor por amor. Su recompensa será el amor mismo. Por su parte, Edward Ferrars tiene mejor suerte de lo que su decisión merece. Porque es demasiado pacífico, demasiado absorto en sí mismo, tanto que titubea cuando advierte lo que siente por Elinor Dashwood y, en realidad, no lucha por ella, sino que sobrevive a una carambola del destino propiciada por alguien que, en realidad, es la rival de Elinor, la mosquita muerta Lucy Steel. Ojo con las mosquitas muertas, nos advierte Austen, que tuvo que conocer a algunas en su vida. Esas muchachas con mirada lánguida, lengua afilada y malas artes. 

Darcy y Knightley son la joya de la corona. Los más atractivos, sensatos, inteligentes y, por qué no decirlo, ricos, de entre todos los Austen-Man. Si bien Darcy suele considerarse el prototipo del hombre perfecto, no dudes que puede entablar una lucha muy igualada por este título con el señor Knightley. Es más, Darcy es más orgulloso y tiene un carácter menos templado. Sus argucias para separar a Bingley de Jane existieron y él mismo las reconoce. Tampoco con Elizabeth tiene una actitud deferente cuando la conoce y rechaza la posibilidad de bailar con ella porque no la considera suficientemente guapa. Además ¿cómo es posible que soporte con frialdad, e incluso a veces, con sonrisas, la estupidez parlante de las hermanas de Bingley? ¿y cómo sigue visitando tan asiduamente a Lady Catherine de Bourg que es tan, tan pesada y prepotente? No sé, Darcy quizá está sobrevalorado, o quizá está redimido por su cambio de actitud, por su reconocimiento de los errores cometidos. 

Knightley es el hombre sin tacha. El hombre que ama a Emma en silencio. Sin servilismos, sin sufrimientos innecesarios. El hombre inteligente, con sentido del humor; el hombre compasivo; el hombre justo. Seguramente, aunque no lo creáis, él es el verdadero héroe Austen. Y el único que podría, sin resquebrajar su autoestima, enamorar a alguien como Emma. Que esa es otra….


(Julia, Lady Peel)

(Todas las pinturas son de Thomas Lawrence, pintor contemporáneo de Jane Austen, pues nació en 1769 y murió en 1830. Por ello, el atuendo de los personajes representa el estilo de vestimenta de esa época de manera fiel) 

miércoles, 16 de enero de 2019

Heroínas con sentido del humor


Resulta muy interesante constatar que “Emma” la novela más perfecta de las austenianas, es también la que tiene como protagonista a la heroína menos intachable. La maestría de la obra reside en su perfecto acabado, sin fallos de argumento, con una línea de evolución clara y coherente, así como en el ambiente que describe cuidadosa y satisfactoriamente. Puede compararse a un drama de Racine, como han observado algunos críticos. Es verdad que no es obra de una sola lectura, como puede serlo “Orgullo y Prejuicio” que nos produce una instantánea felicidad, un placer inmediato. No. “Emma” necesita una lenta degustación porque, en realidad, lo que presenta, es una historia detectivesca con misterios sin resolver y personajes que simulan sentir lo que no sienten. Toda la obra expresa el arte de la simulación de una manera perfecta.

La seguridad en sí misma de Emma, la protagonista, no le viene de sus aciertos, que son pocos como se sabe, sino de su origen, de su cuna y de la cariñosa crianza que ha recibido tanto por parte de su padre, entregado a la causa de sus hijas y a evitar las corrientes de aire, como de su institutriz, la valerosa y eficaz señorita Taylor, luego señora Weston. En lo que respecta a su visión casamentera, Emma comete errores de bulto. No es capaz de darse cuenta de la inanidad del carácter de Harriet Smith, a la que ha tomado bajo su protección simplemente por distraerse. Le va asignando pretendientes uno tras otro, sin considerar que es una chica tan poco despierta que ningún hombre con sentido podría fijarse en ella, salvo si tuviera una renta de cinco mil al año, en cuyo caso, no hay mujeres tontas.


Por otro lado, tampoco advierte el carácter taimado y poco honrado de Frank Churchill, que intenta jugar con ella y casi lo consigue, ocultando así el verdadero objeto de su amor, que no es otra que Jane Fairfax, la auténtica antagonista de Emma y el único caso de toda la novelística Austen en el que la protagonista y la antagonista están a la altura una de la otra. Es verdad que Emma parte con ventaja, porque su posición social no tiene parangón con la de Jane. Pero ésta tiene virtudes sobradas como para predisponer a su favor a cualquier lector y, desde luego, a los propios habitantes del micromundo en el que ambas se encuentran. Y así ocurre, en realidad, puesto que incluso el señor Knigthley es receptivo a los encantos físicos e intelectuales de Jane. Una única objeción le pone, que no deberíamos pasar por alto, su carácter escasamente alegre, tendente a la melancolía. Todo lo contrario que Emma, como queda claro en el transcurso de la obra.

Seguramente es el sentido del humor el que más y mejor consigue Austen plasmar en algunas de sus mujeres. Desde luego, en Elizabeth Bennet, la más pizpireta, ingeniosa y divertida, de ellas. Pero también en Emma. No obstante, hay una pequeña o, si se quiere, grande, diferencia entre ambas. Elizabeth se ríe de todos, empezando por ella misma y nuestra Emma todavía no ha recorrido ese camino triunfal del carácter por el cual uno debe, en primer lugar, ponerse delante un espejo y contemplar cuán ridículos resultamos a veces con nuestra grandilocuente pretensión de llevar la razón en la vida cotidiana.

El sentido del humor de Emma tiene también sus lagunas cuando se ríe de personas con menor estatus social que ella, algo que a su amigo y pigmalion, el señor Knigtlhey, no le gusta absolutamente nada. Elizabeth Bennet nunca haría esto. Incluso sus risas moderadas a cuenta del exceso de pretensiones de los Lucas tienen un fondo más humano y compasivo que esos comentarios hirientes que Emma deja caer en el paseo a Box Hill sobre la señorita Bates, cuando están jugando, a instancias del insolente de Churchill, a encontrar, al menos, una frase ingeniosa que haga reír a Emma. Esta escena genera un desencadenante amoroso que merece mayor atención.

Hay quien piensa que el personaje de Emma asomó en la cabeza de la autora cuando escribió la respuesta que da Fanny Price a Henry Crawford en “Mansfield Park”: “Todos tenemos en nuestro interior una voz que, si la escuchamos, nos guiará mejor que cualquier persona”. Es decir, se trata de la individualidad, del no dejarse llevar por los estímulos exteriores para actuar, de tener conciencia de lo que uno hace y por qué lo hace. En este sentido, los libros de Austen son una verdadera educación sentimental, sobre todo en lo que se refiere a las jóvenes mujeres, que se ven expuestas constantemente a sentimientos que no saben o no quieren controlar y que necesitan ser encauzados en una sociedad en la que el ser y el parecer eran cosas bien distintas. Quizá sea el sentido del humor la aportación más relevante de Austen a este estado de cosas.

