miércoles, 19 de diciembre de 2012

Calle Carraca

Si hubieras conocido mi calle de la infancia y la vieras ahora, no la reconocerías. Entonces tenía un pavimento de piedras planas, que obligaba a los coches a circular despacio y a los ciclistas a tener mucho cuidado para no saltar en el sillín. Era una calle ancha y muy larga, al menos así la veía yo. Tenía siempre el sol en lo alto y, desde las azoteas, se divisaban las salinas, las huertas. Pero no se veía el mar, que anduvo muchos años secuestrado, escondido, a pesar de ser una isla. Sin playas, sin paseos marítimos, sin el horizonte azul, sobrevivimos muchos años viendo únicamente el mar a uno y otro lado del istmo.  Mi calle, de las más populares de un pueblo con aires de ciudad bastante elitista, iba desde la plazoleta de las Vacas a la carretera que conducía, por un lado, a la estación del tren; por otro lado, a la Bazán y a Carlos III y, siguiendo a la derecha, a la salida del pueblo, a la Venta de Vargas, hacia el Puente Zuazo, al cruce de Tres Caminos desde el que se va a Chiclana o a Puerto Real.
La calle de entonces estaba llena de casas bajas, muchas de ellas en alquiler. Había algunos negocios: la tintorería Los Mil Colores, dos o tres tiendas de ultramarinos, un secadero de pieles, un par de güichis...La parte izquierda de la calle, entrando desde la carretera de la Estación, colindaba con otras edificaciones que formaban parte de la calle paralela, pero la parte derecha era un paraíso, en ella había muchas huertas y...un cine de verano. Sí, en la parte trasera de mi casa, tras la huerta pertinente, se elevaba la pantalla del cine y eso era motivo para pasar todas las noches de verano en la azotea, pertrechados con rebecas y mantas, bocadillos y  refrescos, viendo las películas, las dos, que ponían cada día. Es verdad que, en muchas ocasiones, acudíamos al cine, pero, cuando eso no ocurría, allí estaba servida en bandeja la gran pantalla del cine que llevaba el nombre de mi calle. Ya no existe. Como otros cines de verano, desapareció hace tiempo.
La calle estaba habitada por personajes curiosos, interesantes, imposibles de describir de un plumazo. En ella ocurrían los mayores dramas, se vivían adulterios, celos, engaños, nacimientos y muertes, hallazgos, cotilleos diversos y momentos imborrables de la vida de cada cual. Las mañanas contemplaban la fila de los niños que nos dirigíamos a la escuela, y, antes de eso, el reguero de adultos, hombres todos, dirigiéndose a su trabajo, los más, a pie; algunos, en bicicleta; muy pocos (mi padre, entre ellos), en coche.
Era una calle muy alegre. Por ella transitaban las mulillas cuando había toros en la plaza. También las comparsas del carnaval o los misioneros, una vez que vinieron a catequizarnos, sin saber que estábamos convertidos desde siempre. También se venían parejas que iban de paseo, chavales jóvenes que rondaban a las chicas, muchachas que acudían a la peluquería de María José o simplemente a echar un rato de conversación. Era una calle cálida, donde todo interesaba y, como diría Jane Austen, ningún acontecimiento era lo suficientemente anodino como para no dedicarle, al menos, una mañana entera de charla y disquisición.
Las puertas de las casas estaban siempre abiertas y las vecinas se colaban en unas y otras. También los niños, aunque éramos invisibles, pues los mayores iban a su aire y, afortunadamente, nos dejaban vivir sin molestarnos demasiado y sin pretender ocuparnos en actividades que no nos interesaban. Nosotros mismos buscábamos la forma de disfrutar, con la menor interferencia de los adultos posible.
Mi calle, maravilloso espacio de libertad que hoy ya no reconozco. Las pocas veces que he vuelto me he sentido desolada ante su presencia actual. Nuevos pisos, casas restauradas que han perdido ese encanto de la casita de pueblo. Mi propia casa es ahora la sede de una cofradía de Semana Santa. Nada es lo que era y muchos de sus habitantes se han marchado o han muerto. Lo peor de todo ese que es una calle sin salida. Al fondo, en la carretera que daba a la Estación, se levanta un muro de color verde que, supuestamente, sirve para que no llegue allí el ruido de la circunvalación que se levanta en esa zona y que ha dividido a la ciudad por allí en dos partes separadas e incomunicadas.
La moda del tranvía y la peatonalización ha quitado su encanto a la calle de paso tradicional y ha lanzado el tráfico hacia afuera, sacrificando mi calle y las que quedan al otro lado del indecente muro verde.
Lo diría cualquier fandango: Mi calle ya no es mi calle, que es una calle cualquiera, camino de cualquier parte...




1 comentario:

  1. Bonito, bonito... No soy de la Isla, pero vivo aquí con una preciosa cañailla criada en el parque de los patos.

    Ella me cuenta mil cosas como estas y me pone los pelos de punta.

    Gracias por dejarme sentir ese ambiente, por respirarlo y por imaginarlo.

    Gracias Catalina

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