domingo, 8 de enero de 2017

Jane Austen: una filosofía del escándalo

Comencé a leer a Jane Austen en un momento indeterminado de hace algunos años. El paso del tiempo se revela impreciso y no sabría decir cuántos. La costumbre de anotar las fechas en los libros que compro podría ayudarme pero el primero de ellos, una edición de quiosco de "Orgullo y prejuicio", no está ahora mismo a mano. Como Umbral, me van a permitir que no me levante a buscarlo. Sea cual sea el tiempo, el año, el día preciso, de esa lectura, fue un descubrimiento. La lectura de ese libro me puso en la pista de otras lecturas posteriores, no solamente de Austen sino de mujeres que escribían, de literatura anglosajona, de otro tipo de obras. Las que yo califico como de "novelas de la emoción". Es la poesía indudablemente el género en el que los sentimientos, pensamientos, ideas y conductas se convierten en emociones, en un trasiego casi psicológico que termina por ocultar los hechos y por salvaguardar el espíritu. Pero en las novelas de Jane Austen encontré esa misma capacidad de ocultamiento. Recubrir lo que se siente por medio de pequeñas anécdotas, idas y venidas, visitas, bailes y conversaciones. En la vida real, la que yo vivo al menos, también utilizo este ardid. No te cuento lo que siento salvo porque te relato lo que hago. 

Cuando, desde hace años, y desde esta primera lectura, he tratado de convertir a los demás a la fe austeniana, me he topado siempre con el prejuicio de pensar que es una obrita para damas, que habla de cosas antiguas que ya no interesan y que está llena de convenciones, ideas arcaicas y, en suma, de costumbrismo sentimental. Si alguien saca esta conclusión debe ser, sin duda, porque no ha leído estos libros o porque no es capaz de entender ningún otro, ni siquiera el más sencillo de los cuentos de hadas (suponiendo que alguno exista con la suficiente sencillez). No. El juego de los espejos que utiliza esta mujer para escribir, es la forma en la que su inteligente imaginación transforma la realidad para que nada de lo que aparezca en su relato sea manido, trillado o convencional. He aquí el secreto de su filosofía. Lo convencional es únicamente la apariencia. El telón de fondo. El paisaje. Pero, a poco que te introduzcas en ellos, en los personajes, lugares y acontecimientos, podrás descubrir que su mano actúa como la del segador que va abriéndose paso por el campo de trigo, dejando solo las raíces y arrojando al aire todo lo demás. 

Seguramente la única forma en la que una joven de su época podía dar a la luz estas novelas era a través de una supuesta sumisión a la forma literaria o a los contenidos que tenían el nihil obstat de la época. Pero no creo que fuera esta la causa de su manera de hacer, sino que esta fue fruto de una elección que la llevó a crear su propio estilo. Su "maniera" si usamos un término artístico. El estilo Austen parte de una filosofía del escándalo, por la cual se cuestionan los cimientos de la vida social y personal de su época. Los mayorazgos, el desprecio a las mujeres, la sumisión a los hombres, los matrimonios de conveniencia, el amor como estorbo, el lujo de quererse y de odiarse, los lazos familiares, los parientes incómodos, los vecinos cotillas, las apariencias ante la servidumbre, los pobres que no quieren serlo, el papel de los clérigos...y todo un arsenal de pequeños detalles que constreñían la vida de las personas hasta el punto de que estaba milimetrada desde que nacían. 

Todas esas verdades absolutas son movilizadas y sacudidas por Jane Austen. Y lo hace sin ira, sin enojo y sin violencia. Delicadamente. Una inteligencia aplicada a conocer y a relatar. El relato en sus manos es una fuente de sabiduría y también una manera de enfrentarse al mundo. Su propio papel en el círculo familiar así lo certifica. Y ese convencimiento personal de que no era una mujer que escribía (lo que supondría un hobbie, una ocupación, una actitud de diletancia) sino una "escritora", es el resumen exacto de lo que pretendió hacer, con voluntad de permanencia manriqueña y tozuda. 

Resulta muy curioso cómo desarrollándose el tiempo de sus obras en momentos convulsos de la historia de Inglaterra, ella deje de lado ese cuadro exterior para centrarse en lo que a los hombres y a las mujeres les afecta. La apuesta por las emociones es, en sí misma, algo escandaloso. Hasta entonces nadie había entendido (y todavía muchos no lo entienden) que la revolución mayor es la de los gestos y que las guerras más cruentas se libran en el interior de cada uno de nosotros.

(Bicentenario de la muerte de Jane Austen: 1775-1817)

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