(Pinturas de Lilla Cabot Perry, 1848-1933)

martes, 15 de enero de 2019

Las mujeres silenciosas de Anna Ancher


Un resplandor dorado contradice el aire callado, el silencio que suena. La habitación permanece a la espera de una buena noticia, una ventura. Las flores se reflejan en la luz de una ventana inexistente y el costurero se abre como una maravilla, un tesoro de hilos, de agujas y tijeras. Las manos se sitúan exactamente sobre la tela blanca y primorosa y ella guarda secretos que nadie más conoce, adornando el silencio con su mirada oculta.


A veces una lámpara se enciende en cualquier parte. La ventana se agita y la flor envejece. La mujer se ha parado y se pregunta a solas de qué forma guardarse para sí ese descubrimiento que ha convertido en duda su esperanza. Así, sensatamente, sin tener que engañarse, sin miedos y sin dudas, ella sabrá seguir ese camino claro que acuñó sin quererlo muchos años pasados y escribirá su nombre en cualquier parte, sin permitirse volver el rostro ante el desconocido.

Tantas veces la vida te enseña de repente que has gastado las horas en una antigua nada, en una nada inmensa, en una nada simple, en una total nada, sin razón ni motivo.

Tantas veces perdemos la noción de las horas y esperamos que pasen, y esperamos que lleguen, pero no llegan nunca si no sales al paso, si no intentas buscarlas, si no les das permiso, si no cantas con fuerza, si no gritas que quieres, si no te entiendes tanto que nada va a engañarte.


Esa mujer que intenta ignorar la mentira, ignorar el desprecio, despreciar el pasado, no mentirse a sí misma ni mentirle al espejo, guardando sin querer, en cajas de madera, que el color ha cansado y ha convertido en llanto, el olor de las flores, el color de las hojas, el sabor de los lirios, la tersura del tallo, la bondad del silencio recobrado, sin pérdida.

Esto es así porque el tiempo no pasa inútilmente. Te levantas un día y encuentras que eres otra, que las tardes se vuelven contra ti y tú te inventas una mañana nueva que pueda deslumbrarte. Así, de azul, de rosa, de verde; con las manos sencillas, con las manos expuestas, con las manos trenzadas en el sueño que buscas, recuerdas que las rosas florecieron un día, que su olor traspasó los más íntimos huecos de tu vida y que entonces eras otra persona que se busca en las cosas que crecen en las tardes y en los amaneceres inconclusos.

Ese tiempo  se escribió con la dicha y el dorado es el símbolo de que en ti permanece una huella que nada, ni el adiós, ni el silencio, convertirá en baldía.

(Pinturas de Anna Ancher)

domingo, 13 de enero de 2019

Lilla Cabot Perry: la mujer que observa

Algunas historias personales son tan atrayentes como las que se escriben en los libros. Tienen tanta fuerza que te preguntas acerca de ellas las cosas que, normalmente, son el telón de fondo de las vidas. Por pura casualidad te encuentras de pronto con una obra y una personalidad que tiene tanto que decir y de la que conoces tan poco...

Este es el caso de una mujer, la pintora americana Lilla Cabot Perry (1848-1933) que, sin que tuviera un ambiente ni unos conocimientos indicados para ello, se convierte en una artista profesional y recorre, con su pintura, movimientos diversos, estéticas diferentes. Es una historia de aprendizaje continuo. Y un aprendizaje consciente que parte de su propia observación, de sus esfuerzos diarios. Por eso es una trayectoria que merece la pena, porque demasiadas veces nos dejamos vencer ante lo que consideramos imposible. Pero la vida de Lilla Cabot Perry nos demuestra que todo está en nosotros. Todo está en nosotros y de nosotros depende que salga a la luz o se quede enterrado sin ver la luz. Esa luz que ella añadía a sus cuadros de una forma milagrosa. La luz, que es el secreto mayor de la imagen, de la fotografía, del cine, de la pintura, de la escultura. La luz. Que es tan distinta en su país de origen a la del sur de Francia, o a la de Japón, países que conoció y que le aportaron elementos que aprovecharía siempre en sus pinturas. 


Su vida la tenía destinada a ser una muchacha normal. Su padre era un importante cirujano y tenían buenas amistades entre la gente de las letras y ella misma se formó en algunas disciplinas relacionadas con la cultura. Se casó y tuvo tres hijas. Su marido era un hombre inteligente y con una importante fama de erudito. Y aunque no conocemos el detalle del matrimonio sí sabemos que ella comenzó a tomar clases de pintura cuando tenía treinta y seis años y había nacido su tercera hija. En esa decisión tuvo que tener el apoyo de su familia porque, de otra forma, no habría sido posible. Viajó a partir de entonces para perfeccionar su arte y en Francia conoció a Pissarro y a Monet, del que aprendió muchas cosas y, sobre todo, a mirar. A ver con los ojos del impresionismo, ese movimiento que había levantado una nueva esperanza de regeneración en el arte, que empezó como un rechazo a lo anterior hasta convertirse en canónico, en clásico él mismo. 

En su pintura está también la huella de sus estancias en Japón. La miniatura japonesa había sido un elemento crucial a la hora de influenciar el arte de las vanguardias. Y ella bebió directamente de esas fuentes de forma que la luz se volvió a transformar. De esa época son sus cuadros sobre la naturaleza, los árboles, las flores y las hojas. 

Los retratos de sus propias hijas fueron su primera incursión en el arte, pero luego fue acumulando conocimientos y experiencias de manera que el estilo se transformó y se acentuó su carácter novedoso, ligero, con una pincelada más fresca y un estudio de la luz más detallado. La elegancia de los gestos de sus primeras mujeres, la simpatía de los niños captada a modo de instantáneas, se enriquecieron con sus paisajes y con la aplicación de nuevas técnicas y entornos. Un caso genial de aprendizaje durante toda la vida, algo a lo que aspiramos y que no siempre es posible. 

El talento de Lilla Cabot Perry, su sensibilidad, sus aptitudes, se ven ayudadas formidablemente por el apoyo de su marido y por su propia voluntad de seguir aprendiendo cuando se suponía que tenía que dedicarse a cuidar a sus hijas y a su casa. Esto, en los años en los que ella vivió (murió a los 85) no era nada sencillo. Desde Boston a una granja de Massachussets, hasta París o Giverny, Japón, para volver a Boston, todo ese periplo indica una capacidad de adaptación y una férrea disciplina a la hora de aprender que merece la pena destacar y reconocer. 

