sábado, 9 de febrero de 2019

La última vez que pronunció mi nombre



(Dorothea Lange. Mother and Child. San Francisco, 1952) 

Yo subía la escalera. Ella estaba allá arriba, en el descansillo, delante de la puerta del piso, un quinto, en el que se iban cerrando habitaciones porque cada vez vivía menos gente. Los hijos que se van, el marido que muere. Ella allí, en lo alto, asomada apenas, y yo subiendo despacio, uno tras otro, los escalones, con miedo, cómo no, el miedo de saber que, quién quiera que fuese, ya no era lo que era. 

Entonces me miró solo un instante. Un momento fugaz. Un aire, una huella, el pequeño fulgor de un resplandor sin llama. Me miró y sus ojos parecieron hablar aunque callaron. Me miró y pronunció mi nombre con la total certeza de otros días. Dijo mi nombre en voz muy baja, pero era su voz y mi nombre era. Lo dijo y me miró. Reconoció la figura expectante que subía la escalera y cruzamos miradas hacía tiempo imposibles. 

Después de aquello, nada. 


(Dorothea Lange. May Day Listener at Rally. 1934) 


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