sábado, 29 de mayo de 2010

Como barcos a la mar



Los niños siempre me sorprenden. El otro día, sin ir más lejos. Mis alumnos de tercero de ESO D, de los que ya os he hablado, son imprevisibles y tienen una imaginación desbordante, pero también, a veces, muestran un alma compasiva que no sale a la luz sino en ocasiones puntuales. Como el otro día. Cuando vimos la película Matilda, bueno, no entera, solamente una parte, porque la clase no da para más y la tendremos que continuar otro día.

Todos, incluso aquellos que los profesores podemos considerar un poco difíciles, estaban del lado de Matilda en su lucha sorda contra una familia que no la comprende y una directora de colegio que tiene la extraña máxima de "el mejor colegio de niños es un colegio sin niños". Todos los niños se reían con Matilda y se apenaban con ella.

Pero la película no es una historia de magia en la que una niña vence a sus molestos enemigos. Es una historia de libros. Y así la concibió el autor del libro que dio origen a la película, Roahl Dahl, británico de ascendencia noruega, que vivió entre 1916 y 1990, una vida plena de aportaciones a la literatura infantil y juvenil. En otro momento dedicaremos una entrada de este blog a Roahl Dahl, porque merece la pena conocerlo y todos nuestros niños deberían leer sus libros y conocer su peripecia, su biografía, apasionante ya lo veréis.

Pues bien, Matilda es una historia de libros. Son los libros de la biblioteca pública los que salvan a Matilda de convertirse en un horroroso miembro de su horrorosa familia. Son los libros los que enseñan a Matilda todo lo que va a abrirle las puertas del mundo. Son los libros, lanzados hacia ella "como barcos a la mar" los que ayudan a Matilda a soporta la dura, absurda y estúpida vida a la que estaba destinada en un principio. Y que Matilde logra evitar gracias a los libros.

A los libros y a alguien más. Porque es también una historia sobre enseñar, una historia de maestros. Es una historia en la que, aunque no lo parezca a simple vista, aparece una visión del maestro, en este caso una maestra, como deben ser, como debemos ser todos los maestros: una maestra que embellece el horrible colegio en el que trabaja. Una maestra que habla a los niños y los transforma; que los mira y ve que son personas; una maestra que abre las páginas de los libros y muestra sus maravillas a los niños. Una maestra como todos quisiéramos haber tenido y como todos quisiéramos (espero) ser.

Yo tuve una maestra como la de Matilda. Era también guapa, joven y le gustaban los libros y los niños (puede pareceros obvio, pero no siempre a los maestros les gustan los libros y los niños). Enseñaba las cosas con gran alegría, incluso a dos o tres niñas que no querían aprender nada y que rompían los lápices más veces de la cuenta. Mi maestra, la señorita María Ángeles, era el sol de la escuela y todos los niños querían estar con ella. Las alumnas de la señorita María Ángeles nos conocemos y nos reconocemos unas a otras: sabemos distinguir la señal de haber sido felices en el colegio.

Mis alumnos de tercero están ya un poco nerviosos por el final de curso. Se han reído con la película y también han sentido pena de esa niña tan poco querida por sus padres. Pero espero que, cuando veamos el final, hayan entendido también que esa es una película de libros (y que los libros son "como barcos a la mar" para salvarnos). Y les deseo que, en su vida de estudiantes, encuentren al menos una maestra, una profesora, como la maestra de Matilda. Como yo la encontré.

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