Lilla Cabot Perry (de nacimiento Elizabeth Cabot) fue también poeta y traductora. Es uno de esos casos de mujeres que cultivaban diversas disciplinas y que lo hacían con enorme naturalidad mientras cuidaban a sus hijos y vivían la cotidianidad de su matrimonio. En el caso de Lilla, sabemos que su estancia en Japón durante tres años correspondió a un período en el que acompañó a su marido que había conseguido un empleo como docente en ese país. El contacto con Japón abrió para ella el camino del paisaje, generando una serie de obras en las que la figura humana tiene un segundo plano y estudiando con detalle las manifestaciones de la naturaleza, todo en su tono de delicadeza, contención, suavidad y sencillez. 

Sin embargo, es en el retrato femenino donde la pintora alcanza sus mayores cotas de perfección. Estudió el rostro y la actitud de las mujeres desde el principio de su carrera y aunque su técnica y su estilo fue variando no dejó de hacerlo, sino que añadió a su galería otras situaciones en las que las mujeres están en reposo, con elegancia, detallismo y misterio. Pintó varios autorretratos suyos por lo que conocemos su fisonomía y su porte sereno además de una mirada ingeniosa, atrevida, que le sirvió para construir toda una carrera llena de obras interesantes. 


(Autorretrato de Lilla Cabot Perry)

sábado, 12 de enero de 2019

"El hombre que camina" de Franck Maubert

Alberto Giacometti (1901-1966) es un escultor suizo, hijo y sobrino de pintores, que se formó en Ginebra y en París y que, después de dedicarse un tiempo al cubismo, entró de lleno en la vanguardia surrealista. La escultura que da título a este libro, "L´Homme qui marche", un bronce de 1,83 metros de altura, se vendió en una subasta en el año 2010, en Sotheby´s por la cantidad de 74 millones de euros. Aunque nacido en Suiza, se terminó asentando en París, concretamente en  Montparnasse, y allí conoció a otros artistas como Joan Miró, y Pablo Picasso, además de escritores, entre ellos a Jean-Paul Sartre y André Breton

Un hombre desvalido anda y anda, recorriendo una ciudad desierta o una urbe populosa en la que él es invisible. De cualquiera de las dos formas puede interpretarse esa visión fantasmal, amenazante, onírica. El hombre es el síntoma de las soledades, la visión del hombre moderno, una metáfora de la búsqueda, la expresión del mayor desistimiento. Giacometti realiza figuras aisladas, con rostros irreconocibles, extremidades incoherentes y una desigualdad manifiesta en las proporciones. Esa falta de proporción quiere destacar una acción, un hecho, un sueño, una realidad, una mentira. 

En 1960, habían pedido a  Giacometti que formara parte de un proyecto público para el Chase Manhattan de Nueva York. La idea era colocar esculturas de bronce alrededor del edificio. Para ello imaginó varias piezas, pero no llegó a sustanciarse el encargo porque no hubo acuerdo en determinados aspectos del mismo. Sin embargo, una de esas piezas la fundió en metal y de esa forma la exhibió en la Bienal de Venecia un año después. En 1962 le otorgaron el gran premio de escultura en la Bienal de Venecia, distinción que le consagró a nivel internacional. En 1988 “El hombre que camina”, considerada su creación más representativa y el punto culminante de su investigación sobre la figura humana, fue reproducida en el billete de 100 francos.

El nombre de Giacometti era uno de los que se oían y leían en la biblioteca del Laboratorio de Arte, de la Facultad de Geografía e Historia de Sevilla allá por los años en los que yo estudiaba la carrera y buscaba desesperadamente las monografías para la asignatura de Arte Contemporáneo. Era un hallazgo encontrar algo de Egon Schiel, de Giorgio De Chirico, de Edvard Munch, de Roy Lichtenstein, de Amedeo Modigliani. La historia del arte que se estudiaba en el instituto siempre terminaba con los impresionistas y, a partir de ahí, el vacío. Pero cuando el Arte Contemporáneo se abrió ante nosotros y desplegó sus posibilidades, sus alas abiertas, sus contenidos y lenguajes, todo un mundo de imágenes, contenidos, historias y técnicas se volvió asequible desde el silencio. Las vanguardias históricas me fascinaban y, a partir de ellas, todo ese camino que nos llevó a Nueva York desde París o Roma, los centros tradicionales del arte. Por eso resulta muy agradable encontrar este libro que ha escrito Franck Maubert y que ha publicado la editorial Acantilado con la traducción de Núria Petit


No es el primer libro que Franck Maubert dedica a Giacometti ni a aspectos relacionados con la expresión artística. La editorial Acantilado ha publicado también "La última modelo", cuya reseña figura en este blog, libro en el que se recrea el encuentro del escultor con la joven prostituta Caroline, que será su modelo y su amante. Giacometti se había casado en 1949 con Annette Arm, pero la historia de Maubert se centra en la fascinación que el artista siente por Caroline, a la que retrata y de quien se enamora los últimos años de su vida. Annette Arm había sido una paciente modelo a la que reprodujo en la mayoría de sus obras y que le sirvió de inspiración durante muchos años. 

Franck Maubert es escritor y autor de varios libros consagrados a la pintura, su gran pasión, entre los que se encuentran Le Paris de Lautrec y Maeght, la passion de l’art vivant. Ha escrito tres novelas, Est-ce bien la nuit?, Près d’elles y Le père de mon père. En este libro bucea en la intrahistoria de esta emblemática escultura, contándonos en qué circunstancias y de qué forma creó a ese hombre que camina, así como el contexto histórico y las repercusiones artísticas y filosóficas de la obra, que ha resistido el paso del tiempo y continúa simbolizando la soledad y la fragilidad humanas. 

El hombre que camina. Franck Maubert. Editorial Acantilado. Enero de 2019. Traducción de Núria Petit.

viernes, 11 de enero de 2019

"La vida breve de Katherine Mansfield" de Pietro Citati

Pietro Citati (Florencia, 1930) es un biografista de gran prestigio. La principal característica de sus biografías es que sitúa al personaje en el centro de una narración cuasi novelesca. Lejos de tener un sentido académico sus obras pretenden que nos identifiquemos con los biografiados y tengamos idea de su intrahistoria. Esto es posible con la galería de destinatarios de sus obras, como Goethe, Leopardi, Kafka o Tolstoi entre los escritores, a los que se une esta biografía de Katherine Mansfield, una autora muy desconocida y con una obra basada en su dominio del relato. 

