martes, 7 de junio de 2016

Cállate....



En aquel primer colegio la profesora destilaba alegría. Parecía volar por encima de sus tacones. Era chiquitita y llevaba las uñas largas, perfectamente pintadas de rojo, muy femeninas. Cogía los lápices con gesto elegante y se movía entre las mesas observando cuadernos y libros. Canturreaba suavemente una canción y movía las caderas al compás de su paseo por el suelo de mármol del aula, a la que se abrían dos enormes ventanales. 

Era la profesora ideal, la que te entiende, la que nunca te manda callar, la que te impulsa a que hagas ese papel en la función de teatro, y te dice que escribas cuentos y que se los des para leerlos, y te anima a cantar en el coro..Llegas a creerte así que tus palabras tienen un don y deseas compartirlo. Y entras en el paraíso prohibido de los pensamientos y quieres traslucirlos a ideas y a palabras, a sonidos que surquen la tarde azul y las mañanas grises. 

Después de eso, abandonado ya el firme y dorado nido del primer colegio, todo el mundo se conjuró para hacerme callar. "Cállate" era la frase más repetida de las que oía en mi adolescencia. Incluso en casa, cállate, nos vuelves locos. Cállate, deja que tu padre vea el fútbol. Dile a tu muñeca que se calle, que no para de entretenernos y tenemos ya la cabeza perdida de oírte. Olvídate de los Estados Americanos y no hace falta que recites poemas a cada rato. Las niñas están mejor calladas. Incluso tú, que no tienes para nada cara de buena. 

Hablar se convirtió en una odisea, en un reto, en algo prohibido. Solo pensar era seguro, solo guardar los pensamientos y conservarlos en la mente hasta que un día los papeles hicieron de las suyas y así nació la escritura. Escribo porque nadie me oye, porque nadie me escucha, explicaba a aquellos que me hacían preguntas sobre mi eterno cuaderno con bolígrafo de cuatro colores.  Ni las personas a las que más amé sintieron nunca la necesidad de oírme contar las miles de historias que mi cabeza generaba. Ni esas personas me leyeron nunca. 

Ahora ya, desierto mi corazón de la última ilusión de encontrar un alma gemela en esto de la palabra, vago por cuadernos y ordenadores intentando atrapar la palabra y convertirla en texto. Hablo sola esperando que el silencio me calle. Y no espero de ti nada más que el silencio y ese grito conocido y odiado: Cállate. Ahora ya, créeme, resulta innecesario.


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