Katherine Mansfield (Wellington, Nueva Zelanda, 1888- Fontainebleau, Francia, 1923), que toma el apellido de su abuela materna, es una de esas personalidades complejas, cuyo temperamento artístico le supone más sufrimiento que alegría. Su ambigüedad sexual nunca fue aceptada por su familia. La relación con su madre fue difícil porque esta siempre hubiera preferido tener un hijo varón. Los apegos familiares fueron dudosos y cambiantes. Tampoco recibió apoyo para dedicarse a lo que más le gustaba, la música, en concreto tocar el violonchelo. Aunque su familia tenía recursos económicos no parece que ella se sintiera integrada en ella en el aspecto afectivo. Ese desapego tuvo que marcar toda su vida y se acentuó con la muerte en el frente de su único hermano varón, Leslie. Ida Baker, por un lado, y el editor de la revista "Rythym" John Middleton Murry, fueron las dos personas que ocuparon su vida sentimental, a veces al mismo tiempo. Vivió en muchos lugares y la enfermedad la persiguió toda la vida, ocasionándole una muerte prematura. Esa conciencia de la enfermedad aparece en sus libros y en sus diarios y cartas con toda claridad. Cada día era una "maravilla" para ella, más que un rutina. Una parte de su obra fue publicada con carácter póstumo por Murry. 


La extraña y negativa relación con su madre es uno de los ejes de su personalidad. Así lo describe Citati en su libro. "Mientras escribía Preludio, Katherine Mansfield invadió su propia identidad con esa imagen de su madre que había alimentado dentro de sí misma durante los años de la separación...descubrió que existía en ella el mismo ojo lejano, imperturbable, ausente: la distancia, el impulso de fuga, el sentimiento profundo de no pertenecer a nadie que había descubierto en su madre, un lado oscuro que no amaba la luz..."

El segundo elemento clave, es la enfermedad, esa sensación de precariedad, de sufrimiento y de estar viviendo el último día de su vida a cada instante. Y el tercero es la dificultad de vivir su sexualidad de una manera sana, consciente y aceptada. De ahí sus idas y venidas en la geografía y en los afectos. Un perfecto desarraigo. 

Los últimos años de su vida fueron aún más duros porque dependía de otros. "Por la mañana, si los dolores le impedían bajar la escalera, Ida Baker le llevaba un barco de agua caliente, la bañaba, la enjabonaba y la secaba como su abuela había hecho veinte años antes. Escribía por la mañana y por la tarde; después de comer daba un pequeño paseo, arrastrándose como un caracol, o el cochero la conducía entre los bajos senderos de la montaña. Después de cenar jugaba al Cribbage con Middleton Murry; leía "Emma" y "Mansfield Park" de Jane Austen, mientras su marido zurcía los calcetines utilizando para ello un limón"

Aunque no se sintió amada completamente por Murry, ese amor era uno de sus alimentos, incluso cuando estaban en la lejanía, algo que era muy frecuente, pues ambos eran conscientes de que eso era mejor que no comprenderse. "Te amo con toda nuestra vida futura, nuestra vida juntos, que sólo ahora me parece que ha arraigado, y que está viva y crece bajo el sol" Y hay algo crucial en lo que dice, algo que resume su sentimiento: "No, no es que yo te ame, sino que el amor me posee por entero: amor por ti y por toda nuestra riqueza y nuestra felicidad" Esto nos indica su conciencia clara de que su relación amorosa con Murry era incompleta y quizá todas sus relaciones amorosas y familiares lo eran, ninguna era capaz de satisfacer su vitalidad, su forma de entender la vida y sus necesidades afectivas, incompletas, inacabadas. 

La mayor parte de sus relatos los escribió en un período muy corto, solo dos años, un tiempo en el que tuvo un énfasis creativo muy poderoso, aunque siempre mantuvo una relación firme y segura con la escritura, quizá su mayor anclaje, lo que se manifiesta en sus diarios y en sus cartas. Su relación con otros escritores contemporáneos fue discontinua pero sin competencias, más bien en una especie de río de solidaridad y de entendimiento. El final de su vida, en una institución de dudosa claridad bajo la organización de uno de esos individuos iluminados que se aprovechan de la desesperación de los enfermos, fue absurdo y terrible.

Este es un libro corto, breve como esa vida, pero que recoge lo justo, lo que necesitamos para entenderla. Más que datos, que también, lo que trasmina es la forma en la que ella lo sentía y lo vivía, aunque fuera de esa manera tan dura a veces y tan difícil y tan escasa de esperanza. Puedes llegar a conocer a Mansfield y adivinar por qué la escritura era un hábito diario que no podía dejar, ni quería hacerlo, por qué necesitaba transmitir de alguna forma su emoción, algo tan efímero que solo se puede perpetuar si se deja por escrito. Esa certeza del final cercano y esa inevitable deseo de comunicación y de ser amada y comprendida es el marco de fondo de todo lo que escribe, de todo lo que es. 

La vida breve de Katherine Mansfield. Pietro Citati. Ediciones Gatopardo. Traducción de Mónica Monteys. Primera edición 2016. 

jueves, 10 de enero de 2019

"Una rosa en el corazón de Nueva York" de Edna O´Brien


Diciembre. Navidad. Una mujer está de parto. "Al casarse había escapado de una vida de sirvienta, quizá de acabar interna en una lúgubre institución, pero conforme pasaba el tiempo y el último cajón se vaciaba de regalos se dio cuenta de que tendría que servir de una manera completamente distinta"

La ilusión del matrimonio se cae por los suelos. Tu marido, que parece un hombre casi atento y cariñoso, se convierte en alguien desconocido, que bebe más de la cuenta, que grita, que no sabe siquiera comportarse mínimamente. La miseria económica convierte la vida en una perpetua angustia. La futura madre ha tenido ya otros partos anteriores, de los que le sobrevive una hija que, siendo mayor, se alejará de la familia y se irá a Australia. Es una huida más en un horizonte lleno de ellas. La hija pequeña, la que nace de ese parto que os es dado contemplar en directo, tendrá una relación simbiótica con su madre. El padre va y viene en la historia, pero no tiene nada que decir, basta con que deje de beber a veces para estar un poco lúcido, aunque esto llega a importar muy poco.

No hay ninguna esperanza y las mujeres lo saben. Tienen, madre e hija, muchos puntos en común y repiten los mismos errores. Es una especie de vida de mártires en la que no parecen formar parte de una familia, sino de una secta que debe callar los horrores. El problema no está sólo en ser mujeres, sino, sobre todo, en ser pobres. Ellos beben y beben para intentar olvidar la pobreza y su propia frustración de ser incapaces de llevar a su casa lo que es necesario para vivir decentemente. Es una pobreza extrema y una resignación que les impide cambiar o protestar. Es inútil.

Edna O´Brien ha vivido todo lo que cuenta o lo ha visto muy de cerca. De un modo o de otro ella vuelve continuamente a ese tema muchas veces en su obra porque es una especie de memoria perpetua de la que no puede escaparse. La vivencia de la infancia es tan poderosa que, por muchos años que pasen, resulta imposible deshacerse de esos lazos, de ese peso, a veces terrible. Ella exorcista sus monstruos escribiendo. La escritura, lo ha confesado, actúa aquí como elemento de salvación. La dureza de las descripciones son difíciles de igualar. El momento del parto, la reacción del padre bebiendo y comiendo ganso con los amigos en el piso de abajo mientras en la alcoba la madre grita porque la niña no acaba de nacer....

Este es un cuento sobre su etapa irlandesa, antes de llegar a trabajar a Dublín, antes, sobre todo, de iniciar su recorrido cosmopolita por el mundo. Incide en hablar de las mujeres y de su papel en la sociedad del momento, años cincuenta, Irlanda, un papel subordinado y lleno de carencias afectivas. Quién puede reparar en los sentimientos si no hay para comer??? Las mujeres de Edna O´Brien son, a la vez, frágiles y duras. Sentimentales y frías. Desengañadas y esperanzadas. Buscan y desertan al mismo tiempo. La mayoría termina tirando la toalla. No hay desenlaces felices en sus libros. Todas sus historias tienen finales de puertas cerradas.

Una rosa en el corazón de Nueva York es uno de los cuentos que forman parte del volumen "Objeto de amor", publicado por Lumen en 2018 y formado por 20 historias seleccionadas por Marta Orriols y con la traducción del inglés a cargo de Regina López Muñoz. El volumen está dedicado a Philip Roth, gran amigo de la escritora. 

martes, 8 de enero de 2019

"A Star is Born" de Bradley Cooper


Desde que hizo un pequeñito papel en la serie "Alias" he seguido a Bradley Cooper con esa insistencia que solo se produce cuando encuentras algo que te gusta mucho. Así que me confieso bradleriana y partidista a la hora de valorar su trabajo en el cine. Sin embargo, en esta ocasión, creo que coincido con muchísima gente que ha visto cómo  "A Star is Born", nada menos que la cuarta versión de la misma historia, es mejor que las anteriores, sobre todo porque la labor de dirección de Cooper es genial.


Los cinéfilos tenemos buena memoria. Grabamos en nuestra cabeza imágenes, frases y argumentos que a los que no son amantes del cine les pueden pasar desapercibidos. Nos entendemos a base de ver una y otra vez lo que admiramos. Somos una tribu con códigos especiales. Tenemos lazos en común que saltan a la primera. Si naces en una familia de cinéfilos eso ya te imprime carácter porque tu vocabulario, tus referentes, están en la pantalla. Y te entiendes a partir de ellos. Así que el cine es mucho más que un entretenimiento, que una oferta, que una industria, para nosotros. 

La cuarta versión de "Ha nacido una estrella" es la mejor de todas, a pesar de que tiene precedentes gloriosos. Y me ha enseñado algunas cosas  recordado otras. La química entre Lady Gaga y Bradley Cooper traspasa la pantalla. Sin esa química todo hubiera sido imposible. Estabas llamados a entenderse y cuesta creer que ese sentimiento que existe en la película no haya llegado a la vida real. Lady Gaga ha sido un descubrimiento para mí. Huía de ella por sus poses extrañas, su vestuario sofisticado y sus rarezas. Nunca la había oído cantar, al menos conscientemente. Y he aquí que aparece sin maquillaje, con su pelo natural y su voz, extraordinaria, no solamente por su fuerza o su belleza, sino por su capacidad de emocionar. Me ha conquistado completamente. Y Bradley Cooper ha mostrado otras dos facetas desconocidas hasta ahora: sus facultades para cantar y su talento como director. La voz de Cooper cantando es tan sentida, tan amorosa, tan quebrada, tan llena de fuerza, que me supera.

Pero lo mejor de la película y la enseñanza que me ha traído a la cabeza aunque ya la conocía por experiencia es que, cuando alguien te quiere de verdad, te arroja un haz de luz sobre ti y te empuja hacia arriba, te eleva, te ayuda, te hace sacar lo mejor de ti misma. Te levanta y te comprende aún a costa de sí mismo. Esa mirada que Cooper lanza a la chica es la que todas queremos sentir sobre nosotros.

Dos seres se encuentran en el momento oportuno. Uno, en su decadencia, la otra, en su esperanza. Y ambos hallan a la vez un elemento de unión, una luz, para ayudarse mutuamente. Él logrará que ella se dé cuenta de su valía, de sus cualidades, más allá de los cánones y de la opinión de otros. Ella le arrojará encima un trozo limpio de vida, una verdad que es más que el dinero o la fama. Ambos se miran y se comprenden. Eso es el elemento central, lo que ocasiona todo. A partir de ahí la historia gira en torno a una lucha, a una dificultad añadida para lograr el propósito y también, al amor, eso que hace que los hombres y las mujeres se tomen la molestia de sentirse cercas en un universo lejano.

El cine es un elemento extraordinario para crearte un estado de ánimo determinado. Piensas en ver una película y depende mucho de cómo te sientas. Esta película te dice que no puedes abandonar tus sueños y que si tienes la suerte de encontrar a alguien que se entregue generosamente a ti entonces no puedes perderlo de vista. Salvo que la vida te lo arrebate, como ha sido mi caso. Pero, aún así, esas manos tendidas, esa entrega única, esa frase "con todo mi amor, siempre", esa capacidad de darte todo, de hacer que labres un camino que, de otro modo, quizá nunca hubieras emprendido, esa belleza del amor en toda su verdad, eso no se olvida nunca.

La música es el elemento que lo canaliza todo, que lleva los sentimientos a lo máximo, no solo por los alardes técnicos o por la voz de los cantantes, o por la especial tensión que se crea sabiendo que se rodaron en auténticos espacios abiertos al público, sin engaños, sino, sobre todo, porque es el culmen de la emoción, la responsable de su magia, de sus momentos de comunicación más entrañables. Escucho a Bradley Cooper cantar y vibro. Escucho a Gaga y ocurre lo mismo. Es un milagro, un auténtico milagro. Mi corazón canta con ellos. Canciones extraordinarias. Música hecha para el disfrute y el entendimiento.

Aprendes mucho viendo cine. Mi madre era una cinéfila que casi todo lo que sabía lo aprendió del cine y los libros. Así he seguido yo su camino y así lo he dejado trazado. Es verdad que la vida, en sí misma, te defrauda en muchas ocasiones, pero también lo es que ver una película, gozarla, es vida. Hay muchas formas de vivir la vida y esta es una de ellas. Y de aprender de la vida cuando se muestra con sinceridad y con las palabras más directas. Esta película, además, te permite llorar, llorar sin trabas, y, al fin y al cabo, ese es uno de los mejores modos de sentir que, a pesar de todo, estamos vivos. 

lunes, 7 de enero de 2019

"Moda y prensa femenina en la España del siglo XIX" de Ana María Velasco



A mi madre, voraz devoradora de revistas femeninas


     Siempre he negado la frivolidad que se le atribuye al mundo de la moda. Por el contrario creo que es uno de los elementos que definen una sociedad, que la representan e, incluso, que la modelan. Además de una industria, un modo de vida, un sistema de autoempleo antiquísimo y una manifestación del carácter y del devenir de la historia. La moda tiene mucho más que ver con otros elementos definitorios de la vida de la humanidad de lo que parece. Con el clima, la economía, la religiosidad, la cultura, el sistema político. Por supuesto, con el arte, que es una de las fuentes de conocimiento y que se ha ido enriqueciendo con las aportaciones más recientes de la fotografía o la ilustración. La moda en su más amplio sentido, aunque en este libro que reseño se refiere a la moda femenina y se circunscribe a un entorno espacial y cronológico, la España del siglo XIX. La fuente de estudio es la prensa, más concretamente la llamada "prensa femenina", bastante denostada, considerada de segunda y con un público muy concreto, las mujeres. Escribir de, por y para las mujeres.

      Quede claro que se trata de un estudio científico, no un libro de divulgación. La autora, que es periodista e historiadora del arte, ha buscado, básicamente en la Biblioteca Nacional y en la Hemeroteca de Madrid, las fuentes que le han permitido elaborar su diagnóstico de la situación y, a partir de ahí, seguir haciéndose preguntas al respecto. El prólogo es muy interesante: La moda mueve el mundo. Lo firma Celso Almuiña, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid. En él vuelve a incidir en el importante papel de la moda dentro del contexto histórico de cualquier país o sociedad. La autora deja clara en la introducción cuál es su intención: estudiar las primeras revistas femeninas dedicadas a la moda y la belleza. Hay una cuestión sustancial que aparece definida desde el principio y que, a mi juicio, constituye la principal aportación: la moda, como espacio propio de la mujer, le permitió a esta tomar protagonismo en decisiones y opiniones que no tenía anteriormente. La Revolución Industrial, con la enorme expansión del textil; así como la aparición de las primeras publicaciones al respecto, hicieron que la proyección pública de la mujer fuera formidable y, sobre todo, que se ampliara su relevancia fuera del aspecto doméstico.

     Leer revistas de moda o de belleza amplió los conocimientos de muchas mujeres acerca de aspectos que antes solo se comentaban de forma oral o que se transmitían de madres a hijas. La economía doméstica, por ejemplo, fue un punto sustancial en esa transmisión. Y también los consejos y recomendaciones sobre la salud y la crianza de los hijos.

     Todas las revistas que se mencionan en el libro están debidamente contextualizadas en su momento histórico y político, por lo que el libro tiene una base académica que tiene especial importancia, pues la moda no es un fenómeno ajeno al resto de las manifestaciones sociales y culturales. En este sentido, sigue un orden cronológico muy adecuado. Resulta interesantísimo comprobar el número tan elevado de publicaciones que existieron en todo el período estudiado y en las diferentes épocas históricas que aparecen diferenciadas en los capítulos. Un número importante que da cuenta de la extensión de la costumbre y el hábito de la lectura de estas revistas y que sirven para radiografiar el avance de la mujer en la propia sociedad.

          El libro rastrea la existencia de dos revistas de moda en el reinado de Fernando VII, nueve en la regencia de María Cristina y Espartero, treinta y cuatro en el reinado de Isabel II, veinticuatro en el sexenio democrático y la restauración. Algunos de sus nombres son especialmente expresivos: El pensil del bello sexo, El mundo de las damas, El tocador, La tijera, La guirnalda, El primor femenil...
Las revistas aparecen en distintos puntos de España. Madrid, Barcelona, Valladolid, Cádiz, Santa Cruz de Tenerife, Zaragoza, San Sebastián, Valencia. Algunas nos llegan desde el extranjero: México o París. La vida de la mayoría de estas publicaciones suele ser efímera, incluso las hay que duran solo unos números. En el apéndice final del libro, además de una extensa bibliografía, aparece el listado de todas las revistas consultadas, con su lugar de publicación y los años en los que se publicaron. Toda esta información complementa extraordinariamente el contenido.

        El texto contiene fotografías y dibujos, reproducciones de portadas y otros elementos gráficos, que resultan ilustrativos y ayudan a entender mejor el contenido, de por sí denso como no puede ser de otra manera en un estudio de naturaleza científica como este, que pretende aportar una visión del tema con seriedad y rigor.

Moda y prensa femenina en la España del siglo XIX. Ana María Velasco. Ediciones 19. Madrid, 2016. 

"Vana respuesta" de Rosamond Lehmann

Esta es la primera novela que escribió Rosamond Lehmann (1901-1990), de quien aparecen en este blog las reseñas de dos de sus obras publicadas en castellano:

"A la intemperie" de 2017, publicada también por la editorial Errata naturae, e "Invitación al baile", de 2015.

La temática referida a la juventud, a la relación con las madres, al despertar de las emociones, ya aparece en estas dos obras anteriores. Pero en el caso de "Vana respuesta" al ser su primera obra, es aquí donde comienzan a representarse esas inquietudes. Judith Earle es la protagonista de la novela y con ella un grupo de amigos, pertenecientes a la familia Fyfe, que están dentro y fuera de su vida alternativamente.

La historia asciende desde el inicio de su encuentro, siendo niños hasta que la vida continúa y los acontecimientos se van produciendo, dando lugar a historias que se entrecruzan y que generan relaciones de amor, odio, engaño y envidia. La infancia, la adolescencia, la juventud, esos tres momentos de la vida que definen la existencia de las personas, son los ámbitos temporales de la historia. El paso del tiempo es, por tanto, uno de los protagonistas destacados de la novela. Se publicó en 1927, cuando la autora tenía solo 26 años y su éxito fue tal entre la crítica que la elevó a un lugar destacado precozmente. Como no puede ser de otra forma y suele ocurrir en este tipo de novelas, tan emocionales y tan centradas en la vida real, hay un componente autobiográfico que se detecta en cuanto nos asomamos a la existencia misma de la escritora. Ella misma vivió siempre en un mundo privilegiado en el que la escritura, la literatura en general, el arte, tenían un papel esencial, lo que la dotó de una sensibilidad particular para estas manifestaciones. Por otro lado, igual que Judith Earle ella fue educada en casa, con una institutriz, institución educativa que ya estaba cayendo en desuso y solo se conservaba entre familias que, por sí solas, podían aportar una educación exquisita a sus miembros, sobre todo chicas. Después de eso fue a la Universidad de Cambridge y allí se especializó en Literatura inglesa y Lenguas modernas y medievales.

Esta educación estricta y presidida por el componente cultural, pero también plagada de soledades porque no existe el encuentro formal entre iguales hasta que la muchacha es universitaria (demasiado tarde) se recoge ampliamente en la novela, contraponiendo este sistema al de Mariella Fyfe, la otra chica, que tiene una mirada fría, una actitud frívola, un cierto menosprecio a la educación que recibe en su colegio de chicas y, sobre todo, la capacidad de enamorar al más guapo de la pandilla.

Las últimas páginas del libro, a partir de la muerte de uno de los protagonistas, se convierten en una reflexión sobre las culpas y sobre la forma de abordar la vida en relación con la felicidad. Tiene forma epistolar de manera que se mezclan las observaciones y comentarios entre unos y otros creando un mosaico de emociones que se cruzan sin poder evitarlo.

Vana respuesta. Rosamond Lehmann. Errata naturae. Colección El pasaje de los panoramas. Traducción de Regina López Muñoz. Primera edición noviembre de 2018. Publicación original 1927. Título original: Dusty Answer. Imagen de portada: Frances McLaughlin-Gill. Maquetación: Sara Pintado. 

Dedicatoria: Para George Rylan. "!Ah, vana respuesta obtiene el alma cuando ansía certezas en nuestra vida" (George Meredith)

domingo, 6 de enero de 2019

Carta a un hombre que no debió morir


(Gregory Peck fotografiado por Nina Leen en 1947) 

Esa noche no me asustaron los fuegos artificiales, no escondí mi cabeza debajo de la almohada. Tampoco me dio miedo la tormenta de meses después. No perdí los nervios en el barco, ni en el avión, ni en ninguna circunstancia. En todos los momentos complicados se oía la balsa serena de tu voz diciendo: Respira. Así que respiré y al final de esa respiración siempre estabas tú. El hombre bueno, el tipo cabal, el enterrador de la zozobra, la terminación del miedo. La única persona que me conocía tal y como soy, a pesar de que no leíste nunca a Jane Austen, a pesar de que no leíste nunca lo que yo escribía. He conocido a muchos hombres. A algunos de ellos los quise. Otros me quisieron. Nadie me quiso como tú. En todas las circunstancias y eso no era fácil. Sabes, sabías, que soy quisquillosa, irascible, miedosa, susceptible. Sabes, sabías, que necesito llevar la razón en algunas cosas. Que conmigo es difícil discutir. Que me enfadan las cosas mal hechas y que las tormentas me abruman. Lo sabes, lo sabías todo de mí. Sobre todo lo malo. Me querías pese a todo, o, quizá, precisamente por eso. No te hacías ilusiones de cambiarme. No querías que cambiara. Me querías entera, con lo que fui y lo que podría haber sido. No debiste morirte. Porque tú no puedes vernos, no puedes estar pero yo estoy segura de que no queda nadie que me ame después de conocerme. Exactamente. Sin tener que fingir que soy peor. Sin tener que simular que soy perfecta. 

sábado, 5 de enero de 2019

"Agosto es un mes diabólico" y "Noche" de Edna O´Brien


Este es un librito de unas trescientas páginas que contiene dos historias escritas por Edna O´Brien con un denominador común: el erotismo. No deja de ser extraordinario que una persona con la educación estricta que recibió en su Irlanda natal sea capaz de expresar de una manera tan certera, tan abundante de detalles, tan potente y vívida, la relación erótica entre los hombres y las mujeres. Podría una preguntarse cómo es esto posible y habría que recurrir a una respuesta ya conocida: la Verdad, por un lado; la Imaginación, por otro, conforman una estructura capaz de reflejarlo todo si se tiene talento para ello. La vida de Edna O´Brien tuvo tanto de represión como de libertad y esa conjunción de elementos juega a su favor. A eso se une la capacidad de recrear emociones, sentimientos, deseos, pasiones y situaciones concretas que debe a su indudable y poderoso talento literario. Por eso en toda su obra las escenas eróticas tienen, a la vez, delicadeza y estremecimiento. Es muy difícil recrear escenas amorosas si uno no posee esas cualidades. Resultan toscas, duras y sin escalofríos. Pero en Edna O´Brien recrear el amor carnal, el amor físico, el amor en todas sus facetas, es una muestra más de su capacidad literaria. 

En "Agosto es un mes diabólico" nos encontramos a una mujer divorciada que se queda sola en el tórrido verano londinense porque su hijo se ha ido de camping con su padre. "Hacía cinco días que el cielo ardía y la ciudad de Londres hervía a fuego lento a sus pies" Ella vive en una casa prestada. Esta es una cuestión recurrente en la vida de Edna. Nunca tiene una casa a la que pueda llamar suya, pues su casa de la infancia le produce, a la vez, rechazo y apego. Pero la casa ya no existe y ella siempre está en casas extrañas, con las que no sueña. Incluso ahora, en 2019, vive en una casa alquilada en un buen barrio de Londres. Del hombre sabemos poca cosa. Aparece de pronto. Tiene cuatro hijos, una exesposa y una amante, y trabaja de noche en un periódico como redactor, pero aparece un día y es todo de ella. Son ambos una especie de transeúntes en un Londres semi abandonado. "Le hizo el amor como jamás se lo había hecho ningún otro hombre" "La suavidad y la dureza unidas" Pero lo que parece una historia de devaneos, una forma de llenar el vacío, se va deslizando por la pendiente de la tristeza más honda que un ser humano puede tener y entonces se convulsiona la narración de manera que ya nada es lo mismo. Y el viaje que emprende desde el Londres caluroso a la suave caricia del aire del sur de Francia tendrá un eco final que cambiará su vida por completo. 


El segundo relato "Noche" es una representación onírica de los pensamientos y frustraciones de una mujer para quien la vida parece que ya ha pasado de largo. Recoge momentos de la historia pasada de la autora, situaciones, ambientes, costumbres, incluso pequeños detalles de la vida en una granja o del contacto con los animales. En muchos textos de Edna el recuerdo de la comida de su infancia recrea tiempos nostálgicos: "Lo que más me apetecería ahora son unas natillas. Llenarme la boca con su suavidad, no demasiado dulces pero sin que les falte su pizca de vainilla" "La primera leche que me dio a beber fue de una botella. Más tarde de un cántaro. Las vacas eran mis amigas y eso que solíamos estar de acuerdo" La naturaleza tiene carácter humano, la vida en los valles, en las colinas, en las praderas tiene un significado que solo conocen aquellos que han tenido la suerte de conocer de cerca ese modo de existir, en el que los pequeños sonidos se identifican y donde las personas se alían entre sí para vencer a los males externos. El relato se desliza por senderos que a veces resultan misteriosos, otras veces son desagradables y siempre te dejan un regusto extraño, como si no hubiera forma de escaparse del eco que permanece después de leer. Esa es una de las características de Edna, su carácter insistente, su repetición constante de algunas ideas a través de muchas formas expresivas, dando la impresión de que merodea en torno a las palabras hasta que todas ellas quedan exprimidas al máximo como si fueran naranjas.


Hay un trasfondo de melancolía en las dos narraciones, de tristeza no suficientemente explicada, pero latente. Una especie de nomadismo emocional que enfrenta a sus protagonistas, mujeres, con unos estados de ánimo que las superan y que las dejan exhaustas. Con motivo o sin él, las dos tienen que convertirse en sanadoras de sí mismas y observar al resto del mundo como si no hubiera motivo para creer en él. Ninguna de las narraciones tiene el aire claro, el estilo directo, el delicado engranaje de sus novelas o de sus cuentos, sino que, por el contrario, parecen surgir de un interior confuso, de unas sensaciones mal hilvanadas y que la literatura intenta recomponer, como las piezas mal distribuidas de un mecano. En ocasiones, los sentimientos no obedecen a la razón ni esta se compadece de la realidad y por eso la escritura, que pretende establecer el orden en el mundo que vivimos, llega a percibir y a trasladar, con infinita crudeza, ese permanente deseo de encontrar algo que no se tiene, que no se intuye, que no se conoce. En esto, como en otras cosas, Edna O´Brien es una maestra.

Agosto es un mes diabólico. Escrito por Edna O´Brien. Traducción de Mireia Bofill. Dedicado a Stanley Mann. Se inicia con una cita de John Keats, uno de los poetas de cabecera de O´Brien: Y tiene su invierno deformado/pues sus naturaleza mortal así lo exige. Título original: August is a Wicked Month. Fecha de publicación original 1965. 

Noche. Escrito por Edna O´Brien. Traducción de Raquel Velázquez. Dedicado a sus hijos, Carlo y Sasha, a los que ella llama aquí "muchachos". Se inicia con una canción: Ella está muy lejos/de donde el joven/héroe descansa. Continúa con una cita de E. Weekley: Los auténticos Hooligans eran una divertida familia irlandesa cuyo comportamiento, hacia finales del siglo XIX, animó la monótona cotidianidad de Southwark. Título original: Night. Fecha de publicación original 1965.

Esta edición conjunta de ambas historias ha sido publicada por la editorial DeBolsillo en su colección Contemporánea, Penguin Random House, grupo editorial, en septiembre de 2018. El diseño es de Andreu Barberan. 

Las fotografías que acompañan al texto de esta entrada son de Jack Vettriano, Fife, Escocia, 1951, excepto la foto inicial que es de la autora del blog. 

viernes, 4 de enero de 2019

"Manhattan Medley" de Edna O´Brien



(Edna O´Brien fotografiada en 1964 por Sandra Lousada)

Para Louella, Maria Pilar y Carmela


Una ciudad, un encuentro, una aventura. Dos personas, hombre y mujer. Unos instantes, un abrazo. Un adiós o un comienzo, esto no se puede dilucidar en el breve espacio de un cuento. He aquí el breve resumen de lo que significa "Manhattan Medley" en el libro de relatos "Objeto de amor". Apenas veinte páginas que logran resumir mucho de lo que Edna O’Brien sentía y expresaba con respecto a las relaciones entre los seres humanos y la continua lucha que esto conlleva. Desconocemos casi todo de él, su nombre, su edad, su ocupación. Solo sabemos que alguien celebraba una fiesta en su honor, que está casado y que huyó de la fiesta en compañía de "ella", la narradora, quien quiera que sea. Así comienza esta aventura amorosa, en plena ciudad, un lugar mucho más adecuado, según escribe, que un bosque, el mar o la arena. El hallazgo del hombre la perturba y también sus preguntas porque quizá intuye que son preguntas retóricas, con respuestas que no deben hacerse desde la sinceridad sino desde la conveniencia. Los cuerpos responden a esa unión efímera pero las cabezas se mantienen aisladas, cada uno en su vida anterior, cada uno en su futuro lejano. Las amigas son testigos de algunos detalles porque la conversación traerá el recuerdo de ese hombre y lo que ha significado. Pero ninguna podrá palpar en realidad qué sentido tiene dejarse ir en un momento de lucidez amorosa que no entiende sino de sensaciones. 


(Charlotte Rampling, en una foto de autor desconocido)

La ofrenda de despedida, después de que él se marchara, es una orquídea, en una caja para tartas, con pétalos blancos y un tallo fino y esbelto. Se ha ido y ella comenzará a recorrer la ciudad contemplando quizá los edificios, los templos y las rotondas que lo han hecho famoso y viendo cómo la gente continúa su vida, entre la decrepitud y el ansia de mejorar, sin que le afecte ese hecho crucial para ella de la distancia y la lejanía. "Una aventura. Es una palabra cargada de sentido. Inestabilidad. Cambio constante". El papel de las aventura amorosas, de los encuentros instantáneos, de la pasión leve, es muy importante en la obra de O’Brien. Seguramente se desencantó de lo que llamaban en su Irlanda natal "lazos para toda la vida", y decidió que lo mejor para ella, lo más sensato, incluso lo más sano, era esa brevedad del conocimiento, ese pequeño ramalazo de intimidad, que se convertía luego en nada, o, todo lo más, en el perfume inocente de una  flor que llega desde lejos. Al final, después de contemplar los restos de la huida y la huella que esa separación deja en su cuerpo y en su mente, ella, la mujer que nos narra la historia, que no tiene nombre ni edad ni rostro, volverá, como otras veces, al refugio más seguro, al que le ofrece, por un corto espacio de tiempo, una de sus amigas, que tiene tanto que contar o más que ella. Y la historia continúa. 


("Manhattan Medley" de Edna O’Brien es un cuento incluido por Marta Orriols en la selección que hizo para la editorial Lumen y que salió publicado en 2018 con el título "Objeto de amor", traducido del inglés al castellano por Regina López Muñoz. La dedicatoria del libro es: "Para Philip Roth, por nuestra larga amistad)